CARTA A LA CIUDADANÍA

“Escribir es tratar de entender, es tratar de reproducir lo irreproducible.”

Clarice Lispector[1]

 

Querida ciudadanía:

Llevo tiempo queriendo escribir esta carta. Pero no encontraba ni el momento, ni las palabras para hacerlo. Finalmente me he decidido. Creo que es el momento. O cuanto menos son los momentos que estamos viviendo los que finalmente me han llevado a hacerlo. Las palabras para componer mi reflexión deberás decidir tú, si son las adecuadas o no, pero son las que dictan mis sentimientos y emociones.

Escribo esta carta con la única intención de compartir. No pretendo dictar ninguna lección, ni convencer de nada. Ni siquiera lo hago desde la urgencia de una profesión, la Enfermería, que no siempre es identificada ni valorada con justicia. Escribo desde un lugar más íntimo, más frágil y más honesto. El de quien, como enfermera y como ciudadano, no quiere acostumbrarse a esta realidad que nos duele, nos desgasta y, a veces, nos deshumaniza.

Sí, digo como enfermera, aunque sea hombre, por respeto y admiración hacia una profesión, la Enfermería, que entiendo y comprendo como femenina y que tanto me ha aportado a lo largo de mi vida. Por tanto, no me he equivocado de tecla ni de género, ni con ello renuncio a mi condición masculina. Me identifico y me siento orgulloso como enfermera.

Podría haber elegido cualquier otro formato. Pero he optado, conscientemente, por escribir una carta. Lo sé, las cartas ya no se estilan. Parecen de otro tiempo, reliquias de una forma de comunicación más pausada, más íntima, más humana. Y quizá por eso mismo la elijo. Porque frente a la velocidad, la inmediatez y la superficialidad que lo invaden todo, la carta me permite detenerme, construir un hilo narrativo, dar espacio al pensamiento y al sentimiento. Hablar sin gritar, sin competir, sin imponer.

No escribo desde la nostalgia, sino desde la necesidad. Necesito establecer un diálogo —aunque sea asimétrico— en el que pueda compartir contigo mis inquietudes, mis dudas, mis temores, pero también mis compromisos, mis certezas, mi esperanza. Esta carta no es solo un texto, es un acto de cuidado. Una forma de nombrar lo que pienso y lo que siento sin intermediarios, sin filtros, sin algoritmos. Escribirte así es una manera de reconocerte como siempre te he identificado, como interlocutor/a válido/a, como parte activa de una sociedad que, pese a todo, quiero pensar que puede seguir escuchándose y entendiéndose.

Porque más que una carta, esto es una narrativa abierta. Un relato en voz alta que intenta poner en palabras lo que me preocupa y me ocupa, desde mi doble condición de enfermera y ciudadano. Condición que ni quiero ni puedo separar. Es una forma de mirar contigo lo que sucede, de pensarlo juntos, de buscar sentido donde a veces solo hay confusión. Y eso, en estos tiempos de tanta desconexión emocional y tanto discurso vacío, me parece muy necesario.

Escribir así, de tú a tú, me permite escapar de los formalismos y entrar en otro terreno. En el del cuidado del lenguaje, de la palabra con intención, de la emoción contenida. Porque esta carta no nace solo de la disciplina, la ciencia y la profesión a las que pertenezco y de las que soy y me siento parte íntima, sino de la conciencia de lo que significa ser ciudadano de esta sociedad. Como enfermera y como ciudadano, es como quiero hablar. No desde el saber, sino desde la vida vivida. Desde las dudas, los miedos, las preguntas que no siempre tienen respuesta. Desde las convicciones que me sostienen y las contradicciones con las que convivo. Porque cuidar también es esto, nombrar lo que duele, lo que falta, lo que urge. Y hacerlo con honestidad.

