
Ya hemos salido de dudas. Finalmente no le han dado el Premio Nobel de la Paz a Donald Trump, a pesar de las presiones permanentes que ha venido ejerciendo. Falta conocer cuál será su reacción, aunque no es descabellado pensar que arremeterá contra todo y todos por “tan injusta y caprichosa decisión”. Estábamos tan centrados, tan mediatizados por la idea de que el premio no recayera en él, que cualquier otra posibilidad nos parecía buena, razonable e incluso esperanzadora. Un espejismo colectivo que demuestra hasta qué punto la manipulación mediática y el ruido político nos hacen perder el sentido crítico.
Porque, una vez comunicada la decisión del jurado, lo cierto es que el supuesto alivio se transforma en perplejidad. La premiada, María Corina Machado, más allá de ser la líder opositora al régimen de Maduro en Venezuela, representa a la oligarquía venezolana que durante décadas ha vivido del expolio de su propio país. Es la voz de los privilegiados que, cuando pierden el poder, se disfrazan de víctimas y se presentan como mártires de la democracia. Su trayectoria política y sus declaraciones públicas no dejan lugar a dudas, es una defensora de los intereses de las élites económicas y una ferviente admiradora de las políticas intervencionistas de Estados Unidos. Llegó a afirmar, sin sonrojarse, que vería con buenos ojos una intervención militar extranjera para “liberar” a Venezuela.
Es decir, hemos pasado del susto de que premiaran a Trump a la paradoja de celebrar a una figura que comparte, en gran medida, su visión autoritaria, armamentística y belicista. Lo inquietante es que muchos se conformen con esta elección simplemente porque “podría haber sido peor”. Es el triunfo del mal menor convertido en norma moral. Una peligrosa resignación colectiva que normaliza el cinismo político y degrada el valor simbólico de los premios.
No caigamos en la trampa de pensar que cualquier decisión es buena por el simple hecho de no haber sido la peor. Esa complacencia es el principio del declive. Entre las candidaturas de este año había organizaciones que encarnaban con mucho mayor rigor, justicia y coherencia los valores que, en teoría, definen al Premio Nobel de la Paz, la defensa de los derechos humanos, el diálogo, la cooperación, la justicia social o la construcción de sociedades más equitativas. Pero, una vez más, el jurado optó por una decisión que satisface a los poderosos, tranquiliza a los mercados y mantiene la narrativa geopolítica de siempre.
Las razones que se den para justificar el fallo podrán sonar nobles, conmovedoras o inspiradoras. Hablarán de lucha por la libertad, de resistencia frente a la dictadura, de coraje femenino en un entorno hostil. Pero, detrás de los discursos cuidadosamente redactados, seguirá latiendo la verdad incómoda. La premiada representa un modelo de poder elitista, clasista y alineado con los intereses del norte global. Un modelo que no busca transformar la realidad, sino restaurar los privilegios perdidos. En el fondo, no es muy diferente de Trump. Tal vez por eso él mismo, lejos de molestarse, acabe sintiéndose satisfecho con la elección. Es probable que piense que, si no podía ser él, al menos el galardón ha quedado en manos de una “aliada ideológica”.
Posiblemente el jurado haya pensado que con esta decisión lograba un equilibrio diplomático. No premiar a Trump, pero tampoco enemistarse con él y sus seguidores. Una jugada calculada que, sin embargo, vacía de sentido un reconocimiento que nació para exaltar la paz y no para repartir favores estratégicos. El resultado es un premio cada vez más devaluado, sometido a intereses políticos y alejado del propósito original de su creador.
Si a todo ello añadimos que la propia premiada ha dedicado su Nobel de la Paz a Donald Trump, y que el anuncio ha sido recibido con entusiasmo en España por dirigentes del PP y de Vox, el perfil de María Corina Machado queda aún más claro. No hay mucha distancia —ni moral ni política— entre haber premiado a Trump y haber premiado a Machado: cambia el nombre, pero se mantiene la misma lógica de poder, el mismo guion de confrontación y la misma renuncia a una paz con justicia.
Hace tiempo que el Nobel de la Paz perdió parte de su credibilidad. Las decisiones de los últimos años lo han ido despojando de la autoridad moral que alguna vez tuvo. Pero, este año el deterioro ha sido absoluto. Ya no se trata solo de polémica o de controversia, se trata de la pérdida total de coherencia. Se ha pasado de premiar la reconciliación y la cooperación internacional a recompensar el enfrentamiento y la agenda de la oligarquía. Es un despropósito histórico que, en nombre de la paz, acaba legitimando la lógica del conflicto.
Si Nobel levantara la cabeza y contemplara en qué se ha convertido su legado, tal vez volvería a encerrarse en su laboratorio, no para inventar explosivos, sino para intentar descubrir algún antídoto contra la hipocresía. Un antídoto que devolviera al mundo la capacidad de distinguir entre el coraje y la impostura, entre la resistencia y el oportunismo, entre la paz verdadera y su caricatura. Porque lo que hoy se celebra no es la paz, sino la derrota del sentido común. Y esa, sin duda, es la peor de todas las guerras.
Porque, cuando el mal menor se convierte en virtud, la paz deja de ser un ideal para transformarse en espectáculo.
Comparto todo lo expresado.
Pero, además, en estos momentos en que el peor crimen del siglo XXI se está cometiendo, ante los ojos incrédulos y horrorizados de la mayor parte del mundo, ¿en qué parte del planeta está el Comité del Premio Nobel?
Está ciego, sordo, impávido, ante el HOLOCAUSTO que se comete hoy, nada menos, que por las víctimas del holocausto del dihlo XX!!!