
“No hay forma sin libertad, y no hay libertad sin escucha”
Wynton Marsalis [1]
Afinando el oído antes de cuidar
Los cuidados se parecen al jazz. Puede parecer una analogía caprichosa y alejada del necesario rigor científico. Pero nada más lejos de ello.
Los cuidados, como el jazz, no siguen una partitura rígida, pero sí una estructura íntima que solo se aprende con tiempo, escucha y práctica; no se improvisan al azar, pero se atreven a correr riesgos; no buscan el aplauso inmediato, pero impactan mucho después en quien los recibe. Enfermería comparte con el jazz una ética de la presencia. Estar con el otro, en su tiempo y en su territorio, con atención integral y con una sensibilidad afinada que permita “tocar” lo que importa sin invadirlo.
En los actuales modelos sanitarios, regidos por metrónomos invisibles —productividad, indicadores, agendas— el cuidado es, muchas veces, improvisación disciplinada, conocimiento vivo que se adapta, que escucha, que modula el tempo, que reconoce que lo humano no cabe en compases perfectos. Miles Davis decía que “no hay notas malas, sino respuestas sin sentido; el error está en la siguiente nota, no en la primera” [2]. En el cuidado sucede algo parecido. No es la incertidumbre la que nos compromete, sino la incapacidad para responder con juicio, con escucha y con respeto por el ritmo del otro.
Escuchar antes de tocar la primera nota
En el jazz, la escucha no es un paso previo. Es la materia misma de la creación. Un buen músico de jazz no solo toca, escucha. Escucha al piano, al contrabajo, a la batería, al silencio. La melodía del otro no se interrumpe, se acompaña, se modula, se transforma. No hay liderazgo sin escucha. No hay improvisación sin respeto.
En la prestación de cuidados enfermeros, la observación y la escucha no son solo habilidades comunicativas. Son una disposición ética, política y epistemológica. Observar y escuchar no supone esperar a que el otro acabe para intervenir; es renunciar a la omnisciencia, aceptar que hay otros saberes en juego, permitir que la palabra del otro modifique mi plan, mi mapa, mi diagnóstico.
Kathryn Montgomery[3] habló de competencia narrativa (narrative competence) para describir la capacidad clínica de interpretar historias más allá de los síntomas. En Enfermería esto es esencial. Escuchamos vidas, trayectorias, duelos, vínculos, miedos, saberes. Escuchamos lo que no se dice. Observamos lo que no se ve a simple vista. Escuchamos desde el cuerpo. Como en el jazz, escuchar y observar bien es condición necesaria para intervenir con sentido.
Una interacción con una madre migrante en situación irregular no se resuelve desde el algoritmo. Una conversación con una adolescente que ha quedado embarazada requiere otra sensibilidad. Observar y escuchar implica desacelerar, afinar la presencia, dejarse tocar por la historia del otro.
No propongo una metáfora retórica. Propongo una clave de lectura. Porque el jazz no es solo música, es un lenguaje de relación, una gramática de la libertad con estructura, una política de la escucha compartida. Y Enfermería tampoco es solo técnica, es un saber relacional, situado, corporal, narrativo, que abre sentido donde a veces solo hay ruido. Cuando una enfermera entra en un hogar y, antes de hablar, observa su distribución, cómo están dispuestos los muebles, cómo está orientada la casa… está leyendo una partitura que no está escrita. Cuando en un barrio tensionado por la precariedad, las enfermeras deciden no imponer un programa estandarizado y prefieren abrir un espacio de conversación —con mujeres, con jóvenes, con mayores— para “escuchar lo que ya suena” y componer desde ahí, están haciendo jazz comunitario. La “competencia narrativa” de la atención —esa capacidad para reconocer tramas, voces, símbolos y silencios— es tan crucial como el saber técnico. De hecho, sin esa competencia, el saber técnico se vuelve sordo, ejecuta con precisión lo que no entiende con profundidad.
