
“Obra de tal modo que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin y nunca solamente como un medio.”
Immanuel Kant[1]
Pacientes o personas: el lenguaje que construye obediencia
Hemos interiorizado, aceptado y normalizado que quienes utilizan los servicios de salud sean denominados “pacientes”. La palabra fluye con naturalidad en consultas, hospitales, estrategias comunitarias y campañas de promoción. Paciente es quien acude por un dolor torácico y paciente es también quien participa en un taller de alimentación saludable. El término se aplica indistintamente al sufrimiento agudo y a la promoción participativa.
Sin embargo, el lenguaje nunca es inocente.
“Paciente” procede del latín pati o patior: sufrir, tolerar, soportar. El paciente es, etimológicamente, quien padece. La raíz no alude a la autonomía, ni a la agencia, ni a la capacidad de decisión. Remite a la resistencia pasiva ante algo que acontece. La pregunta es inevitable: ¿qué debe soportar quien participa en una estrategia de promoción de la salud? ¿Qué debe tolerar quien recibe un consejo preventivo? ¿La enfermedad… o el sistema?
La denominación no es un mero formalismo. Como señalaba Michel Foucault, el lenguaje forma parte de los dispositivos de poder que configuran las relaciones sociales y delimitan quién tiene capacidad de definir la realidad y quién debe aceptarla[2]. Nombrar es ordenar. Y ordenar es ejercer poder.
Cuando llamamos “paciente” a alguien, estamos situándolo —consciente o inconscientemente— en una posición de padecimiento, espera y recepción. La acción queda del lado del profesional y/o del sistema. Uno actúa; el otro tolera. Uno decide; el otro asume.
La paradoja es aún más evidente cuando el término se utiliza en intervenciones de promoción o prevención. En esos contextos, la persona no está enferma ni padece necesariamente nada. Participa, aprende, decide, se compromete. Pero sigue siendo paciente. Como si la salud solo pudiera concebirse desde la lógica del déficit y no desde la potencialidad.
Ivan Illich ya denunció hace décadas el fenómeno de la medicalización de la vida, alertando de cómo los sistemas sanitarios tienden a colonizar la experiencia humana redefiniéndola en términos de patología[3]. En esa colonización, el lenguaje cumple la función esencial de transforma a las personas en portadoras de diagnósticos, riesgos o desviaciones normativas.
La consecuencia es sutil pero profunda. La identidad se diluye para ser sustituida por la condición clínica. Se deja de ser persona para convertirse en “diabética”, “hipertensa”, “menopáusica”, “inadaptada”. El adjetivo sustituye al nombre. La biografía queda subordinada al diagnóstico.
Esta reducción no es solo lingüística; es estructural. Numerosos estudios sobre comunicación clínica han demostrado que el uso de categorías diagnósticas como etiquetas identitarias influye en la percepción de autonomía y participación de las personas en la toma de decisiones[4]. Cuando la identidad se define por la enfermedad, la capacidad de agencia se debilita.
El modelo dominante en los sistemas sanitarios ha sido históricamente paternalista. Aunque formalmente hemos transitado hacia enfoques de “atención centrada en la persona”, la práctica real sigue mostrando inercias jerárquicas persistentes[5]. El profesional continúa ocupando la posición de experto decisor, mientras que el “paciente” permanece en la de receptor informado —pero no necesariamente deliberante.
El problema no es meramente semántico. La palabra paciente cristaliza una determinada concepción antropológica, la del sujeto vulnerable cuya principal virtud es la paciencia. Paciencia para esperar una cita. Paciencia para tolerar listas de espera. Paciencia para aceptar protocolos rígidos. Paciencia para adaptarse a tiempos, formas y normas diseñadas sin su participación.
No se trata aquí de negar la vulnerabilidad inherente a la experiencia de enfermedad. La fragilidad forma parte de la condición humana. Pero vulnerabilidad no es sinónimo de pasividad. Aaron Antonovsky, al desarrollar el modelo salutogénico, insistía en la importancia del sentido de coherencia y de la capacidad activa de las personas para comprender, manejar y dotar de significado a su experiencia de salud-enfermedad[6]. La salud no es mera ausencia de enfermedad; es proceso dinámico en el que la persona participa activamente.
