
“El cuidado es una forma de mantener vivo el mundo.”
Joan Tronto[1]
Hay sociedades que enferman lentamente sin apenas darse cuenta. No lo hacen únicamente por el aumento de determinadas patologías, por el envejecimiento poblacional o por la saturación de sus sistemas sanitarios. Enferman también cuando se deterioran los vínculos que permiten convivir, cuando la desconfianza sustituye al reconocimiento mutuo y cuando el sufrimiento ajeno deja de generar preocupación para convertirse en ruido de fondo. Porque la salud de una sociedad no depende exclusivamente de hospitales, tecnologías diagnósticas o avances farmacológicos. Depende también de su capacidad para cuidar y cuidarse[2].
Durante décadas se ha insistido en identificar la salud colectiva casi exclusivamente con la capacidad de curar enfermedades. Sin embargo, la evidencia científica lleva años mostrando que los factores que más condicionan la salud de las poblaciones no se encuentran únicamente en el ámbito biomédico, sino en las condiciones sociales, económicas, culturales y relacionales en las que transcurre la vida[3]. La desigualdad, la precariedad, la soledad, la exclusión, la violencia o la pérdida de apoyo social impactan de manera directa sobre la salud física y mental, incrementando mortalidad, sufrimiento y vulnerabilidad[4]. Y todos ellos tienen en común que expresan formas de ausencia de cuidado colectivo.
La pandemia de COVID-19 evidenció de manera descarnada esta realidad. No solo mostró las fortalezas y debilidades de los sistemas sanitarios, sino también el grado de cohesión o fragmentación de las sociedades. Allí donde existían redes comunitarias sólidas, confianza institucional y capacidad de protección mutua, la respuesta fue más resiliente. Allí donde predominaban la polarización, la desinformación o el individualismo extremo, el impacto social y emocional resultó mucho más devastador[5]. La pandemia actuó así como un enorme espejo social que permitió observar hasta qué punto muchas sociedades habían ido perdiendo capacidades básicas de cuidado compartido.
Sin embargo, una vez superada la fase más crítica de aquella emergencia, gran parte del debate público regresó rápidamente a la lógica de la confrontación permanente. Las redes sociales, determinados espacios políticos y buena parte de los medios de comunicación consolidaron un modelo de comunicación basado en el impacto emocional inmediato, el enfrentamiento constante y la simplificación extrema de la realidad. El ruido comenzó a ocupar casi todo el espacio.
Y el ruido no es inocuo. El ruido desgasta. Agota. Fragmenta. Dificulta pensar. Impide escuchar. Reduce la complejidad a consignas simples y transforma cualquier diferencia en una amenaza[6]. En sociedades sometidas permanentemente a dinámicas de confrontación emocional, resulta cada vez más difícil construir espacios comunes desde los que sostener proyectos colectivos, reconocer vulnerabilidades compartidas o generar confianza mutua. Todo parece empujar hacia la sospecha, el miedo o el rechazo del otro.
La consecuencia es profundamente paradójica. Nunca había existido tanta capacidad tecnológica para comunicarnos y, al mismo tiempo, nunca había resultado tan difícil encontrarse verdaderamente. Vivimos hiperconectados, pero crecientemente desvinculados. Rodeados de información, pero cada vez más incapaces de distinguir conocimiento de manipulación. Saturados de mensajes, pero empobrecidos de escucha[7].
Esta situación tiene consecuencias directas sobre la salud colectiva. Numerosos estudios muestran cómo el aislamiento social, la pérdida de apoyo comunitario y la erosión de la confianza social incrementan el riesgo de depresión, ansiedad, deterioro cognitivo, enfermedades cardiovasculares e incluso mortalidad prematura[8]. La soledad no deseada, considerada ya un importante problema de salud pública en numerosos países, no responde únicamente a la falta de compañía física. Tiene mucho que ver con la pérdida de pertenencia, reconocimiento y vínculo significativo[9].
Por eso resulta tan limitado reducir el cuidado a una cuestión doméstica, privada o exclusivamente sanitaria. El cuidado atraviesa toda la estructura social. Se expresa en cómo se organizan las ciudades, en cómo se construyen las políticas públicas, en cómo se debate, en cómo se educa, en cómo se informa y también en cómo se ejerce el poder. Una sociedad cuida cuando protege a quienes atraviesan situaciones de fragilidad, pero también cuando evita convertir la fragilidad en motivo de exclusión, desprecio o estigmatización[10].
