El conocimiento que no cuida

Paradojas de la investigación enfermera

                                       “Saber no es suficiente; debemos aplicar. Querer no es suficiente; debemos hacer.”

Johann Wolfgang von Goethe

 

Una ciencia que avanza… y una práctica que no la sigue

            Durante las últimas cinco décadas, la enfermería ha experimentado un crecimiento difícilmente comparable con el de cualquier otra disciplina universitaria. Lo que durante años fue considerado un campo auxiliar, subordinado y con escasa capacidad de generación de conocimiento propio, ha logrado consolidarse como una disciplina científica con identidad, lenguaje y marco epistemológico propios. La incorporación de los estudios de enfermería a la universidad marcó un punto de inflexión histórico que permitió no solo la profesionalización formal de la disciplina, sino también la apertura a la investigación como motor de desarrollo, legitimación y transformación[1].

            El acceso progresivo de las enfermeras a los estudios de posgrado, y especialmente al doctorado, supuso la ruptura de un techo de cristal que durante décadas había limitado su desarrollo académico y científico. A partir de ese momento, se multiplicaron las líneas de investigación propias, aumentó el número y fortaleza de las sociedades científicas enfermeras, se consolidaron grupos de investigación enfermera, se incrementó de forma notable la producción científica y se reforzó la presencia internacional de la disciplina[2]. Este proceso ha permitido construir un cuerpo de conocimientos específico, dotado de rigor metodológico y relevancia clínica, que sitúa a la enfermería —y, especialmente, a los cuidados— en un plano equiparable al de otras disciplinas del ámbito de la salud[3].

            Sin embargo, este crecimiento, que podría calificarse sin ambages como exponencial en el ámbito académico, no ha tenido un reflejo equivalente en el ámbito de la atención. Y es precisamente en esta disociación donde emerge una de las principales tensiones que atraviesan actualmente a la enfermería, el desarrollo desigual entre academia y práctica profesional.

            Numerosos estudios han puesto de manifiesto la persistencia de una brecha significativa entre la producción de conocimiento enfermero y su aplicación efectiva en la práctica clínica y comunitaria[4]. Esta brecha no es un fenómeno exclusivo de la enfermería, pero en el caso de los cuidados adquiere una especial relevancia, dado que compromete directamente la calidad, la seguridad y la humanización de la atención[5]. La evidencia disponible indica que una proporción importante de intervenciones en salud no se sustenta en la mejor evidencia científica disponible, y que el tiempo medio para la incorporación de nuevos conocimientos a la práctica puede superar los diez años[6].

            Este decalaje entre lo que se investiga y lo que se hace no es neutro. Tiene consecuencias directas sobre la calidad de los cuidados, sobre la eficiencia de los sistemas de salud y, sobre todo, sobre la capacidad de la enfermería para ejercer plenamente su rol como disciplina científica autónoma. Cuando el conocimiento no se traduce en práctica, la ciencia pierde sentido. Pero cuando esto ocurre en una disciplina cuya esencia es el cuidado, lo que se resiente no es solo el desarrollo profesional, sino la propia salud de las personas, las familias y las comunidades.

            A pesar de la incuestionable importancia de la investigación, siguen existiendo importantes limitaciones, barreras y contradicciones en su desarrollo dentro del ámbito enfermero. Una de las más relevantes es el hecho de que una parte significativa de la investigación en la que participan las enfermeras no es estrictamente enfermera. La participación en equipos multidisciplinares es, sin duda, un signo de madurez científica y una oportunidad de enriquecimiento mutuo. Pero cuando esta participación no se acompaña de un desarrollo paralelo de líneas de investigación propias, existe el riesgo de diluir la especificidad disciplinar y de subordinar el conocimiento enfermero a marcos conceptuales ajenos[7].

