EL PODER EN LOS TIEMPOS DEL DESENCANTO

No es que la ciudadanía haya dejado de interesarse por la política. Es que ha dejado de creer en ella. En su promesa de transformación, en su capacidad de mejorar la vida de la gente, en su coherencia entre el decir y el hacer. La desafección no es desinterés, es agotamiento. No nace del desdén, sino de la decepción. Durante años se nos ha repetido que la política es el arte de lo posible, pero se ha convertido en el arte de la supervivencia. Sobrevive el discurso vacío, el cálculo electoral, la mediocridad que se disfraza de liderazgo. Y con cada promesa incumplida, la política pierde un trozo de su alma y la ciudadanía un poco más de esperanza.

            El desencanto actual no es tanto con la política como con los políticos. No con la idea, sino con su degradación cotidiana. La ciudadanía contempla, desde la distancia, un escenario en el que la ilusión ha sido sustituida por el escepticismo, y la ética, por la táctica.

            No es que interese menos la política, sino que cansa verla reducida a espectáculo. El debate parlamentario convertido en plató, el insulto en sustituto del argumento, la propaganda en versión moderna de la verdad. Todo ello erosiona la confianza y alimenta la sensación de que el sistema ya no responde a las necesidades reales. Cuando los gobiernos se asemejan a agencias de marketing y los partidos a empresas de imagen, el ciudadano deja de sentirse sujeto político y pasa a ser un consumidor desconfiado.

            También los partidos políticos han perdido su esencia como referentes ideológicos y espacios de pensamiento. Nacieron para canalizar aspiraciones colectivas y construir proyectos de convivencia, pero se han transformado en maquinarias electorales sin alma, más pendientes de encuestas que de ideas. Lo que antes eran escuelas de compromiso y de pensamiento crítico, hoy son plataformas de promoción personal. Los líderes —o pseudolíderes— ya no representan los valores de los partidos, sino sus propios intereses. La ambición de poder se ha convertido en un fin en sí mismo, aunque para alcanzarlo haya que traicionar los principios que dieron sentido a sus siglas. Se crean líderes de conveniencia en lugar de líderes para la convivencia. Y así, lo importante deja de ser lograr el bienestar colectivo para centrarse únicamente en alcanzar el poder, aunque sea a cualquier precio.

            En ese vacío emocional y moral prospera el populismo, con su falsa promesa de devolver la voz al pueblo. Pero el populismo no devuelve la palabra, la secuestra. Se alimenta del hartazgo, de la desilusión y del miedo, simplificando lo complejo, fabricando enemigos y ofreciendo certezas absolutas. Y lo más peligroso no es que seduzca, sino que la ciudadanía no reconozca el riesgo de perder derechos que costaron décadas conquistar. La historia, que tantas veces se repite, lo demuestra, los derechos se conquistan con esfuerzo, pero se pierden por cansancio.

            A ello se suma algo aún más grave, la ausencia de responsabilidad política. La asunción de cualquier actividad conlleva riesgos, y quien los provoca debe asumir las consecuencias. Sin embargo, en política sucede lo contrario. Nadie dimite, nadie responde. Se blindan con prebendas de inmunidad, con privilegios que les garantizan sueldos tras abandonar sus cargos, al margen de la jubilación que a todo trabajador corresponde. Todo ello alimenta la sensación de que la política no es un servicio público, sino una forma de servirse de lo público. Y cuando el poder se convierte en refugio y no en compromiso, la corrupción deja de ser una excepción para convertirse en método.

            Por eso vale la pena preguntarse: ¿quién corrompe a quién? ¿La política al poder o el poder a la política? Quizá la respuesta sea que ambos se contaminan cuando la ética se retira del escenario. El poder sin valores degenera en abuso; la política sin principios, en farsa. La combinación de ambos produce ese paisaje moral devastado en el que la mentira no solo se tolera, sino que se premia.

            No es casual que en los momentos de mayor desencanto resurjan los discursos autoritarios. El mayor peligro no es la indignación, sino la indiferencia. Porque mientras la indignación aún conserva la llama del compromiso, la indiferencia deja campo libre a quienes quieren gobernar sin control y sin conciencia.

