
A veces la sabiduría popular dice más que cien editoriales. Carlos Mazón ha hecho del refranero su forma de gobernar —aunque sea a contrapié—. Él, que presume de cercanía, de temple, de valencianismo pragmático, lleva meses al frente de la Generalitat actuando de cara a la galería, como cuando cantaba, posiblemente pensando que “quien canta su mal espanta”.
Desde la DANA, hace ya más de ocho meses, Mazón ha preferido el silencio a la responsabilidad sin tener en cuenta que “manejar el silencio es más difícil que manejar la palabra”. No se han depurado responsabilidades, no se ha pedido perdón, no se han dado explicaciones. Lo que sí se ha hecho — con entusiasmo— es tejer un relato lleno de medias verdades, omisiones y sobre todo mentiras. “Miente, miente, que algo queda”, convencido de que la memoria ciudadana es corta y aplicándose para sí aquello de “a palabras necias, oídos sordos”. Pero no todo se olvida y, aún menos, se perdona. Y menos cuando se han perdido, por su inacción y mediocridad, 228 vidas humanas. Pero, “la mentira tiene las patas muy cortas, pero la cola muy larga”.
La pésima gestión de aquella catástrofe dejó al descubierto la falta de previsión, la descoordinación institucional, una preocupante indiferencia y una evidente ineptitud. El relato posterior ha sido un rosario de excusas e hipocresía, que se desmontan solas, porque “no hay peor mentira que la que se cuenta creyéndola verdad”, y Mazón, lejos de rectificar, ha insistido una y otra vez en defender lo indefendible, pero sin poder ocultar que “las palabras buenas son, si así fuese la intención”.
El objetivo, en cualquier caso, no es gobernar, sino resistir, porque “quien la sigue, la consigue” y porque piensa que “no hay mal que cien años dure “. A estas alturas, la única agenda que parece clara es la que marca el calendario hacia su jubilación como expresidente. Y como “más vale pájaro en mano que ciento volando”, Mazón se aferra al cargo no por convicción, sino por conveniencia, olvidando que tan solo “con bondad, se adquiere autoridad” y que para ser respetado debería “tratar a los demás como le gustaría ser tratado”.
El problema es que “el mentiroso debe tener buena memoria”, y Mazón se contradice sin pudor. Lo que dijo en abril ya no cuadra con lo que sostiene en julio. Lo que negó al principio ahora lo matiza, y lo que prometió ya ni se menciona. Mientras tanto, sus socios se crecen, imponen su agenda reaccionaria, y marcan el paso del gobierno. Pero él calla, consiente, y a veces incluso aplaude. Porque “el que calla, otorga”, y el precio del poder parece, en su caso, no tener límites.
Mazón ha creído que, en política, a falta de logros propios, lo mejor es señalar los fallos ajenos, sean ciertos o inventados. Ha encontrado en los casos de corrupción del PSOE su mejor tabla de salvación. Se aferra a ellos con vehemencia, los agita como si fueran su programa de gobierno, convencido de que “el que señala, distrae”. Cada intervención pública, cada rueda de prensa, cada réplica parlamentaria acaba girando sobre lo mismo, deslegitimar al adversario, embarrar el terreno, presentarse como el espejo limpio frente a un Gobierno central que, según él, se maquilla para ocultar sus manchas. El problema es que, en ese intento desesperado por parecer limpio, olvida que él tiene los zapatos llenos de barro y sin darse cuenta de que “mal ladra el perro cuando ladra de miedo”.
Acusa a Sánchez de victimismo impostado mientras él mismo lleva meses construyéndose un papel de mártir institucional. Incomprendido, calumniado, víctima de envidias políticas y ataques injustos. “Ve la paja en el ojo ajeno…” Cada vez que habla, da la sensación de que el mundo le debe una disculpa. Critica a Sánchez por maquillarse para la ocasión, y olvida que él mismo se puso un chaleco rojo como si fuera un uniforme de campaña humanitaria, en plena tragedia. Después de lastimar el manipulador se disfraza de víctima.
En la Comunitat Valenciana hace tiempo que se oye el rumor de la desafección, del desgaste, del hartazgo. Lo saben todas/os, pero, piensan que, “más vale malo conocido que bueno por conocer”.
Lo cierto es que Mazón, pese a las apariencias, está solo. Rodeado, sí, pero solo. Esconde su agenda y se esconde él mismo por miedo, que no por vergüenza a la que deja atrás para poder medrar. Pero la política, aunque algunos lo olviden, también se nutre de dignidad. Y, como dice el refrán, “al final, cada uno recoge lo que siembra”. Incluso si lo sembró entre aplausos y lo cosecha entre sombras. Pero, debería recordar que “no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague”, “demos tiempo al tiempo” “para poner a cada cual en su sitio”.
Mazón empezó mal, suprimiendo servicios que podían haber salvado vidas, debido a su menosprecio de la realidad del cambio climático, siguió peor, no estando a la altura en su comportamiento el día de la Dana, y continúa superándose cada día con su actitud de hacernos creer que la realidad es otra distinta a la que todos vemos.