DIVIDIR, DEBILITA Cuando el cuidado deja de importar

“Seremos tan fuertes como unidos estemos, y tan débiles como lo divididos que estemos.”

J.K. Rowling[1]

 

En los últimos años, ha cobrado fuerza una demanda por parte de ciertos sectores del colectivo de matronas, o al menos de una parte de sus representantes, que reclaman la creación de un grado universitario independiente al de Enfermería[2]. Esta solicitud, más allá de su aparente legitimidad, encierra una paradoja que merece ser abordada con profundidad, rigor y sentido histórico: ¿cómo es posible que una especialidad que se nutre precisamente de la base enfermera pretenda emanciparse académicamente del cuerpo disciplinar del que ha surgido y que le da sentido? Ser matrona no implica ni exige dejar de ser enfermera. No existe incompatibilidad alguna entre ambas identidades, sino una continuidad enriquecida por una especialización que, lejos de distanciar, debería consolidar la pertenencia a una disciplina común, a una ciencia del cuidado que otorga sustento epistemológico, ético y político al ejercicio profesional[3].

La idea de que la matrona debe constituirse como profesión autónoma, desvinculada de Enfermería, no solo parte de un error conceptual, sino que proyecta una peligrosa deriva hacia la fragmentación del saber y de la práctica. Quienes sostienen esta propuesta parecen olvidar que Enfermería no es un grado académico coyuntural, ni un simple título previo a otro superior, sino una disciplina científica en sí misma, con un marco teórico consolidado, una metodología propia y una práctica profesional que abarca todas las etapas del ciclo vital, incluida, de forma sustancial, la atención a la salud sexual, reproductiva y perinatal. La matrona es, ante todo, una enfermera con formación especializada en un área concreta del cuidado. Y es precisamente esa ciencia común la que le permite ejercer desde una lógica de acompañamiento, no invasiva, no medicalizada, profundamente humana y respetuosa con los procesos vitales[4].

Resulta por tanto profundamente preocupante que algunas matronas no solo cuestionen la necesidad de mantener el vínculo con Enfermería, sino que intenten difuminar u ocultar su identidad enfermera, como si esta fuera un lastre en lugar de un valor. No deja de ser paradójico que, en lugar de reivindicar su doble cualificación como fortaleza —enfermeras y especialistas matronas—, se promueva la escisión como sinónimo de avance. Lo que está en juego aquí no es solo una cuestión académica o corporativa, sino una concepción del cuidado y de la salud que corre el riesgo de ser reducida a lo técnico, lo procedimental, lo instrumental. Separar a las matronas de Enfermería es como cortar una rama de un árbol esperando que crezca con más fuerza lejos de sus raíces[5].

Enfermería ha construido, especialmente en las últimas décadas, un corpus teórico y práctico robusto, centrado en el cuidado integral, integrado e integrador de las personas, las familias y las comunidades a lo largo de todo su ciclo vital. Este marco incluye necesariamente la atención a la maternidad, al embarazo, al parto, al puerperio y a la salud sexual y reproductiva de las mujeres. No se trata de un área marginal ni anexa, sino de un componente vertebral del cuidado enfermero. Las matronas, al formarse desde esta base, adquieren una mirada holística que integra lo biológico, lo emocional, lo cultural y lo espiritual. Esa es su mayor fortaleza. Convertir su formación en un grado independiente no solo diluiría esa visión, sino que abriría la puerta a un abordaje más tecnificado, más biomédico, menos centrado en la mujer y su vivencia, más proclive a la medicalización del parto y a la fragmentación de los procesos asistenciales[6].

