SISTEMA SANITARIO IMPOSIBLE Cuando el cuidado deja de ser un derecho

Durante décadas, el sistema sanitario fue uno de los grandes consensos sociales. Un motivo de orgullo colectivo, una referencia internacional, un espacio de seguridad. Queríamos trabajar en él, queríamos ser atendidos en él y confiábamos —con razón— en su capacidad para atendernos cuando más lo necesitábamos. La sanidad privada era, para la mayoría, una opción marginal, casi anecdótica. Hoy, sin embargo, el relato ha cambiado de forma radical. Todo son críticas, desconfianza, protestas, desencanto. Hemos pasado de los aplausos diarios en los balcones durante la pandemia a la sospecha permanente; del reconocimiento a la agresión normalizada contra profesionales; de la defensa del sistema público a la huida hacia una sanidad privada que promete respuestas rápidas en espacios más modernos y confortables.

Este giro debería obligarnos a detenernos y preguntarnos, con honestidad, cómo hemos llegado hasta aquí. Y hacerlo precisamente en un momento histórico en el que los problemas de salud son mayores y más complejos. Salud mental, soledad no deseada, cronicidad, envejecimiento, malestar vital, fragilidad social, incertidumbre. Realidades que exigen atención de calidad y calidez, tiempo, vínculo, acompañamiento. Y, paradójicamente, son las que peor encajan en un sistema diseñado —y cada vez más presionado— para responder casi exclusivamente a la enfermedad aguda, a la técnica, a la enfermedad, al procedimiento y al dato.

Porque esos problemas de salud no obedecen a los parámetros clásicos de la asistencia hospitalaria ni a los indicadores de productividad que hoy se imponen como criterios de calidad. Porque no generan grandes retornos económicos ni lucen en estadísticas de alta complejidad. Porque no se resuelven con tecnología punta ni con fármacos de última generación. Porque exigen cuidados, escucha, presencia, continuidad. Y los cuidados —conviene decirlo claramente— siguen siendo los grandes relegados del sistema sanitario y con ellos, la humanización del sistema que se reclama con la misma fuerza con la que se diluye.

Hemos aceptado, casi sin darnos cuenta, una definición reducida de salud. Una salud entendida no como bienestar integral, sino como ausencia puntual de enfermedad. Una salud que se mide en pruebas diagnósticas, en tiempos de espera, en número de intervenciones. Una salud que identifica el tratamiento farmacológico como la respuesta casi única a cualquier malestar, sea físico, mental, social o incluso espiritual. Y, mientras tanto, ignoramos o negamos los factores que más condicionan nuestra salud, como el empleo, la precariedad, la vivienda, el medio ambiente, la educación, las relaciones, la pobreza, la desigualdad.

Lo físico ha colonizado el relato hasta impedirnos ver la importancia de lo mental, lo social y lo espiritual. Hemos depositado una fe casi religiosa en la tecnología, convencidos de que podría resolverlo todo. Hemos abandonado la responsabilidad compartida sobre nuestra salud pensando que otros —el sistema, los profesionales, los expertos— decidirían por nosotros. Hemos elevado la salud individual a categoría suprema, despreciando la salud colectiva y comunitaria. Y, al mismo tiempo, hemos ido perdiendo las herramientas personales y sociales necesarias para afrontar los problemas que genera nuestra forma de vida. Hasta el punto que no sabemos cómo afrontar los problemas, los malestares, las dificultades del día a día y nos bloqueamos.

El individualismo nos ha aislado de nuestros contextos, de nuestras redes familiares y sociales, erosionando los vínculos que constituyen el principal tejido de sostén y protección con el que contamos. La solidaridad ha ido quedando arrinconada en favor del ámbito cada vez más estrecho y excluyente del “yo”-me, mi conmigo-. La inmediatez nos ha llevado a exigir respuestas urgentes para todo, a vivir cualquier espera como una agresión, a olvidar que el tiempo es finito y que no se trata de tener más, sino de planificarlo y gestionarlo mejor. Y el hedonismo ha terminado por sacralizar el placer, la perfección, la ausencia absoluta de sufrimiento, la belleza normativa, la riqueza, expulsando del imaginario colectivo cualquier experiencia de dolor, deterioro, fragilidad o límite.

De todos esos “porqués” nace un modelo de expectativas imposible. Queremos un sistema sanitario que responda de inmediato a todas nuestras demandas; que resuelva cualquier dolencia sin esperas; que utilice toda la tecnología disponible aunque no sea necesaria; que recete medicamentos capaces de eliminar rápidamente cualquier sufrimiento; que no nos obligue a cambiar hábitos ni estilos de vida; que nos permita seguir con las mismas costumbres aunque deterioren el entorno; que no nos exija aprender nada sobre nuestra propia salud porque esa tarea corresponde exclusivamente a los profesionales; que mejore sin que tengamos que pagar más impuestos; que nos atienda siempre con amabilidad y empatía; que pague mejor a los profesionales pero sin guardias ni sobrecargas; que reconozca su especificidad normativa… todo ello, eso sí, sin renunciar al individualismo, la inmediatez, la insolidaridad y el hedonismo que alimentan el problema.

En definitiva, queremos que nos cuiden sin reconocer el valor de los cuidados. Queremos soluciones instantáneas, como si la salud funcionara igual que una máquina expendedora. Queremos evitar el dolor, el sufrimiento e incluso la muerte. Queremos que nos lo hagan todo, sin coste, sin incomodidad y con una sonrisa permanente, incluso a través de una Inteligencia Artificial elevada a garante del orden sanitario y social, encargada de monitorizar, clasificar y normalizar nuestros malestares, de estandarizar respuestas y emociones, de decidir qué sufrimiento es tolerable y cuál debe ser corregido, medicalizado o silenciado. Un sistema donde el control se disfraza de eficiencia, la estandarización de equidad y la eliminación del vínculo humano de progreso, mientras el cuidado se convierte en un protocolo automático, el malestar en una anomalía estadística y la fragilidad en un fallo que debe ser corregido para no alterar la ilusión de bienestar permanente. Es lo que pasa, cuando confundimos cuidar con caridad y bienestar con obediencia algorítmica.

Ese es el sistema sanitario que parece demandarse. Un sistema irreal, insostenible, profundamente injusto. Y es también el sistema que, de manera tramposa, se empeñan en vender quienes hacen negocio con nuestra salud, nuestras ilusiones y nuestros miedos. Mientras tanto, el sistema público lucha por sobrevivir en una sociedad de consumo, egoísmo y relatos simplificados que no responde a las verdaderas necesidades de salud, sino a intereses políticos, económicos y corporativos. Una lucha en la que los cuidados —de nuevo— quedan invisibilizados, infravalorados y desplazados.

Tal vez ha llegado el momento de asumir que el problema no es solo del sistema sanitario. Que también es cultural, social y ético. Que no habrá sanidad pública fuerte sin una ciudadanía corresponsable. Que no habrá salud sin cuidados reconocidos. Que no habrá soluciones reales mientras sigamos pidiendo respuestas mágicas a problemas que exigen compromiso, tiempo, comunidad y solidaridad.

Así nos va cuando aceptamos que el cuidado deje de ser un derecho y se convierta en caridad, en servicio automatizado o en limosna tecnológica que tranquiliza conciencias, pero vacía de sentido la salud.

Y así seguirá yendo mientras no nos atrevamos a cambiar el relato.

TURNO DE GUARDIA Mucho más que una película

 

“Estar con alguien es, a veces, la forma más radical de actuar.”

Simone Weil[1]

 No sé en qué momento exacto empezó a parecer normal que un turno de trabajo pudiera contener tantas vidas. No me refiero a los diagnósticos ni a los tratamientos, sino a todo lo que llega con las personas cuando cruzan la puerta de una habitación de hospital. Sus miedos, sus silencios, sus ausencias, las relaciones que se rompieron o las que nunca llegaron a existir. Un turno no es una franja horaria. Es un tiempo denso. A veces insoportable. A veces decisivo.

En “Turno de guardia” no sucede nada extraordinario y, sin embargo, sucede todo. No hay grandes gestas, ni finales espectaculares. Hay pasillos, timbres, decisiones que pesan demasiado, palabras que llegan tarde, manos que reconfortan en situaciones difíciles, palabras que llenan vacíos. Lo que la película muestra —y quizá por eso incomoda— es que el cuidado no aparece como un añadido amable a la medicina, sino como el único hilo que mantiene unida la experiencia humana cuando la esperanza parece agotarse. Aquí, al contrario de lo que habitualmente se muestra en este tipo de historias, la medicina y los médicos son el argumento y los protagonistas secundarios, en una trama ocupada íntegramente por el cuidado y protagonizada por enfermeras, en un ejercicio valiente de mostrar una realidad que se oculta sistemáticamente tras la fascinación médico técnica.

Durante el turno aparecen personas que no encajan en ningún molde familiar reconocible. Un hombre mayor que solo habla de su perro, con quien mantiene su único vínculo estable. Una mujer cuya hija vive al otro lado del océano, a la que no se le puede pedir que vuelva porque no la reconoce. No hay reproches, solo distancia. Y una soledad que no es escandalosa, sino discreta, educada, casi invisible. La madre y esposa que escenifica fortaleza y normalidad ante su familia, pero que se derrumba en su ausencia, revelándose contra la enfermedad y el tratamiento que le devoran. El ejecutivo millonario que ocupa una habitación privada en un hospital público, que no ha sabido —o no ha podido—afrontar el duelo de su destino. La enfermedad, en estos casos, no es el centro del problema.

