
A la Red Iberoamericana de Enfermería Familiar y Comunitaria (RIEFyC) que tanto y tan bien trabaja en aras de un lenguaje e imagen propios de las enfermeras.
“No hay palabra inocente. Toda palabra es una toma de posición.”.”
Paulo Freire[1]
Permanentemente, las enfermeras estamos defendiendo que nuestro quehacer se sustenta en un espacio disciplinar propio, diferenciado y legítimo, basado en la ciencia del cuidado. Un saber complejo, dinámico y profundamente humano que no puede seguir subordinado al paradigma médico bajo el que, durante décadas, hemos sido invisibilizadas, instrumentalizadas o reducidas a meras ejecutoras. Secuestradas a veces por inercias institucionales, otras por falta de reconocimiento, y muchas por el propio desconocimiento, la inseguridad epistemológica respecto a nuestro marco de referencia, o el posicionamiento cómodo de la inacción en espacios de confort.
Sin embargo, este deseo de autonomía y diferenciación no siempre se traduce en acciones coherentes ni en un lenguaje que exprese con claridad esa singularidad. Seguimos utilizando terminología ajena o desajustada con respecto a aquello que decimos defender. Hablamos de “asistencia” en lugar de atención, de “usuarios” o “pacientes” en vez de personas, de “visita domiciliaria” en lugar de atención familiar, de “sanitarios” en vez de profesionales de la salud o directamente de enfermeras, de “la enfermería hace” en lugar de reconocer que quienes hacemos, o no, somos las enfermeras. Su elección no es anecdótica. El lenguaje no es neutro ni banal. Las palabras configuran el pensamiento, construyen realidad, posicionan ideológicamente, definen identidades, legitiman prácticas.
En un contexto como el iberoamericano, además, esta necesidad de coherencia discursiva cobra una relevancia especial. Compartimos no solo lenguas como el español y el portugués, sino también una matriz cultural basada en valores comunes como la solidaridad, la cercanía, la familia, la comunidad y el cuidado como expresión de humanidad. Esta afinidad cultural, lejos de homogeneizar nuestras prácticas, ofrece un terreno fértil para el desarrollo de un lenguaje profesional que, sin perder raíces, se nutra de nuestras experiencias compartidas y proyecte una narrativa del cuidado que sea auténtica, contextualizada y transformadora. En Iberoamérica, nombrar el cuidado con propiedad es también un acto de resistencia frente a lógicas colonizadoras, economicistas o tecnológicas que tanto nos han fascinado y fascinan y que amenazan con diluir nuestra identidad profesional.
El uso reiterado de términos ajenos a la lógica del cuidado no solo debilita nuestro discurso, sino que alimenta la contradicción entre lo que decimos ser y lo que realmente hacemos o comunicamos. Resulta llamativo que una disciplina que reivindica la centralidad de la persona, de la experiencia vivida, de la subjetividad, siga empleando un lenguaje técnico, aséptico o directamente médico, que cosifica a quien cuida y a quien es cuidado. Decimos que cuidamos, pero hablamos de prestar servicios. Afirmamos que personalizamos la atención, pero hablamos de “protocolos aplicados”. Nos posicionamos como profesionales de referencia en la promoción de la salud, pero utilizamos expresiones que reproducen un modelo asistencialista y paternalista alejado de la salud. Esta incoherencia mina la fuerza de nuestro posicionamiento, debilita la legitimidad de nuestra identidad y, lo que es más grave, limita nuestra capacidad transformadora, al mismo tiempo que impide que seamos identificadas/os por lo que decidimos de manera autónoma y no por lo que se nos delega u ordena.
Las palabras no son solo una herramienta de comunicación. Son estructuras de pensamiento, vehículos de representación simbólica, instrumentos de poder. Nombrar es crear realidad. Como afirmaba Pierre Bourdieu, “quien tiene el poder de nombrar, tiene también el poder de legitimar o de excluir[2]”. En el caso de las enfermeras, ese poder nos ha sido históricamente negado, y aún hoy seguimos reproduciendo un lenguaje prestado que no responde a nuestras claves epistemológicas ni a nuestra identidad profesional. Lo más preocupante no es que otras disciplinas nos nombren desde su mirada, sino que nosotras mismas lo hagamos sin cuestionarlo. Que asumamos como natural un vocabulario que nos reduce, que nos diluye, que nos aleja del corazón de lo que hacemos, cuidar.