Además, la petición de independencia formativa plantea, aunque no se diga de forma explícita, un escenario de confrontación competencial con otras enfermeras, especialmente con las enfermeras comunitarias. Es precisamente en el ámbito comunitario donde se desarrolla buena parte del acompañamiento en salud sexual y reproductiva, en educación para la salud, en prevención y detección precoz de problemas, en apoyo al vínculo madre-bebé, en duelo perinatal o en promoción de la lactancia. Escindir a las matronas de Enfermería significaría, en la práctica, abrir un campo de batalla institucional, profesional y simbólico, donde cada colectivo buscaría delimitar “su territorio” en lugar de construir desde la complementariedad y la colaboración interprofesional. Argumentar que esta confrontación ya se da es utilizar la parte como un todo. Porque los hechos aislados que pueden haberse producido en este sentido no son, en ningún caso, el sentir general de las enfermeras y, me atrevo a decir, que tampoco de la mayoría de las matronas. Pero se utiliza de manera interesada como arma arrojadiza para alimentar la división[7].

No es casual que este tipo de pulsiones emerjan en un momento en que Enfermería se encuentra en pleno proceso de afirmación científica y profesional. La creación de especialidades, la consolidación del Espacio Europeo de Educación Superior, la progresiva incorporación a la carrera investigadora, y la participación en espacios de gestión y políticas públicas, han otorgado a Enfermería un protagonismo inédito, pero también han desatado tensiones internas, muchas de ellas no resueltas. En lugar de fortalecer lo común, algunas voces reclaman emanciparse, confundiendo autonomía con disgregación, y reconocimiento con separación. Esta lógica, lejos de favorecer a quienes la promueven, los debilita, porque deshace el tejido común que da sentido a la acción profesional y debilita la capacidad de interlocución social y política del conjunto de la profesión[8].

Por otra parte, es imprescindible señalar que la división disciplinar no es un camino de ida sin retorno hacia el prestigio. Ya lo demostraron en su día las especialidades de Fisioterapia y Podología, que, nacidas como parte de Enfermería, decidieron escindirse en titulaciones propias en los años ochenta. Aunque su visibilidad se ha incrementado, lo cierto es que han perdido una parte sustancial de la lógica del cuidado que fundamentaba su razón de ser. Hoy, un número creciente de profesionales de Fisioterapia deciden cursar el Grado en Enfermería para recuperar una visión integral del cuidado que su formación inicial no les proporcionó. ¿Queremos que la historia se repita con las matronas? ¿Estamos dispuestos a sacrificar el paradigma del cuidado por una ilusión de independencia que puede acabar empobreciendo la práctica y desvinculándola del pensamiento crítico enfermero[9]?

Lo que realmente empodera a una profesión no es su aislamiento, sino su capacidad de construir conocimiento propio, de dialogar con otros saberes desde una posición sólida y reconocida, de tejer alianzas estratégicas en favor de las personas y comunidades a las que cuida. La matrona no necesita dejar de ser enfermera para ser más reconocida; necesita que su rol como enfermera especialista sea más visibilizado, valorado, potenciado y defendido. Solo así podrá contribuir con toda su riqueza a una visión transformadora de los cuidados en salud reproductiva, más allá del reduccionismo técnico y del protagonismo médico, que tanto ha costado vencer y con el que ahora, paradójicamente, algunas voces parecen querer mimetizarse[10].

Una mirada más amplia nos obliga a situar esta reivindicación en un contexto socioprofesional más complejo, que no puede desligarse de las tensiones históricas que han atravesado a Enfermería en su camino hacia el reconocimiento científico y académico. Durante décadas, Enfermería ha tenido que luchar no solo contra su subordinación al paradigma biomédico y a la hegemonía médica, sino también contra sus propias contradicciones internas, tales como fragmentación, falta de unidad corporativa, escasa articulación entre ámbitos de atención, docente, investigación y de gestión, y una débil cultura de cohesión identitaria. La petición de las matronas de contar con un grado propio no surge de la nada. Responde también a esa debilidad estructural que arrastra la profesión y que no siempre ha sabido integrar con generosidad y solidez a sus especialistas. Pero precisamente por ello, lo urgente no es separar, sino fortalecer la raíz común, generar orgullo de pertenencia, promover el conocimiento mutuo y tejer una identidad compartida y diversa a la vez. Caer en el individualismo y el hedonismo que impregnan a nuestra sociedad es replicar los mismos problemas de convivencia, aislamiento, soledad, insolidaridad y competencia desleal que provocan en quienes la conforman[11]

