SOLEDAD NO DESEADA: EL FRACASO COLECTIVO DE UNA SOCIEDAD QUE NO CUIDA

“La soledad no es estar solo, sino estar privado de la compañía de los demás.”

Hannah Arendt[1]

 

La denominada soledad no deseada se ha consolidado como uno de los grandes problemas de salud pública de nuestro tiempo. No por una moda discursiva ni por oportunismo político, sino porque la evidencia científica es ya consistente y difícil de refutar. La soledad sostenida se asocia a mayor riesgo de enfermedad cardiovascular, deterioro cognitivo, depresión, ansiedad, consumo de psicofármacos, uso frecuente de servicios sanitarios y aumento de la mortalidad[2]. Sin embargo, pese a este consenso, la soledad no deseada continúa tratándose como un fenómeno secundario, residual o inevitable, cuando no directamente como una molestia incómoda que conviene gestionar sin demasiada visibilidad.

Reducir la soledad no deseada a un problema estrictamente sanitario es una forma eficaz de desactivarla como cuestión colectiva. Porque la soledad no es solo una experiencia individual ni un accidente biográfico. La soledad se construye socialmente, se produce estructuralmente y se mantiene institucionalmente. Es el resultado de decisiones políticas, modelos económicos, dinámicas culturales y formas de convivencia que priorizan la autonomía entendida como autosuficiencia, el rendimiento constante y la productividad como valor supremo[3].

Conviene detenerse, por tanto, en el propio término. ¿Qué es la soledad? ¿Qué significa realmente que una soledad sea “no deseada”? Según la RAE[4] es “la falta de compañía, un lugar desierto, o la tristeza por la ausencia de alguien”. Habitualmente se entiende como una soledad no elegida por quien la padece, vivida con sufrimiento, angustia, sensación de abandono o desesperanza[5]. Estas definiciones son correctas, pero insuficientes. Porque el “no deseada” no solo alude a la vivencia subjetiva, sino también al lugar que esa soledad ocupa en la mirada social, ese lugar desierto, aunque paradójicamente esté ocupado. Y, precisamente por eso, la soledad tampoco es deseada por la sociedad que la observa, la tolera y, en demasiadas ocasiones, la esquiva, aislándola y dándole una mayor trascendencia de ausencia, vacío y distancia.

Por ello, no es deseada porque incomoda. Porque obliga a reconocer la fragilidad, la dependencia y la necesidad de cuidado mutuo. Porque rompe el relato dominante de autosuficiencia, éxito y control que atraviesa nuestras sociedades contemporáneas[6]. La soledad no deseada no encaja en un modelo social que valora a las personas por su capacidad de producir, consumir o adaptarse sin molestar. Quien sufre soledad deja de ser visible, para convertirse en un problema que se obvia.

Desde esta perspectiva, la soledad no deseada se transforma en una molestia social. Molesta porque exige tiempo, presencia, escucha y vínculo sostenido. Molesta porque no se resuelve con soluciones rápidas ni con respuestas estandarizadas. Molesta porque interpela directamente a las políticas públicas y a los sistemas de protección social. Y molesta porque obliga a aceptar que hay decisiones colectivas —o la ausencia de ellas— que generan aislamiento, exclusión y ruptura de redes.

No resulta casual que políticamente la soledad no deseada tampoco sea una prioridad. Atenderla implica asumir responsabilidades que desbordan el ámbito sanitario, como políticas de vivienda que eviten el desarraigo, políticas laborales que no expulsen a personas vulnerables, políticas de cuidados que reconozcan el valor del acompañamiento, políticas de igualdad que rompan dinámicas de violencia y exclusión[7]. La soledad no deseada no es rentable electoralmente porque sus efectos son acumulativos, silenciosos y difíciles de capitalizar en el corto plazo.

