
A la gran Familia AEC que tan bien cuida el lenguaje y con el lenguaje
Pero si el pensamiento corrompe el lenguaje, el lenguaje también puede corromper el pensamiento.
George Orwell[1]
El lenguaje es uno de los instrumentos más poderosos de la práctica sanitaria, aunque paradójicamente uno de los menos examinados. Con las palabras construimos diagnósticos, justificamos intervenciones, generamos jerarquías y, en no pocas ocasiones, fijamos distancias. El modo en que nombramos lo que vemos determina no solo cómo lo comprendemos, sino también cómo lo tratamos y a quién otorgamos —o negamos— protagonismo. Las palabras, cuando se utilizan sin conciencia crítica, pueden convertirse en una forma de violencia simbólica. Etiquetan, reducen y clasifican a las personas bajo categorías técnicas que acaban sustituyendo su identidad por su patología[2].
En los sistemas sanitarios contemporáneos, dominados por la eficiencia, la estandarización y el lenguaje de la productividad, el vocabulario clínico ha absorbido un sesgo deshumanizador que reproduce las lógicas del poder institucional. No se trata únicamente de una cuestión semántica. Las palabras son actos que crean realidades. Llamar “paciente crónico complejo” a una persona implica mucho más que describir su situación clínica. Connota carga, dificultad, dependencia, gasto. Implica que alguien —profesional, familia o sistema— debe sostener un peso que no le corresponde. Se produce así una transferencia invisible de culpa desde las estructuras de poder hacia la persona que padece, quien acaba sintiéndose responsable de los problemas que su enfermedad genera[3].
Esta deriva no es casual. En un entorno donde las políticas sanitarias tienden a medirlo todo —tiempos, costes, productividad, rentabilidad—, el lenguaje también se tecnifica. Deja de ser un vehículo de encuentro para convertirse en una herramienta de control. Las palabras sustituyen la mirada, y el discurso sustituye al vínculo. Las personas dejan de ser tales para transformarse en “casos”, “expedientes”, “incidencias” o “usuarios”. De este modo, el lenguaje consolida la distancia entre quien cuida y quien es cuidado, y refuerza el poder de las instituciones frente a la vulnerabilidad de las personas[4].
La terminología en salud, por tanto, no es inocente. Revela la ideología de un sistema y las prioridades de quienes lo gestionan. No es lo mismo hablar de “atención” que de “asistencia”, ni de “personas” que de “pacientes”. En el primer caso, las palabras remiten a un proceso bidireccional de acompañamiento y continuidad; en el segundo, a una relación unidireccional y puntual en la que uno actúa y el otro recibe. La elección lingüística traduce un modo de entender la salud, el cuidado y la dignidad humana. Y en esa elección se juegan cuestiones éticas de fondo como el reconocimiento de la persona como sujeto de derechos, la distribución del poder profesional y la legitimidad de los discursos que definen lo que significa “estar sano” o “estar enfermo”[5].
Por eso, revisar el lenguaje de la práctica sanitaria no es únicamente un ejercicio académico, sino político y moral. Humanizar la atención pasa también por humanizar las palabras, por devolverles su capacidad de relación, de empatía y de respeto. Las enfermeras —por su cercanía, su responsabilidad relacional y su rol en la educación y el acompañamiento— ocupan un lugar privilegiado en esa transformación. Ellas pueden, y deben, liderar un cambio lingüístico que refleje lo que verdaderamente es el cuidado, una práctica que reconoce al otro no por su déficit, sino por su humanidad.
Terminología y patologización: ¿etiquetar o acompañar?
Nombrar es un acto de poder. En el ámbito de la salud, quien nombra define la realidad, legitima las prácticas y establece los límites de lo posible. La terminología médica y sanitaria, nacida con la intención de describir objetivamente procesos biológicos, ha terminado muchas veces por colonizar el lenguaje cotidiano del cuidado y de la vida. Así, lo que empezó siendo un instrumento técnico se ha convertido en una gramática de la patologización. Una forma de ver a las personas únicamente a través de su enfermedad, su déficit o su diagnóstico[6].
