“Estar con alguien es, a veces, la forma más radical de actuar.”
Simone Weil[1]
No sé en qué momento exacto empezó a parecer normal que un turno de trabajo pudiera contener tantas vidas. No me refiero a los diagnósticos ni a los tratamientos, sino a todo lo que llega con las personas cuando cruzan la puerta de una habitación de hospital. Sus miedos, sus silencios, sus ausencias, las relaciones que se rompieron o las que nunca llegaron a existir. Un turno no es una franja horaria. Es un tiempo denso. A veces insoportable. A veces decisivo.
En “Turno de guardia” no sucede nada extraordinario y, sin embargo, sucede todo. No hay grandes gestas, ni finales espectaculares. Hay pasillos, timbres, decisiones que pesan demasiado, palabras que llegan tarde, manos que reconfortan en situaciones difíciles, palabras que llenan vacíos. Lo que la película muestra —y quizá por eso incomoda— es que el cuidado no aparece como un añadido amable a la medicina, sino como el único hilo que mantiene unida la experiencia humana cuando la esperanza parece agotarse. Aquí, al contrario de lo que habitualmente se muestra en este tipo de historias, la medicina y los médicos son el argumento y los protagonistas secundarios, en una trama ocupada íntegramente por el cuidado y protagonizada por enfermeras, en un ejercicio valiente de mostrar una realidad que se oculta sistemáticamente tras la fascinación médico técnica.
Durante el turno aparecen personas que no encajan en ningún molde familiar reconocible. Un hombre mayor que solo habla de su perro, con quien mantiene su único vínculo estable. Una mujer cuya hija vive al otro lado del océano, a la que no se le puede pedir que vuelva porque no la reconoce. No hay reproches, solo distancia. Y una soledad que no es escandalosa, sino discreta, educada, casi invisible. La madre y esposa que escenifica fortaleza y normalidad ante su familia, pero que se derrumba en su ausencia, revelándose contra la enfermedad y el tratamiento que le devoran. El ejecutivo millonario que ocupa una habitación privada en un hospital público, que no ha sabido —o no ha podido—afrontar el duelo de su destino. La enfermedad, en estos casos, no es el centro del problema.
A veces los detalles más pequeños revelan lo esencial. Unas gafas perdidas después del alta, por ejemplo. Para quien observa desde fuera, una anécdota sin importancia. Para la persona que ya no ve bien, una pérdida que devuelve de golpe la fragilidad al no poder leer. El cuidado vive ahí, en ese umbral donde lo aparentemente banal se convierte en determinante. No porque resuelva la enfermedad, sino porque permite seguir habitando la vida con un mínimo de dignidad.
Pero el turno no transcurre en el vacío. Hay jerarquías que pesan. Palabras que se dicen en voz baja o que directamente no se dicen. Información que se reclama para aliviar la ansiedad de una persona y se pospone desde una autoridad disciplinar que no responde a la petición de quien la solicita como parte del cuidado que presta, sino a la intransigencia de quien ni la ofrece ni permite que otra la ofrezca. Decisiones que se toman sin tiempo ni voluntad de explicación.
En ese mismo contexto se inscribe la presencia de la estudiante de enfermería. La competencia docente, lejos de ser reconocida como parte sustantiva del rol enfermero, aparece vivida por algunas profesionales como una carga añadida, no deseada, que se asume sin tiempo, sin reconocimiento y sin condiciones. La película deja entrever cómo la formación se convierte, de facto, en un recurso de sustitución ante la ausencia de una contratación racional de enfermeras. La docencia, por tanto, queda relegada, abandonada y su presencia es utilizada exclusivamente para suplir allá donde las enfermeras no llegan. No se trata solo de enseñar, sino de hacerlo en condiciones de sobrecarga que erosionan tanto el aprendizaje como el cuidado.
Y a esa incoherencia se suma otra, más estructural y visible: la coexistencia de habitaciones públicas y privadas dentro de un hospital público, atendidas por profesionales del sistema público. Una dualidad que tensiona el sentido mismo de lo común y evidencia cómo la lógica mercantil se infiltra en el espacio sanitario, priorizando circuitos privados sobre la atención pública sin modificar los recursos ni los tiempos de quienes cuidan. Cuando esto ocurre, el sistema no solo fragmenta la experiencia de las personas atendidas, sino que jerarquiza el valor de unas vidas sobre otras.
