CUIDADOS PROFESIONALES ENFERMEROS ENCUENTROS EN LA TERCERA FASE

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Para Assis do Carmo

Gran enfermero, mejor persona

 

En 1977 Steven Spielverg, adelantándose a su tiempo filmaba la que para muchos es una de las obras maestras de la ciencia ficción, Encuentros en la 3ª fase.

Muchos no saben de dónde viene el nombre de la película, y de hecho en el filme no se explica, pero está sacado de las investigaciones del doctor Allen Hynek[1] sobre los OVNIS. Según Hynek, que tiene un cameo en el filme, existe una clasificación. La fase 1 significa ver un OVNI en el cielo. La fase 2, tener una evidencia física. La fase 3 es la que supone tener un contacto directo con un extraterrestre. Los que hayan visto el filme ya sabrán por qué.

Tomando como referencia tan mítica película voy a tratar de establecer cierta semblanza con las fases descritas por el Dr. Hynek, en relación a lo que este fenómeno de la pandemia ha supuesto para las enfermeras y los cuidados profesionales enfermeros.

En una primera fase algunas enfermeras, una pocas, vieron en la pandemia una oportunidad para poder demostrar lo que los cuidados profesionales enfermeros podían aportar a una situación tan grave como la que se iniciaba y que iba a suponer una dura prueba para todos/as y muy especialmente para las/os profesionales sanitarias/os.

Sin embargo, como ocurre con el avistamiento de los OVNI (Objetos Voladores No Identificados), dicha percepción no fue creída ni tan siquiera creíble por parte de la mayoría de las enfermeras, más preocupadas por mantener su integridad ante la falta de equipos de protección y la escasez de personal y por atender de la mejor manera posible a las personas infectadas, que por la posibilidad de hacer visible su aportación específica de cuidados. Si a esto añadimos que la identificación como héroes/heroínas supuso, al menos inicialmente, una sorpresa por lo que de reconocimiento y valoración suponía, podemos entender que lejos de identificar la Observación Valorativa Necesariamente Identificable (OVNI) de los cuidados, estos quedaron nuevamente invisibilizados, o cuanto menos, ocultos, entre la maraña de secuencias, experiencias, vivencias… de incertidumbre, dolor y sufrimiento que la COVID-19 dejaba a su paso.

Los respiradores, los hospitales de campaña, los EPI, las medidas de prevención, las muertes y contagios masivos… impedían atender y entender el discurso de esas pocas enfermeras que estaban convencidas de la importancia de los OVNI avistados. Tanto es así que la insistencia en querer convencer a sus compañeras de tan importante descubrimiento hizo que incluso fuesen identificadas como raras o fuera de lugar. La técnica, nuevamente había logrado acaparar la atención en exclusiva y con ello desviar la atención de otras posibles alternativas, lo que prácticamente hacía imposible la identificación de los OVNI.

La pandemia no daba tregua y la cada vez más importante demanda de atención de unas personas que se veían privadas, no tan solo de su salud, sino de su entorno y, lo más importante, de sus seres queridos que, por seguridad, debían permanecer alejados de ellas. De tal manera que a la incertidumbre por lo que le sucedía se añadía la soledad en un entorno hostil y generador de ansiedad, cuando no de miedo. En esos momentos empezaron a tomar clara evidencia física los cuidados. No tanto porque las enfermeras los identificasen, sino porque las personas aisladas los reclamaron y fue en ese momento donde se produjo el encuentro con los OVNI de los cuidados. Por una parte, las personas aisladas de sus familias, lograron paliar sus miedos y ansiedad a través de los cuidados que recibían de las enfermeras que les atendían. Por su parte, las enfermeras identificaron el efecto terapéutico de sus cuidados profesionales al sacarlos del limitado círculo de lo afectivo, doméstico y privado e identificar las posibilidades de realización con que contaban al prestar dichos cuidados. Ese encuentro físico, pero también psicológico, social y espiritual, logrado a través de los cuidados enfermeros mediante la combinación de ciencia, humanización y técnica, permitió la identificación y, lo que es más importante, la valoración por ambas partes de los OVNI que hasta entonces habían permanecido ignorados.

La rebeldía a la consideración de heroínas/héroes, que inicialmente había sido aceptado con cierta satisfacción, al alimentar los egos individuales y colectivos, fue consecuencia también de los encuentros en esta segunda fase de la evidencia del cuidado. No se trataba de poderes sobrenaturales ni extraordinarios, sino de la fuerza del cuidado. Algo que no viene determinado por radiaciones, mutaciones o poderes especiales, sino por la importancia de ser y sentirse enfermera y ser capaz de identificar el valor de su aportación y los efectos que la misma tiene y es sentida por quien la recibe.

