
El talento parece estar devaluado. O, mejor dicho, se devalúa, se critica, se ataca y se manipula por parte de quienes, precisamente, carecen de él y temen a quienes lo tienen. Esto no es una suposición, una apreciación o una interpretación exagerada; es un hecho real que, además, se verbaliza, se transmite y hasta se vocifera con absoluta desvergüenza e impunidad. Quienes no soportan el talento ajeno lo combaten porque su sola existencia los deja en evidencia. Y lo hacen con la naturalidad de quien siente que nada ni nadie les pedirá responsabilidad por ello.
El mecanismo es tan viejo como la soberbia humana. Cuando uno no puede alcanzar la altura del otro, intenta rebajarlo. Para ello sirve cualquier cosa. Lo vemos a diario en quienes atacan a periodistas que ejercen su profesión con dignidad, valentía y rigor: profesionales que analizan, contrastan y explican lo que ocurre para que la ciudadanía pueda comprender el mundo en el que vive. Frente a ellos se alzan voces que no buscan debatir, sino intimidar; no quieren refutar argumentos, sino destruir reputaciones.
El talento también es atacado desde quienes militan en el negacionismo. Se ridiculizan las evidencias científicas, se cuestionan datos contrastados, se niega el cambio climático, se banalizan los problemas de salud pública y se desprecia la investigación. No importa que las pruebas sean abrumadoras; basta con que contradigan sus creencias para que las descalifiquen. El talento científico, que debería ser un patrimonio común, se convierte entonces en objetivo de campañas de desprestigio, de manipulaciones deliberadas y de insultos que pretenden silenciarlo.
Sucede lo mismo con quienes, desde su honestidad intelectual, dicen la verdad, aunque moleste. En una sociedad saturada de bulos, mensajes calculados y relatos interesados, la verdad tiene un poder subversivo. No porque sea incómoda —que lo es—, sino porque destruye la arquitectura narrativa de quienes viven de la mentira, del miedo o del odio. Por eso atacan con tanta furia a quienes la sostienen, porque ponen en peligro sus estrategias de manipulación. Decir la verdad se ha convertido, paradójicamente, en un riesgo personal y profesional. Y eso dice más de quienes la atacan que de quienes la defienden.
El patrón se repite, quienes carecen de talento —pero no de ambición— perciben como enemigo a cualquiera que no se alinee con su pensamiento único. Políticos, tertulianos, pseudoperiodistas, charlatanes que se presentan como científicos, influencers de medio pelo que confunden visibilidad con solvencia, opinan de todo sin rigor y desprecian a quienes dedican su vida a comprender. A esta dinámica se suman también algunos medios de comunicación que han renunciado a su función social para convertirse en plataformas de desinformación, ruido y espectáculo. Desde sus tribunas desacreditan el talento, trivializan el rigor y premian la mediocridad, demostrando que aquello que combaten no es el exceso de excelencia, sino la propia ausencia de ella. Porque informar con profesionalidad se ha convertido en un acto de resistencia en tiempos donde la mentira tiene megáfono y la verdad apenas se oye. Para ellos, el talento es una amenaza doble, cuestiona su discurso y, al mismo tiempo, evidencia su propia mediocridad. Por eso lo combaten con tanta agresividad y, sobre todo, con tanta impunidad.
Pero el ataque al talento no solo surge del miedo; surge también del deseo de conservar privilegios. Un científico brillante, un periodista riguroso, un docente comprometido, un profesional de la salud que transforma… todos representan un modelo que desmonta la lógica de quienes sostienen su influencia en el grito, la mentira o el espectáculo. El talento, simplemente, los deja sin argumentos. Y en lugar de aprender, se dedican a destruir. Resulta más cómodo desacreditar a quien destaca que asumir la propia incapacidad.
Por eso es imprescindible cuidar y preservar el talento informativo, científico, educativo, social, de salud. Porque sin él, la sociedad queda secuestrada por discursos vacíos, por opiniones disfrazadas de hechos, por manipulaciones que se repiten hasta que parezcan verdad. Sin talento, la salud pública queda expuesta a la desinformación; la ciencia se convierte en territorio de ocurrencias; la educación se empobrece; la cultura se banaliza; la democracia se deteriora; y la política se degrada hasta convertirse en un escenario de consignas, populismo y marketing emocional donde la mediocridad deja de ser un problema para transformarse en norma.
El talento es un bien común, un motor social, una herramienta para comprender, mejorar y transformar nuestra realidad. Un país que desprecia a sus mejores profesionales, ridiculiza el conocimiento, castiga la excelencia y normaliza la ignorancia está renunciando, sin darse cuenta, a su propio futuro. Cuando el talento se criminaliza o se silencia, lo que queda es una mediocridad ruidosa, autoritaria y profundamente dañina.
Defender el talento es defender la libertad, el pensamiento crítico, el derecho a información veraz, a ciencia sólida, la educación de calidad y a una sociedad que no se conforme con lo peor de sí misma. Es, en definitiva, defender la dignidad colectiva.
Porque es desde el talento —desde su capacidad clarificadora, de cuestionar, de crear y de cuidar— desde donde se puede acabar con quienes ni lo poseen ni lo valoran. Y también desde donde se construyen sociedades más justas, más libres y más humanas. Una sociedad que protege su talento es una sociedad que se respeta. Y ahora mismo, más que nunca, necesitamos recuperar ese respeto.