Existe además una dimensión ética relevante. La Organización Mundial de la Salud ha subrayado en múltiples informes la necesidad de avanzar hacia sistemas de salud centrados en las personas, no en las enfermedades[7]. Este enfoque implica reconocer autonomía, participación y corresponsabilidad. Sin embargo, mientras el lenguaje continúe reforzando la lógica del padecimiento, la transformación será incompleta. Y ni tan siquiera la propia OMS modifica esta tendencia.
El contraste se vuelve más evidente cuando alguien decide no adoptar la actitud esperada. Cuando cuestiona, pregunta, exige explicaciones, solicita alternativas. Entonces deja de ser “buen paciente” y comienza a ser “impaciente”. La palabra se convierte en mecanismo de sanción simbólica. Impaciente es quien no se adapta, quien interrumpe el ritmo institucional, quien no acepta con resignación.
De nuevo, el lenguaje opera como herramienta disciplinaria. Foucault describió cómo las instituciones modernas desarrollan formas de control no necesariamente coercitivas, sino normalizadoras¹. El “buen paciente” es el que coopera sin incomodar. El que confía sin discutir. El que agradece sin cuestionar.
Y, sin embargo, la evidencia científica es clara al determinar que la participación activa de las personas en la toma de decisiones mejora resultados clínicos, adherencia terapéutica y satisfacción[8]. El modelo de shared decision making no es una concesión ideológica; es una práctica basada en evidencia. Cuando las personas deliberan junto a los profesionales, los desenlaces mejoran y la percepción de dignidad se fortalece.
Persistir en la lógica del paciente pasivo no solo es éticamente discutible; es clínicamente ineficiente.
El mantenimiento del término como categoría universal facilita, además, la reproducción de la estructura jerárquica del sistema sanitario. Si uno padece y otro actúa, la asimetría se legitima. La dominancia científica —necesaria en su dimensión técnica— se expande hacia el ámbito existencial, desplazando el saber experiencial y popular.
La ciencia es imprescindible. Pero cuando se convierte en autoridad incontestable que invalida la voz de quien vive la experiencia, deja de ser herramienta emancipadora para convertirse en mecanismo de control. Como señalan Epstein y Street, la comunicación centrada en la persona no implica renunciar al conocimiento científico, sino integrarlo con los valores y preferencias individuales[9].
La cuestión, por tanto, no es eliminar el término paciente por decreto lingüístico, sino problematizar su uso indiscriminado y reflexionar sobre lo que simboliza. ¿Queremos sujetos que padecen o personas que participan? ¿Queremos obediencia o corresponsabilidad? ¿Queremos paciencia o autonomía?
Puede pensarse que el verdadero desafío no sea tanto cambiar la palabra, como transformar la relación que la sostiene. Pero el problema está en cómo el término ha quedado irremediablemente unido a dicha relación.
Pacientes o personas: el lenguaje que construye obediencia
Si en la primera parte abordábamos la dimensión etimológica y estructural del término “paciente”, ahora conviene profundizar en su carga filosófica y moral. Porque la paciencia no es solo una cualidad descriptiva; ha sido históricamente una virtud normativa.
En la tradición clásica y cristiana, la paciencia se asoció a la capacidad de soportar el sufrimiento con fortaleza y resignación. No era simplemente tolerancia; era aceptación del dolor como parte del orden moral. En el ámbito sanitario contemporáneo, esa virtud parece haber mutado en expectativa institucional, al esperar que quien accede al sistema lo haga con paciencia.
El problema no radica en la necesidad de gestionar la incertidumbre o los tiempos asistenciales —inevitables en cualquier sistema complejo—, sino en que la paciencia se convierte en condición de legitimidad. Solo quien tolera sin cuestionar es reconocido como “buen paciente”.
Esta construcción encaja con lo que diversos autores han descrito como persistencia del paternalismo médico en formas más sofisticadas. Emanuel y Emanuel ya diferenciaban en los años noventa distintos modelos de relación clínica, mostrando cómo el modelo paternalista continúa vigente bajo nuevas apariencias[10]. La información se comparte, sí; pero la autoridad decisoria permanece concentrada.