Desde el punto de vista económico, la lógica es similar. La soledad no deseada incrementa el uso de servicios sanitarios y sociales, empeora la adherencia terapéutica y eleva el gasto socio-sanitario global[8]. Pero lejos de abordarse como una inversión en salud y bienestar, se percibe como un coste incómodo que compite con opciones más visibles y políticamente rentables. Se gestionan las consecuencias, pero se eluden las causas y su prevención.

En el plano relacional y comunitario, la soledad no deseada erosiona los vínculos, debilita las redes sociales y reduce la participación social. Y en el plano cultural, la percepción de la soledad y de atención que merece varía enormemente según valores, normas y expectativas. En sociedades cada vez más diversas, esta pluralidad de significados genera incomprensión, respuestas desajustadas y, en muchos casos, una invisibilización aún mayor de quienes la hacen posible y de quienes la padecen[9].

Todo ello conduce a una conclusión incómoda pero necesaria. El rechazo a la soledad tiene una doble dirección. Por un lado, el rechazo de quien la padece porque no la ha elegido como proyecto vital. Por otro, el rechazo social hacia esa soledad, entendida como una carga, un fracaso o una amenaza al orden establecido.

A este problema se suma otro error persistente, asociar la soledad no deseada casi exclusivamente a las personas adultas mayores. Si bien el envejecimiento incrementa el riesgo de aislamiento, limitar el fenómeno a un único grupo etario invisibiliza múltiples realidades igualmente graves. Niñas, niños y adolescentes aislados, ignorados, solos, abandonados; personas en situación de pobreza o exclusión social; personas migrantes; mujeres víctimas de violencia de género; personas LGTBIQ+; personas con discapacidad o enfermedades crónicas que también sufren soledad no deseada, con consecuencias profundas para su salud y su trayectoria vital[10]. Entre otras cosas porque la soledad también se padece estando acompañado, pero siendo ignorado, rechazado, separado.

Cuando se etiqueta, estandariza y normativiza la soledad sin tener en cuenta a quienes la padecen, se comete un error ético y técnico de primer orden. Se pone el foco en la soledad como categoría abstracta, como diagnóstico, pero no en las personas concretas que no la desean. De este modo, se diseñan respuestas homogéneas para problemas heterogéneos, se crean recursos que trasladan a las personas de un lugar a otro sin modificar su experiencia relacional y se implementan programas y protocolos que fracasan porque no parten de la escucha, el vínculo ni el reconocimiento[11].

Así, se medicaliza, como tantos otros ciclos o trastornos vitales, la soledad, se burocratiza o se externaliza, pero rara vez se cuida. Se confunde acompañar con ocupar, intervenir con derivar, atender con registrar. Y mientras tanto, quienes padecen soledad no deseada continúan viviendo exactamente lo mismo, aunque en un espacio distinto o bajo una etiqueta diferente, hasta que su soledad les resulta insoportable y prefieren desaparecer “quitándose de en medio”.

Esta lógica tecnocrática y estandarizadora no solo es ineficaz, sino que resulta profundamente deshumanizadora. Porque convierte una experiencia relacional compleja en un problema administrativo y desplaza el foco del sufrimiento real hacia la gestión del recurso. La soledad se atiende, pero no se reconoce. Se cuantifica, pero no se comprende.

Es aquí donde la mirada enfermera resulta ineludible. Porque más allá del análisis social, político o económico, la pregunta que debería interpelarnos como enfermeras es directa: ¿hacemos una búsqueda activa de la soledad no deseada? ¿cómo identificamos la soledad no deseada y qué hacemos al respecto? La evidencia demuestra que las enfermeras, especialmente en Atención Primaria y Comunitaria, ocupan una posición privilegiada para detectar situaciones de soledad, comprender su complejidad y establecer relaciones terapéuticas significativas[12].

