EL NOBEL DEL TRATO O TRUCO

La reunión celebrada ayer entre María Corina Machado y Donald Trump en la Casa Blanca no fue solo un encuentro político, fue, sobre todo, una puesta en escena cuidadosamente diseñada desde el silencio, la opacidad y la humillación simbólica. Sin recibimiento oficial, sin agenda pública, sin imágenes institucionales, sin comunicado alguno. Una reunión por la puerta de atrás, como si se tratase de una cita clandestina que no debía dejar rastro. Y, sin embargo, dejó huella. Mucha.

Más de dos horas de conversación de las que no se sabe absolutamente nada. Ni objetivos, ni compromisos, ni posiciones. Nada. El vacío informativo no es casual: es parte del mensaje. Trump no quería fotografías ni relato compartido. No quería interlocución, sino subordinación. Y lo único que ha trascendido confirma esa lógica. Una imagen y un audio en los que Machado entrega a Trump la medalla del Nobel de la Paz que le fue concedido a ella. Un gesto que no puede interpretarse como cortesía ni simbolismo ingenuo, sino como un acto explícito de pleitesía política y como un trueque sin disimulo. Un símbolo internacional de legitimidad moral ofrecido a cambio del beneplácito y el respaldo personal de Trump en su aspiración a la presidencia de Venezuela. Una operación que no solo busca doblegar su resistencia, sino que vacía de contenido ético el propio reconocimiento, degradándolo a moneda de cambio y revelando una concepción del poder en la que los principios se negocian y la dignidad institucional se sacrifica sin reparos.

La escena es demoledora. Una dirigente que recibe un reconocimiento internacional lo entrega, sin pudor, a quien no fue elegido por el jurado, pero sí deseaba serlo. Trump recoge la medalla como quien acepta lo que considera suyo por derecho natural. No hay humildad ni gratitud. Hay reafirmación narcisista. El mensaje es claro, el Nobel no consagra valores, consagra jerarquías. Y él se sitúa en la cúspide.

Ante este episodio resulta inevitable plantear algunas preguntas. ¿Debe una persona que ha recibido el Nobel de la Paz poder transferirlo simbólicamente a un tercero? ¿No desvirtúa ese gesto el sentido mismo del reconocimiento? ¿No debería el Norwegian Nobel Committee reflexionar seriamente sobre los criterios, mecanismos y decisiones que conducen a premiar trayectorias que, lejos de generar consensos éticos, producen desconcierto y descrédito? El problema no es solo quién recibe el premio, sino qué se legitima cuando se concede.

Porque, más allá de la ausencia de fotografías oficiales, lo cierto es que ambos han quedado perfectamente retratados. Machado, como una dirigente dispuesta a sacrificar símbolos y principios en busca de padrinazgo del invasor. Trump, como un líder que utiliza la política exterior como escenario de reafirmación personal y dominación simbólica. Dos figuras unidas por una misma pulsión: notoriedad, autoridad y poder. No por vías democráticas, transparentes o dialogantes, sino desde el cálculo, la escenografía del sometimiento y el desprecio a las formas que sostienen la democracia.

No hicieron falta fotos. La imagen es nítida.

EL PROFETA DEL DESASTRE La política del miedo como proyecto

En política, como en la vida, hay quien cree que cuanto más se grita “viene el lobo”, más probabilidades hay de que alguien termine viendo colmillos en cualquier sombra. Alberto Núñez Feijóo ha hecho de esa estrategia su único proyecto. Anunciar el desastre, vaticinar el hundimiento de España y convertir su liderazgo en una suerte de oráculo del apocalipsis permanente. El problema es que el lobo no aparece y la realidad insiste en desmentirlo con una tozudez casi humillante.

Desde que llegó a la presidencia del Partido Popular, Feijóo no ha construido un solo relato alternativo de país. No ha presentado un proyecto reconocible, ni una propuesta económica estructurada, ni una visión de futuro que vaya más allá de la simple negación del adversario. Su estrategia se ha basado en dos pilares: el acoso personal al presidente del Gobierno y la generación constante de alarma social. Todo va mal, todo empeora, todo está a punto de estallar. Sin embargo, la realidad es obstinada y los datos, por mucho que se los quiera forzar, siguen sin acompañar ese discurso.