Cuando una enfermera habla de “paciente diabético” o de “ver una úlcera” en lugar de “persona con diabetes” o “atender a una persona con una úlcera”, está emitiendo un juicio de reducción identitaria que contradice la visión holística que proclama. Cuando dice que va a “hacer una visita domiciliaria” en lugar de “prestar atención domiciliaria” o “acompañar a la familia en su entorno”, está transformando una intervención relacional en un acto técnico. Cuando utiliza “cumplimiento” en vez de “acuerdo” o “adhesión voluntaria”, está desplazando el protagonismo del proceso desde la persona hacia la norma. Resulta igualmente significativo observar cómo sustituimos, de forma aparentemente inocente, términos que alteran profundamente el sentido de las relaciones que establecemos. Por ejemplo, decimos que las personas colaboran con las enfermeras, cuando en realidad deberíamos hablar de participación. La colaboración implica adherencia, apoyo a un plan diseñado por otro, incorporación a una estrategia ajena. Participar, en cambio, supone estar presente desde el inicio, formar parte del proceso de decisión, compartir poder. No es lo mismo pedir colaboración que facilitar participación. En la primera, el centro de control sigue siendo el profesional; una estructura jerárquica que contradice el espíritu del cuidado relacional. En la segunda, se reconoce a la persona como sujeto activo, con saberes, con voz, con capacidad de agencia y, por tanto, de decisión. El lenguaje que elegimos no solo refleja la relación, la define[3].
Esta incoherencia no es un fenómeno aislado ni puntual. Se manifiesta también en los entornos académicos, en la documentación utilizada en la atención, en la literatura científica, en la divulgación y, especialmente, en el lenguaje institucional. Resulta contradictorio que en las guías de cuidados elaboradas por enfermeras se siga hablando de “tratamiento” o “seguimiento del paciente”, términos propios del modelo clínico-médico, mientras se intenta reivindicar el cuidado como eje central de la intervención.
Hablar con propiedad no es una cuestión estética, ni un simple ejercicio de corrección terminológica. Es un acto necesario, una afirmación identitaria, una responsabilidad ética. Es dotar de sentido lo que hacemos, conectar el lenguaje con la acción, el discurso con la práctica. Si decimos que cuidamos personas, debemos hablar como quienes cuidan personas. Si decimos que el cuidado es nuestro objeto y razón de ser, necesitamos un lenguaje que lo represente, que lo defienda, que lo visibilice. De lo contrario, caemos en una suerte de esquizofrenia profesional, es decir, pensamos de una manera, actuamos de otra y hablamos de una tercera, generando un ruido simbólico que obstaculiza el desarrollo disciplinar
Esta reflexión no es nueva. Marie-Françoise Collière[4] ya advertía que el lenguaje dominante ha sido una herramienta de sometimiento, y que parte de la emancipación enfermera pasa por recuperar la capacidad de nombrar el mundo desde el cuidado[5]. Jean Watson, por su parte, insiste en que la coherencia entre lenguaje, pensamiento y acción es imprescindible para sostener una práctica basada en la ética del cuidado[6]. Virginia Henderson también planteaba que las enfermeras deben conocer, comprender y utilizar su propio lenguaje para poder afirmar su contribución única a la salud y al bienestar de las personas[7]. Y, sin embargo, pese a estas voces referentes, la incoherencia persiste. No estoy hablando, por tanto, desde un planteamiento demagógico, dogmático ni mucho menos ortodoxo, sino desde el sentimiento y el sentido de lo que somos y aportamos como enfermeras.
Una parte del problema radica en la formación. Los planes de estudio, aunque han evolucionado, aún arrastran una fuerte impronta biomédica. Muchas asignaturas se nombran con terminología médica, muchos contenidos se estructuran desde modelos ajenos, y muchas veces el propio profesorado no tiene plena conciencia del impacto que tiene el lenguaje en la construcción de la identidad profesional. Si desde la universidad no se promueve el lenguaje, si no se cuida el modo en que se transmite el saber enfermero, difícilmente el estudiantado desarrollará una mirada crítica y una narrativa coherente con la lógica del cuidado. Hablar bien, en este sentido, es también una cuestión pedagógica.
Pero la responsabilidad no es solo académica. También es institucional y política. Las sociedades científicas, los colegios profesionales, los órganos de gestión y representación deben ser agentes activos en la recuperación y consolidación de un lenguaje propio. No basta con defender la enfermería como ciencia del cuidado: hay que hablar como tal. Hay que renunciar a la tentación de “medicalizar” el discurso para ganar legitimidad, y apostar por una narrativa fuerte, rigurosa, clara y genuinamente enfermera.
