LA POLÍTICA COMO COARTADA. USO Y ABUSO

Cuando la política pierde su razón de ser —servir al bien común— y se convierte en un instrumento para el rédito personal, partidista o económico, deja de ser política para transformarse en simple gestión del ego, del interés y del abuso de poder. Cuando quienes acceden a ella no lo hacen por vocación de servicio ni por mérito o capacidad, sino como forma de vida confortable, como trampolín de notoriedad o como refugio frente a responsabilidades pendientes, la política se degrada hasta convertirse en espectáculo y mercancía. Ya no se gobierna para mejorar la vida de la gente, sino para blindar posiciones, sostener privilegios o alimentar ambiciones personales que nada tienen que ver con el interés general.

La perversión se consuma cuando el adversario es transformado en enemigo y la discrepancia deja de ser motor de debate para convertirse en insulto sistemático. Cuando se abandona la propuesta para abrazar la consigna, la mentira repetida hasta parecer verdad y la manipulación interesada de los hechos. Cuando desaparece cualquier construcción de futuro y lo único que queda es un relato destructivo levantado sobre alarmismo artificial, polarización calculada, negacionismo irracional y simplificación grosera de la complejidad social. Entonces la política deja de ser espacio de pensamiento colectivo para convertirse en una trinchera emocional al servicio del enfrentamiento permanente.

A esa degradación se suma una trampa especialmente eficaz, el refugio en las siglas como sustituto de la responsabilidad individual. Se actúa bajo paraguas partidistas para diluir culpas, excusar incompetencias y justificar comportamientos que jamás serían defendibles a título personal. Las siglas dejan de ser instrumentos de transformación colectiva para convertirse en escudos que protegen mediocridades, clientelismos y corrupción, anulando cualquier exigencia ética a quienes se esconden tras ellas. Ya no se vota esperando el cambio, sino desde la fidelidad ciega a una identidad ideológica que funciona como coartada incluso frente a la evidencia del fracaso político y moral.

La decadencia se agrava cuando ese vaciamiento programático se combina con otro engaño cuidadosamente orquestado, la utilización interesada de la calle como supuesto motor de cambio. Se convoca a la movilización no para impulsar propuestas reales que respondan a las necesidades sociales, sino como mecanismo de desgaste para derribar al adversario y ocupar su espacio. No hay proyectos, no hay programas, no hay alternativas consistentes. Solo ruido, pancartas, consignas huecas y agitación calculada. La ciudadanía es tratada como masa de presión, no como sujeto político. Se explota el enfado legítimo sin canalizarlo hacia soluciones, reduciendo la participación democrática a espectáculo de confrontación sin horizonte alguno de transformación y utilizando símbolos que son de todos como si fueran de su propiedad exclusiva.

El deterioro institucional se completa cuando quienes ostentan poder confunden servicio público con propiedad privada de las instituciones, utilizándolas para otorgar favores, colocar leales o proteger a los suyos. Cuando se instrumentaliza la justicia como arma de distracción o venganza política. Cuando se desdibuja la separación de poderes y la democracia se convierte en simple tapadera de imposiciones. Cuando la palabra libertad se utiliza para cubrir recortes de libertades ajenas y los derechos colectivos se subordinan a intereses ideológicos o electorales.

El resultado es una ciudadanía atrapada en un proceso profundo de desafección, desconfianza, hartazgo y una creciente sensación de engaño permanente. La política, en vez de ser horizonte de esperanza, se convierte en causa constante de decepción. Y así encuentra terreno fértil el populismo que promete limpiar aquello que él mismo ensucia; que denuncia el sistema mientras solo aspira a ocuparlo sin transformarlo; que señala culpables externos mientras escapa de toda rendición de cuentas.

Este modelo tiene nombres propios. Carlos Mazón encarna hoy esta forma de hacer política. Evasión reiterada de responsabilidades, liderazgo sin formación, oportunismo sin proyecto, utilización emocional de la desgracia ajena y una absoluta carencia de empatía institucional frente al sufrimiento ciudadano. Todo ello amparado en las complicidades partidistas que garantizan impunidad y silencio. Un producto coherente de una política degradada hasta convertir la mediocridad en norma de gobierno.

La ciudadanía merece mucho más que personajes grises, ególatras e insensibles instalados en el cálculo electoral permanente. Merece representantes con competencia, honestidad y verdadero compromiso público. Merece políticas centradas en derechos, bienestar, justicia social y convivencia democrática, no en cortinas de humo ni batallas estériles diseñadas para ocultar la incapacidad de gobernar.

La política debe ser rescatada de quienes la han secuestrado. No más escudos de siglas para ocultar culpas. No más calles manipuladas para derribar sin proponer. No más escándalos normalizados. No más mentiras elevadas a estrategia. No más complicidades para tapar incompetencias. No más alarmismo artificial para distraer de la falta de gestión. No más mediocridad maquillada de liderazgo. La ciudadanía tiene derecho a recuperar la dignidad que le ha sido arrebatada. Y eso tan solo será posible recuperando una política decente, ética y verdaderamente al servicio de la ciudadanía.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

× ¿Cómo puedo ayudarte?