España encabeza el crecimiento entre las grandes economías europeas, mantiene un ritmo sostenido de creación de empleo y presenta indicadores macroeconómicos que organismos internacionales reconocen de forma reiterada. Sin embargo, Feijóo insiste en describir un país al borde del colapso, como si gobernara una nación imaginaria que solo existe en sus discursos y en los argumentarios de su partido.

Pero lo más revelador es que ni siquiera sus posicionamientos encajan con los del Partido Popular Europeo, al que formalmente pertenece. Mientras buena parte de la derecha europea respalda políticas de estabilidad, crecimiento y fortalecimiento del Estado social como garantía frente al extremismo, Feijóo opta por un discurso cada vez más alineado con el ruido populista y el catastrofismo interno. Esa disonancia no solo lo debilita en casa, sino que lo deja sin perfil propio fuera: sin aliados claros, sin liderazgo reconocible y con una proyección internacional cada vez más irrelevante.

Tampoco le acompaña la bandera de la corrupción, a la que se aferra con entusiasmo tan insistente como selectivo. Los casos reales o los que pueden afectar al Gobierno son amplificados hasta el paroxismo, mientras los del propio PP—antiguos aún por juzgar y otros nuevos que van apareciendo— son minimizados, relativizados o directamente silenciados. La doble vara de medir ya no escandaliza, simplemente confirma que no estamos ante una cruzada ética, sino ante un uso instrumental del escándalo como arma política.

A ello se suma la gestión de varias de las comunidades autónomas gobernadas por el PP, que dista mucho de sostener esa imagen de eficacia y solvencia que el partido intenta proyectar. La actuación ante la DANA en la Comunidad Valenciana, los incendios, o el deterioro persistente de la sanidad pública en territorios como Andalucía, Castilla y León o Madrid no son precisamente ejemplos de buena administración.

En el plano internacional, la situación tampoco ha sido favorable para su estrategia. Su ambigüedad —cuando no cercanía ideológica— respecto a los planteamientos de Trump lo ha colocado en más de una ocasión en una posición incómoda, obligándole a rectificar sobre la marcha o a refugiarse en discursos forzados sobre Venezuela o supuestas cruzadas por la libertad que suenan más a coartada que a política exterior coherente.

En esta escalada retórica ha anunciado una gravísima crisis económica. Como de costumbre, su anuncio llega huérfano de datos, de evidencias, de argumentos sólidos. No hay cifras, no hay informes, no hay análisis que respalden semejante cataclismo.

Uno no puede evitar preguntarse si esta obsesión con la crisis es un reflejo de la memoria histórica del propio PP, cuyos gobiernos sí estuvieron asociados a etapas de recesión, rescates financieros, recortes sociales y pérdida de credibilidad internacional. Tal vez Feijóo proyecta hacia el futuro lo que su partido representa en el pasado.

Lo paradójico es la contradicción permanente de su discurso, al centrar el mismo en que la única forma de evitar esa crisis, es cambiar las políticas que precisamente explican el buen momento económico actual. Según esta lógica, la bonanza no tendría nada que ver con la acción del Gobierno, sino con una alineación astral, una manipulación estadística o un engaño masivo a la ciudadanía. España iría bien, pero por error. Y Feijóo sería el único capaz de ver a través del espejismo.

En ese vacío de ideas, Feijóo ha decidido refugiarse a la sombra de Vox, aceptando sus marcos, sus silencios y sus líneas rojas como precio de su supervivencia política. Un refugio que dice mucho de su debilidad y muy poco de su capacidad para liderar una alternativa real.

Porque una oposición útil no es la que anuncia catástrofes, sino la que ofrece caminos. Y mientras Feijóo siga empeñado en ser profeta del desastre en lugar de constructor de propuestas, seguirá prisionero de sus propias palabras… y de su propia irrelevancia

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