
A todas las enfermeras que entienden y comparten que la formación de nuevas enfermeras es un compromiso profesional ineludible
“No hay palabra verdadera que no sea unión inquebrantable entre acción y reflexión.”
Paulo Freire[1]
La enfermería como profesión ha transitado un largo y complejo proceso de construcción científica, académica y social. Desde su incorporación al ámbito universitario en las últimas décadas del siglo XX, ha logrado consolidar un cuerpo teórico propio, ha formulado marcos conceptuales del cuidado, ha desarrollado taxonomías diagnósticas y ha dado pasos firmes hacia la visibilidad investigadora[2]. Este avance ha permitido una creciente legitimación profesional, aunque no exenta de tensiones. Entre ellas, una de las más persistentes y menos abordadas de manera honesta y crítica es la fractura interna entre los espacios de docencia e investigación y los espacios de atención directa, tanto en el entorno hospitalario como en el comunitario[3].
Esta fractura no es anecdótica ni personal, sino estructural. Responde a dinámicas institucionales, exigencias profesionales diferenciadas, lógicas de poder y formas de reconocimiento que distancian lo académico de lo asistencial[4]. Mientras en la universidad se consolidan trayectorias docentes e investigadoras que responden a métricas científicas y lógicas de publicación, en la atención directa se sigue lidiando con agendas saturadas, demandas inmediatas, jerarquías médicas y estructuras organizativas que no reconocen ni favorecen el desarrollo disciplinar de la enfermería[5].
La distancia entre estos dos mundos repercute de manera significativa en la formación del estudiantado. Las y los futuros profesionales de enfermería son testigos y víctimas de esta fractura. Lo que se les enseña en el aula —basado en principios de autonomía, cuidado integral, juicio clínico propio, relación terapéutica— se ve con frecuencia contradicho por prácticas clínicas donde la enfermería aparece subordinada, sobrecargada o desconectada de esos mismos principios[6]. Esta incoherencia no solo genera confusión, sino que mina la identidad profesional, produce desafección y, en muchos casos, conduce al abandono o a la adaptación pasiva al statu quo[7].
Por otro lado, la investigación enfermera —aunque en expansión— se sigue produciendo mayoritariamente en la universidad, bajo formatos y lenguajes que rara vez conectan con las preguntas del cuidado cotidiano o con las preocupaciones reales de quienes ejercen en los servicios de salud. Esta desconexión entre la producción de conocimiento y su transferencia a la práctica limita el impacto transformador de la disciplina y refuerza la percepción de que lo académico vive al margen de lo real[8].
El vínculo entre teoría y práctica, entre universidad y sistema sanitario, debería ser el eje de una formación coherente y transformadora. Pero en la práctica, este vínculo aparece debilitado, fragmentado, cuando no instrumentalizado: las y los docentes exigen implicación a quienes tutorizan en centros de atención, pero rara vez incluyen sus voces en el diseño curricular o en la evaluación de competencias. A su vez, enfermeras de atención directa se sienten desbordadas, ignoradas y utilizadas como herramientas de ejecución sin reconocimiento real[9]. Todo ello genera una tensión acumulada que se traduce en malestar, en falta de colaboración y en una pérdida de sentido compartido.
El presente texto se sitúa deliberadamente en ese espacio de tensión. No para dictar soluciones simples, sino para generar reflexión profunda. A través de un diálogo entre una enfermera docente universitaria, una enfermera comunitaria tutora de prácticas, y una estudiante de último curso del grado de Enfermería, se exploran las tensiones estructurales, emocionales y epistemológicas que atraviesan la formación y el ejercicio profesional. El testimonio de la estudiante, a través de su diario reflexivo, funciona como catalizador: revela lo que se silencia, cuestiona lo que se normaliza y reclama coherencia, escucha y transformación.
Porque una enfermería dividida entre quienes piensan y quienes hacen, entre quienes enseñan y quienes cuidan, entre quienes investigan y quienes sostienen, es una profesión fragmentada, más vulnerable a ser colonizada por lógicas ajenas, y menos capaz de defender su razón de ser: cuidar con conocimiento, conciencia y compromiso.
En el centro de salud, el despacho de coordinación seguía silencioso, con las persianas a medio bajar y el reloj avanzando hacia el final de la mañana. Mª Jesús, enfermera comunitaria docente, revisaba unas rúbricas mientras esperaba a Loreto, enfermera comunitaria y tutora de prácticas. No era una tutoría más. Ambas sabían que había tensiones acumuladas que ya no podían esquivarse.
