EL CUIDADO FRENTE AL RUIDO

“El cuidado es una forma de mantener vivo el mundo.”

Joan Tronto[1]

 

            Hay sociedades que enferman lentamente sin apenas darse cuenta. No lo hacen únicamente por el aumento de determinadas patologías, por el envejecimiento poblacional o por la saturación de sus sistemas sanitarios. Enferman también cuando se deterioran los vínculos que permiten convivir, cuando la desconfianza sustituye al reconocimiento mutuo y cuando el sufrimiento ajeno deja de generar preocupación para convertirse en ruido de fondo. Porque la salud de una sociedad no depende exclusivamente de hospitales, tecnologías diagnósticas o avances farmacológicos. Depende también de su capacidad para cuidar y cuidarse[2].

            Durante décadas se ha insistido en identificar la salud colectiva casi exclusivamente con la capacidad de curar enfermedades. Sin embargo, la evidencia científica lleva años mostrando que los factores que más condicionan la salud de las poblaciones no se encuentran únicamente en el ámbito biomédico, sino en las condiciones sociales, económicas, culturales y relacionales en las que transcurre la vida[3]. La desigualdad, la precariedad, la soledad, la exclusión, la violencia o la pérdida de apoyo social impactan de manera directa sobre la salud física y mental, incrementando mortalidad, sufrimiento y vulnerabilidad[4]. Y todos ellos tienen en común que expresan formas de ausencia de cuidado colectivo.

            La pandemia de COVID-19 evidenció de manera descarnada esta realidad. No solo mostró las fortalezas y debilidades de los sistemas sanitarios, sino también el grado de cohesión o fragmentación de las sociedades. Allí donde existían redes comunitarias sólidas, confianza institucional y capacidad de protección mutua, la respuesta fue más resiliente. Allí donde predominaban la polarización, la desinformación o el individualismo extremo, el impacto social y emocional resultó mucho más devastador[5]. La pandemia actuó así como un enorme espejo social que permitió observar hasta qué punto muchas sociedades habían ido perdiendo capacidades básicas de cuidado compartido.

            Sin embargo, una vez superada la fase más crítica de aquella emergencia, gran parte del debate público regresó rápidamente a la lógica de la confrontación permanente. Las redes sociales, determinados espacios políticos y buena parte de los medios de comunicación consolidaron un modelo de comunicación basado en el impacto emocional inmediato, el enfrentamiento constante y la simplificación extrema de la realidad. El ruido comenzó a ocupar casi todo el espacio.

            Y el ruido no es inocuo. El ruido desgasta. Agota. Fragmenta. Dificulta pensar. Impide escuchar. Reduce la complejidad a consignas simples y transforma cualquier diferencia en una amenaza[6]. En sociedades sometidas permanentemente a dinámicas de confrontación emocional, resulta cada vez más difícil construir espacios comunes desde los que sostener proyectos colectivos, reconocer vulnerabilidades compartidas o generar confianza mutua. Todo parece empujar hacia la sospecha, el miedo o el rechazo del otro.

            La consecuencia es profundamente paradójica. Nunca había existido tanta capacidad tecnológica para comunicarnos y, al mismo tiempo, nunca había resultado tan difícil encontrarse verdaderamente. Vivimos hiperconectados, pero crecientemente desvinculados. Rodeados de información, pero cada vez más incapaces de distinguir conocimiento de manipulación. Saturados de mensajes, pero empobrecidos de escucha[7].

            Esta situación tiene consecuencias directas sobre la salud colectiva. Numerosos estudios muestran cómo el aislamiento social, la pérdida de apoyo comunitario y la erosión de la confianza social incrementan el riesgo de depresión, ansiedad, deterioro cognitivo, enfermedades cardiovasculares e incluso mortalidad prematura[8]. La soledad no deseada, considerada ya un importante problema de salud pública en numerosos países, no responde únicamente a la falta de compañía física. Tiene mucho que ver con la pérdida de pertenencia, reconocimiento y vínculo significativo[9].

            Por eso resulta tan limitado reducir el cuidado a una cuestión doméstica, privada o exclusivamente sanitaria. El cuidado atraviesa toda la estructura social. Se expresa en cómo se organizan las ciudades, en cómo se construyen las políticas públicas, en cómo se debate, en cómo se educa, en cómo se informa y también en cómo se ejerce el poder. Una sociedad cuida cuando protege a quienes atraviesan situaciones de fragilidad, pero también cuando evita convertir la fragilidad en motivo de exclusión, desprecio o estigmatización[10].

            Y quizá uno de los problemas más importantes de nuestro tiempo sea precisamente haber desvinculado el cuidado de la organización social y política, relegándolo a un plano secundario, emocional o incluso ingenuo. Como si cuidar fuese un gesto accesorio destinado únicamente a amortiguar daños producidos por dinámicas económicas, sociales o institucionales que se consideran inevitables. Sin embargo, cada vez existen más evidencias de que las sociedades con mayores niveles de cohesión social, confianza y protección comunitaria presentan mejores indicadores de salud, bienestar y esperanza de vida[11].

            El problema es que el modelo cultural dominante lleva décadas impulsando justamente lo contrario. La competitividad extrema, el hiperindividualismo y la lógica productivista han ido debilitando progresivamente las redes de apoyo y pertenencia. El éxito se asocia a la autosuficiencia. La dependencia se interpreta como fracaso. La vulnerabilidad se invisibiliza o se convierte en mercancía emocional para consumo rápido. Y el tiempo necesario para cuidar aparece cada vez más amenazado por dinámicas de aceleración permanente[12].

            En este contexto, cuidar comienza a percibirse casi como una forma de resistencia. Resistirse a la indiferencia. Resistirse a la deshumanización. Resistirse a la lógica que convierte a las personas en números, impactos o rendimientos. Porque cuidar exige detenerse, escuchar, comprender contextos y reconocer dignidad incluso cuando no existe utilidad inmediata. Y eso resulta profundamente contracultural en sociedades organizadas alrededor de la productividad, la inmediatez y la confrontación constante.

            Precisamente por eso el cuidado no puede entenderse únicamente como una respuesta asistencial orientada a intervenir cuando el daño ya se ha producido. El cuidado constituye también una forma de convivencia. Una manera de relacionarnos con quienes nos rodean y de construir comunidad. Porque convivir no significa simplemente compartir espacios físicos o aceptar normas comunes. Convivir implica reconocer que la vida humana es interdependiente y que, en distintos momentos, todas las personas necesitaremos ser cuidadas, sostenidas o acompañadas[13].

            Sin embargo, buena parte del discurso dominante continúa construyéndose sobre una idea ficticia de autonomía absoluta que presenta a las personas como individuos completamente independientes, responsables exclusivos de sus éxitos y fracasos. Esta mirada no solo invisibiliza las desigualdades estructurales que condicionan la vida, sino que debilita la propia idea de responsabilidad colectiva. Cuando todo se interpreta desde la lógica individual, el sufrimiento deja de entenderse como un problema social para convertirse en un fracaso personal.

            La consecuencia de ello es visible en múltiples ámbitos. En el aumento de los discursos de odio y exclusión. En la banalización de la pobreza. En la creciente intolerancia hacia quienes piensan diferente. En la estigmatización de personas migrantes, mayores, jóvenes o vulneradas. En la normalización de la violencia verbal como forma de debate público. Y también en el agotamiento emocional de amplios sectores de la población que viven atrapados entre la incertidumbre, la precariedad y la sensación de abandono institucional[14].

            No es casual que numerosos organismos internacionales hayan comenzado a alertar sobre el impacto que la polarización social y el deterioro de la cohesión comunitaria tienen sobre la salud mental y el bienestar colectivo[15]. La convivencia deteriorada genera miedo, ansiedad y desconfianza. Y cuando una sociedad deja de confiar, se fragmenta. Cada grupo comienza a percibir al otro no como alguien con quien convivir, sino como una amenaza frente a la que protegerse.

            En ese escenario el cuidado desaparece progresivamente del espacio público. Ya no importa comprender, sino vencer. Ya no importa dialogar, sino imponerse. La complejidad se convierte en un problema porque obliga a pensar, matizar y escuchar. Por eso el ruido resulta tan eficaz: simplifica la realidad hasta convertirla en una sucesión de impactos emocionales inmediatos que dificultan cualquier reflexión profunda[16].

            La evidencia sobre los denominados determinantes sociales de la salud es ya incontestable. Pero probablemente todavía no hemos asumido con suficiente profundidad la importancia de los determinantes morales y relacionales. Es decir, el impacto que tienen sobre la salud colectiva cuestiones como la indiferencia social, la pérdida de empatía, la humillación, la exclusión simbólica o la incapacidad de generar sentido comunitario[17]. Porque no basta con disponer de recursos materiales si las personas viven aisladas, invisibilizadas o permanentemente enfrentadas.

            Por eso hablar de cuidado hoy supone mucho más que hablar de atención sanitaria o social. Supone preguntarnos qué tipo de sociedad estamos construyendo. Qué valores priorizamos. Qué formas de relación promovemos. Y qué consecuencias tiene convertir la confrontación permanente en el principal mecanismo de interacción pública.

            En este sentido, las enfermeras comunitarias llevan décadas trabajando precisamente en aquellos espacios donde el deterioro del vínculo social se hace más visible. En domicilios donde la soledad pesa más que muchas enfermedades. En barrios atravesados por desigualdades estructurales. En familias agotadas por la precariedad o la dependencia. En adolescentes marcados por la incertidumbre y la fragilidad emocional. En personas mayores cuya principal patología es, muchas veces, la invisibilidad social. Y también en comunidades donde el sufrimiento no puede abordarse únicamente desde respuestas clínicas fragmentadas.

            Pero también participando activamente en la construcción de comunidades saludables en el ámbito social, educativo, sanitario y comunitario, favoreciendo que los activos para la salud, las redes de apoyo y la coherencia social actúen como verdaderos dinamizadores de salud colectiva, articulando entornos más habitables, cohesionados y saludables.

            Esa mirada comunitaria permite comprender algo tan esencial como que muchas veces el conflicto aparece allí donde previamente ha desaparecido el cuidado. Cuando las personas dejan de sentirse escuchadas, reconocidas o protegidas, aumentan la frustración, el miedo y el resentimiento. Y cuando el miedo se convierte en eje organizador de la convivencia, resulta mucho más sencillo alimentar discursos simplistas basados en el rechazo, la exclusión o la búsqueda de culpables.

            Por eso cuidar también significa proteger espacios de encuentro, reconstruir confianza y fortalecer comunidad. Significa generar condiciones para que las personas puedan sentirse parte de algo compartido. Porque la salud colectiva no depende únicamente de reducir enfermedades, sino también de favorecer vidas dignas, habitables y socialmente vinculadas[18].

            Recuperar el valor social del cuidado no significa promover sociedades ingenuas, paternalistas o exentas de conflicto. El conflicto forma parte inevitable de la convivencia humana. Las diferencias existen y seguirán existiendo. El verdadero problema aparece cuando desaparecen las condiciones mínimas que permiten gestionar esas diferencias sin destruir al otro. Y esas condiciones tienen mucho que ver con el cuidado.

            Porque cuidar también es reconocer límites. Comprender que ninguna sociedad puede sostenerse indefinidamente desde el desprecio, la humillación o la indiferencia. Cuidar es asumir responsabilidad compartida sobre aquello que afecta al conjunto de la comunidad. Y eso incluye desde la protección de los sistemas públicos hasta la defensa de los vínculos sociales, el respeto a la diversidad o la construcción de espacios de diálogo real.

            En este sentido, resulta especialmente preocupante la normalización de determinadas formas de comunicación pública basadas en la descalificación permanente, la simplificación extrema o la generación deliberada de miedo. El miedo moviliza emocionalmente, pero también deteriora la convivencia. Y una sociedad organizada desde el miedo acaba debilitando su propia salud democrática y comunitaria[19].

            Cuando el otro deja de ser percibido como alguien digno de cuidado y reconocimiento para convertirse únicamente en adversario, amenaza o enemigo, se rompe algo mucho más profundo que la cordialidad social. Se rompe la posibilidad misma de construir comunidad. Porque ninguna sociedad puede mantenerse cohesionada si convierte sistemáticamente la fragilidad, la diferencia o la discrepancia en motivo de exclusión.

            Uno de los grandes desafíos actuales no es únicamente económico, tecnológico o sanitario, sino profundamente ético y relacional. Recuperar la capacidad de convivir. Recuperar tiempos y espacios para escuchar. Recuperar la posibilidad de construir proyectos colectivos más allá de la lógica de bloques enfrentados. Y entender que cuidar no debilita a las sociedades; las hace más habitables, más justas y también más saludables.

            La evidencia científica empieza a señalar que las intervenciones basadas en fortalecimiento comunitario, apoyo social y participación colectiva no solo mejoran bienestar subjetivo, sino que tienen impacto real sobre indicadores de salud, mortalidad y calidad de vida[20]. Las comunidades con mayores niveles de capital social presentan mejores resultados en salud, mayor resiliencia ante crisis y menor impacto de las desigualdades[21]. No se trata, por tanto, de una reflexión meramente filosófica o moral. Se trata también de una cuestión de salud pública.

            Y sin embargo seguimos organizando gran parte de nuestras estructuras sociales desde parámetros que dificultan precisamente esos procesos de cuidado colectivo. Jornadas incompatibles con la vida personal, precarización de los vínculos, debilitamiento de las redes comunitarias, hiperdigitalización de las relaciones, mercantilización de prácticamente todas las dimensiones de la vida y progresiva sustitución del encuentro por el impacto inmediato. Todo ello configura sociedades crecientemente cansadas, irritadas y emocionalmente agotadas.

            En medio de este contexto, el cuidado aparece muchas veces invisibilizado porque sus resultados no siempre son inmediatos ni fácilmente cuantificables. Cuidar requiere tiempo. Presencia. Escucha. Continuidad. Y precisamente por eso entra en contradicción con modelos organizativos obsesionados por la rapidez, la productividad o el rendimiento constante. Sin embargo, aquello que sostiene verdaderamente la vida raramente puede medirse únicamente mediante indicadores de eficiencia.

            Las enfermeras lo saben bien. Especialmente quienes trabajan en el ámbito comunitario. Porque gran parte de su trabajo cotidiano consiste precisamente en sostener vínculos, acompañar procesos vitales complejos, detectar sufrimientos invisibles y fortalecer capacidades individuales, familiares y comunitarias. Un trabajo muchas veces silencioso y escasamente reconocido, pero profundamente transformador.

            No porque las enfermeras sean depositarias exclusivas del cuidado —el cuidado, como patrimonio universal que es, compete a toda la sociedad—, sino porque el cuidado profesional constituye el núcleo epistemológico, ético y práctico de la enfermería. No es un añadido emocional ni una función subsidiaria de otros saberes. Es una práctica científica, relacional y comunitaria orientada a proteger la salud, sostener dignidad y acompañar la vida en toda su complejidad. No porque las enfermeras sean depositarias exclusivas del cuidado —el cuidado, como patrimonio universal que es, compete a toda la sociedad—, sino porque el cuidado profesional constituye el núcleo epistemológico, ético y práctico de la enfermería. No es un añadido emocional ni una función subsidiaria de otros saberes. Es una práctica científica, relacional y comunitaria orientada a proteger la salud, sostener dignidad y acompañar la vida en toda su complejidad.

            Sin embargo, resulta profundamente paradójico que, pese a la enorme evidencia existente sobre los determinantes sociales y relacionales de la salud, sobre el impacto de los cuidados y sobre las propias competencias enfermeras en el ámbito familiar y comunitario, continúen formándose enfermeras fundamentalmente orientadas hacia modelos clínicos, hospitalarios y asistencialistas donde esta realidad social apenas se aborda de manera tangencial, secundaria o fragmentada.

            De este modo, muchas universidades corren el riesgo de alejarse progresivamente de su compromiso social y comunitario para alinearse con dinámicas académicas y profesionales marcadas por el productivismo, el biologicismo y la lógica exclusivamente sanitaria. Modelos que priorizan procedimientos, tecnologías y respuestas inmediatas, pero que continúan relegando el cuidado entendido como intervención social, comunitaria y transformadora. Y hacerlo supone no solo empobrecer la formación enfermera, sino también limitar la capacidad de los sistemas de salud para responder a los verdaderos desafíos sociales, relacionales y comunitarios que condicionan hoy la salud colectiva. Y entender esto resulta fundamental en sociedades que continúan identificando la salud casi exclusivamente con tecnología, diagnóstico o intervención biomédica.

            Curar es imprescindible. Pero no suficiente. Las sociedades también necesitan ser cuidadas. Necesitan espacios donde el sufrimiento pueda ser reconocido sin convertirse inmediatamente en espectáculo, estadística o confrontación política. Necesitan reconstruir confianza. Recuperar vínculos. Generar pertenencia. Y comprender que la convivencia no se sostiene únicamente mediante leyes o estructuras administrativas, sino también mediante formas cotidianas de reconocimiento mutuo.