Sin embargo, esa potencialidad no siempre se traduce en acción. Es cierto que las condiciones organizativas y estructurales, los intereses y prioridades estratégicas, o la presión burocrática limitan la práctica profesional. Pero ninguna de estas barreras puede convertirse en coartada para la inacción. Porque por encima de cualquier condicionante debe prevalecer la ética del cuidado, entendida como compromiso activo con la dignidad, la justicia social, la humanización y la vida que merece ser vivida[13].

Identificar la soledad no deseada implica escuchar más allá del síntoma, reconocer silencios, comprender trayectorias vitales marcadas por la pérdida y el desarraigo. Implica valorar no solo escalas, sino vínculos, apoyos y significados. Y actuar en consecuencia supone ir más allá de la intervención puntual, incorporando acompañamiento, articulando respuestas y recursos y fortaleciendo o reconstruyendo redes[14].

No hacerlo supone añadir un nuevo sentido al apellido de “no deseada”, no deseada también por las propias enfermeras, cuando asumimos que, si otros no responden, nosotras tampoco estamos obligadas a hacerlo. Y ese es, probablemente, uno de los mayores riesgos tanto para la salud colectiva como para el valor social de la profesión[15].

Existe una tentación permanente, especialmente en el ámbito institucional, de responder a la soledad no deseada mediante soluciones formalmente correctas, pero sustancialmente vacías[16].

Esta falsa respuesta institucional se sostiene sobre una idea profundamente errónea, que considera que la soledad puede “gestionarse” sin ser cuidada[17]. Que basta con ocupar el tiempo, con organizar actividades, con facilitar la presencia física de otras personas para neutralizar el sentimiento de no importar. Sin embargo, la evidencia demuestra que la soledad no deseada no se resuelve con mera proximidad espacial ni con interacción superficial, sino con vínculos significativos, reconocimiento y continuidad en el cuidado que den sentido al espacio ocupado y a la compañía de quien lo ocupa[18].

Cuando las respuestas se diseñan sin contar con las personas afectadas, sin escuchar sus relatos, sus miedos y sus expectativas, el fracaso está prácticamente garantizado[19]. Y ese fracaso no es neutro. Tiene consecuencias emocionales, refuerza el sentimiento de abandono y genera una nueva forma de violencia simbólica, que consiste en hacer sentir a la persona que el problema persiste porque ella no ha sabido “aprovechar” el recurso ofrecido. La responsabilidad se desplaza del sistema a quien sufre la soledad.

Este enfoque tecnocrático no solo es ineficaz, sino profundamente injusto. Porque convierte un problema relacional complejo en una cuestión de cumplimiento administrativo[20]. La soledad se convierte así en un ítem más que registrar, un indicador que cumplir, una casilla que rellenar, un programa que justificar, mientras el sufrimiento real permanece intacto. Y cuanto más se institucionaliza esta lógica, más se normaliza la idea de que la soledad no deseada es un daño colateral inevitable.

En este contexto, la responsabilidad enfermera no puede diluirse ni delegarse. Las enfermeras no podemos tener una actitud neutral frente a la soledad no deseada, porque el cuidado no es neutral[21]. Cuidar implica tomar partido por la vida que merece ser vivida, por la dignidad que no se negocia y por la presencia que no se sustituye. Cuando las enfermeras miramos hacia otro lado ante la soledad, no estamos siendo prudentes ni realistas, estamos siendo cómplices de un modelo que no es el nuestro. Como, lamentablemente, nos sucede en tantas ocasiones cuando nuestras respuestas parten de un paradigma ajeno, consecuencia del abandono del que nos es propio.

La ética del cuidado no admite compartimentos estancos. No puede activarse solo cuando el problema encaja en un protocolo, ni desactivarse cuando resulta incómodo, complejo o difícil de medir[22]. La soledad no deseada exige tiempo, continuidad, compromiso, cuidado y eso tensiona inevitablemente los marcos organizativos actuales. Pero precisamente ahí reside el liderazgo enfermero, en señalar los límites del sistema cuando estos entran en conflicto con el cuidado[23].