Loreto entró con paso firme, saludó escuetamente y se sentó frente a Mª Jesús. Después de los saludos de cortesía, fue la docente quien abrió la conversación.
—Gracias por venir, Loreto. Quería que habláramos no solo de Laia, sino de cómo estamos llevando esta relación entre docencia y práctica. Siento que cada vez hay más distancia entre nuestros mundos.
Loreto asintió lentamente.
—Y más incomprensión, Mª Jesús. No solo distancia.
—Lo que me preocupa es que seguimos sin vernos como parte del mismo proyecto. Desde la universidad intentamos formar profesionales críticas, autónomas, capaces de cuidar con fundamento… pero no siempre encontramos respuesta en los centros de salud. La práctica se nos queda coja si no hay implicación real de las tutoras.
Loreto frunció el ceño.
—¿Y tú crees que esa implicación nace de la nada? Nos exigís acompañar, evaluar, aplicar vuestras rúbricas… pero no nos preguntáis nunca qué pensamos de vuestra docencia. Nunca. No hay diálogo real. Ni se nos convoca para definir contenidos, ni para proponer cambios, ni para decidir cómo debería ser esa docencia que luego debemos aplicar en la práctica. ¿Por qué esa separación tan férrea?
—No es intencional, Loreto, créeme. Pero las estructuras académicas son rígidas. Los programas, los planes de estudio, las comisiones… a veces no tenemos margen.
Loreto no se contuvo.
—Y nosotras tampoco lo tenemos. Ni tiempo, ni reconocimiento, ni recursos. Pero además tenemos la sensación de que nos utilizáis como meros instrumentos de vuestra planificación docente. Nos decís lo que tenemos que hacer, cuándo y cómo, sin margen para adaptar, para innovar, para pensar juntas. Nos mandáis el programa, la guía, los criterios de evaluación… y punto. ¿Eso es participación? En todo caso será colaboración forzada. Porque, participar y tú lo sabe bien es otra cosa bien distinta, ¿verdad? La participación supone tener, dejar que se tenga, capacidad en la toma de decisiones. Y nosotras/os no la tenemos Mª Jesús.
Mª Jesús suspiró.
—Puede que tengas razón. Y, sin embargo, también desde la universidad sentimos que nuestra labor no se valora en la práctica. Que cuando hablamos de teorías, modelos o paradigmas nos miráis como si estuviéramos en otro planeta. ¿No te parece que hay un desprecio silencioso hacia el conocimiento académico? En cuanto a la participación, Loreto, no puede ser forzada. Debéis querer participar. Por otra parte, a nosotras/os nos pasa algo similar con relación a la formación de enfermeras especialistas. No solo no se nos tiene en cuenta, sino que se nos veta cualquier intento de participación. O sea, que estamos empatadas/os.
—¿Y quién te dice que no queramos hacerlo?, responde con energía Loreto. Pero lo queremos hacer en igualdad de condiciones y no tan solo como ejecutoras de lo que vosotras dictáis. Por otra parte, más que desprecio, hay desconexión. Porque muchas veces lo que investigáis no responde a nuestras necesidades reales ni a las de la sociedad. Se investiga lo que se cree importante desde los despachos, pero no lo que necesitamos las enfermeras que estamos con las personas, día tras día. Publicáis en revistas de impacto que ni conocemos ni podemos leer porque no tenemos acceso a ellas, con temas que no nos interpelan y que ni tan siquiera os preocupáis de hacernos llegar. Lo que vosotras necesitáis para progresar en la academia no siempre coincide con lo que necesita la sociedad, ni las personas, ni nosotras mismas. Mira Mª Jesús, pero si vosotras/os mismas/os renunciáis a lo que sois. Os presentáis como Profesoras/es de Universidad. No como enfermeras que trabajáis como tales. Os olvidáis que podéis ser profesoras/es porque sois enfermeras. Que yo sepa, no se estudia ningún grado de Profesor/a de Universidad.
—Eso es duro, Loreto. No es exactamente así, pero entiendo que lo veáis como dices. Posiblemente falte más diálogo en ese sentido. Pero es que nosotras/os, también estamos atrapadas/os en un sistema que nos exige publicar en ciertos sitios, seguir ciertas lógicas. Por otra parte, nunca he dejado de sentirme enfermera, pero es cierto que tendemos a ocultar nuestra identidad. Pero no deberíamos dejar que eso determine nuestras prioridades.