Improvisar con estructura
Improvisar no es hacer cualquier cosa. En el jazz, la improvisación es una libertad con memoria. Emerge de un dominio profundo del lenguaje armónico, de la técnica instrumental, del oído entrenado; quien improvisa ha interiorizado tanto la forma que puede variarla sin romperla. Paul Berliner lo explicó con detalle: “La improvisación no es caos, es infinite art sostenido por reglas internalizadas”[4]. En el cuidado sucede lo mismo. Improvisamos porque sabemos; nos adaptamos porque comprendemos; proponemos caminos distintos porque reconocemos que las rutas estándar no siempre responden a lo que se espera. La vida de una mujer cuidadora, migrante y sin red familiar no cabe en un folleto de “autocuidado” descontextualizado; la soledad de un hombre mayor con duelo congelado no cambia con una pauta de ejercicio y dieta si antes no se acompasa el alma. El jazz recuerda que, a veces, hay que bajar el tempo y escuchar la respiración de la pieza; que los silencios también dicen; que la pausa justa puede ser más transformadora que una cascada de notas[5], [6].
La escucha es, entonces, imprescindible. No como trámite previo para intervenir, sino como forma de estar que condiciona lo que será posible. En una jam session[7]. Nadie entra avasallando, se entra buscando huecos, reconociendo acentos, sosteniendo al otro cuando respira, cediendo cuando una línea melódica pide espacio. Ingrid Monson lo expresó con precisión: “Decir algo en jazz es responder; y responder implica haber escuchado de verdad”[8]. Cuidar es responder a lo que ya existe, redes informales, economías del cuidado invisibles, dolores con biografía, miedos con geografía, lenguajes propios. Si no escuchamos, colonizamos. Si escuchamos, co-creamos. La diferencia es decisiva. De un lado, intervención que cae; del otro, proceso que crece.
Co-creación: nadie cuida solo
Esa co-creación exige reconocer que nadie “toca solo”. En el jazz, incluso el solo más brillante vive de la base rítmica, del contrabajo que sostiene, de la batería que conversa, del piano que insinúa caminos. El liderazgo no desaparece, pero se redistribuye. A veces lo lleva el saxo, otras el piano, otras el silencio. En los equipos de salud el liderazgo también debería circular. Hay momentos para que la enfermera lidere y marque el paso a seguir, momentos para que la trabajadora social establezca el compás, momentos para que el centro educativo lleve la melodía, momentos —muchos— para que hable el barrio. El buen liderazgo en clave de jazz es generoso y elegante. Hace brillar a otros, arma estructura sin ahogar singularidades.
Los equipos interdisciplinares —cuando funcionan— son como grupos de jazz que se respetan, se dan espacio, se interrumpen con respeto, se improvisan respuestas sin anularse. En ese diálogo emerge algo nuevo, algo que no estaba antes, la transdisciplinariedad.
Ingrid Monson7 lo explica bien: “Decir algo en el jazz no es imponer, es responder. Y responder implica haber escuchado.” En el cuidado, decir algo no es señalar el error del otro. Es hacer algo con lo que el otro ha dicho. Cuidar, en esencia, es componer con otros.
Duke Ellington fue maestro en esa arquitectura de la diferencia. Una gran orquesta con personalidades potentes, cuya unidad no era uniformidad sino conversación tensa y fértil[9]. Pienso en los equipos que sostienen proyectos comunitarios donde cada cual aporta su timbre —enfermeras comunitarias, salud pública, salud mental, farmacia comunitaria, escuela, asociaciones vecinales— y, sin embargo, nadie se come la pieza; cuando sale bien, no hay “estrella”, hay música.
Respetar el tempo del otro
Una de las claves del jazz es el respeto por el tiempo. No todos los temas se tocan igual. Hay piezas que requieren lentitud, otras intensidad, otras silencio. El tempo no se impone, se acuerda, se siente, se construye. Y quien fuerza el ritmo rompe la armonía.