No me mueve la queja. No me interesa el victimismo. Tampoco escribo con ánimo de acusar a nadie ni de defenderme de nada. Lo hago porque creo que, en medio del ruido que todo lo invade —ese ruido que confunde, que desvía, que anestesia—, necesitamos espacios para la palabra clara, para la reflexión compartida, para la escucha que no juzga, pero tampoco calla. Y también lo hago por todos los silencios cómplices, intencionados, usurpadores de verdad. Silencios que encubren, que permiten, que normalizan. Silencios que no son paz, sino omisión. Que no son respeto, sino indiferencia. Porque no solo nos amenaza el exceso de voces que gritan sin decir nada o desprecian, insultan y descalifican, sino también la ausencia de aquellas que deberían estar nombrando lo que duele, lo que apremia, lo que importa, lo que conforta y lo que ayuda.

Y porque cuidar, en su dimensión más profunda, es también eso, mirar, decir y actuar. Es romper el silencio cuando se convierte en complicidad. Es atreverse a poner palabras donde otros bajan la mirada. Es tender puentes en lugar de levantar muros. Cuidar, cuando se ejerce con conciencia, implica una ética de la presencia, del posicionamiento, del compromiso. Y esta carta no es otra cosa que una forma de cuidar desde la palabra. No para ofrecer respuestas absolutas de las que no dispongo y huyo, sino para invitar a pensar, a sentir, a no acostumbrarse.

Pertenecemos a una sociedad que se ha acostumbrado a normalizar el sufrimiento, a gestionar la diferencia y también la indiferencia, a anestesiar la compasión. Una sociedad que se dice moderna y avanzada, pero que abandona sin remordimiento a quienes no encajan en sus estándares de belleza, éxito o productividad. Una sociedad que delega el malestar en el mercado, en las pastillas, en la tecnología, en las estadísticas… y que ha olvidado que la dignidad no se mide con datos, sino en relaciones.

Me inquieta —como enfermera y como ciudadano— esta especie de desmemoria colectiva que nos lleva a convivir con la injusticia como si fuera parte del paisaje. Vivimos en una sociedad que desprecia todo aquello que no encaja en el canon hedonista que ella misma ha construido. No es solo una cuestión de edad, sino de atributos que ya no se consideran valiosos. La lentitud, la memoria, la pausa, la arruga, la experiencia, la mirada serena. Quien pierde los atributos de culto —juventud, rapidez, belleza, éxito, visibilidad— es relegado al margen, condenado al olvido o a la condescendencia. La novedad aparta y cuestiona la experiencia. La arruga, que en otro tiempo era símbolo de vida vivida, hoy se convierte en defecto a corregir con bisturí. La memoria se considera molesta, debe borrarse rápidamente para dejar espacio a los bulos, a las mentiras, a las ocurrencias disfrazadas de ideas brillantes por parte de influyentes mediocres o de tertulianas/os charlatanas/es.

El respeto ha pasado a ser una rareza, algo antiguo, casi reaccionario. El insulto, la descalificación, el sarcasmo hiriente y la burla fácil se han naturalizado como formas legítimas de comunicación. El odio se esconde en discursos que se presentan como valientes, pero que no son más que gritos vacíos. Y la denuncia infundada, sin rigor ni pruebas, alimenta narrativas peligrosas, sustentadas en ambiciones desmedidas, en egos sin límite, en una profunda falta de ética.

En este clima, envejecer es casi una transgresión. Pero el problema no son los años acumulados. El problema es una sociedad que ha roto el vínculo con su pasado, que desprecia su memoria, que teme el paso del tiempo porque se niega a mirarse con verdad.

Pero también está esa pandemia silenciosa denominada soledad no deseada que crece entre nosotros sin que apenas reaccionemos, porque todo cabe en esta moda que han creado de la salud mental impostada. Asociada casi exclusivamente con la vejez, pero que en realidad es mucho más amplia, más dolorosa y más invisible. Porque también hay niñas y niños solas/os, aunque estén acompañadas/os. Jóvenes que conviven con cientos de seguidores en redes, pero no tienen a quién mirar a los ojos sin miedo. Adolescentes que no encuentran un espacio seguro donde ser y sentirse reconocidas/os. Personas que viven rodeadas de otras, pero ignoradas en lo esencial, en su dolor, en sus preguntas, en su diferencia. Y nada de ello es deseado, pero todo conduce a la soledad.

