
Desde un instituto de educación secundaria se nos solicitó desarrollar una actividad con jóvenes de entre 14 y 15 años centrada en igualdad y prevención de la violencia de género. Una trabajadora social y yo mismo -como enfermera-, miembros de una asociación feminista, acudimos al centro con la intención expresa de alejarnos de la clásica charla puntual, tan habitual como ineficaz. Tras debatir varias propuestas con el profesorado, consensuamos un programa de sesiones semanales de entre 30 y 45 minutos, concebidas desde una perspectiva amplia, participativa y lo más lúdica posible, con el objetivo de captar la atención del alumnado y generar espacios reales de reflexión.
Decidimos que la primera sesión fuese una dinámica grupal orientada a identificar, sin condicionantes previos, cuál era su posición respecto a la igualdad y la violencia de género. No introdujimos conceptos ni discursos iniciales, queríamos escuchar. La experiencia fue dura, sin paliativos. Demoledora tanto por el contenido de los mensajes como por la seguridad con la que eran expresados.
Los planteamientos que emergieron se situaban en las antípodas de la igualdad. La violencia era percibida como justificable bajo la premisa de que la mujer debe estar sometida a la autoridad del hombre. Afloraron todos los tópicos, estereotipos y estigmas que creíamos, quizá ingenuamente, superados en generaciones tan jóvenes. “La mujer está para la casa”, “la mujer se debe al hombre”, “debe vestir como él diga”, “si lo dice es porque la quiere”. Clichés que no dejaban margen a la interpretación y que configuraban un relato profundamente machista, normalizado y defendido con convicción.
Tan preocupante como el posicionamiento de muchos chicos fue la asunción absolutamente convencida de ese mismo discurso por parte de la mayoría de chicas. Lejos de cuestionarlo, lo defendían, renunciando de manera explícita a cualquier noción de igualdad. Esta interiorización acrítica del machismo, reproducida por quienes son sus principales víctimas, constituye, en sí mismo, uno de los elementos más alarmantes del escenario observado.
Entre los principales obstáculos para introducir elementos de reflexión destacamos la creencia, sustentada en dogmas religiosos, de que la mujer procede de la costilla del hombre y que, por tanto, le debe obediencia. Esta idea era defendida tanto por chicos como por chicas, rechazando de forma frontal cualquier cuestionamiento. Lejos de generar dudas, el discurso religioso opera como blindaje ideológico.
El debate derivó rápidamente en un intercambio dialéctico de posiciones enfrentadas y, en algunos momentos, en actitudes de desprecio y falta de respeto, tanto verbal como actitudinal hacia nosotros. Cualquier intento de contrapeso por nuestra parte era rebatido con argumentos sorprendentemente actuales, calcados de los discursos difundidos por agentes políticos de extrema derecha y amplificados, en demasiadas ocasiones, por la derecha supuestamente democrática de nuestro país.
La primera sesión de la intervención, por tanto, nos generó una sensación profundamente ambivalente. Por un lado, una preocupación enorme ante la proyección de estos planteamientos en adolescentes que están construyendo su identidad. Por otro, una profunda lástima. Porque esos discursos no nacen de la nada, sino que obedecen a condicionantes sociales, familiares y culturales para los que no disponen de herramientas, información ni conocimientos que les permitan cuestionar lo que interiorizan como “natural”. Lo que expresan no es pensamiento crítico, sino reproducción acrítica de un relato machista con un trasfondo claro de violencia.
A este escenario se sumó, de forma nada casual, un discurso abiertamente xenófobo. Migrantes que delinquen más, que roban puestos de trabajo, que viven de ayudas. Argumentos tomados directamente de las redes sociales a las que confieren absoluta credibilidad y repetidos con absoluta convicción. El aula se convirtió así en un espejo incómodo de una sociedad que está normalizando el odio, la exclusión y la desigualdad como si fuesen opiniones legítimas.
Somos conscientes de que este tipo de intervenciones pueden ser tildadas de adoctrinamiento. Pero lo que realmente adoctrina es el silencio. Lo visto y oído refuerza la necesidad urgente de seguir entrando en las aulas, no para imponer discursos, sino para introducir ideas, preguntas, dudas. Para que, quizá en algún momento, alguien se plantee que existe otra realidad distinta a la que les han construido y que han asumido como cierta.
Nada es casual. Y debería interpelarnos como sociedad. ¿Qué estamos haciendo? ¿Hacia dónde nos dirigimos cuando retrocedemos hacia modelos que creíamos superados? Tal vez si muchos de los responsables políticos que alimentan estos discursos acudieran a un aula y escucharan a la juventud que están intoxicando, comprenderían el daño individual y colectivo que están generando. Pero posiblemente por eso no acuden, porque su intención sea, precisamente, generar estas situaciones extremas de las que se aprovechan políticamente. Y también por eso, posiblemente, siguen poniendo trabas y acusando de adoctrinamiento a cualquier iniciativa que trate de generar igualdad en lugar de machismo, respeto en vez de violencia, tolerancia en sustitución de odio.
El aula, finalmente, no es una excepción, es un reflejo fiel de la sociedad que estamos construyendo.
No se trata de doctrina. Se trata de respeto, de derechos y de igualdad. Para mujeres y para hombres. Todo lo demás es perpetuar el machismo y la violencia.