Y quizá uno de los problemas más importantes de nuestro tiempo sea precisamente haber desvinculado el cuidado de la organización social y política, relegándolo a un plano secundario, emocional o incluso ingenuo. Como si cuidar fuese un gesto accesorio destinado únicamente a amortiguar daños producidos por dinámicas económicas, sociales o institucionales que se consideran inevitables. Sin embargo, cada vez existen más evidencias de que las sociedades con mayores niveles de cohesión social, confianza y protección comunitaria presentan mejores indicadores de salud, bienestar y esperanza de vida[11].
El problema es que el modelo cultural dominante lleva décadas impulsando justamente lo contrario. La competitividad extrema, el hiperindividualismo y la lógica productivista han ido debilitando progresivamente las redes de apoyo y pertenencia. El éxito se asocia a la autosuficiencia. La dependencia se interpreta como fracaso. La vulnerabilidad se invisibiliza o se convierte en mercancía emocional para consumo rápido. Y el tiempo necesario para cuidar aparece cada vez más amenazado por dinámicas de aceleración permanente[12].
En este contexto, cuidar comienza a percibirse casi como una forma de resistencia. Resistirse a la indiferencia. Resistirse a la deshumanización. Resistirse a la lógica que convierte a las personas en números, impactos o rendimientos. Porque cuidar exige detenerse, escuchar, comprender contextos y reconocer dignidad incluso cuando no existe utilidad inmediata. Y eso resulta profundamente contracultural en sociedades organizadas alrededor de la productividad, la inmediatez y la confrontación constante.
Precisamente por eso el cuidado no puede entenderse únicamente como una respuesta asistencial orientada a intervenir cuando el daño ya se ha producido. El cuidado constituye también una forma de convivencia. Una manera de relacionarnos con quienes nos rodean y de construir comunidad. Porque convivir no significa simplemente compartir espacios físicos o aceptar normas comunes. Convivir implica reconocer que la vida humana es interdependiente y que, en distintos momentos, todas las personas necesitaremos ser cuidadas, sostenidas o acompañadas[13].
Sin embargo, buena parte del discurso dominante continúa construyéndose sobre una idea ficticia de autonomía absoluta que presenta a las personas como individuos completamente independientes, responsables exclusivos de sus éxitos y fracasos. Esta mirada no solo invisibiliza las desigualdades estructurales que condicionan la vida, sino que debilita la propia idea de responsabilidad colectiva. Cuando todo se interpreta desde la lógica individual, el sufrimiento deja de entenderse como un problema social para convertirse en un fracaso personal.
La consecuencia de ello es visible en múltiples ámbitos. En el aumento de los discursos de odio y exclusión. En la banalización de la pobreza. En la creciente intolerancia hacia quienes piensan diferente. En la estigmatización de personas migrantes, mayores, jóvenes o vulneradas. En la normalización de la violencia verbal como forma de debate público. Y también en el agotamiento emocional de amplios sectores de la población que viven atrapados entre la incertidumbre, la precariedad y la sensación de abandono institucional[14].
No es casual que numerosos organismos internacionales hayan comenzado a alertar sobre el impacto que la polarización social y el deterioro de la cohesión comunitaria tienen sobre la salud mental y el bienestar colectivo[15]. La convivencia deteriorada genera miedo, ansiedad y desconfianza. Y cuando una sociedad deja de confiar, se fragmenta. Cada grupo comienza a percibir al otro no como alguien con quien convivir, sino como una amenaza frente a la que protegerse.
En ese escenario el cuidado desaparece progresivamente del espacio público. Ya no importa comprender, sino vencer. Ya no importa dialogar, sino imponerse. La complejidad se convierte en un problema porque obliga a pensar, matizar y escuchar. Por eso el ruido resulta tan eficaz: simplifica la realidad hasta convertirla en una sucesión de impactos emocionales inmediatos que dificultan cualquier reflexión profunda[16].
La evidencia sobre los denominados determinantes sociales de la salud es ya incontestable. Pero probablemente todavía no hemos asumido con suficiente profundidad la importancia de los determinantes morales y relacionales. Es decir, el impacto que tienen sobre la salud colectiva cuestiones como la indiferencia social, la pérdida de empatía, la humillación, la exclusión simbólica o la incapacidad de generar sentido comunitario[17]. Porque no basta con disponer de recursos materiales si las personas viven aisladas, invisibilizadas o permanentemente enfrentadas.