Decir “diabético”, “hipertenso”, “pluripatológico” o “crónico complejo” no solo simplifica, sino que reconfigura la identidad de la persona bajo la lógica de la patología. En lugar de reconocer a alguien que vive con diabetes o con hipertensión, la palabra lo reduce a la enfermedad misma. El sujeto desaparece tras el diagnóstico, y su biografía se convierte en una lista de códigos. Este proceso, que podríamos llamar lingüística del etiquetado, genera un efecto moral, la persona pasa a ser responsable de su enfermedad, de sus complicaciones, de sus reingresos, incluso del gasto que genera en el sistema[7].
Este desplazamiento semántico y ético se traduce en expresiones tan extendidas como “carga asistencial”, “usuario de alto consumo” o “paciente difícil”. La etiqueta, más que describir, juzga. Bajo el aparente rigor técnico, se esconde una lectura moral de la enfermedad: quien no mejora “no cumple”; quien recae “no se cuida”; quien necesita ayuda “abusa del sistema”. De este modo, la patologización lingüística deriva en culpabilización, y el lenguaje se convierte en una frontera entre los cuerpos aceptables —los que se ajustan a la norma— y los cuerpos que estorban[8].
El riesgo es evidente, la práctica sanitaria se vuelve incapaz de acompañar porque ha renunciado a mirar más allá del diagnóstico. Cuando el lenguaje impone categorías, las personas dejan de ser interlocutoras para convertirse en objetos de intervención. Se habla de ellas, no con ellas. En muchos ámbitos de la atención primaria y comunitaria se observa este fenómeno. Informes llenos de siglas, adjetivos técnicos y etiquetas que apenas dejan espacio para la voz o la historia de quien está detrás. Como señala la filósofa y enfermera Marie-France Collière, “cada vez que reducimos a una persona a su enfermedad, la arrancamos del tejido de su existencia y de su contexto, que son los que le dan sentido”[9].
La patologización lingüística también condiciona la forma en que los profesionales se perciben a sí mismos. Cuanto más técnico y diagnóstico es el lenguaje, más se legitima la posición de poder profesional. Y, al mismo tiempo, más se diluye la responsabilidad relacional del cuidado. Se produce una especie de blindaje profesional: detrás de los términos clínicos se oculta la vulnerabilidad del propio cuidador. Nombrar con distancia es también una forma de defenderse del dolor ajeno, de la incertidumbre, de la implicación emocional[10]. Pero esa defensa tiene un precio, la pérdida de humanidad en el acto de cuidar.
Por eso, revisar el lenguaje no es solo una cuestión de corrección política o de sensibilidad humanista; es un imperativo ético. La enfermería, como disciplina que ha reivindicado históricamente la centralidad de la persona y no de la enfermedad, no puede permitirse reproducir los discursos que despersonalizan. Frente al etiquetado, su responsabilidad es acompañar, nombrar sin reducir, reconocer sin juzgar, cuidar sin clasificar. El lenguaje del acompañamiento no excluye la precisión técnica, pero la subordina a la relación y al respeto. Requiere una mirada que devuelva a la persona su identidad completa, con sus padecimientos, sí, pero también con su historia, sus capacidades, sus debilidades y su dignidad.
Culpabilización y carga para la persona atendida
Cuando el lenguaje sanitario deja de centrarse en la persona y se instala en la lógica del sistema, comienza a operar un mecanismo sutil pero devastador: la culpabilización. No se trata de una acusación explícita, sino de un desplazamiento simbólico de la responsabilidad del malestar. La persona pasa de ser sujeto de derechos a ser considerada causa de su propio sufrimiento, y, peor aún, del esfuerzo que su atención implica. Se culpa a quien enferma por enfermar, a quien cuida por cansarse, a quien envejece por no ser productivo. El lenguaje actúa así como transmisor invisible de un juicio moral[11].
Expresiones como “pacientes crónicos complejos”, “usuarios de alto consumo” o “pacientes hiperfrecuentadores” no solo etiquetan, sino que atribuyen una carga. En ese desplazamiento semántico se esconde una lógica perversa: cuanto más enferma está una persona, más “molesta” resulta. La enfermedad deja de ser un hecho biográfico o social para convertirse en un problema organizativo. Y la persona, en consecuencia, deja de ser acompañada para ser gestionada[12].