La soledad no deseada se instala donde el sufrimiento es ignorado, donde no hay escucha, donde el vínculo se rompe o nunca llega a construirse. Se cuela en los silencios familiares, en los entornos escolares hostiles, en los hogares reductos de violencia, en las consultas aceleradas, en las instituciones que clasifican, pero no comprenden. Afecta a las personas que han sido arrastradas a una vulnerabilidad que no eligieron. Migrantes, menores tuteladas, jóvenes LGTBIQ+ rechazadas, chicas/os acosadas/os, niñas/os con diversidad funcional, adolescentes con problemas de salud mental. A todas ellas, la sociedad les impone una forma de soledad que no es solo ausencia de compañía, sino de sentido, de reconocimiento, de pertenencia.

Y es una soledad que duele de manera especial porque se produce en un mundo que presume de estar hiperconectado, pero que ha olvidado cómo sostener vínculos reales. ¿Cómo es posible que, rodeadas de pantallas, algoritmos y notificaciones, tantas personas vivan desconectadas de todo vínculo significativo? ¿Qué nos está pasando como sociedad para que tantas vidas se sientan irrelevantes, inoportunas, prescindibles? Solas y sin cuidados.

No hablamos aquí de elección, sino de exclusión. De una soledad impuesta, que no se busca, que no se quiere. Que muchas veces se sufre en silencio por miedo a no ser comprendida, por no incomodar, por no romper el espejismo de normalidad que se impone desde fuera y no querer mirarnos en el espejo de una realidad en la que no nos reconocemos. Y, sin embargo, el impacto de esta soledad es profundo. Deteriora la salud, desestructura la autoestima, debilita los vínculos, agrieta el alma. Y eso no se soluciona con una intervención quirúrgica, ni con un fármaco, ni con la última generación tecnológica. Requiere cuidados.

Cuidar de verdad implica visibilizar esta soledad, acogerla, nombrarla, romperla. Implica generar espacios donde cada persona, independientemente de su edad, condición o historia, pueda encontrar presencia, escucha, conexión. Porque no hay mayor antídoto frente a la exclusión que una comunidad que cuida, que reconoce, que acompaña.

Y qué decir de la violencia de género. Se presenta como un problema que afecta exclusivamente a las mujeres, cuando en realidad es una herida que atraviesa a toda la sociedad. Porque sí, son las mujeres quienes la sufren en sus cuerpos, en sus casas, en sus vidas. Pero la violencia machista no es solo una agresión individual, es un síntoma social, una expresión brutal de un sistema que naturaliza la desigualdad, que tolera la dominación, que reproduce la lógica de la posesión como forma de relación, de convivencia malsana.

Es una violencia que nace en los márgenes de la broma sexista, del piropo invasivo e intolerable, del chiste humillante, del control emocional, de la moda impuesta. Que se alimenta del silencio cómplice, de las instituciones lentas, de los discursos negacionistas. Que no se ejerce solo con los puños, sino también con la palabra, con la economía, con la amenaza, con la manipulación, con la indiferencia. Que no solo mata, sino que desgasta, humilla, aísla, roba. Y que cuando mata, no lo hace por impulso, sino por mandato. El mandato de un modelo de masculinidad, el machismo, que se cree con derecho a decidir sobre la vida de las mujeres.

Es violencia de género, pero trasciende el género. Por ser una violencia contra la sociedad entera, porque destruye la convivencia, devora la igualdad, debilita la libertad, vulnera derechos fundamentales, perpetúa el miedo como mecanismo de control. Cada asesinato machista, es la consecuencia de una cadena de negligencias, de banalizaciones, de permisividades. Y cada agresión tolerada, cada gesto de control no nombrado, cada respuesta tibia o parcial, contribuye a sostener el sistema que la hace posible. Y, por tanto, la sociedad se convierte también en víctima de la misma.