Sin embargo, los medios de comunicación, tan proclives al alarmismo y al sensacionalismo fáciles y rentistas, no se hacían eco del avistamiento de los OVNI, inmersos como estaban en el despliegue bélico que habían asumido como escenario contra el virus. Bastante hacían tratando de corregir su exclusiva denominación médica para sustituirla con esfuerzos, no exentos de constantes errores, olvidos o simplemente ignorancia, por la de profesionales sanitarias/os, pero incapaces de identificar la aportación específica de las enfermeras e integrándola como parte de la habitualmente denominada y difundida asistencia médica.

Por su parte, las/os políticas/os bastante tenían con tratar de no cometer errores, en unos casos, o identificar, manipular o inventar errores cometidos por los otros con el fin de lograr beneficio de los mismos, como para fijarse en lo que las/os profesionales sanitarias/os hacían o aportaban. Con sumarse al apoyo social y escenificarlo en los medios ya cubrían el expediente.

Así las cosas, los OVNI, continuaban siendo cosa de visionarios/as sin traslado real al ámbito mediático, político ni tan siquiera institucional. Es decir, los cuidados seguían sin identificarse ni valorarse. Tan solo se reconocía la entrega, no así lo entregado.

Pero la pandemia, a pesar de su aparente remisión, continua entre nosotros como ese gran invasor que no se ve, pero se percibe el peligro que comporta. El descenso de muertes, de contagios, de ingresos hospitalarios e incluso de los aplausos que diariamente jaleaban a las/os profesionales sanitarias/os, no impidieron que los OVNI identificados por muy pocas enfermeras e incluso ciudadanas/os en la primera fase y reconocidos en la segunda de manera mucho más numerosa, trascendiese a los ámbitos en los que debe ser reconocido y valorado sino quiere quedar archivado como algo no comprobable, como sucede habitualmente con los avistamientos de Objetos Volantes No Identificables (OVNI), que acaban en carpetas con el sello cinematográfico y efectista de TOP SECRET, que es tanto como decir que nadie sepa de que se trata.

Pero la tercera fase ya está próxima, y en ella los OVNI de los cuidados necesitan contactar con todos quienes, hasta el momento, no tan solo no los han identificado ni valorado, sino que los han negado sistemáticamente al ignorarlos.

La Pandemia ha dejado tras de si muerte, dolor y sufrimiento. Pero deja un panorama de futuro a corto y medio plazo de una nueva incertidumbre ante las secuelas que provocará en las personas, las familias y la comunidad como efectos colaterales que no sabemos, aunque sospechamos, cómo se comportarán ni en qué medida afectarán a la salud. Pero sin duda, lo que más falta va a hacer en esta tercera fase es acabar con la incredulidad, la ignorancia, la negación, la desvalorización de algo tan evidente ya como la necesidad de los cuidados profesionales enfermeros. Deben, por tanto, pasar de ser Observaciones Valorativas Necesariamente Identificables (OVNI) a ser Obvios Vitales, Necesarios e Imprescindibles en cualquier ámbito profesional, social, mediático o político.

La tercera fase se concreta en un contexto de cuidados en el que las enfermeras y los cuidados profesionales que prestamos, deben lograr conectar de manera definitiva con la sociedad. Resulta imprescindible, no tan solo que sean identificados, sino que sean entendidos, reconocidos y valorados como sucede en la película de Spielverg. Pero a diferencia de los extraterrestres de la película, las enfermeras tenemos un lenguaje mucho más complejo, y a la vez entendible, que la simplona melodía utilizada para comunicarse con la ciudadanía en la película. Nuestro lenguaje es el de la proximidad, el gesto, la mirada, la empatía, la escucha activa…que conecta con los sentimientos y las emociones de las personas en cualquier momento de su ciclo vital con el fin de afrontar las situaciones de salud y enfermedad con responsabilidad, autonomía y libertad. Un lenguaje que puede parecer sencillo, pero que tiene una enorme complejidad que tan solo las enfermeras saben entender y hacer entender.