            En este sentido, diversos autores han alertado sobre la tendencia a priorizar investigaciones centradas en variables biomédicas, tecnológicas u organizativas, en detrimento de aquellas que abordan de forma específica los cuidados, las experiencias de las personas o los determinantes sociales y relacionales de la salud[8]. Esta orientación no solo limita el desarrollo de la ciencia enfermera, sino que contribuye a perpetuar una visión reduccionista de la salud, centrada en la enfermedad y en la intervención técnica, en lugar de en el cuidado integral, integrado e integrador.

            La paradoja es evidente. En un contexto social caracterizado por la necesidad creciente de cuidados de larga duración, la aportación específica de la enfermería resulta más necesaria que nunca[9]. Sin embargo, es precisamente en este momento cuando su desarrollo científico corre el riesgo de diluirse si no se refuerza de manera decidida la investigación en cuidados.

            A esta situación se suma una debilidad estructural que tiene su origen en la propia formación de las futuras enfermeras. A pesar de los avances logrados, la enseñanza de la investigación en los planes de estudio sigue siendo, en muchos casos, insuficiente, fragmentada y poco atractiva para el estudiantado[10]. La investigación continúa percibiéndose como un ámbito complejo, distante e incluso amenazante, en lugar de como una herramienta esencial para la mejora de la práctica profesional.

            Esta percepción se ve reforzada por la persistencia de modelos formativos en los que predominan contenidos técnicos, biomédicos o incluso ajenos al núcleo disciplinar enfermero. Como consecuencia, el estudiantado orienta su interés hacia ámbitos de conocimiento que, aunque relevantes, no contribuyen de manera directa al desarrollo de la ciencia del cuidado[11]. De este modo, se perpetúa un círculo vicioso en el que la falta de formación específica en investigación enfermera limita la generación de conocimiento propio, lo que a su vez dificulta su incorporación a la práctica.

            Pero quizá uno de los elementos más preocupantes sea el papel que desempeñan las propias organizaciones sanitarias. En muchos contextos, la investigación enfermera no es considerada una prioridad estratégica, ni se facilitan las condiciones necesarias para su desarrollo[12]. Las enfermeras continúan siendo percibidas, en demasiadas ocasiones, como profesionales cuya función se circunscribe a la ejecución de cuidados desde una perspectiva técnica, desprovista de base científica. Esta visión no solo devalúa el trabajo enfermero, sino que invisibiliza su contribución al sistema de salud y limita su capacidad de innovación.

            El resultado es un escenario en el que conviven, de manera paradójica, un elevado nivel de producción científica en el ámbito académico y una limitada capacidad de transferencia de ese conocimiento a la práctica de la atención. Un escenario en el que la enfermería avanza con paso firme en la universidad, pero encuentra dificultades para consolidar ese avance en los espacios donde realmente se materializa el cuidado.

Publicar o cuidar

El dilema que no queremos nombrar

            Si el análisis se detuviera únicamente en las dificultades estructurales o formativas, el problema podría interpretarse como una cuestión de mejora progresiva. Pero, existe un elemento adicional que introduce una complejidad mucho mayor y que afecta directamente al sentido mismo de la investigación enfermera, su orientación.

            En los últimos años, la lógica académica ha estado fuertemente condicionada por los sistemas de evaluación científica, particularmente aquellos vinculados a indicadores bibliométricos como el factor de impacto. Este modelo, ampliamente extendido a nivel internacional, ha contribuido a mejorar la calidad metodológica de las investigaciones, pero también ha generado efectos no deseados, especialmente en disciplinas como la enfermería[13]. La presión por publicar en revistas de alto impacto, mayoritariamente anglosajonas, ha desplazado en muchos casos el interés desde la relevancia práctica hacia la visibilidad académica.

            No se trata de cuestionar la importancia de la excelencia científica ni la necesidad de internacionalización. Ambas son condiciones imprescindibles para el reconocimiento y desarrollo de cualquier disciplina. El problema surge cuando la investigación se orienta prioritariamente hacia aquello que es publicable, en lugar de hacia aquello que es necesario. Cuando los temas de estudio, los enfoques metodológicos e incluso los marcos conceptuales se adaptan a las exigencias editoriales de determinadas revistas, existe el riesgo de que la investigación enfermera pierda su anclaje en la realidad del cuidado.

