TRUMP: EL DESPRECIO AL CUIDADO COMO POLÍTICA DE ESTADO

En política, los gestos nunca son inocentes. Tampoco las decisiones administrativas que, bajo una apariencia técnica, esconden un profundo desprecio hacia aquello que consideran prescindible. Eso es precisamente lo que acaba de hacer la Administración Trump al decidir que profesiones como la enfermería, la fisioterapia o la práctica avanzada en salud no forman parte de los “programas profesionales” reconocidos por el Departamento de Educación de los Estados Unidos. Mientras tanto, sí quedan incluidos medicina, farmacia, odontología, optometría, derecho, teología o quiropráctica, como si el prestigio profesional se determinara por criterios tan arbitrarios como ideológicos o religiosos.

La medida no es un error, ni un malentendido, ni una simple torpeza burocrática. Es una declaración de intenciones. Es la expresión más nítida de un paradigma que solo valora aquello que genera negocio, que produce mercado, que engrasa la maquinaria de la industria médica y farmacéutica, y que desprecia todo lo que tenga que ver con el cuidado, el acompañamiento, la humanización y el bienestar. Para Trump —y para quienes sostienen su mirada mercantilista— cuidar no da dinero, curar sí. Y ese es el gran pecado original de las enfermeras, no haber convertido el cuidado en un producto transaccional.

En su cosmovisión, profundamente deshumanizada, lo que no produce beneficios es irrelevante. Lo que no multiplica ganancias no merece protección institucional. Así, la exclusión de la enfermería —precisamente en un país que sufre una crisis histórica de falta de profesionales y deterioro sanitario— revela una lógica siniestra, si no sirve al negocio, no sirve al sistema. Y ese sistema, cada vez más, es un sistema donde el mercado se ha comido a la política, donde el dinero dicta prioridades y donde la vida de millones de personas queda subordinada a los balances de las aseguradoras.

Esta decisión no solo invisibiliza a las enfermeras, las relega a un espacio de subsidiariedad, de irrelevancia institucional, devolviéndolas a estereotipos que creíamos superados. Pero, sobre todo, despoja a la ciudadanía estadounidense de uno de los pilares esenciales de su salud, los cuidados profesionales. Porque sin cuidados no hay salud, por mucho que se multipliquen los tratamientos, los fármacos o las tecnologías.

Resulta irónico —y trágico— que este ataque provenga de un presidente cuya vida, en no mucho tiempo, dependerá probablemente de aquello mismo que ahora relega, la competencia y humanidad de enfermeras que, pese a decisiones políticas como esta, seguirán sosteniendo la vida de millones de personas. Trump desprecia lo que no entiende, pero sobre todo desprecia lo que no controla o no le aporta beneficios económicos. Porque los cuidados no se controlan ni se someten, se ejercen desde la ética, la ciencia y la humanidad.

Pero el análisis tendría un importante sesgo si se carga toda la responsabilidad en un solo individuo. Parte del problema se ha gestado dentro de la propia profesión enfermera estadounidense, que durante años ha oscilado entre la fascinación por el paradigma médico y la renuncia a reforzar su propia identidad disciplinar. Al priorizar modelos clínicos subordinados a la medicina, algunas enfermeras han contribuido —posiblemente sin quererlo— a diluir el valor singular del cuidado y a reforzar la idea de que su aportación principal es técnica, instrumental, dependiente. Cuando una profesión deja de defender su identidad, otros llenan el vacío. Y Trump lo ha llenado con ideología mercantilista, desprecio y autoritarismo institucional.

Ahora bien, cometeríamos un error gravísimo si pensáramos que todo esto es un problema lejano, propio de la realidad norteamericana y ajeno a la nuestra. Verlo como un fenómeno distante es, en sí mismo, una forma de ingenuidad política. El efecto mariposa en materia de políticas sanitarias es muy real. Lo que comienza como una decisión aparentemente local puede convertirse en tendencia internacional, replicarse, amplificarse y normalizarse. Y ya sabemos que, cuando se trata de mercantilizar la vida y degradar los cuidados, no faltan voluntarios dispuestos a aplaudir sin pensar, a actuar como palmeros entusiastas mientras preparan la importación del modelo.

Quienes hoy celebran a Trump o admiran su supuesta “firmeza” pueden ser, mañana, quienes intenten reproducir decisiones similares en nuestros países. No es una posibilidad remota; es una probabilidad alta en un contexto donde crecen el autoritarismo, el negacionismo, el desprecio por lo público y la tentación de convertir la salud en un negocio más. Por eso es imprescindible tomar buena nota de lo que está ocurriendo. Porque lo que ahora se ensaya allí puede convertirse, si no reaccionamos, en un ataque directo a nuestras enfermeras, a nuestros sistemas públicos y, sobre todo, a la esencia de los cuidados profesionales.

De ahí que las enfermeras iberoamericanas, ahora más que nunca, debamos trabajar unidas en la construcción de un marco propio, sólido, reconocible e irrenunciable. Un marco que no solo nos identifique y nos valore, sino que nos sitúe en una posición de defensa inexpugnable de aquello que mejor sabemos hacer, cuidar. Porque cuando una profesión se fortalece desde la ciencia, la ética y la cohesión, ningún mercantilista ni ningún aprendiz de Trump puede degradarla sin enfrentarse a la resistencia de miles de profesionales conscientes de su papel insustituible en la sociedad.

La decisión de Trump no es solo una agresión a las enfermeras, es un ataque directo a la esencia misma de lo humano. A la dignidad de sanos y enfermos. A la vulnerabilidad que todas las personas, incluso los poderosos, comparten. Es una advertencia sobre el peligro de entregar la salud a quienes solo ven números, no vidas; a quienes solo reconocen profesiones si aumentan el negocio; a quienes solo entienden la atención sanitaria como un nicho comercial.

Cuando un presidente desprecia a quienes cuidan, desprecia a su propio pueblo.

Y cuando un país permite que eso ocurra, empieza a caminar hacia una sociedad más enferma, más desprotegida, más deshumanizada.

Tarde o temprano, incluso quienes hoy celebran esta decisión descubrirán que hay cosas que no se pueden comprar. La humanidad, la compasión, la cercanía, el saber cuidar. Y quizá entonces, cuando necesiten aquello que ahora desprecian, comprenderán el alcance del daño. Pero para entonces, quizá, ya sea demasiado tarde.

4 thoughts on “TRUMP: EL DESPRECIO AL CUIDADO COMO POLÍTICA DE ESTADO

  1. El gremio en Enfermería Americano , Latinoamérica, y prácticamente mundial,nos debemos UNIR para convertirnos en una Política sólida que no nos puedan menospreciar, minimizar y querernos acabar

  2. Una expresión más del fascismo qué caracteriza a personajes como Trump, una consecuencia más de nuestra mentalidad servil y romántica, apática e indiferente como gremio enfermero.🚨🚨

  3. Acertado artículo. Efectivamente, no debemos descuidarnos. Hay cada vez más políticos en nuestro país admiradores de Trump. En Madrid lo sabemos bien. Hay que defender con firmeza la SANIDAD PÚBLICA.

  4. Un país que no cuida es un país enfermo. El ser humano se caracteriza por ser cuidadores y es la esencia de la humanidad. LEVANTAR LA VOZ Y ABOGAR POR EL DERECHO AL CUIDADO. Enfermeras, población norteamericana….mover y reclamar vuestra esencia!!. Resto del mundo estar vigilantes de la deriva autocratica.

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