La separación de las matronas como grado independiente no solo sería un error estratégico, sino también un retroceso epistemológico. Porque más allá de los planes de estudio o de los marcos normativos, lo que realmente está en disputa aquí es la concepción misma del cuidado. Enfermería ha desarrollado un pensamiento complejo, con una ontología centrada en la persona y sus experiencias de salud, una epistemología plural y dialógica, y una praxis que no se reduce a la ejecución técnica, sino que busca comprender, acompañar y transformar. Si la matrona se separa de este marco, corre el riesgo de convertirse en un/a profesional técnico/a de salud reproductiva, pero desprovista de ese enfoque relacional, ético y holístico que solo la matriz enfermera puede ofrecer. No es casualidad que algunos de los modelos de atención al parto más tecnificados, deshumanizados y medicalizados provengan precisamente de sistemas sanitarios en los que la formación de matrona ha estado desligada de Enfermería[12].

Por el contrario, los países que han apostado por una formación integrada —con una base enfermera sólida y una especialización posterior— son los que han logrado avances más significativos en términos de salud materno-infantil, de humanización del parto y de reconocimiento social de las matronas como referentes del cuidado reproductivo. La evidencia muestra que una atención liderada por matronas enfermeras reduce la tasa de intervenciones innecesarias, mejora la experiencia de las mujeres, promueve la lactancia materna y fortalece la autonomía de las usuarias. La Organización Mundial de la Salud ha destacado reiteradamente que el modelo de atención basado en matronas con formación enfermera es más eficaz, más seguro y más centrado en las necesidades reales de las mujeres[13].

En este sentido, resulta también preocupante que la propuesta de grado propio no esté acompañada de una reflexión crítica sobre las implicaciones que tendría para la atención en salud pública, para la estructura de los equipos multidisciplinares, y para la construcción de políticas de salud reproductiva con enfoque comunitario. ¿Cómo se articularían los roles entre enfermeras comunitarias y pediátricas con las matronas? ¿Qué espacios se solaparían? ¿Quién lideraría los programas de salud sexual en Atención Primaria? ¿Quién se ocuparía del acompañamiento psicoeducativo en el embarazo? ¿Y del duelo perinatal? Todas estas preguntas no tienen respuestas simples, pero todas apuntan en la misma dirección: la separación disciplinar, lejos de clarificar competencias, las enreda aún más, multiplica los conflictos y abre grietas en lugar de construir puentes[14].

Tampoco se puede obviar la dimensión simbólica del cuidado. Enfermería ha sido históricamente una profesión feminizada, cargada de estereotipos, invisibilizada en muchos contextos y con un reconocimiento institucional desigual. La reivindicación de las matronas, lejos de romper con esta herencia, corre el riesgo de reproducirla. Porque cuando una parte del colectivo busca distinguirse del resto con argumentos débiles y aspiraciones de prestigio social, en lugar de hacerlo desde la solidez del trabajo común y la defensa compartida de los cuidados, lo que está haciendo es replicar la lógica del poder que durante tanto tiempo ha subordinado a la profesión. No es creando grados paralelos como se vence el sesgo de género ni la subordinación histórica, ni el prestigio profesional, sino construyendo colectivamente una Enfermería fuerte, cohesionada, crítica y empoderada[15].