            Diversos trabajos han señalado que una parte significativa de la producción científica en enfermería presenta una limitada transferencia a la práctica clínica y comunitaria[14]. Esto no se debe necesariamente a una baja calidad de los estudios, sino a una desconexión entre las preguntas de investigación y las necesidades reales de las personas y de los contextos de atención. En otras palabras, se investiga bien, pero no siempre se investiga lo que más importa. Porque investigar en enfermería no sigue necesariamente los mismos criterios, metodologías o planteamientos que otras ciencias de la salud. No responde exclusivamente a la biología, sino también a las emociones, los valores, la cultura o la espiritualidad, lo que exige enfoques centrados en las personas y en sus entornos. Investigar en cuidados no requiere de matraces, laboratorios o microscopios, sino de poblaciones, comunidades y personas con las que interactuar de manera activa y participativa para responder a sus necesidades, a sus temores e incertidumbres, a aprender a manejar sus propios recursos, a articular redes sociales y a afrontar sus problemas con eficacia. Y todo ello exige también ciencia, investigación, espacio, tiempo y conocimiento para mejorar los cuidados y el autocuidado desde los que preservar la dignidad humana.

            Esta situación se ve agravada por la creciente distancia entre el ámbito universitario y el ámbito de la atención. El desarrollo de la carrera académica está condicionado por criterios que priorizan la productividad científica medida en términos cuantitativos, lo que incentiva la publicación continua y la participación en proyectos competitivos financiados[15]. Como consecuencia, una parte del personal docente e investigador orienta su actividad hacia líneas de investigación que garantizan mayor visibilidad y financiación, aunque estas no siempre estén directamente vinculadas a la mejora de los cuidados.

            Al mismo tiempo, las enfermeras que prestan atención, encuentran enormes dificultades para acceder a la investigación. La sobrecarga asistencial, la falta de tiempo protegido, la escasa cultura investigadora de las organizaciones y la ausencia de estructuras de apoyo limitan de manera significativa su participación[16]. De este modo, se consolida una brecha no solo funcional, sino también cultural, al percibirse la investigación como algo exclusivo de la universidad, mientras que la práctica queda relegada a la aplicación de conocimientos generados por otros.

            Esta fragmentación tiene consecuencias profundas. Por un lado, dificulta la generación de preguntas de investigación relevantes, que surjan de la práctica real. Por otro, limita la implementación de los resultados, ya que quienes deberían aplicarlos no han participado en su desarrollo ni se sienten identificados con ellos. La evidencia es clara al respecto, la implicación de los profesionales en los procesos de investigación aumenta significativamente la probabilidad de que los resultados sean incorporados a la práctica[17].

            A esta desconexión se suma un fenómeno que afecta directamente a la difusión del conocimiento enfermero, como es la progresiva pérdida de espacios propios de publicación en lengua castellana. Revistas históricas de referencia para la enfermería, como ROL o Metas de Enfermería, han desaparecido en un contexto dominado por publicaciones internacionales indexadas en bases de datos de alto prestigio.

            La publicación en revistas anglosajonas, aunque necesaria para la proyección internacional, plantea importantes barreras de acceso para muchas enfermeras que desarrollan su actividad en contextos asistenciales. Las limitaciones idiomáticas, el acceso restringido por suscripciones y la falta de tiempo dificultan la lectura y utilización de estos trabajos[18]. Como consecuencia, una parte significativa del conocimiento generado no llega a quienes podrían beneficiarse directamente de él.