A veces los detalles más pequeños revelan lo esencial. Unas gafas perdidas después del alta, por ejemplo. Para quien observa desde fuera, una anécdota sin importancia. Para la persona que ya no ve bien, una pérdida que devuelve de golpe la fragilidad al no poder leer. El cuidado vive ahí, en ese umbral donde lo aparentemente banal se convierte en determinante. No porque resuelva la enfermedad, sino porque permite seguir habitando la vida con un mínimo de dignidad.

Pero el turno no transcurre en el vacío. Hay jerarquías que pesan. Palabras que se dicen en voz baja o que directamente no se dicen. Información que se reclama para aliviar la ansiedad de una persona y se pospone desde una autoridad disciplinar que no responde a la petición de quien la solicita como parte del cuidado que presta, sino a la intransigencia de quien ni la ofrece ni permite que otra la ofrezca. Decisiones que se toman sin tiempo ni voluntad de explicación.

En ese mismo contexto se inscribe la presencia de la estudiante de enfermería. La competencia docente, lejos de ser reconocida como parte sustantiva del rol enfermero, aparece vivida por algunas profesionales como una carga añadida, no deseada, que se asume sin tiempo, sin reconocimiento y sin condiciones. La película deja entrever cómo la formación se convierte, de facto, en un recurso de sustitución ante la ausencia de una contratación racional de enfermeras. La docencia, por tanto, queda relegada, abandonada y su presencia es utilizada exclusivamente para suplir allá donde las enfermeras no llegan. No se trata solo de enseñar, sino de hacerlo en condiciones de sobrecarga que erosionan tanto el aprendizaje como el cuidado.

Y a esa incoherencia se suma otra, más estructural y visible: la coexistencia de habitaciones públicas y privadas dentro de un hospital público, atendidas por profesionales del sistema público. Una dualidad que tensiona el sentido mismo de lo común y evidencia cómo la lógica mercantil se infiltra en el espacio sanitario, priorizando circuitos privados sobre la atención pública sin modificar los recursos ni los tiempos de quienes cuidan. Cuando esto ocurre, el sistema no solo fragmenta la experiencia de las personas atendidas, sino que jerarquiza el valor de unas vidas sobre otras.

En ese escenario, el cuidado queda relegado a los márgenes, como si escuchar, explicar o acompañar fueran gestos accesorios y no parte del núcleo mismo del proceso terapéutico, desplazados por una eficiencia técnica que mide resultados, pero ignora vínculos.

Cuidar, en este contexto, no es un acto romántico ni una virtud moral. Es una acción compleja que exige presencia, tiempo, competencia y respaldo institucional. Sin esas condiciones, el cuidado se convierte en una carga individual, y la responsabilidad colectiva se diluye. Entonces aparece la culpa. No como un sentimiento excepcional, sino como un ruido de fondo que acompaña cada decisión incompleta, cada atención interrumpida, cada persona a la que no se llega a tiempo.

Hay una muerte durante el turno que no se puede ignorar. No porque fuera evitable, sino porque ocurrió en un espacio donde ya había demasiadas renuncias acumuladas. No haber estado allí en el momento preciso se convierte en una herida moral difícil de cerrar. El sistema no la reconoce como tal. No hay un lugar para ese tipo de duelo profesional. Se espera que sigamos adelante, que cambiemos de habitación, que continuemos. Y lo hacemos. Pero algo se desgasta, se rompe, se destruye.

Lo que la película deja entrever —sin subrayados ni discursos— es que este desgaste no afecta solo a las enfermeras. Atraviesa a las personas, a las familias, a la comunidad. Cuando el cuidado se reduce a una función residual, cuando se confía exclusivamente en la buena voluntad individual para sostenerlo, las consecuencias se multiplican. No es solo una cuestión de falta de personal o de sobrecarga laboral, aunque realmente exista. Es una cuestión más profunda, ¿qué lugar ocupa el cuidado en las prioridades colectivas?

El turno termina, pero no se cierra. Las historias no se resuelven con la salida. Permanecen. Se acumulan. Y obligan a una pregunta incómoda, ¿qué tipo de sociedad estamos construyendo cuando aceptamos que el cuidado sea heroico porque ha dejado de ser sostenible? No es una pregunta profesional. Es una pregunta política, ética y profundamente humana.

La película tiene la capacidad de mostrar, en un metraje de 90 minutos, como el cuidado no siempre cambia los desenlaces, pero casi siempre transforma la manera de afrontarlos. Esa diferencia, que a veces parece sutil, es en realidad profunda. Cuando ya no hay expectativa de curación, cuando la enfermedad ha dejado de responder a los protocolos, el cuidado se convierte en el único lenguaje posible para sostener a las personas en su vulnerabilidad. No es, como suele identificarse, una acción amable; es su razón de ser, aunque a menudo se le trate como algo secundario y sin valor.

Las historias que atraviesan el turno no son excepcionales. Al contrario, se repiten con una frecuencia que inquieta. Personas que enferman solas, familias fragmentadas por la distancia geográfica, vínculos debilitados por trayectorias vitales precarias. Duelos que duelen más que la propia enfermedad. La soledad no aparece como un diagnóstico, pero impregna cada habitación. No es una soledad buscada, sino una consecuencia estructural de cómo hemos organizado la vida, el trabajo y los cuidados. La evidencia científica ha mostrado de forma consistente que la soledad y el aislamiento social tienen un impacto comparable al de factores de riesgo clásicos sobre la morbilidad y la mortalidad, afectando tanto a la salud mental como a la física[2],[3] Sin embargo, en la práctica cotidiana, esa dimensión permanece en gran medida invisibilizada.

Cuidar en este contexto implica reconocer que la enfermedad no se aísla del entorno social y relacional. Las personas no ingresan solas, ingresan con su biografía, con sus pérdidas, con sus miedos no resueltos, con sus fantasmas ocultos u ocultados. Y es la enfermera quien, en todos los casos, está presente e identifica esas grietas invisibles, las nombra y las acoge. Todo ello ocurre en un lugar extraño, regido por normas ajenas, con tiempos impuestos que la persona no controla ni puede gestionar, donde un timbre se convierte en reclamo de presencia y compañía. En ese escenario, la enfermera se percibe como tabla de salvación, hombro sobre el que llorar, mano que apretar, rostro al que interpelar, solicitar o incluso exigir respuestas cuando no las hay. No porque tenga todas las soluciones, sino porque ofrece algo esencial, que ningún otro profesional ofrece, compañía, esperanza, comprensión y compasión allí donde el miedo, la incertidumbre y la soledad amenazan con desbordarlo todo.

El cuidado, cuando se ejerce consciente de esta complejidad, no se limita a ejecutar intervenciones técnicas. Supone acompañar y escuchar incluso cuando no hay tiempo, respetar e interpretar silencios, sostener sin prometer lo imposible. Y lo hace con humanidad y ciencia, con naturalidad y arte. La literatura ha demostrado que las intervenciones enfermeras centradas en la persona y en su contexto relacional mejoran el afrontamiento, reducen la ansiedad y contribuyen a una experiencia más digna del proceso de enfermedad, incluso en situaciones de final de vida[4],[5]. Sin embargo, este cuidado requiere condiciones que rara vez están garantizadas de forma sistemática por parte del sistema, al contrario de lo que sucede con la presencia de una técnica o una máquina. No se trata de establecer prioridades, sino de evitar que se relegue uno a favor de las otras.

A lo largo del turno, la presión del tiempo actúa como una fuerza constante que empuja a priorizar lo urgente frente a lo importante. Las interrupciones son continuas, los reproches permanentes, las demandas se acumulan y las decisiones deben tomarse con información incompleta. En ese escenario, los pequeños detalles —una explicación apresurada, una despedida sin palabras— adquieren una gran relevancia. No porque sean clínicamente decisivos, sino porque afectan directamente a la autonomía y a la percepción de control de las personas. Estudios sobre calidad del cuidado han mostrado que estos aspectos, a menudo considerados “menores”, influyen de manera significativa en la satisfacción, la adherencia y la vivencia global de la atención sanitaria[6].

Pero el cuidado no se despliega en un espacio neutro. Está mediado por relaciones de poder, por jerarquías profesionales que condicionan qué se dice, cómo se dice y a quién se escucha. En muchos contextos hospitalarios, la organización del trabajo sigue respondiendo a un modelo vertical en el que la toma de decisiones se concentra y la comunicación con las personas se fragmenta. Esto no solo dificulta una atención integral, sino que limita la capacidad de las enfermeras para ejercer plenamente su rol como profesionales autónomas del cuidado. La evidencia señala que los entornos con relaciones interprofesionales colaborativas y reconocimiento del liderazgo enfermero se asocian a mejores resultados en salud, menor mortalidad y mayor seguridad de las personas[7],[8].

Cuando estas condiciones no se dan, el peso de la responsabilidad se desplaza de la estructura a la persona. Se espera que la enfermera compense con esfuerzo personal aquello que el sistema no garantiza. Es en ese desplazamiento donde emerge con fuerza el malestar moral. No se trata simplemente de estrés o cansancio, sino de la experiencia de saber cuál sería la acción correcta y no poder llevarla a cabo por restricciones organizativas. El error en la administración de una medicación, como consecuencia de la presión y el estrés, es percibido como inaceptable. La muerte de una mujer a la que no llega a tiempo no es vivida como un hecho inevitable, sino como una deuda ética. La literatura describe este fenómeno como moral distress, y lo vincula de manera directa con el agotamiento profesional, la intención de abandono y el deterioro de la salud mental de las enfermeras[9],[10].

