
José Ramón Martínez-Riera
Miembro Plataforma Violeta de El Campello
Las últimas dos semanas, diez mujeres y un niño han sido asesinados por violencia machista. Una vez más se ha reaccionado con minutos de silencio, comunicados de repulsa, declaraciones institucionales y promesas de investigación. Pero ya no basta. Ya no alcanza. Ya no consuela.
La violencia de género no es una suma de casos aislados. Es un fenómeno estructural que nace del machismo, se alimenta de la desigualdad y se perpetúa por la inacción.
La respuesta institucional sigue siendo pobre, lenta y descoordinada. En el ámbito judicial, las medidas de protección llegan tarde o mal. Se siguen archivando denuncias por falta de pruebas cuando lo que falta, en realidad, es comprensión del fenómeno. Se prioriza la literalidad de los hechos sobre el contexto de control, miedo y coerción que define muchas relaciones abusivas. En el ámbito policial, los protocolos se aplican con desigual eficacia según el territorio, y los errores de valoración siguen costando vidas. En el ámbito sanitario, las intervenciones siguen centradas en curar heridas o etiquetar síntomas psicológicos, sin asumir el papel estratégico que podría tener la atención primaria o las enfermeras comunitarias para detectar, acompañar, promocionar y prevenir. En lo social, los recursos son insuficientes, precarizados, mal repartidos. Las mujeres que intentan salir del ciclo de la violencia encuentran puertas entreabiertas y escaleras sin barandilla. La red de apoyo institucional hace aguas. En educación, no se logra un verdadero cambio cultural y moral.
Lo más preocupante es que mientras el machismo mata, el negacionismo avanza, sobre todo entre los más jóvenes. Entre quienes se están educando en un entorno donde las redes sociales trivializan el machismo, banalizan el consentimiento, difunden discursos de odio y presentan la igualdad como una amenaza. Crece una juventud que empieza a creer que la violencia de género no existe, que las mujeres denuncian “por despecho”, que el feminismo es “radical”, que todo esto es “ideología”. Es el síntoma más claro de que estamos fallando.
Mientras tanto, las instituciones no ejercen políticas reales, rigurosas, valientes de igualdad. Se llenan la boca de compromisos, pero recortan presupuestos, vacían de contenido los planes de igualdad, desmantelan servicios especializados. Se firman pactos negacionistas, se legisla sin presupuesto, se promete sin evaluar. Se utiliza la violencia de género como arma arrojadiza o como moneda de cambio para mantenerse en el poder. Se instrumentaliza el dolor. Se subastan los discursos. Se juegan los votos mientras se entierra a las víctimas. Se enfrentan posicionamientos ideológicos en lugar de construir políticas públicas eficaces. Las víctimas son utilizadas como escudo o como munición, pero raramente como el centro de las decisiones. Y eso, además de indecente, es inhumano.
No está fallando un protocolo, una ley o una medida concreta. Está fallando el enfoque. Intentamos responder a un problema estructural con herramientas parciales. Tratando el problema como si diésemos analgésicos para una enfermedad sistémica. Abordando la violencia cuando ya ha estallado, en lugar de trabajar para dejar de ver el feminismo como un movimiento en contra de los hombres. Porque el feminismo no es una cuestión de mujeres, ese es el problema. Es una actitud de tolerancia, de respeto, de igualdad de libertad de todas y todos.
Pero, la violencia de género es la punta del iceberg de un sistema de desigualdad. Por debajo están los estereotipos, los micromachismos, las brechas laborales, la sexualización de las niñas, la normalización de la pornografía, la invisibilidad de los cuidados, el lenguaje que desprecia, la investigación para hombres, la moda que esclaviza, el humor que insulta, la tolerancia al abuso. No es solo una cuestión de “seguridad”. Es una cuestión de justicia social.
Necesitamos un cambio de modelo. Un modelo de cuidados que ponga a las personas y sus contextos, y no tan solo a las enfermedades, en el centro. Que entienda que la salud de una mujer está determinada en si tiene techo, ingresos, red de apoyo, respeto y libertad. Que asuma que la violencia de género no se combate solo con órdenes de alejamiento, sino con educación en igualdad, con políticas sociales dignas, con implicación de todos los sectores. Aislando a los/as negacionistas. Porque las respuestas deben ser transversales, intersectoriales, profundas. No vale seguir remendando. Hay que transformar.
Mientras sigamos mirando solo la superficie, seguirán matando. Mientras el silencio sea más fuerte que el compromiso real, seguirá la suma de víctimas. Mientras no entendamos que el machismo ataca a todas y todos —no solo a las mujeres—, seguiremos fracasando como sociedad.
No bastan los minutos de silencio. Hace falta una sociedad en pie. Que escuche, que crea, que acompañe, que actúe. Que cuide. Que defienda. Que no mire hacia otro lado. No se trata solo de condenar la violencia. Se trata de construir una vida sin miedo. Y eso, no se hace solo con palabras. Se hace con políticas, con recursos, con justicia, con coraje. Con convicción y no tan solo por convención.
Ese problema,es aún peor en estos países tercer mundistas…NO se hace nada para prevenir esa violencia contra las mujeres y los niños, ese descarnado pero cierto panorama de indolencia, descuido, falta de educación y prevención es mil veces peor aquí en estás latitudes. Aquí es ” salvese la que pueda sola” muy triste panorámica, nuestras mujeres y niños están solos frente a tanta violencia, sobre todo doméstica.
No se trata de países del tercer mundo. El tercer mundo es una etiqueta creada y difundida por los denominados paísis del primer mundo para someterlos y manipularlos. Los países son lo que son y como son con idependencia de clasificaciones mercantilistas. A partir de ahí, coincido en que en cada contexto, cultura, ambiente… hay que llevar a cabo abordajes específicos que combatan esta lacra que afecta a las mujeres, pero también a la sociedad en su conjunto. La Igualdad no se puede imponer, pero se debe entender e interiorizar a través de la educación, la cultura, la salud, el respeto…
Muchas gracias Beatriz