            Sin embargo, la política sigue siendo necesaria. No como herramienta de poder, sino como expresión del cuidado colectivo. La ciudadanía no puede ser espectadora, porque cuando deja de exigir, deja también de decidir.

            Vivimos, en definitiva, los tiempos del desencanto, esos en los que el poder se mide más por su capacidad de dominar que por su vocación de servir. Solo cuando el poder recupere su conciencia, la ciudadanía volverá a creer que la política no es el problema, sino la posibilidad.

            No olvidemos que el poder, sin ética, es solo una forma elegante de barbarie.

CUANDO SANIDAD OLVIDA EL GÉNERO

Lamentablemente, a veces parece que para combatir la discriminación de la mujer, hace falta ser mujer.

Soledad Gallego-Díaz[1]

 

            1 – la paradoja de un sistema feminizado pero androcéntrico.

            Resulta difícil explicar cómo, en pleno siglo XXI, los sistemas sanitarios pueden seguir actuando con una mirada masculina cuando la mayoría de quienes los sostienen son mujeres. Las cifras son elocuentes. Más del 70% de las personas que trabajan en salud en el mundo son mujeres, pero menos del 25% ocupa puestos de liderazgo o decisión[2]¹. Esta contradicción, lejos de ser una casualidad, es el reflejo de un sistema históricamente construido desde parámetros androcéntricos que han permeado tanto las estructuras como las formas de pensar, investigar y cuidar.

            A primera vista, podría parecer que la feminización progresiva del ámbito sanitario implicaría una atención más sensible, más empática o más igualitaria. Sin embargo, el predominio numérico no se traduce en poder transformador. La cultura institucional, las jerarquías, los modelos de gestión y los paradigmas de conocimiento siguen respondiendo a una lógica patriarcal que impone una manera de entender la salud y la enfermedad desde la curación, el control y la autoridad[3]. Y esa lógica, aun cuando la ejercen mujeres, continúa reproduciendo un patrón masculino de comportamiento profesional: racional, técnico, centrado en el órgano y no en la persona.

            El resultado es un sistema que atiende a las mujeres, pero no las mira. O, peor aún, que las mira sin verlas. Que traduce sus síntomas al lenguaje del diagnóstico, pero ignora el contexto que los explica. Que mide la eficacia de las intervenciones en función de estándares diseñados por hombres, sobre cuerpos y vidas masculinas[4]. Esa mirada parcial —y por tanto injusta— atraviesa todos los ámbitos. Desde la investigación hasta la atención cotidiana, desde la historia de salud hasta el lenguaje con el que se nombra la experiencia del dolor, la maternidad o la salud mental.

            Durante siglos, la medicina fue pensada como una ciencia neutra, objetiva, universal. Pero en realidad su universalidad era masculina. Los cuerpos de las mujeres fueron el “otro” de referencia, más variables, más emocionales, menos fiables. De ahí derivan múltiples consecuencias que aún hoy persisten. Ensayos clínicos donde las mujeres están infrarrepresentadas[5]; diagnósticos erróneos o tardíos en patologías que afectan mayoritariamente a mujeres, como las enfermedades autoinmunes o el dolor crónico[6]; o la patologización de procesos naturales como el embarazo, el parto o la menopausia[7].

            Nada de esto es anecdótico. La desigualdad en salud tiene rostro de mujer. Y lo más grave es que ese rostro suele permanecer invisible porque el propio sistema se ha acostumbrado a mirar con los mismos ojos de siempre. Una investigación publicada en The Lancet señalaba que el sesgo de género en la atención sanitaria no solo afecta a los resultados clínicos, sino que incrementa las brechas de acceso, reconocimiento y bienestar a lo largo de toda la vida[8]. Dicho de otro modo, las mujeres no solo enferman de manera diferente, sino que también son atendidas de forma desigual.

            La paradoja alcanza su punto más cruel cuando quienes reproducen este sesgo son, precisamente, mujeres. No porque sean culpables de perpetuarlo, sino porque lo hacen desde un marco profesional que nunca fue diseñado para ellas. La mayoría de las médicas, enfermeras, fisioterapeutas o psicólogas trabajan en un sistema configurado desde valores masculinos que determinan qué es importante, qué es científico, qué es rentable y qué merece atención. Y así, sin pretenderlo, muchas acaban actuando bajo la lógica del modelo que las subordina.

