CUANDO EL LENGUAJE ESTABLECE JERARQUÍAS De paciente a persona

                        “Obra de tal modo que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin y nunca solamente como un medio.”

 Immanuel Kant[1]

 

Pacientes o personas: el lenguaje que construye obediencia

            Hemos interiorizado, aceptado y normalizado que quienes utilizan los servicios de salud sean denominados “pacientes”. La palabra fluye con naturalidad en consultas, hospitales, estrategias comunitarias y campañas de promoción. Paciente es quien acude por un dolor torácico y paciente es también quien participa en un taller de alimentación saludable. El término se aplica indistintamente al sufrimiento agudo y a la promoción participativa.

            Sin embargo, el lenguaje nunca es inocente.

            “Paciente” procede del latín pati o patior: sufrir, tolerar, soportar. El paciente es, etimológicamente, quien padece. La raíz no alude a la autonomía, ni a la agencia, ni a la capacidad de decisión. Remite a la resistencia pasiva ante algo que acontece. La pregunta es inevitable: ¿qué debe soportar quien participa en una estrategia de promoción de la salud? ¿Qué debe tolerar quien recibe un consejo preventivo? ¿La enfermedad… o el sistema?

            La denominación no es un mero formalismo. Como señalaba Michel Foucault, el lenguaje forma parte de los dispositivos de poder que configuran las relaciones sociales y delimitan quién tiene capacidad de definir la realidad y quién debe aceptarla[2]. Nombrar es ordenar. Y ordenar es ejercer poder.

            Cuando llamamos “paciente” a alguien, estamos situándolo —consciente o inconscientemente— en una posición de padecimiento, espera y recepción. La acción queda del lado del profesional y/o del sistema. Uno actúa; el otro tolera. Uno decide; el otro asume.

            La paradoja es aún más evidente cuando el término se utiliza en intervenciones de promoción o prevención. En esos contextos, la persona no está enferma ni padece necesariamente nada. Participa, aprende, decide, se compromete. Pero sigue siendo paciente. Como si la salud solo pudiera concebirse desde la lógica del déficit y no desde la potencialidad.

            Ivan Illich ya denunció hace décadas el fenómeno de la medicalización de la vida, alertando de cómo los sistemas sanitarios tienden a colonizar la experiencia humana redefiniéndola en términos de patología[3]. En esa colonización, el lenguaje cumple la función esencial de transforma a las personas en portadoras de diagnósticos, riesgos o desviaciones normativas.

            La consecuencia es sutil pero profunda. La identidad se diluye para ser sustituida por la condición clínica. Se deja de ser persona para convertirse en “diabética”, “hipertensa”, “menopáusica”, “inadaptada”. El adjetivo sustituye al nombre. La biografía queda subordinada al diagnóstico.

            Esta reducción no es solo lingüística; es estructural. Numerosos estudios sobre comunicación clínica han demostrado que el uso de categorías diagnósticas como etiquetas identitarias influye en la percepción de autonomía y participación de las personas en la toma de decisiones[4]. Cuando la identidad se define por la enfermedad, la capacidad de agencia se debilita.

            El modelo dominante en los sistemas sanitarios ha sido históricamente paternalista. Aunque formalmente hemos transitado hacia enfoques de “atención centrada en la persona”, la práctica real sigue mostrando inercias jerárquicas persistentes[5]. El profesional continúa ocupando la posición de experto decisor, mientras que el “paciente” permanece en la de receptor informado —pero no necesariamente deliberante.

            El problema no es meramente semántico. La palabra paciente cristaliza una determinada concepción antropológica, la del sujeto vulnerable cuya principal virtud es la paciencia. Paciencia para esperar una cita. Paciencia para tolerar listas de espera. Paciencia para aceptar protocolos rígidos. Paciencia para adaptarse a tiempos, formas y normas diseñadas sin su participación.

            No se trata aquí de negar la vulnerabilidad inherente a la experiencia de enfermedad. La fragilidad forma parte de la condición humana. Pero vulnerabilidad no es sinónimo de pasividad. Aaron Antonovsky, al desarrollar el modelo salutogénico, insistía en la importancia del sentido de coherencia y de la capacidad activa de las personas para comprender, manejar y dotar de significado a su experiencia de salud-enfermedad[6]. La salud no es mera ausencia de enfermedad; es proceso dinámico en el que la persona participa activamente.

            Existe además una dimensión ética relevante. La Organización Mundial de la Salud ha subrayado en múltiples informes la necesidad de avanzar hacia sistemas de salud centrados en las personas, no en las enfermedades[7]. Este enfoque implica reconocer autonomía, participación y corresponsabilidad. Sin embargo, mientras el lenguaje continúe reforzando la lógica del padecimiento, la transformación será incompleta. Y ni tan siquiera la propia OMS modifica esta tendencia.

            El contraste se vuelve más evidente cuando alguien decide no adoptar la actitud esperada. Cuando cuestiona, pregunta, exige explicaciones, solicita alternativas. Entonces deja de ser “buen paciente” y comienza a ser “impaciente”. La palabra se convierte en mecanismo de sanción simbólica. Impaciente es quien no se adapta, quien interrumpe el ritmo institucional, quien no acepta con resignación.

            De nuevo, el lenguaje opera como herramienta disciplinaria. Foucault describió cómo las instituciones modernas desarrollan formas de control no necesariamente coercitivas, sino normalizadoras¹. El “buen paciente” es el que coopera sin incomodar. El que confía sin discutir. El que agradece sin cuestionar.

            Y, sin embargo, la evidencia científica es clara al determinar que la participación activa de las personas en la toma de decisiones mejora resultados clínicos, adherencia terapéutica y satisfacción[8]. El modelo de shared decision making no es una concesión ideológica; es una práctica basada en evidencia. Cuando las personas deliberan junto a los profesionales, los desenlaces mejoran y la percepción de dignidad se fortalece.

            Persistir en la lógica del paciente pasivo no solo es éticamente discutible; es clínicamente ineficiente.

            El mantenimiento del término como categoría universal facilita, además, la reproducción de la estructura jerárquica del sistema sanitario. Si uno padece y otro actúa, la asimetría se legitima. La dominancia científica —necesaria en su dimensión técnica— se expande hacia el ámbito existencial, desplazando el saber experiencial y popular.

            La ciencia es imprescindible. Pero cuando se convierte en autoridad incontestable que invalida la voz de quien vive la experiencia, deja de ser herramienta emancipadora para convertirse en mecanismo de control. Como señalan Epstein y Street, la comunicación centrada en la persona no implica renunciar al conocimiento científico, sino integrarlo con los valores y preferencias individuales[9].

            La cuestión, por tanto, no es eliminar el término paciente por decreto lingüístico, sino problematizar su uso indiscriminado y reflexionar sobre lo que simboliza. ¿Queremos sujetos que padecen o personas que participan? ¿Queremos obediencia o corresponsabilidad? ¿Queremos paciencia o autonomía?

            Puede pensarse que el verdadero desafío no sea tanto cambiar la palabra, como transformar la relación que la sostiene. Pero el problema está en cómo el término ha quedado irremediablemente unido a dicha relación.

 

Pacientes o personas: el lenguaje que construye obediencia

            Si en la primera parte abordábamos la dimensión etimológica y estructural del término “paciente”, ahora conviene profundizar en su carga filosófica y moral. Porque la paciencia no es solo una cualidad descriptiva; ha sido históricamente una virtud normativa.

            En la tradición clásica y cristiana, la paciencia se asoció a la capacidad de soportar el sufrimiento con fortaleza y resignación. No era simplemente tolerancia; era aceptación del dolor como parte del orden moral. En el ámbito sanitario contemporáneo, esa virtud parece haber mutado en expectativa institucional, al esperar que quien accede al sistema lo haga con paciencia.

            El problema no radica en la necesidad de gestionar la incertidumbre o los tiempos asistenciales —inevitables en cualquier sistema complejo—, sino en que la paciencia se convierte en condición de legitimidad. Solo quien tolera sin cuestionar es reconocido como “buen paciente”.

            Esta construcción encaja con lo que diversos autores han descrito como persistencia del paternalismo médico en formas más sofisticadas. Emanuel y Emanuel ya diferenciaban en los años noventa distintos modelos de relación clínica, mostrando cómo el modelo paternalista continúa vigente bajo nuevas apariencias[10]. La información se comparte, sí; pero la autoridad decisoria permanece concentrada.

            La denominación de paciente contribuye a naturalizar esa asimetría. No es casual que en muchos contextos sanitarios el término “usuario”, cliente o “persona” genere incomodidad. Se percibe como excesivamente horizontal. Como si nombrar de otro modo amenazara el equilibrio jerárquico. Teniendo en cuenta, además, que usuario tan solo reconoce a quien hace uso de los recursos y cliente le confiere una relación mercantilista que no tiene cabida en los sistemas públicos.

            La cuestión no es meramente semántica; es política en el sentido más profundo del término. Hannah Arendt advertía que la despersonalización es uno de los primeros pasos en cualquier estructura que reduce a la persona a función o categoría[11]. Cuando alguien deja de ser José, María o Fátima para convertirse en “el infarto de la 302” o “la diabética”, no estamos ante una simple abreviatura organizativa. Estamos ante un desplazamiento simbólico de la identidad.

            La literatura científica sobre deshumanización en los sistemas sanitarios confirma que la cosificación —entendida como reducción de la persona a su patología— impacta negativamente tanto en la experiencia del cuidado como en los resultados percibidos[12].

            Sin embargo, el modelo biomédico dominante ha priorizado históricamente la enfermedad como núcleo de análisis. Thomas Kuhn explicaba cómo los paradigmas científicos determinan qué preguntas son legítimas y cuáles quedan fuera del foco[13]. En el paradigma biomédico clásico, la pregunta central no es “¿quién es esta persona?”, sino “¿qué le ocurre?”. El diagnóstico precede a la biografía.

            Desde esta lógica, la paciencia adquiere el sentido funcional de que la persona debe adaptarse al sistema, no el sistema a la singularidad de la persona. Protocolos, guías, algoritmos. Herramientas necesarias para garantizar calidad y seguridad, pero que, cuando se absolutizan, pueden convertirse en estructuras rígidas que silencian la voz específica y singular.

            Paradójicamente, la evidencia acumulada en las últimas décadas muestra que los modelos participativos generan mejores resultados. La revisión Cochrane sobre ayudas para la toma de decisiones confirma que cuando las personas participan activamente en decisiones clínicas se reduce el conflicto decisional y aumenta la satisfacción con la atención⁷. El modelo deliberativo no debilita la práctica profesional; la fortalece.

            La pregunta entonces es necesaria, si sabemos que la participación mejora resultados, ¿por qué persiste la inercia paternalista?

            Una posible respuesta se encuentra en la dimensión estructural del poder profesional. La autoridad científica otorga estatus, reconocimiento y control. Desplazar la relación hacia una horizontalidad real implica redistribuir poder. Y toda redistribución genera resistencias. Esta es, precisamente, una de las causas por las que se exigen normativas exclusivas y excluyentes con el objetivo de blindar, tanto la jerarquía, como la dependencia que de la misma se deriva.

            El término paciente funciona como recordatorio constante de la posición asignada. Quien padece no decide; espera. Quien sabe no espera; prescribe.

            En este contexto, no sorprende que quien cuestiona sea etiquetado como problemático. El “impaciente” altera el ritmo. Solicita segundas opiniones. Revisa literatura. Pregunta por alternativas terapéuticas. No se resigna a aceptar sin comprender. Y esa actitud, que desde una perspectiva democrática debería celebrarse como ejercicio de autonomía, puede ser interpretada como desafío.