El discurso sanitario contemporáneo, influido por la racionalidad neoliberal, promueve una noción de salud como responsabilidad individual. Quien no se cuida es culpable; quien no mejora, no se esfuerza lo suficiente; quien recae, no ha seguido las recomendaciones. Este discurso, que a menudo se reviste de mensajes aparentemente empoderadores (“tú puedes cambiar tus hábitos”, “sé responsable de tu salud”), oculta una trampa ética, transforma la autonomía en obligación y la libertad en mandato. En lugar de acompañar, se fiscaliza. En lugar de cuidar, se exige[13].
La culpabilización se manifiesta también en la relación entre profesionales y personas cuidadoras. La llamada “educación de cuidadoras familiares”, aunque necesaria, se presenta muchas veces como una estrategia para reducir la carga profesional más que para proteger la salud de quien cuida. El foco se desplaza del bienestar de la cuidadora a la eficiencia del sistema: se enseña para descargar, no para aliviar. Este desplazamiento, que parece insignificante, delata un modelo que entiende el cuidado como recurso y no como relación. Se entrena a la cuidadora para que haga mejor lo que ya hace, no para reconocer el impacto que tiene cuidar sobre su cuerpo, su mente o su vida. El resultado es una doble invisibilización, la de la persona cuidada, reducida a objeto de cuidados, y la de la cuidadora, reducida a instrumento del sistema[14].
El lenguaje profesional actúa aquí como legitimador del desequilibrio moral. Las palabras normalizan lo que no debería ser normal. Hablar de “carga del paciente” o de “sobrecarga del cuidador” sin analizar las causas estructurales (la falta de recursos, el abandono institucional, la feminización del cuidado) es una forma de despolitizar el problema. Se convierte una cuestión social en un asunto individual, y una injusticia en una supuesta falta de resiliencia. Se culpa al síntoma y se absuelve a la estructura[15].
Pero las consecuencias no son solo éticas, también son clínicas. Diversos estudios muestran que las personas que perciben un trato culpabilizante o paternalista tienen menor adherencia terapéutica, más ansiedad, menor confianza en los profesionales y una menor participación en su propio proceso de salud[16]. Sentirse culpable por estar enfermo o por requerir atención genera un sufrimiento añadido que agrava el malestar inicial y deteriora la relación terapéutica. Como recuerda Susan Sontag, “toda metáfora que convierte la enfermedad en culpa convierte al enfermo en sospechoso”[17].
Las enfermeras, perciben este fenómeno con especial claridad. En su contacto cotidiano con la vulnerabilidad, son testigos de cómo las palabras pueden aliviar o herir, acompañar o excluir. Recuperar un lenguaje del cuidado implica desmontar el discurso de la culpa y sustituirlo por una ética de la comprensión. Significa reconocer que detrás de cada “paciente complejo” hay una historia compleja, no una carga; y que el verdadero problema no reside en las personas, sino en los sistemas que las culpabilizan por existir en sus márgenes.
Deshumanización, invisibilización y cosificación: el impacto de las palabras
Cada palabra que empleamos en la práctica sanitaria puede abrir o cerrar una puerta hacia la humanidad del otro. Sin embargo, el sistema de salud, en su deriva burocrática y tecnocrática, ha ido convirtiendo el lenguaje en un dispositivo de control más que de encuentro. Los informes clínicos, las hojas de evolución o las comunicaciones interprofesionales se llenan de términos impersonales, abreviaturas, diagnósticos codificados y fórmulas estandarizadas. Este lenguaje no solo despersonaliza a quien es atendido; también deshumaniza a quien atiende. Porque al cosificar al otro, inevitablemente se empobrece la propia mirada y se adormece la empatía[18].
La deshumanización lingüística es una forma de anestesia moral. Se manifiesta cuando la persona se convierte en “caso”, en “plaza”, en “número de cama” o en “frecuentador”. No se dice “María tiene miedo porque vive sola”, sino “la paciente presenta ansiedad por aislamiento social”. La frase es correcta, pero está vacía de relación. El sufrimiento queda encapsulado en una fórmula clínica que lo hace digerible, cuantificable, manejable. Se elimina la emoción, se elimina el contexto, y con ello se elimina la posibilidad de un encuentro genuino[19].