Por eso hablar de cuidado hoy supone mucho más que hablar de atención sanitaria o social. Supone preguntarnos qué tipo de sociedad estamos construyendo. Qué valores priorizamos. Qué formas de relación promovemos. Y qué consecuencias tiene convertir la confrontación permanente en el principal mecanismo de interacción pública.
En este sentido, las enfermeras comunitarias llevan décadas trabajando precisamente en aquellos espacios donde el deterioro del vínculo social se hace más visible. En domicilios donde la soledad pesa más que muchas enfermedades. En barrios atravesados por desigualdades estructurales. En familias agotadas por la precariedad o la dependencia. En adolescentes marcados por la incertidumbre y la fragilidad emocional. En personas mayores cuya principal patología es, muchas veces, la invisibilidad social. Y también en comunidades donde el sufrimiento no puede abordarse únicamente desde respuestas clínicas fragmentadas.
Pero también participando activamente en la construcción de comunidades saludables en el ámbito social, educativo, sanitario y comunitario, favoreciendo que los activos para la salud, las redes de apoyo y la coherencia social actúen como verdaderos dinamizadores de salud colectiva, articulando entornos más habitables, cohesionados y saludables.
Esa mirada comunitaria permite comprender algo tan esencial como que muchas veces el conflicto aparece allí donde previamente ha desaparecido el cuidado. Cuando las personas dejan de sentirse escuchadas, reconocidas o protegidas, aumentan la frustración, el miedo y el resentimiento. Y cuando el miedo se convierte en eje organizador de la convivencia, resulta mucho más sencillo alimentar discursos simplistas basados en el rechazo, la exclusión o la búsqueda de culpables.
Por eso cuidar también significa proteger espacios de encuentro, reconstruir confianza y fortalecer comunidad. Significa generar condiciones para que las personas puedan sentirse parte de algo compartido. Porque la salud colectiva no depende únicamente de reducir enfermedades, sino también de favorecer vidas dignas, habitables y socialmente vinculadas[18].
Recuperar el valor social del cuidado no significa promover sociedades ingenuas, paternalistas o exentas de conflicto. El conflicto forma parte inevitable de la convivencia humana. Las diferencias existen y seguirán existiendo. El verdadero problema aparece cuando desaparecen las condiciones mínimas que permiten gestionar esas diferencias sin destruir al otro. Y esas condiciones tienen mucho que ver con el cuidado.
Porque cuidar también es reconocer límites. Comprender que ninguna sociedad puede sostenerse indefinidamente desde el desprecio, la humillación o la indiferencia. Cuidar es asumir responsabilidad compartida sobre aquello que afecta al conjunto de la comunidad. Y eso incluye desde la protección de los sistemas públicos hasta la defensa de los vínculos sociales, el respeto a la diversidad o la construcción de espacios de diálogo real.
En este sentido, resulta especialmente preocupante la normalización de determinadas formas de comunicación pública basadas en la descalificación permanente, la simplificación extrema o la generación deliberada de miedo. El miedo moviliza emocionalmente, pero también deteriora la convivencia. Y una sociedad organizada desde el miedo acaba debilitando su propia salud democrática y comunitaria[19].
Cuando el otro deja de ser percibido como alguien digno de cuidado y reconocimiento para convertirse únicamente en adversario, amenaza o enemigo, se rompe algo mucho más profundo que la cordialidad social. Se rompe la posibilidad misma de construir comunidad. Porque ninguna sociedad puede mantenerse cohesionada si convierte sistemáticamente la fragilidad, la diferencia o la discrepancia en motivo de exclusión.
Uno de los grandes desafíos actuales no es únicamente económico, tecnológico o sanitario, sino profundamente ético y relacional. Recuperar la capacidad de convivir. Recuperar tiempos y espacios para escuchar. Recuperar la posibilidad de construir proyectos colectivos más allá de la lógica de bloques enfrentados. Y entender que cuidar no debilita a las sociedades; las hace más habitables, más justas y también más saludables.