            Aquí emerge una tensión central, la diferencia entre autoridad y autoritarismo. La autoridad se fundamenta en el conocimiento y se legitima mediante la confianza. El autoritarismo se sostiene en la jerarquía y se impone mediante la obediencia. Cuando el lenguaje refuerza la idea de que uno padece y otro decide, el riesgo de deslizarse hacia dinámicas autoritarias aumenta.

            El enfoque contemporáneo de derechos en salud insiste en la centralidad de la autonomía, la dignidad y la participación activa de las personas en todas las decisiones que les afectan[14]. No se trata de desprofesionalizar el cuidado, sino de humanizarlo. No se trata de relativizar la evidencia científica, sino de integrarla con el saber experiencial.

            Desde una perspectiva humanista, la persona no es objeto de intervención, sino persona de relación. El cuidado no se dirige a un paciente abstracto, sino a una biografía concreta situada en un contexto social, cultural y moral.

            Tal vez el desafío consista en reconocer que el lenguaje no solo describe el modelo sanitario; lo reproduce. Y que mientras sigamos hablando de pacientes como categoría universal, estaremos reforzando —aunque sea de forma inconsciente— una estructura que prioriza la obediencia sobre la autonomía.

            La transformación del modelo no comenzará únicamente en las reformas legislativas ni en los nuevos planes estratégicos. Comienza también en cómo nombramos.

 

Pacientes o personas: el lenguaje que construye obediencia

            Si aceptamos que el lenguaje configura relaciones, entonces el término “paciente” no es solo descriptivo, es performativo.

            En los sistemas sanitarios contemporáneos, estructurados históricamente bajo un modelo biomédico jerárquico, la distribución del poder ha sido asimétrica. La denominación de “paciente” encaja perfectamente en ese esquema.

            Sin embargo, el giro hacia modelos centrados en las personas y basados en derechos ha cuestionado de manera creciente esa arquitectura. La propia Organización Mundial de la Salud ha insistido en que los sistemas sanitarios deben garantizar participación activa, corresponsabilidad y empoderamiento real[15].

            La evidencia también respalda esta transición. Estudios sobre activación del paciente —concepto que paradójicamente mantiene el término— muestran que las personas con mayor nivel de implicación en el manejo de su salud presentan mejores resultados clínicos y menor utilización innecesaria de recursos[16]. La autonomía no es solo un principio ético; es un factor pronóstico.

            Pero aquí emerge una contradicción profunda. Mientras proclamamos la necesidad de empoderar, seguimos nombrando desde la pasividad. Mientras hablamos de corresponsabilidad, mantenemos categorías que evocan sufrimiento tolerado.

            Desde una perspectiva filosófica, la dignidad no es una concesión del sistema; es inherente a la persona. Kant ya advertía que el ser humano no puede ser tratado meramente como medio, sino siempre como fin en sí mismo[17]. Cuando la identidad se reduce a diagnóstico o rol de paciente, el riesgo de instrumentalización aumenta.

            El cuidado —especialmente desde la tradición enfermera— se ha definido como relación, acompañamiento y reconocimiento de la singularidad. Autoras como Joan Tronto han subrayado que el cuidado implica responsabilidad, competencia y respuesta a la vulnerabilidad del otro sin anular su autonomía[18]. Vulnerabilidad no es sinónimo de sumisión.

            Aquí radica una tensión especialmente relevante. La disciplina enfermera ha reivindicado una atención centrada en la persona mucho antes de que se convirtiera en planteamiento institucional. Sin embargo, también ha operado dentro de estructuras jerárquicas que reproducen la lógica del paciente pasivo.

            La pregunta que debemos plantear es si hemos sido capaces de transformar la relación o hemos terminado adaptándonos al modelo dominante.

            El lenguaje puede ser una herramienta de resistencia o de reproducción. Cuando hablamos de personas, ciudadanía, participantes, estamos desplazando el foco. Cuando seguimos hablando de pacientes de manera indiscriminada, reforzamos una antropología del padecimiento.

            La ética del cuidado contemporáneo apunta hacia relaciones horizontales basadas en el reconocimiento mutuo. Axel Honneth ha defendido que el reconocimiento es condición esencial para la construcción de identidad y autoestima[19]. Si el sistema sanitario no reconoce a las personas como personas activas, difícilmente podrá fomentar autonomía real.

            Desde esta perspectiva, la cuestión no es meramente terminológica. Afecta al núcleo mismo del cuidado profesional. Porque si aceptamos sin crítica que quienes cuidamos son, ante todo, pacientes —es decir, sujetos definidos por el padecimiento y la tolerancia— estamos asumiendo una concepción relacional que pervierte el sentido profundo del cuidado enfermero.

            El cuidado no se ejerce sobre alguien que debe soportar, sino con alguien que participa. No se dirige a una identidad anulada por el diagnóstico, sino a una persona con historia, valores y capacidad de decisión. Nombrar como paciente de manera indiscriminada a quien cuidamos resulta, en este sentido, tan paradójico como anacrónico. Supone aceptar una categoría que coloca a la persona en la pasividad justo cuando el cuidado pretende reconocer su dignidad y fortalecer su autonomía.

            Desde este planteamiento resulta difícil justificar plenamente la prestación de cuidados profesionales si estos se desarrollan dentro de una lógica que reduce al otro a padecimiento. Porque el cuidado, cuando es auténtico, no anula; reconoce. No somete; acompaña. No exige paciencia resignada; promueve agencia responsable. Persistir en la denominación de paciente implica, en cierta medida, renunciar a la dimensión emancipadora del cuidado y aceptar una relación que contradice el paradigma humanista que decimos defender.

            Finalmente, hay un elemento que no puede obviarse. La dimensión del ego profesional. Cuando el centro simbólico del sistema no es la persona, sino la figura del salvador, la relación se distorsiona. El protagonismo desplaza al acompañamiento. La autoridad eclipsa la escucha.

            No es tanto que importen menos las personas. Es que importan más los egos.

            Y quizá ahí resida el núcleo del problema.

            Porque transformar el lenguaje implica transformar la posición desde la que hablamos. Implica renunciar a una cuota de control. Implica aceptar que el saber científico no pierde valor cuando se comparte; lo gana.

            Tal vez el verdadero salto cualitativo en los sistemas sanitarios no consista en nuevas tecnologías ni en protocolos más sofisticados, sino en reconocer que a quien atendemos no es un paciente por definición, sino una persona que atraviesa una circunstancia concreta.

            Y las circunstancias cambian.

            La dignidad, no.

[1] Filósofo prusiano de la Ilustración (1724 – 1804).

[2] Foucault M. The Birth of the Clinic: An Archaeology of Medical Perception. New York: Vintage Books; 1994.

[3] Illich I. Medical Nemesis: The Expropriation of Health. London: Marion Boyars; 1976.

[4] Kelly M, Millward L. Identity and illness: the use of diagnostic labels in clinical practice. Soc Sci Med. 2004;58(5):1067–1077.

[5] Barry MJ, Edgman-Levitan S. Shared decision making — The pinnacle of patient-centered care. N Engl J Med. 2012;366(9):780–781.

[6] Antonovsky A. Health, Stress and Coping. San Francisco: Jossey-Bass; 1979.

[7] World Health Organization. WHO global strategy on people-centred and integrated health services. Geneva: WHO; 2016.

[8] Stacey D, Légaré F, Lewis K, et al. Decision aids for people facing health treatment or screening decisions. Cochrane Database Syst Rev. 2017;4:CD001431.

[9] Epstein RM, Street RL Jr. The values and value of patient-centered care. Ann Fam Med. 2011;9(2):100–103.

[10] Emanuel EJ, Emanuel LL. Four models of the physician-patient relationship. JAMA. 1992;267(16):2221–2226.

[11] Arendt H. The Human Condition. Chicago: University of Chicago Press; 1958.

[12] Haslam N. Dehumanization: an integrative review. Pers Soc Psychol Rev. 2006;10(3):252–264.

[13] Kuhn TS. The Structure of Scientific Revolutions. Chicago: University of Chicago Press; 1962.

[14] World Health Organization. Human rights and health. Geneva: WHO; 2017.

[15] World Health Organization. Framework on integrated people-centred health services. Geneva: WHO; 2016.

[16] Hibbard JH, Greene J. What the evidence shows about patient activation: better health outcomes and care experiences. Health Aff (Millwood). 2013;32(2):207–214.

[17] Kant I. Groundwork of the Metaphysics of Morals. Cambridge: Cambridge University Press; 1785/1998.

[18] Tronto J. Moral Boundaries: A Political Argument for an Ethic of Care. New York: Routledge; 1993.

[19] Honneth A. The Struggle for Recognition. Cambridge: Polity Press; 1995.

Todos somos IMPORTANTES

Este jueves el Auditorio ADA se llenará de aplausos, de abrazos sinceros y de historias que merecen ser contadas. El Diario INFORMACIÓN celebra su Gala IMPORTANTES, un acto ya consolidado en la vida social de la provincia que reconoce las aportaciones científicas, académicas, empresariales, culturales, sociales y políticas de personas e instituciones alicantinas. No es solo una ceremonia. Es un espejo en el que Alicante se mira y se reconoce en lo mejor de sí misma.

En tiempos de ruido permanente, de titulares crispados y de debates que parecen diseñados para enfrentar más que para construir, detenerse a celebrar el esfuerzo, la excelencia y el compromiso es casi un acto de resistencia cívica. Vivimos una etapa donde la confrontación, la mentira, el descrédito, la manipulación o la corrupción ocupan demasiado espacio en la conversación pública. Las buenas noticias parecen tener menos recorrido que las polémicas. El mérito compite en desigualdad frente al escándalo.

Por eso la Gala IMPORTANTES adquiere un valor añadido. Porque pone el foco donde muchas veces no se pone: en quienes mejoran la vida colectiva. En quienes investigan, educan, emprenden, crean cultura, generan empleo, sostienen proyectos sociales, cuidan, innovan o gestionan con responsabilidad. En quienes, desde distintos ámbitos, contribuyen a que esta provincia sea un lugar más habitable, más justo, más dinámico.

Y no es menor que sea el Diario INFORMACIÓN quien impulse este reconocimiento. El principal nexo informativo de la prensa provincial y autonómica no solo informa; también construye relato colectivo. Y cuando decide destacar el talento, el esfuerzo y la contribución social, está enviando el mensaje claro de que lo que importa no es el ruido, sino el impacto positivo en la comunidad.

Sin embargo, en medio de esta alegría compartida, conviene no olvidar algo fundamental. Siempre hay un pero que no resta, sino que completa.

Porque junto a quienes suben al escenario a recoger un galardón, existen otras personas igualmente IMPORTANTES que raramente ocupan el centro de los focos. Personas que no reciben premios, pero sostienen silenciosamente la vida cotidiana de nuestra sociedad. Personas que muchas veces solo aparecen en los medios cuando son víctimas de de violencia, de exclusión, de precariedad, de injusticia.

Son IMPORTANTES las mujeres asesinadas o maltratadas por violencia de género, cuyo nombre no debería pronunciarse solo desde la tragedia. Son IMPORTANTES quienes no pueden acceder a una vivienda digna mientras el mercado se convierte en una barrera infranqueable. Son IMPORTANTES quienes llegan buscando refugio o mejores oportunidades de vida y se enfrentan al recelo, a la burocracia, al rechazo o al odio. Son IMPORTANTES los niños y niñas que sufren acoso escolar y los trabajadores que padecen hostigamiento laboral. Son IMPORTANTES quienes viven en situación de vulnerabilidad hasta el punto de convertirse en vulnerados por el propio sistema.

