CUÁNTO TE ECHAMOS DE MENOS MAFALDA Una reflexión de la actualidad desde su mirada

Hace años que Mafalda y sus amigos dejaron de hablarnos en viñetas. El lápiz de Quino que les daba vida se detuvo, y sus diálogos dejaron de interpelarnos. Dejaron de dibujar una sonrisa en nuestros rostros y crear reflexión en nuestro pensamiento. Sin embargo, el mundo que dejaron de comentar siguió girando… y, visto lo visto, giró hacia donde menos convenía.

Desde ese lugar sin tiempo donde ahora permanecen, Mafalda mira su globo terráqueo. Lo hace con la misma mezcla de ternura y desesperación de siempre. “Increíble —dice—. Dejamos un mundo con problemas y lo han devuelto con los problemas aumentados y el envoltorio roto”.

Susanita, instalada en su universo de fantasía, ni se molesta en mirar el globo. “Yo soñaba con un marido ideal —aunque un poquito machista, que eso queda elegante—, con muchos hijos preciosos, una casa enorme, comodidades, amigas de buen nivel… y nada de gente rara rondando cerca. Una sociedad ordenada y educada, como en los anuncios. Y mírenlo ahora: todo lleno de protestas, de gente vestida sin gusto, de políticos que hablan mal, de parejas que ni siquiera se casan… así no hay quien viva en paz”. Para ella, lo insoportable no es la injusticia o la pobreza —temas que ni se le pasan por la cabeza—, sino que el decorado de su mundo soñado esté cada vez más desajustado.

Manolito, con la lógica mercantil que nunca abandona, interviene desde su mostrador imaginario: “Bueno, pero el mercado sigue funcionando. La pobreza, la guerra, la miseria… todo eso mueve dinero. El problema no es que haya desigualdad, es que no sabemos venderla mejor”. Lo dice con una sonrisa inocente, como quien desconoce que su frase es un retrato cruel del neoliberalismo de estos tiempos.

Libertad, más pequeña pero más grande en ideas, se cruza de brazos: “El problema, Manolito, es que mientras ustedes cuentan billetes, hay millones que cuentan migas. La igualdad no es un lujo, es un derecho. Pero claro, eso no da dividendos a corto plazo y a los de arriba les encanta que sigamos entretenidos con tonterías”.

Guille, que todavía juega sin filtrar lo que dice, lanza su duda con absoluta ingenuidad: “Si el mundo está tan mal… ¿por qué no lo cambian los que mandan, que se supone que son los que saben?”. El silencio que sigue es tan incómodo como demoledor: nadie tiene una respuesta que no suene a excusa.

Felipe, con el codo apoyado en la mesa y la cabeza en la mano, mira hacia abajo: “A veces pienso que la historia es como un libro que se nos cayó en la misma página. Seguimos leyendo lo mismo: guerras, pobreza, injusticia, individualismo… y nadie pasa la hoja”.

Mafalda los escucha a todos y se vuelve para interpelar a quienes leen estas líneas: “No me digan que no lo saben —parece decir—. Está en las noticias, en las calles, en sus conversaciones. Lo saben, pero se dejan convencer por bulos, por mentiras repetidas hasta que parecen verdades, por influencers que venden humo, por falsos periodistas que maquillan datos, por políticos mediocres que no quieren que brille nadie que pueda hacer las cosas mejor. Y ustedes aplauden, o miran para otro lado, o se consuelan diciendo que siempre fue así”.

Lo que antes ocupaba una viñeta ahora nos desborda en titulares y pantallas, pero la capacidad de pensar sigue igual de arrinconada. Tal vez sea hora de que Mafalda y sus amigos vuelvan, aunque en apariencia no hayan envejecido nada. Que vuelvan con la madurez que el tiempo les daría, pero con la misma agudeza para romper la costra de indiferencia, la actitud individualista, la ausencia de solidaridad, el artificial hedonismo…

Porque si algo tenían sus diálogos —breves, directos, contundentes— era la capacidad de despertar pensamiento crítico, de abrir un hueco en la comodidad y dejar entrar la pregunta incómoda. Hoy necesitamos esas preguntas más que nunca, en un mundo que ha perfeccionado el arte de distraernos y deformar la realidad hasta que parece un chiste sin gracia.

Puede que no podamos subirnos a una viñeta, pero sí podemos recuperar la capacidad de ver más allá de la mentira organizada. Mafalda quería parar el mundo para bajarse. Quizá ahora nos toque a nosotros decidir si vamos a seguir en este viaje absurdo… o si por fin vamos a cambiar de rumbo, antes de que el mundo acabe por pararse y arrojarnos a todos de él.

Porque, no lo olviden, el lápiz que los dibujó se detuvo y quien lo hacía posible se fue al mundo sin tiempo en el que están Mafalda y sus amigos. Ahora, escribir la siguiente viñeta… está en nuestras manos.

Y si no lo escribimos nosotros, otros lo harán por nosotros. Y entonces, como en las malas viñetas, nos encontraremos atrapados en un chiste… que ya no tendrá gracia para nadie.

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