
Si Dios existe, probablemente debe de estar profundamente preocupado. Y quizás también irritado. No tanto por la incredulidad de una humanidad que desde hace siglos debate su existencia, sino por el empeño de algunos dirigentes contemporáneos en ocupar su lugar. Lo hacen además invocando su nombre, proclamándose intérpretes de su voluntad y actuando como si dispusieran de una legitimidad divina para decidir sobre la vida, la muerte y el destino de millones de personas.
A su manera, estos nuevos profetas del poder han recuperado la vieja narrativa de las guerras sagradas. Pero ya no necesitan escribir nuevos evangelios. Les basta con reinterpretar los textos antiguos para justificar una violencia que, más que religiosa, es profundamente política. En nombre de Dios, de la civilización o de la seguridad nacional —tres palabras que hoy funcionan casi como sinónimos estratégicos— se lanzan guerras preventivas, operaciones quirúrgicas, respuestas inevitables o castigos ejemplares contra quienes son presentados como enemigos absolutos.
El problema no es solo la retórica. El problema es que ese narcisismo teológico —esa convicción de que el propio proyecto político encarna una verdad moral superior— termina generando algo mucho más peligroso como la adhesión fanática de parte de la ciudadanía. Cuando el poder se reviste de una misión trascendente, el debate desaparece y la crítica se convierte en traición. El líder deja de ser un dirigente político para convertirse en un mesías secular. Y el conflicto deja de ser una disputa geopolítica para transformarse en una cruzada.
La consecuencia de este delirio de grandeza es una realidad que cada vez se parece más a un escenario apocalíptico. Sin embargo, lo más llamativo no es tanto la magnitud de la destrucción como la jerarquía de las preocupaciones que despierta. En el debate público internacional, las guerras parecen adquirir verdadera relevancia cuando afectan a los mercados energéticos, alteran las rutas comerciales o hacen temblar las bolsas. El acceso al gas o al petróleo, la inflación, la volatilidad financiera o el impacto sobre el crecimiento económico ocupan titulares con una intensidad que raramente alcanzan las tragedias humanas que esos mismos conflictos provocan.
Mientras tanto, la destrucción de escuelas, hospitales y viviendas civiles; la muerte de mujeres, niños y población vulnerable; el éxodo forzado de cientos de miles de personas; el odio que se siembra para generaciones futuras o el daño ecológico que dejan tras de sí las máquinas de guerra, quedan relegados a la categoría de daños colaterales inevitables. Se lamentan, se contabilizan y, finalmente, se normalizan.
En esta inquietante analogía entre religión y geopolítica, cabe preguntarse si alguien está dispuesto a expulsar a estos nuevos mercaderes del templo del orden internacional. No con la violencia que ellos promueven, sino con el “látigo” legítimo en política internacional, de la diplomacia, el derecho internacional, la negociación y la firmeza de las instituciones multilaterales.
Sin embargo, lo que observamos con demasiada frecuencia es lo contrario. Organismos como la ONU o incluso la propia Unión Europea parecen moverse en un equilibrio incómodo entre la denuncia y la cautela, entre la defensa de principios universales y la necesidad de no incomodar a determinados aliados estratégicos, por temor a su castigo. Ese cálculo permanente termina erosionando la credibilidad de quienes deberían ser los garantes del derecho internacional.
Por su parte, los espacios informativos se llenan de retransmisiones en directo del conflicto. Cuántos misiles han sido lanzados, qué drones han sido utilizados, qué barcos han sido hundidos o qué líderes han sido eliminados. La guerra se convierte así en un espectáculo permanente que oscila entre la estrategia militar y el análisis de mercado.
Y, como ocurre con todos los espectáculos mediáticos, la guerra de Ucrania o el genocidio de Gaza, que durante meses dominaron el relato global, parecen ahora diluirse en una sucesión de crisis que compiten por la atención internacional.
Pero, también está el inquietante silencio de quienes, desde las instituciones religiosas que dicen representar a esos mismos dioses invocados por los líderes políticos que provocan estas situaciones, optan por una prudencia que a veces se parece demasiado a la complicidad. Porque cuando el poder utiliza a Dios como coartada, el silencio de quienes deberían cuestionarlo termina otorgándole una legitimidad que no merece.
No es cierto, como afirma la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, que simplemente esté cambiando el orden mundial. Lo que realmente está ocurriendo es algo más preocupante. Estamos permitiendo, entre la pasividad de unos y el cálculo interesado de otros, que ese orden se transforme en un caos donde prevalecen los intereses de unos pocos frente al bienestar del conjunto de la humanidad.
Tal vez por eso, frente a tanta arrogancia de los nuevos dioses de la geopolítica, solo queda recuperar una vieja expresión popular que encierra más sabiduría de la que parece: que baje Dios y lo vea. A ver qué le parece.
La situacion mundial es bsstante critica, como en todo conflicto belico el primer vencido es la verdad, la desinformacion las falsas noticias, el mundo esta en riesgo, hoy peligra la espcie humana, estados unidos esta armado hasta los dientes, son la mayor fuerza militr del mundo con armas de destruccion masiva, armas nucleares y estan manejados por un presidente que se asemeja a su casi paisano, al lider austriacoaleman que hace noventa años se tomo el poder en Alemania y llevo al mundo a la segunda guerra mundial, la mayor masacre courrida en la historia de la humanidad . el sociopata que dirige a EEE UU…. Donalt Trump y Netanyahu hoy tiene al mundo en vilo, Iran no es invencible pero no esta en la posicion de retroceder o rendirse, USA le ha fallado dos veces en menos de un año ….. nuestras colegas en Israel, Palestina, Teheran no estan protegidas por nadie ni siquiera hemos manifestado nuestra solidaridas con os equipos de salud en las zonas de Conflicto porque no tenemos como apoyarlos los violentos van ganando…
Probablemente esté irritado por el empeño de algunos dirigentes que se empeñan en ocupar puestos sin tener el conocimiento, con ello mal dirigiendo el destino de toda una organización, repercutiendo directamente en la seguridad del paciente. La enfermería debe estar basada en evidencia ano en ocurrencia ni en improvisaciones.