            Además, esta dinámica contribuye a debilitar el ecosistema científico propio de la enfermería en contextos iberoamericanos. La escasa visibilidad de las revistas en lengua española y la falta de reconocimiento en los sistemas de evaluación académica generan un círculo vicioso que amenaza la sostenibilidad de estos espacios[19]. Y con ellos, la posibilidad de construir un discurso científico propio, contextualizado y culturalmente relevante.

            El riesgo que se deriva de este proceso va más allá de una cuestión editorial. Tiene que ver con la identidad misma de la disciplina. Cuando la investigación enfermera se desarrolla mayoritariamente bajo marcos conceptuales ajenos, se publica en idiomas que dificultan su accesibilidad y no logra impactar en la práctica, existe el peligro de que la enfermería pierda progresivamente su capacidad de definir su propio objeto de estudio, el cuidado, de manera específica a nivel contextual, cultural y humano.

            La identidad disciplinar no se construye únicamente a partir de la formación o de la práctica profesional. Se sustenta, fundamentalmente, en la capacidad de generar conocimiento propio, de nombrar la realidad desde una perspectiva propia y de intervenir sobre ella con criterios propios. Si esta capacidad se debilita, la enfermería corre el riesgo de quedar atrapada en un espacio ambiguo, entre la técnica y la ciencia, entre la vocación y la profesión, entre la ejecución y la decisión.

            En este contexto, resulta imprescindible recuperar el sentido profundo de la investigación enfermera. No como un requisito curricular o como una herramienta de promoción académica, sino como un elemento central para el desarrollo de la disciplina y para la mejora de la salud de la población. Investigar en enfermería no es un fin en sí mismo. Es un medio para comprender mejor el cuidado, para hacerlo más eficaz, más humano y más equitativo.

Investigar para cuidar, cuidar con evidencia

            Ante este escenario, no basta con describir el problema. Es necesario posicionarse y, sobre todo, proponer. Porque si algo ha demostrado la enfermería a lo largo de su evolución es su capacidad para transformar realidades cuando asume con claridad su responsabilidad.

            El primer elemento que debe abordarse es la necesaria reorientación de la investigación enfermera hacia su núcleo disciplinar, el cuidado[20].

            La evidencia internacional es contundente al señalar que las intervenciones enfermeras basadas en cuidados integrales, longitudinales y centrados en las personas mejoran resultados en salud, reducen hospitalizaciones evitables, incrementan la adherencia terapéutica y fortalecen la capacidad de autocuidado[21]. Sin embargo, estos resultados solo pueden sostenerse y ampliarse si se apoyan en una base sólida de investigación específica. No basta con cuidar bien, ni se puede cuidar desde la rutina repetitiva y sin argumento; es necesario demostrar, explicar y transferir por qué ese cuidado es eficaz.

            En este sentido, la universidad tiene una responsabilidad ineludible. No puede limitarse a formar profesionales técnicamente competentes ni a producir investigación desvinculada de la realidad de la atención. Debe convertirse en un espacio de generación de conocimiento relevante, conectado con los problemas reales de la práctica y orientado a la mejora de los cuidados[22]. Esto exige revisar los planes de estudio, reforzar la formación en investigación desde etapas tempranas y, sobre todo, hacerlo desde una perspectiva que vincule de manera explícita la investigación con la práctica enfermera.

            Pero también implica repensar los criterios de evaluación académica. Mientras el éxito profesional siga medido fundamentalmente por el número de publicaciones y el impacto de las revistas, será difícil alinear la investigación con las necesidades reales de la sociedad. Es necesario avanzar hacia modelos de evaluación que reconozcan no solo la calidad metodológica, sino también el impacto real de la investigación en la práctica clínica, en la salud de la población, en el desarrollo disciplinar y profesional y en la mejora de los sistemas de salud.