Seguimos sin asumir que esta violencia nos interpela a todas y todos. Que no es un “problema de mujeres” como se trata de hacer ver de manera despectiva, sino una deformación estructural de la sociedad, que necesita ser desmontada desde la raíz.

Y desmontarla requiere algo más que leyes. Requiere educación, responsabilidad colectiva, presencia activa, espacios seguros, acompañamiento real, y una cultura del cuidado que sustituya a la del poder. Solo así dejaremos de contar víctimas y empezaremos a construir una sociedad en la que podamos vivir y convivir todas las personas.

Tampoco podemos mirar hacia otro lado ante lo que mal llamamos “cambio climático”, como si se tratara únicamente de un fenómeno atmosférico, ajeno a nuestra acción, predecible o reversible sin más. Lo que está en juego no es solo el clima, sino una forma de vida, una forma de habitar el mundo que ha roto sus lazos esenciales con la naturaleza, con los otros y con sí misma. No se trata solo de que suban las temperaturas o se derritan los polos. Se trata de que el modelo de desarrollo, consumo y poder que hemos construido y permitido, ha olvidado el cuidado como principio de convivencia. No cuidar la naturaleza es, en esencia, lo que provoca este cambio que nos desborda, que nos empobrece, que nos enferma… y que, cada vez más, nos mata.

Las olas de calor extremo, los desastres naturales cada vez más frecuentes e imprevisibles, las migraciones forzadas, las crisis hídricas y alimentarias, el aumento de enfermedades respiratorias, infecciosas o derivadas del estrés climático… son mucho más que noticias que ya ni tan siquiera captan nuestra atención. Son consecuencias reales, cotidianas, dramáticas, de un sistema que ha roto su equilibrio con el entorno. Pero también consigo mismo. Porque el planeta no es una abstracción. Es nuestro hogar común. Lo que afecta a la Tierra, afecta directamente a la salud, al bienestar, a la seguridad, a la vida de quienes la habitamos.

El cambio climático es también un cambio en las condiciones materiales de existencia. Una transformación forzada del modo en que nos relacionamos, trabajamos, enfermamos y morimos. Las desigualdades se agravan. Quienes menos contaminan son quienes más sufren sus consecuencias. Las comunidades más vulneradas quedan expuestas a fenómenos extremos sin recursos ni respaldo. Y, aun así, seguimos actuando como si hubiera un planeta de repuesto, como si las soluciones fueran meramente técnicas o geoestratégicas, olvidando que la raíz del problema es ética, cultural y humana.

Frente a esta crisis, solo hay una salida posible, reaprender a cuidar. Cuidar del agua, del aire, de la tierra. Pero también de los vínculos, de la comunidad, de la justicia. Porque cuidar el planeta es también cuidar a quienes lo habitan, cuidar de la vida, de la salud. Y ahí las enfermeras tenemos mucho que decir, porque entendemos que la salud no puede separarse del entorno que la hace posible, ni de las relaciones que la sostienen. Porque la salud, en sí misma, es equilibrio y el equilibrio necesita ser cuidado para mantenerlo. Porque entendemos el cambio climático desde una mirada global y no tan solo como una estadística relacionada con la enfermedad.

Las desigualdades —económicas, sociales, territoriales— se han vuelto estructurales. Y lo más doloroso es que se perpetúan y se amplifican por decisiones políticas y económicas que anteponen la rentabilidad al bienestar común. Que se sostienen desde la mentira y el negacionismo. Mientras, los servicios públicos se recortan, se privatizan, se empobrecen. Y eso tiene un precio. Un precio en salud, en oportunidades, en vidas.

Me duele el desprecio creciente hacia la diversidad. Se criminaliza a quien migra, se estigmatiza a quien vive con discapacidad, se patologiza la salud mental, se infantiliza a las personas con sufrimiento psíquico, se caricaturiza la pobreza, se ataca a quienes no encajan en el estándar sexual, cultural o de pensamiento, que se impone a la fuerza y con la fuerza. Y así vamos construyendo una sociedad profundamente excluyente, que tolera la diferencia solo si se disfraza de normalidad o se ejerce tan solo en la intimidad. Los armarios, la oscuridad, los silencios, los ambientes… se convierten en los únicos y patéticos reductos de una libertad secuestrada, limitada, anulada. No se trata de normalizar. No hay nada que normalizar, sino de aceptar y respetar la diversidad, sin que ello suponga tener que cambiar la condición de cada cual.