            Romper esa inercia no es una cuestión de cuotas ni de lenguaje inclusivo superficial, sino de justicia epistemológica y ética. Se trata de reconstruir el sistema desde una mirada verdaderamente igualitaria e inclusiva, capaz de reconocer que la salud de las mujeres —y el trabajo de las mujeres en salud— no puede seguir interpretándose desde un paradigma que niega su experiencia. Mientras eso no ocurra, la feminización será una ilusión estadística, no una transformación real.

            2 – El sesgo estructural del sistema sanitario]

            El sistema sanitario se presenta como un espacio objetivo, guiado por la evidencia científica y la racionalidad técnica. Sin embargo, bajo esa aparente objetividad laten siglos de estructuras sociales que definen quién cuida, quién decide y quién es cuidado. Las profesiones, las jerarquías y las prácticas que conforman el sistema se han edificado sobre una base patriarcal que otorga valor a lo productivo frente a lo reproductivo, al saber técnico frente al relacional, a la enfermedad frente a la salud. Y en esa lógica, las mujeres —como personas, profesionales y cuidadoras— han sido relegadas a un segundo plano[9].

            Esa desigualdad se manifiesta en múltiples planos. En el acceso a los puestos de liderazgo, las cifras son elocuentes. Los hombres siguen ocupando los principales cargos de gestión, jefaturas de servicio y presidencias de sociedades científicas, incluso en ámbitos donde las mujeres son mayoría[10]. En la investigación, la situación no es mejor, los estudios sobre salud cardiovascular, por ejemplo, siguen basándose mayoritariamente en varones, a pesar de que las mujeres presentan síntomas diferentes y mayores tasas de infradiagnóstico[11]. En la práctica, el sesgo se traduce en un modelo centrado en la intervención y el control, que deja poco espacio a la escucha y a la experiencia subjetiva del malestar.

            A las mujeres se las sigue escuchando de manera diferente. Cuando relatan dolor, fatiga o ansiedad, se tiende a atribuir sus síntomas a causas emocionales o psicológicas antes que a factores fisiológicos[12]. Esa actitud no responde a un error individual, sino a una cultura profesional que ha naturalizado la idea de que las mujeres exageran, dramatizan o son más sensibles. El resultado es una atención tardía o inadecuada, una iatrogenia silenciosa que se perpetúa en cada consulta y que genera una brecha real en salud.

            El lenguaje también tiene su parte de responsabilidad. No solo porque nombra, sino porque define y construye la realidad. Cuando se habla de “ley del aborto” en lugar de “ley de interrupción voluntaria del embarazo”, el mensaje implícito es que la mujer comete un acto reprobable y no que ejerce un derecho. Cuando se califica a una mujer como “histérica”, “ansiosa” o “depresiva” sin explorar las causas sociales y estructurales de su malestar, se la reduce a un estereotipo clínico que invalida su experiencia. Del mismo modo, expresiones como “madre negligente” o “mujer conflictiva” en los informes sanitarios trasladan juicios morales disfrazados de diagnósticos, borrando su biografía, sus condiciones de vida y sus determinantes sociales y morales.El lenguaje sanitario, lejos de ser inocente, refleja y refuerza las estructuras de poder del sistema[13].

            En el ámbito de la atención, los ejemplos abundan. El caso de las episiotomías es paradigmático. Durante años, la práctica rutinaria de cortar el periné en el parto se justificó como una medida preventiva, pese a que la evidencia científica demostraba su inutilidad en la mayoría de los casos[14]. La costumbre persistió no por desconocimiento, sino porque respondía a una forma de control sobre los cuerpos de las mujeres. De igual modo, la medicalización del parto, la infantilización de las embarazadas o la patologización de la menopausia evidencian un patrón común: la salud femenina se interpreta bajo un prisma de desconfianza y dependencia.