Este malestar no queda circunscrito al ámbito profesional. Se filtra en la vida personal, en la forma de relacionarse, en la percepción de la propia competencia. La culpabilización se internaliza porque no existe un reconocimiento explícito de las limitaciones estructurales. Diversos estudios han demostrado que la sobrecarga y la falta de apoyo institucional no solo afectan a las enfermeras, sino que tienen un impacto negativo en la calidad del cuidado ofrecido y en los resultados sensibles a la práctica enfermera, como la aparición de eventos adversos, la continuidad de cuidados o la experiencia de las personas atendidas[11],[12].

Hablar de cuidados desde esta perspectiva implica ir más allá del debate sobre la escasez de profesionales, sin negarlo. La falta de enfermeras, ya sea por abandono de la profesión o por la disminución en la elección de estos estudios, es un fenómeno documentado a nivel internacional[13]. Pero reducir el análisis a una cuestión cuantitativa resulta insuficiente. Lo que está en juego es el lugar que el cuidado ocupa en nuestras prioridades colectivas. Cuando el cuidado se concibe como un recurso ilimitado que puede estirarse indefinidamente gracias a la vocación, o se confunde con amabilidad, se erosiona su valor real y se normaliza su precarización.

La película muestra, de manera casi silenciosa, cómo esta lógica termina afectando a todos los actores implicados. Las personas reciben una atención fragmentada, las familias quedan desorientadas y las enfermeras asumen cargas que no les corresponden al tiempo que se les exige eficacia y eficiencia en el desempeño de sus competencias. El cuidado, en lugar de ser una responsabilidad compartida y sostenida por políticas públicas coherentes, se convierte en una tarea heroica individual. Sin embargo, la evidencia es clara al señalar que los sistemas sanitarios que invierten en cuidados, en condiciones laborales dignas y en modelos organizativos centrados en la persona obtienen mejores resultados en salud poblacional y mayor equidad[14],[15].

Desde esta perspectiva, el cuidado adquiere una dimensión claramente política. No en el sentido partidista, sino como expresión de decisiones colectivas sobre qué vidas merecen ser acompañadas y de qué manera. La ausencia de esperanza clínica no debería traducirse en ausencia de cuidado. Al contrario, es en esos contextos donde el cuidado despliega todo su potencial como herramienta de afrontamiento, de alivio y de sentido. Estudios en cuidados paliativos y atención centrada en la persona han demostrado que una presencia profesional competente y empática reduce el sufrimiento percibido y mejora la experiencia tanto de las personas como de sus familias[16].

La figura de Floria —nombre que inevitablemente evoca a Florence Nightingale— no aparece como un homenaje nostálgico, sino como el recordatorio permanente de que el cuidado profesional enfermero fue, es y seguirá siendo un pilar de la salud, aunque se intente relegarlo a un segundo plano. Pero no se trata de una película para enfermeras. Sino de una película de cuidados prestados por enfermeras y lo que estos significan para las personas y cómo impactan en las enfermeras por tenerlos que prestar en condiciones inaceptables que se quieren ocultar tras una vocación mal entendida y peor explicada.

Quizá la mayor aportación de la película no sea mostrar el desgaste, sino evidenciar lo que se pierde cuando el cuidado no ocupa el lugar que le corresponde. No se trata solo de enfermeras exhaustas, sino de una sociedad que acepta la fragilidad sin acompañarla. El turno acaba, pero la pregunta persiste, ¿qué tipo de salud podemos construir si renunciamos a cuidar aquello que nos hace profundamente humanos?

 

[1] Filósofa, activista política y mística francesa (1909-1943)

[2] Holt-Lunstad J, Smith TB, Layton JB. Social relationships and mortality risk: a meta-analytic review. PLoS Med. 2010;7(7):e1000316.

[3] Cacioppo JT, Cacioppo S. Loneliness in the modern age: an evolutionary theory of loneliness (ETL). Adv Exp Soc Psychol. 2018;58:127-197.

[4] McCormack B, McCance T. Person-centred practice in nursing and health care. J Clin Nurs. 2017;26(23-24):4307-4316.

[5] Kitson A, Marshall A, Bassett K, Zeitz K. What are the core elements of patient-centred care? Int J Qual Health Care. 2013;25(4):389-394.

[6] Aiken LH, Sermeus W, Van den Heede K, et al. Patient safety, satisfaction, and quality of hospital care. BMJ. 2012;344:e1717.

[7] Laschinger HKS, Leiter MP. The impact of nursing work environments on patient safety outcomes. J Nurs Adm. 2006;36(5):259-267.

[8] West MA, Armit K, Loewenthal L, Eckert R, West T, Lee A. Leadership and leadership development in health care. Health Serv Manage Res. 2015;28(3):119-126.

[9] Jameton A. Nursing practice: the ethical issues. Englewood Cliffs: Prentice-Hall; 1984.

[10] Epstein EG, Hamric AB. Moral distress, moral residue, and the crescendo effect. J Clin Ethics. 2009;20(4):330-342.

[11] Griffiths P, Ball J, Drennan J, et al. Nurse staffing and patient outcomes. BMJ Qual Saf. 2014;23(2):118-127.

[12] Needleman J, Buerhaus P, Pankratz VS, Leibson CL, Stevens SR, Harris M. Nurse staffing and inpatient hospital mortality. N Engl J Med. 2011;364(11):1037-1045.

[13] World Health Organization. State of the world’s nursing 2020. Geneva: WHO; 2020.

[14] Marmot M, Allen J, Bell R, Bloomer E, Goldblatt P. WHO European review of social determinants of health. Lancet. 2012;380(9846):1011-1029.

[15] Kickbusch I, Gleicher D. Governance for health in the 21st century. WHO Regional Office for Europe; 2012.

[16] Temel JS, Greer JA, Muzikansky A, et al. Early palliative care for patients with metastatic non–small-cell lung cancer. N Engl J Med. 2010;363(8):733-742.

CARTA ABIERTA A ALEX PRETTI

Estimado Alex:

No nos conocemos. Bueno, lamentablemente ahora sí. Nos conocemos a través de tu asesinato, cometido por quienes dicen defender el orden y la seguridad de tu país, protegidos por quienes, tras ganar unas elecciones, se han proclamado salvadores de unos valores que, paradójicamente, sustituyen y erosionan aquello que define la democracia, la libertad y los derechos humanos.

Me resulta difícil dirigirme a ti después de tu muerte. Comparto contigo profesión, soy enfermera como tú, y por lo que hemos sabido a través de los medios y de las redes, también compartíamos una manera de estar en el mundo. Un compromiso que no se aprende en los manuales ni se exhibe en los discursos, sino que se ejerce en lo cotidiano, la defensa de la vida, de la dignidad, de la equidad, del derecho a existir sin miedo por razón de raza, orientación sexual o cualquier otra condición.

Es difícil y doloroso escribirte porque ha tenido que ser la violencia la que nos ponga en contacto, sin saber siquiera si estas palabras te llegan. Pero aun así no quería dejar pasar la ocasión de dirigirme a ti, y al mismo tiempo a la ciudadanía de cualquier rincón del mundo, y especialmente a las enfermeras, para compartir lo que tu muerte ha dejado al descubierto, dudas, emociones, miedos, rabia… y también, aunque cueste nombrarla, alguna esperanza.

Lo primero que quiero decirte con claridad es que no te considero un mártir. Para serlo hay que asumir conscientemente la exposición de la propia vida como finalidad última, y no creo que esa fuera tu intención. Defendías tus convicciones, sí, pero no a costa de tu vida. Tu vida la cuidabas, la respetabas y la defendías, como cuidabas la de los demás. Por eso no es justo que nadie te convierta en mártir.

Tampoco en héroe, esa etiqueta tan manoseada tras la pandemia, como si cuidar fuese algo extraordinario y no exactamente lo que siempre hemos hecho antes, durante y después de cualquier crisis.

Ni héroe, ni mártir, ni ángel.

Quiero recordarte como lo que eras, enfermero. Un profesional que asumió, desde su identidad, un compromiso vital con la libertad, la equidad y los derechos humanos. Y fue precisamente esa coherencia —no la inconsciencia, no la temeridad, no el sacrificio— la que te llevó a intentar proteger la vida de otra persona sin calcular el riesgo para la tuya. Eso es lo que muchos no entienden. Y lo que otros, directamente, no soportan.

Tu vida fue eliminada por motivos que resultan difíciles de explicar sin que se resienta cualquier marco moral. No hay justificación posible, aunque se intente construir un relato para blanquear la atrocidad. Pero en realidad ni siquiera la necesitan. Porque quienes te dispararon no dependen de la verdad, sino de la impunidad. De un sistema que decide qué vidas tienen valor y cuáles pueden ser descartadas.

Tú, que trabajabas en una UCI de un hospital de veteranos, sabías mejor que nadie lo que vale la vida. Sabías que cuidarla va mucho más allá de la tecnología y de los tratamientos farmacológicos. Sabías lo que supone acompañar a personas que han servido a su país y afrontan el final de su vida, y lo que significa sostener a sus familias en situaciones límite. Sabías que cuidar es estar, escuchar, comprender, aliviar incluso cuando no hay cura.

Y, sin embargo, ese compromiso con la vida y con la dignidad de los demás fue considerado tu gran delito. Tu amenaza no era un arma. Tu amenaza era el cuidado. La palabra, la escucha, la empatía, la presencia. Y se te privó de todo ello. Para que dejaras de cuidar a quien creíste que lo necesitaba. Para que el cuidado mismo fuera señalado como peligroso, desestabilizador, incluso terrorista. Ese es el mensaje que se lanza cuando se mata a un enfermero por intentar proteger a otro ser humano.