Si en estos encuentros en la tercera fase somos capaces, finalmente, de conseguir que se deje de negar la evidencia de la importancia de los cuidados profesionales enfermeros. Si se logra entender que técnica y cuidados no tan solo son compatibles, sino que resulta imprescindible su asociación. Si abandonamos la creencia de que los cuidados no aportan valor a la atención. Si erradicamos la dicotomía curar – cuidar, para pasar a hablar de atención en la que tienen cabida ambos conceptos desde la técnica y desde el cuidado. Si conseguimos que se valoren los cuidados profesionales enfermeros por lo que realmente aportan a la salud de las personas y no a lo que social y culturalmente se asocian en forma de tópicos y estereotipos… entonces, posiblemente, logremos que en la nave en la que viajan, el Sistema Nacional de Salud, sean identificados y valorados, al menos, de igual manera a como se hace con una pastilla, una técnica, una vacuna o un diagnóstico médico.

Finalmente, se trata de una convivencia con los cuidados que permita una atención integral, integrada e integradora y no de una asistencia fragmentada, atomizada y despersonalizada, por mucho que se pretenda humanizar.

No estamos solos. Los cuidados profesionales enfermeros han venido para quedarse. No permitamos que vuelvan a irse, ocultarse u olvidarse. Posiblemente no haya 4ª fase.

 

[1] Josef Allen Hynek (1 de mayo de 1910 – 27 de abril de 1986) fue un astrofísico, profesor y ufólogo estadounidense.

SUERTE, SERENDIPIA Y MEDIOCRIDAD

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A quienes crecen gracias a su esfuerzo y convicción

Se entiende por serendipia el hallazgo valioso que se produce de manera accidental o casual, o cuando se está buscando una cosa distinta.

Esto podría hacernos caer en el error de pensar que la serendipia y la suerte son sinónimos. Es decir, que alguien descubre o logra algo simplemente por una cuestión de azar, como quien compra lotería y le toca el gordo.

Louis Pasteur ya destacó que la observación es la mejor compañera del ingenio y de la ciencia, cuando decía: “En el campo de la observación el azar solamente favorece a las mentes preparadas”. Lo que viene a corroborar la diferencia entre serendipia y suerte.

Porque la suerte, es la guadiana de los necios y la fortuna la madre de los pesares. De hecho, la suerte es la mejor excusa de los mediocres o el pretexto de los fracasados.

Resulta por tanto muy irritante y cansino seguir oyendo de manera permanente que las enfermeras hemos tenido mucha suerte de estar donde estamos y haber logrado lo que hemos logrado. Es más, se trata de un mensaje que suele ir acompañado del que traslada una incomprensión por seguir demandando nuevos logros o aspirando a nuevas metas. Es algo así como “no te creas que la lotería te va a tocar dos veces en la vida”. Eso tan solo les sucede a políticos destacados que, ya sabemos, están a otro nivel del que tenemos el resto de los mortales.

Lo triste, es que dicho mensaje acaba calando en muchas enfermeras que llegan a interiorizar que con el hecho de haber llegado a serlo ya no es necesario hacer nada más y esperan tan solo a que la suerte reconduzca sus vidas para situarlas en la mejor zona de confort posible. O cuanto menos, aquella en la que considera podrá adaptarse según su particular visión del ejercicio profesional de la enfermería, lo que acaba por deformar, distorsionar y lesionar la imagen de las enfermeras y del ámbito en el que se instalan colonizándolos desde el conformismo, la inmovilidad, la inacción y la mediocridad. Lo que confirma la perfecta simbiosis existente entre suerte y mediocridad.

Y esa mediocridad, en muchos casos, no es sino la antesala del fracaso ya que tal como decía Pablo Neruda “la suerte es el pretexto de los fracasados”. El pretexto para no reconocer su absoluta negación a contribuir, no tan solo a su desarrollo profesional, sino al de la profesión/disciplina a las que pertenece, proyectando una imagen que tan solo obedece a un estereotipo que lamentablemente es interiorizado y naturalizado por la sociedad y utilizado de manera interesada para fortalecer posicionamientos en contra del desarrollo enfermero por determinados sectores corporativistas y políticos.

Pero la fuerza, o el deseo por mantener una posición cómoda y sin compromisos, hace que se recurra de manera compulsiva a la invocación de la suerte como remedio a los males que según algunas/os les acechan e impiden su particular manera de identificar el éxito, es decir, la mediocridad en la que se quieren instalar o bien lo transforman en fracaso desde un posicionamiento victimista para justificar su falta de suerte.

En este plan vital que trazan, en muchas ocasiones desde antes de lograr el título que les habilitará como enfermeras, se esfuerzan por recopilar, ordenar y argumentar las mejores excusas sobre las que justificar su decisión de fracaso programado y de adopción de la mediocridad.