            Esta mirada atraviesa también las políticas sanitarias y los modelos de gestión. Mientras los discursos oficiales hablan de equidad, las estrategias y los presupuestos rara vez incorporan indicadores de género. Las unidades de salud de la mujer, cuando existen, se centran casi exclusivamente en la reproducción, dejando fuera aspectos esenciales como la salud mental, el dolor crónico, la violencia o la carga de cuidados familiares. Se sigue confundiendo atender a mujeres con hacer políticas de género en salud. Y eso, en última instancia, perpetúa la desigualdad.

            A ello se suma un problema menos visible pero igualmente profundo, la falta de una perspectiva interseccional. No todas las mujeres viven la desigualdad de la misma forma. La clase social, la edad, el origen étnico, la orientación sexual o la discapacidad introducen capas adicionales de vulnerabilidad que el sistema ignora o simplifica. Las mujeres migrantes, por ejemplo, sufren mayores tasas de mortalidad materna y menor acceso a los servicios de prevención[15]. Sin embargo, los programas diseñados para ellas suelen centrarse en la educación sanitaria, como si el problema fuese de conocimiento y no de desigualdad estructural.

            Todo ello configura un sistema que, pese a su aparente modernidad, sigue actuando con la lógica de hace un siglo. Los hombres como medida de todas las cosas, las mujeres como desviación o excepción. Una lógica que se mantiene no solo porque persisten los prejuicios, sino porque el poder continúa teniendo voz masculina y oídos selectivos. Mientras el saber científico siga escrito en masculino y los órganos de decisión sigan reproduciendo la misma mirada, no habrá feminización que cambie la raíz del problema.

3 – El sesgo profesional: cuando la feminización no implica igualdad

            La desigualdad no solo habita en las estructuras del sistema sanitario, sino también en el interior de las propias profesiones que lo conforman. En medicina y enfermería, las dos columnas vertebrales de la atención sanitaria, el género ha operado históricamente como un principio organizador que define funciones, prestigios y jerarquías. Aunque la presencia femenina ha crecido de manera exponencial en las últimas décadas, los modelos de relación, los valores dominantes y las formas de ejercer siguen respondiendo a una lógica patriarcal que otorga a la medicina el poder de curar y a la enfermería la sumisión de cuidar.

            La medicina se construyó como una profesión masculina, en torno al saber técnico y a la autoridad del médico como figura de conocimiento y control. Con el paso del tiempo, muchas mujeres accedieron a los estudios de medicina, pero el modelo no cambió. Fueron las médicas —que a menudo se autodenominan como médicos— las que tuvieron que adaptarse a la cultura médica dominante, asumiendo comportamientos, actitudes y prioridades definidas durante siglos por hombres. La feminización de la profesión no ha supuesto, por tanto, una transformación de su paradigma, sino una incorporación subordinada a una estructura que sigue entendiendo la curación como signo de poder, prestigio y éxito profesional.

            En el extremo opuesto, la enfermería ha sido identificada históricamente como una profesión femenina, vinculada al cuidado, la entrega y la obediencia. Su genealogía, profundamente atravesada por valores morales y religiosos, fue utilizada durante mucho tiempo para legitimar su subordinación al saber médico y perpetuar la división sexual del trabajo sanitario. Aunque las enfermeras han logrado conquistar espacios de autonomía, conocimiento científico y liderazgo disciplinar, persiste la percepción —dentro y fuera del sistema— de que su papel es auxiliar, secundario o complementario. Esa percepción no depende del número de mujeres en la profesión, sino del género simbólico que la define.

            Lo más paradójico es que muchas de las mujeres que ejercen hoy en medicina reproducen, de forma inconsciente, los mismos patrones de poder que antes las excluían. Y muchas enfermeras, atrapadas en una estructura jerárquica rígida, interiorizan la subordinación como parte de su identidad profesional. Se trata de un fenómeno de socialización institucional que impregna la formación, la práctica y la cultura profesional. Los hospitales se conciben como espacios de autoridad vertical, donde los saberes se ordenan en función del género más que de la evidencia.