En ese escenario, el cuidado queda relegado a los márgenes, como si escuchar, explicar o acompañar fueran gestos accesorios y no parte del núcleo mismo del proceso terapéutico, desplazados por una eficiencia técnica que mide resultados, pero ignora vínculos.
Cuidar, en este contexto, no es un acto romántico ni una virtud moral. Es una acción compleja que exige presencia, tiempo, competencia y respaldo institucional. Sin esas condiciones, el cuidado se convierte en una carga individual, y la responsabilidad colectiva se diluye. Entonces aparece la culpa. No como un sentimiento excepcional, sino como un ruido de fondo que acompaña cada decisión incompleta, cada atención interrumpida, cada persona a la que no se llega a tiempo.
Hay una muerte durante el turno que no se puede ignorar. No porque fuera evitable, sino porque ocurrió en un espacio donde ya había demasiadas renuncias acumuladas. No haber estado allí en el momento preciso se convierte en una herida moral difícil de cerrar. El sistema no la reconoce como tal. No hay un lugar para ese tipo de duelo profesional. Se espera que sigamos adelante, que cambiemos de habitación, que continuemos. Y lo hacemos. Pero algo se desgasta, se rompe, se destruye.
Lo que la película deja entrever —sin subrayados ni discursos— es que este desgaste no afecta solo a las enfermeras. Atraviesa a las personas, a las familias, a la comunidad. Cuando el cuidado se reduce a una función residual, cuando se confía exclusivamente en la buena voluntad individual para sostenerlo, las consecuencias se multiplican. No es solo una cuestión de falta de personal o de sobrecarga laboral, aunque realmente exista. Es una cuestión más profunda, ¿qué lugar ocupa el cuidado en las prioridades colectivas?
El turno termina, pero no se cierra. Las historias no se resuelven con la salida. Permanecen. Se acumulan. Y obligan a una pregunta incómoda, ¿qué tipo de sociedad estamos construyendo cuando aceptamos que el cuidado sea heroico porque ha dejado de ser sostenible? No es una pregunta profesional. Es una pregunta política, ética y profundamente humana.
La película tiene la capacidad de mostrar, en un metraje de 90 minutos, como el cuidado no siempre cambia los desenlaces, pero casi siempre transforma la manera de afrontarlos. Esa diferencia, que a veces parece sutil, es en realidad profunda. Cuando ya no hay expectativa de curación, cuando la enfermedad ha dejado de responder a los protocolos, el cuidado se convierte en el único lenguaje posible para sostener a las personas en su vulnerabilidad. No es, como suele identificarse, una acción amable; es su razón de ser, aunque a menudo se le trate como algo secundario y sin valor.
Las historias que atraviesan el turno no son excepcionales. Al contrario, se repiten con una frecuencia que inquieta. Personas que enferman solas, familias fragmentadas por la distancia geográfica, vínculos debilitados por trayectorias vitales precarias. Duelos que duelen más que la propia enfermedad. La soledad no aparece como un diagnóstico, pero impregna cada habitación. No es una soledad buscada, sino una consecuencia estructural de cómo hemos organizado la vida, el trabajo y los cuidados. La evidencia científica ha mostrado de forma consistente que la soledad y el aislamiento social tienen un impacto comparable al de factores de riesgo clásicos sobre la morbilidad y la mortalidad, afectando tanto a la salud mental como a la física[2],[3] Sin embargo, en la práctica cotidiana, esa dimensión permanece en gran medida invisibilizada.
Cuidar en este contexto implica reconocer que la enfermedad no se aísla del entorno social y relacional. Las personas no ingresan solas, ingresan con su biografía, con sus pérdidas, con sus miedos no resueltos, con sus fantasmas ocultos u ocultados. Y es la enfermera quien, en todos los casos, está presente e identifica esas grietas invisibles, las nombra y las acoge. Todo ello ocurre en un lugar extraño, regido por normas ajenas, con tiempos impuestos que la persona no controla ni puede gestionar, donde un timbre se convierte en reclamo de presencia y compañía. En ese escenario, la enfermera se percibe como tabla de salvación, hombro sobre el que llorar, mano que apretar, rostro al que interpelar, solicitar o incluso exigir respuestas cuando no las hay. No porque tenga todas las soluciones, sino porque ofrece algo esencial, que ningún otro profesional ofrece, compañía, esperanza, comprensión y compasión allí donde el miedo, la incertidumbre y la soledad amenazan con desbordarlo todo.