Para dicho plan escogen entre un amplio abanico de excusas que pueden clasificarse, tal como describe Raimon Samsó[1] en:

Excusas de culpa: se trata de encontrar alguien o algo (eso es fácil) a quien culpar para no esforzarse en el logro de objetivos o metas profesionales que les demande determinado esfuerzo o compromiso. Así, por ejemplo, es muy socorrido acusar a la organización o a sus gestores, a las/os compañeras/os de profesión, a los médicos, a la falta de recursos o de tiempo, o a una supuesta y alimentada manía persecutoria por parte de todas/os que les impide trabajar mejor y justifica su posición inmovilista o incluso opositora.

Excusas de imposibilidad: se consigue elaborando una lista mental de suposiciones no contrastadas acerca de dificultades para adoptar otro posicionamiento más activo o proactivo. La verdad es que, en este sentido, el grado de ingenio e innovación para la elección de las barreras llega a ser de mérito y supone un verdadero reto para su habitual inacción. A pesar de la evidente falta de argumentos para sostener sus propuestas de contención al desarrollo o la implicación, lo que si logran es un grado de desgaste en el equipo, que debe discutir las mismas con el objeto de desmontar el plan, ocasionando malestar e incluso llegando a acaparar adeptas/os que apoyen su causa.

Excusas de invalidación: remover la memoria hasta dar con alguna historia pasada a la que responsabilizar de supuestos límites (también se puede inventar). Y es que, si todo el tiempo que utilizan en construir sus planes los dedicasen a trabajar y cumplir con sus competencias posiblemente saldrían de esa mediocridad que buscan con tanto empeño y en la que quieren instalarse de manera permanente como modelo profesional en el que alcanzar su jubilación. Lo de menos es cómo afecta al equipo, a la organización, a la población que atienden o a la profesión/disciplina a la que pertenecen. Lo importante es cimentar en dichas excusas su plan de vida.

Excusas de no responsabilidad: Son aquellas que se elaboran para hacerlas responsables de su supuesta frustración o fracaso. La mala enseñanza obtenida en la universidad, el/la tutor/a que le marcó negativamente de manera indeleble durante sus prácticas, el entorno poco propicio, la presión familiar… cualquiera que finalmente pueda ser la receptora ideal para eximirse de la responsabilidad personal en cuanto a sus desfasadas aptitudes y su conformista actitud.

A las citadas excusas descritas por Samsó, yo añadiría:

Excusas de comparación o de envidia: son aquellas que se elaboran identificando los éxitos o logros de compañeras/os para transformarlos en golpes de suerte o de oportunismo (designaciones directas, confianza de las/os responsables…) con el fin de contraponerlos a su falta de fortuna o de animadversión hacia ellas/os que les aboca a adoptar irremediablemente su posición como mecanismo de defensa. Y es que la envidia es el homenaje que la mediocridad le rinde al talento.

No suele darse tan solo uno de los tipos de excusas descritas, sino que combinan de manera extraordinariamente eficaz los cinco tipos para reforzar su posición y anular cualquier atisbo posible de acusación a una premeditada actitud en la misma.

Estas actitudes de inmovilismo que tanto daño hacen a la Enfermería y al conjunto de las enfermeras, paradójicamente, suponen una relajación, abandono o negación, por parte de quienes las adoptan, de la disciplina hacia la Disciplina.

Entendiendo la disciplina como el conjunto de reglas o normas cuyo cumplimiento de manera constante conducen a cierto resultado y Disciplina entendida desde su significado como ser “discípulo de una idea” que se ama, ya que nadie puede ser discípulo de algo en lo que no cree,en base a lo cual  podemos entender que, quienes actúan como he comentado, la única disciplina que practican consiste en lograr la máxima mediocridad que, lamentablemente, va en contra de aquello en lo que ni creen ni aman que es en la Diciplina Enfermera a la que no tan solo perjudican sino que ponen en evidencia, además de suponer una clara muestra de desprecio hacia ellas mismas ya que, la pertenencia a la Disciplina, debiera suponer la más alta expresión de autoestima.

Si en lugar de persistir en su empeño destructivo, hacia ellas mismas como enfermeras y hacia la Enfermería como Disciplina, afrontasen el problema que supone su incomodidad o rechazo a ser enfermeras atreviéndose a responder a algunas preguntas sencillas que les permitiese superarlo, y que tienen que ver con la formulación de las excusas anteriormente expuestas como mecanismo para atrincherarse en la mediocridad y el fracaso, se podrían revertir las situaciones planteadas.

Para contrarrestar y eliminar las excusas, las preguntas que podrían o deberían formularse son:

 

¿De dónde procede esta excusa?