El modelo sanitario actual impone a menudo un tempo ajeno a la vida. Siete minutos de consulta, cronogramas imposibles, protocolos, estándares. Todo marcado por un metrónomo invisible que nadie cuestiona. El jazz recuerda que no hay una sola velocidad. Baladas que piden lentitud, up-tempos[10] que exigen precisión, pausas que pesan. Charles Mingus decía que “hacer música es saber cuándo parar”[11]. Cuidar, también. La presión por “hacer algo” puede romper procesos que pedían silencio, o reposo, o un gesto pequeño. Con una adolescente que se autolesiona quizá no sea el momento del sermón sobre el riesgo; quizá sea el día de una caminata corta, de una pregunta auténtica, de un “¿qué te sostiene?”. Con una familia en duelo quizá no toque “activar recursos”, sino sostener que llorar es legítimo y que el dolor tiene ritmo propio. Con un barrio herido por un desalojo violento quizá no corresponda abrir un taller de hábitos, sino una conversación con memoria, con rabia reconocida, con cuidado político de la palabra.
Cuidar en clave de jazz implica rebelarse contra ese tiempo forzado. Es respetar el ritmo del otro. Es comprender que una adolescente con ansiedad no se “arregla” en tres sesiones. Que una familia en duelo necesita espacio. Que una comunidad dolida por la violencia institucional no se reconstruye con campañas breves.
El valor del error: integrar la disonancia
En el jazz, el error no se oculta, se integra. Una nota fuera de lugar puede convertirse en el inicio de una variación poderosa. Lo importante no es no fallar, sino saber qué hacer con el fallo. En el jazz, la disonancia puede ser belleza.
Las enfermeras también saben de errores. Decisiones que no salieron bien. Intervenciones que no llegaron a tiempo. Proyectos que no cuajaron. Pero el error no es fracaso si se convierte en aprendizaje. Si se analiza colectivamente. Si se transforma en mejora.
La lógica punitiva que a veces domina en salud impide esta integración. Castiga el fallo, exige perfección, refuerza el miedo. Pero el cuidado no es infalible. Es humano. Y, por tanto, vulnerable. Como la música.
Errar no es problema. Ocultar el error, sí. Integrarlo, compartirlo, reelaborarlo, eso es ética del cuidado.
La disonancia es parte de la belleza. El jazz no es complaciente, integra choques, tensiones, notas que friccionan y, sin embargo, abren. El cuidado, si es honesto, también convive con lo inacabado, con el desacuerdo, con el error. En demasiados aspectos la cultura del castigo paraliza el aprendizaje, se castiga el fallo, se oculta el tropiezo, se premia la apariencia. Pero el error, bien trabajado, es escuela. Miles lo sabía: “la siguiente nota puede salvarte”1. Thelonious Monk lo practicó. Su música está llena de espacios extraños que, de pronto, hacen mundo[12]. En cuidado, admitir “no sé”, “llegamos tarde”, “nos equivocamos” puede ser el inicio de la variación que faltaba. Revisar con el equipo, preguntar a la comunidad, ceder el liderazgo, experimentar otra forma. El riesgo es inherente a cualquier práctica transformadora; la pregunta no es si fallaremos, sino cómo vamos a aprender de lo que falle.
Jam session comunitaria
La educación para la salud en clave comunitaria es, quizá, donde más evidente se vuelve el parentesco con una jam session. Llegas con una estructura —dos o tres ideas fuerza, alguna dinámica—, pero sabes que lo vivo aparece cuando el grupo toma la palabra. Se empieza hablando de alimentación y, sin aviso, emergen la ansiedad, la violencia, el cuerpo herido por la mirada ajena. Si te aferras a la diapositiva, pierdes la música; si confías en el oído, acompasas el tema y compones con lo que surge. Parker Palmer lo explicó para la docencia: “el aula no es un lugar para entregar contenidos, sino para hacer sentido”[13]. En salud, lo educativo no es “transferir” mensajes, sino crear condiciones para que la gente hable de su vida con quienes pueden escucharla sin juicio, y desde ahí tomar decisiones posibles. Paulo Freire lo sabía: “nadie educa a nadie, nos educamos en comunión; y eso exige humildad, tiempo y conversación que no se subordine a la propaganda” [14].