            Por eso resulta especialmente importante que el lema elegido este año por el Consejo Internacional de las Enfermeras (CIE) para el Día Internacional de las Enfermeras —“Nuestras enfermeras. Nuestro futuro. Las enfermeras empoderadas salvan vidas”— no quede reducido a una formulación simbólica o institucional vacía de contenido. Porque empoderar verdaderamente a las enfermeras no significa únicamente incrementar competencias técnicas o reforzar determinados espacios asistenciales. Significa reconocer plenamente el valor social, comunitario y transformador del cuidado profesional.

            Y para ello resulta imprescindible incorporar la salud y los cuidados en todas las políticas. En las educativas, laborales, urbanísticas, sociales, universitarias, económicas y comunitarias. Porque gran parte de los problemas que hoy deterioran la convivencia y la salud colectiva no pueden abordarse únicamente desde respuestas clínicas o sanitarias fragmentadas. Requieren reconstruir tejido social, fortalecer redes comunitarias, generar entornos más habitables y recuperar el cuidado como elemento vertebrador de las relaciones humanas y de las propias comunidades.

            Solo así el cuidado dejará de actuar exclusivamente como respuesta reparadora frente al daño para convertirse también en una verdadera herramienta de transformación social capaz de corregir, o al menos amortiguar, muchos de los efectos nocivos derivados de sociedades crecientemente polarizadas, aceleradas y emocionalmente agotadas.

[1] Teórica política feminista estadounidense que ayudó a desarrollar y a asentar las bases políticas del cuidado (1952).

[2] World Health Organization. Constitution of the World Health Organization. Geneva: WHO; 2023.

[3] Marmot M, Allen J, Goldblatt P, Herd E, Morrison J. Build Back Fairer: The COVID-19 Marmot Review. London: Institute of Health Equity; 2020.

[4] Wilkinson R, Pickett K. The Spirit Level: Why More Equal Societies Almost Always Do Better. London: Allen Lane; 2010.

[5] Kickbusch I, Sakellarides C, Novotny TE. Health diplomacy and the global response to COVID-19. BMJ. 2021;372:n595.

[6] Han BC. La sociedad del cansancio. Barcelona: Herder; 2022.

[7] Bauman Z. Modernidad líquida. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica; 2017.

[8] Holt-Lunstad J. Social connection as a public health issue: the evidence and a systemic framework for prioritizing the “social” in social determinants of health. Annu Rev Public Health. 2022;43:193-213.

[9] Organización Panamericana de la Salud. La soledad y el aislamiento social como prioridades de salud pública. Washington DC: OPS; 2023.

[10] Tronto JC. Caring Democracy: Markets, Equality, and Justice. New York: NYU Press; 2013.

[11] Kawachi I, Berkman LF. Social cohesion, social capital, and health. In: Berkman LF, Kawachi I, Glymour MM, editors. Social Epidemiology. 2nd ed. New York: Oxford University Press; 2014. p. 290-319.

[12] Rosa H. Alienación y aceleración. Buenos Aires: Katz Editores; 2016.

[13] Nussbaum MC. Crear capacidades: propuesta para el desarrollo humano. Barcelona: Paidós; 2012.

[14] Wilkinson R, Marmot M, editors. Social Determinants of Health: The Solid Facts. 2nd ed. Copenhagen: WHO Europe; 2003.

[15] World Health Organization. World Mental Health Report: Transforming Mental Health for All. Geneva: WHO; 2022.

[16] Innerarity D. La política en tiempos de indignación. Barcelona: Galaxia Gutenberg; 2015.

[17] Farmer P. Pathologies of Power: Health, Human Rights, and the New War on the Poor. Berkeley: University of California Press; 2005.

[18] Morgan A, Ziglio E. Revitalising the evidence base for public health: an assets model. Promot Educ. 2007;14(2_suppl):17-22.

[19] Levitsky S, Ziblatt D. How Democracies Die. New York: Crown; 2018.

[20] South J, Stansfield J, Amlôt R, Weston D. Sustaining and strengthening community resilience throughout the COVID-19 pandemic and beyond. Perspect Public Health. 2020;140(6):305-8.

[21] Putnam RD. Bowling Alone: The Collapse and Revival of American Community. New York: Simon & Schuster; 2000.

LA HUELGA QUE RETRATA A UN GOBIERNO

Hay conflictos que dejan de ser únicamente laborales para convertirse en el reflejo exacto de cómo un gobierno entiende lo público. Y eso es precisamente lo que está ocurriendo con la huelga indefinida del profesorado en la Comunitat Valenciana. Porque lo que hoy se discute ya no son solo ratios, plantillas, condiciones laborales o infraestructuras educativas. Lo que realmente ha quedado al descubierto es la manera en que el Consell presidido por Pérez Llorca concibe la educación pública y el respeto hacia quienes la hacen posible a diario.

            Mantener una huelga indefinida supone un desgaste económico, emocional y profesional enorme para quienes la secundan. Por eso resulta especialmente significativo que, lejos de diluirse, las movilizaciones hayan ido creciendo y encontrando respaldo no solo entre docentes, sino también entre familias, alumnado y amplios sectores de la ciudadanía. Cuando eso sucede, el problema ya no puede reducirse a una protesta sindical. Lo que emerge es una sensación colectiva de deterioro, abandono y falta de escucha institucional.

            Ante una situación así, cabría esperar prudencia, capacidad de negociación y voluntad política de acuerdo. Sin embargo, la reacción del PP valenciano ha transitado justamente por el camino contrario. La afirmación de que “los docentes están enfermos en invierno y sanos en verano” no constituye simplemente un comentario desafortunado. Es una descalificación profundamente irresponsable hacia miles de profesionales que desempeñan una labor esencial para cualquier sociedad democrática.

            Pero más allá de la torpeza política de semejantes declaraciones, lo verdaderamente preocupante es la inquina que parecen evidenciar hacia unos funcionarios a quienes cualquier gobierno debería defender a capa y espada, a pesar de desacuerdos puntuales como los que generan una huelga. Porque gobernar no consiste en desacreditar a quienes sostienen los servicios públicos, sino en protegerlos, escucharlos y tratar de garantizar las mejores condiciones posibles para que puedan desarrollar su trabajo.

            Cuando un gobierno opta por ridiculizar a quienes protestan en lugar de afrontar las causas de la protesta, deja de actuar como parte de la solución para convertirse directamente en parte del problema. Y lo más grave es que ese tipo de declaraciones no solo deterioran la negociación; deterioran también la legitimidad institucional de quienes las realizan.

            Resulta además inevitable comparar la actitud mantenida por el Consell ante esta huelga con la que viene mostrando desde hace meses con funcionarios de otro sector público. La diferencia de tono, de consideración y de respuesta política ha sido demasiado evidente como para ignorarla. Y eso alimenta la percepción de que existen funcionarios de primera y de segunda; profesionales merecedores de reconocimiento institucional y otros a quienes se puede desacreditar públicamente sin excesivo coste político.

 

            Tampoco ayuda, precisamente, acusar al profesorado de haber esperado a que gobernase el PP para iniciar las movilizaciones. Ese tipo de argumentos no solo resultan pobres; revelan una preocupante incapacidad para asumir responsabilidades propias. Porque es evidente que muchos problemas de la educación pública valenciana son estructurales y vienen de lejos. Pero también lo es que el actual Consell no solo no ha conseguido reconducirlos, sino que ha agravado el clima de confrontación mediante decisiones impropias de quien debería liderar soluciones.

            Mientras el gobierno valenciano traslada la idea propagandística de que “cumple bajando impuestos”, la realidad demuestra que las rebajas fiscales tienen consecuencias directas sobre la capacidad de sostener servicios públicos de calidad. Cuando la prioridad política pasa por reducir ingresos mientras la educación pública acumula déficits tan graves, lo que termina emergiendo no es eficiencia, sino deterioro.

            No se puede defender la excelencia educativa mientras se minusvalora al profesorado. No se puede reclamar compromiso cuando quienes sostienen el sistema reciben sospechas, descalificaciones o desprecio institucional. Y no se puede exigir calidad en la educación pública mientras se vacía progresivamente de recursos, reconocimiento y capacidad de respuesta.

            Toda negociación exige cesiones. Pero para negociar hacen falta tres elementos imprescindibles: respeto, credibilidad y voluntad real de acuerdo. Y son precisamente esos tres elementos los que el Consell parece haber ido perdiendo conforme el conflicto avanzaba. Porque una cosa es discrepar ante determinadas reivindicaciones y otra muy distinta intentar desgastar públicamente a quienes protestan.

            Si el president de la Generalitat considera que la actual Consellera de Educació ha agotado su capacidad política para gestionar este conflicto, lo coherente sería actuar en consecuencia. Lo que no resulta aceptable es permitir que la situación continúe deteriorándose mientras se responde con soberbia, pasividad y declaraciones incendiarias que solo incrementan la tensión.

            Finalmente, lo que queda patente es la escasa consideración que este gobierno demuestra hacia la educación pública. Ese y no otro es el verdadero problema. La triste realidad y la penosa vergüenza de un gobierno incapaz de comprender que la educación no constituye un gasto incómodo, sino una de las principales garantías de igualdad, cohesión social y dignidad democrática de cualquier sociedad que aspire realmente a tener futuro.

¿QUIÉN DECIDE QUÉ ES CIENCIA EN SALUD?

“La ciencia es mucho más que un simple conjunto de conocimientos: es una manera de pensar.”

Carl Sagan[1]

 

            Hablar de ciencia parece, a primera vista, hablar de un territorio neutral. Un espacio regido por métodos rigurosos, evidencias contrastables, revisión crítica, acumulación de conocimiento y voluntad de verdad. Sin embargo, la ciencia nunca se desarrolla en el vacío. Siempre nace en un contexto histórico, institucional, económico, cultural y político que condiciona qué preguntas se consideran relevantes, qué métodos se aceptan como legítimos, qué resultados reciben reconocimiento y qué formas de conocimiento quedan relegadas a los márgenes. La ciencia, por tanto, no es solo un procedimiento para conocer mejor la realidad. También es un campo donde se distribuye autoridad.

            Esto no significa cuestionar el valor de la ciencia ni caer en relativismos peligrosos. Al contrario. Precisamente porque la ciencia es una de las herramientas más potentes que tenemos para comprender, intervenir y mejorar la vida de las personas, conviene preguntarse con honestidad quién define sus límites, quién establece sus jerarquías y quién decide qué conocimiento merece ser considerado científico. En salud, esta pregunta resulta especialmente importante, porque aquello que se reconoce como ciencia acaba orientando políticas, financiaciones, prestigios académicos, gestión de las organizaciones, decisiones clínicas, estructuras organizativas y modelos de atención.

            Durante décadas, el campo de la salud ha estado profundamente marcado por una concepción de la ciencia fuertemente vinculada al paradigma biomédico. Dicho paradigma ha aportado avances incuestionables como vacunas, antibióticos, cirugía segura, tratamientos oncológicos, tecnologías diagnósticas, terapias farmacológicas y una extraordinaria capacidad para comprender mecanismos fisiopatológicos. Negar esa aportación sería absurdo. Pero el problema no está en reconocer el valor de esa ciencia, sino en convertirla en la única forma legítima de conocimiento en salud.

            Cuando la ciencia se identifica casi exclusivamente con laboratorio, ensayo clínico, molécula, marcador biológico, procedimiento técnico o resultado cuantificable, todo aquello que no encaja cómodamente en ese molde empieza a ocupar una posición secundaria. No porque carezca de rigor, sino porque responde a preguntas distintas. La experiencia de vivir con una enfermedad crónica, el significado de cuidar en contextos de vulnerabilidad, la manera en que una familia reorganiza su vida tras una dependencia sobrevenida, la construcción de confianza en una consulta comunitaria, la adherencia asociada al vínculo profesional, la soledad no deseada, el afrontamiento de la violencia, la fragilidad social o la toma de decisiones compartida no siempre pueden comprenderse adecuadamente con los mismos instrumentos que permiten medir una variable bioquímica.

            Y, sin embargo, todo eso forma parte de la salud.

            La cuestión, por tanto, no es enfrentar ciencias, sino reconocer que la salud requiere pluralidad epistemológica. Necesita conocimiento experimental, clínico, epidemiológico, social, comunitario, ético, relacional y experiencial. Necesita datos, pero también interpretación. Necesita medición, pero también comprensión. Necesita objetividad, pero no una objetividad empobrecida que confunda lo real con lo únicamente cuantificable. Como han señalado diferentes corrientes críticas sobre la producción de conocimiento, los métodos no son neutros en sus consecuencias: iluminan unas dimensiones de la realidad y oscurecen otras[2].

            En este punto, la enfermería aparece como una disciplina especialmente relevante para pensar los límites y posibilidades de las ciencias de la salud. No porque sea la única que haya sufrido procesos de subordinación epistemológica, sino porque su objeto central —el cuidado profesional— ha sido históricamente situado en un lugar ambiguo, que resulta imprescindible en la práctica, pero frecuentemente insuficientemente reconocido en el discurso científico dominante. Se reconoce que sin cuidados no hay sistema de salud posible, pero no siempre se reconoce con la misma claridad que el cuidado produce conocimiento, requiere investigación, genera teoría, orienta decisiones complejas y transforma resultados en salud.

            La ciencia enfermera no surge de una voluntad corporativa de diferenciarse, sino de una necesidad disciplinar para comprender de manera rigurosa aquello que la enfermería observa, interpreta, decide y realiza en su práctica. Desde los patrones de conocimiento propuestos por Carper[3] hasta los desarrollos posteriores de la teoría enfermera[4], la disciplina ha tratado de mostrar que conocer en enfermería no se limita a aplicar técnicas ni a ejecutar indicaciones. Implica integrar evidencia empírica, juicio clínico, comprensión ética, relación interpersonal, sensibilidad contextual y capacidad reflexiva. Esa integración no debilita su carácter científico; lo complejiza.

            Durante mucho tiempo, una parte del conocimiento enfermero fue considerado “práctico” en un sentido reduccionista, como si lo práctico fuese lo contrario de lo científico. Pero en salud, la práctica no es un espacio menor. Es el lugar donde el conocimiento se pone a prueba frente a la complejidad real de las personas, las familias y las comunidades. Una intervención puede estar perfectamente protocolizada y fracasar si ignora el contexto de vida de quien debe incorporarla. Una recomendación puede ser científicamente correcta y, al mismo tiempo, ineficaz si no considera las condiciones materiales, emocionales, culturales o relacionales de la persona a la que se dirige. Una decisión puede ser técnicamente impecable y éticamente insuficiente si no incorpora la autonomía, la dignidad y la experiencia de quien recibe atención.

            La ciencia enfermera se sitúa precisamente en ese cruce complejo entre evidencia, contexto, relación y cuidado. Por eso no puede ser evaluada únicamente desde criterios pensados para otros objetos de conocimiento. No porque deba exigir menos rigor, sino porque necesita un rigor adecuado a lo que estudia. Investigar cuidados no es investigar menos. Es investigar de otro modo aquello que muchas veces sostiene la vida cuando la curación no es posible, cuando la enfermedad se cronifica, cuando la vulnerabilidad aumenta, cuando la autonomía se fragiliza o cuando el sistema sanitario corre el riesgo de reducir a las personas a diagnósticos, episodios o procesos.

            Esta es una de las grandes cuestiones pendientes en la cultura científica de la salud, aceptar que no todo conocimiento relevante cabe en la misma arquitectura metodológica. La investigación cualitativa, los métodos mixtos, la investigación participativa, los estudios de implementación, la evaluación realista o la investigación en servicios de salud han mostrado que comprender lo que ocurre en la práctica exige aproximaciones capaces de captar procesos, significados, relaciones, contextos y mecanismos[5],[6],[7]. No se trata de sustituir una jerarquía por otra, sino de abandonar la idea de que existe una única escala universal para ordenar todo el conocimiento.

            La pregunta, entonces, no debería ser si la enfermería produce ciencia. La pregunta debería ser por qué ha costado tanto reconocer como ciencia aquello que estudia dimensiones esenciales de la salud humana.

            Existe una paradoja difícil de ignorar en los sistemas contemporáneos de salud. Cuanto más envejecen las poblaciones, más aumentan las enfermedades crónicas, más se incrementa la dependencia y más complejas se vuelven las trayectorias vitales de las personas, más evidente resulta la importancia de los cuidados. Y, sin embargo, el conocimiento relacionado con dichos cuidados continúa ocupando con frecuencia una posición secundaria en las jerarquías tradicionales de legitimidad científica. No porque sea irrelevante, sino porque históricamente el cuidado ha sido asociado a dimensiones consideradas “blandas”, relacionales o subjetivas, en contraposición a una supuesta ciencia “dura” vinculada a la tecnología, la biología molecular o la intervención curativa.

            Esa división no solo es simplista. También es profundamente inexacta.

            Cuidar exige tomar decisiones complejas en escenarios de incertidumbre, interpretar respuestas humanas cambiantes, integrar información clínica, emocional, familiar y social, identificar necesidades, intervenir en y con la comunidad, facilitar la participación, favorecer el autocuidado, respetar las decisiones de las personas, anticipar riesgos, gestionar vulnerabilidades, acompañar procesos de adaptación y construir relaciones terapéuticas sostenidas en el tiempo. Todo ello requiere conocimiento especializado. La diferencia es que gran parte de ese conocimiento se produce en espacios menos visibles para la cultura científica dominante como domicilios, consultas comunitarias, escuelas, residencias, centros de salud, comunidades o trayectorias vitales atravesadas por desigualdades sociales. Espacios donde muchas veces no hay grandes tecnologías, pero sí enorme complejidad humana.