Esta dinámica tiene consecuencias directas sobre la atención que se presta. En los servicios hospitalarios, por ejemplo, el trabajo de enfermería suele ser invisibilizado, a pesar de ser esencial para el funcionamiento del sistema. En los espacios académicos, la investigación en cuidados recibe menor financiación, menor reconocimiento y menor presencia en los órganos evaluadores. Y en los medios de comunicación, la figura de la enfermera continúa representándose desde estereotipos que oscilan entre lo servicial y lo decorativo, o el romanticismo trasnochado que las identifica como ángeles.

El resultado es una doble discriminación, por ser mujeres y por ejercer una profesión feminizada. Las enfermeras viven así una tensión permanente entre su potencial transformador y el peso de una estructura que las relega al margen del poder sanitario. Mientras tanto, la medicina mantiene su hegemonía simbólica incluso en manos femeninas, reforzando el desequilibrio. Como señalaba Collière, “cuidar ha sido un acto social, pero también político; y cuando el cuidado se priva de poder, se priva a las mujeres del suyo”.

La superación de este sesgo no se logrará únicamente con más mujeres en los cargos de dirección o en las cátedras universitarias, aunque sea algo necesario y justo. Es preciso un cambio cultural profundo que revalorice el cuidado como categoría central del conocimiento y la práctica en salud. Un cambio que no subordine la empatía a la técnica ni la proximidad a la autoridad, sino que reconozca la interdependencia de ambas dimensiones. Mientras la curación siga representando poder y el cuidado sumisión, la igualdad seguirá siendo una aspiración pendiente.

Sin embargo, esta crítica estructural no puede eximir de responsabilidad a quienes, desde dentro, conforman el sistema. Las enfermeras —como mayoría numérica, pero también como depositarias de una ética del cuidado profundamente femenina— no pueden limitarse a denunciar las desigualdades que padecen sin cuestionar las que reproducen. La falta de una perspectiva de género real en muchos ámbitos de la práctica enfermera constituye una paradoja dolorosa. Una profesión compuesta mayoritariamente por mujeres que, en demasiadas ocasiones, sigue actuando desde una lógica aprendida en estructuras masculinizadas. No se trata de culpabilizar, sino de reconocer la magnitud del desafío.

Las enfermeras, por su trayectoria histórica de subordinación, deberían ser las primeras en identificar y combatir cualquier forma de discriminación o exclusión. Han sido objeto de un acoso institucional y de un desprecio corporativista persistente que aún hoy condiciona su reconocimiento profesional. Pero precisamente por ello, por haber conocido en carne propia el peso del desprecio y la invisibilidad, deberían situarse a la vanguardia del cambio, como referentes de igualdad, justicia y sensibilidad social.

No basta con ocupar espacios, hay que transformarlos. La autoridad moral que emana del cuidado debe convertirse en una forma de liderazgo ético, capaz de inspirar una nueva manera de entender la salud, el poder y las relaciones profesionales. Incorporar la perspectiva de género en la práctica enfermera no es una cuestión retórica, sino una forma de coherencia con la propia esencia del cuidado. Reconocer la dignidad, la vulnerabilidad y la interdependencia como principios rectores de toda acción sanitaria.

Este cambio no será sencillo ni inmediato, pero sí posible. Exige valentía, reflexión y compromiso colectivo. Exige que hombres y mujeres dentro de la profesión enfermera asuman que la igualdad no es un objetivo añadido, sino el corazón mismo de una enfermería que aspira a ser emancipadora y transformadora. Porque si ellas y ellos no lideran este proceso, el inmovilismo seguirá gobernando el sistema y las desigualdades continuarán perpetuándose bajo nuevos disfraces.

La pasividad no es neutral: es cómplice. Y el inmovilismo, por muy disfrazado de prudencia que se presente, perpetúa la injusticia. Romper con esa herencia implica dejar de aceptar sin crítica los modelos de poder, de gestión y de saber que las han mantenido subordinadas. Implica feminizar la salud de verdad.

Pero la falta de una perspectiva de género real en el día a día de la práctica enfermera no debe verse como un fracaso, sino como una oportunidad: una invitación a mirar dentro de la profesión con honestidad, a reconocer las inercias que aún persisten y a transformarlas desde la ética del cuidado. Nadie mejor que las enfermeras para recordar que cuidar también es un acto de justicia.

