
Últimamente asistimos a auténticas guerras de audiencias entre las principales cadenas televisivas. Más allá de las preferencias legítimas por uno u otro programa, lo que se ha generalizado es un estilo de bronca permanente, descalificación personal, ruido y distorsión de la verdad con tal de arañar unos puntos de share. El objetivo ya no es informar ni siquiera entretener, sino mantener pegadas a la pantalla a personas convertidas en público de un espectáculo que se parece mucho más a un combate que a un espacio de comunicación.
Las cadenas compiten por asegurarse la presencia de políticos, actores, cantantes, deportistas de élite, influencers o simples charlatanes, que de todo hay. La selección de invitados rara vez responde a su capacidad de análisis o a la calidad de sus argumentos, sino a su potencial para generar conflicto, titulares fáciles y cortes virales. Todo ello filtrado por la línea editorial del medio, que actúa como un tamiz ideológico y convierte la oferta en un menú de trincheras. Hay cadenas para quien quiere indignarse con “los otros” y cadenas para quien prefiere reafirmarse en “los suyos”.
El resultado es un escenario mediático que se parece cada vez más a una sesión parlamentaria deformada, donde se habla mucho, pero se escucha poco. En lugar de debatir sobre cuestiones relevantes, se organizan combates dialécticos en los que importa más el golpe de efecto que la solidez del razonamiento. Se interrumpe, se grita, se caricaturiza al adversario y se alimenta una sensación de confrontación permanente que atenta contra la inteligencia de la ciudadanía.
En esta deriva tampoco son inocentes las propias empresas mediáticas. La presión por los beneficios, la competencia por la publicidad y la obsesión por el minuto a minuto de las audiencias empujan a convertir la información en un producto más de mercado. El criterio profesional cede terreno ante la lógica del clic y del trending topic, y se normaliza que un plató sea un circo porque el circo “vende” más que la reflexión pausada. No es que falten periodistas rigurosos, sino espacios y tiempos que les permitan hacer su trabajo sin ser devorados por el espectáculo.
En este contexto, las diferencias evidentes de capacidad, preparación e inteligencia entre los participantes pasan a un segundo plano. No son esos atributos los que pesan en la balanza de las audiencias, sino la capacidad de generar espectáculo. Cuanto más descalifica, más exagera o más polariza alguien, más minutos de pantalla acumula. El éxito ya no se mide en términos de rigor u honestidad intelectual, sino en función del ruido que se consigue generar en redes sociales y en los barómetros del día siguiente.
También las personas que manejamos el mando a distancia quedamos atrapadas en esta lógica. No elegimos tanto un programa para informarnos o incluso para distraernos, como para saciar nuestro posicionamiento ideológico o nuestras fobias hacia determinadas ideas y quienes las encarnan. Sabemos qué tipo de discurso vamos a encontrar en cada cadena y, lejos de huir de la previsibilidad, la buscamos como quien regresa a un refugio emocional. No se trata de ampliar la mirada, sino de confirmar lo que ya pensamos y de ver ridiculizado a quien sentimos como amenaza.
Se trata, en definitiva, de una forma de hipnosis mediática. Consumimos tertulias, debates y “especiales” como si fueran atracones de una dieta rica en calorías ideológicas y pobre en nutrientes críticos. Acumulamos horas de exposición compulsiva a mensajes repetitivos y polarizados, para después intentar —sin demasiado éxito— aligerar la conciencia pensando que “solo es televisión”. Pero el impacto permanece. En la forma de mirar a quien piensa distinto, en el tono con el que hablamos de política y en la dificultad creciente para escuchar sin atacar.
Mientras tanto, la elección del canal deja de ser un ejercicio de libertad informada para convertirse en una costumbre acrítica, una inercia sin fundamento. Cambiamos de programa, pero no de lógica. Las cadenas alimentan la confrontación porque reporta beneficios; nosotros alimentamos las audiencias porque nos regala la ilusión de tener razón. Y así, poco a poco, se empobrece nuestra capacidad intelectual y dialéctica, sustituida por consignas, eslóganes y frases hechas que repetimos sin apenas analizarlas.
Frente a esta dinámica, quizá haya que recuperar un gesto tan sencillo como subversivo, apagar la televisión de vez en cuando, cambiar de canal para escuchar a quienes no nos gustan, exigir formatos que respeten la inteligencia del espectador y premien la serenidad sobre el grito. No se trata de renunciar a la pluralidad de medios, sino de asumir que la responsabilidad última de lo que alimenta nuestra mirada sobre el mundo no es del audímetro, sino de cada uno de nosotros. Elegir mejor qué vemos, cuánto tiempo y con qué actitud puede parecer un gesto pequeño, pero es ahí donde empieza el verdadero ejercicio de libertad crítica y de salud intelectual.