El lenguaje deshumanizado tiene efectos concretos. Deteriora la confianza, genera incomprensión y amplía la distancia simbólica entre quien cuida y quien necesita ser cuidado. En un estudio reciente sobre comunicación en atención hospitalaria, se observó que las personas que percibían un trato lingüístico despersonalizado —referencias en tercera persona, ausencia del nombre propio, uso excesivo de tecnicismos— expresaban un mayor sentimiento de alienación y de pérdida de identidad[20]. No sentirse nombrado es una forma de no existir.
Las palabras también invisibilizan. Cuando se habla de “usuarios”, “casos” o “crónicos complejos”, la experiencia vital desaparece tras la etiqueta. Pero esa invisibilización no afecta solo a las personas atendidas, también alcanza a las profesionales que las acompañan, especialmente a las enfermeras. La lógica de la productividad y la división de tareas ha fragmentado el lenguaje y con él la propia identidad profesional. Las enfermeras se ven empujadas a utilizar una jerga administrativa que desdibuja el sentido profundo de su labor, cuidar. En muchos registros de las enfermeras apenas aparece el sufrimiento, la escucha o el acompañamiento. Lo que se mide es lo que cuenta, y lo que no se mide, desaparece[21]
Cosificar al otro —convertirlo en objeto de interpretación, intervención o gestión— es una forma de violencia simbólica que se normaliza con el uso cotidiano del lenguaje. En el discurso biomédico dominante, el cuerpo se separa de la persona, la enfermedad del contexto, el síntoma del relato. Así, los sujetos se transforman en portadores de patologías: el “diabético”, el “epiléptico”, el “terminal”. Esta reducción no solo niega la singularidad de la experiencia humana, sino que despoja a la práctica profesional de su dimensión ética. Cuidar deja de ser un acto de relación para convertirse en un procedimiento.
La cosificación se alimenta de la prisa institucional, de la burocracia y del miedo a implicarse emocionalmente. En un contexto de sobrecarga asistencial, el lenguaje técnico ofrece una ilusión de control. Nombrar con distancia permite seguir funcionando sin quebrarse. Pero el precio de esa autodefensa es alto, despoja de sentido al acto de cuidar y vacía de humanidad al propio sistema[22].
Frente a esta deriva, la humanización del lenguaje no es un lujo retórico, sino una necesidad profesional y social. Las palabras pueden convertirse en una forma de cuidado cuando reconocen, nombran y dignifican. Llamar a la persona por su nombre, escuchar su relato, describir su experiencia sin reducirla a una etiqueta, son gestos que restituyen su lugar en el mundo y, al mismo tiempo, devuelven al profesional el sentido de su trabajo. Como señala el filósofo Paul Ricoeur, “nombrar es hacer existir, y hacer existir al otro es ya cuidarlo”[23].
En un sistema saturado de siglas y protocolos, las enfermeras pueden —y deben— reivindicar la palabra viva, aquella que conecta, comprende y transforma. Humanizar el lenguaje no consiste en dulcificar la realidad, sino en devolverle su espesor humano. En recordar que detrás de cada historia de salud hay una historia de vida, y que cada palabra pronunciada o escrita puede ser una forma de herir o de sanar.
Lenguaje profesional, sistema y responsabilidad: cuando el foco cambia
Uno de los desplazamientos más reveladores del lenguaje sanitario contemporáneo es el cambio de foco que ha experimentado: de la persona atendida al profesional, y del cuidado al sistema. Lo que en un principio debía ser un lenguaje orientado a proteger, acompañar y comprender, se ha convertido con frecuencia en un lenguaje que se protege a sí mismo. Así, cuando se habla de prevención de infecciones mediante el “lavado de manos”, el mensaje dominante no es tanto “protegemos a las personas que atendemos” como “evitamos contagiarnos nosotros”. La acción, originalmente altruista y ética, se resignifica en clave defensiva. El lenguaje del cuidado se invierte, la prioridad pasa de quien recibe la atención a quien la presta[24].