Si las enfermeras —mujeres y hombres— deciden mirar con otros ojos, la feminización de la sanidad dejará de ser una estadística para convertirse en motor de una auténtica revolución del cuidado: potente, firme y profundamente humana.

Pero toda transformación, por profunda que sea, necesita traducirse en hechos tangibles. Las ideas y los valores solo adquieren sentido cuando se reflejan en la práctica cotidiana, en las políticas, en las decisiones y, sobre todo, en los resultados que afectan directamente a la vida de las personas. Porque el sesgo de género no es una abstracción académica, tiene consecuencias visibles y medibles en la salud, en los cuerpos y en los cuidados. Es ahí, en el terreno concreto de la experiencia vivida, donde se revelan las fracturas de un sistema que sigue sin mirar con equidad.

4 – El impacto del sesgo en la salud y los cuidados]

            El sesgo de género no es una cuestión teórica ni un debate semántico. Enferma, daña y mata. La forma en que el sistema sanitario interpreta, diagnostica y responde a los problemas de salud tiene consecuencias directas sobre la vida de las mujeres. Detrás de cada cifra hay historias de sufrimiento, diagnósticos tardíos, tratamientos inadecuados y silencios institucionales que se perpetúan porque el sistema no los percibe como tales.

            Uno de los espacios donde esta desigualdad se hace más evidente es el de los cuidados familiares. En España, más del 80% de las personas cuidadoras familiares son mujeres, y más del 60% dedica más de seis horas diarias a tareas de atención, acompañamiento o vigilancia[16]. El sistema sanitario, lejos de reconocer este esfuerzo como un trabajo esencial, lo ha asumido como un recurso gratuito, una extensión natural del rol femenino. Las mujeres cuidan porque “saben” cuidar, porque “tienen tiempo”, porque “son más sensibles”, porque “les corresponde hacerlo”. Este imaginario no solo invisibiliza el valor social del cuidado, sino que convierte a las cuidadoras en sujetos de riesgo.

            Las consecuencias son conocidas, sobrecarga física y emocional, falta de autoestima, aislamiento social, depresión, alteraciones del sueño y un deterioro progresivo de su propia salud[17]. Sin embargo, pocas veces se las reconoce como población diana de atención. Para el sistema, son colaboradoras necesarias, no personas con necesidades propias. Las enfermeras —en especial en Atención Primaria— se encuentran con estas mujeres a diario, pero muchas veces sin herramientas o sin tiempo para abordar la raíz del problema. El cuidado se convierte así en un círculo de desigualdad. Mujeres que cuidan a otras mujeres enfermas, dentro de un sistema que sigue sin cuidar a quienes sostienen su base más frágil.

            A esta inequidad estructural se suma la violencia de género, una de las formas más devastadoras del sesgo sanitario. A pesar de los avances en legislación y sensibilización, los servicios de salud continúan mostrando grandes deficiencias en la identificación y el abordaje de los casos. Las consultas médicas y enfermeras suelen centrarse en síntomas físicos o psicológicos sin explorar la posible relación con situaciones de maltrato[18]. En muchos casos, las mujeres acuden una y otra vez con dolor crónico, ansiedad o insomnio, y son tratadas con ansiolíticos, analgésicos o indiferencia, pero no se investiga la raíz del sufrimiento.

            Este silencio institucional tiene un alto coste. La falta de detección temprana perpetúa el ciclo de la violencia, mientras el sistema mantiene la ficción de estar cumpliendo su función asistencial. Se patologiza el daño, pero no se reconoce la agresión. La mujer es convertida en paciente, cuando lo que necesita es ser reconocida como persona, víctima y sujeto de derechos. El enfoque biomédico, centrado en el síntoma, se muestra aquí en toda su insuficiencia ética y humana[19]

            Además, a violencia no siempre se ejerce de forma explícita. También se manifiesta en la falta de escucha, en la infantilización de las decisiones, en la desconfianza hacia las palabras de las mujeres. Cuando una mujer explica su dolor y se le responde con incredulidad o con un diagnóstico psiquiátrico precipitado, lo que se produce es una forma de violencia simbólica que mina su autonomía y su autoestima[20]. Este tipo de violencia cotidiana se oculta bajo la apariencia de profesionalidad y se reproduce porque forma parte del tejido cultural del sistema sanitario.

