
Vivimos en una sociedad que presume de derechos, modernidad y bienestar. Pero tras ese escaparate, persisten —y se agravan— formas sutiles y estructurales de exclusión. No hablamos solo de pobreza o desigualdad. Hablamos de algo más profundo. De cómo clasificamos, jerarquizamos y descartamos a quienes no encajan en el molde de la “normalidad” o la “productividad”. En esta lógica perversa, hay vidas que importan… y vidas que estorban.
Las personas mayores son vistas cada vez más como un problema. Se habla de “dependencia”, de “carga”, de “gasto”, como si envejecer fuera una anomalía. En una cultura que idolatra la juventud, la belleza, la rapidez y la eficiencia, el paso del tiempo se convierte en una condena. Y no solo se invisibiliza a quienes han construido nuestra sociedad, sino que se les priva de voz, de autonomía, y a menudo, de cuidados dignos.
A las personas con discapacidad, a pesar de los discursos oficiales, se les sigue midiendo por su funcionalidad. Se invierte poco o nada en transformar los entornos para hacerlos accesibles, y se ofertan “recursos asistenciales” segregados y fragmentados que no garantizan ni la dignidad ni la autonomía. Acceder a servicios de calidad depende del bolsillo. Quien puede pagar, accede; quien no, queda atrapado en listas de espera o en soluciones precarias.
Cuando el sistema público no da respuestas, se traslada la carga del cuidado al hogar. Casi siempre a las mujeres. Mujeres que sostienen cada día —sin visibilidad, sin apoyo, sin derechos— el cuidado de personas mayores, dependientes o con enfermedad. Y lo hacen porque quieren, sí. Pero también porque no hay otra opción. Porque el sistema cuenta con ellas, pero nunca les reconoce. Porque sus manos sostienen lo que el Estado ignora. No basta con darles una “paga”, porque lo que requieren es atención.
Esta lógica atraviesa todo el ciclo vital. En la infancia, se etiquetan como trastornos lo que a menudo son expresiones legítimas de diversidad emocional o familiar. Se diagnostica, se medica, se normaliza, sin detenerse a preguntar qué está pasando alrededor de ese niño o esa niña. En la adolescencia, se patologiza la búsqueda de identidad, los cambios emocionales, los silencios y los gritos. En lugar de acompañar, se interviene. En lugar de escuchar, se culpabiliza. Y así, convertimos etapas de transformación en diagnósticos permanentes.
En la adultez, el sufrimiento cotidiano —el estrés, el vacío, la sobrecarga— se traduce rápidamente en recetas. Se tapa el malestar con fármacos, sin abordar las causas estructurales como la precariedad, la falta de tiempo, el aislamiento, la violencia, la soledad. Se trata el síntoma, pero se ignora el contexto.
Incluso la menopausia, una etapa natural en la vida de muchas mujeres, es tratada como una enfermedad. Se ignora su dimensión vital, simbólica, personal. Se medicaliza. Se estandariza. Se invisibiliza, como tantas otras cosas que afectan a las mujeres.
En este modelo, todo se convierte en una oportunidad para intervenir, clasificar, medicar. Cada fase de la vida se transforma en un riesgo que hay que controlar. Cada diferencia, en una desviación. Cada sufrimiento, en un desajuste químico. Y en ese proceso, perdemos lo esencial, la humanidad y ejercemos una salud persecutoria que en lugar de resolver cronifica, que en lugar de generar autonomía provoca dependencia.
Urge apostar por un modelo diferente. Un modelo basado en el cuidado. Un modelo que ponga en el centro a las personas y no a sus diagnósticos. Que atienda a las causas y no solo a las consecuencias. Que comprenda que la salud no se juega solo en los hospitales, sino en las casas, en los barrios, en las escuelas, en el trabajo, en el entorno. Que identifique y priorice la cultura, la espiritualidad, las tradiciones, porque la salud está atravesada por muchos más factores que los biológicos. Está condicionada por la educación, la pobreza, la vivienda, el acceso a recursos básicos, la alimentación que podemos permitirnos, el cambio climático, la discriminación, la diversidad, el miedo a la violencia, la soledad que soportamos, el modo en que nos relacionamos, la incertidumbre.
No basta con recetar. Hay que escuchar. Hay que comprender. Hay que acompañar. Y para eso, hace falta un modelo de salud que deje de girar exclusivamente en torno a la técnica y se centre en el cuidado, en lo cotidiano, en lo comunitario. Un modelo más humano, más ético, más cercano, más justo.
Cambiar es una necesidad. Y no solo para mejorar los resultados sanitarios, sino para construir una sociedad más decente. Una sociedad que no descarte a nadie. Una sociedad donde cuidar no sea una carga sino un derecho. Una sociedad donde la vida no estorbe.
En un mundo que mide el valor de la vida según su rentabilidad, cuidar es un acto profundamente revolucionario. Frente al olvido, la exclusión o el desprecio, lo que debemos defender, por encima de todo, es la dignidad.