La evidencia científica empieza a señalar que las intervenciones basadas en fortalecimiento comunitario, apoyo social y participación colectiva no solo mejoran bienestar subjetivo, sino que tienen impacto real sobre indicadores de salud, mortalidad y calidad de vida[20]. Las comunidades con mayores niveles de capital social presentan mejores resultados en salud, mayor resiliencia ante crisis y menor impacto de las desigualdades[21]. No se trata, por tanto, de una reflexión meramente filosófica o moral. Se trata también de una cuestión de salud pública.
Y sin embargo seguimos organizando gran parte de nuestras estructuras sociales desde parámetros que dificultan precisamente esos procesos de cuidado colectivo. Jornadas incompatibles con la vida personal, precarización de los vínculos, debilitamiento de las redes comunitarias, hiperdigitalización de las relaciones, mercantilización de prácticamente todas las dimensiones de la vida y progresiva sustitución del encuentro por el impacto inmediato. Todo ello configura sociedades crecientemente cansadas, irritadas y emocionalmente agotadas.
En medio de este contexto, el cuidado aparece muchas veces invisibilizado porque sus resultados no siempre son inmediatos ni fácilmente cuantificables. Cuidar requiere tiempo. Presencia. Escucha. Continuidad. Y precisamente por eso entra en contradicción con modelos organizativos obsesionados por la rapidez, la productividad o el rendimiento constante. Sin embargo, aquello que sostiene verdaderamente la vida raramente puede medirse únicamente mediante indicadores de eficiencia.
Las enfermeras lo saben bien. Especialmente quienes trabajan en el ámbito comunitario. Porque gran parte de su trabajo cotidiano consiste precisamente en sostener vínculos, acompañar procesos vitales complejos, detectar sufrimientos invisibles y fortalecer capacidades individuales, familiares y comunitarias. Un trabajo muchas veces silencioso y escasamente reconocido, pero profundamente transformador.
No porque las enfermeras sean depositarias exclusivas del cuidado —el cuidado, como patrimonio universal que es, compete a toda la sociedad—, sino porque el cuidado profesional constituye el núcleo epistemológico, ético y práctico de la enfermería. No es un añadido emocional ni una función subsidiaria de otros saberes. Es una práctica científica, relacional y comunitaria orientada a proteger la salud, sostener dignidad y acompañar la vida en toda su complejidad. No porque las enfermeras sean depositarias exclusivas del cuidado —el cuidado, como patrimonio universal que es, compete a toda la sociedad—, sino porque el cuidado profesional constituye el núcleo epistemológico, ético y práctico de la enfermería. No es un añadido emocional ni una función subsidiaria de otros saberes. Es una práctica científica, relacional y comunitaria orientada a proteger la salud, sostener dignidad y acompañar la vida en toda su complejidad.
Sin embargo, resulta profundamente paradójico que, pese a la enorme evidencia existente sobre los determinantes sociales y relacionales de la salud, sobre el impacto de los cuidados y sobre las propias competencias enfermeras en el ámbito familiar y comunitario, continúen formándose enfermeras fundamentalmente orientadas hacia modelos clínicos, hospitalarios y asistencialistas donde esta realidad social apenas se aborda de manera tangencial, secundaria o fragmentada.
De este modo, muchas universidades corren el riesgo de alejarse progresivamente de su compromiso social y comunitario para alinearse con dinámicas académicas y profesionales marcadas por el productivismo, el biologicismo y la lógica exclusivamente sanitaria. Modelos que priorizan procedimientos, tecnologías y respuestas inmediatas, pero que continúan relegando el cuidado entendido como intervención social, comunitaria y transformadora. Y hacerlo supone no solo empobrecer la formación enfermera, sino también limitar la capacidad de los sistemas de salud para responder a los verdaderos desafíos sociales, relacionales y comunitarios que condicionan hoy la salud colectiva. Y entender esto resulta fundamental en sociedades que continúan identificando la salud casi exclusivamente con tecnología, diagnóstico o intervención biomédica.
Curar es imprescindible. Pero no suficiente. Las sociedades también necesitan ser cuidadas. Necesitan espacios donde el sufrimiento pueda ser reconocido sin convertirse inmediatamente en espectáculo, estadística o confrontación política. Necesitan reconstruir confianza. Recuperar vínculos. Generar pertenencia. Y comprender que la convivencia no se sostiene únicamente mediante leyes o estructuras administrativas, sino también mediante formas cotidianas de reconocimiento mutuo.