El arte y la ética no son mundos separados. Susan Sontag defendió que necesitamos imágenes —y metáforas honestas— para pensar el sufrimiento sin banalizarlo[15]; John Berger mostró cómo las miradas están atravesadas por el poder y la cultura[16]. Un cuidado que no se interroga por su estética —lenguaje, gestos, silencios, cuerpos— corre el riesgo de convertirse en protocolo sin alma. Un arte que no se interroga por su ética corre el riesgo de convertirse en belleza sin mundo. Enfermería puede aprender del jazz esa doble fidelidad, técnica impecable y libertad responsable; precisión y riesgo; disciplina y juego. La técnica sin juego se vuelve rígida; el juego sin técnica, capricho. El cuidado necesita ambas manos.
El jazz nos enseña que una pregunta puede ser más poderosa que una afirmación. Que una pausa bien colocada puede transformar el ritmo del grupo. Que lo importante no es que se entienda “el mensaje”, sino que se genere algo común. Lo educativo es, también, un proceso creativo.
La educación popular en salud ha defendido desde hace décadas esta lógica de co-creación, de diálogo horizontal, de saberes compartidos. Y el jazz, sin nombrarlo, la ha practicado siempre.
Cuidar como resistencia creativa
El jazz nació como resistencia. Como expresión cultural de comunidades oprimidas. Como forma de decir lo que no podía decirse. Como arte del margen. Y desde ahí, transformó el mundo.
El cuidado enfermero, bien entendido, también es resistencia. En contextos vulnerados, medicalizados, tecnocráticos, cuidar con presencia, escucha y sensibilidad es un acto profundamente político.
Es resistir la despersonalización. Es humanizar donde todo se automatiza. Es crear comunidad donde impera el individualismo. Es desafiar la lógica del descarte. Es tocar otra melodía.
Cuidar, como el jazz, no es solo técnica. Es alma. Es compromiso. Es una forma de estar en el mundo.
Silencio, emoción, cuerpo, el lenguaje no dicho del cuidado. En el jazz, el silencio tiene valor propio. No se llena por inercia. Se respeta. Se usa. Se coloca. Porque no todo se dice con notas. Hay silencios que conmueven más que cualquier solo.
Cuidar también es, a veces, callar. Estar sin intervenir. Acompañar sin explicar. Sostener sin exigir palabras. Muchos de los cuidados más profundos no tienen forma lingüística, se dan en la mirada, en la presencia, en la pausa, en la cercanía corporal, en el tiempo regalado.
Susan Sontag lo expresó con claridad: “La atención plena es una forma radical de amor.”14 En contextos comunitarios, donde el sufrimiento no siempre encuentra palabras, cuidar es ofrecer presencia atenta, sin juicio, sin prisa.
El cuerpo es también un instrumento del cuidado. No solo las manos. Todo el cuerpo. Cómo nos sentamos, cómo caminamos con el otro, cómo tocamos, cómo respiramos. Cuidar es un arte encarnado. Como tocar jazz.
Coda[17] final: el cuidado no es partitura, es escucha
Pensar el cuidado en clave de jazz es una invitación a romper moldes. A dejar atrás el guion cerrado. A confiar en lo que emerge. A arriesgar. A improvisar con sentido. A co-crear. A respetar el ritmo del otro. A escuchar más que hablar.
No se trata de oponer arte y ciencia, sino de recordar que el cuidado necesita ambos. Que sin sensibilidad no hay ética. Que sin creatividad no hay transformación. Que sin presencia no hay comunidad.
