LA DEUDA, EL MIEDO Y LA CULPA PARÁLISIS INTERNACIONAL Y NOBEL DE LA PAZ

La sombra del fascismo es tan alargada que, si no se ilumina con la verdad, acaba cubriéndolo todo. No desaparece sola. Permanece agazapada, esperando la oportunidad de volver a imponer el miedo, la impunidad y la crueldad. La historia nos lo recuerda una y otra vez, aunque haya quienes se empeñen en borrarla, reescribirla o adaptarla a su conveniencia. La memoria es incómoda para los autoritarios, pero imprescindible para las sociedades libres.

Lo terrible es que, pese a los horrores vividos en el siglo XX, el fascismo sigue encontrando terreno fértil allí donde anidan el silencio, la indiferencia o la cobardía. Los totalitarismos no crecen de la nada, germinan en la pasividad y florecen con la complicidad de quienes miran hacia otro lado.

La historia está llena de nombres propios que encarnaron el horror fascista, pero son todavía más numerosos los nombres de quienes, sin levantar la voz, permitieron que la barbarie se impusiera. Los que callaron por miedo, los que se acomodaron por interés, los que se justificaron con excusas. Ellos fueron el abono de la impunidad. Porque el fascismo no solo se impone con violencia, también se alimenta del silencio.

Y cuando el silencio se convierte en norma, la sociedad enferma. El miedo se instala. La duda se impone sobre la verdad. Y la mentira encuentra su espacio, hasta hacerse costumbre. En ese clima de ambigüedad moral, los derechos se erosionan, la libertad se manipula y la dignidad humana deja de ser principio para convertirse en eslogan.

Esa sensación de impotencia ciudadana, cuidadosamente cultivada por los fascistas, se convierte en una de las armas más eficaces para perpetuar la injusticia. Quien se siente pequeño frente al poder, termina aceptando lo inaceptable. Y cuando el dolor ajeno deja de conmover, la humanidad entera se desmorona. El fascismo resurge cada vez que un pueblo se acostumbra a la humillación del otro, cada vez que una vida vale menos por su raza, su religión o su procedencia, cada vez que se normaliza el sufrimiento.

Hoy, ese peligro vuelve a ser tangible. Basta con mirar hacia Palestina. Lo que allí sucede no puede seguir siendo envuelto en eufemismos diplomáticos ni relativizado con discursos de equidistancia. Es un genocidio. Y quien lo niega, lo minimiza o lo justifica, se convierte en cómplice. Resulta especialmente doloroso ver cómo Alemania, nación que conoció en su propia carne los horrores del fascismo y del exterminio, permanece hoy atrapada en una contradicción moral devastadora.

El sentimiento de culpa colectiva por el Holocausto, legítimo y necesario, se ha transformado con el paso de las décadas en una parálisis política que impide ver con claridad la barbarie actual. Aquella deuda histórica con el pueblo judío, que exigía memoria, reparación y respeto, no puede convertirse en una coartada para tolerar el sufrimiento del pueblo palestino. Las víctimas de ayer no pueden justificar a los verdugos de hoy. La memoria del horror debería servir para impedir que se repita, no para silenciarlo cuando cambia de rostro.

Alemania no está sola en esa contradicción. Buena parte de la comunidad internacional comparte esa tibieza moral, ese cálculo político que convierte la tragedia en una cuestión de conveniencia. Gobiernos que se llenan la boca de palabras huecas, callan frente a la masacre. Naciones que condenan los crímenes del pasado miran hacia otro lado ante los del presente. Y los organismos internacionales que deberían garantizar la justicia actúan como espectadores impotentes o cómplices silenciosos.

Europa, que un día se levantó sobre las ruinas del fascismo, parece haberlo olvidado. Estados Unidos, que se autoproclama adalid de la libertad, se comporta como cómplice y proveedor del verdugo. La ONU, que nació para preservar la paz, observa impotente cómo la barbarie se retransmite en directo mientras su autoridad moral se disuelve entre vetos y excusas.

Y, como si todo ello no bastara, el mundo asiste ahora al esperpento de ver cómo se intenta manipular incluso el símbolo máximo de la paz. A pocas horas de conocerse a quién se concederá el Premio Nobel de la Paz, las presiones para influir en la decisión son tan evidentes como obscenas. Desde que Donald Trump fuera propuesto, él mismo ha convertido esa nominación en una campaña personal, en una escenificación sin precedentes. Un narcisista superlativo con ínfulas infinitas y desprecio absoluto por la decencia y la ética. Pero la dimensión del despropósito —y lo verdaderamente vergonzoso— es que quien promueve esa propuesta no es otro que el propio gobierno responsable de un genocidio que sigue cobrándose vidas cada día. Una trágica paradoja que roza lo indecible. El verdugo proponiendo el Premio de pacificador a quien le aporta armas y apoyo en su genocidio, justo cuando, “casualmente”, se escenifica una débil y desigual negociación de paz a pocas horas de la decisión final. Con su actitud, Trump aprovecha la deuda, el miedo y la culpa para ganarse apoyos o silencios que puedan abrirle el camino hacia un premio tan inmerecido como desprestigiado si llegara a concedérsele. Si el fascismo se alimenta de la mentira, su versión moderna se nutre de la propaganda y del ego sin límites.

La historia, implacable, aunque lamentablemente lenta a la hora de situar a cada cual en su sitio, identificará todos estos hechos y dejará en la memoria de la humanidad, de manera indeleble, la falta de determinación de unos, la ambigüedad de otros y la complicidad del resto, al tiempo que situará como criminales a quienes se les ha permitido cometer tales atrocidades. Y volverá a recordarnos que los horrores del fascismo no se repiten por ignorancia, sino por falta de coraje.

Para evitar esa nueva culpa que ya empieza a gestarse, solo hay un camino posible: la coherencia. Coherencia con los valores que decimos defender, con la humanidad que proclamamos y con la memoria que decimos honrar. No hay equilibrio posible entre el verdugo y la víctima. No hay neutralidad moral ante el sufrimiento.

Iluminar la sombra del fascismo no es un gesto político, es un deber humano. Porque cuando se apaga esa luz, lo que vuelve no es solo la oscuridad, sino el espanto. Y entonces ya es demasiado tarde para arrepentirse.

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