            Por su parte, las organizaciones sanitarias deben asumir que la investigación enfermera no es un lujo ni una actividad complementaria, sino un componente esencial de la calidad de la atención. Integrar la investigación en la práctica requiere generar condiciones estructurales que lo hagan posible: tiempo protegido, formación, apoyo institucional y reconocimiento profesional[23]. Pero, sobre todo, requiere un cambio de mirada. Dejar de entender a las enfermeras como ejecutoras de tareas para reconocerlas como profesionales con capacidad de generar conocimiento, innovar y liderar procesos de mejora.

            La incorporación de modelos de práctica basados en la evidencia, liderados por enfermeras, ha demostrado ser una estrategia eficaz para reducir la variabilidad en la atención, mejorar resultados en salud y optimizar el uso de recursos[24]. Sin embargo, estos modelos solo pueden consolidarse si existe una masa crítica de profesionales capaces de interpretar, aplicar y generar evidencia. Y eso nos devuelve, nuevamente, a la importancia de la formación y de la cultura investigadora.

            Las propias enfermeras, por su parte, también deben asumir un papel activo en este proceso. No se trata de exigir que todas investiguen, pero sí de que todas incorporen la evidencia enfermera como parte inseparable de su práctica profesional. La excelencia en el cuidado no puede sustentarse únicamente en la experiencia o en la buena voluntad. Requiere conocimiento actualizado, pensamiento crítico y capacidad para cuestionar prácticas que no se sostienen en la mejor evidencia disponible[25].

            Esto implica también cambiar la forma en que las enfermeras perciben la investigación. Dejar de verla como algo ajeno, complejo o reservado a unos pocos, para entenderla como una herramienta al servicio del cuidado. Una herramienta que permite mejorar la práctica, legitimar el conocimiento propio y fortalecer la identidad profesional.

            Porque, de eso es de lo que estamos hablando, de identidad. La enfermería no puede seguir construyéndose únicamente sobre valores vocacionales o sobre el reconocimiento emocional de su importancia. Debe consolidarse como disciplina científica capaz de generar conocimiento propio, de intervenir con criterios propios y de aportar soluciones específicas, diferenciadas y diferenciadoras a los problemas de salud. Y para ello, la investigación en cuidados no es opcional. Es imprescindible.

            No hacerlo tiene consecuencias. Supone perpetuar una dependencia epistemológica de otras disciplinas, limitar la capacidad de innovación y reducir el impacto de la enfermería en los sistemas de salud. Supone, en definitiva, renunciar a una parte esencial de lo que la enfermería es y debe ser.

            Por el contrario, apostar de manera decidida por la investigación enfermera permite avanzar hacia una práctica más sólida, más autónoma y más relevante. Permite situar el cuidado en el lugar que le corresponde, es decir, en el centro de los sistemas de salud, para desde ahí, responder, con rigor y evidencia, a los desafíos que plantea una sociedad cada vez más compleja, más vulnerable y más necesitada de cuidados.

            La universidad, la atención y la propia comunidad no pueden seguir caminando en paralelo, como si se tratara de realidades independientes. Necesitan encontrarse, reconocerse y construir juntas. Generar espacios de colaboración real en los que la investigación surja de la práctica y de las necesidades sentidas, para que pueda revertir sobre ellas. En los que el conocimiento no sea un fin en sí mismo, sino un instrumento para mejorar la vida de las personas.

            Porque si la investigación no mejora el cuidado, pierde su sentido. Pero si el cuidado no se apoya en la investigación, pierde su fuerza.

            Y en ese equilibrio —exigente, complejo, pero irrenunciable— se juega el futuro de la enfermería.

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3 thoughts on “El conocimiento que no cuida

  1. ..es de larga data está dicotomía entre el pensar y el hacer en el cuidado enfermero…una posible explicación es que las docentes son a dedicación exclusiva y no a tiempo parcial como es el caso de los médicos..de modo que éstos enseñan lo que hacen: el acto médico..no ocurre así en enfermería..esta situación contradictoria pareciera..pareciera que no tiene salida….los 2 estamos tienen escas comunicación sea en el campo clínico o de salud pública…enfermería quo vadis???

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