Como enfermera, sufro al constatar que muchos y muchas profesionales de la salud se han refugiado en la neutralidad técnica, en los estándares productivistas, en la comodidad de lo establecido. Se olvidan de mirar, de escuchar, de implicarse. Reproducen un asistencialismo neutro, distante, ausente. Una asistencia, que no atención, cada vez más fragmentada, más despersonalizada, más medicalizada, menos humana y digna. Se habla mucho de humanización, pero se practica poco. Porque humanizar requiere tiempo, compromiso, valentía… y eso no cabe en los cronómetros del sistema, sino en modelos que se sustentan en los cuidados.

Como consecuencia de todo ello, la ética, se convierte en un mantra vacío. Se repite como eslogan profesional o institucional, pero se olvida en las decisiones cotidianas. Y los derechos, en lugar de ser fundamentales, se convierten en concesiones condicionales. Se dan… si te portas bien. Si no incomodas. Si no cuestionas. Pero cuando no se cumplen las contrapartidas que impone el poder, se retiran sin pudor. Y con ellos se retira la esperanza.

No pretendo con estas palabras trasladar una visión pesimista ni caer en el catastrofismo. No me mueve el desencanto, ni el dramatismo, ni la queja estéril. Simplemente, comparto lo que veo, lo que escucho, lo que siento. Lo que me preocupa, sí, pero también lo que me importa. Y lo hago no desde la frustración ni desde la derrota, sino desde el compromiso de quien no quiere permanecer indiferente, ni pasivo. Porque nombrar lo que duele no es rendirse, sino el primer paso para transformarlo. Porque mirar de frente las sombras no implica habitar en ellas, sino buscar con más determinación los espacios de luz.

Lo que aquí expreso no es un inventario de calamidades, entre otras cosas porque no están todas las que son, sino un gesto de honestidad y cuidado. Un intento de no acostumbrarme, de no trivializar, de no dejar que lo urgente borre lo importante. Es, sobre todo, una invitación a repensar lo que somos y lo que podemos ser, a recuperar el impulso transformador que nace de la conciencia crítica y de la empatía activa. Porque nada cambia si primero no se nombra. Y nada mejora si no hay quien lo impulse con decisión.

Hay una esperanza que no grita, pero resiste. Una esperanza que se cultiva en lo cotidiano, en los gestos pequeños, en las personas que cuidan sin esperar aplausos, en quienes escuchan cuando todos opinan, en quienes sostienen cuando todo se derrumba. Una esperanza que no es ingenua, ni mucho menos sumisa, sino radicalmente transformadora.

Creo profundamente que los cuidados —entendidos en su sentido más amplio, más político, más humano— son una respuesta posible. Una oportunidad real. Una propuesta de vida. Y creo también que las enfermeras, por lo que somos y por lo que sabemos hacer, podemos liderar esa transformación silenciosa pero necesaria.

Cuidar no es asistir. No es suplir. No es imponer. Cuidar es acompañar procesos de vida, respetar ritmos, crear vínculos, generar entornos seguros y saludables, promover autonomía, construir comunidad. Cuidar es reconocer a cada persona como sujeto único y valioso, no como caso clínico, usuario, paciente o beneficiario. Cuidar es, también, incomodar al poder cuando éste desatiende, descuida o vulnera. Todo ello desde el conocimiento, la ciencia, la conciencia, la evidencia y, por supuesto, la actitud de quienes, como yo, creemos y sentimos lo que somos y aportamos. Sin protagonismo, ni autoritarismo, sin paternalismo, ni indiferencia. Desde el respeto hacia todas las personas que sufren, temen, dudan, anhelan, esperan… y necesitan ser escuchadas, entendidas, acompañadas… para lograr afrontar sus situaciones vitales desde los recursos personales, familiares, sociales o comunitarios que, teniendo a su alcance, son muchas veces ignorados. Afrontamientos terapéuticos construidos desde el consenso y no desde la imposición o el consejo magnánimo.