Tampoco es un problema individual, aunque cada profesional tiene su parte de responsabilidad. Es un asunto estructural, histórico, cultural. Pero precisamente por eso necesita de un posicionamiento consciente, colectivo, sostenido. No se trata de imponer un vocabulario cerrado ni de caer en un esencialismo terminológico. Se trata de construir, entre todas/os, un lenguaje común que sea fiel a nuestros valores, que traduzca nuestro conocimiento, que represente nuestras prácticas y que fortalezca nuestra identidad.
Porque las palabras no son solo palabras. Son actos. Son decisiones. Son posicionamientos. Y cuando no cuidamos el lenguaje, difícilmente podremos cuidar desde el lenguaje. Decimos que el cuidado es nuestra esencia, nuestra ciencia, nuestro compromiso. Pero si lo seguimos nombrando con palabras ajenas, ajamos su significado, debilitamos su potencial, traicionamos su profundidad.
Nombrar con propiedad no es una cuestión de forma. Es una cuestión de fondo. Es afirmar con claridad que tenemos una disciplina, una ciencia y una profesión que merecen un lenguaje que las nombre con dignidad, con precisión y con sentido. Un lenguaje que no solo describa, sino que transforme. Que no solo diga, sino que cuide. Porque también se cuida desde las palabras. Porque el cuidado, cuando es coherente, también se pronuncia.
Este déficit de coherencia discursiva se manifiesta incluso en los ámbitos donde más presencia tenemos. En la atención primaria y comunitaria, por ejemplo, seguimos llamando “demanda espontánea” a las consultas de personas que acuden por su propia iniciativa, cuando en realidad muchas veces no es demanda, ni es espontánea, sino la expresión de un malestar no resuelto, de una necesidad desatendida o de una búsqueda de escucha que no cabe en los canales oficiales del sistema. Llamarlas “espontáneas” es deslegitimarlas, minimizarlas, ignorar su contenido relacional y simbólico. Si decimos que centramos nuestra intervención en las necesidades sentidas de las personas, deberíamos revisar con urgencia esa etiqueta.
Otro ejemplo ilustrativo es el modo en que definimos nuestras intervenciones. A menudo hablamos de “técnicas de enfermería” como si eso definiera nuestra especificidad profesional. Pero las técnicas, por sí solas, no son lo que nos caracteriza. Lo que nos define es cómo, para qué, con quién y desde qué marco realizamos esas técnicas. Una cura no es solo un procedimiento, es una oportunidad de vínculo, de escucha, de acompañamiento. El lenguaje técnico que a veces asumimos como sinónimo de profesionalidad puede convertirse en una trampa si deja fuera la dimensión humana del cuidado. Profesionalizar no es tecnificar, es dotar de sentido.
Lo mismo ocurre con la documentación. Los registros enfermeros, tan necesarios para visibilizar nuestro trabajo, muchas veces se convierten en un lenguaje administrativo, escueto, desconectado de la experiencia real. “Persona consciente, colaboradora, piel integra, signos vitales dentro de parámetros normales”: ¿qué dice eso de la persona?, ¿qué dice de la enfermera?, ¿qué dice del cuidado? Nada que no pueda decir una máquina. Si queremos documentar nuestra acción, necesitamos palabras que reflejen la complejidad relacional, el juicio profesional, la sensibilidad, la toma de decisiones compartida, la incertidumbre.
También en la relación con la comunidad se perciben estas incoherencias. Cuando realizamos intervenciones grupales o comunitarias y describimos como “educación sanitaria” la educación para la salud, estamos transmitiendo una visión unidireccional, vertical y paternalista que no pasa de ser información unidireccional. La educación para la salud, que no sanitaria, debe entenderse como proceso dialógico, emancipador, de construcción colectiva de conocimiento. Paulo Freire ya advirtió del riesgo de la “educación bancaria”, en la que el profesional deposita saber en un sujeto pasivo[8]. Si nos limitamos a “dar consejos” o “informar”, estamos reproduciendo exactamente ese modelo. Y el lenguaje que usamos lo delata. Y como sucede con los bancos, nada es gratuito, todo conlleva una comisión.
Hay, por tanto, una urgencia no solo lingüística, sino también ética. Cada vez que utilizamos una palabra que reduce, que cosifica, que impone, estamos traicionando los principios de respeto, autonomía y dignidad que decimos defender. Porque no se puede cuidar bien desde un lenguaje que hiere, que ignora, que falsea.