Gracias, Alex, por tu integridad, tu coherencia, tu honestidad y tu generosidad. No por entregar tu vida —porque no la entregaste—, te la arrebataron.

Tu muerte no es heroica ni martirial, pero sí profundamente reveladora. Te ha hecho visible a ti y a lo que hacías por convicción. Ha hecho visible tu profesión y el valor social, político y ético de los cuidados. Y ha dejado al descubierto la miseria moral de quienes permiten, ejecutan y amparan tu asesinato.

Has perdido la vida y, al mismo tiempo, has abandonado el anonimato. Has dejado un legado que no buscabas. Has puesto nombre y rostro a algo que muchos prefieren ocultar o eliminar, que cuidar es un acto profundamente político, y que defender la dignidad humana puede costar la vida en sistemas que ya han renunciado a protegerla.

Y a nosotras, a la profesión enfermera en su conjunto, tu muerte nos obliga a mirarnos sin coartadas. Nos recuerda que cuidar no es un gesto neutro ni inocuo, que no siempre es bien recibido y que, en determinados contextos, puede convertirse en una amenaza para quienes han decidido gobernar desde el miedo, la exclusión y la violencia institucional. Nos recuerda que el cuidado, cuando es coherente, cuando no se pliega, cuando no se deshumaniza, tiene consecuencias.

Como enfermeras no podemos refugiarnos en el silencio cómodo ni en la falsa neutralidad. No podemos aceptar que se mate en nombre del orden mientras se criminaliza la defensa de la vida. No podemos permitir que se convierta el cuidado en sospecha ni la dignidad humana en un riesgo a neutralizar. Nuestra responsabilidad profesional no termina en la puerta del hospital ni en el turno de trabajo. Atraviesa lo social, lo político y lo ético, porque cuidar es tomar partido por la vida.

Por eso, Alex, tu nombre nos interpela. Nos recuerda quiénes somos y qué no deberíamos dejar de ser. Nos exige cuidar sin miedo, pero también sin ingenuidad. Nombrar la injusticia. Señalar la violencia. Defender la dignidad incluso cuando incomoda. Porque si renunciamos a eso, no solo te perdemos a ti. Nos perdemos como profesión.

CUANDO LA VIOLENCIA SE DISFRAZA DE ORDEN In memoriam Alex Pretti

La muerte de Alex Pretti no es un error. Tampoco es un exceso puntual ni una mala interpretación de una situación confusa. Alex Pretti, enfermero estadounidense de 37 años que trabajaba en la UCI de un hospital de veteranos en Minneapolis, fue abatido por disparos de agentes del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos (ICE). Según la versión oficial, se acercó portando un arma. Sin embargo, las imágenes captadas de los hechos no muestran tal amenaza. Diecisiete días antes, Renée Good, también de 37 años, también ciudadana estadounidense, murió en circunstancias prácticamente idénticas, con la misma acusación posterior: portar un arma que nunca apareció.

Las coincidencias entre ambas muertes no son las que habitualmente se invocan para justificar el uso letal de la fuerza. No pertenecían a organizaciones criminales, no tenían antecedentes penales, no suponían una amenaza acreditada para nadie. Coincidieron, simplemente, en estar en el lugar equivocado en el momento equivocado, cuando agentes del ICE desplegaban su poder con una lógica que ha dejado de ser policial y protectora para convertirse en algo mucho más inquietante.

Porque el verdadero peligro público de primer orden no eran Pretti ni Good. El peligro reside en una agencia federal que ha evolucionado hacia una fuerza de carácter paramilitar, con una preocupante sensación de impunidad y una escasa supervisión judicial y legislativa. Las acciones del ICE —sus tácticas, campañas de intimidación y operativos— han generado una pérdida sostenida de legitimidad, una profunda controversia sobre su legalidad y un deterioro evidente del respeto a los derechos civiles. Todo ello, además, bajo connivencia y la protección explícita de la Casa Blanca y, muy especialmente, de su principal inquilino, el presidente Donald Trump. No deja de ser una ironía cruel que el acrónimo de esta agencia, ICE, coincida en inglés con la palabra hielo. Porque pocas metáforas resultan tan precisas para describir la frialdad con la que actúa. Una frialdad que congela la compasión, paraliza el juicio crítico y deshumaniza a quienes quedan bajo su punto de mira. No es solo una estructura armada; es un mecanismo que opera desde la congelación moral, donde la vida se convierte en un dato prescindible y el disparo en un procedimiento.

Esta transformación no es casual ni improvisada. Responde a una estrategia política claramente definida, dirigida desde el núcleo duro del poder ejecutivo y personificada en figuras como Stephen Miller, subdirector del Gabinete de Políticas. Una estrategia basada en la deshumanización sistemática de los migrantes, con especial saña contra las comunidades hispanas y latinas, a las que se presenta como una amenaza existencial para la seguridad, la identidad y los valores de Estados Unidos. Una amenaza construida discursivamente, amplificada mediáticamente y ejecutada con violencia institucional.

No estamos, por tanto, ante hechos aislados ni ante decisiones individuales mal calibradas. Estamos ante una operación perfectamente orquestada, ensayada y legitimada desde el poder político para imponer una lógica del miedo. Una lógica que normaliza el disparar primero y preguntar después, que convierte la sospecha infundada en sentencia de muerte y que justifica la eliminación física incluso de ciudadanos estadounidenses si encajan —por apariencia, por lugar, por contexto— en el perfil del “enemigo”.

Esta deriva autoritaria no se limita a vulnerar derechos concretos. Supone un desprecio profundo por la libertad, por el Estado de derecho y por los principios más básicos de la democracia. Implica la imposición de un pensamiento único, la abolición práctica de garantías fundamentales y la exigencia de adhesión acrítica a un liderazgo que se presenta a sí mismo como salvador, como mesías de una nueva Tierra Prometida basada en la exclusión y la fuerza.

La muerte de Alex Pretti no es una muerte más. Es una evidencia clara del tipo de poder que se está consolidando. Un poder que niega las evidencias, encubre a quienes disparan, manipula el relato y exige obediencia. Un poder que convierte la mentira en política de Estado y el miedo en herramienta de gobierno. Nada de esto es nuevo si se revisa la historia, pero resulta especialmente preocupante por la proyección internacional de Estados Unidos y por la naturalidad —cuando no admiración— con la que estas prácticas son asumidas o incluso imitadas en otros contextos.

Lo verdaderamente alarmante es la tibieza de las respuestas. El silencio de muchos dirigentes internacionales, la pasividad de organizaciones llamadas a defender los derechos humanos y la aceptación social de una narrativa que justifica la violencia institucional como mal menor porque la practica EEUU. Como si disparar sin pruebas fuese un daño colateral asumible. Como si la vida pudiera ponerse entre paréntesis en nombre de una supuesta seguridad.

¿Seguimos pensando que todo esto es un problema exclusivamente estadounidense? ¿Preferimos creer versiones oficiales que se desmoronan ante la evidencia de las imágenes? ¿Seguimos trivializando a Trump como un payaso cuando actúa como un experto manipulador de la realidad y del miedo? ¿Normalizamos lo que sucede o somos capaces de rebelarnos éticamente frente a ello?

No son preguntas retóricas, sino necesarias. Porque la historia demuestra que mirar hacia otro lado nunca ha sido neutral. Y porque cada silencio, cada justificación y cada indiferencia acerca un poco más el momento en que ya no podamos decir que no sabíamos.

Por Alex Pretti, por Renée Good y por todas las personas que pueden caer en esta guerra que se disfraza de paz y libertad.

SANIDAD PÚBLICO-PRIVADA La trampa del discurso

En medio de la avalancha informativa que nos atraviesa a diario, se cuelan cada vez con mayor frecuencia noticias que tienen el inquietante denominador común del sostenido avance de los procesos de privatización de la sanidad pública en amplios territorios del país. Estamos pues ante una tendencia estructural de gobiernos de distinto signo, que se presenta, de manera interesada, como inevitable, eficiente o incluso modernizadora.

Algunas comunidades autónomas parecen competir abiertamente por alcanzar el mayor grado de privatización en el menor tiempo posible, desviando cantidades ingentes de dinero público hacia grandes corporaciones del sector sanitario privado. Otras lo hacen de forma más discreta, pero casi ninguna queda al margen de un proceso que avanza de manera constante y que se hace visible, entre otros indicadores, en la explosión de publicidad de seguros privados y de supuestos servicios de “salud”. Supuestos, porque lo que realmente se anuncia no es salud ni sanidad, sino asistencia médica orientada a la enfermedad, al diagnóstico rápido y al tratamiento inmediato. El cuidado, la prevención, la promoción de la salud o la atención comunitaria no forman parte de su interés ni de su modelo de negocio, por mucho que intenten maquillar sus mensajes con una retórica amable y emocional.

La paradoja es perversa. Mientras la sanidad pública se debilita por infrafinanciación, listas de espera y precariedad profesional inducida, el sector privado se presenta como salvador de un sistema que ellos mismos contribuyen a deteriorar. Se genera así la tormenta perfecta para justificar la externalización de servicios, los conciertos opacos y la transferencia de recursos públicos a empresas cuyo objetivo no es garantizar derechos, sino maximizar beneficios.

En este laberinto de intereses cruzados, los medios de comunicación desempeñan un papel nada inocente. Resulta cuanto menos paradójico —cuando no abiertamente incoherente— la emisión de programas que denuncian con vehemencia la privatización de la sanidad pública y ver cómo, acto seguido, se interrumpe la emisión para dar paso a bloques publicitarios copados por aseguradoras privadas y empresas sanitarias que exhiben sus supuestas excelencias frente a las carencias del sistema público. Finalizado el corte, el debate se reanuda como si nada hubiese ocurrido.