—Y, sin embargo, lo permite. Como se permite que se nos exija evaluar con rúbricas rígidas que ni tan siquiera os habéis preocupado en explicarnos previamente, en muchas ocasiones, a estudiantes que apenas han tenido tiempo de integrarse. ¿Sabes lo que más me molesta, Mª Jesús?
Mª Jesús alzó la mirada.
—Precisamente eso quería decirte. Porque lo que no se puede es valorar todo y a todas/os con un 9 o un 10, como si el único criterio fuera “ser buen chico o buena chica o que tengan simpatía”. Y vosotras lo sabéis. No somos sus padres/madres. No les hacemos ningún favor actuando irresponsablemente así. Pero lo hacéis de manera sistemática. No puede ser que todo el alumnado acabe con sobresaliente. La evaluación no es un premio a la simpatía. Hay criterios, hay competencias, hay un marco. Y cuando todo el mundo obtiene la misma nota, eso demuestra falta de implicación en el proceso de evaluación… o, lo que es peor, ignorancia sobre lo que se está evaluando. ¿Cómo va a mejorar la formación si convertimos la práctica en una validación automática?
Loreto se cruzó de brazos.
—¿Ignorancia dices? Creo que estás sacando los pies del tiesto. No es ignorancia, Mª Jesús. Quizás sea miedo. Miedo a frustrar, a dañar la autoestima de una estudiante que sabes que está expuesta en un entorno hostil, sin espacio real para pensar. Pero quizás también sea resignación, porque sentimos que da igual lo que digamos: el sistema ya está decidido.
—¿Y no crees que parte del problema es que aceptamos ese sistema como inamovible? Que no lo discutimos con la suficiente fuerza, ni en la universidad ni en el sistema de salud.
—Claro que lo creo. Pero estoy cansada de discutir sola. Si de verdad crees en el cambio, empecemos por construir un diálogo horizontal, sin jerarquías. Que no seamos “las de asistencia” y “las de academia”, sino enfermeras pensando juntas cómo formar a otras enfermeras. ¿Es tan difícil?
—No es cuestión de fácil o difícil, Loreto, se trata de una actitud que se ha mantenido a lo largo del tiempo en la que no tan solo no se han tendido puentes entre una parte y otra, sino que se ha ido agrandando la brecha de la incomunicación y la impresión. No nos reconocemos y, en muchas ocasiones, ni tan siquiera nos conocemos. Somos meros peones de una partida entre blancas y negras en la que siempre se acaba con un jaque mate o en el mejor de los casos en tablas, que no soluciona nada a nadie, como ya hemos comentado las dos.
—Pues deberemos cambiar de juego, porque el que estamos practicando está claro que no tan solo nos divide a nosotras/os cada vez más, sino que, además, supone un claro impacto negativo en la formación de las enfermeras.
Antes de que Mª Jesús pudiera responder, sonó un golpe suave en la puerta.
—¿Puedo pasar? —dijo Laia, asomando la cabeza.
—Adelante, Laia. Estábamos esperándote —respondió Mª Jesús, con una expresión nueva en el rostro.
Laia entró con paso inseguro. En sus manos llevaba la tablet con el contenido del diario reflexivo que tenía que exponer ante ambas enfermeras. Loreto y Mª Jesús, la miraron con atención. Sin saberlo, estaba a punto de convertirse en el espejo donde ambas iban a mirarse de verdad.
Por favor siéntate y procede a presentarnos tu diario. Cuando consideres, Aitana, le dijo Mª Jesús con el asentimiento de Loreto.
Gracias, dijo Laia encendiendo su tablet y posicionándose erguida en la silla.
—Estoy un poco nerviosa, perdón. Vamos allá, dijo en voz bajo en un intento por darse ánimos.
—»Durante cuatro años he transitado por aulas que hablaban de cuidados integrales, integrados e integradores, de dignidad, de teorías, de empoderamiento, de salud comunitaria… Me han enseñado que la enfermería es ciencia, arte y compromiso. Que el cuidado nos define e identifica uy que el mismo requiere de ética y estética. Y yo he querido creerlo. He querido vivirlo. Pero al llegar al centro de salud, al igual que cuando estuve en el hospital, no he encontrado esa armonía entre lo que me explicaron y lo que ahora veo.»
«He encontrado actitudes profesionales admirables, sin duda. He aprendido de miradas, de gestos, de silencios cargados de humanidad y de gran profesionalidad. Pero también he presenciado actitudes que no logro comprender. Comentarios despectivos sobre ciertos perfiles de pacientes, porque así se les sigue denominando, aunque se nos diga que son personas y no pacientes. Prisas que no justifican la frialdad. Falta de empatía que no obedece a la falta de tiempo de la que siempre se habla Lenguajes que desdicen el respeto que proclamamos. Me duele reconocer que hay formas de actuar que chocan frontalmente con lo que se nos dijo que era esencial.»
