
Los casos de acoso sexual, comportamientos machistas y abusos de poder que en las últimas semanas están saliendo a la luz tanto en el PSOE como en el PP pueden inducir al engaño. No estamos ante una coincidencia casual ni ante una súbita degeneración ética de la política española. Lo que estamos viendo no es el nacimiento de un problema, sino su visibilización interesada, selectiva y tardía. Y eso debería preocuparnos tanto como los hechos en sí, porque revela una incapacidad estructural para afrontarlo de manera honesta y sostenida.
Por una parte, estos episodios se insertan en una estrategia política basada en el ruido, el descrédito del adversario y la descalificación permanente. El machismo se convierte así en arma arrojadiza: se denuncia cuando conviene y se relativiza, se silencia o se justifica cuando incomoda. El objetivo no es erradicarlo, sino utilizarlo como munición en la confrontación política, alimentando un combate de descalificaciones cruzadas que poco tiene que ver con la defensa real de la igualdad. Pero reducirlo todo a una maniobra partidista sería igualmente simplista y peligroso. Porque lo que estos casos evidencian, más allá del uso político que se haga de ellos, es la persistencia de una realidad social y cultural profundamente arraigada: el machismo sigue impregnando nuestra forma de hablar, de pensar y de actuar, en lo público y en lo privado.
La igualdad no se alcanza únicamente con declaraciones solemnes ni con compromisos de fachada. Tampoco basta con aprobar leyes, aunque sean necesarias y fruto de luchas históricas que no pueden banalizarse. El machismo no se erradica por negación ni se desactiva porque una organización se autodefina como feminista o progresista. El feminismo no se respeta por el simple hecho de figurar en unas siglas, ni la igualdad se garantiza con discursos bien construidos mientras se toleran prácticas que la contradicen. No se trata de ver quién es más o menos machista o más o menos feminista; se trata de serlo —o no serlo— y actuar en consecuencia, incluso cuando hacerlo incomoda, genera tensiones internas o tiene costes políticos.
El problema es más profundo y más incómodo. El machismo persiste porque sigue siendo funcional al poder. Porque se disfraza de normalidad, de humor, de tradición, de autoridad incuestionable o de liderazgo carismático. Porque se protege tras la ambigüedad, el silencio cómplice y las miradas hacia otro lado. Porque existen demasiados “infiltrados” —hombres y también mujeres— que, amparados por su posición, su prestigio o su cercanía al poder, reproducen conductas que anulan, humillan y subordinan, muchas veces sin asumir su responsabilidad ni aceptar cuestionamientos.
Mientras sigamos jugando al despiste con el machismo, mientras lo tratemos como una desviación anecdótica y no como un problema estructural, no acabaremos con él. Seguirá siendo la expresión más clara del negacionismo de la igualdad. Seguirá alimentando el acoso, legitimando la imposición del poder y restringiendo la libertad de las mujeres. Y seguirá siendo el refugio de quienes no solo se resisten a erradicarlo, sino que aspiran a reinstaurarlo como modelo de convivencia basado en la dominación y la desigualdad.
Por eso conviene ser claros: no existen comportamientos menores, inocentes o graciosos cuando hablamos de igualdad. No hay mensajes irrelevantes ni gestos sin consecuencias. Cada comentario, cada insinuación, cada silencio cómplice contribuye a sostener una jerarquía de género que deshumaniza y excluye. El machismo no se manifiesta solo en los casos extremos que llenan titulares; se reproduce en lo cotidiano, en lo aparentemente banal, en lo que se tolera para no incomodar, en lo que se justifica para no asumir responsabilidades.
No se trata de legislar más ni de endurecer indefinidamente las condenas, aunque la ley deba cumplirse sin excepciones ni privilegios. Se trata de aplicar con rigor las normas existentes y, sobre todo, de desmontar los resortes sociales, culturales e institucionales que siguen alimentando el machismo en todos los ámbitos: la política, la empresa, la universidad, los medios de comunicación, la religión, la familia y también los partidos que dicen combatirlo. Se trata de coherencia entre lo que se proclama y lo que se hace.
“No es no” no es solo una consigna vinculada al consentimiento sexual. Es una afirmación ética que interpela al conjunto de las relaciones de género y de poder. Es un límite frente al abuso, la imposición y la desigualdad. Y no admite matices ni interpretaciones interesadas, tampoco cuando incomoda a los propios o cuestiona liderazgos consolidados.
Lo que no puede seguir ocurriendo es que convivamos con un discurso de escaparate y otro de trastienda. Que se proclame igualdad mientras se toleran prácticas machistas. Que se condene al adversario mientras se protege al propio. Porque ahí no falla solo la política: falla la sociedad que lo consiente, lo minimiza o lo normaliza.
Y mientras eso no cambie, el machismo seguirá ahí. No porque aflore de repente, sino porque nunca se fue.