También lo son quienes no logran acceder a una sanidad pública en condiciones de equidad, quienes encadenan contratos precarios sin horizonte de estabilidad, quienes aportan talento y compromiso sin recibir el reconocimiento que merecen. Y lo son, igualmente, quienes defienden el valor de lo común frente a quienes reclaman privilegios exclusivos y excluyentes como si el bien colectivo fuese una amenaza.

Todas estas personas, mujeres y hombres anónimos, forman parte del tejido que sostiene nuestra convivencia. No aparecen en las galas, pero están en los barrios, en las aulas, en los centros de trabajo, en las asociaciones, en los cuidados diarios, en la resiliencia silenciosa. Sin ellas, sin ellos, la comunidad se resquebraja.

Reconocerlas como IMPORTANTES no es un gesto retórico. Es un acto de justicia simbólica. Es dignificar su existencia y afirmar que su vida, su esfuerzo y su sufrimiento también importan. Es comprender que la grandeza de una sociedad no se mide solo por sus éxitos visibles, sino por la manera en que cuida a quienes atraviesan momentos de fragilidad.

La Gala IMPORTANTES celebra trayectorias ejemplares. Y está bien que así sea. Necesitamos referentes. Necesitamos ejemplos que inspiren, que demuestren que el talento y el compromiso tienen sentido. Pero necesitamos, al mismo tiempo, ampliar nuestra mirada. Entender que la categoría de “importante” no puede limitarse a quienes destacan por logros extraordinarios, sino que debe incluir a quienes sostienen lo ordinario con una dignidad extraordinaria.

Quizá el verdadero reto como comunidad sea construir una cultura donde cada persona se sienta reconocida en su valor intrínseco. Donde nadie tenga que convertirse en noticia trágica para ser visible. Donde el reconocimiento no sea excepcional, sino cotidiano.

Celebremos, por tanto, con alegría sincera a quienes este jueves recibirán su merecido aplauso. Pero hagámoslo también con conciencia. Recordando que una sociedad madura no solo premia el mérito, sino que protege la dignidad. Que no solo distingue la excelencia, sino que cuida la vulnerabilidad.

Porque, en realidad, una comunidad fuerte no es la que tiene más IMPORTANTES sobre el escenario, sino la que es capaz de reconocer como IMPORTANTES a todas las personas que la hacen posible.

Y de eso, en el fondo, depende el tipo de sociedad que queremos ser.

Hoy tenemos la suerte de contar con la aportación de un gran profesional enfermero como Ginés Mateo Martínez.

Ginés Mateo Martínez es enfermero, especialista en Salud Mental, máster en investigación y doctor por la Universidad Autónoma de Madrid, donde es profesor en áreas de salud mental y sociología del cuidado. Sus principales intereses se centran en la identidad profesional y en las dimensiones psicosociológicas del cuidado.

Y su entrada en esta sección de Otras Miradas nos aporta una refelexión sobre algo de lo que tanto se habla, pero que, como suele suceder, se hace de manera tan sesgada y alejada de la verdad de la realidad social. 

Gracias Ginés por asomarte a este Blog y ofrecernos tu mirada.

VIVIR SIN NADIE

La epidemia silenciosa de la soledad no elegida

Hay una forma de soledad que no tiene que ver con elegir estar a solas, con el retiro voluntario o con la necesidad legítima de silencio. Es otra cosa. Es la soledad que irrumpe cuando los vínculos se debilitan, cuando los apoyos se rompen o cuando, aun estando rodeados de gente, uno se siente profundamente solo. Es la soledad no elegida: una experiencia cada vez más frecuente y, sin embargo, todavía poco pensada desde una perspectiva integral de salud.

Durante mucho tiempo, la soledad se ha asociado casi exclusivamente a la vejez. Hoy sabemos que eso es una simplificación peligrosa. La soledad no elegida atraviesa todas las edades: infancia, adolescencia, adultez y vejez. Puede aparecer en grandes ciudades hiperconectadas o en pequeños entornos rurales aparentemente cohesionados. Puede darse en personas con pareja, con familia, con trabajo, con redes sociales activas. Porque no depende tanto del número de contactos como de la calidad del vínculo.

Desde una mirada enfermera, la soledad no elegida no es solo un estado emocional: es un determinante de salud. Afecta al bienestar psicológico, a la salud física, a la adherencia a los cuidados, a la capacidad de afrontar la enfermedad, al sentido de continuidad vital. La evidencia es cada vez más clara: la soledad sostenida en el tiempo se asocia a mayor riesgo de depresión, ansiedad, deterioro cognitivo, enfermedades cardiovasculares e incluso mayor mortalidad.

Pero ¿cómo se llega a esa soledad?

No hay una sola vía. Hay trayectorias. A veces empieza con una pérdida: una muerte, una ruptura, una migración, un cambio de etapa vital. Otras veces se va gestando en procesos más silenciosos: precariedad laboral, sobrecarga de cuidados, enfermedad crónica, estigmatización, aislamiento social progresivo. En niños y adolescentes puede aparecer ligada al acoso, a la dificultad para encajar, a contextos familiares frágiles o a entornos comunitarios empobrecidos. En personas adultas, a ritmos de vida que erosionan el tiempo compartido, a trabajos que desconectan, a ciudades que fragmentan. En mayores, a la jubilación, a la viudez, a la pérdida de roles y de espacios de pertenencia.

Lo común en todas estas situaciones no es la ausencia de gente, sino la ausencia de reconocimiento, de sostén, de reciprocidad.

Aquí es donde la familia —en sentido amplio, no idealizado— vuelve a ocupar un lugar central. No como institución perfecta, sino como primer espacio de socialización, de cuidado y de sentido. Cuando funciona como red de apoyo, la familia puede ser un potente factor protector frente a la soledad. Cuando está ausente, fragmentada o desbordada, la vulnerabilidad se multiplica.

Desde la práctica enfermera, esto se ve todos los días. Personas que acuden a consulta no solo con síntomas, sino con historias de desvinculación. Personas cuya principal herida no es solo clínica, sino relacional. Familias agotadas, cuidadoras solas, adolescentes sin espacios de escucha, mayores que “no quieren molestar”. En muchos casos, la intervención sanitaria clásica se queda corta si no se acompaña de una lectura relacional y comunitaria de lo que está pasando.

Por eso, hablar de soledad no elegida es también hablar de responsabilidad colectiva. No basta con individualizar el problema en la persona que “se siente sola”. Hay que mirar los contextos: ¿qué tipo de barrios construimos? ¿Qué tiempos de vida sostenemos? ¿Qué políticas de conciliación existen? ¿Qué espacios comunitarios cuidamos o dejamos morir? ¿Qué lugar damos a la dependencia, a la fragilidad, al cuidado?

Las enfermeras tienen aquí un papel privilegiado. No solo por su cercanía a las personas y a los territorios, sino porque trabajan precisamente en ese “entre” o en esa intemperie: entre lo clínico y lo social, entre lo individual y lo familiar, entre el síntoma y la historia de vida. Detectar soledad no elegida no es solo pasar un cuestionario: es escuchar, es leer silencios, es comprender trayectorias, es ver quién acompaña y quién ya no está. Y también es activar redes: apoyar a las familias, fortalecer recursos comunitarios, coordinar con lo social, promover espacios de encuentro, legitimar el cuidado como valor central y no como residuo invisible.

Quizá una de las tareas más urgentes de nuestro tiempo sea esta: volver a pensar el cuidado como vínculo. No solo como técnica, no solo como procedimiento, sino como tejido que sostiene vidas. En un mundo cada vez más rápido, más fragmentado y exigente, la soledad no elegida es una señal de alarma. Y también una invitación: a reconstruir comunidad, a cuidar a quienes cuidan, a no dejar a nadie solo con su fragilidad.

Porque la salud no se juega solo en los cuerpos. Se juega, sobre todo, en los lazos.

PROHIBIR PARA EXCLUIR

VOX presentó una proposición de ley para prohibir el uso del burka y el niqab en espacios públicos. El Partido Popular decidió prestar su apoyo, en un movimiento que difícilmente puede desvincularse de las complejas negociaciones para conformar gobierno en comunidades como Extremadura y Aragón. Pero más allá de la aritmética parlamentaria y de las estrategias de aproximación entre ambas formaciones, lo verdaderamente relevante es el fondo ideológico que sostiene la iniciativa.

La propuesta se presentó con la envoltura aparentemente impecable de la defensa de la libertad y los derechos de las mujeres. Sin embargo, el planteamiento no nace de una preocupación genuina por la emancipación femenina, sino de una pulsión identitaria que señala al diferente como problema. La retórica de la “liberación” se convierte así en coartada para una política de exclusión.

Es evidente que el uso del burka o del niqab genera controversia en sociedades como la nuestra, donde la igualdad de género forma parte, aún al menos, del marco normativo y cultural. Resulta comprensible que muchas personas tengan dificultades para entender, compartir o incluso respetar prácticas asociadas a contextos religiosos y culturales distintos. El debate es legítimo. Pero no lo es, utilizarlo como ariete contra una comunidad concreta.

Porque conviene no engañarse, la prohibición no eliminaría el problema que dice querer resolver. Estas prendas no son simples accesorios; forman parte de un entramado cultural, religioso y simbólico complejo que, en muchos casos, ha sido interiorizado, normalizado e incluso es defendido por las propias mujeres que las portan. Pensar que una ley punitiva va a revertir esa realidad es, como mínimo, ingenuo. O deliberadamente cínico.

Cuando se legisla desde la imposición, lo que suele obtenerse es el efecto contrario al proclamado. La prohibición no emancipa; desplaza. No integra; expulsa. Y eso es precisamente lo que subyace en la iniciativa: quien no se adapte, que se marche. Es decir, la libertad que se invoca como argumento se transforma en coacción.

No hace tanto tiempo, bajo la dictadura franquista que algunos se resisten aún en reconocer y condenar con claridad, las mujeres estaban obligadas a cubrirse la cabeza en determinados contextos. Y hoy, sin ir más lejos, miles de mujeres que pertenecen a órdenes religiosas católicas —las monjas— cubren su cabello con una toca como parte de su identidad y compromiso espiritual, sin que ello genere el más mínimo reproche por parte de quienes ahora se erigen en guardianes de la libertad femenina. ¿Por qué en unas es una aberración y en otras una veneración? La respuesta no está en la defensa de los derechos de las mujeres, sino en quién encarna el símbolo y a qué cultura se le atribuye.

Nada de esto implica ignorar que existen prácticas culturales que vulneran derechos fundamentales y que deben ser abordadas. La ablación del clítoris es un ejemplo paradigmático. Pero su erradicación no se ha afrontado —ni con éxito ni con legitimidad— desde la simple prohibición penal aislada, sino mediante programas de intervención comunitaria, educación, mediación intercultural y trabajo sostenido con las propias comunidades afectadas. Se trata de transformar desde dentro, no de imponer desde fuera.

La diferencia entre ambos enfoques es sustancial. Uno parte del diálogo, el respeto y la convicción de que la igualdad se construye con las personas, no contra ellas. El otro se apoya en la confrontación, en la simplificación y en la búsqueda de rédito político a partir del miedo. Porque no nos engañemos, la iniciativa no surge en el vacío. Se inscribe en una estrategia más amplia de visibilización del migrante como amenaza, del islam como bloque homogéneo incompatible con “lo nuestro”.