Este fenómeno no responde a la mala voluntad individual, sino a una estructura institucional y cultural que empuja al profesional a blindarse frente a la vulnerabilidad ajena. La sobrecarga, la presión asistencial, la falta de recursos y el miedo a las reclamaciones legales han convertido el lenguaje profesional en un escudo. Se habla desde el “yo” que debe justificarse ante la organización, más que desde el “tú” o el “nosotros” que busca encontrarse con la persona. La lógica de la autodefensa, reforzada por la burocracia y la cultura del rendimiento, termina imponiéndose como norma tácita[25].
El resultado es un discurso que legitima la distancia y que desplaza la responsabilidad moral del cuidado hacia el plano técnico o administrativo. Se cumple el protocolo, se completa el registro, se documenta el acto. Pero, como advierte Annemarie Mol, el riesgo es que “el cuidado se convierta en gestión y la relación en un trámite”[26]. Cuando el lenguaje se burocratiza, se pierde la capacidad de percibir lo que no encaja en los formularios: el sufrimiento, la incertidumbre, la singularidad. La atención se traduce en indicadores, y la palabra, en trámite.
Este desplazamiento del foco también se refleja en la terminología que emplean las instituciones sanitarias. Conceptos como “eficiencia”, “rendimiento”, “optimización de recursos” o “cartera de servicios” se incorporan al discurso profesional como si fueran sinónimos de calidad, cuando en realidad expresan una visión economicista del cuidado. El lenguaje tecnocrático transforma la atención sanitaria en un proceso de producción y a las personas en consumidores o “usuarios”. En ese marco, las palabras “cuidado” o “acompañamiento” suenan casi subversivas, porque implican tiempo, escucha y vulnerabilidad compartida, tres elementos difíciles de cuantificar
Cada vez que el lenguaje profesional se desliza hacia la lógica del sistema, se diluye la responsabilidad relacional del cuidado. Ya no se trata de estar con el otro, sino de “hacer lo que corresponde”. La responsabilidad se redefine en términos de cumplimiento, no de compromiso. Como señala Tronto, cuando las instituciones confunden la responsabilidad con la obligación, los cuidados se vacían de sentido moral[27]. El lenguaje juega aquí un papel decisivo, porque es a través de él como se normalizan las prioridades de la organización sobre las de la persona.
Sin embargo, el profesional no es ajeno ni víctima pasiva de este proceso. Participa en él, reproduce sus lógicas, y tiene también la capacidad de transformarlas. Cambiar el lenguaje es cambiar la práctica, porque toda palabra que utilizamos en la interacción clínica —desde una nota en la historia hasta una frase en una consulta— lleva implícito un modelo de relación. Hablar de “colaborar con la persona” no es lo mismo que hablar de “intervenir sobre ella”; decir “acompañar” no equivale a “educar”; hablar de “atención integral” no se corresponde con “gestión de casos”. El vocabulario que elegimos orienta el modo en que concebimos el cuidado y revela a quién servimos con él: al sistema o a las personas.
Por eso, revisar el lenguaje profesional es una forma de recuperar la responsabilidad moral de la profesión. Las enfermeras, especialmente las comunitarias, tienen aquí un papel crucial: devolver el foco al cuidado, al vínculo, a la responsabilidad compartida. No se trata de renunciar a la técnica, sino de ponerla al servicio de la relación. De recordar que el lenguaje no debe proteger al profesional del otro, sino proteger al otro de un sistema que tiende a olvidarlo. En última instancia, el reto es invertir la lógica defensiva del discurso para volver a situar el cuidado en el centro. Porque solo cuando el lenguaje se pone al servicio de la persona, el sistema se humaniza de verdad.
Terminologías específicas y su repercusión (crónicos complejos, pluripatológicos, educación de cuidadoras…)
El lenguaje sanitario no solo refleja ideologías; también produce realidades. Las etiquetas que utilizamos para clasificar y describir situaciones de salud acaban moldeando las prácticas clínicas, los modelos organizativos e incluso las identidades profesionales. Por eso, las palabras importan tanto como los procedimientos. En ellas se cifra el modo en que el sistema comprende —y valora— la vida humana.