            La desigualdad de género en salud no es un problema marginal:, sino una falla moral del sistema. Cada episiotomía innecesaria, cada diagnóstico ignorado, cada cuidadora exhausta que no recibe atención son expresiones de una estructura que prioriza la técnica sobre la justicia. Incorporar la perspectiva de género no es una concesión ideológica, sino una exigencia ética. Supone reconocer que la neutralidad sanitaria es una ilusión y que la verdadera equidad comienza cuando se acepta que no todas las personas son tratadas del mismo modo.

            Como recordaba Nancy Fraser, la justicia no se alcanza solo distribuyendo recursos, sino también reconociendo identidades y desmontando jerarquías[21]. En el ámbito sanitario, esto significa transformar los modelos de conocimiento, las políticas, las prácticas y las palabras. Significa mirar de otra manera. Y, sobre todo, significa escuchar lo que durante tanto tiempo se ha silenciado.

            5 – Mirar de nuevo: hacia una salud con ojos de mujer]

            Transformar el sistema sanitario no es solo una cuestión técnica ni legislativa. Es, ante todo, un acto de mirada. Porque la mirada define lo que se ve, lo que se nombra y lo que se valora. Y durante demasiado tiempo, el sistema ha mirado la salud con ojos de varón, midiendo, clasificando, normalizando, patologizando. Esa mirada ha hecho avanzar la ciencia, pero también ha dejado heridas profundas en la vida de las mujeres. Heridas que no siempre sangran, pero que se sienten cada día en la consulta, en la cama del hospital, en el hogar donde una cuidadora no duerme o en la soledad de quien calla porque no la escuchan.

            No se trata de feminizar el sistema para hacerlo más “blando” o “emocional”, sino de transformarlo para hacerlo más justo, más humano, más plural. La igualdad no es una concesión: es una condición ética y democrática. Y en el ámbito sanitario, ética y democracia deberían ser sinónimos de salud.

            Para ello, es necesario que la perspectiva de género deje de ser un anexo o un indicador y pase a formar parte del ADN del sistema. Que esté en la investigación, en la formación, en los protocolos, en la distribución de poder y de toma de decisiones, en los lenguajes y en los presupuestos. Que las enfermeras, médicas, psicólogas, matronas, fisioterapeutas o trabajadoras sociales —mujeres que sostienen la salud con su trabajo cotidiano— puedan hacerlo sin tener que renunciar a su identidad, su sensibilidad ni su voz. Y que los hombres, presentes en todos los niveles del sistema, asuman también su responsabilidad en esta transformación: no como aliados pasivos ni como espectadores condescendientes, sino como agentes activos de cambio, comprometidos de manera clara, decidida y sin ambigüedades con la igualdad y la justicia de género. Porque la equidad no se decreta: se cuida, se aprende y se comparte.

            Pero ese cambio solo será posible si la transformación se asume también desde dentro. Las/os profesionales de la salud tienen en sus manos una oportunidad histórica, la de revisar críticamente su propia práctica, desmontar las inercias que reproducen la desigualdad y construir una forma de cuidar que no reproduzca el modelo que les ha subordinado. No se trata de enfrentarse al sistema, sino de sanarlo. Porque un sistema que no reconoce a las mujeres no está enfermo, está incompleto.

            En este proceso, el lenguaje vuelve a ser un campo de batalla y de esperanza. Nombrar las cosas con justicia es el primer paso para transformarlas. Decir “violencia de género” y no “conflicto familiar”. Decir “interrupción voluntaria del embarazo” y no “aborto” como estigma. Decir “cuidadoras familiares” y no “cuidadoras informales”. Cada palabra puede abrir un espacio de reconocimiento o cerrarlo para siempre. La responsabilidad del lenguaje sanitario no es solo comunicativa, es ética y política[22].