Es cierto que la publicidad constituye la principal fuente de financiación de muchos medios, pero no es menos cierto que deberían existir unos mínimos principios éticos que estableciesen límites claros por coherencia y respeto a la audiencia. No se trata de libertad de expresión, porque no estamos ante opiniones vertidas en un debate, sino ante intercambios comerciales en los que una empresa paga para difundir un mensaje que socava un derecho fundamental. Cuando el negocio se impone sin matices, el discurso crítico queda neutralizado y la ciudadanía recibe mensajes contradictorios que acaban normalizando la mercantilización de la salud.

Ese es, en el fondo, el verdadero problema. El dinero manda y todo queda supeditado a la lógica del mercado. La política, los medios y, finalmente, la propia ciudadanía, quedan atrapados por la presión de los lobbies de poder. En ese contexto, la sanidad pública parece partir con clara desventaja. Su fragilidad es cada vez más evidente y quienes la sostienen día a día —los profesionales— empiezan a mirar hacia otros ámbitos que les ofrecen mejores condiciones, menos obstáculos y mayor reconocimiento. Y cada salida facilita que el sistema siga a la deriva.

Pero la ciudadanía también debe asumir un papel activo y maduro, empezando por diferenciar entre urgencia e inmediatez. Toda urgencia debe ser atendida de inmediato, sin discusión. Pero no todo lo inmediato es urgente. La gestión de la demanda, la priorización de lo no demorable y el uso responsable de los recursos forman parte también del cuidado de un sistema que es limitado y colectivo. Contribuir a gestionar las listas de espera y la calidad de la atención no es renunciar a derechos, sino ejercerlos con responsabilidad.

Del mismo modo, no tiene sentido aceptar como lógico en la sanidad privada aquello que denunciamos con razón en la pública. Retrasos, barreras de acceso, sobrecostes o exclusiones se toleran en el ámbito privado sin la misma indignación, como si el pago justificase cualquier disfunción. No es solo una cuestión de “los demás”, es una cuestión que nos interpela a todos.

Por eso resulta profundamente deshonesto seguir repitiendo que faltan profesionales. Lo que falta es voluntad política para fortalecer la sanidad pública con una financiación suficiente y finalista, especialmente en Atención Primaria y Comunitaria; para mejorar las condiciones laborales; para invertir en alfabetización en salud; para favorecer la participación real de la ciudadanía en la toma de decisiones y para establecer controles estrictos que impidan la fuga de dinero público hacia negocios privados disfrazados de colaboración público-privada.

No se trata de ir contra el libre mercado; se trata de impedir que el mercado termine fagocitando un derecho básico. Porque cuando la salud se convierte en mercancía, la democracia enferma.

SOLEDAD NO DESEADA: EL FRACASO COLECTIVO DE UNA SOCIEDAD QUE NO CUIDA

“La soledad no es estar solo, sino estar privado de la compañía de los demás.”

Hannah Arendt[1]

 

La denominada soledad no deseada se ha consolidado como uno de los grandes problemas de salud pública de nuestro tiempo. No por una moda discursiva ni por oportunismo político, sino porque la evidencia científica es ya consistente y difícil de refutar. La soledad sostenida se asocia a mayor riesgo de enfermedad cardiovascular, deterioro cognitivo, depresión, ansiedad, consumo de psicofármacos, uso frecuente de servicios sanitarios y aumento de la mortalidad[2]. Sin embargo, pese a este consenso, la soledad no deseada continúa tratándose como un fenómeno secundario, residual o inevitable, cuando no directamente como una molestia incómoda que conviene gestionar sin demasiada visibilidad.

Reducir la soledad no deseada a un problema estrictamente sanitario es una forma eficaz de desactivarla como cuestión colectiva. Porque la soledad no es solo una experiencia individual ni un accidente biográfico. La soledad se construye socialmente, se produce estructuralmente y se mantiene institucionalmente. Es el resultado de decisiones políticas, modelos económicos, dinámicas culturales y formas de convivencia que priorizan la autonomía entendida como autosuficiencia, el rendimiento constante y la productividad como valor supremo[3].

Conviene detenerse, por tanto, en el propio término. ¿Qué es la soledad? ¿Qué significa realmente que una soledad sea “no deseada”? Según la RAE[4] es “la falta de compañía, un lugar desierto, o la tristeza por la ausencia de alguien”. Habitualmente se entiende como una soledad no elegida por quien la padece, vivida con sufrimiento, angustia, sensación de abandono o desesperanza[5]. Estas definiciones son correctas, pero insuficientes. Porque el “no deseada” no solo alude a la vivencia subjetiva, sino también al lugar que esa soledad ocupa en la mirada social, ese lugar desierto, aunque paradójicamente esté ocupado. Y, precisamente por eso, la soledad tampoco es deseada por la sociedad que la observa, la tolera y, en demasiadas ocasiones, la esquiva, aislándola y dándole una mayor trascendencia de ausencia, vacío y distancia.

Por ello, no es deseada porque incomoda. Porque obliga a reconocer la fragilidad, la dependencia y la necesidad de cuidado mutuo. Porque rompe el relato dominante de autosuficiencia, éxito y control que atraviesa nuestras sociedades contemporáneas[6]. La soledad no deseada no encaja en un modelo social que valora a las personas por su capacidad de producir, consumir o adaptarse sin molestar. Quien sufre soledad deja de ser visible, para convertirse en un problema que se obvia.

Desde esta perspectiva, la soledad no deseada se transforma en una molestia social. Molesta porque exige tiempo, presencia, escucha y vínculo sostenido. Molesta porque no se resuelve con soluciones rápidas ni con respuestas estandarizadas. Molesta porque interpela directamente a las políticas públicas y a los sistemas de protección social. Y molesta porque obliga a aceptar que hay decisiones colectivas —o la ausencia de ellas— que generan aislamiento, exclusión y ruptura de redes.

No resulta casual que políticamente la soledad no deseada tampoco sea una prioridad. Atenderla implica asumir responsabilidades que desbordan el ámbito sanitario, como políticas de vivienda que eviten el desarraigo, políticas laborales que no expulsen a personas vulnerables, políticas de cuidados que reconozcan el valor del acompañamiento, políticas de igualdad que rompan dinámicas de violencia y exclusión[7]. La soledad no deseada no es rentable electoralmente porque sus efectos son acumulativos, silenciosos y difíciles de capitalizar en el corto plazo.

Desde el punto de vista económico, la lógica es similar. La soledad no deseada incrementa el uso de servicios sanitarios y sociales, empeora la adherencia terapéutica y eleva el gasto socio-sanitario global[8]. Pero lejos de abordarse como una inversión en salud y bienestar, se percibe como un coste incómodo que compite con opciones más visibles y políticamente rentables. Se gestionan las consecuencias, pero se eluden las causas y su prevención.

En el plano relacional y comunitario, la soledad no deseada erosiona los vínculos, debilita las redes sociales y reduce la participación social. Y en el plano cultural, la percepción de la soledad y de atención que merece varía enormemente según valores, normas y expectativas. En sociedades cada vez más diversas, esta pluralidad de significados genera incomprensión, respuestas desajustadas y, en muchos casos, una invisibilización aún mayor de quienes la hacen posible y de quienes la padecen[9].

Todo ello conduce a una conclusión incómoda pero necesaria. El rechazo a la soledad tiene una doble dirección. Por un lado, el rechazo de quien la padece porque no la ha elegido como proyecto vital. Por otro, el rechazo social hacia esa soledad, entendida como una carga, un fracaso o una amenaza al orden establecido.

A este problema se suma otro error persistente, asociar la soledad no deseada casi exclusivamente a las personas adultas mayores. Si bien el envejecimiento incrementa el riesgo de aislamiento, limitar el fenómeno a un único grupo etario invisibiliza múltiples realidades igualmente graves. Niñas, niños y adolescentes aislados, ignorados, solos, abandonados; personas en situación de pobreza o exclusión social; personas migrantes; mujeres víctimas de violencia de género; personas LGTBIQ+; personas con discapacidad o enfermedades crónicas que también sufren soledad no deseada, con consecuencias profundas para su salud y su trayectoria vital[10]. Entre otras cosas porque la soledad también se padece estando acompañado, pero siendo ignorado, rechazado, separado.

Cuando se etiqueta, estandariza y normativiza la soledad sin tener en cuenta a quienes la padecen, se comete un error ético y técnico de primer orden. Se pone el foco en la soledad como categoría abstracta, como diagnóstico, pero no en las personas concretas que no la desean. De este modo, se diseñan respuestas homogéneas para problemas heterogéneos, se crean recursos que trasladan a las personas de un lugar a otro sin modificar su experiencia relacional y se implementan programas y protocolos que fracasan porque no parten de la escucha, el vínculo ni el reconocimiento[11].

Así, se medicaliza, como tantos otros ciclos o trastornos vitales, la soledad, se burocratiza o se externaliza, pero rara vez se cuida. Se confunde acompañar con ocupar, intervenir con derivar, atender con registrar. Y mientras tanto, quienes padecen soledad no deseada continúan viviendo exactamente lo mismo, aunque en un espacio distinto o bajo una etiqueta diferente, hasta que su soledad les resulta insoportable y prefieren desaparecer “quitándose de en medio”.

Esta lógica tecnocrática y estandarizadora no solo es ineficaz, sino que resulta profundamente deshumanizadora. Porque convierte una experiencia relacional compleja en un problema administrativo y desplaza el foco del sufrimiento real hacia la gestión del recurso. La soledad se atiende, pero no se reconoce. Se cuantifica, pero no se comprende.