Las enfermeras, si queremos seguir siendo fuerza transformadora, debemos recordar que nuestro valor no está en repetir fórmulas, sino en escuchar, afinar, improvisar, responder. Como el jazz.
Quizá por eso, Esperanza Spalding, una de las grandes voces del jazz contemporáneo, afirma que su música “nace del deseo de sanar”[18]. Quizá también por eso, nosotras prestamos el cuidado como ella toca el contrabajo, con cuerpo, con alma, con amor.
Y es que cuidar, cuando se hace desde lo profundo, no se parece a una partitura clínica. Se parece a una jam session.
Donde cada vida tiene su melodía.
Donde cada persona, cada familia, cada barrio tiene su ritmo.
Donde cada silencio importa.
Y donde cada enfermera… improvisa.
Para finalizar y con el fin de que esta analogía que propongo no quede en abstracción, me he querido acercar a algunas afinidades entre referentes del jazz y referentes enfermeras. No son comparaciones forzadas ni hagiografías[19]. Son resonancias útiles para pensar qué hacemos y cómo lo hacemos cuando cuidamos con oído.
Louis Armstrong y Mary Seacole, por ejemplo, comparten el impulso pionero desde los márgenes: Armstrong, niño pobre de Nueva Orleans, reinventó la trompeta y la voz en un mundo hostil; Seacole, mujer negra y caribeña, cruzó medio mundo para abrir su propia “posada” de cuidados en Crimea cuando el establishment británico le cerró las puertas[20]. Ambos crearon camino donde había muros. Su lección es actual, a veces hay que construir el lugar de cuidado que no existe, abrir la sala donde nadie nos invitó, sostener la dignidad cuando el sistema dice “no”.
Virginia Henderson y John Coltrane se encuentran en otro punto, la búsqueda de una forma más alta de libertad. Henderson definió la enfermería no como sustitución, sino como ayuda para que la persona recupere su autonomía; su definición sigue interpelándonos porque coloca el poder en el otro[21]. Coltrane, tras dominar el be-bop[22], se lanzó a una exploración espiritual que ensanchó el jazz sin romper su espina dorsal. Ambos trascendieron la destreza para rozar lo que da sentido, la música como elevación, el cuidado como emancipación.
Dorothea Orem y Thelonious Monk dialogan en la extrañeza fecunda. Orem colocó el autocuidado en el centro —no como abandono, sino como poder—[23]; Monk construyó un lenguaje personalísimo de silencios y acentos fuera de lugar que, sin embargo, eran el lugar. Hicieron de la diferencia un método.
Madeleine Leininger y Esperanza Spalding comparten la osadía de tejer puentes. Leininger fundó la enfermería transcultural cuando casi todo el mundo pensaba la salud como algo “neutral” y descontextualizado; recordó que no hay cuidado eficaz si no se honra la cultura del otro[24]. Spalding, contrabajista y compositora, expandió el jazz atravesándolo con herencias afro, académicas y populares; nunca tocó para parecerse, sino para mezclar con sentido, con una idea clara de la música como cuidado del vínculo[25]. Juntas sugieren una ética, ninguna técnica es suficiente si no se abre a la diversidad; ninguna identidad profesional crece si no se deja atravesar por otras músicas.
Y hay analogías cercanas, que tocan nuestra historia profesional viva. María Paz Mompart García y Nina Simone, por ejemplo. Simone convirtió el dolor de su pueblo en canto y resistencia; pagó el precio de no callar, y sin embargo su música no es solo denuncia, es belleza que sostiene. María Paz Mompart ha hecho del cuidado una forma de arte comprometido. Enfermera docente, investigadora y tejedora de pensamiento crítico, ha sabido mantener el hilo entre academia y territorio, entre teoría y calle, entre evidencia y sensibilidad. Su trabajo ha dado lugar a formas de pensar y hacer la Enfermería; su voz amplifica voces. Simone y Mompart comparten esa mezcla de fuerza ética, lucidez intelectual y sensibilidad social. Entendieron que la voz propia no sirve si no hace sitio a la voz de otros[26]. En un mundo que invita a la espectacularidad, ambas eligieron la profundidad.
