DE LA INDIGNACIÓN A LA RESIGNACIÓN

En 2010, Stéphane Hessel publicó un pequeño pero poderoso ensayo titulado ¡Indignaos! Un alegato contra la indiferencia y en defensa de los Derechos Humanos, de los que él mismo fue uno de sus artífices. No era un intelectual distante que analizaba el mundo desde un despacho; era un hombre que vivió en primera persona lo peor y lo mejor del ser humano. De origen judío, Hessel sobrevivió a dos campos de concentración nazis, de los que logró escapar para unirse a la Resistencia francesa contra la ocupación alemana. Precisamente por esa experiencia resulta especialmente significativo que, ya en 2010, denunciara lo que él mismo calificaba como un genocidio por parte de Israel contra Gaza y Cisjordania.

Su ensayo fue un grito dirigido especialmente a la juventud, para que no aceptara sin más la desigualdad, la pobreza, la violencia, la guerra ni el dominio de una oligarquía económica que anteponía el beneficio de unos pocos al bienestar colectivo. Hessel, lúcido y directo, advertía de algo que todavía hoy debería estremecernos. No tan solo gritaba ¡Indignaos!, sino que nos apremiaba a resistir, a rebelarse con dignidad, compromiso y sin violencia, a no caer en la trampa de la apatía y la indiferencia.

Tras 15 años, aquella advertencia es hoy una constatación. Las desigualdades se han agudizado. Los ricos son cada vez más ricos, los pobres más pobres, y las clases medias más frágiles y dependientes. Las guerras, lejos de disminuir, se multiplican y se han normalizado en la agenda mediática. El genocidio que Hessel denunciara no solo continúa, sino que ha escalado en brutalidad, mientras la comunidad internacional exhibe una tibieza revestida de diplomacia que roza la complicidad. Gobiernos que se declaran defensores de los derechos humanos evitan sanciones reales, esquivan condenas firmes y se refugian en comunicados ambiguos que no salvan vidas, mientras preservan relaciones comerciales y alianzas estratégicas.

Quizá lo más desconcertante no sea la vigencia de las amenazas que Hessel identificaba, sino la reacción social ante ellas. Si entonces urgía a la juventud a rebelarse contra la injusticia, hoy asistimos a un fenómeno inquietante. Una parte importante de esa juventud, en lugar de indignarse contra los responsables del retroceso de derechos, se siente atraída por sus discursos populistas y autoritarios que cuestionan la propia existencia de esos derechos. Paradójicamente, se alinean con quienes promueven políticas que restringen libertades, erosionan la igualdad, persiguen la diferencia y perpetúan la injusticia. El lema de “resistir” ha sido sustituido por un eslogan más peligroso de “protegerse” incluso a costa de sacrificar derechos ajenos. Como si la seguridad individual pudiera construirse sobre la inseguridad colectiva.

Presuntos Implicados cantaban Cómo hemos cambiado. Lo que antes era motivo de indignación masiva hoy se consume como un episodio más en el ciclo de noticias, rápidamente desplazado por la siguiente polémica. Todo se consume en segundos y se olvida al minuto siguiente. La indignación se diluye en un zapping informativo que salta de la tragedia al entretenimiento con idéntica ligereza. Lo más sensacionalista, lo más escabroso y lo que más audiencia capta es lo que merece atención para muchos medios, mientras lo estructural queda relegado. Los problemas de fondo, como la migración, la precariedad laboral o la exclusión social, se abordan con la lógica de lo inmediato y lo superficial, como si se pudieran resolver con titulares impactantes o campañas efímeras.

Hessel citaba a Sartre para recordarnos que la esperanza y la confianza son esenciales para el compromiso. El problema es que mantenerlas hoy exige una tenacidad casi heroica. La esperanza se desgasta ante el espectáculo repetido de líderes que prometen cambios para acabar gobernando según los dictados de las élites económicas y financieras. La confianza se erosiona cuando las instituciones se muestran incapaces o reticentes a frenar injusticias flagrantes o a eliminar derechos alcanzados. Y sin esperanza ni confianza, la indignación corre el riesgo de diluirse en la resignación, que es siempre el terreno más fértil para el autoritarismo.

La pregunta que nos deja este balance es incómoda pero necesaria: ¿tanto hemos cambiado como para aceptar lo que antes rechazábamos de forma unánime? ¿O siempre fuimos más frágiles y complacientes de lo que queríamos admitir, y la crisis de hoy simplemente lo revela? Lo cierto es que, frente a un mundo cada vez más desigual, más violento y más cínico, la indignación sigue siendo un motor imprescindible. Sin ella, no hay resistencia; sin resistencia, no hay cambio. Y si algo señaló Stéphane Hessel es que incluso en los momentos más oscuros la dignidad humana es capaz de levantarse y decir “no”.

Hessel nos pedía indignarnos. Hoy, además de indignarnos, quizá nos toque algo más difícil, reaprender a creer que todavía podemos cambiar las cosas. Porque, como él demostró la resistencia empieza en la conciencia, pero solo se convierte en cambio cuando la conciencia se transforma en acción.

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