Es aquí donde la mirada enfermera resulta ineludible. Porque más allá del análisis social, político o económico, la pregunta que debería interpelarnos como enfermeras es directa: ¿hacemos una búsqueda activa de la soledad no deseada? ¿cómo identificamos la soledad no deseada y qué hacemos al respecto? La evidencia demuestra que las enfermeras, especialmente en Atención Primaria y Comunitaria, ocupan una posición privilegiada para detectar situaciones de soledad, comprender su complejidad y establecer relaciones terapéuticas significativas[12].

Sin embargo, esa potencialidad no siempre se traduce en acción. Es cierto que las condiciones organizativas y estructurales, los intereses y prioridades estratégicas, o la presión burocrática limitan la práctica profesional. Pero ninguna de estas barreras puede convertirse en coartada para la inacción. Porque por encima de cualquier condicionante debe prevalecer la ética del cuidado, entendida como compromiso activo con la dignidad, la justicia social, la humanización y la vida que merece ser vivida[13].

Identificar la soledad no deseada implica escuchar más allá del síntoma, reconocer silencios, comprender trayectorias vitales marcadas por la pérdida y el desarraigo. Implica valorar no solo escalas, sino vínculos, apoyos y significados. Y actuar en consecuencia supone ir más allá de la intervención puntual, incorporando acompañamiento, articulando respuestas y recursos y fortaleciendo o reconstruyendo redes[14].

No hacerlo supone añadir un nuevo sentido al apellido de “no deseada”, no deseada también por las propias enfermeras, cuando asumimos que, si otros no responden, nosotras tampoco estamos obligadas a hacerlo. Y ese es, probablemente, uno de los mayores riesgos tanto para la salud colectiva como para el valor social de la profesión[15].

Existe una tentación permanente, especialmente en el ámbito institucional, de responder a la soledad no deseada mediante soluciones formalmente correctas, pero sustancialmente vacías[16].

Esta falsa respuesta institucional se sostiene sobre una idea profundamente errónea, que considera que la soledad puede “gestionarse” sin ser cuidada[17]. Que basta con ocupar el tiempo, con organizar actividades, con facilitar la presencia física de otras personas para neutralizar el sentimiento de no importar. Sin embargo, la evidencia demuestra que la soledad no deseada no se resuelve con mera proximidad espacial ni con interacción superficial, sino con vínculos significativos, reconocimiento y continuidad en el cuidado que den sentido al espacio ocupado y a la compañía de quien lo ocupa[18].

Cuando las respuestas se diseñan sin contar con las personas afectadas, sin escuchar sus relatos, sus miedos y sus expectativas, el fracaso está prácticamente garantizado[19]. Y ese fracaso no es neutro. Tiene consecuencias emocionales, refuerza el sentimiento de abandono y genera una nueva forma de violencia simbólica, que consiste en hacer sentir a la persona que el problema persiste porque ella no ha sabido “aprovechar” el recurso ofrecido. La responsabilidad se desplaza del sistema a quien sufre la soledad.

Este enfoque tecnocrático no solo es ineficaz, sino profundamente injusto. Porque convierte un problema relacional complejo en una cuestión de cumplimiento administrativo[20]. La soledad se convierte así en un ítem más que registrar, un indicador que cumplir, una casilla que rellenar, un programa que justificar, mientras el sufrimiento real permanece intacto. Y cuanto más se institucionaliza esta lógica, más se normaliza la idea de que la soledad no deseada es un daño colateral inevitable.

En este contexto, la responsabilidad enfermera no puede diluirse ni delegarse. Las enfermeras no podemos tener una actitud neutral frente a la soledad no deseada, porque el cuidado no es neutral[21]. Cuidar implica tomar partido por la vida que merece ser vivida, por la dignidad que no se negocia y por la presencia que no se sustituye. Cuando las enfermeras miramos hacia otro lado ante la soledad, no estamos siendo prudentes ni realistas, estamos siendo cómplices de un modelo que no es el nuestro. Como, lamentablemente, nos sucede en tantas ocasiones cuando nuestras respuestas parten de un paradigma ajeno, consecuencia del abandono del que nos es propio.

La ética del cuidado no admite compartimentos estancos. No puede activarse solo cuando el problema encaja en un protocolo, ni desactivarse cuando resulta incómodo, complejo o difícil de medir[22]. La soledad no deseada exige tiempo, continuidad, compromiso, cuidado y eso tensiona inevitablemente los marcos organizativos actuales. Pero precisamente ahí reside el liderazgo enfermero, en señalar los límites del sistema cuando estos entran en conflicto con el cuidado[23].

Asumir esta responsabilidad no significa actuar de manera individualista ni heroica. Significa ejercer la autonomía profesional con criterio, construir alianzas comunitarias, reivindicar espacios de cuidado relacional y disputar el sentido de lo que se considera atención legítima[24]. Significa también incomodar, cuestionar inercias y negarse a aceptar que hay sufrimientos que “no tocan” o que “no son prioritarios”.

Cuando las enfermeras renunciamos a este papel, contribuimos a reforzar la idea peligrosa de que la soledad no deseada es un problema de nadie[25]. Y cuando algo es de nadie, termina siendo exclusivamente de quien la padece en soledad, es decir soledad en soledad. Por eso, abordar la soledad no deseada no es una opción ética, sino una prueba de coherencia profesional. Una enfermera que no se reconoce interpelada por la soledad corre el riesgo de perder su sentido más profundo, cuidar cuando realmente es necesario.

[1] Filósofa, historiadora, politóloga, socióloga, profesora de universidad, escritora y teórica política alemana (1906-1975)

[2] Holt-Lunstad J. Social connection as a public health issue. Annu Rev Public Health. 2022; 43:193–213.

[3] Marmot M. Health Equity in England: The Marmot Review 10 Years On. London: Institute of Health Equity; 2020.

[4] https://dle.rae.es/soledad

[5] Perlman D, Peplau LA. Loneliness research. J Soc Behav Pers. 2019;34(2):1–20.

[6] Bauman Z. Liquid Modernity Revisited. Cambridge: Polity Press; 2021.

[7] Campaign to End Loneliness. The economic cost of loneliness. London; 2021.

[8] Valtorta NK, Hanratty B. Loneliness and health. J R Soc Med. 2019;112(9):368–371.

[9] Torres S, Forssell E. Loneliness in later life. Ageing Soc. 2020;40(6):1316–1335.

[10] Loades ME, et al. Loneliness and mental health in youth. J Am Acad Child Adolesc Psychiatry. 2020;59(11):1218–1239.

[11] Victor C, Mansfield L. Interventions against loneliness. Ageing Soc. 2021;41(2):232–259.

[12] Gardiner C, Geldenhuys G, Gott M. Reducing loneliness. Ageing Soc. 2018;38(9):1957–1986.

[13] Tronto JC. Caring Democracy. New York: NYU Press; 2019.

[14] South J. Community-centred approaches. Public Health England. 2021.

[15] Turkel MC, Ray MA. Caring practice environments. J Nurs Adm. 2019;49(6):305–312.

[16] Dickens AP, Richards SH, Greaves CJ, Campbell JL. Interventions targeting social isolation in older people. BMC Public Health. 2011;11:647.

[17] Cacioppo JT, Hawkley LC. Perceived social isolation and health. Trends Cogn Sci. 2009;13(10):447–454.

[18] Holt-Lunstad J, Smith TB, Layton JB. Social relationships and mortality risk. PLoS Med. 2010;7(7):e1000316.

[19] National Academies of Sciences, Engineering, and Medicine. Social Isolation and Loneliness in Older Adults. Washington DC: National Academies Press; 2020.

[20] Rosa H. Resonance: A Sociology of Our Relationship to the World. Cambridge: Polity Press; 2019.

[21] Tronto JC. Moral Boundaries: A Political Argument for an Ethic of Care. New York: Routledge; 1993.

[22] Puig de la Bellacasa M. Matters of Care. Minneapolis: University of Minnesota Press; 2017.

[23] Turkel MC, Ray MA. Creating a caring practice environment. J Nurs Adm. 2019;49(6):305–312.

[24] South J, Stansfield J. Asset-based approaches and public health. Crit Public Health. 2018;28(2):135–146.

[25] Marmot M, Allen J. Social determinants of health equity. Am J Public Health. 2014;104(S4):S517–S519.

EL MUNDO COMO ESCAPARATE: EL PELIGRO DE MIRAR SIN ACTUAR

No hay tregua en los acontecimientos que diariamente llenan las páginas de los diarios, los programas de radio y televisión y las redes sociales. La mayoría de ellos, últimamente, están relacionados directa o indirectamente con Donald Trump y con su torrente de decisiones, amenazas, insultos y descalificaciones hacia todo y hacia todos aquellos que considera enemigos o simples obstáculos para sus intereses, ya sean personales o los de un país que concibe más como propiedad que como comunidad política. Este despliegue permanente de gestos y anuncios se produce, por una parte, ante la estupefacción de buena parte de la humanidad; por otra, ante la rabia e impotencia de quienes ven en ello una demolición sistemática de consensos básicos; pero también ante el beneplácito y los aplausos de quienes creen que es lo que hay que hacer, y, por último, ante la pasividad —o, en el mejor de los casos, la ambigüedad— de muchos líderes políticos que, con su silencio o tibieza, parecen aceptar implícitamente los ataques a la libertad, al derecho internacional, al respeto institucional, a la diplomacia y a la soberanía de las naciones.