Resulta especialmente paradójico que quienes denuncian el supuesto adoctrinamiento en las aulas cuando se educa en valores sobre igualdad, convivencia y respeto, recurran ahora a la legislación para imponer su propia doctrina cultural. Se invoca la democracia para limitar libertades individuales; se apela a la igualdad para estigmatizar; se habla de derechos de las mujeres sin escuchar a las mujeres concretas a las que se dice defender.

El debate sobre el burka y el niqab no puede reducirse a una proclama, ni a un gesto legislativo efectista. Exige rigor, sensibilidad y, sobre todo, honestidad intelectual. Si de verdad preocupa la situación de las mujeres musulmanas, la apuesta pasa por reforzar políticas de integración, garantizar acceso a educación, empleo y servicios públicos, y promover espacios de participación donde expresar su voz sin tutelas ni instrumentalizaciones.

Prohibir es siempre la vía más sencilla cuando lo que se busca no es resolver un problema, sino exhibir autoridad. Convertir una cuestión compleja en un símbolo de confrontación puede dar réditos y apoyos a corto plazo. A largo plazo, erosiona el tejido común y genera enfrentamiento. Y una democracia que sacrifica la libertad en nombre de una supuesta protección termina pareciéndose demasiado a aquello que dice combatir.

SISTEMA SANITARIO: CUANDO LA SALUD DEJA DE SER EL CENTRO Victimismo egocéntrico

“Todo sistema está perfectamente diseñado para obtener los resultados que obtiene.

Edwards Deming[1]

 

            La paradoja del progreso y la crisis de legitimidad

 

            Existe un consenso amplio —académico, profesional y social— en que los sistemas sanitarios atraviesan una crisis profunda. No porque hayan dejado de producir avances espectaculares en términos diagnósticos, terapéuticos o tecnológicos, sino porque, paradójicamente, cuanto más sofisticados se vuelven, más se resquebraja su legitimidad social. El problema no es lo que fueron, ni siquiera lo que son capaces de hacer, sino aquello en lo que se han ido convirtiendo.

            Durante décadas, especialmente en Europa, los sistemas sanitarios públicos fueron referencia de equidad, cohesión social y progreso democrático. La Organización Mundial de la Salud ya advirtió en su histórico informe sobre Atención Primaria que debían orientarse hacia las personas y no hacia las estructuras ni los intereses sectoriales[2]. Sin embargo, el desarrollo posterior no siempre siguió ese rumbo.

            Hoy la paradoja es inquietante. Nunca habíamos contado con tanta evidencia científica, especialización profesional, innovación biosanitaria y capacidad tecnológica. Y, sin embargo, la percepción social de deterioro crece. Las listas de espera se cronifican, la fragmentación de la atención aumenta, la deshumanización es evidente y la ciudadanía comienza a cuestionar aquello que durante décadas consideró incuestionable.

            El informe de la Comisión Lancet sobre Sistemas Sanitarios de Alta Calidad fue contundente al decir que no basta con ampliar cobertura o incorporar tecnología; la calidad real implica seguridad, eficacia, experiencia de las personas y confianza pública[3]. Y es precisamente en esos ámbitos donde emergen las grietas.

            No estamos ante una contradicción insalvable. El problema no es que la tecnología haya avanzado, sino que lo haya hecho de forma desequilibrada respecto a la humanización, el cuidado, la equidad o la participación. El progreso científico no ha caminado al mismo ritmo que el progreso organizativo y cultural. La excelencia técnica ha eclipsado la excelencia relacional.

            Por su parte, la literatura sobre “missed nursing care” muestra cómo la sobrecarga, la fragmentación y la presión productivista provocan omisiones involuntarias en los cuidados fundamentales[4]. No hablamos de negligencia, sino de sistemas diseñados bajo lógicas que priorizan el procedimiento sobre la presencia, el indicador sobre la interacción y el rendimiento sobre la relación.

            Así pues, el modelo biomédico, extraordinariamente eficaz para abordar procesos agudos y complejos, se ha convertido en paradigma dominante incluso para problemas crónicos, sociales o estructurales. El resultado es una hipertrofia hospitalaria acompañada de una infradotación sistemática de la Atención Primaria y Comunitaria, fenómeno reiteradamente señalado por la OCDE[5], que provocan gran parte de los problemas actuales de los Sistemas Sanitarios a nivel internacional.

            Hasta aquí, el análisis podría parecer redundante y poco novedoso, a pesar de lo cual nada cambia. Pero existe una dimensión menos abordada —y quizá más incómoda— como es el progresivo desplazamiento del centro del debate.

 

            Cuando el sistema deja de ser el eje y lo ocupan los intereses corporativos

            Y es que el debate público ya no gira prioritariamente en torno a qué sistema necesitamos, sino en torno a qué papel asumen los profesionales en el sistema actual: si actúan como agentes de transformación o como piezas funcionales de una estructura que apenas se cuestiona. Y aunque ambas cuestiones están relacionadas, no son equivalentes. Porque no es lo mismo reivindicar mejores condiciones dentro del modelo que interrogar críticamente el modelo mismo.

            Las reivindicaciones laborales, salariales o formativas son legítimas. Nadie puede cuestionar la necesidad de condiciones dignas, estabilidad profesional o reconocimiento académico. De hecho, múltiples estudios muestran que las condiciones laborales influyen directamente en resultados de salud y seguridad de las personas[6]. Pero cuando el eje del debate se desplaza exclusivamente hacia el interés corporativo, el riesgo es evidente, ya que se diluye la perspectiva estructural.

            La pregunta deja de ser “¿qué necesita la población?” para convertirse en “¿qué necesitan los profesionales?”. Y aunque ambas dimensiones deberían confluir, no siempre lo hacen.

            En muchos contextos, la discusión se reduce a un planteamiento lineal, centrado en el manido pero efectista relato sobre la falta de más médicos, más enfermeras, más fisioterapeutas. Sin embargo, el propio análisis de la Comisión Lancet señalaba que el problema no es solo de número, sino de distribución, organización y adecuación a necesidades reales2. Incrementar plantillas sin rediseñar estructuras puede perpetuar ineficiencias.

            En este mismo sentido, la investigación en sistemas sanitarios insiste en que el reto es sistémico. Berwick lo sintetizó con la Triple Aim: mejorar experiencia de la persona, mejorar salud poblacional y equilibrar costes[7]. Ninguno de estos objetivos se alcanza únicamente ampliando el número de profesionales sin planificación estratégica.

            En este contexto emerge otro fenómeno igualmente preocupante, como es la creciente corporativización del debate sanitario. Determinadas organizaciones profesionales adoptan discursos simplistas, victimistas, demagógicos o de confrontación que, aun generando cohesión interna y un apoyo popular tramposo y cautivo, no necesaria ni habitualmente consiguen transformación estructural. Se centran en estar permanentemente mirándose el ombligo y en preguntar exclusivamente y ¿“de lo mío qué? El impacto mediático sustituye al análisis riguroso y el conflicto interprofesional desplaza a la cooperación.

            El resultado es un ecosistema tensionado, donde las luchas competenciales ocupan el espacio que debería dedicarse a la planificación basada en necesidades poblacionales, vulnerabilidad social o determinantes de la salud.

            Michael Marmot demostró que la salud depende en gran medida de factores sociales estructurales[8]. Sin embargo, la arquitectura de nuestros sistemas continúa organizada en torno a especialidades y jerarquías profesionales más que en torno a determinantes sociales y morales o necesidades comunitarias. Todo lo cual se traduce en una exacerbación de egos cargada de tópicos, falacias y demagogias populistas tendentes a conseguir el apoyo popular y el rechazo hacia el sistema al que hace culpable de todo.

Cuando el sistema no evoluciona estructuralmente, pero sí lo hacen las reivindicaciones corporativas, se genera una tensión permanente que deriva en parálisis. Se negocian cupos, retribuciones, competencias y estatus, mientras los problemas organizativos de fondo —fragmentación, hospitalcentrismo, inequidad territorial, débil participación ciudadana— permanecen intactos. Esta dinámica no solo bloquea una profunda y necesaria reforma, sino que alimenta indirectamente procesos de privatización encubierta.

La ética del cuidado, como plantea Joan Tronto, implica responsabilidad colectiva y compromiso político[9]. Sin embargo, el discurso dominante en muchos foros profesionales ha desplazado esa ética hacia una lógica de posicionamiento laboral.

No se trata de enfrentar profesionales con sistema. Se trata de recuperar el orden de prioridades. Primero, el sistema como estructura pública responsable de la salud colectiva; después, la organización de los recursos —profesionales incluidos— en función de ese propósito. Porque, cuando la planificación se invierte, el sistema se convierte en escenario de disputas y deja de ser instrumento de salud pública. Entonces la crisis deja de ser meramente tecnológica o financiera para revelarse como lo que realmente es: una crisis de orientación y de coherencia entre lo que decimos que es la salud y la forma en que organizamos el sistema para generarla, promoverla y mantenerla.

 

Gestión, politización y parálisis estructural

La Organización Mundial de la Salud ya advertía que la gestión sanitaria exige liderazgo orientado a valores, coherencia estratégica y participación social[10]. Sin embargo, la politización partidista y la instrumentalización del debate sanitario como arma electoral dificultan cualquier reforma estructural profunda.

La salud se ha convertido con demasiada frecuencia en símbolo identitario o en argumento de confrontación parlamentaria. Las decisiones estructurales se posponen para evitar costes políticos inmediatos; las concesiones responden más a presiones coyunturales, de lobbies de presión o sectoriales que a planificación basada en evidencia. Se anuncian refuerzos puntuales, pero se evita revisar la arquitectura organizativa que sostiene los problemas.

Pero, si aceptamos que la crisis es estructural, entonces la pregunta no debe plantearse sobre la base de cuántos profesionales faltan —aunque en determinados contextos falten—, sino qué modelo de sistema queremos construir y cómo redistribuimos capacidades en función de necesidades reales, vulnerabilidad o equidad. Sin rediseño organizativo, cualquier incremento cuantitativo es un parche sobre un modelo agotado.

Porque la planificación sanitaria implica anticipación demográfica, análisis territorial, evaluación de necesidades y redistribución estratégica. Pero cuando el debate se reduce a negociación salarial o ampliación lineal de plazas, el corto plazo sustituye a la visión sistémica.

 

Universidad, reproducción del modelo y mercantilización del conocimiento

En este escenario, además, existe otro agente fundamental que no siempre se tiene en cuenta. La universidad, que desempeña un papel decisivo, sin embargo, queda atrapada en la lógica de adaptación al sistema vigente más que en la misión de transformarlo que debiera ser su principal objetivo.

Las facultades de ciencias de la salud han ido alineando progresivamente sus planes formativos con los requerimientos inmediatos del mercado laboral sanitario. La competencia técnica específica ha ganado peso, mientras la reflexión crítica sobre modelos organizativos, determinantes sociales y morales y dimensión ética del cuidado pierde centralidad. Ya lo advertía el informe de Frenk y colaboradores sobre la transformación de la educación para la salud, cuando insistía en que formar profesionales para un nuevo siglo exige fortalecer la comprensión sistémica y no solo la pericia técnica[11].

El resultado es una paradoja que no debiera ignorarse: profesionales altamente cualificados en el plano técnico, pero formados en marcos que reproducen exactamente los mismos errores que perpetúan el modelo actual. Se aprende a desempeñarse en el sistema tal como es, no a cuestionarlo ni a rediseñarlo[12].

A esta dinámica se suma la mercantilización del conocimiento. La investigación tiende a orientarse hacia líneas tecnológicamente atractivas y financiables, mientras los estudios sobre organización, cuidados fundamentales o modelos comunitarios reciben menor visibilidad y apoyo[13]. Se genera así un circuito de retroalimentación en el que el sistema demanda perfiles adaptados a su estructura actual; la universidad los forma; las organizaciones profesionales defienden su espacio dentro de esa misma estructura. El modelo permanece intacto. Y la sociedad sufre las consecuencias.