El cuidado, cuando se ejerce consciente de esta complejidad, no se limita a ejecutar intervenciones técnicas. Supone acompañar y escuchar incluso cuando no hay tiempo, respetar e interpretar silencios, sostener sin prometer lo imposible. Y lo hace con humanidad y ciencia, con naturalidad y arte. La literatura ha demostrado que las intervenciones enfermeras centradas en la persona y en su contexto relacional mejoran el afrontamiento, reducen la ansiedad y contribuyen a una experiencia más digna del proceso de enfermedad, incluso en situaciones de final de vida[4],[5]. Sin embargo, este cuidado requiere condiciones que rara vez están garantizadas de forma sistemática por parte del sistema, al contrario de lo que sucede con la presencia de una técnica o una máquina. No se trata de establecer prioridades, sino de evitar que se relegue uno a favor de las otras.
A lo largo del turno, la presión del tiempo actúa como una fuerza constante que empuja a priorizar lo urgente frente a lo importante. Las interrupciones son continuas, los reproches permanentes, las demandas se acumulan y las decisiones deben tomarse con información incompleta. En ese escenario, los pequeños detalles —una explicación apresurada, una despedida sin palabras— adquieren una gran relevancia. No porque sean clínicamente decisivos, sino porque afectan directamente a la autonomía y a la percepción de control de las personas. Estudios sobre calidad del cuidado han mostrado que estos aspectos, a menudo considerados “menores”, influyen de manera significativa en la satisfacción, la adherencia y la vivencia global de la atención sanitaria[6].
Pero el cuidado no se despliega en un espacio neutro. Está mediado por relaciones de poder, por jerarquías profesionales que condicionan qué se dice, cómo se dice y a quién se escucha. En muchos contextos hospitalarios, la organización del trabajo sigue respondiendo a un modelo vertical en el que la toma de decisiones se concentra y la comunicación con las personas se fragmenta. Esto no solo dificulta una atención integral, sino que limita la capacidad de las enfermeras para ejercer plenamente su rol como profesionales autónomas del cuidado. La evidencia señala que los entornos con relaciones interprofesionales colaborativas y reconocimiento del liderazgo enfermero se asocian a mejores resultados en salud, menor mortalidad y mayor seguridad de las personas[7],[8].
Cuando estas condiciones no se dan, el peso de la responsabilidad se desplaza de la estructura a la persona. Se espera que la enfermera compense con esfuerzo personal aquello que el sistema no garantiza. Es en ese desplazamiento donde emerge con fuerza el malestar moral. No se trata simplemente de estrés o cansancio, sino de la experiencia de saber cuál sería la acción correcta y no poder llevarla a cabo por restricciones organizativas. El error en la administración de una medicación, como consecuencia de la presión y el estrés, es percibido como inaceptable. La muerte de una mujer a la que no llega a tiempo no es vivida como un hecho inevitable, sino como una deuda ética. La literatura describe este fenómeno como moral distress, y lo vincula de manera directa con el agotamiento profesional, la intención de abandono y el deterioro de la salud mental de las enfermeras[9],[10].
Este malestar no queda circunscrito al ámbito profesional. Se filtra en la vida personal, en la forma de relacionarse, en la percepción de la propia competencia. La culpabilización se internaliza porque no existe un reconocimiento explícito de las limitaciones estructurales. Diversos estudios han demostrado que la sobrecarga y la falta de apoyo institucional no solo afectan a las enfermeras, sino que tienen un impacto negativo en la calidad del cuidado ofrecido y en los resultados sensibles a la práctica enfermera, como la aparición de eventos adversos, la continuidad de cuidados o la experiencia de las personas atendidas[11],[12].
Hablar de cuidados desde esta perspectiva implica ir más allá del debate sobre la escasez de profesionales, sin negarlo. La falta de enfermeras, ya sea por abandono de la profesión o por la disminución en la elección de estos estudios, es un fenómeno documentado a nivel internacional[13]. Pero reducir el análisis a una cuestión cuantitativa resulta insuficiente. Lo que está en juego es el lugar que el cuidado ocupa en nuestras prioridades colectivas. Cuando el cuidado se concibe como un recurso ilimitado que puede estirarse indefinidamente gracias a la vocación, o se confunde con amabilidad, se erosiona su valor real y se normaliza su precarización.