En vista de todo ello, no resulta descabellado afirmar que estamos ante una versión global del llamado “efecto espectador” o bystander effect. Se trata de un fenómeno psicológico bien estudiado según el cual, la probabilidad de que alguien ayude en una situación de emergencia disminuye a medida que aumenta el número de testigos, porque la responsabilidad se diluye y cada persona asume que será otro quien actúe. Se explica por dos mecanismos sencillos y devastadores: la difusión de la responsabilidad —“no es cosa mía, hay otros”— y la influencia social —“si nadie reacciona, por algo será”—. Y exactamente eso parece estar ocurriendo en el escenario internacional.

La escena es especialmente visible en la Unión Europea, que en demasiadas ocasiones se comporta como si estuviera frente a un escaparate. Observa, comenta, frunce el ceño, emite algún comunicado de preocupación y, acto seguido, actúa como si lo que ocurre al otro lado del cristal no tuviera nada que ver con ella. A lo sumo, separa la vista un instante para formular una tibia e intrascendente manifestación de descontento que no supone, en ningún caso, un elemento de alerta ni de incomodidad real para quien encadena una barbaridad tras otra, ya sea cometida o prometida.

Mientras tanto, una parte muy significativa de la población norteamericana —que no conviene olvidar tiene una larga tradición de excepcionalismo e imperialismo— no solo asume, sino que apoya con entusiasmo el afán conquistador de quien ya consideran su mesías particular. Para ellos, Trump no es el síntoma de una enfermedad política y cultural profunda, sino el remedio milagroso que devolverá un supuesto orgullo perdido y reinstalará a Estados Unidos en el papel de gendarme del mundo, aunque ese papel se ejerza cada vez más como si fuera la dirección de una empresa privada con intereses propios.

Ante este panorama, cabe preguntarse hasta qué punto no estamos siendo todos víctimas, más o menos propiciatorias o voluntarias, de ese efecto escaparate. Y, sobre todo, hasta qué punto estamos dispuestos a mantener esa actitud de espectadores abstraídos e incluso hipnotizados, mientras alguien se dedica a sabotear el ya frágil orden mundial para convertirlo en su parque de atracciones y su espacio de negocios. Porque conviene no engañarse, la normalización del disparate es siempre el primer paso hacia su consolidación.

No se trata, por supuesto, de llamar a gestas heroicas ni de “alzarse contra el pirata” en un sentido literal o épico. La historia demuestra que ese tipo de impulsos suele acabar mal y ser aprovechado por los mismos a quienes pretende combatir. Pero sí se trata, al menos, de exigir que quienes tienen la responsabilidad de defender principios, instituciones y equilibrios dejen de comportarse como comentaristas de una obra ajena y asuman su papel de actores políticos. Dejen de ver al personaje como una mezcla pintoresca de bufón, loco peligroso o aliado incómodo, que no es, y empiecen a tratarlo como lo que realmente es, un factor de desestabilización consciente y persistente.

La contundencia necesaria no es violencia, ni insulto, ni sobreactuación. Es coherencia, coordinación, firmeza y claridad. Es establecer límites creíbles y hacerlos respetar. Es comprender que cada concesión hecha por cansancio, por cálculo electoral o por simple miedo a destacar, refuerza la idea de que todo es negociable, incluso aquello que debería ser innegociable. Y cuando eso ocurre, el deterioro no es inmediato, pero sí constante y acumulativo.

El mayor peligro del efecto espectador no es que nadie haga nada en un momento puntual, sino que todos acaben acostumbrándose a que no pase nada. Que la excepcionalidad se vuelva rutina, que el abuso se vuelva natural, que el disparate se vuelva norma. Y entonces, cuando por fin se quiera reaccionar, quizá ya no quede mucho que defender, porque tras el escaparate solo se verá una imagen desoladora y el culpable de la misma quedará impune.

ACCIDENTE EN ADAMUZ Cuando la ética debería imponerse

La tragedia ocurrida en Adamuz, con el descarrilamiento de dos trenes y un balance devastador de decenas de personas fallecidas y más de un centenar de heridos de diversa consideración, ha sacudido de nuevo a un país que aún no se ha recuperado emocionalmente de otras catástrofes recientes. El impacto de las imágenes, el desconcierto inicial y la magnitud del dolor han vuelto a situarnos frente a una realidad incómoda: la fragilidad de la vida y la responsabilidad colectiva que emerge cuando todo se quiebra.

En medio del horror, conviene señalar con justicia algunos hechos que merecen ser reconocidos. El primero, la rápida y eficaz intervención de los dispositivos de urgencias y emergencias, que actuaron con profesionalidad, coordinación y entrega desde los primeros momentos. El segundo, la respuesta ejemplar de la población local y de municipios cercanos, que se volcó de manera espontánea y solidaria para auxiliar a las víctimas, ofrecer recursos, acompañar y sostener cuando más se necesitaba. Y el tercero, la activación inmediata de los distintos niveles de la administración, que han manifestado una coordinación ágil para movilizar recursos, atender a las personas afectadas e iniciar las investigaciones necesarias para esclarecer lo ocurrido.

Estos elementos no son menores. Hablan de un tejido social y profesional que, cuando las circunstancias lo exigen, responde con humanidad, eficacia y sentido del deber. Hablan también de que, al menos en un primer momento, se ha impuesto la prudencia política. Y esto, en el contexto actual, no es poco.

Porque si algo ha caracterizado demasiadas tragedias recientes es su utilización como arma arrojadiza en la contienda política. El dolor convertido en munición. La incertidumbre transformada en acusación. El desconcierto instrumentalizado para señalar culpables antes incluso de conocer los hechos. Por ahora, en Adamuz, esa deriva no se ha producido de forma evidente. Y ojalá no se produzca.

Sin embargo, la experiencia obliga a la cautela. Mucho me temo que no tardará en aparecer quien “mee fuera del tiesto” y empiece a hablar de culpabilidades, negligencias, incompetencias o mediocridades cuando todavía no se conocen las causas reales del accidente. Me gustaría equivocarme. Me gustaría pensar que, por una vez, la clase política estará a la altura del dolor que atraviesa a las víctimas y a sus familias. Me gustaría confiar en que prevalecerán la responsabilidad, la ecuanimidad y el respeto.

En ese marco, resultaría especialmente grave —y éticamente inaceptable— que se recurriera al recuerdo del accidente de Santiago de Compostela como argumento de revancha política, como si se tratara de un “ahora te ha tocado a ti tener también un accidente de tren”. Esa comparación no es ni lícita ni razonable. No honra a las víctimas de entonces ni respeta a las de ahora. Da la impresión de que algunos juegan a completar una colección de cromos en la que no falte ninguna perversión política, sea del color que sea: corrupción, accidentes, acoso, prevaricación. Convertir la desgracia en marcador partidista degrada la política y banaliza el dolor.

Aprovechar una tragedia de estas dimensiones para obtener rédito político no solo sería un grave error, sino una utilización miserable del sufrimiento ajeno. No aporta consuelo, no acelera las investigaciones, no mejora la atención a las víctimas ni contribuye a prevenir futuros accidentes. Al contrario: envenena el debate público, alimenta la crispación y refuerza una lógica de confrontación permanente que erosiona la confianza social y degrada la ética política.

Habrá tiempo, cuando se conozcan todos los datos y se esclarezcan las causas, para exigir responsabilidades si las hubiera. Ese es el funcionamiento legítimo de una democracia madura. Lo que no es legítimo es la especulación interesada, la sospecha lanzada como consigna o el juicio sumarísimo dictado desde la trinchera mediática. Esa actitud no responde a un compromiso con la verdad ni con la justicia, sino a la incapacidad de ofrecer propuestas, diálogo y soluciones.

Cuando faltan ideas y proyectos, se recurre al ruido. Cuando no se sabe construir, se opta por destruir. Cuando no se tiene una visión de país, se agita el miedo, la alarma y la descalificación. Y en ese terreno, las tragedias se convierten en oportunidades para quienes confunden la política con el ataque permanente y la ética con el oportunismo.

Ojalá esta tragedia no repita los escenarios vividos durante y después de la DANA. Ojalá no volvamos a asistir a la competición por el titular más hiriente o la acusación más rápida. Si esta vez se impone la normalidad política frente a la respuesta visceral, deberíamos felicitarnos como sociedad. Porque significaría que hemos aprendido algo. Que el respeto a las víctimas pesa más que la rentabilidad electoral.

Y si no es así, si una vez más el dolor es utilizado como coartada para el enfrentamiento, entonces será necesario señalar con claridad a quienes convierten la desgracia en su única estrategia. No por revancha, sino por higiene democrática. Porque una política que se alimenta del sufrimiento ajeno no merece ni comprensión ni silencio.

EL AULA COMO ESPEJO DEL RETROCESO El machismo que avanza

Desde un instituto de educación secundaria se nos solicitó desarrollar una actividad con jóvenes de entre 14 y 15 años centrada en igualdad y prevención de la violencia de género. Una trabajadora social y yo mismo -como enfermera-, miembros de una asociación feminista, acudimos al centro con la intención expresa de alejarnos de la clásica charla puntual, tan habitual como ineficaz. Tras debatir varias propuestas con el profesorado, consensuamos un programa de sesiones semanales de entre 30 y 45 minutos, concebidas desde una perspectiva amplia, participativa y lo más lúdica posible, con el objetivo de captar la atención del alumnado y generar espacios reales de reflexión.

Decidimos que la primera sesión fuese una dinámica grupal orientada a identificar, sin condicionantes previos, cuál era su posición respecto a la igualdad y la violencia de género. No introdujimos conceptos ni discursos iniciales, queríamos escuchar. La experiencia fue dura, sin paliativos. Demoledora tanto por el contenido de los mensajes como por la seguridad con la que eran expresados.