 

Ciudadanía, confianza y resultados poblacionales

Pero, a pesar de lo que pueda parecer, la ciudadanía sufre y reconoce sus consecuencias, y eso erosiona progresivamente la confianza. La percepción social de deterioro no surge del desconocimiento, sino de la experiencia cotidiana, entre otras, de consultas breves, itinerarios fragmentados, sensación de anonimato, dificultades de acceso y desigualdades territoriales. La confianza —ese intangible imprescindible— se erosiona cuando la técnica gana precisión, pero el trato pierde calidez.

La OCDE ha insistido en que la sostenibilidad de los sistemas no depende exclusivamente de financiación, sino de eficiencia organizativa y orientación hacia resultados en salud poblacional[14]. Y los resultados poblacionales no se alcanzan únicamente mediante procedimientos técnicos complejos, sino a través de continuidad de la atención y los cuidados, promoción de la salud, prevención, coordinación efectiva y abordaje de determinantes sociales y morales.

La evidencia internacional también es clara en este sentido, identificando que los sistemas con una Atención Primaria fuerte y una adecuada proporción de profesionales comunitarios obtienen mejores resultados en equidad y menor mortalidad evitable[15]. Sin embargo, la reivindicación cuantitativa lineal y persistente—“más profesionales”— rara vez se acompaña de análisis territorial riguroso que identifique dónde, para qué y bajo qué modelo organizativo son necesarios.

 

Desgaste profesional y disonancia ética

A esta ecuación se suma el desgaste emocional. El burnout, ampliamente documentado, refleja la tensión entre expectativas vocacionales y estructuras organizativas rígidas[16]. No se trata únicamente de carga de trabajo, sino de disonancia entre el ideal de atención y de cuidado y la práctica condicionada por tiempos, protocolos y presión productivista.

Muchos profesionales no cuestionan su disposición; cuestionan que el sistema les impida ejercerla conforme a sus convicciones éticas. Sin embargo, esa frustración no siempre se traduce en una demanda de transformación estructural, sino en reivindicaciones sectoriales que alivian síntomas sin modificar causas. Además, el propio sistema rara vez reconoce o incentiva la iniciativa orientada a la mejora, sino que tiende a aplicar lógicas uniformizadoras que igualan sin diferenciar compromiso, innovación o responsabilidad, desincentivando a quienes asumen liderazgo transformador y consolidando, en cambio, dinámicas de mera adaptación.

El conflicto interprofesional, por su parte, añade complejidad. Las disputas por competencias, estatus o liderazgo disciplinar generan ruido y desvían la atención de la finalidad común. La evidencia demuestra que la colaboración interprofesional mejora resultados y reduce eventos adversos[17]. Sin embargo, la cultura jerárquica y la defensa identitaria dificultan su implementación real. El “trabajo en equipo” se invoca con insistentemente como un mantra, pero sin articularlo en estructuras que lo hagan posible. No basta con desearlo ni con reiterarlo como consigna; requiere promoción activa, apoyo organizativo, condiciones que lo faciliten y una exigencia institucional clara que lo sitúe como acción estratégica de mejora tanto para los profesionales como para la población a la que se atiende.

 

Recuperar la orientación: del corporativismo al bien público

En base a todo ello, la pregunta de fondo sigue siendo incómoda:                                                                                            

¿Estamos dispuestos —políticos, gestores, universidades y profesionales— a replantear el sistema desde la ciudadanía y no desde nuestras posiciones de poder?

La transformación no pasa únicamente, aun siendo importante, por aumentar presupuestos o plantillas. Pasa por rediseñar procesos, redistribuir responsabilidades, fortalecer la Atención Primaria y Comunitaria, integrar determinantes sociales y morales, promover participación ciudadana y consolidar liderazgos colaborativos.

Un sistema sanitario no es la suma de sus profesionales. Es la arquitectura que los organiza en torno al propósito común de proteger y mejorar la salud colectiva. Cuando esa arquitectura se subordina a intereses corporativos o electorales, pierde coherencia y orientación.

No estamos, por tanto, ante una crisis de talento ni de conocimiento científico. Estamos ante una crisis de prioridades.

La excelencia tecnológica sin humanización genera distancia.

La especialización sin integración genera fragmentación.

La reivindicación sin planificación genera parálisis.Necesitamos un pacto político, social, profesional, educativo y científico que sitúe la planificación basada en evidencia, equidad y participación como prioridad estructural. Que exija a los responsables políticos visión de Estado. Que demande a las universidades pensamiento crítico y no mera adaptación productiva. Que invite a los profesionales a trascender el corporativismo y asumir un liderazgo sistémico auténtico y que conciencie a la ciudadanía de su corresponsabilidad con su salud y con el sistema.

La crisis no es inevitable. Es consecuencia de decisiones —o de la ausencia de ellas—. Y, como tal, puede revertirse.

Un sistema sanitario no se mide por el brillo de su tecnología ni por la fuerza de sus corporaciones, sino por la confianza que genera, la equidad que garantiza y el cuidado que ofrece.

La pregunta ya no es si estamos en crisis.

La pregunta es si tenemos el coraje colectivo de reordenar nuestras prioridades.

Porque un sistema centrado en sí mismo enferma.

Un sistema centrado en las personas sana.

[1] Teórico empresarial, compositor, economista, ingeniero industrial, consultor de gestión, estadístico y escritor estadounidense (1900-1993).

[2] World Health Organization. The World Health Report 2008: Primary Health Care – Now More Than Ever. Geneva: WHO; 2008.

[3] Kruk ME, Gage AD, Arsenault C, et al. High-quality health systems in the Sustainable Development Goals era: time for a revolution. Lancet. 2018;392(10160):2203-2212.

[4] Kalisch BJ, Landstrom GL, Hinshaw AS. Missed nursing care: a concept analysis. J Adv Nurs. 2009;65(7):1509-1517.

[5] OECD. Health at a Glance 2023: OECD Indicators. Paris: OECD Publishing; 2023.

[6] Aiken LH, Sloane DM, Bruyneel L, et al. Nurse staffing and education and hospital mortality in nine European countries. Lancet. 2014;383(9931):1824-1830.

[7] Berwick DM, Nolan TW, Whittington J. The Triple Aim: care, health, and cost. Health Aff (Millwood). 2008;27(3):759-769.

[8] Marmot M. Fair Society, Healthy Lives (The Marmot Review). London: UCL Institute of Health Equity; 2010.

[9] Tronto JC. Moral Boundaries: A Political Argument for an Ethic of Care. New York: Routledge; 1993.

[10] World Health Organization. Everybody’s Business: Strengthening Health Systems to Improve Health Outcomes. Geneva: WHO; 2007.

[11] Frenk J, Chen L, Bhutta ZA, et al. Health professionals for a new century: transforming education to strengthen health systems. Lancet. 2010;376(9756):1923-1958.

[12] Saltman RB, Ferroussier-Davis O. The concept of stewardship in health policy. Bull World Health Organ. 2000;78(6):732-739.

[13] Horton R. Offline: The case against medical journals. Lancet. 2015;385(9973):2296.

[14] OECD. Health at a Glance: Europe 2022. Paris: OECD Publishing; 2022.

[15] Starfield B, Shi L, Macinko J. Contribution of primary care to health systems and health. Milbank Q. 2005;83(3):457-502.

[16] West CP, Dyrbye LN, Shanafelt TD. Physician burnout: contributors, consequences and solutions. J Intern Med. 2018;283(6):516-529.

[17] Reeves S, Pelone F, Harrison R, Goldman J, Zwarenstein M. Interprofessional collaboration to improve professional practice and healthcare outcomes. Cochrane Database Syst Rev. 2017;6:CD000072.

VOTAR NO BASTA Abstención, populismo y deterioro democrático

El voto es una condición necesaria para que un sistema político pueda considerarse democrático. En eso no existe discusión posible. Sin embargo, otra cuestión muy distinta es asumir que el simple hecho de votar, de manera libre y anónima, convierte automáticamente a la ciudadanía en sujeto activo, consciente y corresponsable del proceso democrático. Elegir representantes es un elemento esencial, pero no suficiente, si ese gesto no va acompañado de implicación, reflexión crítica y sentido de responsabilidad colectiva que habitualmente se verbaliza con la falsa expresión de considerarse apolítico.

En los últimos años asistimos a un incremento sostenido de la abstención electoral. Una realidad que preocupa, aunque a menudo se banaliza o se interpreta de forma interesada. Existen dos grandes lecturas que tratan de justificar este fenómeno. Por un lado, quienes consideran que la abstención puede entenderse como signo de normalidad democrática cuando las cosas funcionan razonablemente bien, al estimar parte de la ciudadanía que su voto no resulta imprescindible. Por otro, quienes la explican como expresión de desilusión, hartazgo o rechazo hacia una clase política percibida como distante, ensimismada y ajena a los problemas reales de la gente. En ambos casos, la abstención se presenta como una opción legítima.

Sin embargo, la abstención no es un gesto neutro ni políticamente inocuo. Supone, ante todo, la renuncia a un derecho conquistado tras décadas de lucha colectiva y, al mismo tiempo, el incumplimiento de un deber básico con la comunidad de la que se forma parte. Que el voto sea libre y voluntario no elimina su dimensión ética y social. Abstenerse es abdicar de la capacidad individual de decidir quién nos representa y, por extensión, de influir en el rumbo común. Y esa renuncia no puede justificarse como una forma coherente de rechazo al sistema democrático sin incurrir en una contradicción profunda.

Existen, además, mecanismos claros para expresar el desacuerdo o el castigo político sin abandonar el ejercicio del derecho al voto. El voto en blanco es uno de ellos. Un gesto explícito, visible y cuantificable que transmite de manera inequívoca el rechazo a las opciones existentes sin delegar la decisión en otros. La abstención, en cambio, es ambigua. Puede responder a una protesta consciente, pero también a la indiferencia, a la pereza cívica o a la falta de análisis. Peor aún, puede convertirse en una forma de complicidad pasiva con resultados no deseados que se producen precisamente gracias a esa ausencia.

A esta realidad se suma un elemento fundamental que rara vez se aborda con honestidad. La abstención no afecta por igual a todos los espacios ideológicos. La derecha suele comportarse de forma más disciplinada y constante en su participación electoral. Fideliza su voto incluso en contextos adversos y mantiene niveles de adhesión relativamente estables. La izquierda, por el contrario, se muestra más proclive a la duda, a la fragmentación y a la abstención como mecanismo de protesta interna. El resultado es conocido, los castigos electorales recaen con mayor dureza sobre la izquierda, mientras la derecha conserva una base sólida que le permite resistir e incluso avanzar.

Esta asimetría no es un fenómeno menor, porque la desafección traducida en abstención genera un terreno especialmente fértil para la aparición de figuras mesiánicas con discursos populistas, reaccionarios y rupturistas. Liderazgos que se presentan como salvadores frente a un sistema supuestamente corrupto, pero que en realidad ofrecen muy poco reformismo real y aún menos compromiso democrático. Son discursos construidos sobre el miedo, el odio, la alarma social y la confrontación permanente, carentes de propuestas razonadas y razonables, pero extraordinariamente eficaces en contextos de desencanto y vacío político. El abstencionismo, lejos de frenar estas dinámicas, las favorece, al reducir la participación crítica y dejar el espacio público en manos de minorías muy movilizadas.

