CUANDO LA DISTOPÍA SE SIENTA A LA MESA

En 1973, Woody Allen dirigió e interpretó la película El dormilón, una sátira futurista que, bajo el humor absurdo, encerraba una crítica feroz a los dogmas, al autoritarismo y a la facilidad con la que las sociedades aceptan como verdad aquello que el poder decide imponer. Inspirándose de forma evidente en la distopía de 1984, Allen construyó una caricatura de un futuro aparentemente ridículo que, con el paso del tiempo, resulta inquietantemente verosímil.

Transcurridos más de cincuenta años desde su estreno, la película recupera —si es que alguna vez la perdió— una actualidad sorprendente. Miles Monroe, propietario de un establecimiento de comida sana, es congelado por error y despierta doscientos años después en una sociedad gobernada por un tirano, donde muchas de las certezas del pasado han sido invertidas. En una escena memorable, a Miles se le ofrece un suculento filete de carne roja, cargado de grasa. Él lo rechaza, convencido de que es perjudicial para la salud. La respuesta de quienes le sirven es una carcajada: le explican que es un ingenuo, atrapado en creencias antiguas, porque ahora se sabe que aquello que antes se consideraba nocivo es, en realidad, muy saludable.

La escena, pensada como gag, hoy adquiere un tono casi profético. Porque da la impresión de que Donald Trump se hubiese visto reflejado en el tirano caricaturizado por Allen y hubiese decidido trasladar esa lógica al mundo real. Con su habitual estilo autoritario y simplificador, el expresidente ha respaldado la nueva pirámide alimentaria impulsada por su inefable y abiertamente acientífico responsable de salud, Robert F. Kennedy Jr. Una propuesta que, de no tener consecuencias reales, podría pasar por una ocurrencia extravagante más.

El problema es que no lo es. Esta nueva pirámide alimentaria invierte el orden tradicional: prioriza el consumo de proteínas y grasas de “calidad”, incluyendo la carne roja, y relega a un segundo plano a los cereales y las legumbres, considerados pilares básicos de la alimentación desde mediados del siglo XX y elementos centrales de patrones saludables como la dieta mediterránea. Se trata, en realidad, de un traje a medida de los gustos mayoritarios de la población norteamericana y, sobre todo, de los intereses de los poderosos sectores agrícola y ganadero de Estados Unidos, en abierta contradicción con la evidencia científica acumulada durante décadas.

Es cierto que la propuesta afirma querer reducir el consumo de ultraprocesados, algo que podría parecer positivo. Sin embargo, ese gesto queda neutralizado por el énfasis desproporcionado en las proteínas de origen animal y, de forma muy particular, en la carne roja, en detrimento de fuentes vegetales como legumbres y cereales integrales. No todas las proteínas son equivalentes ni deben consumirse sin límites. La carne roja no debería considerarse un alimento de consumo diario, sino ocasional, combinada con otras fuentes proteicas como pescado, aves, huevos o proteínas vegetales, tal y como subrayan de manera reiterada científicos y especialistas en nutrición y salud pública.

Estamos, por tanto, ante un nuevo intento de manipulación que favorece intereses económicos concretos, aunque ello suponga ir en contra de la ciencia y del sentido común. Lo que nos recuerda otra escena de El dormilón. Cuando le colocan a Miles un puro encendido en la boca explicándole que fumar es bueno para la salud. Esperemos que no se decida emular también esa parte del guion y convertir el disparate en doctrina oficial, porque la historia reciente demuestra que cuando se trivializa la evidencia científica, las consecuencias no tardan en llegar.

El problema, además, no se limita a los EEUU. Los gustos, modas y relatos procedentes del país de las barras y estrellas se exportan con rapidez, se asumen sin demasiado espíritu crítico y se aplauden con vehemencia, desde la fascinación hacia ese imaginario cultural dominante. Se trata de una nueva forma de colonialismo y de invasión cultural, porque la gastronomía no deja de ser cultura.

Esta estrategia contribuirá al crecimiento y la legitimación de las grandes multinacionales de la comida rápida y ultraprocesada, convenientemente disfrazadas de “comida sana” bajo los nuevos parámetros dictados unilateralmente por el trumpismo. No deja de ser irónico que esta cruzada nutricional esté liderada por un dirigente conocido por su entusiasmo por las hamburguesas servidas globalmente por los restaurantes del payaso más famoso del planeta que, curiosamente, se llama igual que el presidente de los EEUU.

Está claro que el proyecto político de Trump no se limita a imponer sus gustos al pueblo estadounidense. Aspira a extenderlos al resto de países que considera poco más que sucursales mercantiles, aunque ello implique atentar contra la salud de millones de personas. Como ya ocurriera con las distopías de Orwell, Asimov, Bradbury o Huxley, la de Woody Allen ha dejado de ser una ficción exagerada para convertirse en un espejo incómodo de una realidad cada vez más autoritaria, manipuladora y peligrosa. Una realidad que, sin darnos cuenta, ya se ha sentado a nuestra mesa.

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