Y cuidar, como actitud ética y política, implica rechazar toda forma de exclusión. Ningún patrón de comportamiento, de imagen o de lenguaje puede ni debe justificar la discriminación. La discapacidad no supone nulidad. La salud mental no es una etiqueta que define ni limita. La diversidad no es un problema a resolver, sino una riqueza a reconocer. La solidaridad no puede ser un gesto esporádico ni una estrategia de marketing. Debe ser una forma de vida. Una práctica relacional. Una manera de estar en el mundo. Y para que eso sea posible, debemos combatir el individualismo que nos aísla, que nos fragmenta, que nos convierte en consumidores antes que en ciudadanos.

La salud no es solo una cuestión de intervenciones técnicas, ni se debe confundir con la sanidad. Las enfermeras no somos sanitarios, sino profesionales de la salud y de las ciencias de la salud a las que, precisamente, renuncian algunos sanitarios. Es una cuestión de relaciones humanas. Las redes sociales reales —no las virtuales— son el principal antídoto contra la enfermedad del aislamiento, de la violencia, de la soledad. Por eso necesitamos reconstruir el tejido comunitario, crear espacios de encuentro, rescatar la confianza en lo colectivo. Para ello debemos ser capaces de crear contextos saludables, identificar los activos para la salud, propiciar y ejercer el derecho de participación real y comunitaria que habilita la capacidad de decisión desde la que responder a las necesidades sentidas de la comunidad y no dar por buenas las que nos presentan como parte de la acción política partidista y alejada de la realidad.

El empoderamiento individual y comunitario pasa por el autocuidado, sí. Pero también por la corresponsabilidad. Porque no se trata solo de que cada quien se cuide a sí mismo, sino de que aprendamos a cuidarnos entre todos. Siendo ciudadanía y cuidadanía.

Y la política, no lo olvidemos, no es propiedad de los políticos. La política nos pertenece. Es el espacio donde decidir cómo queremos vivir. Y quienes ejercen cargos públicos son meros gestores a quienes confiamos esa tarea. No están por encima. No son más. No pueden actuar como si la ciudadanía fuese un estorbo, un obstáculo o un mero medio para obtener su voto. Tampoco pueden utilizar el poder para alimentar su vanidad o su ideología a costa del bien común. Y ese cambio también es posible y necesario. Porque de no hacerlo seguirán en el convencimiento de que, lo que hacen, es en beneficio de la ciudadanía, como si de un acto de fe se tratase. Cuando, la realidad, nos demuestra que es un fanatismo mesiánico que tan solo busca el beneficio partidista o personal sirviéndose de la política en detrimento de su verdadero sentido y valor.

Los populismos, por su parte, son hoy una de las amenazas más graves para la democracia y la libertad. De las que se sirven precisamente quienes no tan solo no creen en ellas, sino que quieren amordazarlas, disfrazarlas, limitarlas o eliminarlas. Una amenaza a la convivencia y, por tanto, a la salud. Se presentan como salvadoras/es, se visten de pueblo, pero su objetivo es el control, la manipulación, la destrucción del disenso. Se alimentan de bulos, de odio, de miedo para construir sus discursos triunfalistas. Y frente a ellos, necesitamos más que nunca pensamiento crítico, ética pública, educación transformadora, medios comprometidos con la verdad, salud en libertad y no persecutoria.

Como enfermera, he aprendido que no hay mejor herramienta que la escucha activa. Que no hay mayor gesto político que cuidar con respeto, con compasión, con rigor. Que no hay mayor esperanza que aquella que nace del encuentro.

Por eso esta carta. Porque me niego a callar. Porque me niego a resignarme. Porque creo que aún es posible construir otra sociedad, más justa, más sociable, más humana.