Desde otra perspectiva, también resulta oportuno mirar lo que sucede con las Técnicas en Cuidados Auxiliares de Enfermería (TCAE), que en los últimos años han incrementado sus demandas de profesionalización, competencias propias y reconocimiento[16]. En lugar de avanzar hacia un modelo coherente y articulado, como sucede en otros países donde existe una sola categoría profesional —“enfermera”— con distintos niveles competenciales y formativos, en España se multiplican las iniciativas corporativas que promueven la fragmentación del sistema y potencian el enfrentamiento entre dichos grupos de una misma disciplina. Esta lógica identitaria disgregadora solo genera enfrentamientos, inseguridad jurídica, solapamiento de competencias, y sobre todo una pérdida de visión de conjunto. La creación de un grado propio para matronas no haría sino agravar esta dinámica: consolidaría un modelo de compartimentos estancos en lugar de una red de cuidados integrada y coherente con las necesidades de salud actuales[17].

La pregunta de fondo es incómoda, pero necesaria: ¿qué nos está pasando como profesión para que el impulso de separación tenga más fuerza que el de pertenencia? ¿Por qué no hemos sabido generar una identidad enfermera lo suficientemente sólida como para integrar la diversidad sin miedo a diluirnos? ¿Qué papel están jugando nuestras estructuras representativas en esta fragmentación? ¿Dónde están las voces institucionales que deberían alzar la voz para defender la unidad disciplinar? La crisis no está en las matronas que piden un grado propio. La crisis está en una Enfermería que, por momentos, parece incapaz de pensarse como un proyecto común, plural pero cohesionado, especializado pero articulado, diverso pero unido.

Urge una reflexión serena, pero firme. En el fondo de este debate subyace una cuestión crucial que pocas veces se formula con claridad: ¿cuál es el modelo de salud y de cuidados que queremos defender desde la profesión enfermera? Si entendemos la salud como un proceso dinámico, intersubjetivo, determinado por múltiples factores sociales, culturales y biográficos, no podemos más que defender un modelo de atención basado en el acompañamiento, en la escucha, en la continuidad y en la presencia significativa. Un modelo así requiere de profesionales con formación sólida, sí, pero también con una identidad clara, con una visión integral del cuidado que no puede fraccionarse en parcelas de conocimiento ni en disciplinas paralelas. Las matronas, en tanto enfermeras especialistas, encarnan a la perfección esta lógica. Romper ese vínculo sería un gesto profundamente contradictorio con los valores que decimos defender como profesión[18].

Por eso resulta tan importante no caer en simplificaciones. No estamos hablando solo de grados académicos, ni de nomenclaturas, ni de estructuras administrativas. Estamos hablando de sentidos, de horizontes, de coherencia epistemológica. Enfermería, como ciencia del cuidado, no se define únicamente por lo que hace, sino por cómo y desde dónde lo hace. Y ese “desde dónde” es lo que está en juego cuando se plantea la separación disciplinar de una de sus especialidades más significativas. Ser matrona no es un salto a otra disciplina, sino una profundización dentro del campo enfermero, una especialización que enriquece el todo, no que lo niega. La pretensión de constituirse como grado independiente niega esta interdependencia, y en ese gesto, empobrece la matriz que la nutre[19].

No se trata de negar la necesidad de revisar modelos formativos, de mejorar los itinerarios académicos, de dar más peso a la especialización o de garantizar mayor visibilidad institucional a las matronas. Todo eso es legítimo y deseable. Pero debe hacerse desde una lógica integradora, que refuerce la disciplina en su conjunto y no que la resquebraje. A estas alturas, Enfermería no puede permitirse el lujo de seguir perdiendo cohesión. Vivimos tiempos complejos, en los que las transformaciones sociales, sanitarias, ecológicas y políticas exigen respuestas articuladas, interdisciplinarias y profundamente cuidadoras. La fragmentación interna debilita nuestra capacidad de incidir, de proponer, de transformar. Y una profesión débil no puede cuidar con fuerza[20].