La denominación de paciente contribuye a naturalizar esa asimetría. No es casual que en muchos contextos sanitarios el término “usuario”, cliente o “persona” genere incomodidad. Se percibe como excesivamente horizontal. Como si nombrar de otro modo amenazara el equilibrio jerárquico. Teniendo en cuenta, además, que usuario tan solo reconoce a quien hace uso de los recursos y cliente le confiere una relación mercantilista que no tiene cabida en los sistemas públicos.
La cuestión no es meramente semántica; es política en el sentido más profundo del término. Hannah Arendt advertía que la despersonalización es uno de los primeros pasos en cualquier estructura que reduce a la persona a función o categoría[11]. Cuando alguien deja de ser José, María o Fátima para convertirse en “el infarto de la 302” o “la diabética”, no estamos ante una simple abreviatura organizativa. Estamos ante un desplazamiento simbólico de la identidad.
La literatura científica sobre deshumanización en los sistemas sanitarios confirma que la cosificación —entendida como reducción de la persona a su patología— impacta negativamente tanto en la experiencia del cuidado como en los resultados percibidos[12].
Sin embargo, el modelo biomédico dominante ha priorizado históricamente la enfermedad como núcleo de análisis. Thomas Kuhn explicaba cómo los paradigmas científicos determinan qué preguntas son legítimas y cuáles quedan fuera del foco[13]. En el paradigma biomédico clásico, la pregunta central no es “¿quién es esta persona?”, sino “¿qué le ocurre?”. El diagnóstico precede a la biografía.
Desde esta lógica, la paciencia adquiere el sentido funcional de que la persona debe adaptarse al sistema, no el sistema a la singularidad de la persona. Protocolos, guías, algoritmos. Herramientas necesarias para garantizar calidad y seguridad, pero que, cuando se absolutizan, pueden convertirse en estructuras rígidas que silencian la voz específica y singular.
Paradójicamente, la evidencia acumulada en las últimas décadas muestra que los modelos participativos generan mejores resultados. La revisión Cochrane sobre ayudas para la toma de decisiones confirma que cuando las personas participan activamente en decisiones clínicas se reduce el conflicto decisional y aumenta la satisfacción con la atención⁷. El modelo deliberativo no debilita la práctica profesional; la fortalece.
La pregunta entonces es necesaria, si sabemos que la participación mejora resultados, ¿por qué persiste la inercia paternalista?
Una posible respuesta se encuentra en la dimensión estructural del poder profesional. La autoridad científica otorga estatus, reconocimiento y control. Desplazar la relación hacia una horizontalidad real implica redistribuir poder. Y toda redistribución genera resistencias. Esta es, precisamente, una de las causas por las que se exigen normativas exclusivas y excluyentes con el objetivo de blindar, tanto la jerarquía, como la dependencia que de la misma se deriva.
El término paciente funciona como recordatorio constante de la posición asignada. Quien padece no decide; espera. Quien sabe no espera; prescribe.
En este contexto, no sorprende que quien cuestiona sea etiquetado como problemático. El “impaciente” altera el ritmo. Solicita segundas opiniones. Revisa literatura. Pregunta por alternativas terapéuticas. No se resigna a aceptar sin comprender. Y esa actitud, que desde una perspectiva democrática debería celebrarse como ejercicio de autonomía, puede ser interpretada como desafío.
Aquí emerge una tensión central, la diferencia entre autoridad y autoritarismo. La autoridad se fundamenta en el conocimiento y se legitima mediante la confianza. El autoritarismo se sostiene en la jerarquía y se impone mediante la obediencia. Cuando el lenguaje refuerza la idea de que uno padece y otro decide, el riesgo de deslizarse hacia dinámicas autoritarias aumenta.
El enfoque contemporáneo de derechos en salud insiste en la centralidad de la autonomía, la dignidad y la participación activa de las personas en todas las decisiones que les afectan[14]. No se trata de desprofesionalizar el cuidado, sino de humanizarlo. No se trata de relativizar la evidencia científica, sino de integrarla con el saber experiencial.