            Durante años, la legitimidad científica en salud ha estado muy vinculada a la capacidad de aislar variables, controlar contextos y producir resultados altamente medibles. Ese enfoque ha sido extraordinariamente útil para determinados problemas. Pero cuando se convierte en la única referencia válida, termina generando un efecto de invisibilización sobre fenómenos que no pueden reducirse fácilmente a relaciones lineales causa-efecto. La salud real rara vez funciona de manera tan simple. Está atravesada por condiciones de vida, emociones, vínculos, cultura, precariedad, género, soledad, educación, vivienda, redes comunitarias y experiencias acumuladas a lo largo del tiempo[8].

            Por eso la ciencia enfermera no puede entenderse únicamente como una aplicación periférica del conocimiento biomédico. Entre otras cosas, porque no es una rama de la medicina como algunos pretenden hacer creer, sino una ciencia más de la salud, con conocimientos y paradigma propios. Tiene preguntas propias, objetos de estudio específicos y marcos interpretativos necesarios para comprender dimensiones esenciales de la salud que de otro modo quedarían insuficientemente exploradas. No investiga únicamente enfermedades. Investiga respuestas humanas frente a procesos de salud, afrontamiento de la enfermedad, sufrimiento, dependencia, fragilidad, adaptación o vulneración, salud pública y comunitaria. Y eso modifica profundamente la manera de producir conocimiento.

            La dificultad aparece cuando seguimos identificando ciencia con aquello que históricamente ha tenido mayor capacidad institucional para definirse a sí mismo como científico. Porque las jerarquías del conocimiento no se construyen solo desde la solidez metodológica. También se construyen desde relaciones de poder académico, financiación, reconocimiento institucional, capacidad editorial y prestigio histórico. Pierre Bourdieu ya advirtió que la ciencia no funciona únicamente como acumulación neutral de evidencias, sino también como un campo donde se disputan legitimidades, posiciones y autoridad simbólica[9].

            En salud, esa disputa ha sido especialmente visible en relación con disciplinas vinculadas al cuidado, la salud pública, la atención comunitaria o las ciencias sociales aplicadas. No porque carezcan de rigor, sino porque sus objetos de estudio cuestionan una visión reduccionista de la salud entendida exclusivamente desde la enfermedad y la intervención técnica que se han querido presentar como exclusivas y excluyentes. Investigar cómo influye la pobreza en la adherencia terapéutica, cómo impacta la soledad en la fragilidad, cómo afecta el vínculo terapéutico a la autonomía o cómo condicionan los determinantes sociales y morales la capacidad de cuidarse puede resultar menos espectacular desde determinados imaginarios científicos, pero no menos relevante para la salud colectiva[10].

            La pandemia de COVID-19 mostró con enorme claridad esa contradicción. Por una parte, evidenció la importancia decisiva de la investigación biomédica y epidemiológica. Pero, al mismo tiempo, reveló la necesidad de conocimientos relacionados con cuidados, comunicación, salud mental, trabajo comunitario, acompañamiento, gestión de incertidumbre, organización de servicios, adherencia, ética y desigualdad social. De poco servía disponer de protocolos técnicamente impecables si no existían profesionales capaces de sostener cuidados complejos en condiciones extremas, acompañar a personas aisladas, reorganizar recursos comunitarios o mantener vínculos humanos en medio del colapso[11].

            Sin embargo, incluso después de esa experiencia colectiva, sigue persistiendo cierta tendencia a considerar que el verdadero conocimiento científico es el que produce tecnología tangible, mientras que otros conocimientos aparecen como complementarios, accesorios o difíciles de medir. Y quizá ahí reside parte del problema, al seguir atrapados en una concepción excesivamente productivista de la ciencia. Una concepción donde parece tener más valor aquello que genera dispositivos, patentes, procedimientos o indicadores fácilmente cuantificables que aquello que mejora experiencias de salud, fortalece autonomía, disminuye sufrimiento o humaniza sistemas de atención.

            La paradoja es evidente. Los sistemas sanitarios hablan constantemente de integralidad, humanización, continuidad o atención centrada en las personas, pero continúan otorgando muchas veces mayor legitimidad a aquello que puede medirse con facilidad, aunque despersonalice y se aleje de los sentimientos y emociones, que a aquello que realmente transforma la experiencia cotidiana de vivir, enfermar o cuidar. Y cuando solo se reconoce como científicamente relevante aquello que encaja en determinadas métricas, el riesgo no es únicamente académico. También es asistencial y político.

            Porque lo que no se investiga suficientemente termina siendo menos visible. Lo que no se publica apenas existe en los espacios de decisión. Lo que no recibe financiación se desarrolla con enormes dificultades. Y lo que no se nombra acaba desapareciendo del imaginario colectivo como si careciera de valor científico.

            Por eso resulta tan importante comprender que la ciencia enfermera no busca ocupar un espacio prestado dentro del conocimiento sanitario, sino contribuir a ampliarlo. Su legitimidad no depende de parecerse a otras disciplinas, sino de la capacidad para generar conocimiento útil, riguroso y transformador sobre el cuidado profesional de las personas, familias y comunidades, como objetivo central.

            Ese conocimiento, además, posee una característica especialmente relevante: suele producirse en contacto directo con la vida cotidiana. No en escenarios artificialmente controlados, sino en contextos donde la complejidad humana aparece sin simplificaciones. La enfermería observa cómo influyen las condiciones de vivienda en el manejo de una diabetes, cómo afecta la sobrecarga del cuidado familiar a la salud mental, cómo afronta la mujer la violencia de género, cómo condiciona la precariedad la adherencia a tratamientos o cómo modifica la confianza la capacidad de afrontar una enfermedad crónica. Ese conocimiento no surge de intuiciones informales. Surge de práctica reflexiva, investigación sistemática, análisis contextual y construcción disciplinar.

            Investigar sin laboratorio no significa investigar sin ciencia. Significa reconocer que existen formas de conocimiento que requieren proximidad, escucha, interpretación y comprensión contextual para captar dimensiones que de otro modo quedarían invisibles. Significa aceptar que la salud no puede reducirse únicamente a parámetros biológicos. Y significa entender que la evidencia no pierde valor por incorporar complejidad humana.

            La gran cuestión de fondo quizá no sea si determinados conocimientos son científicos, sino qué intereses culturales, históricos y estructurales han condicionado durante tanto tiempo nuestra manera de reconocer la ciencia.

            Esa pregunta resulta especialmente incómoda porque obliga a revisar inercias profundamente arraigadas. Durante mucho tiempo hemos asumido que la ciencia avanzaba exclusivamente a través de un modelo lineal centrado en la observación objetiva, experimentación controlada, validación estadística y aplicación técnica. Ese esquema sigue siendo imprescindible para numerosos ámbitos del conocimiento sanitario, pero deja fuera dimensiones fundamentales cuando se convierte en el único marco legítimo para comprender la salud[12].

            La enfermería observa aquello que muchas veces queda fuera de los indicadores clásicos. Y lo hace desde una práctica profesional situada allí donde la vida sucede realmente.

            La ciencia enfermera obliga también a repensar la propia idea de evidencia. Durante años se establecieron jerarquías rígidas donde determinados diseños metodológicos parecían representar la única vía legítima para producir conocimiento válido. Sin embargo, progresivamente ha ido consolidándose una comprensión más amplia y matizada de la evidencia científica, especialmente en ámbitos relacionados con la complejidad de la atención y social[13]. Hoy sabemos que los problemas complejos requieren metodologías capaces de integrar contexto, mecanismos y resultados; comprender procesos además de medir efectos; e interpretar significados además de contabilizar variables.

            Quizá uno de los problemas más persistentes haya sido identificar objetividad con distancia. Como si conocer científicamente implicara necesariamente alejarse de aquello que se estudia. Pero en disciplinas relacionadas con el cuidado, la relación no es un obstáculo para el conocimiento. Es parte constitutiva del mismo. Lejos de debilitar la producción científica, esa proximidad puede enriquecerla enormemente cuando se acompaña de rigor reflexivo y metodológico.

            Esto tiene además implicaciones éticas y políticas relevantes. Porque aquello que una sociedad decide investigar expresa también aquello que considera importante. Cuando los sistemas de financiación privilegian casi exclusivamente determinados tipos de investigación, no solo distribuyen recursos, también establecen prioridades simbólicas. Determinan qué conocimientos serán visibles, qué agendas tendrán legitimidad y qué problemas ocuparán espacio en las decisiones públicas. Y ahí la ciencia enfermera sigue enfrentando desafíos importantes relacionados con reconocimiento institucional, liderazgo investigador, presencia en espacios de decisión y capacidad de influencia académica[14].

            Quizá el reto principal no sea únicamente aumentar producción científica, sino transformar la cultura científica en salud hacia modelos más integradores. Modelos capaces de reconocer que curar y cuidar no representan ámbitos enfrentados, sino dimensiones complementarias y necesarias de la atención. Modelos donde la tecnología no sustituya la relación humana. Donde la eficiencia no expulse la comprensión contextual. Donde la evidencia no se convierta en una simplificación burocrática desconectada de la complejidad de las personas reales.

            Pero las jerarquías del conocimiento no se sostienen únicamente desde estructuras académicas o institucionales. También se construyen culturalmente. Y en esa construcción los medios de comunicación desempeñan un papel decisivo.

            Porque el verdadero problema nunca ha sido la existencia de ciencia biomédica fuerte. El problema aparece cuando cualquier otra forma rigurosa de conocimiento queda subordinada, invisibilizada o considerada secundaria por no ajustarse completamente a determinados patrones históricos de legitimación.

            Y ahí la enfermería tiene mucho que aportar, no únicamente para fortalecer su propio desarrollo disciplinar, sino para ampliar la manera en que entendemos la ciencia en salud. No desde confrontaciones estériles ni desde discursos identitarios defensivos, sino desde la convicción de que comprender la salud humana exige incorporar todas las dimensiones que la configuran. También aquellas que durante demasiado tiempo fueron consideradas invisibles porque no encajaban fácilmente en determinadas formas de mirar[15].

            Cuando aparece una noticia sobre ciencia en salud, el relato suele articularse alrededor de descubrimientos biomédicos, tecnologías diagnósticas, cirugía robótica, inteligencia artificial aplicada a medicina, nuevos fármacos o avances genéticos. Todo ello es importante, sin duda. El problema no es que se visibilice. El problema es que casi todo lo demás desaparece del relato público de la ciencia. Como si mejorar la salud dependiera exclusivamente de diagnósticos, tratamientos y procedimientos técnicos.

            Raramente ocupan titulares investigaciones sobre continuidad de cuidados, adherencia vinculada al vínculo terapéutico, impacto del acompañamiento en personas con cronicidad, prevención comunitaria, reducción de fragilidad, educación para la salud, soledad no deseada, contextos saludables, sobrecarga familiar, autocuidado, alfabetización en salud o intervención comunitaria. Y cuando aparecen, con frecuencia se presentan desde una narrativa emocional o vocacional, no científica. Ahí está una de las claves más importantes.

            Porque la medicina suele ser narrada mediáticamente como ciencia, mientras que la enfermería continúa siendo narrada muchas veces como entrega.

            Y eso tiene consecuencias profundas. La idealización permanente de las enfermeras como “ángeles”, “heroínas”, “vocacionales” o “madres simbólicas” puede parecer positiva, pero en realidad desplaza el foco desde el conocimiento hacia el sacrificio. Desde la competencia científica hacia la actitud moral. Desde el liderazgo profesional hacia la disponibilidad emocional. Se reconoce el esfuerzo, pero se invisibiliza el saber. Se aplaude el compromiso, pero no se explica la complejidad científica del cuidado profesional. Y cuando una profesión queda atrapada en relatos emocionales, resulta mucho más difícil que la sociedad la identifique como generadora de conocimiento legítimo.

            Esto ayuda a entender por qué el liderazgo en salud continúa representándose casi automáticamente desde parámetros médicos. Los medios preguntan a médicos sobre prácticamente cualquier cuestión relacionada con salud, incluso cuando el núcleo del problema tiene dimensiones comunitarias, educativas, familiares, sociales o relacionadas con cuidados de larga duración donde las enfermeras poseen enorme experiencia y conocimiento especializado. No se trata de excluir a nadie, sino de evidenciar cómo se construyen determinadas centralidades.

            La consecuencia es que la sociedad termina naturalizando una jerarquía simbólica donde unas disciplinas aparecen asociadas a ciencia, innovación y autoridad, mientras otras quedan vinculadas a apoyo, acompañamiento o ejecución. Y esa naturalización resulta enormemente poderosa porque actúa de manera casi invisible. Se reproduce en titulares, tertulias, series, entrevistas, campañas institucionales, discursos políticos y estructuras académicas hasta consolidar una percepción colectiva difícil de cuestionar.

            Nada de esto es inocente. Porque quien controla el relato sobre la ciencia influye también en la distribución del prestigio, la financiación, el liderazgo y la capacidad de decisión. Si las especialidades médicas ocupan permanentemente el espacio mediático del conocimiento experto y las especialidades enfermeras apenas aparecen —o se presentan como subsidiarias—, lo que termina construyéndose no es solo una diferencia de visibilidad, sino una diferencia de legitimidad.

            Y ahí enlaza directamente una de las cuestiones centrales del texto: el conocimiento que no se nombra acaba pareciendo inexistente.

            No basta con producir ciencia. También es necesario que exista espacio social para reconocerla, comprenderla y otorgarle valor. Porque cuando el cuidado desaparece del relato público de la ciencia, no solo se invisibiliza a las enfermeras. Se invisibiliza una parte esencial de aquello que sostiene realmente la salud de las personas y las comunidades.

            Tal vez una de las grandes transformaciones pendientes en los sistemas sanitarios contemporáneos no consista únicamente en incorporar más tecnología o generar más datos, sino en aceptar que el conocimiento verdaderamente útil para la salud humana necesita integrar biología y biografía, enfermedad y experiencia, intervención y cuidado, medición y significado.

            Porque cuando el conocimiento relacionado con el cuidado no se reconoce plenamente, no solo se invisibiliza una disciplina. Se invisibiliza una parte esencial de la propia realidad humana.

[1] Astrónomo, astrofísico, cosmólogo, astrobiólogo, escritor y principalmente un reconocido divulgador científico estadounidense (1934-1996).

[2] Kuhn TS. The Structure of Scientific Revolutions. 4th ed. Chicago: University of Chicago Press; 2012.

[3] Carper BA. Fundamental patterns of knowing in nursing. ANS Adv Nurs Sci. 1978;1(1):13-23.

[4] Fawcett J. Contemporary nursing knowledge: analysis and evaluation of nursing models and theories. 3rd ed. Philadelphia: F.A. Davis; 2012.

[5] Greenhalgh T, Papoutsi C. Studying complexity in health services research: desperately seeking an overdue paradigm shift. BMC Med. 2018;16(1):95.

[6] Pawson R, Tilley N. Realistic Evaluation. London: Sage Publications; 1997.

[7] Cargo M, Mercer SL. The value and challenges of participatory research: strengthening its practice. Annu Rev Public Health. 2008;29:325-50.

[8] Marmot M, Allen J, Goldblatt P, Herd E, Morrison J. Build Back Fairer: The COVID-19 Marmot Review. London: Institute of Health Equity; 2020.

[9] Bourdieu P. Science of Science and Reflexivity. Chicago: University of Chicago Press; 2004.

[10] Solar O, Irwin A. A Conceptual Framework for Action on the Social Determinants of Health. Geneva: WHO; 2010.

[11] Turale S, Nantsupawat A. Clinician mental health, nursing shortages and the COVID-19 pandemic: crises within crises. Int Nurs Rev. 2021;68(1):12-4.

[12] Morgan A, Ziglio E. Revitalising the evidence base for public health: an assets model. Promot Educ. 2007;14(2_suppl):17-22.

[13] Greenhalgh T, Howick J, Maskrey N. Evidence based medicine: a movement in crisis? BMJ. 2014;348:g3725.

[14] Denzin NK, Lincoln YS. The SAGE Handbook of Qualitative Research. 5th ed. Thousand Oaks: Sage Publications; 2018.

[15] Richards DA, Hilli A, Pentecost C, Goodwin VA, Frost J. Fundamental nursing care: A systematic review of the evidence on the effect of nursing care interventions for nutrition, elimination, mobility and hygiene. J Clin Nurs. 2018;27(11-12):2179-88.

DÍA INTERNACIONAL DE LA FAMILIA

Familias, desigualdades y bienestar infantil

Una mirada desde la Enfermería Familiar y Comunitaria

La conmemoración del Día Internacional de la Familia 2026 bajo el lema “Las familias, las desigualdades y el bienestar infantil” no solo interpela a los Estados y a las instituciones internacionales, sino que exige una respuesta clara, comprometida y fundamentada desde las disciplinas que, como la Enfermería Comunitaria, sitúan el cuidado, la equidad y la justicia social en el centro de su práctica.