Uno de los ejemplos más evidentes es el uso de la expresión “pacientes crónicos complejos”. Esta terminología, que nació con la intención de identificar personas que requieren un abordaje multidimensional, ha terminado convirtiéndose en una etiqueta que genera más estigma que comprensión. El adjetivo complejo no alude a la complejidad del sistema ni de los determinantes sociales, sino a la “dificulta. El “crónico complejo” no es alguien que vive con múltiples condiciones, sino alguien que complica la gestión.
El término “pluripatológico” refuerza esa misma lógica. No designa tanto a una persona con múltiples procesos, sino a un conjunto de patologías coexistentes que el sistema debe atender simultáneamente. La persona desaparece tras la taxonomía, y lo que queda es un inventario clínico. En lugar de favorecer una atención integral, este lenguaje perpetúa la fragmentación disciplinar. Cada especialidad aborda “su parte”, cada profesional “su tarea”, y la persona se diluye en un mosaico de diagnósticos[28]. La consecuencia es una atención despersonalizada, repetitiva, redundante y, a menudo, ineficiente, porque nadie acompaña al conjunto, solo a las partes.
Algo similar ocurre con la expresión “pacientes hiperfrecuentadores”. Bajo esta etiqueta se esconde una profunda incomprensión del sufrimiento y de las condiciones sociales que lo acompañan. Llamar así a quienes acuden con frecuencia a los servicios de salud supone atribuirles una intencionalidad sospechosa: “vienen demasiado”, “abusan del sistema”, “tienen dependencia sanitaria”. La terminología convierte la necesidad en culpa y la búsqueda de ayuda en patología[29]. En muchos casos, la hiperfrecuentación es el resultado de la soledad, la precariedad o la ansiedad no atendida, no de un deseo de utilizar el sistema. Pero al nombrarlos así, se refuerza la mirada institucional que traduce el sufrimiento humano en estadística.
El problema de fondo es que este tipo de terminología transforma la experiencia humana en un problema técnico. Se despoja a las personas de su singularidad y se las integra en categorías funcionales. Hablar de “gestión de casos complejos” o “educación de cuidadores informales” es, en el fondo, hablar de cómo el sistema intenta administrar lo que desborda sus márgenes. Pero, como advierte la ética del cuidado, lo complejo no se resuelve gestionando, sino acompañando. Lo que requiere la persona no es ser clasificada, sino comprendida, y lo que necesita el profesional no es controlar, sino compartir[30].
Además, estas terminologías perpetúan jerarquías profesionales. Cuando las enfermeras asumen sin crítica el vocabulario de la gestión o de la biomedicina, pierden parte de su fuerza epistemológica. Nombrar desde la perspectiva médica o burocrática implica pensar y actuar desde esos marcos. Por el contrario, cuando las enfermeras nombran desde el paradigma del cuidado —“personas que viven procesos con complejidad”, “cuidadoras con necesidad de apoyo y descanso”, “personas con acompañamiento prolongado”—, el lenguaje se convierte en herramienta emancipadora. Se pasa de la clasificación al reconocimiento, y del protocolo al encuentro.
Revisar las terminologías no significa renunciar al rigor, sino dotarlo de humanidad. El lenguaje técnico puede coexistir con el lenguaje del cuidado si se entiende que ambos sirven a fines distintos. Uno organiza, el otro humaniza. Pero cuando el primero se impone sobre el segundo, el resultado es un sistema que mide mucho y comprende poco. Recuperar el sentido de las palabras es, por tanto, una forma de resistencia profesional y moral. Nombrar bien no solo describe la realidad, la transforma.
Fragmentación de roles profesionales y confusión terminológica: el caso de la enfermería comunitaria
Si el lenguaje define la realidad, la confusión terminológica puede desdibujarla hasta hacerla irreconocible. Eso es precisamente lo que ha ocurrido en buena parte del discurso institucional y organizativo que rodea hoy a la enfermería comunitaria. En lugar de fortalecer su identidad, el sistema ha multiplicado las denominaciones, generando figuras ambiguas, solapadas o sin un marco competencial claro. Se habla de “enfermeras de paso”, de “referentes de bienestar emocional comunitario”, de “enfermeras de enlace”, de “gestoras de casos” o de “enfermeras escolares”, pero pocas veces se explicita cómo se articulan entre sí ni con la figura troncal que da sentido al conjunto, la enfermera comunitaria.