Francisco Megías Lizancos y Duke Ellington ofrecen otra resonancia. Ellington fue un arquitecto sonoro que dirigió sin aplastar, que compuso sin uniformar, que sostuvo grandes bandas haciendo brillar singularidades; su liderazgo fue estructura y generosidad[27]. Megías, desde la enfermería de salud mental y como presidente de la Asociación Española de Enfermería de Salud Mental (AEESME), ha sostenido un liderazgo parecido. Firme en la ética, abierto en la escucha, comprometido con un modelo humanizado y comunitario, atento a tender puentes entre generaciones, disciplinas y territorios. En ambos casos, el liderazgo no es estridencia, sino afinación. Crear condiciones para que otros toquen mejor. Si Ellington enseñó que una orquesta es una comunidad de timbres que requiere respeto, Megías recuerda que la salud mental —y la salud en general— necesita orquestas así: equipos donde nadie se erige en solista perpetuo, donde el cuidado se compone en común.
Pero, no todo son analogías con nombres ilustres. También hay pequeños solos cotidianos que merecerían figurar en la historia oral del cuidado. La enfermera que —sin horario— espera a que una mujer mayor termine su historia porque sabe que si hoy no se cuenta, se enquista; la que llama a la escuela para adaptar expectativas porque el niño que “no se concentra” vive hacinado y con miedo; la que propone un “círculo de palabra” en vez de otro cuestionario. Todo eso es música.
La dimensión política del jazz —y del cuidado— no debería eludirse. El jazz nació como resistencia creativa en contextos de racismo y segregación; su historia acompasa luchas por derechos civiles, por visibilidad, por dignidad. Cuidar bien, hoy, también es resistir a la precariedad que convierte el sufrimiento en estadística, a la burocracia que anestesia la relación, al tecnosolucionismo que promete atajos sin escuchar a nadie. No se trata de romantizar la dificultad, sino de reconocer que el cuidado sin condiciones materiales dignas se convierte en heroísmo que quema y reproduce injusticias. Las enfermeras no debemos aceptar ese marco. Necesitamos organizarnos como banda que reclama tiempo, plantillas, estabilidad, reconocimiento. De lo contrario, la música se apaga. Wynton Marsalis lo cuenta para el jazz, sin espacios, sin escuelas, sin encuentros, el lenguaje se empobrece y se vuelve cliché[28]. En salud, sin condiciones estructurales, el cuidado se miniaturiza hasta volverse trámite.
¿Cómo se traduce esta clave en decisiones concretas? En priorizar tiempo sobre cantidad, vínculo sobre trámite, grupos sobre mensajes unidireccionales, territorio sobre despacho. En planificar con la gente lo que la gente quiere y no lo que legitima nuestro powerpoint. En pasar del “captar” al “convidar”. En decidir que no estaremos en todos los sitios, sino en los lugares donde estar hace diferencia. En proteger espacios de reflexión del equipo —la “reunión de afinación”— donde revisar errores, celebrar hallazgos, escuchar cansancios, rediseñar arreglos. En pedir ayuda cuando nos atasquemos y en ceder liderazgo cuando otra disciplina o la comunidad puedan llevar el tema.
También en cuidar nuestros cuerpos, porque una música agotada desafina. El cuidado colectivo del equipo —descansos reales, distribución de competencias, reconocimiento mutuo, formación compartida, humor— no es retórica, es ética. El jazz se alimenta de clubes donde se toca y se conversa; los equipos de salud necesitan espacios análogos, fuera de la tiranía del “mientras-comemos”, para reconectar con el porqué.