Ante este panorama, resulta especialmente preocupante que los partidos políticos dediquen más energía a la confrontación estéril entre ellos que a analizar las causas profundas de la desafección ciudadana. En lugar de aproximarse a la realidad cotidiana de la gente, de escuchar sus problemas y de ejercer una empatía colectiva real, optan por el ruido, el insulto y la lógica del adversario como enemigo. Ese comportamiento es percibido como desinterés y desprecio, alimentando un círculo vicioso que incrementa aún más la abstención y deteriora la confianza en las instituciones.

Resulta imprescindible una auténtica pedagogía del voto. No una apelación coyuntural al miedo ni al interés partidista, sino una reflexión honesta sobre lo que significa votar como acto de responsabilidad democrática y compromiso con el bienestar común. El paso del tiempo ha desgastado la democracia, y nadie parece estar haciendo lo suficiente para recuperar la ilusión por participar ni el respeto por las decisiones colectivas. El resultado es una combinación peligrosa de polarización, despolitización, inmovilismo y pérdida progresiva de calidad democrática. Votar no basta, pero no votar debilita todo aquello que se dice querer cambiar.

PALABRAS, PODER Y CUIDADOS: LO QUE ESTÁ EN JUEGO EN LA SANIDAD PÚBLICA

 

«El cuidado es una ética de responsabilidad hacia los otros, no una debilidad moral.»

Carol Gilligan[1]

 

 

Mercantilización de la sanidad y erosión del cuidado: cuando la salud deja de ser el centro

Los sistemas públicos de salud atraviesan un momento de tensión estructural que va mucho más allá de los debates coyunturales sobre financiación, listas de espera o modelos organizativos. En el fondo, lo que está en juego es el sentido mismo de la sanidad pública, es decir, si debe orientarse a la promoción y protección de la salud desde una perspectiva integral o si, por el contrario, debe perpetuarse como un modelo asistencialista, productivista y crecientemente mercantilizado, donde la enfermedad se convierte en oportunidad de negocio y el cuidado en un coste prescindible. Este desplazamiento no es accidental ni neutro. Responde a una lógica ideológica que ha ido impregnando de forma progresiva en las políticas sanitarias de numerosos países, con especial incidencia en el contexto iberoamericano, pero también en España, donde la retórica de la eficiencia ha servido con frecuencia para justificar recortes, externalizaciones y una redefinición restrictiva de lo público[2].

Desde esta lógica, la sanidad deja de concebirse como un derecho social y pasa a entenderse como un servicio susceptible de generar rentabilidad²[3]. La consecuencia inmediata es una reorientación del sistema hacia aquello que resulta medible, facturable y rentable a corto plazo, en detrimento de intervenciones complejas, longitudinales y comunitarias que sostienen la salud a medio y largo plazo[4]. La promoción de la salud, la prevención, el abordaje de los determinantes sociales y morales o el acompañamiento de la cronicidad pierden centralidad frente a una atención focalizada en episodios agudos, procedimientos técnicos y actos clínicos de alto impacto económico. En este contexto, la salud queda subordinada a la enfermedad y la curación desplaza al cuidado como eje vertebrador del sistema[5].

Este giro tiene implicaciones profundas en términos de equidad. La evidencia muestra de forma consistente que los sistemas más orientados al mercado generan mayores desigualdades en el acceso, peores resultados en poblaciones vulneradas y una segmentación progresiva de la atención[6]. Se consolida así un modelo dual. Una sanidad privada de alta intensidad tecnológica y bajo compromiso comunitario para quienes pueden pagarla, y una sanidad pública tensionada, infrafinanciada y sobrecargada para el resto[7]. Este escenario no solo incrementa la morbi-mortalidad evitables, sino que erosiona la cohesión social y debilita la legitimidad de lo público como bien común[8].

En paralelo, la mercantilización refuerza modelos jerárquicos y disciplinarmente asimétricos. Al priorizar la producción de actos clínicos y la lógica del rendimiento individual, se revaloriza el modelo médico-centrista y se invisibilizan aportaciones fundamentales de otras disciplinas, especialmente aquellas vinculadas al cuidado, la continuidad de la atención y los cuidados y el trabajo comunitario[9]. Las enfermeras, pese a la robusta evidencia que demuestra su impacto positivo en resultados de salud, seguridad de las personas y eficiencia del sistema, continúan siendo situadas en posiciones subordinadas cuando el cuidado deja de ser considerado una inversión estratégica[10].

Nada de esto ocurre sin que genere consecuencias. La mercantilización no solo transforma la organización de los servicios, sino también los marcos culturales desde los que se interpreta qué es la salud, quién tiene autoridad para definirla y qué prácticas merecen reconocimiento social. Cuando el sistema se orienta casi exclusivamente a curar, diagnosticar y prescribir, el cuidado se diluye, se banaliza o se delega fuera del espacio sanitario, perdiendo su potencia transformadora. Recuperar una sanidad pública fuerte, equitativa y centrada en las personas exige, por tanto, cuestionar de raíz estos desplazamientos y volver a situar el cuidado —profesional, comunitario y éticamente comprometido— en el centro del proyecto sanitario[11].

 

Profesionalismo, jerarquía y conflicto: cuando la exclusividad se impone a la colaboración

La deriva mercantilizadora de los sistemas sanitarios no solo impacta en su orientación y en sus resultados en salud; también reconfigura las relaciones interprofesionales y tensiona los equilibrios históricos entre disciplinas. En este contexto, emergen con fuerza discursos que reivindican la exclusividad, la diferencia normativa y la jerarquización profesional como supuestos mecanismos de protección frente a la precarización. Sin embargo, lejos de fortalecer el sistema, estas estrategias tienden a fragmentarlo, deteriorando la convivencia interprofesional y debilitando la calidad de la atención[12].

La reciente controversia en torno a la reforma en España del Estatuto Marco de los profesionales de la salud ilustra con claridad este fenómeno. Más allá de reivindicaciones laborales legítimas —condiciones de trabajo, retribuciones, estabilidad o reconocimiento—, el colectivo médico ha planteado la necesidad de un marco estatutario propio y diferenciado, sustentado en una supuesta singularidad profesional que justificaría un tratamiento normativo exclusivo. Este planteamiento no se apoya en evidencias comparadas sólidas ni en modelos internacionales de éxito, sino en una concepción corporativa del poder profesional, difícilmente compatible con sistemas de salud modernos, complejos e interdependientes[13].

La literatura científica es clara al respecto. Los sistemas sanitarios con mejores resultados en salud, equidad y eficiencia son aquellos que fomentan la colaboración interprofesional, reconocen la complementariedad de saberes y distribuyen la autoridad en función de competencias, no de jerarquías históricas[14]. Cuando se institucionaliza la diferencia como privilegio y no como aportación específica, se generan dinámicas de exclusión que afectan tanto al clima laboral como a la experiencia de las personas atendidas. La fragmentación profesional no es un problema interno de los equipos, tiene consecuencias directas sobre la seguridad, la continuidad de la atención y los cuidados y la capacidad de respuesta a problemas complejos[15].

En este escenario, las enfermeras ocupan una posición especialmente sensible. Pese a su desarrollo académico, científico e investigador y competencial, y a la evidencia acumulada sobre su impacto en resultados de salud, comunitarios y organizativos, siguen siendo objeto de discursos que cuestionan su autonomía y su autoridad profesional. No se trata únicamente de un conflicto identitario, sino de una disputa por el modelo de sistema sanitario, uno centrado en la intervención puntual y la medicalización, frente a otro orientado al cuidado, la continuidad y la atención integral, integrada e integradora[16].

El deterioro de la convivencia interprofesional tiene además un efecto perverso, ya que alimenta la desafección profesional y favorece la migración —real o simbólica— hacia el sector privado, presentado como un espacio de mayor reconocimiento y control. Sin embargo, buena parte de la oferta sanitaria privada reproduce e incluso intensifica los mismos esquemas jerárquicos y productivistas, al tiempo que se beneficia de un sistema público debilitado que actúa como red de seguridad para los casos complejos y menos rentables[17]. Esta dinámica no solo es injusta, sino insostenible desde una perspectiva de salud pública.

Frente a ello, resulta imprescindible recuperar una noción de profesionalismo basada en la responsabilidad compartida, el respeto mutuo y la centralidad de las personas. La defensa de lo público no puede construirse desde trincheras corporativas ni desde la exclusión normativa, sino desde marcos comunes que reconozcan la diversidad disciplinar como fortaleza. Avanzar hacia sistemas de salud verdaderamente integrales exige abandonar las lógicas de poder heredadas y apostar decididamente por modelos interprofesionales que sitúen el cuidado —y no la jerarquía— como principio organizador[18],[19].

Medios de comunicación, imaginario sanitario y la hegemonía de lo médico-técnico

Si la mercantilización y las tensiones interprofesionales configuran la arquitectura interna de los sistemas sanitarios, los medios de comunicación desempeñan un papel decisivo en la construcción del imaginario social que los legitima. No se trata solo de qué se informa, sino de cómo se informa, desde qué marcos simbólicos y a quién se otorga autoridad para definir qué es la salud, quién la produce y cómo debe protegerse. En este terreno, el predominio de una mirada médico-técnica no es casual: responde a una larga tradición cultural que asocia la salud casi exclusivamente con el diagnóstico, la intervención y la curación, relegando el cuidado a un segundo plano, cuando no a la invisibilidad[20].

La cobertura mediática de los asuntos sanitarios suele privilegiar la espectacularidad tecnológica, los avances farmacológicos o las figuras profesionales asociadas al acto curativo, mientras que los procesos de acompañamiento, promoción de la salud, prevención, o atención comunitaria apenas encuentran espacio narrativo. Esta asimetría no solo distorsiona la percepción social de cómo se construye realmente la salud, sino que refuerza una visión reduccionista que identifica la eficacia sanitaria con la intervención puntual y altamente especializada[21]. El resultado es un relato incompleto que empobrece el debate público y limita la comprensión de los verdaderos retos sanitarios contemporáneos.

Esta lógica mediática tiene efectos acumulativos. Al reiterar una y otra vez los mismos protagonistas, lenguajes y enfoques -incluso de plataformas consideradas progresistas-, se consolida una jerarquía simbólica que naturaliza la subordinación de los cuidados y de quienes los prestan. Las enfermeras, pese a su presencia mayoritaria en el sistema y a su contacto continuado con las personas, sigue siendo representada de forma marginal, estereotipada o directamente ausente en los discursos mediáticos dominantes, sin que además rectifiquen cuando se les informa aportando evidencias de su reiterado sesgo[22]. Además, cuando puntualmente aparecen, suelen hacerlo asociándolas a valores vocacionales, emocionales o auxiliares, raramente como profesionales y científicas con capacidad de liderazgo, análisis y toma de decisiones.

Este desequilibrio narrativo no es inocuo. La literatura muestra que la forma en que los medios representan a las profesiones de la salud influye tanto en la percepción social de su valor como en las decisiones políticas y presupuestarias que les afectan[23]. Lo que no se nombra, no se mide; lo que no se visibiliza, no se prioriza. Así, la escasa presencia del cuidado en el espacio mediático contribuye a su infrafinanciación, a su menor reconocimiento institucional y a la dificultad para avanzar hacia modelos de atención más integrales y comunitarios.

