SALUD MENTAL: NI NUEVA, NI MODA, NI OCURRENCIA

Parece como si la salud mental hubiese emergido de la nada en los últimos años. Se tratara de un fenómeno nuevo, repentino, casi una moda. Nada más lejos de la realidad. La salud mental siempre ha existido. Siempre han existido personas con sufrimiento psíquico, emocional, existencial, con trastornos que desbordaban la comprensión individual o social.

Pero fue tras la pandemia cuando la salud mental se convirtió en un tema estrella. El trauma colectivo, el aislamiento, el miedo, la incertidumbre y la pérdida generaron una oleada de malestar que encontró por fin eco en los medios de comunicación y en los discursos políticos. De pronto, hablar de salud mental era urgente, imprescindible, políticamente rentable. Y en esa exaltación repentina, la salud mental eclipsó a otros problemas —la cronicidad, la soledad no deseada, la violencia de género, el deterioro del sistema de cuidados— que hasta entonces copaban el interés público, al menos en el plano declarativo.

Y, como suele ocurrir cuando un asunto se convierte en tendencia, aparecieron propuestas improvisadas, soluciones milagrosas, profesionales que veían un nicho de oportunidad y anuncios efectistas que poco o nada tienen que ver con un abordaje riguroso, integral y planificado.

Por supuesto que la salud mental importa. Pero no basta con decirlo. Se necesita coherencia. Se requiere que los equipos de salud —con médicos, enfermeras, trabajadoras sociales, profesionales de la psicología y la psiquiatría— aborden de forma coordinada los problemas de salud mental desde una perspectiva comunitaria, centrada en la persona y no solo en la patología, ayudándoles a afrontar sus trastornos. Que acompañen, prevengan, identifiquen, contengan y derivende manera coordinada cuando sea necesario. No en solitario, sino en red. No con recetas ni diagnósticos estandarizados, sino con escucha, cercanía y continuidad.

Ahora ha surgido la necesidad de incorporar nuevos profesionales en los equipos como resultado de un análisis precipitado, oportunista y fallido. Se plantea que solo ciertos profesionales pueden dar respuesta a esta nueva epidemia. Y se hace en detrimento de quienes, desde hace años, han hecho frente al sufrimiento emocional con profesionalidad, formación y compromiso. Esta exclusión no responde a una evaluación objetiva de resultados. Responde, más bien, a presiones mediáticas, a una concepción reduccionista y asistencialista de la salud mental centrada en la medicalización y a una preocupante falta de planificación.

En este sentido, el conseller de Sanitat de la Generalitat Valenciana ha vuelto a sorprender con una propuesta efectista más. La contratación de una figura inventada, extraída de la chistera política, que pretende resolver de forma exprés un problema complejo. Hablo de la reciente propuesta de incorporar psicólogos generales sanitarios. Una propuesta que sortea la ordenación profesional vigente, que ignora la necesidad de coordinación, que genera conflictos interdisciplinares y que prioriza la novedad sobre la eficacia. No es la primera vez que lo hace. Ahí está, como ejemplo sangrante, el anuncio —a bombo y platillo— de 300 enfermeras comunitarias para intervenir en el ámbito educativo. Más de 18 meses después, seguimos esperando su incorporación.

La salud mental, como la salud escolar, no necesita ocurrencias ni parches. Requiere planificación, evidencia científica, voluntad política y respeto a las competencias profesionales. Ya está todo inventado. No consiste en inventar figuras nuevas, ni multiplicar intervenciones desconectadas entre sí. Se trata de fortalecer lo que ya existe, de reconocer el trabajo que se ha venido realizando, de mejorar lo que funciona y corregir lo mejorable. No hay que asistir sin más, sino acompañar, promover salud, generar espacios seguros, reducir estigmas y evitar cronificaciones innecesarias.

Eso implica potenciar o crear unidades de salud mental, contratar enfermeras especialistas que se forman con dinero público y no se les ofrece salida profesional, mejorar la coordinación entre ámbitos de atención, asegurar la continuidad de cuidados, garantizar que médicos y enfermeras de Atención Familiar y Comunitaria puedan identificar, atender y canalizar los problemas de salud mental sin burocracias, olvidos, repeticiones innecesarias y contradicciones. Supone actuar intersectorialmente, conectando con servicios sociales, educativos, culturales, comunitarios. Requiere dejar de pensar en la salud mental como un compartimento estanco y empezar a verla como parte de una atención integral, integrada e integradora, que atraviesa todas las dimensiones de la vida.

Y, sobre todo, precisa participación comunitaria. Porque nadie conoce mejor los problemas, los contextos y los recursos que quienes los viven. La autonomía, la corresponsabilidad y el autocuidado son incompatibles con modelos basados en la dependencia y el asistencialismo. Si algo ha demostrado la historia reciente, es que los parches improvisados y las decisiones sin fundamento no solo no resuelven los problemas, sino que a menudo los agravan.

La salud mental es demasiado importante como para tratarla con frivolidad, desde el electoralismo o con ocurrencias. No es un nicho de mercado, ni una moda de temporada, ni una cortina de humo. Es, y debe ser, una prioridad permanente. Pero una prioridad seria, rigurosa y compartida.

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