La fragmentación, además, es siempre el mejor aliado del poder que pretende dividir para debilitar. Cuando las enfermeras se dividen en subgrupos enfrentados, el sistema sanitario y quienes lo controlan, ganan margen para instrumentalizarlas, para utilizarlas como recurso técnico en lugar de reconocerlas como agentes esenciales del cuidado. El sistema no teme a las matronas por separado. Teme a una Enfermería fuerte, articulada, con pensamiento crítico y capacidad de influencia. Por eso el debate sobre el grado propio no es un detalle menor. Es un riesgo real de disgregación. Y ante dicho riesgo debemos tomar medidas para evitar el daño. No por miedo, sino por conciencia. No por inmovilismo, sino por convicción. No por imposición, sino por fidelidad a lo que somos[21].

Algunas voces acusan a este posicionamiento de ser conservador, de resistirse a los cambios. Pero no hay nada más revolucionario que defender la unidad de una profesión históricamente fragmentada, que recuperar el orgullo de ser parte de un proyecto colectivo, que construir una narrativa común sin renunciar a la diversidad. Enfermería no necesita reproducir el modelo biomédico de especialidades enfrentadas, ni buscar reconocimiento copiando estructuras ajenas. Necesita creer en su potencia transformadora, cuidar su esencia, fortalecer sus raíces. Las matronas forman parte esencial de esa esencia. Querer separarlas sería como desprenderse de una parte del alma y esperar seguir teniendo la misma fuerza[22].

Es urgente, pues, repensarnos. Replantear los marcos formativos y organizativos desde una lógica colaborativa, con participación real de las matronas, de las enfermeras comunitarias y de otras especialidades, hospitalarias, gestoras, docentes, investigadoras. Apostar por un sistema en el que todas las enfermeras puedan desarrollarse, especializarse, liderar, sin tener que renunciar a su pertenencia profesional. Un sistema donde ser matrona sea motivo de orgullo, no de distanciamiento. Donde la especialización se entienda como parte de un continuo y no como un punto de fuga. Donde el cuidado sea el eje, y no la técnica; donde la persona sea el centro, y no el procedimiento.

Y también es hora de que nuestras estructuras representativas y quienes están al frente de las mismas —consejos, colegios, sociedades científicas, asociaciones profesionales y académicas— asuman su papel en este debate. No basta con pronunciarse cuando la amenaza es evidente. Es necesario liderar una reflexión colectiva, ser espacio de encuentro y de posicionamiento, tejer discursos que sumen y estrategias que cohesionen. El silencio, la ambigüedad o la neutralidad solo favorecen a quienes impulsan la ruptura. Enfermería necesita una voz clara, firme y respetuosa, que diga con contundencia: somos una sola profesión, con múltiples formas de cuidar, pero con una sola disciplina[23].

No se trata, en ningún caso, de retener a nadie a la fuerza, ni de deslegitimar aspiraciones que puedan estar motivadas por un deseo genuino de mejora profesional. Tampoco se trata de generar confrontaciones estériles e innecesarias entre compañeras que comparten el cuidado como identificación profesional. Esta reflexión apela, más bien, a la necesidad urgente de aunar fuerzas y esfuerzos en la construcción de un espacio común de desarrollo profesional donde todas/os podamos crecer, sentirnos reconocidas/os y proyectarnos con orgullo. Un espacio en el que nadie se sienta excluido, y donde cada especialidad y cada rol encuentre su lugar desde la complementariedad, no desde la separación.

Desde el respeto más profundo a la labor de las matronas, lo que está en juego no es el prestigio de una especialidad, sino la salud de una disciplina. Y si no cuidamos esa salud, difícilmente podremos cuidar a los demás. Por eso, más que un nuevo grado, lo que necesitamos es un nuevo pacto. Un pacto por la unidad, por la coherencia, por la visibilidad y por la fortaleza colectiva de Enfermería. Un pacto que no excluya, sino que abrace. Que no fragmente, sino que integre. Que no compita, sino que colabore. Que no separe, sino que sostenga.