«¿En qué momento dejamos de cuestionar lo que no está bien? ¿En qué momento se normaliza la deshumanización y se abandona la ética y la estética del cuidado? ¿Cómo es posible que aprendamos sobre teorías del cuidado y luego se ignore a quien espera en una sala abarrotada sin ser mirado? ¿Cómo explicar que hablamos de relación terapéutica, pero hay personas a quienes no se dirige ni una palabra amable?»
«También me cuestiono lo que se me ha enseñado. Lo que se repite en clase como verdad incuestionable. A veces sentí que aprendía para aprobar, no para comprender. Memorizaba para hacer un buen examen, pero sin llegar a comprender. Que muchas clases eran para recitar lo mismo que estaba en los apuntes, sin espacio para debatir, para contradecir, para explorar. Me pregunté muchas veces si era la forma de enseñar lo que estaba mal. Si el conocimiento se convierte en carga cuando no se articula con la vida.»
«He tenido profesoras/es brillantes. Pero también clases vacías, automáticas, sin pasión, sin alma y sin cuidado. Y eso también duele. Porque si las aulas no inspiran, si la práctica no transforma, ¿qué nos queda como estudiantes? ¿Cómo sostener el deseo de ser enfermera si se nos expone a incoherencias sistemáticas desde ambos lados?»
«Y a pesar de todo, sigo creyendo. No desde la ingenuidad, sino desde la necesidad. Necesito creer que se puede cuidar mejor. Que se puede enseñar mejor. Que se puede ser y sentir buena enfermera y no tan solo obtener un título que te acredite como tal. Que se puede construir una profesión que no renuncie ni a su humanismo ni a su ciencia. Pero para eso hace falta mirar lo que no queremos ver. Y decir lo que cuesta decir.»
«Este diario no es solo una recopilación de vivencias. Es una llamada. Una llamada a la coherencia. A la autocrítica. A la valentía de pregunta cómo se está formando a quienes van a cuidar. Y si lo que se hace está realmente alineado con los valores que decimos defender. Porque si no lo está, nos estamos traicionando.»
«Quizás este diario no tenga respuestas. Pero tiene preguntas. Preguntas que no quiero olvidar. Preguntas que me acompañarán mucho más allá de estas prácticas. Porque si la enfermería tiene futuro, ese futuro no se escribe en soledad. Se escribe en red. En escucha. En conflicto también. Pero, sobre todo, en cuidado mutuo.»
“No he querido hacer un diario para aprobar. Para queda bien. Para agradar. He entendido lo que significaba hacer un diario reflexivo. Y, de verdad, me ha costado mucho. Pero debía ser coherente conmigo misma y con la profesión, la ciencia y la disciplina que he elegido y en la que creo”. No espero aplausos, ni tan siquiera una buena nota. Tan solo deseo que mis palabras, mis sentimientos, mies emociones, mis vivencias, sean escuchadas y aunque no sean compartidas, si al menos, sean respetadas.
El silencio que siguió fue largo y cargado de significados. Mª Jesús y Loreto permanecían quietas, sin palabras. Habían escuchado más que un diario: habían escuchado una interpelación profunda, una síntesis valiente de aquello que ambas sabían, pero no se atrevían siempre a nombrar.
—¿Así se ha sentido? —preguntó Mª Jesús, con un tono más de reconocimiento que de sorpresa.
Laia asintió, sin bajar la mirada.
—He intentado comprenderlo todo, pero también reconocer lo que no encaja. No quiero buscar culpables. Pero sí deseo que lo que vivimos las/os estudiantes no se silencie más. Necesitamos más coherencia, más presencia, más diálogo. No podemos aprender a cuidar sintiéndonos olvidadas/os o incómodas/os. Y sí, ya sé, nosotras/os también debemos poner de nuestra parte, ser más consecuentes, más activas/os, más participativas/os y más exigentes con nosotras/os mismas/os. Pero, de verdad, no resulta fácil en un entorno tan hermético, tan protocolizado, tan estandarizado…
Loreto la observó con respeto.
—Nos duele escucharlo, pero también lo necesitábamos. A veces nos volcamos tanto en sostener la práctica, que olvidamos lo que transmite esa práctica. Y quizá lo más honesto que podemos hacer hoy es reconocer que no estamos educando juntas, sino por separado. Y eso tiene un coste.