Esta fragmentación lingüística y funcional no es inocente. Responde a una lógica organizativa que busca cubrir huecos coyunturales sin revisar el modelo de fondo. En lugar de fortalecer una figura integral, se crean figuras parciales que atomizan la responsabilidad y debilitan el reconocimiento profesional, al tiempo que mimetizan el modelo estructural y funcional biomédico. Cada nueva figura parece ofrecer una solución técnica a un problema estructural, pero en realidad lo desplaza. La consecuencia es doble: desorientación en la población —que ya no sabe quién es su enfermera— y deslegitimación interna de la profesión —que se percibe a sí misma como un mosaico de funciones sin hilo conductor.
Un ejemplo paradigmático es el de la llamada enfermera de paso, figura creada para atender el tránsito de la infancia a la adolescencia o de esta a la vida adulta. La intención puede parecer razonable, pero su sola existencia delata una comprensión fragmentada del proceso vital y del cuidado que en esencia es integral y tiene continuidad en el tiempo. No hay “pasos” que justifiquen enfermeras distintas, sino trayectorias que requieren continuidad. La enfermera comunitaria, por definición, acompaña a las personas a lo largo de todo su ciclo vital. Introducir “enfermeras de paso” es tanto como reconocer que la continuidad se ha roto y que el sistema, incapaz de restaurarla, inventa parches lingüísticos para disimular su fracaso[31].
Algo similar ocurre con las Referentes de Bienestar Emocional Comunitario (REBEC). Su creación respondió a la necesidad urgente de reforzar la atención a la salud mental en los territorios tras la pandemia, pero lo hizo sin un marco de competencias definido ni una articulación clara con las enfermeras especialistas en salud mental o en familia y comunitaria. Estas figuras han quedado suspendidas en un limbo institucional, sin autonomía, sin integración real en los equipos, sin una identidad profesional reconocible[32]. En vez de sumar, generan ruido. Y ese ruido se traduce en confusión para las personas, que ya no saben si deben acudir a “su enfermera”, a la REBEC o a otra figura cuya función se superpone.
Esta proliferación terminológica es, en el fondo, un síntoma de algo más profundo, la falta de confianza institucional en el modelo comunitario y en la enfermera como vertebradora del mismo. Si se reconociera plenamente el valor y las competencias de las enfermeras comunitarias, no haría falta inventar subroles ni etiquetas. Bastaría con reforzar equipos, dotarlos de recursos y dejar que cumplieran su función. Pero la administración, presa de una lógica tecnocrática, confunde innovación con nominalismo y termina creando estructuras efímeras sostenidas más por el discurso político o la presión de lobbies corporativistas que por la evidencia[33].
El resultado es un paisaje terminológico donde abundan los nombres y escasean los significados. Una especie de inflación semántica que diluye la identidad profesional y debilita el vínculo comunitario. Porque el problema no es solo que la ciudadanía no sepa quién es su enfermera, sino que las propias enfermeras se ven obligadas a explicar —y a justificar— constantemente qué hacen, para qué sirven y por qué su trabajo importa. Esa necesidad permanente de autodefinición es el reflejo más claro de una deslegitimación simbólica.
La enfermera comunitaria, cuando ejerce desde su raíz —la cercanía, la integralidad, la continuidad y la participación—, no necesita apellidos ni adjetivos. Es, por naturaleza, integral, integrada e integradora. Fragmentarla en subcategorías o “roles emergentes” solo contribuye a reforzar el modelo biomédico que pretende superar. Lo que se requiere no son nuevas etiquetas, sino un lenguaje unificado que visibilice la esencia del cuidado y la haga comprensible para la sociedad. Nombrar correctamente a las enfermeras comunitarias no es una cuestión de marketing profesional, sino de justicia simbólica y de coherencia institucional.
Hacia un lenguaje centrado en la persona y en la dignidad: propuestas de cambio
Las palabras son la primera herramienta de cuidado, y su uso responsable constituye una forma de justicia simbólica. Si el lenguaje puede herir, también puede cuidar. Y en el ámbito de la salud, donde la relación entre quien cuida y quien es cuidado se funda en la confianza, la dignidad y la reciprocidad, el poder del lenguaje es inmenso[34].