Cuidar es también cuidarse como profesión. Y en este momento histórico, cuidarse es defender el lugar de las matronas dentro de Enfermería. No como apéndice, no como excepción, no como otro grado. Sino como parte inseparable de una ciencia del cuidado que se enriquece en la diversidad, pero que se sostiene en la unidad.

[1] Escritora, productora de cine y guionista británica, conocida por ser la autora de la serie de libros Harry Potter (1965)

[2] Las matronas insisten en su petición de grado independiente https://www.facebook.com/share/1RUVASqX2Q/?mibextid=wwXIfr

[3] Collière MF. Promover la vida. De la práctica de las mujeres cuidadoras a los cuidados de salud. Madrid: Díaz de Santos; 1993.

[4] Turienzo R, Vázquez-Sánchez MA. El marco epistemológico del cuidado en la atención al parto. Index Enferm. 2020;29(1–2):55–9.

[5] Watson J. Nursing: The philosophy and science of caring. Boulder: University Press of Colorado; 2008.

[6] Biro MA. What has public health got to do with midwifery? Midwives’ role in securing better health outcomes for mothers and babies. Women Birth. 2011;24(1):17–23.

[7] De Vries R, Benoit C, Van Teijlingen E, Wrede S. Birth by design: Pregnancy, maternity care and midwifery in North America and Europe. New York: Routledge; 2001.

[8] Haggerty JL, Roberge D, Freeman GK, Beaulieu C. Continuity of care: A multidisciplinary review. BMJ. 2003;327(7425):1219–21.

[9] Giménez R. Fisioterapia y Enfermería: historia de una escisión. Fisioterapia. 2010;32(4):147–52.

[10] Sandall J, Soltani H, Gates S, Shennan A, Devane D. Midwife-led continuity models versus other models of care for childbearing women. Cochrane Database Syst Rev. 2016;(4):CD004667.

[11] Sarabia-Cobo C, Crespo-Fernández D. El sentido de pertenencia profesional en Enfermería. Enferm Glob. 2022;21(65):543–60.

[12] Walsh D, Devane D. A metasynthesis of midwife-led care. Qual Health Res. 2012;22(7):897–910.

[13] World Health Organization. Strengthening quality midwifery education for Universal Health Coverage 2030: framework for action. Geneva: WHO; 2019.

[14] Ares L, Rivas T. Atención comunitaria en salud sexual y reproductiva: entre Enfermería y la Matronería. Enferm Clin. 2021;31(6):353–

[15] Fawcett J, DeSanto-Madeya S. Contemporary nursing knowledge: Analysis and evaluation of nursing models and theories. 4th ed. Philadelphia: F.A. Davis; 2017.

[16] https://www.redaccionmedica.com/secciones/otras-profesiones/tcae-rechaza-incluir-administrativos-en-triajes-es-una-medida-peligrosa–1072

[17] Benton DC, Pérez-Raya F, Fernández-Fernández MP. Competencias, niveles y denominaciones: un debate pendiente en Enfermería española. Rev ROL Enferm. 2021;44(6):444–50.

[18] Allen D. The invisible work of nurses: Hospitals, organisations and healthcare. Routledge; 2015.

[19] Hernández-Morales A. Enfermería como ciencia disciplinar: sentido, retos y resistencias. Cult Cuid. 2019;23(55):87–94.

[20] Consejo Internacional de Enfermeras. Enfermeras: una voz para liderar. Invertir en Enfermería y respetar los derechos para garantizar la salud global. Ginebra: CIE; 2022.

[21] Freire P. Pedagogía de la esperanza. México: Siglo XXI; 2000.

[22] Martínez-Riera JR. El cuidado como estrategia de transformación del sistema sanitario. Enferm Comunitaria. 2021;17(1):6–13.

[23] Lobo Gajić M, Bužančić I. The role of nursing associations in unifying the profession. Int Nurs Rev. 2020;67(2):151–8.

 

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