Además, la fascinación por la técnica y medicalización encaja perfectamente con los intereses de un mercado sanitario en expansión. La sanidad privada encuentra en este relato un terreno fértil para promocionar servicios de alta tecnología, diagnósticos rápidos y soluciones individualizadas, presentadas como sinónimo de calidad y modernidad[24]. Frente a ello, los cuidados —menos visibles, menos espectaculares y excluidos del mercantilismo, aunque incluyan como parte del marketing empresarial— son percibidos como un gasto o una carga, cuando en realidad constituyen uno de los principales determinantes de resultados en salud, especialmente en contextos de cronicidad, envejecimiento y vulnerabilidad social[25].

Romper esta hegemonía simbólica exige una revisión profunda de los marcos desde los que se comunica la salud. No se trata de sustituir un protagonismo por otro, sino de ampliar el relato, incorporando miradas que reconozcan la complejidad de los procesos de salud-enfermedad-cuidado y la contribución imprescindible de todas las disciplinas. Recuperar el valor del cuidado en el espacio público implica también disputar el sentido común dominante y reivindicar una narrativa que sitúe a las personas, sus contextos y sus vínculos en el centro de la atención sanitaria[26].

 

Lenguaje, poder y cuidado: cuando las palabras también organizan la sanidad

El lenguaje no es un elemento neutro en salud. Nombrar es ordenar, jerarquizar y otorgar sentido. Los términos que utilizamos para describir la práctica sanitaria, las profesiones y sus aportaciones no solo reflejan una realidad preexistente, sino que contribuyen activamente a construirla. Por ello, las disputas contemporáneas en torno a los modelos de atención, la autoridad profesional y el papel de los cuidados no pueden entenderse sin atender al poder simbólico del lenguaje y a su capacidad para legitimar o invisibilizar determinadas prácticas[27].

En un contexto globalizado, dominado por la producción académica y discursiva anglosajona, es frecuente que conceptos, lemas y marcos interpretativos se trasladen de manera casi literal a otros espacios culturales. Sin embargo, esta traslación no siempre es inocua e inocente. Cuando los términos se descontextualizan y se aplican sin una mediación cultural adecuada, corren el riesgo de perder su sentido original, generar confusión o incluso alimentar tensiones no deseadas. Esto es especialmente relevante en el ámbito iberoamericano, donde las tradiciones en torno a la salud y los cuidados, los modelos profesionales y las relaciones interdisciplinares presentan especificidades históricas y culturales propias[28].

Por ejemplo, el lema elegido por el Consejo Internacional de Enfermeras (CIE) para el próximo Día Internacional de la Enfermera—“Las enfermeras empoderadas salvan vidas”— ofrece un buen ejemplo de esta complejidad. Más allá de la segura intención positiva que lo inspira, su traducción literal introduce términos que, en determinados contextos, pueden resultar problemáticos. El concepto de empoderamiento, ampliamente utilizado en el ámbito anglosajón, no siempre encuentra un encaje claro en el discurso sanitario iberoamericano, donde con frecuencia se asocia a la adquisición de poder en clave competitiva o confrontativa, más que a procesos colectivos de fortalecimiento profesional y social[29].

Algo similar ocurre con la expresión salvar vidas. Aunque en un sentido amplio puede entenderse como una metáfora del impacto positivo de los cuidados en la salud y el bienestar, su uso acrítico tiende a reforzar una narrativa heroica y excepcional que históricamente ha sido apropiada por el modelo curativo y médico-centrista. En lugar de visibilizar el valor del cuidado cotidiano, sostenido y relacional, corre el riesgo de ser interpretada como una disputa simbólica por un territorio que muchos consideran exclusivo de la intervención médica, desplazando el debate hacia lógicas de poder que poco aportan a la mejora de la atención[30].

Este tipo de desajustes lingüísticos adquiere mayor relevancia cuando se producen en el seno de organizaciones internacionales con amplia capacidad de influencia global. El hecho de que la presidencia actual del CIE recaiga en un profesional procedente del ámbito hispanohablante debería interpretarse como una oportunidad para cuidar especialmente estas mediaciones culturales, no solo en términos de traducción, sino de adecuación conceptual y estratégica. En un escenario de creciente tensión interprofesional, el lenguaje no puede ser un elemento accesorio, al tratarse de una herramienta política con efectos reales sobre la percepción social, la cohesión profesional y la acción colectiva[31].

Lejos de rechazar el lema o de reducir el debate a una cuestión terminológica, resulta más productivo releerlo desde el paradigma del cuidado y de la salud comunitaria. Las enfermeras no “salvan vidas” en el sentido excepcional del acto heroico, sino que sostienen vidas, las acompañan, las protegen y las hacen más vivibles, además de acompañar también en el vinal de la vida y en el duelo que generas, especialmente en contextos de vulnerabilidad, cronicidad y desigualdad. Su aportación no reside en la conquista de poder frente a otros, sino en el fortalecimiento de capacidades individuales y colectivas para vivir con mayor salud, dignidad y autonomía[32].

Cuidar el lenguaje es, en definitiva, cuidar el modelo de salud que se quiere promover. Si se aspira a sistemas sanitarios más humanos, integrales y equitativos, resulta imprescindible abandonar traducciones automáticas y marcos simbólicos heredados que refuerzan jerarquías obsoletas. Solo desde un uso consciente, situado y éticamente comprometido del lenguaje será posible avanzar hacia una cultura sanitaria donde el cuidado deje de ser explicado a la defensiva y pase a ocupar, sin ambigüedades, el lugar central que le corresponde[33].

 

Salud comunitaria, cuidados y futuro: lo que está en juego no es una profesión, sino un modelo de sociedad

Todo lo analizado hasta aquí —la mercantilización de la sanidad, la fragmentación interprofesional, la hegemonía de lo médico-técnico en el imaginario social y la disputa simbólica en torno al lenguaje— converge en un punto central, el cuestionamiento del modelo de salud que queremos como sociedad[34].

La salud comunitaria representa, en este sentido, un espacio especialmente vulnerable, pero también estratégico. Vulnerable porque sus resultados no siempre son inmediatos, visibles o fácilmente cuantificables; estratégico porque es precisamente ahí donde se abordan los determinantes sociales, morales, relacionales y contextuales que explican la mayor parte de los problemas de salud contemporáneos[35]. Cuando los sistemas sanitarios se debilitan, cuando lo público se repliega y cuando el cuidado pierde centralidad, es la salud comunitaria la primera en ser sacrificada.

La evidencia internacional es clara en este sentido. Los países con sistemas de atención primaria fuertes, con una orientación comunitaria real y con enfermeras autónomas, competentes y reconocimiento, obtienen mejores resultados en salud, y una utilización más racional de los recursos[36],[37]. No es una cuestión ideológica, sino empírica. Sin embargo, estos modelos requieren una apuesta política sostenida y una ruptura consciente con las lógicas corporativistas que fragmentan la atención y concentran el poder y por ende el empoderamiento en unos pocos actores.

En este escenario, el liderazgo de los cuidados por parte de las enfermeras emerge no como una amenaza, sino como una necesidad sistémica. Liderar cuidados no significa desplazar a otras profesiones ni apropiarse de competencias que no les corresponden -como reiteradamente y de manera maliciosa se quiera hacer creer-, sino asumir con responsabilidad y legitimidad aquello para lo que están mejor preparadas: coordinar la atención, garantizar la continuidad, acompañar procesos complejos y articular respuestas integrales centradas en las personas, las familias y las comunidades[38]. Negar este liderazgo no debilita solo a la enfermería; debilita al sistema en su conjunto.

Persistir en modelos jerárquicos, en normativas excluyentes o en discursos que refuerzan la excepcionalidad de unos frente a la complementariedad de otros conduce inevitablemente a sistemas menos humanos, menos eficaces y más injustos. La historia reciente demuestra que la competencia entre profesiones no mejora la atención, mientras que la cooperación basada en el reconocimiento mutuo sí lo hace[39]. La interprofesionalidad no puede ser tan solo una etiqueta de conveniencia, debe traducirse en marcos normativos, reguladores, organizativos y culturales que la hagan posible.

Defender sistemas nacionales de salud públicos, potentes y orientados a la comunidad implica, por tanto, defender una ética del cuidado frente a la lógica del beneficio, una gobernanza compartida frente a la jerarquía cerrada y una concepción de la salud como bien común frente a su mercantilización progresiva[40].

Si algo ha puesto de manifiesto este momento de tensión es que sin cuidados no hay salud, y sin sistemas públicos que los protejan y los sitúen en el centro, no hay cohesión social ni democracia sanitaria, ni empoderamiento real. Reconocerlo no debería ser motivo de conflicto, sino el punto de partida para reconstruir, desde la responsabilidad compartida, un modelo de atención que vuelva a poner la vida —toda la vida— en el centro[41].

[1] Feminista, filósofa y psicóloga estadounidense. (1936).

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[41] Kickbusch I, Gleicher D. Governance for health in the 21st century. Copenhagen: WHO Regional Office for Europe; 2012.

LA DEMOCRACIA CONVERTIDA EN ESPECTÁCULO Cuando el enfrentamiento político contagia el desprecio social

Estamos asistiendo a un empobrecimiento acelerado del parlamentarismo y del debate político que se traduce en un deterioro progresivo y persistente de su calidad democrática. Lo que debería ser el espacio privilegiado para el contraste de ideas, la deliberación serena y la construcción de acuerdos se ha transformado, con demasiada frecuencia, en un escenario de confrontación bronca y descalificación permanente. Los representantes públicos, sin distinción clara de ideologías ni siglas, parecen haber asumido un rol más cercano al del hooligan que al del legislador, utilizando el insulto, la mentira, el bulo y el lenguaje zafio como herramientas habituales de intervención política.

Lo relevante ya no es la solidez de los argumentos, la coherencia de los programas o la viabilidad de las propuestas, sino la capacidad para generar el chascarrillo más hiriente, el “zasca” más viral o la humillación pública más eficaz. La política ha sido colonizada por una lógica de espectáculo inmediato, donde importa más insultar y ridiculizar al adversario que contrastar y contraponer su planteamiento o convencer a la ciudadanía desde una narrativa inteligente, estructurada y honesta.

La elegancia discursiva —esa que exige pausa, reflexión, rigor y respeto— ha sido sustituida por una vulgaridad precipitada, visceral y acrítica, pero impactante. Un lenguaje pobre en contenido, aunque eficaz en ruido. Se desacredita desde la caricatura y la deshumanización. Y en ese proceso, la palabra pierde su valor como herramienta democrática y se convierte en arma arrojadiza.

A este empobrecimiento del discurso se suma el gamberrismo colectivo que invade los espacios parlamentarios mediante golpes en los escaños, interrupciones constantes, gritos, exabruptos y acusaciones sin fundamento alguno. El hemiciclo deja de ser un foro de representación para convertirse en un plató donde se escenifica un combate bochornoso. El resultado es un espectáculo que recuerda más al circo romano que a una institución democrática. Se busca la sangre simbólica, la aniquilación del contrario o el aplauso fácil y pactado del propio bando.

Conviene no olvidar que este espectáculo lo protagonizan quienes representan al conjunto de la ciudadanía. Una ciudadanía que, inicialmente, oscila entre el estupor y la perplejidad, pero que acaba normalizando e incluso mimetizando esos comportamientos. Porque los referentes importan. El modo en que se ejerce el poder en las más altas instancias, termina filtrándose en la vida cotidiana, en la familia, en las comunidades de vecinos, en las escuelas, en los lugares de trabajo, en el ocio y en el deporte… Paradójicamente, nunca habíamos estado tan “conectados” y, sin embargo, pocas veces habíamos convivido con tanta hostilidad, tan poca escucha y tan poca paciencia para el matiz.