Esta necesidad de coherencia también atraviesa nuestras reivindicaciones. Cuando exigimos reconocimiento institucional o mejoras laborales, es esencial que el discurso que empleamos refleje nuestra especificidad y no nos diluya en generalidades. Decir que somos “personal sanitario” puede servir para unirnos en determinadas luchas, pero también puede invisibilizar nuestro aporte diferencial. Si queremos que se reconozca la centralidad del cuidado, debemos hablar desde el cuidado. Si queremos que se entienda nuestra contribución única, debemos nombrarla como tal. Lo que no se nombra, no existe. Y lo que se nombra mal, se interpreta peor.
Esto tiene implicaciones profundas en la percepción social de la enfermería y de las enfermeras. Muchas personas siguen sin comprender qué hacemos exactamente las enfermeras porque el relato dominante ha sido inconsistente, inexacto o insuficiente. Parte de la confusión viene de fuera, sí, pero otra parte nace de nosotras mismas. De cómo hablamos de nuestro trabajo, de cómo lo valoramos, de cómo lo comunicamos, de cómo lo escribimos. La narrativa profesional no puede construirse desde el mimetismo ni desde la subordinación. Necesita una voz propia, clara, coherente, valiente. Una voz que no solo defienda el cuidado, sino que lo diga con palabras que cuiden y nos identifiquen.
También tiene consecuencias en nuestra autoestima profesional. El lenguaje que utilizamos moldea la forma en que nos pensamos y nos posicionamos. Si hablamos desde la falta de autoestima, desde la obediencia, desde la imprecisión, difícilmente podremos actuar con autonomía, liderazgo y confianza. La coherencia lingüística no es solo una cuestión de estilo, sino de empoderamiento. Cuando una enfermera dice con claridad lo que hace, lo que sabe, lo que aporta, está afirmando su singularidad. Está construyendo identidad. Está generando conocimiento. Está transformando cultura. Si nosotras/os no nos creemos lo que somos y valemos, difícilmente vamos a poder transmitirlo.
Todo esto nos exige, como colectivo, una revisión profunda. Una revisión que no debe vivirse como amenaza ni como imposición, sino como oportunidad. Oportunidad de repensar nuestro modo de comunicar, de reconstruir un vocabulario fiel a nuestra esencia, de fortalecer nuestro paradigma desde la palabra.
El cambio empieza en lo cotidiano, donde se gesta el cambio cultural. Un cambio que no requiere grandes gestos, sino pequeños actos sostenidos, compartidos, consistentes. Porque el lenguaje se transforma usándolo de otro modo. Cuidando cómo nombramos. Escuchando cómo nombramos. Enseñando cómo nombramos.
Hablar con propiedad no es un lujo. Es una necesidad profesional, científica, ética y política. Es el primer paso para que el paradigma enfermero no sea solo una declaración teórica, sino una práctica viva, real, coherente. Porque las palabras que usamos para hablar del cuidado también deben cuidar el modo en que construimos nuestro lugar en el sistema de salud, en la academia, en la sociedad. Si no nos hablamos desde nosotras/os, otras/os seguirán hablando por nosotras. Y porque si no cuidamos nuestro lenguaje, nadie cuidará nuestra narrativa. Y sin narrativa, no hay historia. Sin lenguaje, no hay presencia. Sin palabras propias, no hay profesión reconocida.
Por todo ello, urge una revisión lingüística en enfermería. Una revisión firme, paciente, tenaz, que comience en cada aula, en cada historia de salud, en cada conversación, en cada documento, en cada intervención, en cada espacio donde una enfermera pronuncia su práctica. Una revisión que nos devuelva el poder de decir lo que hacemos y hacer lo que decimos. Una revisión que nos permita dejar atrás las contradicciones discursivas y avanzar hacia una práctica plenamente coherente con nuestro paradigma.
[1]Pedagogo, educador y filósofo brasileño. Es considerado uno de los pensadores más notables en la historia de la pedagogía a nivel mundial (1921-1997)
[2] Bourdieu P. Lenguaje y poder simbólico. Madrid: Alianza Editorial; 2000.
[3] Laverack G. Community empowerment and community partnerships in nursing practice. Int J Environ Res Public Health. 2020;7(2):76.
[4] Collière MF. Cuidar… el primer arte de la vida. 2. ed. Madrid: Ediciones Interuniversitarias; 1993.
[5] Alligood MR, Tomey AM. Modelos y teorías en enfermería. 8.ª ed. Madrid: Elsevier; 2022.
[6] Watson J. Nursing: Human Science and Human Care. A Theory of Nursing. Boulder: University Press of Colorado; 1999.
[7] Henderson V. The Nature of Nursing: A Definition and Its Implications for Practice, Research, and Education. New York: Macmillan; 1966.
[8] 5.Freire P. Pedagogía del oprimido. Madrid: Siglo XXI Editores; 1970.