            Las familias no son únicamente una estructura social básica. Son el primer espacio de cuidado, de socialización, de construcción de identidad y de desarrollo de capacidades. Pero también son, con demasiada frecuencia, el reflejo más directo de las desigualdades que atraviesan nuestras sociedades. Las condiciones en las que viven las familias —determinadas por factores económicos, sociales, culturales, políticos y ambientales— configuran de manera decisiva sus oportunidades, sus capacidades de afrontamiento y, en última instancia, su salud y bienestar.

            Además, las familias están experimentando transformaciones profundas en su estructura, composición y dinámicas internas. La diversidad de modelos familiares —monoparentales, reconstituidas, familias con parejas del mismo sexo, familias migrantes o transnacionales, entre otras— refleja los cambios sociales, económicos y culturales de nuestro tiempo. Estas transformaciones influyen directamente en las formas de relación, en la construcción de vínculos, en la distribución de roles y en las estrategias de cuidado. Al mismo tiempo, generan nuevas necesidades y desafíos que requieren ser comprendidos desde una perspectiva abierta, inclusiva y no normativa. Ignorar esta diversidad o analizarla desde modelos tradicionales supone no solo un error conceptual, sino también una limitación para el desarrollo de intervenciones eficaces y éticamente adecuadas.

            Desde esta perspectiva, hablar de desigualdades familiares no es referirse únicamente a diferencias en ingresos o acceso a recursos. Es reconocer la existencia de inequidades estructurales que condicionan la vida cotidiana de millones de familias y que se traducen en limitaciones reales para ejercer el cuidado, garantizar el desarrollo de sus miembros y proyectar un futuro digno. Estas desigualdades no son neutras ni inevitables, son el resultado de decisiones políticas, de modelos económicos y de prioridades sociales que, en demasiadas ocasiones, sitúan a las personas en posiciones de vulnerabilidad evitables.

            Las enfermeras Comunitarias, especialmente en el ámbito iberoamericano, han desarrollado un marco conceptual y práctico que permite comprender estas realidades desde una perspectiva integral. No se trata únicamente de identificar determinantes sociales de la salud, sino también de reconocer la existencia de determinantes morales, es decir, decisiones, omisiones y estructuras que perpetúan la desigualdad y que requieren una respuesta ética, no solo técnica.

            En este escenario, la infancia y la adolescencia se convierten en los eslabones más vulnerables. No porque sean débiles en sí mismos, sino porque dependen de entornos que, cuando están condicionados por la desigualdad, limitan su desarrollo. El bienestar infantil no puede entenderse como una cuestión aislada de la realidad familiar y comunitaria. Es, en esencia, un indicador sensible de la calidad de las condiciones de vida de una sociedad.

            Las consecuencias de estas desigualdades son profundas y persistentes. Afectan al desarrollo físico, cognitivo, emocional, social y espiritual de niñas, niños y adolescentes. Condicionan su rendimiento educativo, su salud mental, su capacidad de relación y sus expectativas de futuro. Generan trayectorias vitales marcadas por la desigualdad desde edades tempranas, perpetuando ciclos de exclusión que se transmiten de generación en generación.

            A ello se suman fenómenos que intensifican estas vulnerabilidades, como los conflictos bélicos, que siguen afectando de manera desproporcionada a familias y a la infancia, erosionando no solo sus condiciones de vida, sino su dignidad. La violencia de género, el acoso escolar, la precariedad laboral o la inestabilidad residencial son otras expresiones de un contexto que impacta directamente en el bienestar familiar e infantil.

            A estos factores se suma de manera creciente el impacto del cambio climático y la degradación ambiental, que actúan como determinantes de primer orden sobre la salud y el bienestar de las familias y la infancia. Los eventos climáticos extremos, la inseguridad alimentaria, la escasez de recursos básicos como el agua o el deterioro de los entornos habitables afectan de forma desproporcionada a las poblaciones más vulnerables, incrementando las desigualdades existentes. Las familias con menor capacidad de adaptación son las más expuestas a estos riesgos, y la infancia, nuevamente, sufre sus consecuencias en forma de problemas de salud, desplazamientos forzados, interrupciones educativas y pérdida de entornos seguros. Ignorar esta dimensión supone limitar la comprensión real de las desigualdades contemporáneas y de sus efectos sobre la salud.

            Ante esta realidad, las respuestas no pueden ser parciales ni fragmentadas. Requieren enfoques integrados, intersectoriales y sostenidos en el tiempo. Pero también requieren una mirada específica que permita comprender la complejidad de los procesos de salud y enfermedad en el contexto familiar y comunitario. Es aquí donde la aportación de las enfermeras comunitarias resulta no solo relevante, sino imprescindible.

            Las enfermeras Comunitarias, especialmente en el ámbito iberoamericano, han desarrollado un marco conceptual y práctico que permite comprender estas realidades desde una perspectiva integral. Se trata de identificar determinantes sociales de la desigualdad, reconociendo que son condiciones impuestas, es decir, decisiones, omisiones y estructuras que perpetúan la desigualdad y que requieren una respuesta ética, no solo técnica.

Las enfermeras comunitarias aportan una perspectiva centrada en el cuidado como proceso relacional, contextualizado y continuo. Su práctica no se limita a la intervención puntual, sino que se orienta al acompañamiento, a la generación de vínculos, a la identificación de necesidades sentidas y a la construcción conjunta de respuestas. Esto permite intervenir no solo sobre los problemas, sino sobre las condiciones que los generan.

            Desde esta posición, las enfermeras comunitarias trabajan con las familias, no solo para ellas. Reconocen su capacidad de agencia, sus saberes, sus recursos y sus potencialidades. Lejos de imponer modelos de conducta, facilitan procesos de empoderamiento en salud que permiten a las familias desarrollar autonomía, fortalecer su capacidad de decisión y mejorar su autocuidado.

            El fortalecimiento de los vínculos y de las redes sociales constituye uno de los pilares fundamentales de esta práctica. Las relaciones de apoyo, la cohesión comunitaria y la existencia de activos de salud son factores determinantes para afrontar situaciones de adversidad. Las enfermeras comunitarias actúan como facilitadoras de estos procesos, identificando recursos, conectando personas y promoviendo entornos saludables.

            Asimismo, su intervención incorpora de manera explícita el respeto a la diversidad y a la multiculturalidad. Comprender las diferentes formas de vivir, cuidar y entender la salud no es una opción, es una condición necesaria para una práctica ética y eficaz. Esto resulta especialmente relevante en contextos iberoamericanos caracterizados por una gran diversidad cultural y social.

            La planificación e implementación de intervenciones comunitarias desde la Enfermería se basa en la identificación participativa de necesidades, en el análisis del contexto y en la utilización de metodologías que favorecen la implicación activa de las familias. Este enfoque permite generar respuestas adaptadas, sostenibles y con mayor impacto en la salud y el bienestar.

            Pero la aportación de la Enfermería Comunitaria no se limita a la intervención directa. También incluye un papel clave en la visibilización de las desigualdades, en la defensa de políticas públicas orientadas a la equidad y en la construcción de sistemas de salud más justos. Las enfermeras comunitarias no solo cuidan, también abogan, denuncian y proponen.

            En el contexto de la Agenda 2030, este papel adquiere una relevancia especial. Los Objetivos de Desarrollo Sostenible no pueden alcanzarse sin abordar las desigualdades que afectan a las familias y sin garantizar el bienestar de la infancia. Las enfermeras comunitarias, con su enfoque integral y su presencia en el territorio, constituye un actor estratégico para avanzar en este sentido.

            Desde la Red Internacional de Enfermería Familiar y Comunitaria (RIEFyC), este posicionamiento pretende ser una llamada a la acción. No basta con reconocer la importancia de las familias o con señalar las desigualdades existentes. Es necesario actuar de manera decidida, articulando políticas, recursos y prácticas que sitúen el cuidado y la equidad en el centro.

            Las enfermeras comunitarias están preparadas para liderar y participar en estos procesos. Su formación, su proximidad a las personas y su capacidad para trabajar en contextos complejos las convierten en agentes clave para transformar la realidad. Pero para ello es imprescindible que su papel sea reconocido, fortalecido y adecuadamente integrado en los sistemas de salud.

            Hablar de familias, desigualdades y bienestar infantil es, en última instancia, hablar del modelo de sociedad que queremos construir. Una sociedad que tolere la desigualdad como un hecho inevitable o una sociedad que asuma la responsabilidad de reducirla. Una sociedad que entienda el cuidado como un gasto o como una inversión. Una sociedad que invisibilice a quienes cuidan o que reconozca su valor.

            Las enfermeras comunitarias tienen claro su posicionamiento. Cuidar no es solo atender necesidades. Es contribuir a crear las condiciones para que todas las personas, todas las familias y todos los niños y niñas puedan vivir con dignidad, desarrollar su potencial y ejercer plenamente sus derechos.

            Porque donde hay desigualdad, el cuidado es una responsabilidad. Y donde hay cuidado, hay posibilidad de transformación.

 

            Coordinadores

 

 

 

                        Dr. José Ramón Martínez-Riera                    Mgt Silvia Cárcamo

EL CUIDADO Y EL MODELO PRODUCTIVISTA

“Cuando una medida se convierte en objetivo, deja de ser una buena medida.”

Charles Goodhart[1]

 

            Hay una pregunta que atraviesa hoy los sistemas de salud, las instituciones académicas, los espacios de gestión y los ámbitos de investigación, aunque pocas veces se formule de manera explícita: ¿para qué estamos organizando realmente nuestro trabajo? La respuesta parece evidente. Decimos que trabajamos para mejorar la salud, cuidar, enseñar mejor, generar conocimiento útil, gestionar recursos de manera justa y responder a las necesidades de las personas, las familias y las comunidades. Sin embargo, cuando observamos los mecanismos que ordenan nuestras agendas, distribuyen nuestros tiempos, evalúan nuestros resultados y reconocen nuestro desempeño, la respuesta se vuelve menos clara. Porque con demasiada frecuencia no se premia aquello que más contribuye a cuidar, sino aquello que mejor se deja contar.

            El problema no es medir. Sería absurdo negar la importancia de disponer de información rigurosa, indicadores válidos y sistemas de evaluación capaces de orientar decisiones. Ningún sistema complejo puede gestionarse desde la intuición, la improvisación o la buena voluntad. La cuestión es otra. El problema aparece cuando la medida deja de estar al servicio del sentido y termina sustituyéndolo. Cuando el indicador se convierte en finalidad. Cuando la actividad registrada desplaza a la experiencia vivida. Cuando la eficiencia se confunde con velocidad. Cuando la calidad se reduce a cumplimiento documental.

            Este desplazamiento responde a una cultura profundamente marcada por el productivismo. Una lógica nacida en contextos industriales y empresariales que ha terminado penetrando en instituciones cuya razón de ser no puede reducirse a producir más en menos tiempo. En salud, esta lógica se expresa en agendas saturadas, consultas comprimidas, objetivos de actividad, circuitos estandarizados, tiempos medios, contratos programa, rankings, publicaciones, proyectos captados, créditos impartidos, memorias cerradas y protocolos cumplidos.

            El cuidado exige algo más que actividad. Exige presencia, escucha, interpretación, deliberación, continuidad, vínculo, prudencia, competencia y capacidad para adaptar respuestas a situaciones concretas. Exige reconocer que una persona no es un episodio, una familia no es una variable, una comunidad no es un agregado estadístico. El cuidado no se opone a la eficiencia, pero sí cuestiona una eficiencia entendida exclusivamente como aceleración, productividad o reducción de costes. Una organización puede ser extraordinariamente eficaz produciendo actividad y, al mismo tiempo, profundamente ineficiente generando salud, equidad, aprendizaje significativo, conocimiento útil o bienestar profesional.

            La presión asistencial es quizá la expresión más visible de esta deriva, pero no la única. En los servicios de salud se ha normalizado una tensión permanente entre lo que las personas necesitan y lo que las agendas permiten. Se habla de accesibilidad, pero muchas veces se responde con disponibilidad fragmentada. Se habla de continuidad, pero se organizan circuitos que multiplican contactos sin garantizar vínculos. Se habla de humanización, pero se diseñan tiempos que apenas permiten mirar, escuchar o comprender. Se habla de calidad, pero se sobrecarga a los equipos con registros que frecuentemente documentan más de lo que transforman. La evidencia internacional viene alertando del impacto que tienen la sobrecarga laboral, el escaso control sobre el trabajo y los entornos organizativos deteriorados sobre la salud mental y el bienestar de quienes trabajan en los sistemas de salud[2]. Cuando quienes deben cuidar trabajan en condiciones que dificultan cuidar, el problema deja de ser individual para convertirse en organizativo, ético y político.

            Pero esta lógica atraviesa también la gestión. Gestionar debería significar crear condiciones para que el cuidado, la docencia, la investigación y la acción comunitaria puedan desplegarse con sentido. Sin embargo, demasiadas veces la gestión queda atrapada en la administración de escaseces, en el cumplimiento de objetivos numéricos, en la reducción de demoras visibles, en la contención presupuestaria inmediata o en la presentación de resultados políticamente comunicables. Así, lo que no aparece en el cuadro de mando tiende a perder importancia.

            También la docencia ha sido colonizada por esta cultura. Enseñar no consiste únicamente en impartir créditos, cubrir programas, superar verificaciones o producir evidencias para una agencia evaluadora. Sin embargo, cuando la universidad se organiza crecientemente bajo lógicas de rendimiento, acreditación, competitividad, rankings y producción curricular, el tiempo docente corre el riesgo de empobrecerse. La tutoría se convierte en carga. La innovación docente en formulario. La evaluación en procedimiento. La relación pedagógica en trámite. Y el profesorado aprende, muchas veces a la fuerza, que aquello que más transforma al estudiantado no siempre es lo que más puntúa en su carrera académica[3].

            Algo similar ocurre con la investigación. Investigar debería ser una forma rigurosa de ampliar la comprensión de los problemas, generar conocimiento situado, orientar decisiones y contribuir a mejorar la vida de las personas y comunidades. Pero el mandato productivista ha instalado una presión creciente por publicar, competir, captar financiación, acumular méritos y situarse en rankings. El riesgo no está en exigir calidad científica, sino en confundir calidad con velocidad, impacto bibliométrico con relevancia social, productividad con pensamiento y cantidad con contribución real. En este marco, las investigaciones lentas, participativas, comunitarias, cualitativas, orientadas al cuidado o centradas en procesos complejos pueden quedar infravaloradas frente a diseños más fácilmente publicables, medibles o rentables académicamente[4].

            La trampa, por tanto, no está en los indicadores, sino en su absolutización. Medir puede ayudar a ver, pero también puede enseñar a mirar solo aquello que se mide. Y cuando una organización mira únicamente lo que mide, termina modificando su realidad para adaptarla al indicador. Se atiende para registrar. Se registra para justificar. Se justifica para cumplir. Se cumple para mostrar.

            No todo lo importante produce evidencia rápida de actividad. Una conversación que evita una crisis futura, una escucha que reduce miedo y sufrimiento, una intervención comunitaria que fortalece redes vecinales. Todo ello transforma, aunque muchas veces apenas aparezca reflejado en los indicadores dominantes. Por eso determinados sistemas terminan privilegiando aquello que se puede contar fácilmente frente a aquello que verdaderamente sostiene la atención, el aprendizaje, la investigación y el cuidado.

            No es casual que la Atención Primaria y Comunitaria sufra especialmente estas tensiones. Su capacidad transformadora reside precisamente en elementos difíciles de cuantificar de manera simplista, tales como la longitudinalidad, el vínculo, la accesibilidad relacional, el conocimiento contextual, el trabajo interprofesional, la acción comunitaria, la prevención o la promoción de la salud. Pero las lógicas productivistas prefieren resultados rápidos, visibles y políticamente rentables. Y así, mientras se proclama discursivamente la importancia estratégica de la Atención Primaria y Comunitaria, se siguen utilizando mecanismos de evaluación y organización pensados para modelos episódicos, fragmentados y centrados en actividad inmediata[5].

            Existe, además, una dimensión ética pocas veces abordada con suficiente profundidad. Cuando el sistema obliga de manera persistente a trabajar por debajo de los estándares de cuidado que las enfermeras consideran adecuados, aparece sufrimiento moral. No se trata únicamente de cansancio o agotamiento. Se trata de la experiencia de saber qué sería necesario hacer y no poder hacerlo debido a limitaciones estructurales, priorizar registros sobre presencia, cumplir objetivos mientras se percibe que las personas necesitan otra cosa[6]. Este malestar no afecta solo a quienes trabajan directamente en atención. También aparece en docencia cuando el profesorado siente que dedica más tiempo a justificar actividad que a acompañar aprendizaje; en investigación cuando las dinámicas competitivas desplazan preguntas socialmente relevantes; y en gestión cuando se sostienen decisiones incompatibles con los discursos institucionales sobre humanización, bienestar o centralidad de las personas.