Desde una perspectiva humanista, la persona no es objeto de intervención, sino persona de relación. El cuidado no se dirige a un paciente abstracto, sino a una biografía concreta situada en un contexto social, cultural y moral.
Tal vez el desafío consista en reconocer que el lenguaje no solo describe el modelo sanitario; lo reproduce. Y que mientras sigamos hablando de pacientes como categoría universal, estaremos reforzando —aunque sea de forma inconsciente— una estructura que prioriza la obediencia sobre la autonomía.
La transformación del modelo no comenzará únicamente en las reformas legislativas ni en los nuevos planes estratégicos. Comienza también en cómo nombramos.
Pacientes o personas: el lenguaje que construye obediencia
Si aceptamos que el lenguaje configura relaciones, entonces el término “paciente” no es solo descriptivo, es performativo.
En los sistemas sanitarios contemporáneos, estructurados históricamente bajo un modelo biomédico jerárquico, la distribución del poder ha sido asimétrica. La denominación de “paciente” encaja perfectamente en ese esquema.
Sin embargo, el giro hacia modelos centrados en las personas y basados en derechos ha cuestionado de manera creciente esa arquitectura. La propia Organización Mundial de la Salud ha insistido en que los sistemas sanitarios deben garantizar participación activa, corresponsabilidad y empoderamiento real[15].
La evidencia también respalda esta transición. Estudios sobre activación del paciente —concepto que paradójicamente mantiene el término— muestran que las personas con mayor nivel de implicación en el manejo de su salud presentan mejores resultados clínicos y menor utilización innecesaria de recursos[16]. La autonomía no es solo un principio ético; es un factor pronóstico.
Pero aquí emerge una contradicción profunda. Mientras proclamamos la necesidad de empoderar, seguimos nombrando desde la pasividad. Mientras hablamos de corresponsabilidad, mantenemos categorías que evocan sufrimiento tolerado.
Desde una perspectiva filosófica, la dignidad no es una concesión del sistema; es inherente a la persona. Kant ya advertía que el ser humano no puede ser tratado meramente como medio, sino siempre como fin en sí mismo[17]. Cuando la identidad se reduce a diagnóstico o rol de paciente, el riesgo de instrumentalización aumenta.
El cuidado —especialmente desde la tradición enfermera— se ha definido como relación, acompañamiento y reconocimiento de la singularidad. Autoras como Joan Tronto han subrayado que el cuidado implica responsabilidad, competencia y respuesta a la vulnerabilidad del otro sin anular su autonomía[18]. Vulnerabilidad no es sinónimo de sumisión.
Aquí radica una tensión especialmente relevante. La disciplina enfermera ha reivindicado una atención centrada en la persona mucho antes de que se convirtiera en planteamiento institucional. Sin embargo, también ha operado dentro de estructuras jerárquicas que reproducen la lógica del paciente pasivo.
La pregunta que debemos plantear es si hemos sido capaces de transformar la relación o hemos terminado adaptándonos al modelo dominante.
El lenguaje puede ser una herramienta de resistencia o de reproducción. Cuando hablamos de personas, ciudadanía, participantes, estamos desplazando el foco. Cuando seguimos hablando de pacientes de manera indiscriminada, reforzamos una antropología del padecimiento.
La ética del cuidado contemporáneo apunta hacia relaciones horizontales basadas en el reconocimiento mutuo. Axel Honneth ha defendido que el reconocimiento es condición esencial para la construcción de identidad y autoestima[19]. Si el sistema sanitario no reconoce a las personas como personas activas, difícilmente podrá fomentar autonomía real.
Desde esta perspectiva, la cuestión no es meramente terminológica. Afecta al núcleo mismo del cuidado profesional. Porque si aceptamos sin crítica que quienes cuidamos son, ante todo, pacientes —es decir, sujetos definidos por el padecimiento y la tolerancia— estamos asumiendo una concepción relacional que pervierte el sentido profundo del cuidado enfermero.
