
“La realidad no siempre cabe en las palabras. A veces necesita un poema, una imagen o una melodía para hacerse comprensible.”
Vivimos en un tiempo de saturación narrativa. Palabras que se agolpan, que compiten por captar la atención, que se repiten, se vacían, se desgastan. También en salud. También en enfermería. También en comunidad. No porque nuestras palabras sean incorrectas o estériles, sino porque, a fuerza de ser dichas siempre del mismo modo, corren el riesgo de no ser escuchadas, de no tocar, de no movilizar. La narrativa habitual —por muy necesaria que sea— necesita a veces una pausa, un cambio de ritmo, un desvío creativo que permita recuperar la potencia originaria de lo que queremos decir.
Esta propuesta que presento es una invitación. Un umbral. Un leve giro de mirada. No abandono el rigor, ni la raíz, ni el compromiso del Blog. Todo lo contrario. Las seis entradas que conformarán esta serie de verano nacen del deseo de seguir cuidando desde la palabra, pero explorando otras formas de hacerlo. Miradas laterales. Lenguajes alternativos. Símbolos, notas, colores, silencios. Porque a veces el cuidado necesita más que una definición, necesita una experiencia estética. Porque a veces, para transformar, hay que conmover.
Sabemos que cuidar es una práctica ética, estética, política, relacional, situada. Pero también es una práctica profundamente sensible y creativa. Lo es cuando imaginamos e innovamos ante lo inesperado, cuando escuchamos más allá de lo dicho, cuando adaptamos un lenguaje, cuando traducimos lo complejo a lo comprensible, cuando sostenemos sin palabras, cuando encontramos metáforas para narrar el dolor o la esperanza. Y, sin embargo, rara vez nos atrevemos a reivindicar el lugar del arte en nuestra práctica. O, mejor dicho: el arte como forma ampliada del cuidado.
No se trata, por tanto, de “adornar” la enfermería en general y la comunitaria en particular con un barniz estético. Se trata de reconocer que cuidar es, también, un acto creativo. Que necesita imaginación. Que se alimenta de símbolos. Que se expresa con cuerpos, miradas, tactos, relatos. Que puede ser tan potente como una sinfonía bien armada, tan sutil como una escena de cine, tan crudo como un cuadro de guerra o tan delicado como una carta escrita a mano.
Como bien apunta Arthur Frank, “las historias no son simplemente vehículos para transmitir datos; son formas de ser, de crear comunidad, de configurar el mundo”[1]. Y las enfermeras, aunque a menudo nos exijamos la “evidencia dura”, sabemos que el mundo no se transforma solo con datos. Que a veces se abre con una imagen, con una canción, con una emoción compartida. Esta serie veraniega pretende abrir ese otro territorio desde el que también se puede —y se debe— cuidar. Dotando de frescura el tórrido panorama en el que nos encontramos inmersos.
Es cierto que durante décadas hemos luchado porque el cuidado sea reconocido como saber científico, legítimo, estructurado. Y esa lucha no debe detenerse. Pero también nos podemos y debemos permitir —sin culpa, sin miedo, sin necesidad de permiso— reivindicar que el cuidado es arte. No en un sentido estético artificial, sino como capacidad para crear sentido en medio del caos, como posibilidad de componer belleza donde hay sufrimiento, como herramienta para imaginar futuros posibles. En palabras de Paul Klee, “el arte no reproduce lo visible, sino que hace visible lo invisible”[2]. ¿Acaso no es eso, también, lo que hacemos cada día quienes cuidamos en los hospitales, las residencias, la comunidad…?
Por eso, este verano propongo un cambio de ritmo, una exploración, una licencia creativa. Una serie de entradas diferentes. No se trata de un capricho. Es una forma diferente de abordaje, de reflexión. Porque si el lenguaje configura la realidad, entonces ampliar el lenguaje es también ensanchar la realidad del cuidado. Y para ello no basta con repetir lo sabido, hay que atreverse a mirar de otro modo. Luego serán las/os lectoras/es quienes den su veredicto, pero me he permitido esta licencia porque también a mi me hacia falta reflexionar desde otra dimensión, otro sentimiento, otra mirada.
Cada una de las 6 entradas que aportaré, distinta en tono y forma, tendrá un hilo común: ensanchar la comprensión del cuidado, de la enfermería, de la humanización de la atención, del liderazgo… En un mundo saturado de algoritmos, protocolos y lenguaje científico, necesitaba recuperar lo sensible, lo simbólico, lo estético. No como ornamento, sino como dimensión ética. Porque cuidar no es solo resolver problemas, sino sostener vidas, incluso cuando no hay solución.
Como dice María Zambrano, “hay ideas que solo pueden decirse poéticamente”[3]. Y quizás también haya cuidados que solo pueden narrarse artísticamente. Esta serie es, en el fondo, una forma de seguir defendiendo lo que siempre he defendido desde este blog: que la enfermería comunitaria es presencia, vínculo, humanidad. Solo que ahora lo haré también desde otros lenguajes.
El arte no es evasión. Es herramienta de pensamiento, de crítica, de revelación. Susan Sontag lo recordaba cuando hablaba de la necesidad de las imágenes para comprender el sufrimiento ajeno[4]. Y John Berger lo desarrolló con brillantez en Modos de ver, donde mostraba cómo toda mirada está mediada por cultura, poder y sensibilidad[5]. Si queremos que el cuidado sea comprendido, valorado y defendido, tenemos que aprender también a contarlo de otra forma. A mostrarlo. A hacerlo visible, audible, sentible.
Este verano, a partir de este mismo jueves y una vez por semana, lo intentaré. Con rigor, con emoción, con palabras y silencios, con ciencia y con arte. Porque cuidar —y contarlo— sigue siendo mi mayor acto de resistencia.
[1] Frank AW. The Wounded Storyteller: Body, Illness, and Ethics. 2nd ed. Chicago: University of Chicago Press; 2013.
[2] Klee P. Schöpferische Konfession. In: Schriften zur Form und Gestaltung. Stuttgart: Reclam; 1993.
[3] Zambrano M. Filosofía y poesía. Madrid: Fondo de Cultura Económica; 2018.
[4] Sontag S. Regarding the Pain of Others. New York: Farrar, Straus and Giroux; 2003.
[5] Berger J. Ways of Seeing. London: Penguin; 1972.