            Los protocolos nacieron, en gran medida, para proteger. Para disminuir errores, garantizar seguridad y ofrecer respuestas basadas en el mejor conocimiento disponible. Cuestionar su utilidad desde posiciones simplistas sería profundamente irresponsable. El problema no son los protocolos. El problema aparece cuando se convierten en sustitutos del pensamiento, de la deliberación profesional o de la comprensión contextual.

            Porque cuidar nunca ha sido únicamente aplicar procedimientos correctos. Cuidar implica interpretar situaciones humanas concretas atravesadas por condiciones sociales, culturales, emocionales y familiares que no siempre encajan en algoritmos predefinidos. Ninguna guía clínica puede anticipar completamente la complejidad de la vida real ni sustituir el juicio profesional. Sin embargo, el modelo productivista encuentra en la protocolización extrema una herramienta especialmente atractiva. Los procesos estandarizados facilitan organización, control, supervisión y medición. Permiten comparar resultados, estimar tiempos y reducir incertidumbre organizativa. Todo ello puede resultar útil. Pero también comporta riesgos cuando la lógica protocolaria termina imponiéndose sobre la lógica del cuidado.

            Uno de esos riesgos es la progresiva desresponsabilización reflexiva de los profesionales. Cuando el cumplimiento del protocolo se convierte en principal criterio de calidad, existe la tentación de identificar buena práctica con adhesión mecánica a procedimientos. El objetivo pasa entonces a ser “hacer correctamente lo previsto” más que comprender qué necesita realmente la persona, familia o comunidad concreta que tenemos delante[7]. La consecuencia es una paradoja cada vez más visible. Se habla de atención personalizada mientras se uniformizan respuestas. Se defiende autonomía profesional mientras aumentan controles y registros orientados al cumplimiento procedimental. Se insiste en la importancia del juicio clínico y del cuidado integral, pero se organizan entornos donde cada vez queda menos espacio para ejercerlos con profundidad.

            En Atención Primaria y Comunitaria esta tensión resulta especialmente evidente. Gran parte de su potencial reside precisamente en la capacidad de contextualizar, de conocer trayectorias vitales, interpretar dinámicas familiares, identificar determinantes sociales y morales, generar confianza longitudinal o trabajar con activos comunitarios. Actividades difícilmente reducibles a secuencias cerradas y que requieren flexibilidad, adaptación y tiempo relacional. Sin embargo, muchos modelos organizativos continúan intentando gestionar esta complejidad mediante herramientas pensadas para procesos lineales y fragmentados. Se multiplican registros, circuitos, escalas, checklists y formularios que pretenden garantizar calidad, pero que con frecuencia terminan colonizando el tiempo disponible para la relación y el cuidado. El profesional acaba dedicando más energía a demostrar que ha cuidado que a cuidar efectivamente[8].

            No se trata de idealizar un pasado sin protocolos ni sistemas de evaluación. Muchos avances en seguridad y calidad dependen precisamente de procesos estructurados y basados en evidencia. La cuestión es comprender que los protocolos deben estar al servicio del cuidado y no el cuidado subordinado a los protocolos. Que la calidad no se agota en el cumplimiento procedimental y que la seguridad también incluye dimensiones relacionales, emocionales y éticas frecuentemente invisibilizadas. Porque una atención técnicamente impecable puede resultar profundamente deficiente desde el punto de vista humano. Y esto no constituye una cuestión secundaria o sentimental. La evidencia muestra que la calidad de la comunicación, la continuidad relacional, la confianza y la participación de las personas influyen directamente en adherencia, satisfacción y resultados en salud[9].

            Sin embargo, el productivismo sanitario tiende a considerar estas dimensiones como elementos difíciles de gestionar porque introducen variabilidad, lentitud y complejidad. Escuchar, deliberar y trabajar comunitariamente requieren tiempo. Y el tiempo, dentro de modelos organizados prioritariamente para producir actividad cuantificable, se convierte en un recurso permanentemente amenazado.

            De ahí surge una contradicción cada vez más evidente. Mientras los discursos institucionales apelan constantemente a humanización, integralidad y atención centrada en las personas, las condiciones estructurales empujan en dirección contraria. No necesariamente por incompetencia o mala voluntad individual, sino porque el propio diseño organizativo prioriza otras cosas como velocidad, rotación, rendimiento inmediato y sostenibilidad entendida casi exclusivamente en términos contables. Esto explica también por qué muchas iniciativas de humanización terminan generando frustración entre profesionales. Porque se presentan como proyectos complementarios sin modificar realmente las estructuras que dificultan cuidar. Se promueven cursos de empatía mientras aumentan las agendas imposibles. Se habla de bienestar profesional mientras se intensifica la lógica de productividad permanente. Se insiste en la importancia del cuidado mientras este debe justificar continuamente su utilidad frente a indicadores de rendimiento inmediato.

            El resultado es profundamente injusto. Porque el cuidado corre el riesgo de convertirse en una responsabilidad exclusivamente individual, como si dependiera únicamente de la vocación, la actitud o la resiliencia de las enfermeras que trabajan en los sistemas de salud, educativos o científicos. Ninguna ética profesional, por sólida que sea, puede compensar de manera permanente organizaciones diseñadas desde lógicas incompatibles con el cuidado.

            Y ahí aparece la pregunta verdaderamente importante. No si debemos medir, evaluar, protocolizar o gestionar —porque evidentemente debemos hacerlo—, sino desde qué finalidad organizamos todo ello. Porque cuando el cuidado deja de ser el eje vertebrador del sistema y pasa a convertirse en un elemento periférico obligado a justificar permanentemente su rentabilidad, el riesgo no es únicamente perder humanización. El riesgo es empobrecer el propio sentido de la atención, de la docencia, de la investigación y de la gestión.

            Durante años se ha instalado además una idea especialmente peligrosa, considerar el cuidado como un elemento deseable, incluso éticamente valioso, pero secundario frente a aquello que supuestamente “produce resultados”. Como si cuidar fuese algo complementario que pudiera añadirse después de resolver lo importante. Sin embargo, el cuidado no constituye un añadido emocional o estético del sistema. Es precisamente aquello que permite conectar conocimiento, ciencia, técnica, relación y contexto para transformar realmente la experiencia de salud.

            Reducir el cuidado a una cuestión de actitud individual ha contribuido además a invisibilizar su enorme complejidad profesional, científica y organizativa. Requiere competencia técnica, pensamiento crítico, experiencia, deliberación ética, evidencia científica y capacidad relacional. Y todo ello necesita condiciones estructurales que lo hagan posible.

            La paradoja contemporánea es que nunca habíamos dispuesto de tantos avances científicos y tecnológicos y, al mismo tiempo, nunca había resultado tan difícil sostener tiempos, espacios y condiciones para cuidar con sentido. La tecnología puede mejorar diagnósticos, facilitar comunicación, aumentar accesibilidad o apoyar decisiones clínicas. El problema aparece cuando se utiliza para intensificar ritmos productivos, aumentar controles o sustituir relaciones que siguen siendo esenciales. Porque ningún algoritmo puede reemplazar completamente la interpretación contextual, la presencia o el vínculo humano.

            Por eso el debate sobre el cuidado no pertenece únicamente al ámbito asistencial. Una sociedad obsesionada con producir, acelerar y competir termina trasladando inevitablemente esas mismas lógicas a sus instituciones sanitarias, educativas y científicas. Y cuando eso ocurre, el riesgo es que aquello más difícil de cuantificar —el vínculo, la confianza, la escucha, la reflexión o la comunidad— termine percibiéndose como improductivo.

            Sin embargo, probablemente sea precisamente ahí donde reside una parte esencial de la sostenibilidad futura de nuestros sistemas. Porque cuidar no representa un obstáculo para la eficiencia. Representa una forma distinta de entenderla. Una eficiencia que no se limite a producir más actividad en menos tiempo, sino que sea capaz de generar salud, bienestar, aprendizaje significativo, cohesión social y sentido profesional.

            Existe además otra dimensión menos visible de esta lógica productivista, como es la jerarquización implícita de aquello que el sistema considera verdaderamente rentable, relevante o prestigioso. Y esa jerarquía no afecta únicamente a procedimientos, tiempos o indicadores. Afecta también al tipo de enfermedad, de intervención y de práctica profesional que se valora social e institucionalmente.

            El modelo sanitario dominante continúa profundamente orientado hacia la enfermedad aguda, resolutiva y tecnológicamente intervenible. Aquella sobre la que pueden mostrarse resultados rápidos, mejoras inmediatas, altas, supervivencias o éxitos terapéuticos fácilmente comunicables. La lógica biologicista y medicalizada encuentra ahí un terreno especialmente favorable porque permite asociar intervención con curación, productividad con eficacia y actuación profesional con prestigio. Salvar vidas continúa ocupando el núcleo simbólico del reconocimiento sanitario[10].

            Sin embargo, otros procesos quedan situados en una posición mucho más incómoda dentro de esta cultura organizativa. La cronicidad, la dependencia, el sufrimiento persistente, la vulneración social consumen enormes cantidades de tiempo, recursos y energía profesional sin ofrecer, en muchas ocasiones, resoluciones rápidas ni narrativas de éxito fácilmente exhibibles. Su abordaje exige continuidad, acompañamiento, coordinación, deliberación y presencia sostenida. Es decir, exige cuidado[11].

            Algo similar ocurre con procesos como la eutanasia o la interrupción voluntaria del embarazo, donde el conflicto ya no gira únicamente alrededor de la técnica o la legalidad, sino también alrededor del significado cultural y moral atribuido a la intervención profesional. Porque determinados sectores continúan interpretando estas prácticas como amenazas simbólicas a un modelo construido históricamente alrededor de la idea de preservar vida a cualquier precio y bajo cualquier circunstancia. En este contexto, determinadas convicciones religiosas o ideológicas pueden terminar actuando no solo como posicionamientos morales individuales, sino también como mecanismos que condicionan el acceso efectivo a derechos reconocidos legalmente, incluso cuando ello implique prolongar sufrimiento, desigualdad o desprotección[12].

            Frente a esta lógica, el cuidado introduce una mirada radicalmente distinta. Su valor no depende exclusivamente de curar, resolver o producir resultados inmediatos. El cuidado sitúa en el centro la dignidad, la autonomía, el acompañamiento, la calidad de vida y los derechos de las personas, incluso cuando no es posible curar, incluso cuando la enfermedad permanece, incluso cuando la decisión de la persona cuestiona determinadas concepciones morales o culturales.

            Tal vez por eso resulte cada vez más evidente que el problema no se resolverá añadiendo pequeños espacios de humanización dentro de estructuras organizadas para acelerar permanentemente. La cuestión pasa por revisar las prioridades que sostienen el modelo. Por decidir qué queremos medir y, sobre todo, qué estamos dejando de ver cuando solo miramos aquello que puede convertirse fácilmente en indicador.

            Porque cuando el tiempo para escuchar se considera improductivo, cuando la reflexión se interpreta como lentitud, cuando el vínculo aparece como un lujo organizativo y cuando cuidar debe justificar constantemente su rentabilidad, lo que empieza a deteriorarse no es únicamente la calidad de la atención. Es el propio sentido de los sistemas construidos, al menos teóricamente, para cuidar, enseñar, investigar y generar salud colectiva.

            Quizá por eso el verdadero debate no consista únicamente en cómo “encajar” el cuidado dentro del modelo actual, sino en aceptar que determinados modelos organizativos han sido diseñados desde prioridades incompatibles con él. Pero también en reconocer cómo esos mismos modelos intentan frecuentemente moldear, reorganizar o subordinar otras disciplinas para que se ajusten a la lógica dominante de producción asistencial, rentabilidad económica y prestigio biomédico. Una dinámica que termina empujando a profesiones con marcos competenciales propios hacia funciones crecientemente medicalizadas, episódicas y centradas en la enfermedad, incluso cuando ello supone debilitar dimensiones esenciales vinculadas a la promoción de la salud, la longitudinalidad, la acción comunitaria, la educación para la salud, el acompañamiento o el cuidado integral. Y mientras no se revise qué entendemos por eficiencia, calidad, productividad o éxito, seguiremos intentando resolver con discursos humanizadores problemas que son, en realidad, profundamente estructurales, culturales y políticos[13].

[1] Economista británico (1936).

[2] World Health Organization. Mental health and COVID-19: early evidence of the pandemic’s impact. Geneva: WHO; 2022.

[3] UNESCO. Reimagining our futures together: a new social contract for education. Paris: UNESCO; 2021.

[4] Gewin V. How to navigate the publish-or-perish culture. Nature. 2021;597(7875):261-3.

[5] Starfield B. Primary care: balancing health needs, services, and technology. Rev ed. New York: Oxford University Press; 2021.

[6] Epstein EG, Hamric AB. Moral distress, moral residue, and the crescendo effect. J Clin Ethics. 2023;34(1):13-22.

[7] Greenhalgh T, Papoutsi C. Studying complexity in health services research: desperately seeking an overdue paradigm shift. BMC Med. 2018;16(1):95.

[8] Sinsky CA, Brown RL, Stillman MJ, Linzer M. COVID-related stress and work intentions in a sample of US health care workers. Mayo Clin Proc Innov Qual Outcomes. 2021;5(6):1165-73.

[9] Mountz A, Bonds A, Mansfield B, Loyd J, Hyndman J, Walton-Roberts M, et al. For slow scholarship: a feminist politics of resistance through collective action in the neoliberal university. ACME. 2015;14(4):19235-59.

[10] Organización Panamericana de la Salud. La atención primaria de salud más necesaria que nunca. Washington DC: OPS; 2023.

[11] Timmermans S, Berg M. The gold standard: the challenge of evidence-based medicine and standardization in health care. Philadelphia: Temple University Press; 2003.

[12] Shanafelt TD, Dyrbye LN, West CP. Addressing physician burnout: the way forward. JAMA. 2021;325(9):901-2.

[13] Stewart M, Ryan BL, Bodea C. Is patient-centred care associated with lower diagnostic costs? Healthc Policy. 2011;6(4):27-31.

DÍA INTERNACIONAL DE LAS ENFERMERAS Cuidar como fundamento de la dignidad humana

 

            Vivimos un tiempo marcado por la aceleración tecnológica, la expansión de la inteligencia artificial y una forma de vivir cada vez más centrada en lo inmediato, lo individual y lo utilitario, el valor del cuidado corre el riesgo de diluirse. No como acto puntual, sino como fundamento de la convivencia.

            Mientras la ciencia y la tecnología abren posibilidades inéditas, crecen también el cuestionamiento del conocimiento riguroso, la desconfianza hacia lo colectivo y la normalización de formas de relación basadas en la imposición, el desprecio o la indiferencia hacia quien es diferente. Se debilitan los vínculos, se endurecen los discursos y se tensiona el sentido mismo de la dignidad humana. En ese contexto, el cuidado no es una opción.

            Cuidar implica escuchar, acompañar, comprender, respetar. Implica reconocer al otro como legítimo, incluso —y especialmente— cuando es distinto o vulnerado. Supone construir espacios de encuentro donde el consenso sea posible y donde la diferencia no se convierta en amenaza. El cuidado es una forma de organizar la vida social, política y profesional.

            Cuando el cuidado se debilita, no solo se resienten las relaciones personales. Se resiente el tejido social en su conjunto.

            Por eso, las enfermeras representan la mejor forma de entender y prestar el cuidado. Su identidad se sustenta en un conocimiento científico sólido y en una competencia que integra la dimensión biológica, psicológica, social y contextual. Generan salud en sentido amplio, atendiendo a las condiciones de vida y a los entornos en los que las personas nacen, crecen, trabajan, se relacionan, envejecen y mueren.

            Cuando se cuestionan principios básicos como la universalidad de la atención, se rechaza y acosa al diferente o se banalizan situaciones de violencia y desigualdad, su aportación adquiere una relevancia especial. No desde el protagonismo o la exclusividad, ni desde la reivindicación corporativa, sino desde la práctica permanente de un cuidado profesional que responde con eficacia, calidad y calidez a necesidades cada vez más complejas.

            Porque el cuidado promociona la salud, como forma de vida. Pero también contribuye a prevenir y evitar, cuando es posible, la enfermedad, acompañando en los procesos de recuperación, facilitando la rehabilitación y reinserción y, sobre todo, contribuyendo a que las personas y las comunidades desarrollen capacidades para cuidar de sí mismas y de los demás.

            Ahí reside una de sus mayores fortalezas. En su capacidad para generar autonomía, para fortalecer, para transformar la relación entre las personas y su propia salud. Con ellas y para ellas, nunca a pesar de ellas.

            En un mundo donde el hedonismo convive con la frustración, donde la radicalización desplaza al diálogo y donde la inmediatez sustituye a la reflexión, el cuidado introduce un tiempo distinto. Un tiempo que no se puede comprimir sin perder sentido. Un tiempo que exige presencia, compromiso y responsabilidad.

            Frente a una lógica de eficacia entendida solo como rapidez o rendimiento, el cuidado aporta otra medida de valor. Aquella, que se expresa en bienestar, en dignidad, en calidad de vida. Aquella que no tiene listas de espera.