Por eso resulta especialmente importante que el lema elegido este año por el Consejo Internacional de las Enfermeras (CIE) para el Día Internacional de las Enfermeras —“Nuestras enfermeras. Nuestro futuro. Las enfermeras empoderadas salvan vidas”— no quede reducido a una formulación simbólica o institucional vacía de contenido. Porque empoderar verdaderamente a las enfermeras no significa únicamente incrementar competencias técnicas o reforzar determinados espacios asistenciales. Significa reconocer plenamente el valor social, comunitario y transformador del cuidado profesional.
Y para ello resulta imprescindible incorporar la salud y los cuidados en todas las políticas. En las educativas, laborales, urbanísticas, sociales, universitarias, económicas y comunitarias. Porque gran parte de los problemas que hoy deterioran la convivencia y la salud colectiva no pueden abordarse únicamente desde respuestas clínicas o sanitarias fragmentadas. Requieren reconstruir tejido social, fortalecer redes comunitarias, generar entornos más habitables y recuperar el cuidado como elemento vertebrador de las relaciones humanas y de las propias comunidades.
Solo así el cuidado dejará de actuar exclusivamente como respuesta reparadora frente al daño para convertirse también en una verdadera herramienta de transformación social capaz de corregir, o al menos amortiguar, muchos de los efectos nocivos derivados de sociedades crecientemente polarizadas, aceleradas y emocionalmente agotadas.
[1] Teórica política feminista estadounidense que ayudó a desarrollar y a asentar las bases políticas del cuidado (1952).
[2] World Health Organization. Constitution of the World Health Organization. Geneva: WHO; 2023.
[3] Marmot M, Allen J, Goldblatt P, Herd E, Morrison J. Build Back Fairer: The COVID-19 Marmot Review. London: Institute of Health Equity; 2020.
[4] Wilkinson R, Pickett K. The Spirit Level: Why More Equal Societies Almost Always Do Better. London: Allen Lane; 2010.
[5] Kickbusch I, Sakellarides C, Novotny TE. Health diplomacy and the global response to COVID-19. BMJ. 2021;372:n595.
[6] Han BC. La sociedad del cansancio. Barcelona: Herder; 2022.
[7] Bauman Z. Modernidad líquida. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica; 2017.
[8] Holt-Lunstad J. Social connection as a public health issue: the evidence and a systemic framework for prioritizing the “social” in social determinants of health. Annu Rev Public Health. 2022;43:193-213.
[9] Organización Panamericana de la Salud. La soledad y el aislamiento social como prioridades de salud pública. Washington DC: OPS; 2023.
[10] Tronto JC. Caring Democracy: Markets, Equality, and Justice. New York: NYU Press; 2013.
[11] Kawachi I, Berkman LF. Social cohesion, social capital, and health. In: Berkman LF, Kawachi I, Glymour MM, editors. Social Epidemiology. 2nd ed. New York: Oxford University Press; 2014. p. 290-319.
[12] Rosa H. Alienación y aceleración. Buenos Aires: Katz Editores; 2016.
[13] Nussbaum MC. Crear capacidades: propuesta para el desarrollo humano. Barcelona: Paidós; 2012.
[14] Wilkinson R, Marmot M, editors. Social Determinants of Health: The Solid Facts. 2nd ed. Copenhagen: WHO Europe; 2003.
[15] World Health Organization. World Mental Health Report: Transforming Mental Health for All. Geneva: WHO; 2022.
[16] Innerarity D. La política en tiempos de indignación. Barcelona: Galaxia Gutenberg; 2015.
[17] Farmer P. Pathologies of Power: Health, Human Rights, and the New War on the Poor. Berkeley: University of California Press; 2005.
[18] Morgan A, Ziglio E. Revitalising the evidence base for public health: an assets model. Promot Educ. 2007;14(2_suppl):17-22.
[19] Levitsky S, Ziblatt D. How Democracies Die. New York: Crown; 2018.
[20] South J, Stansfield J, Amlôt R, Weston D. Sustaining and strengthening community resilience throughout the COVID-19 pandemic and beyond. Perspect Public Health. 2020;140(6):305-8.
[21] Putnam RD. Bowling Alone: The Collapse and Revival of American Community. New York: Simon & Schuster; 2000.