Tal vez lo más difícil sea recordar que escuchar no es “debilidad”, sino potencia. Que la improvisación no es “falta de rigor”, sino rigor situado. Que la lentitud no es “pérdida de tiempo”, sino condición para la profundidad. Que decir “no sé” no es incompetencia, sino honestidad epistémica que abre aprendizaje. Que el silencio puede ser cuidado. Que el cuerpo —cómo nos sentamos, cómo miramos, cómo tocamos, cómo respiramos— es instrumento. Que el cuidado, cuando de verdad cuida, no es espectáculo, es verdad.
Si volvemos al principio, la imagen se cierra con lo más simple, una banda se reúne, mira, cuenta, entra. Alguien marca el pulso con el pie. El bajo sostiene una línea; la batería, una escobilla; el piano, un acorde cálido; el saxo respira. No hay prisa. Hay escucha. Y de pronto, sucede. No porque alguien “genial” impuso su idea, sino porque el grupo —con su memoria, su técnica, su afecto y su riesgo— permitió que algo apareciera. En ese misterio cotidiano, que no es magia sino oficio, reconozco el corazón de las enfermeras cuando están en su sitio. No somos solistas de consulta; somos músicas de barrio. Y eso, lejos de rebajar, eleva. Nos recuerda que la salud se compone a muchas manos, en plazas humildes, con instrumentos gastados, con paciencia terca, con alegrías pequeñas, con dolores que no asustan porque no se enfrentan solas.
Quizá por eso el jazz y el cuidado se tocan en el mismo punto, la libertad con responsabilidad. La libertad de explorar, de no repetir consignas, de inventar rutas, de reconocer que las personas cambian la pieza; y la responsabilidad de no olvidar la estructura, de sostener el compás, de no hacer de la improvisación una excusa para la ocurrencia. Libertad para arriesgar; responsabilidad para cuidar. Libertad para decir “hoy escucho”; responsabilidad para decir “hoy paro”. Libertad para nombrar lo político; responsabilidad para no instrumentalizar el dolor. Libertad para emocionarnos; responsabilidad para no hacer del cuidado un teatro.
Tal vez el mejor cierre no sea un aplauso, sino un susurro del barrio, “gracias por estar”. O ese gesto apenas visible de la persona que, por primera vez en meses, dice “mañana salgo a tomar el sol”. O el correo de la maestra que cuenta que Juan ya no se duerme en clase porque ahora hay merienda segura en casa. O la risa compartida en un grupo que al principio no quería verse. Pequeñas músicas que no se graban en discos, pero que cambian la vida. En el jazz de la comunidad, esos son nuestros estándares. Y, como con los estándares, volveremos a tocarlos mil veces, cada vez un poco distintos, cada vez más verdaderos.
Si algo deja esta clave, es una tarea para nosotras afinar. Afinar el oído, para escuchar mejor; afinar el cuerpo, para estar presentes sin quemarnos; afinar las palabras, para que no opaquen; afinar la política, para que haya condiciones; afinar el equipo, para que nadie toque solo; afinar la valentía, para improvisar cuando toque; afinar la humildad, para callar cuando convenga. Con esa afinación, las enfermeras seguirán siendo lo que son cuando son grandes: música que hace mundo.
Y ahí, sí, la frase de Miles no suena a consigna, sino a oficio: “no temas equivocarte; cuida la siguiente nota”1. Porque cuidar —de verdad— es componer la próxima respuesta con el oído en el otro, las manos en el presente y el corazón en la comunidad.