            Por eso, en el Día Internacional que se celebra cada 12 de mayo, hablar de enfermeras no debe ser un ejercicio de elogio circunstancial ni de reconocimiento puntual. Tampoco una acumulación de adjetivos grandilocuentes ni de homenajes efímeros. Es la oportunidad para entender qué representan y por qué su presencia y aportación debe ser reconocida y valorada. Sin alaracas, pero con convicción. Sin palabras huecas, pero con honestidad.

            Porque hacerlo, no es solo reconocer a un colectivo profesional. Es reconocer la centralidad del cuidado enfermero en una sociedad que, paradójicamente, lo necesita más que nunca. Es asumir que no hay salud posible sin cuidado y que no hay cuidado de calidad sin enfermeras formadas, comprometidas y presentes en todos los ámbitos donde la vida sucede.

            Porque las enfermeras cuidan en los sistemas de salud, pero también en las escuelas, en los domicilios, en las comunidades, en los espacios donde la vulnerabilidad se hace visible y donde, a menudo, nadie más llega.

            Y lo hacen sin distinción, sin seleccionar a quién merece o no ser cuidado. Esa es, quizá, una de las claves más relevantes en el momento actual. Cuando se introducen discursos que cuestionan la igualdad de derechos o que pretenden establecer categorías entre personas, el cuidado profesional enfermero se mantiene firme en el principio básico de que todas las personas merecen ser cuidadas. Sin excepciones.

            Celebrar el Día Internacional de las Enfermeras, es mirarnos como sociedad y preguntarnos qué lugar ocupa el cuidado en nuestras decisiones, en nuestras prioridades y en nuestra forma de relacionarnos. Porque esta será la mejor manera de celebrar que contamos con enfermeras. Porque nada puede sustituir al cuidado. Y nadie puede vivir sin él.

            En ese equilibrio entre ciencia y humanidad, entre conocimiento y compromiso, entre técnica y relación, las enfermeras no solo están presentes, son, sencillamente, insustituibles.

DÍA INTERNACIONAL DE LAS ENFERMERAS   Lo que los silencios ocultan y las palabras descubren

“No basta con estar ocupado; también lo están las hormigas. La cuestión es: ¿en qué estamos ocupados?”

Florence Nightingale[1]

            Hay celebraciones que se repiten cada año sin que nos detengamos a pensar qué significan realmente. Días que pasan por el calendario envueltos en mensajes previsibles, reconocimientos apresurados y palabras que, de tanto repetirse, acaban perdiendo fuerza. El Día Internacional de las Enfermeras corre ese riesgo.

            Porque no se trata de celebrar una palabra, ni una disciplina, ni una etiqueta profesional. No se celebra la Enfermería como concepto abstracto, sino a las enfermeras como profesionales que, desde el conocimiento, la experiencia y el compromiso, sostienen el cuidado allí donde la vida sucede.

            Y, sin embargo, a pesar de su presencia constante, su aportación sigue siendo, en gran medida, invisible o malinterpretada. Se da por hecho que están, pero no siempre se comprende qué hacen realmente ni por qué son imprescindibles. Persisten ideas simplificadas que las sitúan en un plano secundario, como complemento de otros saberes considerados centrales, o se reduce su papel a una mezcla difusa de técnica y amabilidad que no alcanza a reflejar la complejidad de su práctica.

            En un momento en el que la salud se sigue asociando de manera casi automática a diagnósticos y tratamientos, y en el que el valor del cuidado queda con frecuencia diluido frente a lo que se prescribe o se mide, resulta necesario detenerse y mirar de otra manera. Entender que el cuidado no es un añadido, ni un gesto accesorio, sino una respuesta esencial a muchas de las situaciones que condicionan la vida de las personas y que no siempre encuentran solución en un fármaco o en una prueba.

            Tal vez por eso tiene sentido, más que celebrar, preguntarse. Y hacerlo desde la experiencia cotidiana, desde lo cercano, desde aquello que, sin hacer ruido, sostiene buena parte de lo que entendemos por salud.

            Lo que sigue no es una explicación. Es una conversación. Una conversación entre una enfermera y una mujer, no una paciente, a la que atiende en la consulta de un centro de salud. Una conversación que transcurre en un espacio de confianza y cercanía, pero también de sinceridad, de dudas, de certezas que se cuestionan, de ideas que se desarman y se reconstruyen. Una conversación en la que caben tanto el reconocimiento como la crítica. Y en la que, quizá, se entienda mejor por qué tiene sentido hablar —y no solo celebrar— a las enfermeras en el día internacional que las nombra.

            Ana tiene una visita concertada con su enfermera de referencia, Laia. Acude a su consulta y, tras llamar a la puerta, entra.

 

—Laia, he visto en un cartel del tablón de anuncios que, dentro de poco, es el Día Internacional de la Enfermería —dijo Ana al entrar, con esa familiaridad tranquila que dan el tiempo y la confianza—. No sé muy bien qué se celebra.

Laia dejó lo que estaba haciendo y centró la atención en ella, como hacía siempre.

—No celebramos el día de la Enfermería —respondió con naturalidad—. Celebramos el de las enfermeras.

Ana arqueó ligeramente las cejas.

—¿Y no es lo mismo?

—No. Y que se confunda no es un detalle menor.

No había tensión, pero sí un interés sincero. Ana sabía que con Laia las respuestas no eran automáticas, pero sí claras.

—¿Me lo puedes explicar? —preguntó, inclinándose ligeramente hacia delante.

—Hay dos personas que me han avisado de que no podían venir, por lo que tengo tiempo para hacerlo con mucho gusto Ana.

—La Enfermería es la disciplina. El conocimiento, el marco que nos permite comprender y actuar. Pero quien cuida, quien decide, quien asume la responsabilidad… somos las enfermeras. La Enfermería, por sí sola, no hace nada.

Ana asintió despacio.

—Nunca lo había pensado así.

—Porque solemos hablar en abstracto —continuó Laia—. Decimos “la Enfermería hace”, “la Enfermería decide”… y no. Somos nosotras. Para bien y para mal.

Ana mantuvo la mirada, sin incomodidad, pero con interés.

—¿También para mal?

—Claro —respondió sin dramatismo—. Cuando cuidamos bien, fortalecemos la Enfermería. Cuando no lo hacemos, también la definimos. No existe al margen de quienes la ejercemos.

Ana dejó pasar unos segundos antes de seguir.

—Entonces… ¿el día internacional es una forma de reconocer vuestro trabajo?

—Si se queda solo en eso, se queda corto.

—¿Por qué?

Laia no respondió de inmediato. No buscaba convencer, sino hacer pensar.

—Porque no se trata de reconocernos —dijo finalmente—. Se trata de entender por qué existimos y qué papel tenemos en la vida de las personas.

Ana apoyó las manos sobre las rodillas.

—¿Y cuál es ese papel?

Laia sostuvo su mirada con serenidad.

—Cuidar. Pero no en el sentido en el que normalmente se entiende.

Ana esbozó una leve sonrisa.

—Entonces, ¿qué es cuidar de verdad?

—Cuidar es intervenir en la vida de las personas con conocimiento, con intención y con responsabilidad para que puedan vivir mejor. Incluso cuando no se pueden curar.

Ana dudó un instante.

—¿Incluso cuando no hay enfermedad?

Laia negó suavemente.

—Sobre todo cuando no hay enfermedad.

Ana permaneció en silencio unos segundos, como si necesitara recolocar lo que acababa de escuchar.

—Entonces… —dijo finalmente— ¿las enfermeras no estáis para cuando la gente se pone enferma?

Laia esbozó una leve sonrisa, no de corrección, sino de comprensión.

—Estamos también para eso. Pero si nos quedamos ahí, nos quedamos en una parte muy pequeña de lo que somos.

Ana frunció ligeramente el ceño.

—¿Pequeña? Desde fuera parece lo principal.

—Porque hemos aprendido a mirar la salud desde la enfermedad —respondió Laia con calma—. Todo gira en torno a ella: los recursos, la organización, incluso la manera de entender a las personas. Pero la vida no empieza cuando aparece un diagnóstico, ni se detiene cuando desaparece.

Ana asintió despacio.

—Tiene sentido… pero no sé si lo había pensado así.

—Es lógico —continuó Laia—. Se nos ha enseñado a asociar salud con no estar enfermo. Y no es lo mismo. Hay personas que, sin enfermedad, necesitan cuidados para vivir mejor. Y hay personas con enfermedad que pueden tener salud en muchos aspectos de su vida.

Ana levantó la mirada, interesada.

—Eso cambia bastante las cosas.

—Lo cambia todo —respondió Laia—. Porque entonces el cuidado deja de ser una respuesta puntual y pasa a ser una forma de estar en la vida de las personas.

—¿En qué sentido?

—En todos. En cómo se alimentan, en cómo descansan, en cómo afrontan lo que les pasa, en cómo se relacionan, en las condiciones en las que viven, trabajan o crían a sus hijos. En cómo toman decisiones que afectan a su salud, incluso sin darse cuenta.

Ana apoyó los codos sobre las rodillas.

—Entonces no es solo lo que pasa dentro del cuerpo…

—Exacto. Es lo que pasa en la vida —afirmó Laia—. Por eso hablamos de personas, de familias, de comunidades. Porque nadie vive aislado. Y lo que rodea a cada persona influye tanto o más que lo que le ocurre biológicamente.

Laia hizo una breve pausa antes de añadir:

—¿Por qué te crees que somos enfermeras comunitarias?

Ana la miró, ahora con una atención distinta.

—No sé, la verdad, nunca había reparado en ello. Será porque estáis en la comunidad, supongo ¿no?

—Por eso y por lo que implica —continuó Laia—. No estamos aquí solo para atender problemas concretos, sino para entender cómo vive la gente, qué le condiciona, qué le ayuda y qué le limita. El cuidado no se puede separar del contexto. Si lo hacemos, dejamos de comprender a la persona.

Hizo una breve pausa antes de continuar, manteniendo la mirada de Ana.

—Mira, en tu caso, por ejemplo. Para mí es importante saber dónde vives, con quién, cómo es tu día a día, en qué trabajas, qué apoyos tienes cerca… No es curiosidad. Es necesario para entender qué te está pasando y cómo puedo ayudarte mejor.

Ana bajó ligeramente la mirada, como si repasara mentalmente las veces que Laia le había preguntado por esas cosas sin que ella les diera demasiada importancia.

—No es lo mismo hablar sobre descanso, si sé que cuidas de tu madre por las noches, o hablar de alimentación sin tener en cuenta tus horarios de trabajo. Tampoco es igual abordar un problema de salud si sé que cuentas con apoyo o si estás sola. Todo eso forma parte del cuidado.

Ana asintió lentamente, esta vez sin prisa.

—Yo pensaba… —empezó a decir, dudando un instante— que todo eso era más bien… complementario. Como algo que ayudaba, pero que no era lo importante.

Laia no corrigió de inmediato.

—Es una idea bastante extendida —respondió—. Durante mucho tiempo se ha entendido así. Como si el cuidado fuera un añadido a lo que realmente importa.

Ana levantó la mirada.

—Sí… como si lo importante fuera lo que hace el médico, y lo vuestro fuera más… apoyo.

No había desdén en sus palabras, pero sí una honestidad que dejaba ver una forma de pensar arraigada.

Laia asintió, sin incomodidad.

—Y sin embargo —añadió Laia—, muchas de las cosas que realmente influyen en cómo vives tu salud no tienen que ver con una prueba, ni con un diagnóstico, ni con un tratamiento puntual. Tienen que ver con cómo afrontas lo que te pasa, con las decisiones que tomas cada día, con el entorno en el que estás.

Hizo una breve pausa, sin apartar la mirada.

—Mira tu caso, Ana. El cuidado de tu madre.

Ana se tensó ligeramente, aunque no apartó la mirada.

—No es solo lo que haces por ella —continuó Laia—. Es cómo lo estás viviendo tú. Cómo te organizas, cómo descansas —o no descansas—, cómo gestionas el cansancio, la culpa cuando sientes que no llegas a todo, el impacto que tiene en tu trabajo, en tu vida personal… Todo eso también es salud.

Ana bajó la mirada unos segundos.

—Nunca lo había pensado así… —murmuró.

—Y, sin embargo, condiciona mucho más tu bienestar que muchas de las cosas que solemos medir —añadió Laia—. Si tú no estás bien, si te sobrecargas, si no tienes apoyo suficiente, no solo te afecta a ti. Afecta también a cómo cuidas a tu madre.

Ana asintió despacio, visiblemente más implicada.

—A veces siento que voy tirando… sin más.

—Y ahí es donde el cuidado deja de ser algo “complementario” —dijo Laia con serenidad—. Porque acompañarte a ti en ese proceso, ayudarte a encontrar apoyos, a organizarte, a cuidarte mientras cuidas… no es secundario. Es esencial.

Hizo una breve pausa antes de continuar.

—A mí no me preocupa el cuidado que le das a tu madre, Ana. Sé que la estás cuidando bien. Muy bien. Probablemente mejor de lo que yo misma podría hacerlo en tu lugar.

Ana levantó la mirada, sorprendida.

—Lo que me preocupa eres tú —continuó Laia—. Cómo estás sosteniendo todo esto. Tu cansancio, tu tiempo, tus necesidades, lo que dejas de hacer por ti, cómo están cambiando tus relaciones, tu vida… Incluso cómo te estás viendo a ti misma en medio de todo esto.

Ana no respondió. Escuchaba.

—Porque si tú te desgastas, si te aíslas, si te olvidas de ti —añadió con calma—, no solo te afecta a ti. También afecta al cuidado que das. Y eso es lo que intento cuidar cuando hablamos.

Ana respiró hondo, como si algo encajara.

—Nunca lo identifiqué así —dijo despacio—. Pensaba que tu interés era simplemente una forma de relacionarnos, una cortesía, algo más personal… no una parte de la atención que me estabas prestando.

Laia asintió levemente, sin sorpresa.

—Es lógico que lo percibas así —respondió—. Porque el cuidado, cuando se hace bien, no invade ni se impone.

Hizo una breve pausa antes de continuar.

—Pero precisamente por eso requiere proximidad. No se trata de dictar lo que tienes que hacer ni de imponer decisiones. Se trata de estar, de escuchar, de acompañar… con intención y con criterio.

Ana la observaba con atención sostenida.

—El cuidado no se construye desde la distancia —añadió Laia—, pero tampoco desde la improvisación. Requiere conocimiento, experiencia y competencias para hacerlo sin que se perciba como una orden o una prescripción.

—Entonces no es algo espontáneo…

—No —respondió con claridad—. Puede parecerlo, pero no lo es. Se construye. Se piensa. Se adapta a cada persona, a cada momento. Y se hace con rigor, aunque no siempre se vea como tal.

Ana guardó silencio unos segundos.

—Nunca lo había entendido así…

—Por eso tiene sentido explicarlo —concluyó Laia—. Porque muchas veces el cuidado más importante es el que no se reconoce como tal.

Laia asintió, sin dramatismo.

—Lo es. Y mucho. Cuidarte a ti forma parte del cuidado de tu madre, de tu familia… y de tu propia vida. Y eso, para mí como enfermera, es tan importante como cualquier otro aspecto de la atención.

—Pero eso es muy amplio… ¿de verdad podéis abarcar todo eso?

Laia no esquivó la pregunta.

—No siempre como deberíamos. Y ahí también hay una parte crítica que no podemos ignorar. A veces el sistema empuja a simplificar, a reducir el cuidado a tareas, a tiempos medidos, a respuestas rápidas. Y eso empobrece lo que hacemos.

Ana la miró con atención.

—¿Y entonces?

—Entonces hay dos opciones —respondió Laia con serenidad—. Adaptarse sin más o intentar mantener el sentido de lo que hacemos, incluso en condiciones que no siempre son las mejores.

—¿Y eso depende de cada enfermera?

—En gran parte, sí. Porque, aunque trabajamos en sistemas que condicionan, cada decisión que tomamos tiene un impacto. Podemos mirar solo lo urgente o intentar entender también lo importante.

Ana dejó escapar un leve suspiro.

—No debe ser fácil.

—No lo es —admitió Laia—. Pero precisamente por eso tiene sentido hablar del día internacional. No para idealizar lo que hacemos, sino para recordar lo que no deberíamos dejar de hacer.

Ana asintió lentamente.

—Empiezo a entender que no es solo una celebración.

—No lo es —respondió Laia—. Es, o debería ser, una llamada de atención. También para nosotras.

Ana la miró fijamente.

—Entonces el día internacional… también sirve para eso.

—Debería —respondió Laia—. No para felicitarnos, sino para mirarnos con honestidad.

Ana dejó escapar una leve sonrisa, distinta a las anteriores, pero aún con dudas.

—Pero al final… —añadió— lo importante sigue siendo el diagnóstico, ¿no? Saber lo que tienes y poner un tratamiento.

Laia no respondió de inmediato.

Puede ser importante, por supuesto, pero no siempre es lo más importante.

Ana frunció el ceño.

—Es lo que siempre se ha entendido como lo principal.

—Claro —asintió Laia—. Porque es lo más visible. Un diagnóstico pone nombre a lo que pasa y un tratamiento parece dar una respuesta clara. Pero muchas veces, lo que realmente condiciona cómo vives ese problema de salud no se resuelve con eso o solo con eso.