Los planteamientos que emergieron se situaban en las antípodas de la igualdad. La violencia era percibida como justificable bajo la premisa de que la mujer debe estar sometida a la autoridad del hombre. Afloraron todos los tópicos, estereotipos y estigmas que creíamos, quizá ingenuamente, superados en generaciones tan jóvenes. “La mujer está para la casa”, “la mujer se debe al hombre”, “debe vestir como él diga”, “si lo dice es porque la quiere”. Clichés que no dejaban margen a la interpretación y que configuraban un relato profundamente machista, normalizado y defendido con convicción.

Tan preocupante como el posicionamiento de muchos chicos fue la asunción absolutamente convencida de ese mismo discurso por parte de la mayoría de chicas. Lejos de cuestionarlo, lo defendían, renunciando de manera explícita a cualquier noción de igualdad. Esta interiorización acrítica del machismo, reproducida por quienes son sus principales víctimas, constituye, en sí mismo, uno de los elementos más alarmantes del escenario observado.

Entre los principales obstáculos para introducir elementos de reflexión destacamos la creencia, sustentada en dogmas religiosos, de que la mujer procede de la costilla del hombre y que, por tanto, le debe obediencia. Esta idea era defendida tanto por chicos como por chicas, rechazando de forma frontal cualquier cuestionamiento. Lejos de generar dudas, el discurso religioso opera como blindaje ideológico.

El debate derivó rápidamente en un intercambio dialéctico de posiciones enfrentadas y, en algunos momentos, en actitudes de desprecio y falta de respeto, tanto verbal como actitudinal hacia nosotros. Cualquier intento de contrapeso por nuestra parte era rebatido con argumentos sorprendentemente actuales, calcados de los discursos difundidos por agentes políticos de extrema derecha y amplificados, en demasiadas ocasiones, por la derecha supuestamente democrática de nuestro país.

La primera sesión de la intervención, por tanto, nos generó una sensación profundamente ambivalente. Por un lado, una preocupación enorme ante la proyección de estos planteamientos en adolescentes que están construyendo su identidad. Por otro, una profunda lástima. Porque esos discursos no nacen de la nada, sino que obedecen a condicionantes sociales, familiares y culturales para los que no disponen de herramientas, información ni conocimientos que les permitan cuestionar lo que interiorizan como “natural”. Lo que expresan no es pensamiento crítico, sino reproducción acrítica de un relato machista con un trasfondo claro de violencia.

A este escenario se sumó, de forma nada casual, un discurso abiertamente xenófobo. Migrantes que delinquen más, que roban puestos de trabajo, que viven de ayudas. Argumentos tomados directamente de las redes sociales a las que confieren absoluta credibilidad y repetidos con absoluta convicción. El aula se convirtió así en un espejo incómodo de una sociedad que está normalizando el odio, la exclusión y la desigualdad como si fuesen opiniones legítimas.

Somos conscientes de que este tipo de intervenciones pueden ser tildadas de adoctrinamiento. Pero lo que realmente adoctrina es el silencio. Lo visto y oído refuerza la necesidad urgente de seguir entrando en las aulas, no para imponer discursos, sino para introducir ideas, preguntas, dudas. Para que, quizá en algún momento, alguien se plantee que existe otra realidad distinta a la que les han construido y que han asumido como cierta.

Nada es casual. Y debería interpelarnos como sociedad. ¿Qué estamos haciendo? ¿Hacia dónde nos dirigimos cuando retrocedemos hacia modelos que creíamos superados? Tal vez si muchos de los responsables políticos que alimentan estos discursos acudieran a un aula y escucharan a la juventud que están intoxicando, comprenderían el daño individual y colectivo que están generando. Pero posiblemente por eso no acuden, porque su intención sea, precisamente, generar estas situaciones extremas de las que se aprovechan políticamente. Y también por eso, posiblemente, siguen poniendo trabas y acusando de adoctrinamiento a cualquier iniciativa que trate de generar igualdad en lugar de machismo, respeto en vez de violencia, tolerancia en sustitución de odio.

El aula, finalmente, no es una excepción, es un reflejo fiel de la sociedad que estamos construyendo.

No se trata de doctrina. Se trata de respeto, de derechos y de igualdad. Para mujeres y para hombres. Todo lo demás es perpetuar el machismo y la violencia.

EL IMPERIALISMO DEL SIGLO XXI: NEGOCIO, EXPOLIO Y SILENCIO

A lo largo de la historia, numerosos pueblos han ejercido como conquistadores, colonizadores o invasores de otros territorios, imponiendo —en mayor o menor medida— su autoridad, su cultura, su religión y su organización social. Desde el Imperio Romano hasta las campañas napoleónicas o la conquista española de América, estas ocupaciones no se limitaron al dominio militar, sino que incorporaron infraestructuras, sistemas de organización, modelos educativos y elementos culturales que, con todas sus contradicciones, dejaron una huella profunda y duradera en los territorios sometidos. Hoy siguen existiendo vestigios evidentes de esas presencias: obras públicas, lenguas, sistemas jurídicos, expresiones culturales y religiosas que, pese a haber sido impuestas tras una ocupación no consentida, forman parte del acervo histórico de países actualmente soberanos.

Nada de ello justifica la violencia, el sometimiento ni la vulneración de la libertad de los pueblos invadidos. Tampoco resulta aceptable establecer jerarquías morales entre invasiones “mejores” o “peores”. Sin embargo, reconocer la complejidad histórica obliga a admitir que, en algunos casos, esas ocupaciones se produjeron en contextos en los que no existían ni el derecho internacional, ni tribunales supranacionales, ni organismos multilaterales capaces de proteger la soberanía popular o los derechos humanos. Eran otros tiempos, con otras reglas —o con la ausencia de ellas—, lo que no exime de responsabilidad, pero sí ayuda a contextualizar los hechos.

La reciente invasión de Venezuela por parte de Estados Unidos se sitúa, sin embargo, muy lejos de cualquier lógica comparable. No hay aquí ni proyecto civilizador, ni transferencia de conocimiento, ni voluntad de reconstrucción institucional. El único interés visible es el económico, concretamente el control del petróleo, impuesto mediante un sistema de pago arbitrario que obliga a destinar esos recursos a la compra exclusiva de productos del país invasor. No se trata de desarrollo, sino de expolio; no de cooperación, sino de negocio puro y duro.

Esta intervención no debería sorprender. El imperialismo estadounidense ha sometido anteriormente a numerosos países al dictado de sus intereses estratégicos y económicos, sin que exista un solo ejemplo sólido en el que su injerencia haya supuesto una mejora real y sostenida de las condiciones de vida de la población afectada. Allí donde ha intervenido, ha dejado inestabilidad, dependencia, desigualdad y estructuras económicas orientadas a beneficiar a grandes corporaciones y élites locales afines, nunca a la ciudadanía.

Frente a los sistemas de riego, comunicación o ingeniería del Imperio Romano; frente a la impronta cultural y educativa francesa aún visible en países europeos; frente a la lengua, la arquitectura o los modelos educativos instaurados por España en América —todo ello sin olvidar las atrocidades cometidas—, la acción de EEUU carece incluso de ese componente estructural. Su huella no es cultural ni social, sino mercantil y depredadora. Multinacionales, fondos de inversión y grandes fortunas sustituyen a cualquier atisbo de proyecto colectivo.

Donald Trump ha decidido ejercer de conquistador en pleno siglo XXI, ignorando deliberadamente la existencia del derecho internacional, de las instituciones multilaterales y de los mecanismos de garantía que deberían impedir este tipo de actuaciones. Lo hace desde una lógica unipersonal, autoritaria y profundamente narcisista, justificando nuevas invasiones mediante acusaciones de narcoterrorismo jamás demostradas o apelando sin pudor al interés económico y a la expansión empresarial propia.

Su hoja de ruta comenzó con el apoyo incondicional a la destrucción criminal de Palestina, con el objetivo explícito de transformar un territorio devastado en un resort turístico, expulsando a los supervivientes de su propia tierra. Ese es el patrón que se repite: expulsar, arrasar y reconstruir en clave de negocio. Todo ello con un desprecio absoluto por la democracia, la justicia y la libertad, valores que invoca de forma cínica para legitimar sus acciones.

Mientras el equilibrio internacional se resquebraja, ni los tribunales internacionales, ni las instituciones de derechos humanos, ni la ONU, ni la Unión Europea son capaces de responder con la contundencia que sí mostrarían ante otros países. Esa ambigüedad, nacida del miedo o de la dependencia, transmite un mensaje devastador, impunidad para el invasor y desprotección para las víctimas.

La herencia que dejará Estados Unidos no será progreso ni estabilidad, sino una exhibición extrema del capitalismo más feroz: negocios multimillonarios, corporaciones omnipresentes y una concentración obscena de riqueza que generará más pobreza, desigualdad e inequidad. Permanecer en una diplomacia tibia y temerosa solo conduce a una nueva era de sometimiento a los caprichos del imperialismo.

Trump no es Julio César, ni Napoleón, ni Colón. No dejará caminos, ni lenguas, ni sistemas. Impone una autarquía grotesca, chulesca e histriónica que solo deja ruinas sociales. Su comportamiento responde al manual del acosador, que necesita cómplices, aplaudidores y silencios interesados. Y la pregunta ya no es si se le debe frenar, sino hasta cuándo se le va a permitir avanzar. Tal vez cuando reaccionemos sea demasiado tarde y, donde deberían existir escuelas, hospitales y centros de salud, solo queden logotipos de multinacionales.

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