Músicas para acompañar esta reflexión
Louis Armstrong – What A Wonderful World https://www.youtube.com/watch?v=VqhCQZaH4Vs
John Coltrane “My Favorite Things” https://www.youtube.com/watch?v=4tncD1oA6i4
Thelonious Monk – Monk’s Dream https://www.youtube.com/watch?v=7cSNNvoJJXQ
Esperanza Spalding I Know You Know https://www.youtube.com/watch?v=0NfQmoouvTY&list=RDEMZ4JcXf2V80sYS0fb6RDsNQ&start_radio=1
Nina Simone Jazz Songs https://www.youtube.com/watch?v=NaHCTI4oV1M
Duke Ellington – Sophisticated Duke https://www.youtube.com/watch?v=4Q_875jeRns
Presuntos Implicados – Alma De Blues https://www.youtube.com/watch?v=VHcSk4LzzfA&list=PLAV_s2diuV7JptjmnwEEYTKhQbmoVkOHE
[1] Trompetista, compositor y arreglista estadounidense de jazz (1961).
[2] Davis M. Miles: The Autobiography. Simon & Schuster; 1990.
[3] Montgomery K. How Doctors Think: Clinical Judgment and the Practice of Medicine. Oxford University Press; 2006.
[4] Berliner PF. Thinking in Jazz: The Infinite Art of Improvisation. Chicago: University of Chicago Press; 1994.
[5] Gioia T. The History of Jazz. 2nd ed. New York: Oxford University Press; 2011.
[6] Marsalis W, Ward G. Moving to Higher Ground: How Jazz Can Change Your Life. New York: Random House; 2008.
[7] A veces traducido como tocada o zapada, es un encuentro informal de improvisación musical.
[8] Monson I. Saying Something: Jazz Improvisation and Interaction. Chicago: University of Chicago Press; 1996.
[9] Ellington D. Music is My Mistress. New York: Da Capo Press; 1976.
[10] Canciones con un tempo (velocidad) alto
[11] Mingus C. Beneath the Underdog. Vintage; 1991.
[12] Kelley RDG. Thelonious Monk: The Life and Times of an American Original. New York: Free Press; 2009.
[13] Palmer PJ. The Courage to Teach: Exploring the Inner Landscape of a Teacher’s Life. Jossey-Bass; 1998.
[14] Freire P. Pedagogy of the Oppressed. 30th anniversary ed. New York: Continuum; 2000.
[15] Sontag S. Regarding the Pain of Others. New York: Farrar, Straus and Giroux; 2003.
[16] Berger J. Ways of Seeing. London: Penguin; 1972.
[17] Sección que se añade al final de una pieza musical o de un movimiento, funcionando como un epílogo o remate.
[18] Spalding E. Entrevistas seleccionadas. NPR Music, 2016–2021.
[19] Historia de las vidas de los santos.
[20] Seacole M. Wonderful Adventures of Mrs Seacole in Many Lands. London: Penguin Classics; 2005.
[21] Henderson V. The Nature of Nursing: A Definition and Its Implications for Practice, Research, and Education. New York: Macmillan; 1966.
[22] Estilo musical del jazz que se desarrolla en la década de los cuarenta del siglo XX
[23] Orem DE. Nursing: Concepts of Practice. 6th ed. St. Louis: Mosby; 2001.
[24] Leininger MM, McFarland MR. Transcultural Nursing: Concepts, Theories, Research, and Practice. 3rd ed. New York: McGraw-Hill; 2002.
[25] NPR Music. Esperanza Spalding interviews and features [Internet]. 2016–2021 [cited 2025 Aug 9].
[26] Simone N, Cleary S. I Put a Spell on You: The Autobiography of Nina Simone. New York: Pantheon; 1992.
[27] Ellington D. Music is My Mistress. New York: Da Capo Press; 1976.
[28] Marsalis W, Ward G. Moving to Higher Ground: How Jazz Can Change Your Life. New York: Random House; 2008.
Soy un forofo del jazz, entiendo perfectamente lo que se quiere decir.
Muchas gracias por tantas y tan interesantes reflexiones.
Como gran amante del jazz y de los cuidados enfermeros te felicito por tu enorme creatividad. Lo comparto entre cuidadoras.
Un fuerte abrazo