Recuperar un lenguaje centrado en la persona implica sustituir la mirada del déficit por la del potencial, del control por la colaboración y de la obediencia por la participación. No se trata de sustituir términos por eufemismos, sino de reorientar el sentido del discurso profesional hacia la autonomía, el reconocimiento y la corresponsabilidad, desde las figuras existentes dotándolas de coherencia competencial, valor, referencia, respeto y reconocimiento. Si, posteriormente, tras su consolidación, se identifican necesidades que requieran crear nuevas figuras, se puede analizar y contemplar su creación sin que ello suponga la deslegitimación de las ya existentes[35].
Pero la transformación del lenguaje requiere también cambios estructurales. No basta con la sensibilidad individual si el sistema continúa imponiendo un vocabulario burocrático, instrumental o defensivo. Es necesario revisar los documentos institucionales, los protocolos, los registros y los programas formativos. Los planes de estudio de las ciencias de la salud deberían incorporar la reflexión crítica sobre el lenguaje como parte de la competencia comunicativa y ética de los futuros profesionales. Aprender a nombrar con humanidad debería ser tan importante como aprender a diagnosticar o tratar. No es posible cuidar sin lenguaje, ni es posible cuidar bien con un lenguaje que deshumaniza[36].
Asimismo, urge promover una política lingüística del cuidado en las organizaciones sanitarias. Igual que se desarrollan estrategias de seguridad del paciente o de calidad asistencial, deberían impulsarse estrategias de humanización del lenguaje, con guías, talleres, buenas prácticas y espacios de reflexión. Las instituciones no pueden limitarse a difundir campañas de “trato amable” o “comunicación” mientras mantienen documentos plagados de terminología cosificante. El cambio será real solo si el lenguaje organizativo se alinea con el discurso del cuidado[37]
Las enfermeras pueden actuar como mediadoras lingüísticas entre la frialdad del discurso institucional y la calidez de la experiencia humana. No se trata de imponer un nuevo léxico, sino de contagiar una nueva mirada: la de quien entiende que el lenguaje no es un adorno, sino el tejido invisible que sostiene la relación terapéutica.
En este sentido, el cambio requiere también recuperar la palabra “cuidado” en su plenitud. Sustituirla por “asistencia”, “gestión” o “servicio” empobrece su sentido y lo desvincula de su raíz ética. Cuidar no es asistir ni tramitar: es estar con, compartir, sostener. Devolver a las palabras su densidad humana es, en última instancia, devolver dignidad al sistema de salud. Y eso empieza por reconocer que las personas no son pacientes ni casos, sino biografías en relación.
Por tanto, el desafío es cultural. Cambiar el lenguaje implica cuestionar los valores que lo sustentan —el productivismo, la tecnocracia, la jerarquía— y reemplazarlos por otros —la equidad, la compasión, la reciprocidad—. Es una tarea lenta, pero posible. La humanización del lenguaje sanitario no es una utopía, es una necesidad urgente para sostener la confianza social en los sistemas de salud y para devolver al cuidado su condición más profunda de acto humano.
Conclusión
Las enfermeras encarnan la posibilidad de una revolución semántica del cuidado. Pueden liderar un lenguaje que no defienda al sistema de la fragilidad, sino que abrace la fragilidad como condición humana. Un lenguaje que no clasifique por diagnósticos, sino que comprenda por historias. Que no culpabilice a quien enferma, sino que responsabilice a quien tiene poder. Que no invisibilice a las cuidadoras, sino que las reconozca como parte del tejido vital de la comunidad.
Cambiar el lenguaje es, en el fondo, cambiar la cultura. Y cambiar la cultura sanitaria es una forma de devolver sentido al acto de cuidar. Cada palabra justa, cada silencio respetuoso, cada nombre pronunciado con reconocimiento, son pequeñas victorias contra la deshumanización. Como recordaba Madeleine Leininger, “cuidar es un acto moral antes que técnico”[38], y como subrayó Paul Ricoeur, “nombrar al otro es hacerlo existir”[39]. En última instancia, como advierte Martha Nussbaum, la verdadera fortaleza ética consiste en aceptar la fragilidad del bien[40].
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