Ana permaneció en silencio.

—Piensa en ti otra vez —continuó—. Saber que tu madre tiene Alzheimer es importante. Pero ese diagnóstico no te dice cómo afrontar el día a día, ni cómo organizarte, ni cómo sostener emocionalmente lo que supone. Y ningún medicamento resuelve eso por sí solo.

Ana asintió lentamente.

—Es verdad…

—Ahí es donde el cuidado actúa como respuesta terapéutica —añadió Laia—. Aunque muchas veces no se reconozca como tal. Porque no siempre se mide, ni se receta, ni se ve de forma inmediata.

Ana levantó ligeramente las cejas.

—Pero vosotras también recetáis, ¿no?

Laia esbozó una leve sonrisa.

—Yo prefiero decir que indicamos.

Ana la miró, esperando que continuara.

—Nuestra competencia principal es el cuidado —explicó—. Y, en algunos casos, podemos complementarlo con respuestas farmacológicas que tenemos capacidad para indicar. Pero no es al revés.

Hizo una breve pausa.

—No supeditamos el cuidado a un medicamento. El medicamento, si es necesario, se integra dentro del cuidado.

Ana sostuvo su mirada.

—¿Me explico, Ana?

Ella asintió despacio.

—Sí… Creo que sí que lo entiendo.

—El problema —añadió Laia— es que socialmente se ha dado más valor a lo que se prescribe que al cuidado. Y eso hace que muchas respuestas que realmente mejoran la vida de las personas pasen desapercibidas.

Ana dejó escapar un suspiro suave.

—Supongo que porque no son tan visibles…

—Ni tan inmediatas —concluyó Laia—. Pero no por eso son menos importantes. A veces, son las que marcan la diferencia de verdad.

Ana permaneció unos segundos en silencio. Ya no parecía buscar una respuesta inmediata, sino ordenar y asimilar lo que estaba oyendo.

—Nunca había pensado que todo eso formara parte de vuestro trabajo —dijo finalmente.

Laia asintió con suavidad.

—Porque muchas de esas cosas no se nombran —respondió—. O se dan por hechas. Pero el cuidado profesional no es algo improvisado. Se sustenta en conocimiento, en investigación, en experiencia acumulada.

Ana la miró con interés renovado.

—¿Investigación también?

—Claro —afirmó Laia—. Necesitamos generar conocimiento propio para saber qué cuidados funcionan mejor, en qué situaciones, con qué personas. No basta con hacer. Hay que entender por qué se hace y qué impacto tiene.

Ana asintió lentamente.

—Nunca lo había relacionado con ciencia…

Laia mantuvo la mirada, con serenidad.

—Porque todavía existe la idea equivocada de que la investigación es solo la que se hace en un laboratorio, con un microscopio, probetas y reactivos.

Ana esbozó una leve sonrisa.

—Sí… es lo primero que me viene a la cabeza.

—Si fuera así —continuó Laia—, los historiadores, las traductoras o las lingüistas tampoco investigarían. Y lo hacen.

Ana asintió, ahora con más claridad.

—La investigación del cuidado es diferente —añadió—. Es una investigación de, con y para las personas. No necesita laboratorios, sino espacios de relación, de escucha y de proximidad. Ahí es donde recogemos lo que la gente espera, necesita o demanda.

Hizo una breve pausa antes de continuar.

—Y a partir de ahí, construimos respuestas que mejoren los cuidados. Con método, con criterio, con rigor.

Ana la miraba con atención sostenida.

—Eso… no lo había visto nunca así.

Laia inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Te encaja más o te genera más dudas, Ana?

Ana negó suavemente.

—No… me encaja. Me hace replantearme muchas cosas.

—Y a partir de ahí, construimos respuestas que mejoren los cuidados. Con método, con criterio, con rigor.

Ana la miraba con atención sostenida.

—Eso… no lo había visto nunca así.

Laia asintió levemente.

—Tampoco se suele saber que las enfermeras nos formamos en la universidad —añadió—. Y que muchas continuamos formándonos durante años.

Ana arqueó ligeramente las cejas.

—¿Te refieres a especialidades?

—También —respondió Laia—. Pero no solo. Hay enfermeras especialistas, como es mi caso, y también enfermeras doctoras.

Ana la miró con cierta sorpresa.

—¿Doctoras? No lo sabía…

—Porque no siempre se visibiliza —dijo con calma—. Yo misma soy doctora. Y no es algo que nos haya regalado nadie. Es el resultado de años de estudio, de investigación, de compromiso y de mucho trabajo.

Ana guardó silencio unos segundos.

—Nunca lo habría imaginado…

—Y, sin embargo, está ahí —continuó Laia—. Gracias, además, a muchas enfermeras que antes lucharon para que pudiéramos formarnos así. Para que la Enfermería fuera también universidad, ciencia, conocimiento propio.

Hizo una breve pausa.

—Pero, es lo que realmente marca la diferencia.

—No necesitamos poner títulos delante del nombre para que eso sea cierto. Y el hecho de no hacerlo no significa que no lo seamos. De la misma manera que el hecho de ponerlo no siempre lo garantiza.

Ana dejó escapar una leve sonrisa, pero sin ironía.

—Entiendo…

—Lo importante —concluyó Laia— no es cómo se nombra, sino lo que se es y cómo se ejerce.

Ana asintió, ahora con otra expresión.

—Entonces… no sois solo una profesión práctica.

—Nunca lo ha sido —respondió Laia—. Otra cosa es cómo se ha querido ver y hacer ver.

Ana no se quedó ahí.

—Pero vosotras realizáis muchas técnicas —añadió—. Extracciones, curas, sondajes… Entonces, ¿esa parte no forma parte del cuidado?

Laia asintió, sin dudar.

—Claro que forma parte.

Hizo una breve pausa antes de continuar.

—La técnica también es cuidado. Pero no es el cuidado en sí.

Ana frunció ligeramente el ceño, intentando matizar la idea.

—¿En qué sentido?

—En que una técnica puede hacerse de muchas maneras —explicó Laia—. Puede ser correcta desde el punto de vista técnico, pero no necesariamente estar bien cuidada la persona a la que se le realiza.

Ana guardó silencio, atenta.

—No es lo mismo hacer una cura sin más que hacerla teniendo en cuenta a la persona a la que se le hace. Cómo está, lo que le preocupa, cómo lo está viviendo, si entiendelo que está pasando o si necesita algo más en ese momento.

—Entonces la diferencia no está solo en lo que hacéis…

—Sino en cómo y para qué se hace —completó Laia—. La técnica es una herramienta. El cuidado es lo que le da sentido.

Ana asintió lentamente.

—Creo que siempre lo había visto al revés…

—Es lo habitual —respondió Laia—. Se identifica a las enfermeras con lo que se ve, la técnica. Pero lo más importante muchas veces no se ve.

Ana apoyó las manos sobre las rodillas, pensativa.

—Entonces… ser enfermera es mucho más de lo que parece desde fuera.

Laia sostuvo su mirada.

—Es una forma de estar en la vida de los demás con responsabilidad. Con conocimiento. Y con un compromiso que no depende de a quién tengas delante.

Ana frunció ligeramente el ceño.

—¿A qué te refieres?

—A que el cuidado no distingue —respondió Laia—. No debería hacerlo. No elegimos a quién cuidar en función de lo que es, de lo que tiene o de lo que piensa. Cuidamos porque todas las personas importan.

Ana asintió, esta vez sin dudas.

—Eso… ahora mismo no siempre se ve fuera.

—Por eso es importante sostenerlo —añadió Laia—. Incluso cuando no es lo más fácil.

Hubo un breve silencio, distinto a los anteriores. Más sereno.

—Entonces —dijo Ana—, el Día Internacional de las Enfermeras no es solo para felicitaros.

Laia esbozó una leve sonrisa.

—No debería serlo.

Ana respiró hondo, como quien llega a una conclusión propia.

—Es para entender lo que hacéis… y lo que significa.

Laia no respondió de inmediato. No hacía falta.

—Y también —añadió Ana— para no darlo por hecho.

Laia asintió.

—Eso es.

Ana guardó silencio. Esta vez no era un silencio de duda, sino de reconocimiento.

Se levantó despacio.

—Laia… —dijo antes de dirigirse a la puerta—. Creo que hasta ahora no había entendido lo que hacéis.

Laia no respondió de inmediato.

—Ni lo que significa —añadió Ana, casi en voz baja.

Laia asintió levemente.

—No pasa nada —dijo—. Lo importante es que ahora lo ves.

Ana sostuvo la mirada unos segundos más.

—Supongo que por eso existe ese día.

Laia no sonrió.

—Existe porque, si no, se olvida.

Ana abrió la puerta, pero se detuvo un instante.

—Y no deberíamos olvidarlo.

—No —respondió Laia—. Porque cuando el cuidado se olvida, se nota.

Ana no preguntó cómo.

No hacía falta.

Salió en silencio.

Esta vez, con algo más que una respuesta.

[1] Enfermera, escritora y estadística británica, considerada precursora de la enfermería profesional contemporánea (1820-1910). El Día internacional de las enfermeras se celebra coincidiendo con la fecha de su nacimiento el 12 de mayo.  

EGOANTROPOCENTRISMO Como luchar contra la estupidez

En marzo de 2024, la Unión Internacional de Ciencias Geológicas decidió no formalizar el Antropoceno como una época geológica oficial. Sin embargo, más allá de la nomenclatura, el concepto sigue siendo imprescindible para entender el tiempo que habitamos, una era definida por el impacto de la especie humana sobre el planeta.

            Pero el problema no es tanto si el Antropoceno merece o no reconocimiento formal, sino qué estamos dispuestos a reconocer de nosotros mismos.

            Porque el impacto humano sobre la Tierra no se limita a la degradación ambiental. No es solo la alteración de la atmósfera, la acidificación de los océanos o la extinción masiva de especies —la sexta ya en la historia del planeta—. Es también, y de manera cada vez más evidente, el impacto de una parte de la humanidad sobre el resto de la propia humanidad.

            No estamos únicamente ante un fenómeno antropocéntrico global. Sería demasiado cómodo pensarlo así, como si todos fuéramos igualmente responsables. Lo que estamos viviendo tiene otra dimensión más inquietante como la acción de una minoría que, desde posiciones de poder, está imponiendo una lógica que podríamos denominar —sin pretensión científica— egoantropocéntrica. Una lógica que no solo depreda el planeta, sino que actúa directamente contra la diversidad humana, contra la convivencia y contra la propia idea de humanidad compartida.

            Las señales son cada vez más visibles. Las políticas migratorias que vinculan movilidad con criminalidad. La estigmatización de culturas y creencias enteras bajo la sombra del terrorismo. La negación de la diversidad sexual y su progresiva criminalización. La construcción de un concepto de patria excluyente, uniforme, homogéneo. La banalización o negación de violencias estructurales como la de género. El resurgir de discursos misóginos y antifeministas que creíamos superados. El uso sistemático de mensajes populistas, simplificadores y emocionalmente manipuladores que sustituyen el pensamiento por consignas. Nada de esto es nuevo. Lo inquietante es su normalización.

            Y ahí es donde aparece un elemento clave para entender lo que está ocurriendo: la estupidez humana. No como insulto, sino como categoría moral y política. Tal como describió Dietrich Bonhoeffer, la estupidez no es falta de inteligencia, sino renunciar a pensar. Es la decisión —consciente o no— de delegar el propio juicio en un líder, en un grupo, en una ideología, en un eslogan.

            El estúpido, en este sentido, no es quien no sabe, sino quien ha decidido no querer saber por sí mismo. Y eso lo convierte en algo mucho más peligroso que la ignorancia. Porque al ignorante se le puede convencer con argumentos. Al estúpido no. Ha sustituido su razón por la de otro, y desde ese momento ya no hay diálogo posible. No contrasta, no cuestiona, no duda. Cree. Y en esa creencia se siente parte de algo superior, de algo correcto, de algo que justifica cualquier acción. Por eso la estupidez es el instrumento perfecto del poder.

            Quienes toman decisiones que deterioran el planeta, que alimentan conflictos, que promueven la exclusión o la desigualdad, no actúan solos. Necesitan de una masa que legitime, que aplauda, que repita. Y esa masa no siempre es consciente de lo que está respaldando. Defiende con vehemencia ideas que no ha pensado, posiciones que no ha analizado, discursos que no le pertenecen o que incluso van en su contra.

            No estamos ante una distopía. Estamos ante una realidad que avanza. Una realidad en la que la destrucción del entorno y la degradación de la convivencia humana caminan de la mano. En la que el negacionismo no es solo una postura intelectual, sino una herramienta de dominación. En la que la evidencia científica, los datos, los argumentos, pierden valor frente a la emoción, el miedo o la identidad grupal.

            Pero, tal vez, lo peor es que la estupidez no se corrige con educación, ni con más información, ni con mejores argumentos. Porque no es un problema de conocimiento, sino de decisión. La decisión de pensar.

            Pensar por uno mismo es incómodo. Obliga a cuestionar, a dudar, a aceptar la incertidumbre. A veces implica enfrentarse al propio entorno, salirse del grupo, asumir el coste de no encajar. Pensar es, en cierto modo, un acto de riesgo.

            Pero no pensar lo es mucho más. Porque la renuncia al pensamiento propio no solo empobrece al individuo. Tiene consecuencias colectivas. Permite que prosperen modelos sociales excluyentes, políticas injustas y decisiones que comprometen el futuro común. Alimenta ese egoantropocentrismo que no solo destruye el planeta, sino que erosiona la base misma de la convivencia humana.

            Posiblemente el verdadero desafío de nuestro tiempo sea recuperar algo mucho tan básico y al mismo tiempo tan complejo como la capacidad de pensar de manera autónoma.

            Finalmente, no se trata tanto de etiquetas geológicas o debates académicos. Porque lo que está en juego no es cómo llamamos a esta era, sino qué tipo de humanidad decidimos ser en ella.

LA SALUD PÚBLICA COMO ARMA POLÍTICA

            La situación generada por el hantavirus en un crucero holandés está siendo utilizada, una vez más, como arma política. Y más allá del debate partidista, de las tertulias aceleradas y de la necesidad permanente de algunos de convertir cualquier circunstancia en un campo de batalla ideológico, conviene no perder de vista lo verdaderamente importante: estamos ante un problema de Salud Pública.

            Los problemas de Salud Pública no se gestionan desde el ruido, el cálculo electoral o la ocurrencia. Se gestionan desde la evidencia científica, los protocolos internacionales y la coordinación entre organismos competentes. Es decir, desde el conocimiento técnico y la experiencia acumulada por instituciones como la Organización Mundial de la Salud y el propio Ministerio de Sanidad, responsable de activar y coordinar las actuaciones correspondientes en este tipo de situaciones.

            No se trata de opiniones. Ni de intuiciones. Ni de relatos interesados.

            Sin embargo, lo que debería afrontarse con prudencia y rigor se está convirtiendo deliberadamente en un espectáculo político. Solicitar el cese de la ministra de Sanidad, amenazar con denuncias judiciales por la llegada del crucero a Canarias o cuestionar las medidas de cuarentena adoptadas no responde a un análisis epidemiológico serio. Responde a una estrategia de desgaste que necesita convertir cualquier situación compleja en una crisis política permanente.

            Pero en esta ocasión se ha dado un paso más preocupante todavía. Porque ya no se trata únicamente de exagerar riesgos o cuestionar decisiones concretas. Se está intentando instalar la idea de que el brote responde a una maniobra diseñada por el Gobierno para desviar la atención de sus problemas políticos y de los casos de corrupción que le afectan. Es decir, se está sugiriendo que una alerta sanitaria internacional puede formar parte de una especie de montaje político deliberado.

            Y ahí es donde la irresponsabilidad alcanza niveles especialmente graves.

            Porque convertir un problema sanitario en una teoría conspirativa no solo degrada el debate público. También alimenta la desconfianza social, favorece la desinformación y erosiona la credibilidad de las instituciones encargadas de proteger la salud colectiva. Exactamente el mismo terreno sobre el que crecieron durante la pandemia los bulos, el negacionismo y los discursos pseudocientíficos que tanto daño hicieron.

            Mientras tanto, los especialistas insisten en algo mucho más simple y mucho menos espectacular como que las medidas adoptadas se ajustan a los protocolos internacionales previstos para este tipo de situaciones. Evaluar riesgos, contener posibles contagios, actuar con cautela e informar progresivamente conforme se dispone de más datos. Ni más ni menos.

            En Salud Pública existe el principio básico que demasiadas veces se olvida de que la percepción del riesgo puede llegar a ser tan importante como el propio riesgo. Además de no olvidar nunca que el riesgo cero, no existe. Cuando se magnifican amenazas sin evidencia suficiente, cuando se lanzan acusaciones sin pruebas o cuando se banaliza una alerta sanitaria para obtener rédito político, lo que se genera no es protección ciudadana, sino miedo, confusión y polarización.

            Y una población confundida es siempre una población más vulnerable.