Asumir esta responsabilidad no significa actuar de manera individualista ni heroica. Significa ejercer la autonomía profesional con criterio, construir alianzas comunitarias, reivindicar espacios de cuidado relacional y disputar el sentido de lo que se considera atención legítima[24]. Significa también incomodar, cuestionar inercias y negarse a aceptar que hay sufrimientos que “no tocan” o que “no son prioritarios”.

Cuando las enfermeras renunciamos a este papel, contribuimos a reforzar la idea peligrosa de que la soledad no deseada es un problema de nadie[25]. Y cuando algo es de nadie, termina siendo exclusivamente de quien la padece en soledad, es decir soledad en soledad. Por eso, abordar la soledad no deseada no es una opción ética, sino una prueba de coherencia profesional. Una enfermera que no se reconoce interpelada por la soledad corre el riesgo de perder su sentido más profundo, cuidar cuando realmente es necesario.

[1] Filósofa, historiadora, politóloga, socióloga, profesora de universidad, escritora y teórica política alemana (1906-1975)

[2] Holt-Lunstad J. Social connection as a public health issue. Annu Rev Public Health. 2022; 43:193–213.

[3] Marmot M. Health Equity in England: The Marmot Review 10 Years On. London: Institute of Health Equity; 2020.

[4] https://dle.rae.es/soledad

[5] Perlman D, Peplau LA. Loneliness research. J Soc Behav Pers. 2019;34(2):1–20.

[6] Bauman Z. Liquid Modernity Revisited. Cambridge: Polity Press; 2021.

[7] Campaign to End Loneliness. The economic cost of loneliness. London; 2021.

[8] Valtorta NK, Hanratty B. Loneliness and health. J R Soc Med. 2019;112(9):368–371.

[9] Torres S, Forssell E. Loneliness in later life. Ageing Soc. 2020;40(6):1316–1335.

[10] Loades ME, et al. Loneliness and mental health in youth. J Am Acad Child Adolesc Psychiatry. 2020;59(11):1218–1239.

[11] Victor C, Mansfield L. Interventions against loneliness. Ageing Soc. 2021;41(2):232–259.

[12] Gardiner C, Geldenhuys G, Gott M. Reducing loneliness. Ageing Soc. 2018;38(9):1957–1986.

[13] Tronto JC. Caring Democracy. New York: NYU Press; 2019.

[14] South J. Community-centred approaches. Public Health England. 2021.

[15] Turkel MC, Ray MA. Caring practice environments. J Nurs Adm. 2019;49(6):305–312.

[16] Dickens AP, Richards SH, Greaves CJ, Campbell JL. Interventions targeting social isolation in older people. BMC Public Health. 2011;11:647.

[17] Cacioppo JT, Hawkley LC. Perceived social isolation and health. Trends Cogn Sci. 2009;13(10):447–454.

[18] Holt-Lunstad J, Smith TB, Layton JB. Social relationships and mortality risk. PLoS Med. 2010;7(7):e1000316.

[19] National Academies of Sciences, Engineering, and Medicine. Social Isolation and Loneliness in Older Adults. Washington DC: National Academies Press; 2020.

[20] Rosa H. Resonance: A Sociology of Our Relationship to the World. Cambridge: Polity Press; 2019.

[21] Tronto JC. Moral Boundaries: A Political Argument for an Ethic of Care. New York: Routledge; 1993.

[22] Puig de la Bellacasa M. Matters of Care. Minneapolis: University of Minnesota Press; 2017.

[23] Turkel MC, Ray MA. Creating a caring practice environment. J Nurs Adm. 2019;49(6):305–312.

[24] South J, Stansfield J. Asset-based approaches and public health. Crit Public Health. 2018;28(2):135–146.

[25] Marmot M, Allen J. Social determinants of health equity. Am J Public Health. 2014;104(S4):S517–S519.

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