La película muestra, de manera casi silenciosa, cómo esta lógica termina afectando a todos los actores implicados. Las personas reciben una atención fragmentada, las familias quedan desorientadas y las enfermeras asumen cargas que no les corresponden al tiempo que se les exige eficacia y eficiencia en el desempeño de sus competencias. El cuidado, en lugar de ser una responsabilidad compartida y sostenida por políticas públicas coherentes, se convierte en una tarea heroica individual. Sin embargo, la evidencia es clara al señalar que los sistemas sanitarios que invierten en cuidados, en condiciones laborales dignas y en modelos organizativos centrados en la persona obtienen mejores resultados en salud poblacional y mayor equidad[14],[15].
Desde esta perspectiva, el cuidado adquiere una dimensión claramente política. No en el sentido partidista, sino como expresión de decisiones colectivas sobre qué vidas merecen ser acompañadas y de qué manera. La ausencia de esperanza clínica no debería traducirse en ausencia de cuidado. Al contrario, es en esos contextos donde el cuidado despliega todo su potencial como herramienta de afrontamiento, de alivio y de sentido. Estudios en cuidados paliativos y atención centrada en la persona han demostrado que una presencia profesional competente y empática reduce el sufrimiento percibido y mejora la experiencia tanto de las personas como de sus familias[16].
La figura de Floria —nombre que inevitablemente evoca a Florence Nightingale— no aparece como un homenaje nostálgico, sino como el recordatorio permanente de que el cuidado profesional enfermero fue, es y seguirá siendo un pilar de la salud, aunque se intente relegarlo a un segundo plano. Pero no se trata de una película para enfermeras. Sino de una película de cuidados prestados por enfermeras y lo que estos significan para las personas y cómo impactan en las enfermeras por tenerlos que prestar en condiciones inaceptables que se quieren ocultar tras una vocación mal entendida y peor explicada.
Quizá la mayor aportación de la película no sea mostrar el desgaste, sino evidenciar lo que se pierde cuando el cuidado no ocupa el lugar que le corresponde. No se trata solo de enfermeras exhaustas, sino de una sociedad que acepta la fragilidad sin acompañarla. El turno acaba, pero la pregunta persiste, ¿qué tipo de salud podemos construir si renunciamos a cuidar aquello que nos hace profundamente humanos?
[1] Filósofa, activista política y mística francesa (1909-1943)
[2] Holt-Lunstad J, Smith TB, Layton JB. Social relationships and mortality risk: a meta-analytic review. PLoS Med. 2010;7(7):e1000316.
[3] Cacioppo JT, Cacioppo S. Loneliness in the modern age: an evolutionary theory of loneliness (ETL). Adv Exp Soc Psychol. 2018;58:127-197.
[4] McCormack B, McCance T. Person-centred practice in nursing and health care. J Clin Nurs. 2017;26(23-24):4307-4316.
[5] Kitson A, Marshall A, Bassett K, Zeitz K. What are the core elements of patient-centred care? Int J Qual Health Care. 2013;25(4):389-394.
[6] Aiken LH, Sermeus W, Van den Heede K, et al. Patient safety, satisfaction, and quality of hospital care. BMJ. 2012;344:e1717.
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[8] West MA, Armit K, Loewenthal L, Eckert R, West T, Lee A. Leadership and leadership development in health care. Health Serv Manage Res. 2015;28(3):119-126.
[9] Jameton A. Nursing practice: the ethical issues. Englewood Cliffs: Prentice-Hall; 1984.
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[11] Griffiths P, Ball J, Drennan J, et al. Nurse staffing and patient outcomes. BMJ Qual Saf. 2014;23(2):118-127.
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[13] World Health Organization. State of the world’s nursing 2020. Geneva: WHO; 2020.
[14] Marmot M, Allen J, Bell R, Bloomer E, Goldblatt P. WHO European review of social determinants of health. Lancet. 2012;380(9846):1011-1029.
[15] Kickbusch I, Gleicher D. Governance for health in the 21st century. WHO Regional Office for Europe; 2012.
[16] Temel JS, Greer JA, Muzikansky A, et al. Early palliative care for patients with metastatic non–small-cell lung cancer. N Engl J Med. 2010;363(8):733-742.