            La crítica política, por supuesto, forma parte de cualquier democracia sana. Lo preocupante es cuando esa crítica deja de apoyarse en hechos verificables y pasa a construirse desde la sospecha permanente, la exageración o directamente la mentira. Porque entonces deja de ser control democrático para convertirse en un mecanismo de intoxicación social.

            Resulta inevitable recordar lo ocurrido durante la pandemia de COVID-19. Entonces también se cuestionaron medidas de protección, se judicializaron decisiones sanitarias y se alimentaron discursos que presentaban las restricciones como ataques deliberados a la libertad. Con el tiempo, muchas de aquellas actuaciones —incluidos confinamientos y campañas de vacunación— demostraron haber sido esenciales para salvar miles de vidas. Pero el desgaste institucional y la fractura social ya estaban hechos.

            La experiencia reciente debería haber enseñado que en situaciones de incertidumbre sanitaria, la prudencia es una obligación política y ética. No todo vale. No puede valer todo.

            Utilizar la Salud Pública como instrumento de confrontación partidista tiene consecuencias. Se deteriora la confianza en el sistema sanitario. Se cuestiona el trabajo de profesionales y expertos. Se traslada una sensación de descontrol que no se corresponde con la realidad. Y se dificulta la gestión técnica de cualquier crisis, ya que cada decisión queda sometida inmediatamente al espectáculo de la polarización y al tribunal de la agitación política.

            Las medidas adoptadas pueden debatirse, analizarse e incluso criticarse. Lo que no resulta aceptable es convertir una alerta sanitaria en una fábrica de sospechas diseñada para erosionar al adversario político a cualquier precio.

            Porque cuando la Salud Pública se convierte en munición ideológica, lo que termina deteriorándose no es solo el debate político. Lo que se debilita es algo mucho más importante como la confianza colectiva.

            Y sin confianza, ningún sistema de salud puede proteger adecuadamente a su población de los riesgos que situaciones como esta provocan y que exigen una visión de Estado y una responsabilidad ética que lamentablemente brillan por su ausencia.

¿ESTAMOS CUIDANDO O CUMPLIENDO?

“No basta con hacer cosas, hay que hacerlas con sentido.”

Peter Drucker[1]

 

            Cuestionarnos si estamos cuidando o simplemente cumpliendo no es una cuestión menor. No es un ejercicio retórico ni una provocación gratuita. Es una exigencia profesional. Y, sobre todo, una responsabilidad ética. Porque en esa diferencia se juega buena parte del sentido de lo que hacemos y del impacto real que tiene en la vida de las personas.

            Cumplir es responder a lo esperado. Ajustarse a una tarea, a un protocolo, a un tiempo asignado. Implica hacer lo que corresponde, en el momento en que corresponde y de la manera en que está establecido. Cumplir garantiza orden, previsibilidad y, en muchos casos, seguridad. Pero cumplir no es, necesariamente, cuidar.

            Cuidar es otra cosa. Cuidar implica comprender lo que está en juego más allá de la tarea. Supone interpretar la situación, incorporar el contexto, reconocer a la persona en su singularidad y actuar en consecuencia. Cuidar no se limita a ejecutar, sino que exige decidir. No se agota en la técnica, sino que la trasciende. No responde solo a lo que está indicado, sino a lo que es necesario.

            Y ahí es donde radica el problema.

            Porque en muchos contextos sanitarios actuales, el cuidado corre el riesgo de quedar reducido a cumplimiento. A una secuencia de actos encadenados, medibles, registrables y evaluables en términos de actividad, pero no necesariamente en términos de sentido. Se mide lo que se hace, pero no siempre lo que se logra. Se registra la intervención, pero no siempre su impacto.

            La adecuación a modelos sanitarios caducos, la presión asistencial, la organización del trabajo, la cultura institucional y los modelos de gestión médico-mercantilistas han contribuido, en mayor o menor medida, a consolidar esta lógica. Una lógica en la que el tiempo se fragmenta, las agendas se saturan y las decisiones se simplifican para poder sostener el sistema. En ese contexto, cumplir se convierte en una forma de supervivencia profesional.

            Pero tiene un coste. Cuando el cuidado se transforma en cumplimiento, se empobrece. Se vuelve previsible, repetitivo, descontextualizado. Pierde capacidad de adaptación y, con ello, pierde eficacia. Porque las personas no son protocolos, ni procesos lineales, ni problemas aislados, ni tampoco enfermedades. Son historias complejas, personales, únicas, atravesadas por múltiples factores que no caben en una guía clínica.

            Diversos estudios han señalado cómo la sobrecarga de trabajo y la presión organizativa se asocian con la omisión de cuidados —lo que se ha denominado missed nursing care—, es decir, aquellos cuidados que se retrasan, se realizan de manera incompleta o directamente se dejan de hacer[2]. No se trata de negligencia, sino de un sistema que prioriza lo urgente sobre lo importante, lo medible sobre lo significativo.

            Y en ese desplazamiento, el cuidado pierde centralidad.

            Pero sería un error atribuirlo exclusivamente al sistema.

            Porque, aunque el contexto condiciona, no determina completamente. Cada profesional, en cada interacción, sigue teniendo un margen —mayor o menor— para decidir cómo se posiciona ante lo que hace. Puede limitarse a cumplir o puede intentar cuidar. Puede reducir la intervención a la tarea o ampliar la mirada hacia la persona.

            No siempre es fácil. No siempre es posible en las condiciones ideales. Pero tampoco es irrelevante y sobre todo, no es imposible.

            Porque cuidar no es un añadido opcional a la práctica profesional. Es su núcleo. Y cuando ese núcleo se diluye, lo que queda puede seguir funcionando, pero deja de tener el sentido del cuidado.

            Tal vez por eso la pregunta no es incómoda. Es necesaria.

            ¿Estamos cuidando o estamos cumpliendo?

            La diferencia entre cumplir y cuidar no se resuelve en el plano teórico. Se decide en la práctica cotidiana.

            Se decide cuando una técnica se realiza como una tarea más o como una intervención con sentido. Cuando una cura se limita a cerrar una herida o se convierte en una oportunidad para comprender cómo está viviendo la persona ese proceso. Cuando una extracción de sangre es un procedimiento más en la agenda o un momento en el que alguien expresa un miedo, una duda o una preocupación que no había verbalizado antes.

            La técnica forma parte del cuidado. Pero no lo define.

            Una misma intervención puede ser correcta desde el punto de vista técnico y, sin embargo, insuficiente desde el punto de vista del cuidado. No porque esté mal hecha, sino porque no incorpora a la persona en su totalidad. Porque no tiene en cuenta su contexto, su capacidad de afrontamiento, sus condiciones de vida o su red de apoyo. Y, pasa a ser, simplemente, un sujeto en el que intervenir mecánicamente.

            Esto tiene implicaciones directas en la forma en que se organiza la práctica. Cuando el tiempo se estructura exclusivamente en torno a tareas, el margen para cuidar se reduce. La agenda no contempla la escucha, ni la incertidumbre, ni la complejidad. Y, sin embargo, es precisamente ahí donde se sitúan muchas de las necesidades reales de las personas. Y, es que el cuidado, no puede acotarse a fracciones temporales estandarizadas.

            No es infrecuente que una consulta programada para un control termine abordando una situación de sobrecarga familiar, un problema de adherencia al tratamiento o una dificultad emocional que no figuraba en el motivo de consulta. Lo que inicialmente parecía una intervención sencilla se convierte en un proceso más complejo que requiere tiempo, atención y capacidad de adaptación.

            La cuestión es qué se hace en ese momento.

            Cumplir implicaría ceñirse a lo previsto, es decir, realizar la actividad programada, registrar los datos correspondientes y pasar a la siguiente persona. Cuidar implica detenerse, interpretar lo que está ocurriendo y decidir si es necesario modificar el plan inicial. No siempre es posible hacerlo con la profundidad e inmediatez deseadas, pero sí es posible reconocerlo y actuar en consecuencia.

            Esta diferencia, aparentemente sutil, tiene un impacto relevante.

            Diversas investigaciones han mostrado que los resultados en salud no dependen exclusivamente de las intervenciones biomédicas, sino también de factores relacionados con el contexto, la adherencia, la comprensión del proceso y la relación establecida con los profesionales[3], [4]. Ignorar estos elementos no los hace desaparecer. Los desplaza. Y cuando se desplazan, aparecen en forma de consultas repetidas, de abandonos, de complicaciones evitables o de procesos que no evolucionan como se esperaba.

            Desde esta perspectiva, el cuidado no es algo secundario ni ornamental. Es una intervención con capacidad terapéutica propia.

            Sin embargo, sigue siendo percibido con frecuencia como algo accesorio y prescindible. Como un complemento a lo que se considera central, el diagnóstico y el tratamiento médicos. Esta jerarquía, profundamente arraigada, condiciona tanto la percepción social como la organización de los servicios y, en ocasiones, la propia práctica profesional. No es casual.

            El diagnóstico se nombra, el tratamiento se prescribe y ambos se registran con claridad. El cuidado, en cambio, no siempre se identifica, no siempre se mide y no siempre se reconoce como tal. Su valor queda diluido en la práctica cotidiana, a pesar de ser determinante en muchos procesos.

            Recuperar su centralidad no pasa por añadir nuevas tareas, sino por resignificar las que ya se realizan.

            Por entender que cada intervención puede ser una oportunidad de cuidado o una mera ejecución. Que la diferencia no está tanto en lo que se hace, sino en cómo y para qué se hace.

            Y esa diferencia, aunque no siempre se registre, se percibe. La perciben las personas cuando se sienten escuchadas o ignoradas. Cuando comprenden lo que les ocurre o cuando salen con más dudas de las que tenían al entrar. Cuando perciben que alguien se ocupa y preocupa de su problema o cuando sienten que simplemente han pasado por un circuito.

            En ese punto, el cuidado deja de ser una abstracción. Se convierte en experiencia y en vivencia.

            Si algo ha contribuido a consolidar la confusión entre cuidar y cumplir es la jerarquía implícita que se ha establecido en torno a las intervenciones en salud.

            Buena parte de los problemas de salud que las personas experimentan en su vida cotidiana no se resuelven exclusivamente con un diagnóstico correcto o con un tratamiento bien indicado. Se relacionan con la capacidad de afrontar la situación, con la adherencia a las recomendaciones, con las condiciones en las que se vive, con los apoyos disponibles y con el sentido que cada persona otorga a lo que le ocurre. En ese espacio, el cuidado es determinante.

            Acompañar, escuchar con empatía a una persona con enfermedad crónica para que comprenda su proceso, integre los cambios necesarios y mantenga una vida lo más autónoma posible no es una tarea secundaria. Es una intervención terapéutica con impacto directo en su evolución[5]. Lo mismo ocurre cuando se aborda la sobrecarga de una persona cuidadora, la soledad no deseada o la dificultad para seguir un tratamiento en condiciones de vulnerabilidad social.

            No hay fármaco que sustituya eso. Y, sin embargo, sigue siendo habitual que estas intervenciones no se reconozcan como tales. Que se perciban como un añadido, como un “extra” que se ofrece cuando hay tiempo o como una cualidad personal más que como una competencia profesional. O, aún peor, que se confundo la simpatía con el cuidado.

            Esta percepción tiene consecuencias. Desplaza el foco de lo que realmente influye en muchos procesos de salud y refuerza una práctica centrada en lo visible, en lo inmediato y en lo cuantificable. Se actúa sobre el problema identificado, pero no siempre sobre los factores que lo sostienen.

            Desde la práctica enfermera, esta lógica requiere ser revisada. No se trata de cuestionar el valor del diagnóstico o del tratamiento farmacológico, que son fundamentales en múltiples situaciones. Se trata de situarlos en su justo lugar y de reconocer que no agotan la respuesta necesaria.

            El cuidado no se subordina al tratamiento. Se integra con él. En algunos casos, la intervención farmacológica forma parte del cuidado y contribuye a mejorar la situación de la persona. Pero no ocurre lo contrario. No se puede reducir el cuidado a la administración de un tratamiento ni supeditar su sentido a la existencia de una prescripción.

            Esta distinción no es menor. Define el posicionamiento profesional y condiciona la práctica. Implica entender que la competencia enfermera no se limita a ejecutar indicaciones, sino que incluye la capacidad de valorar, decidir e intervenir en función de las necesidades de cuidado de las personas de manera autónoma.

            En este marco, la capacidad de indicar determinadas intervenciones —incluidas las farmacológicas en los ámbitos en los que está reconocida— no responde a una ampliación de funciones, sino a una consecuencia lógica de la responsabilidad que se asume en el cuidado[6]. No se trata de sustituir a otros profesionales, sino de responder de manera más adecuada y oportuna a situaciones que forman parte de la práctica enfermera.

            Sin embargo, la cuestión de fondo no es quién prescribe o quién indica. Es qué se considera relevante.

            Mientras el valor de la intervención se mida prioritaria o exclusivamente en términos de diagnóstico y tratamiento, el cuidado seguirá siendo prescindible. Y con ello se perderá una parte sustancial de la respuesta que muchas personas necesitan.

            Revisar esta jerarquía no es una cuestión corporativa. Es una cuestión de calidad de la atención. Es una cuestión profesional y es una cuestión política.

            Plantear esta diferencia no es un ejercicio teórico. Es una cuestión de responsabilidad.

            Porque cuando el cuidado se diluye en el cumplimiento, tiene consecuencias en la calidad de la atención, en los resultados en salud y en la experiencia de las personas. Pero también las tiene en la identidad profesional. Cuando el cuidado se reduce a tarea, la profesión se empobrece. Se vuelve predecible, sustituible y, en cierta medida, irrelevante.

            No es un problema menor. Y no es ajeno a la propia práctica enfermera. Porque, más allá de los condicionantes estructurales, existe una responsabilidad individual y colectiva en la forma en que se entiende y se ejerce el cuidado. No basta con señalar las limitaciones del sistema. Es necesario revisar cómo nos posicionamos dentro de él. Qué decisiones tomamos, qué priorizamos y qué estamos dispuestos a sostener, incluso en condiciones adversas.

            Diversos estudios han señalado que la omisión de cuidados no responde únicamente a la falta de tiempo o de recursos, sino también a la manera en que se organizan las prioridades en la práctica diaria1, [7]. Lo urgente desplaza a lo importante, lo técnico se impone a lo relacional y lo medible se prioriza sobre lo significativo.

            Pero priorizar es una decisión. Y como tal, puede ser revisada.

            No se trata de idealizar la práctica ni de ignorar las dificultades reales. Se trata de reconocer que el cuidado no es un añadido que se ofrece cuando es posible, sino el eje que debería orientar la intervención. Y que, en la medida en que se desplaza, se debilita la respuesta que se ofrece a las personas.

            Recuperar el cuidado no implica hacer más. Implica hacer de otra manera. Implica resignificar la práctica cotidiana, otorgar valor a aquello que no siempre se mide y sostener una forma de intervenir que incorpore la complejidad de las personas, sus contextos y sus procesos. Implica también generar y utilizar conocimiento propio que permita fundamentar esas decisiones y evaluar su impacto4,5.

            No es una tarea sencilla. Requiere tiempo, formación, reflexión, investigación y, en muchos casos, cuestionar inercias profundamente arraigadas. Requiere también asumir que no siempre se llega a todo y que, precisamente por eso, es necesario decidir qué no debería dejar de hacerse. Pero debemos ser las enfermeras quienes lo hagamos. Esperar que otros solucionen el problema del cuidado es otra forma de inacción, de pasividad, de indiferencia que impacta en la calidad de la atención y en la visibilidad de la especificidad enfermera.

            En ese punto, la pregunta inicial deja de ser incómoda. Se convierte en necesaria. No para emitir un juicio, sino para orientar la práctica.

            ¿Estamos cuidando o estamos cumpliendo?

            La respuesta no es única ni definitiva. Pero sí tiene una consecuencia clara.

            Allí donde el cuidado se sostiene, la atención cobra sentido. Allí donde se pierde, todo lo demás puede seguir funcionando, pero deja de ser suficiente. Porque la vida se abre paso gracias a los cuidados.

 

[1] Consultor y profesor de negocios, tratadista austriaco, y abogado de carrera, considerado el mayor filósofo de la administración (también conocida como management) del siglo XX (1909-2005).

[2] Kalisch BJ, Landstrom GL, Hinshaw AS. Missed nursing care: a concept analysis. J Adv Nurs. 2009;65(7):1509–17.

[3] Street RL Jr, Makoul G, Arora NK, Epstein RM. How does communication heal? Pathways linking clinician–patient communication to health outcomes. Patient Educ Couns. 2009;74(3):295–301.

[4] Doyle C, Lennox L, Bell D. A systematic review of evidence on the links between patient experience and clinical safety and effectiveness. BMJ Open. 2013;3:e001570.

[5] Bodenheimer T, Lorig K, Holman H, Grumbach K. Patient self-management of chronic disease in primary care. JAMA. 2002;288(19):2469–75.

[6] ICN. Guidelines on Advanced Practice Nursing. Geneva: International Council of Nurses; 2020.

[7] Griffiths P, Recio-Saucedo A, Dall’Ora C, et al. The association between nurse staffing and omissions in nursing care: a systematic review. J Adv Nurs. 2018;74(7):1474–87.

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