Mª Jesús bajó ligeramente la cabeza.
—Y desde la universidad también fallamos. Convertimos la enseñanza en una estructura rígida, evaluadora, que muchas veces impone más que acompaña. Nos falta escuchar a quienes están en los centros, y también a quienes, como tú, lo están viviendo desde la frontera de los dos mundos.
Laia respiró hondo antes de añadir:
—Si algo me ha enseñado esta experiencia, es que lo que no se nombra se repite. Y yo no quiero repetir lo que no funciona. Por eso, si este testimonio sirve para abrir alguna puerta, para repensar algo, ya habrá valido la pena.
Las tres se miraron, por primera vez, sin la necesidad de defender ninguna posición. Eran, en ese momento, tres enfermeras —una en formación, dos con experiencia— unidas por una misma incertidumbre y una misma esperanza. No sabían aún cómo reconstruir el puente, pero sabían que no querían seguir separadas.
Esa tarde no se firmó ningún acuerdo. No hubo un plan estratégico. Pero algo cambió. Mª Jesús se comprometió a replantear el diseño de los practicum desde un enfoque compartido. Loreto decidió implicarse activamente en los procesos docentes con voz propia. Laia aceptó presentar su testimonio en la próxima reunión de coordinación, no como alumna que reclama, sino como enfermera en construcción que desea transformar.
Entre las tres, tejieron un hilo nuevo. Frágil, sí, pero firme en su intención. Humano. Y profundamente enfermero.
Conclusión
Lo vivido en el diálogo entre Mª Jesús, Loreto y Laia permite visibilizar una fractura que no es nueva, pero que sigue sin resolverse: la separación entre quienes enseñan e investigan el cuidado y quienes lo practican en el día a día. Esta división no solo empobrece la formación del estudiantado, sino que debilita a la profesión en su conjunto, impidiendo la consolidación de una cultura enfermera integral, crítica y transformadora.
El testimonio de Laia pone sobre la mesa una verdad incómoda: la incoherencia entre lo que se enseña y lo que se vive genera frustración, desafección y, en ocasiones, desapego profesional. Pero también abre una puerta: la de construir una enfermería que se escuche a sí misma, que dialogue entre generaciones, entre saberes y entre funciones. La que reconoce que no hay buen cuidado sin pensamiento, pero tampoco pensamiento útil sin contacto con la realidad.
Replantear la docencia desde una lógica colaborativa, transformar las prácticas en espacios de construcción mutua, impulsar investigaciones que partan de las preguntas del cuidado cotidiano, y formar profesionales que no deban elegir entre pensar o hacer: todo ello requiere decisión política, compromiso institucional y, sobre todo, voluntad colectiva.
El futuro de la enfermería y de las enfermeras no se juega en los extremos, sino en los puentes. Y esos puentes se construyen escuchando más, juzgando menos, y reconociendo que solo desde la unidad entre docencia, atención, gestión e investigación será posible sostener una profesión que no olvide su razón de ser: cuidar.
[1]Pedagogo, educador y filósofo brasileño. Es considerado uno de los pensadores más notables en la historia de la pedagogía a nivel mundial (1921-1997)
[2] Collière MF. Promover la vida. De la práctica de las mujeres cuidadoras a los cuidados de salud. Madrid: McGraw-Hill Interamericana; 1993.
[3] León-Soriano L, Siles-González J. La investigación en enfermería: evolución histórica y situación actual. Enferm Clin. 2021;31(5):270–277.
[4] Tronto JC. Moral Boundaries: A Political Argument for an Ethic of Care. New York: Routledge; 1993.
[5] Nogueira-Silva A, Martínez-Riera JR. Estrategias para reforzar el liderazgo enfermero desde la práctica asistencial. Gac Sanit. 2023;37(1):25–31.
[6] Watson J. Nursing: The Philosophy and Science of Caring. Boulder: University Press of Colorado; 2008.
[7] Hernández A, García R. La identidad profesional en enfermería: entre el deseo y la realidad. Index Enferm. 2022;31(2):94–98.
[8] Martínez-Riera JR. Investigación enfermera y práctica clínica: una deuda pendiente. Enfermería Clínica. 2020;30(4):195–197.
[9] Villalobos A, Rodríguez M. Ruptura epistemológica en enfermería: una propuesta para el diálogo entre la academia y la clínica. Rev Enferm Referência. 2022;VI(25):e21095.