Y no hablo desde la utopía ingenua, sino desde la convicción profesional y personal. Sé que no es fácil. Sé que hay resistencias. Pero también sé que muchas personas, en muchos rincones, están ya sosteniendo este cambio.

Las enfermeras estamos ahí. A veces invisibilizadas. A veces silenciadas. Pero presentes. Con competencias, con conocimiento, con compromiso, con liderazgo. Con capacidad para intervenir no solo en o desde la técnica, sino en lo social, en lo educativo, en lo político. Con herramientas para generar salud, para tejer comunidad, para promover justicia.

Y si bien la inteligencia artificial, la tecnología y los algoritmos son una realidad, nunca podrán sustituir el valor del vínculo humano, la mirada atenta, la palabra oportuna, el gesto que reconforta, en definitiva, el cuidado. Los cuidados no se automatizan. No se programan. No se subastan. No se estandarizan. Los cuidados se dan o no se dan. Y en eso reside gran parte de lo que nos hace humanos y de lo que nos define como enfermeras.

No quiero vivir en una sociedad que desprecia los cuidados, que premia la indiferencia, que convierte el dolor ajeno en espectáculo, la respuesta humana en algoritmo. Quiero contribuir a una sociedad que abrace, que escuche, que sea consciente de la importancia del cuidado en general y del profesional enfermero, en particular.

Sé que no estoy solo. Hay muchas voces, muchas manos, muchos corazones que laten con idéntico ritmo. Tal vez no sean las más ruidosas, ni las más influyentes, pero están. Y basta con eso para no perder la esperanza. Para seguir creyendo que es posible cambiar y, por tanto, que es necesario transformar.

Antes de acabar, me gustaría compartir una petición. No como quien ruega, exige o se deja llevar por un impulso vanidoso, sino como quien confía en la capacidad de la ciudadanía para comprender lo esencial. Pido que se valore el cuidado como algo profundamente humano, político y transformador. Y, desde esa valoración que es intrínseca al ser humano, visibilicen, defiendan y dignifiquen la aportación cuidadora de las enfermeras.

No se conformen con la simpatía, ni con los estereotipos que históricamente han enmascarado nuestro papel. No acepten que se nos reduzca a ejecutoras silenciosas en un sistema secuestrado por el asistencialismo médicocentrista. No nos pidan solo amabilidad, sino cuidados de calidad y calidez, rigor y humanidad, ciencia y presencia. Visibilicen y valoren la aportación cuidadora de las enfermeras. Exijan cuidados reales, integrales, respetuosos, profesionales. Y entiendan que, sin enfermeras, nada de lo que aquí he nombrado podrá ser realmente afrontado, y mucho menos transformado.

Ojalá estas palabras sean un punto de inflexión, para seguir conversando, para seguir cuidando, para seguir resistiendo juntos.

Con y desde el respeto, el afecto y la esperanza, gracias por leerme.

[1] Periodista, reportera, traductora y escritora de novelas, cuentos, libros infantiles y poemas ucraniana-brasileña. (1920-1977).

4 thoughts on “CARTA A LA CIUDADANÍA

  1. Comparto totalmente tu reflexión, pienso en los cocuidados como la alternativa de la comunidad para crear vínculos y establecer redes que generen relaciones de ayuda y respuesta desde un pensamiento crítico y positivo. E iniciar este proceso desde el compromiso de valores de ética, dignidad y justicia social para iniciar el espíritu de la esperanza.

  2. Muchos temas de interés general que como sociedad son necesarios tocar y otros concretos y definidos de la actividad profesional del cuidado que tenemos que reflexionar. Me parece que este escrito retoma la urgencia de desaprender y reaprender qué, cómo, cuándo, dónde o quién debemos y podemos realizar actos de cuidado profesionalmente pues todos los ciudadanos tenemos obligación de cuidar.
    Gracias José Ramón por darte tiempo de escribir corto y sustancioso.
    Saludos cordiales

    1. Muchas gracias Rocío
      Siempre hay que reaprender, transformar, innovar… sin perder la esencia, la ética y la estética del cuidado que nos define e identifica
      Un abrazo

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