            La salud con ojos de mujer no es un ideal utópico, es una exigencia de justicia y de verdad. Implica reconocer que el cuerpo femenino no es una variación del masculino, sino un territorio propio; que el cuidado no es debilidad, sino conocimiento; que la vulnerabilidad no es carencia, sino humanidad. Implica, en definitiva, volver a mirar la salud desde la vida y no desde el poder.

            Quizá entonces, cuando el sistema sea capaz de escuchar lo que hoy silencia, de cuidar lo que hoy explota y de reconocer lo que hoy invisibiliza, podamos decir que la feminización de la salud habrá dejado de ser una estadística para convertirse en una revolución. Una revolución tranquila, paciente, cotidiana. Una revolución que no grita, pero transforma. Que no impone, sino cuida. Que no manda, sino acompaña.

            Porque solo cuando la salud se mire con ojos de mujer, la humanidad entera podrá verse reflejada en el espejo del cuidado.

[1]Periodista Española. Primera directora de El País (1951).

[2]World Health Organization. Delivered by women, led by men: A gender and equity analysis of the global health and social workforce.Geneva: WHO; 2019.

[3]G, Östlin P, George A. Unequal, unfair, ineffective and inefficient: Gender inequity in health. Geneva: WHO; 2007.

[4]Criado Pérez C. Invisible Women: Exposing Data Bias in a World Designed for Men. London: Chatto &Windus; 2019.

[5]Heidari S, Babor TF, De Castro P, Tort S, Curno M. Sex and Gender Equity in Research: rationale for the SAGER guidelines and recommended use. Res Integr Peer Rev.2016;1:2.

[6]Hamberg K. Gender bias in medicine. Women’sHealth (Lond). 2008;4(3):237–43.

[7]García Dauder S, Pérez Sedeño E. Las mentiras científicas sobre las mujeres. Madrid: Catarata; 2017.

[8]The Lancet. Advancing women in science, medicine, and global health. Lancet. 2019;393(10171):493–610.

[9]Doyal L. What makes women sick: Gender and the political economy of health. New Brunswick: Rutgers University Press; 1995.

[10]Downs JA, Mathad JS, Reif LK, McNairy ML, Celum C, Boutin-Foster C, et al. The ripple effect: why promoting female leadership in global health matters. Public Health Action. 2016;6(4):210–1.

[11]Tannenbaum C, Day D, Agewell S. Sex and gender in health research: updating policy to reflect evidence. Nat Med.2017;23:1402–8.

[12]Samulowitz A, Gremyr I, Eriksson E, Hensing G. “Brave men” and “emotional women”: A theory-guided literature review on gender bias in health care and within pain management. Pain Res Manag.2018;2018:6358624.

[13]Fernández-Sáez J, Rohlfs I, Borrell C. Lenguaje, género y salud: lo que se dice y lo que se calla. Gac Sanit. 2020;34(2):101–5.

[14]World Health Organization. WHO recommendations: Intrapartum care for a positive childbirth experience.Geneva: WHO; 2018.

[15]Gil-González D, Vives-Cases C, Borrell C, Agudelo-Suárez AA, Davó-Blanes MC. Racism and health: A systematic review of the literature. Gac Sanit. 2014;28(1):44–51.

[16]Instituto Nacional de Estadística. Encuesta de Empleo del Tiempo 2023: cuidados y tareas domésticas.Madrid: INE; 2024

[17]Pinquart M, Sörensen S. Differences between caregivers and noncaregivers in psychological health and physical health: A meta-analysis. Psychol Aging. 2003;18(2):250–67.

[18]Otero-García L, Vives-Cases C, García-Moreno C. Gender-based violence and the health sector response: the case of Spain. Int J Equity Health. 2020;19(1):168.

[19]Ruiz-Pérez I, Plazaola-Castaño J, del Río Lozano M. Physical health consequences of intimate partner violence in Spanish women. Eur J Public Health. 2007;17(5):437–43.

[20]Galtung J. Violence, peace, and peace research. J Peace Res. 1969;6(3):167–91.

[21]Fraser N. Redistribution or Recognition? A Political-Philosophical Exchange. London: Verso; 2003.

[22]Butler J.El género en disputa: El feminismo y la subversión de la identidad.Barcelona: Paidós; 2007.

 

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