No debería sorprendernos que aumenten las agresiones a docentes y profesionales de la salud, que aumenten el acoso escolar y laboral, que disminuya la tolerancia hacia quien es, piensa o se comporta de manera diferente, que se justifiquen desigualdades estructurales o que se banalice la violencia de género. El clima social no surge de la nada; se construye, se alimenta y se legitima también desde los discursos públicos. Cuando el insulto se convierte en argumento y la convivencia en trinchera.

En esta deriva hay, además, un combustible decisivo, la economía de la atención. Las cámaras buscan el momento explosivo, las redes premian lo estridente y los titulares se vuelven rehenes de la frase más agresiva. Se aplaude lo que polariza y se penaliza lo que duda, lo que matiza, lo que reconoce la parte de verdad del otro. No es casual, el ruido se monetiza, el rigor cuesta, la explicación aburre y la inteligencia se devalúa. Así, la política se adapta al formato breve, impactante y emocional, con enemigos claros y soluciones simples para problemas complejos.

Se intenta justificar esta deriva apelando a tensiones inevitables o a supuestas dinámicas incontrolables del contexto actual. Sin embargo, conviene recordar que las conductas son elecciones. Cada palabra pronunciada, cada gesto de desprecio, cada descalificación pública responde a una decisión consciente. Escudarse en explicaciones externas, en fatalismos o en causalidades falsas no hace sino diluir la responsabilidad individual. Y esa dilución resulta cómoda, pero profundamente hipócrita e irresponsable.

Quien degrada el debate público lo hace por elección, no por obligación. Y en esa elección se retratan la mediocridad, la mala educación, la falta de ética y la ausencia de respeto hacia la ciudadanía a la que se dice representar. Por eso resulta legítimo preguntarse hasta qué punto estamos protegiendo a la sociedad —especialmente a las generaciones más jóvenes— de estos modelos tóxicos de relación. Si se debate, con razón, limitar el acceso de menores a redes sociales por su impacto nocivo, quizá deberíamos plantearnos también si los actuales “debates” políticos, convertidos en espacios de violencia simbólica y verbal, no resultan igualmente perjudiciales. Porque cuando la política deja de educar en democracia y comienza a entrenar en el desprecio, el problema ya no es solo político, es profundamente social.

 

CUANDO EL MACHISMO SE NEGOCIA EN UN PLENO

El pasado 29 de enero, el municipio de El Campello dio un paso atrás grave y consciente en su compromiso con la igualdad, la salud y la erradicación de la violencia machista. No fue un error ni una mala gestión, sino una decisión política premeditada, adoptada por una mayoría formada por VOX y el Partido Popular. Una decisión que muestra con nitidez hasta qué punto ambos están dispuestos a sacrificar derechos, salud y vidas a cambio de acuerdos coyunturales basados en intereses mercantilistas, completamente ajenos al bienestar de la población, aun sabiendo que esos acuerdos implican un perjuicio directo, evitable y sostenido para la salud de las vecinas y vecinos a quienes dicen representar.

En primer lugar, los cuatro grupos de la oposición —PSOE, Compromís, Esquerra Unida-Unides Podem y Per el Campello— presentaron una moción para impedir la autorización de la ampliación del vertedero de Les Canyades, con el apoyo explícito del tejido asociativo de El Campello que asistió al pleno. Sin embargo, esa moción fue rechazada con los votos en contra del Partido Popular y VOX, lo que supuso de facto dar vía libre a la ampliación del vertedero. No fue una derrota circunstancial, sino la consecuencia de una decisión previamente pactada entre ambos grupos. El resultado es el mismo, es decir, la población de la zona norte queda condenada, una vez más, a convivir con un foco permanente de impacto ambiental y sanitario. Enfermedades físicas, malestar psicológico, deterioro del entorno y sensación de abandono institucional no son daños colaterales, sino consecuencias previsibles y conocidas que se han decidido asumir. Aquí no hubo defensa de la salud pública ni del bienestar comunitario por parte de quienes gobiernan. Hubo un acuerdo cerrado y una complicidad política consciente en contra de la ciudadanía y a favor de intereses económicos y empresariales.

Pero la desfachatez llegó inmediatamente después. En el mismo pleno se aprobó una segunda moción que modifica de forma efectiva el acto institucional de recuerdo a las mujeres asesinadas por violencia machista, incorporando de manera indiscriminada a otras víctimas de violencia intrafamiliar. No se trata de un gesto simbólico ni de una ampliación bienintencionada, sino de una alteración consciente del significado político y social de ese acto. Una decisión presentada falsamente como inclusiva, pero que persigue diluir y desactivar el reconocimiento específico de una violencia estructural que mata a las mujeres por el hecho de serlo. Nadie explicó cómo se identificarán esas supuestas nuevas víctimas, con qué criterios ni con qué fuentes oficiales, porque no existen. En cambio, sí existe un sistema riguroso, contrastado y oficial para el registro de las víctimas de violencia machista. Por tanto, no estamos ante un problema técnico ni administrativo, sino ante una operación política deliberada de negación y banalización del machismo como causa de muerte.

El objetivo es inequívoco, diluir el mensaje de que el machismo mata y desdibujar una violencia estructural, sistemática y basada en la desigualdad de género, equiparándola interesadamente a otras violencias para negar su raíz y su especificidad. Es el mismo negacionismo que cuestiona la desigualdad, deslegitima las políticas de protección y banaliza el asesinato de mujeres por el hecho de ser mujeres. Un negacionismo impulsado activamente por el discurso de VOX y asumido, normalizado y hecho propio por el Partido Popular, que lejos de poner límites lo legitima institucionalmente. Las consecuencias de este relato son claras, está calando entre sectores cada vez más jóvenes de la población, alimentando la desinformación y erosionando los consensos democráticos básicos sobre igualdad y derechos.

La secuencia no deja lugar a dudas: el Partido Popular asumió conscientemente el precio político exigido por VOX. Bloquear la moción que pretendía impedir la ampliación del vertedero y, a continuación, respaldar la propuesta de VOX sobre el acto institucional contra la violencia machista. Un trueque indecente, explícito y premeditado. Salud pública y memoria de las víctimas convertidas en moneda de cambio en un pleno municipal. Así se degrada la política. Así se vacían de contenido palabras como justicia, igualdad o derechos.

Desde la Plataforma Violeta lo decimos con claridad. Esto no va de votos, va de vidas. Va de la libertad de nuestras hijas, de la dignidad de las mujeres, de la responsabilidad de las instituciones y del derecho a vivir en un municipio que no negocie con el machismo ni con la enfermedad. Callar, diluir o relativizar la violencia machista no es neutralidad, es tomar partido. Y las consecuencias las pagan siempre las mismas.

BAJO LA SOMBRA DE MAZÓN Gobernar sin retirar el lodo

Tras algo más de dos meses en la presidencia de la Generalitat, Pérez Llorca ha intentado proyectar una imagen de renovación que, en realidad, se asemeja más a un ejercicio de maquillaje político que a una transformación real. No partía de una posición cómoda. El relevo se produjo en un contexto de deterioro institucional, descrédito público y fuerte crispación social. Creyó que bastaba con rebajar el tono, cuidar las formas y ofrecer algunas escenificaciones de normalidad democrática. Pero, como ocurre con el maquillaje, el efecto inicial puede resultar convincente, pero es artificial y transitorio. Con el paso del tiempo, las imperfecciones reaparecen, y la realidad se impone.

Desde el inicio, el nuevo president optó por una estrategia basada en la escenificación. Discursos medidos, gestos de supuesta apertura y una puesta en escena orientada a transmitir serenidad y diálogo. La fotografía con los grupos de la oposición se presentó como una nueva etapa de comunicación constructiva. Un buen golpe de efecto. Pero también una imagen vacía de contenido político real. Porque normalizar una situación institucional gravemente dañada no consiste en posar, sino en adoptar decisiones que rompan con las inercias del pasado. Y esas decisiones no tan solo no han llegado, sino que ni tan siquiera se tiene la predisposición de acometerlas.

Ese maquillaje, además, ni siquiera logra disimular un elemento central de la actual legislatura, como es el secuestro político al que VOX sigue sometiendo al Consell. La dependencia parlamentaria se traduce en una agenda marcada por retrocesos o bloqueos en ámbitos tan sensibles como la igualdad, la política ambiental, el acceso a la vivienda, la gestión migratoria o la protección y promoción de la lengua propia. Más que estabilidad, esta subordinación funciona como una espada de Damocles permanente sobre el nuevo president, generando parálisis institucional y debilitando la capacidad del gobierno para adoptar decisiones valientes y estructurales. Y ya vemos a dónde conduce esta sumisión política, tras los resultados electorales de Extremadura y Aragón. A ello se añade la necesidad de acomodar el discurso y la acción política a las directrices marcadas desde Madrid por Feijóo, orientadas a preservar equilibrios orgánicos del partido, aunque ello implique relegar las prioridades de la Comunitat Valenciana, así como la escenificación de sintonías con Díaz Ayuso que no solo resultan estériles, sino que en nada benefician al pueblo valenciano.

La constitución de la comisión mixta Generalitat–Gobierno central para abordar las consecuencias de la DANA es un ejemplo revelador de esta política de la apariencia. Más allá de la fotografía institucional, su funcionamiento ha servido para volver a escenificar acusaciones cruzadas, ausencia de autocrítica y una incapacidad manifiesta para avanzar. Pero el problema no es solo de método, sino de enfoque. Hablar de “reconstrucción” como retorno al punto previo a la catástrofe es una trampa conceptual. Volver a antes no es una solución, sino la antesala de nuevas tragedias. Lo que hace falta no es reconstruir, sino construir de nuevo, con medidas eficaces que garanticen la seguridad de la población y una verdadera política de prevención.

La dimisión de Carlos Mazón fue una decisión necesaria. Pero fue claramente insuficiente. De haber existido voluntad real de renovación, hubiese tenido que ir acompañada de un distanciamiento político nítido y sin ambigüedades. Ha ocurrido exactamente lo contrario. El nuevo president no solo no ha marcado distancias, sino que ha recompensado a su antecesor mediante incremento de ingresos, asignaciones opacas y el inmediato acceso del Sr. Mazón a la Oficina de Apoyo y el nombramiento como asesor de su colaborador más estrecho, confidente y encubridor político. Un gesto que más allá del cumplimiento administrativo, supone un acto de desprecio institucional.

Desprecio que resulta aún más evidente si se contrasta con el trato dispensado a las víctimas. Siguen sin ser citadas a la Comisión de la DANA en Les Corts y sin que se haya avanzado en la restitución del daño causado. La asimetría es clamorosa, privilegios y blindajes para el poder; silencio y espera para las víctimas. Ni el paso del tiempo ni la acumulación de prerrogativas deberían ser refugio permanente para quien elude la verdad, la rendición de cuentas y las exigencias de justicia democrática.

Con el paso de las semanas, los discursos iniciales que pretendían aparentar moderación y diálogo se han ido diluyendo. En su lugar ha reaparecido el relato ya conocido de confrontación permanente con el Gobierno central, instrumentalización de las víctimas y ausencia de propuestas estructurales. Exactamente el mismo escenario que existía antes de la dimisión de Mazón. Por eso, más allá del cambio de rostro, nada ha cambiado en lo esencial.

La sabiduría popular lo expresa con crudeza, “muda el lobo los dientes, pero no las mientes”. O, si se prefiere, “aunque la mona se vista de seda, mona se queda”. El problema no es el envoltorio, sino el contenido político que permanece intacto. Visto lo visto, para este viaje, sinceramente, no hacían falta estas alforjas. Y no podemos caer en la trampa de que “el tiempo todo lo cura”, porque no tan solo no es verdad, sino que es una crueldad.

 

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