
Durante décadas, el sistema sanitario fue uno de los grandes consensos sociales. Un motivo de orgullo colectivo, una referencia internacional, un espacio de seguridad. Queríamos trabajar en él, queríamos ser atendidos en él y confiábamos —con razón— en su capacidad para atendernos cuando más lo necesitábamos. La sanidad privada era, para la mayoría, una opción marginal, casi anecdótica. Hoy, sin embargo, el relato ha cambiado de forma radical. Todo son críticas, desconfianza, protestas, desencanto. Hemos pasado de los aplausos diarios en los balcones durante la pandemia a la sospecha permanente; del reconocimiento a la agresión normalizada contra profesionales; de la defensa del sistema público a la huida hacia una sanidad privada que promete respuestas rápidas en espacios más modernos y confortables.
Este giro debería obligarnos a detenernos y preguntarnos, con honestidad, cómo hemos llegado hasta aquí. Y hacerlo precisamente en un momento histórico en el que los problemas de salud son mayores y más complejos. Salud mental, soledad no deseada, cronicidad, envejecimiento, malestar vital, fragilidad social, incertidumbre. Realidades que exigen atención de calidad y calidez, tiempo, vínculo, acompañamiento. Y, paradójicamente, son las que peor encajan en un sistema diseñado —y cada vez más presionado— para responder casi exclusivamente a la enfermedad aguda, a la técnica, a la enfermedad, al procedimiento y al dato.
Porque esos problemas de salud no obedecen a los parámetros clásicos de la asistencia hospitalaria ni a los indicadores de productividad que hoy se imponen como criterios de calidad. Porque no generan grandes retornos económicos ni lucen en estadísticas de alta complejidad. Porque no se resuelven con tecnología punta ni con fármacos de última generación. Porque exigen cuidados, escucha, presencia, continuidad. Y los cuidados —conviene decirlo claramente— siguen siendo los grandes relegados del sistema sanitario y con ellos, la humanización del sistema que se reclama con la misma fuerza con la que se diluye.
Hemos aceptado, casi sin darnos cuenta, una definición reducida de salud. Una salud entendida no como bienestar integral, sino como ausencia puntual de enfermedad. Una salud que se mide en pruebas diagnósticas, en tiempos de espera, en número de intervenciones. Una salud que identifica el tratamiento farmacológico como la respuesta casi única a cualquier malestar, sea físico, mental, social o incluso espiritual. Y, mientras tanto, ignoramos o negamos los factores que más condicionan nuestra salud, como el empleo, la precariedad, la vivienda, el medio ambiente, la educación, las relaciones, la pobreza, la desigualdad.
Lo físico ha colonizado el relato hasta impedirnos ver la importancia de lo mental, lo social y lo espiritual. Hemos depositado una fe casi religiosa en la tecnología, convencidos de que podría resolverlo todo. Hemos abandonado la responsabilidad compartida sobre nuestra salud pensando que otros —el sistema, los profesionales, los expertos— decidirían por nosotros. Hemos elevado la salud individual a categoría suprema, despreciando la salud colectiva y comunitaria. Y, al mismo tiempo, hemos ido perdiendo las herramientas personales y sociales necesarias para afrontar los problemas que genera nuestra forma de vida. Hasta el punto que no sabemos cómo afrontar los problemas, los malestares, las dificultades del día a día y nos bloqueamos.
El individualismo nos ha aislado de nuestros contextos, de nuestras redes familiares y sociales, erosionando los vínculos que constituyen el principal tejido de sostén y protección con el que contamos. La solidaridad ha ido quedando arrinconada en favor del ámbito cada vez más estrecho y excluyente del “yo”-me, mi conmigo-. La inmediatez nos ha llevado a exigir respuestas urgentes para todo, a vivir cualquier espera como una agresión, a olvidar que el tiempo es finito y que no se trata de tener más, sino de planificarlo y gestionarlo mejor. Y el hedonismo ha terminado por sacralizar el placer, la perfección, la ausencia absoluta de sufrimiento, la belleza normativa, la riqueza, expulsando del imaginario colectivo cualquier experiencia de dolor, deterioro, fragilidad o límite.
De todos esos “porqués” nace un modelo de expectativas imposible. Queremos un sistema sanitario que responda de inmediato a todas nuestras demandas; que resuelva cualquier dolencia sin esperas; que utilice toda la tecnología disponible aunque no sea necesaria; que recete medicamentos capaces de eliminar rápidamente cualquier sufrimiento; que no nos obligue a cambiar hábitos ni estilos de vida; que nos permita seguir con las mismas costumbres aunque deterioren el entorno; que no nos exija aprender nada sobre nuestra propia salud porque esa tarea corresponde exclusivamente a los profesionales; que mejore sin que tengamos que pagar más impuestos; que nos atienda siempre con amabilidad y empatía; que pague mejor a los profesionales pero sin guardias ni sobrecargas; que reconozca su especificidad normativa… todo ello, eso sí, sin renunciar al individualismo, la inmediatez, la insolidaridad y el hedonismo que alimentan el problema.
En definitiva, queremos que nos cuiden sin reconocer el valor de los cuidados. Queremos soluciones instantáneas, como si la salud funcionara igual que una máquina expendedora. Queremos evitar el dolor, el sufrimiento e incluso la muerte. Queremos que nos lo hagan todo, sin coste, sin incomodidad y con una sonrisa permanente, incluso a través de una Inteligencia Artificial elevada a garante del orden sanitario y social, encargada de monitorizar, clasificar y normalizar nuestros malestares, de estandarizar respuestas y emociones, de decidir qué sufrimiento es tolerable y cuál debe ser corregido, medicalizado o silenciado. Un sistema donde el control se disfraza de eficiencia, la estandarización de equidad y la eliminación del vínculo humano de progreso, mientras el cuidado se convierte en un protocolo automático, el malestar en una anomalía estadística y la fragilidad en un fallo que debe ser corregido para no alterar la ilusión de bienestar permanente. Es lo que pasa, cuando confundimos cuidar con caridad y bienestar con obediencia algorítmica.
Ese es el sistema sanitario que parece demandarse. Un sistema irreal, insostenible, profundamente injusto. Y es también el sistema que, de manera tramposa, se empeñan en vender quienes hacen negocio con nuestra salud, nuestras ilusiones y nuestros miedos. Mientras tanto, el sistema público lucha por sobrevivir en una sociedad de consumo, egoísmo y relatos simplificados que no responde a las verdaderas necesidades de salud, sino a intereses políticos, económicos y corporativos. Una lucha en la que los cuidados —de nuevo— quedan invisibilizados, infravalorados y desplazados.
Tal vez ha llegado el momento de asumir que el problema no es solo del sistema sanitario. Que también es cultural, social y ético. Que no habrá sanidad pública fuerte sin una ciudadanía corresponsable. Que no habrá salud sin cuidados reconocidos. Que no habrá soluciones reales mientras sigamos pidiendo respuestas mágicas a problemas que exigen compromiso, tiempo, comunidad y solidaridad.
Así nos va cuando aceptamos que el cuidado deje de ser un derecho y se convierta en caridad, en servicio automatizado o en limosna tecnológica que tranquiliza conciencias, pero vacía de sentido la salud.
Y así seguirá yendo mientras no nos atrevamos a cambiar el relato.