¿Es verdad o es solo una excusa?

¿Cómo es mi vida profesional con esta excusa?

¿Cómo sería mi vida profesional sin esta excusa?

¿Cuál es la verdad que esconde esta excusa?

 

Formuladas de manera serena, reflexiva y crítica serían capaces de ayudarles a descubrir que la mayoría de las excusas ni son ciertas ni nunca lo fueron. Tan solo se plantearon como hipótesis sin contrastar, en un intento de convencerse y convencer sobre aquello que decidieron emprender. O bien fueron asumidas como propias cuando, realmente, corresponden a opiniones sin fundamento de otras personas, con otras realidades y otros planteamientos, que se asumen sin más como una verdad probada, entrando en una espiral de autoconvencimiento de su posicionamiento y de autodestrucción como enfermeras, que acaba repercutiendo en el resto de profesionales y de la profesión/Disciplina.

Sin embargo, los mediocres también son codiciados por otros mediocres para ayudarles a mantener su alto nivel de mediocridad e ignorancia ocupando puestos de gestión, desde los que amplifican su incompetencia y salvaguardan la de quienes los han elegido. Y es que finalmente, no hay nada más peligroso que un/a mediocre o un/a tonto/a activo/a.

Cosa bien distinta es cuando alguien en el desarrollo de su actividad profesional, sea en el ámbito que sea, lleva a cabo un hallazgo u obtiene un resultado no esperado ni planteado inicialmente, pero que, en ningún caso, puede ni debe identificarse como causa de la suerte, sino como consecuencia del esfuerzo que, en un momento determinado, hizo que estar en el lugar y el momento indicados condujese a dicho hallazgo o logro.

En el caso de la serendipia, la disciplina está más que comprobada en cuanto al seguimiento permanente y ordenado de las normas que permiten alcanzar resultados en forma de motivación, esfuerzo e implicación, aunque puedan ser los no esperados, y en perfecto equilibrio con la Disciplina, desde la que se está haciendo y a la que, no tan solo, respetan, sino a la que se sienten orgullosas de pertenecer.

Tratar de considerar como suerte el descubrimiento de la penicilina por Fleming, de América por Colón, de la molécula del benceno por Kebulé o del principio de Arquímedes por quien le da nombre, entre otros muchos, sería tanto como negar su autoría o trasladarla a la mera fortuna, que como indicaba al principio, es la madre de los pesares.

Y es precisamente en los pesares o los lamentos, en los que muchas veces se refugian quienes no tan solo niegan la capacidad de desarrollo de las enfermeras, sino que intentan impedir que otras lo consigan con su disciplina y por la Disciplina.

Sin embargo, no me gustaría concluir sin constatar que este problema no es exclusivo de la Enfermería y de las enfermeras, sino que forma parte de la propia evolución de las profesiones y sus profesionales. Otra cosa es que, al identificarlo en nuestra Disciplina, podamos creer que nos afecta en mayor medida a nosotras o que lo padecemos de manera crónica.

Lo que debemos llevar a cabo son respuestas, propuestas y acciones que traten de neutralizar a quienes se refugian en la mediocridad y el fracaso que circunscriben al ámbito exclusivo de la suerte sin querer ver que es su actitud consciente, premeditada y permanente la que favorece y alimenta dicho estado de resistencia, inmovilidad y conformismo destructivo.

Sería deseable que quienes no logran encontrar las respuestas esperadas en el desarrollo profesional de la enfermería buscasen otros caminos o refugios en los que sentirse más identificados o en los que su mediocridad afecte menos a la salud de las personas, las familias y la comunidad a las que deben prestar sus cuidados y que, además, persistan en su actitud ligándola incluso a una vocación profesional. En su defecto, sería también deseable que intentásemos, desde quienes gestionan hasta quienes comparten actividad con estas enfermeras, evitar naturalizar sus comportamientos y actitudes considerándolos como inevitables o un mal que hay que asumir. Lo contrario supone un riesgo evidente de contagio que puede arrastrar a otras enfermeras, al identificar que, dichas actitudes, comportan menor responsabilidad, peligro y conflicto, que actuar como enfermeras competentes y comprometidas con la Disciplina y ellas mismas, sin que les sea reconocido ni agradecido, lo que puede acabar provocando el peligroso “Síndrome del imbécil” en el que por menor que sea el esfuerzo e implicación se genera idéntica respuesta de recompensa.

[1] Escritor y Coach especializdo en formar a Expertos con conciencia.

VACÚNATE

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