El cuidado no se ejerce sobre alguien que debe soportar, sino con alguien que participa. No se dirige a una identidad anulada por el diagnóstico, sino a una persona con historia, valores y capacidad de decisión. Nombrar como paciente de manera indiscriminada a quien cuidamos resulta, en este sentido, tan paradójico como anacrónico. Supone aceptar una categoría que coloca a la persona en la pasividad justo cuando el cuidado pretende reconocer su dignidad y fortalecer su autonomía.
Desde este planteamiento resulta difícil justificar plenamente la prestación de cuidados profesionales si estos se desarrollan dentro de una lógica que reduce al otro a padecimiento. Porque el cuidado, cuando es auténtico, no anula; reconoce. No somete; acompaña. No exige paciencia resignada; promueve agencia responsable. Persistir en la denominación de paciente implica, en cierta medida, renunciar a la dimensión emancipadora del cuidado y aceptar una relación que contradice el paradigma humanista que decimos defender.
Finalmente, hay un elemento que no puede obviarse. La dimensión del ego profesional. Cuando el centro simbólico del sistema no es la persona, sino la figura del salvador, la relación se distorsiona. El protagonismo desplaza al acompañamiento. La autoridad eclipsa la escucha.
No es tanto que importen menos las personas. Es que importan más los egos.
Y quizá ahí resida el núcleo del problema.
Porque transformar el lenguaje implica transformar la posición desde la que hablamos. Implica renunciar a una cuota de control. Implica aceptar que el saber científico no pierde valor cuando se comparte; lo gana.
Tal vez el verdadero salto cualitativo en los sistemas sanitarios no consista en nuevas tecnologías ni en protocolos más sofisticados, sino en reconocer que a quien atendemos no es un paciente por definición, sino una persona que atraviesa una circunstancia concreta.
Y las circunstancias cambian.
La dignidad, no.
[1] Filósofo prusiano de la Ilustración (1724 – 1804).
[2] Foucault M. The Birth of the Clinic: An Archaeology of Medical Perception. New York: Vintage Books; 1994.
[3] Illich I. Medical Nemesis: The Expropriation of Health. London: Marion Boyars; 1976.
[4] Kelly M, Millward L. Identity and illness: the use of diagnostic labels in clinical practice. Soc Sci Med. 2004;58(5):1067–1077.
[5] Barry MJ, Edgman-Levitan S. Shared decision making — The pinnacle of patient-centered care. N Engl J Med. 2012;366(9):780–781.
[6] Antonovsky A. Health, Stress and Coping. San Francisco: Jossey-Bass; 1979.
[7] World Health Organization. WHO global strategy on people-centred and integrated health services. Geneva: WHO; 2016.
[8] Stacey D, Légaré F, Lewis K, et al. Decision aids for people facing health treatment or screening decisions. Cochrane Database Syst Rev. 2017;4:CD001431.
[9] Epstein RM, Street RL Jr. The values and value of patient-centered care. Ann Fam Med. 2011;9(2):100–103.
[10] Emanuel EJ, Emanuel LL. Four models of the physician-patient relationship. JAMA. 1992;267(16):2221–2226.
[11] Arendt H. The Human Condition. Chicago: University of Chicago Press; 1958.
[12] Haslam N. Dehumanization: an integrative review. Pers Soc Psychol Rev. 2006;10(3):252–264.
[13] Kuhn TS. The Structure of Scientific Revolutions. Chicago: University of Chicago Press; 1962.
[14] World Health Organization. Human rights and health. Geneva: WHO; 2017.
[15] World Health Organization. Framework on integrated people-centred health services. Geneva: WHO; 2016.
[16] Hibbard JH, Greene J. What the evidence shows about patient activation: better health outcomes and care experiences. Health Aff (Millwood). 2013;32(2):207–214.
[17] Kant I. Groundwork of the Metaphysics of Morals. Cambridge: Cambridge University Press; 1785/1998.
[18] Tronto J. Moral Boundaries: A Political Argument for an Ethic of Care. New York: Routledge; 1993.
[19] Honneth A. The Struggle for Recognition. Cambridge: Polity Press; 1995.








