
“No basta con hacer cosas, hay que hacerlas con sentido.”
Peter Drucker[1]
Cuestionarnos si estamos cuidando o simplemente cumpliendo no es una cuestión menor. No es un ejercicio retórico ni una provocación gratuita. Es una exigencia profesional. Y, sobre todo, una responsabilidad ética. Porque en esa diferencia se juega buena parte del sentido de lo que hacemos y del impacto real que tiene en la vida de las personas.
Cumplir es responder a lo esperado. Ajustarse a una tarea, a un protocolo, a un tiempo asignado. Implica hacer lo que corresponde, en el momento en que corresponde y de la manera en que está establecido. Cumplir garantiza orden, previsibilidad y, en muchos casos, seguridad. Pero cumplir no es, necesariamente, cuidar.
Cuidar es otra cosa. Cuidar implica comprender lo que está en juego más allá de la tarea. Supone interpretar la situación, incorporar el contexto, reconocer a la persona en su singularidad y actuar en consecuencia. Cuidar no se limita a ejecutar, sino que exige decidir. No se agota en la técnica, sino que la trasciende. No responde solo a lo que está indicado, sino a lo que es necesario.
Y ahí es donde radica el problema.
Porque en muchos contextos sanitarios actuales, el cuidado corre el riesgo de quedar reducido a cumplimiento. A una secuencia de actos encadenados, medibles, registrables y evaluables en términos de actividad, pero no necesariamente en términos de sentido. Se mide lo que se hace, pero no siempre lo que se logra. Se registra la intervención, pero no siempre su impacto.
La adecuación a modelos sanitarios caducos, la presión asistencial, la organización del trabajo, la cultura institucional y los modelos de gestión médico-mercantilistas han contribuido, en mayor o menor medida, a consolidar esta lógica. Una lógica en la que el tiempo se fragmenta, las agendas se saturan y las decisiones se simplifican para poder sostener el sistema. En ese contexto, cumplir se convierte en una forma de supervivencia profesional.
Pero tiene un coste. Cuando el cuidado se transforma en cumplimiento, se empobrece. Se vuelve previsible, repetitivo, descontextualizado. Pierde capacidad de adaptación y, con ello, pierde eficacia. Porque las personas no son protocolos, ni procesos lineales, ni problemas aislados, ni tampoco enfermedades. Son historias complejas, personales, únicas, atravesadas por múltiples factores que no caben en una guía clínica.
Diversos estudios han señalado cómo la sobrecarga de trabajo y la presión organizativa se asocian con la omisión de cuidados —lo que se ha denominado missed nursing care—, es decir, aquellos cuidados que se retrasan, se realizan de manera incompleta o directamente se dejan de hacer[2]. No se trata de negligencia, sino de un sistema que prioriza lo urgente sobre lo importante, lo medible sobre lo significativo.
Y en ese desplazamiento, el cuidado pierde centralidad.
Pero sería un error atribuirlo exclusivamente al sistema.
Porque, aunque el contexto condiciona, no determina completamente. Cada profesional, en cada interacción, sigue teniendo un margen —mayor o menor— para decidir cómo se posiciona ante lo que hace. Puede limitarse a cumplir o puede intentar cuidar. Puede reducir la intervención a la tarea o ampliar la mirada hacia la persona.
No siempre es fácil. No siempre es posible en las condiciones ideales. Pero tampoco es irrelevante y sobre todo, no es imposible.
Porque cuidar no es un añadido opcional a la práctica profesional. Es su núcleo. Y cuando ese núcleo se diluye, lo que queda puede seguir funcionando, pero deja de tener el sentido del cuidado.
Tal vez por eso la pregunta no es incómoda. Es necesaria.
¿Estamos cuidando o estamos cumpliendo?
La diferencia entre cumplir y cuidar no se resuelve en el plano teórico. Se decide en la práctica cotidiana.
Se decide cuando una técnica se realiza como una tarea más o como una intervención con sentido. Cuando una cura se limita a cerrar una herida o se convierte en una oportunidad para comprender cómo está viviendo la persona ese proceso. Cuando una extracción de sangre es un procedimiento más en la agenda o un momento en el que alguien expresa un miedo, una duda o una preocupación que no había verbalizado antes.
La técnica forma parte del cuidado. Pero no lo define.
Una misma intervención puede ser correcta desde el punto de vista técnico y, sin embargo, insuficiente desde el punto de vista del cuidado. No porque esté mal hecha, sino porque no incorpora a la persona en su totalidad. Porque no tiene en cuenta su contexto, su capacidad de afrontamiento, sus condiciones de vida o su red de apoyo. Y, pasa a ser, simplemente, un sujeto en el que intervenir mecánicamente.
Esto tiene implicaciones directas en la forma en que se organiza la práctica. Cuando el tiempo se estructura exclusivamente en torno a tareas, el margen para cuidar se reduce. La agenda no contempla la escucha, ni la incertidumbre, ni la complejidad. Y, sin embargo, es precisamente ahí donde se sitúan muchas de las necesidades reales de las personas. Y, es que el cuidado, no puede acotarse a fracciones temporales estandarizadas.
No es infrecuente que una consulta programada para un control termine abordando una situación de sobrecarga familiar, un problema de adherencia al tratamiento o una dificultad emocional que no figuraba en el motivo de consulta. Lo que inicialmente parecía una intervención sencilla se convierte en un proceso más complejo que requiere tiempo, atención y capacidad de adaptación.
La cuestión es qué se hace en ese momento.
Cumplir implicaría ceñirse a lo previsto, es decir, realizar la actividad programada, registrar los datos correspondientes y pasar a la siguiente persona. Cuidar implica detenerse, interpretar lo que está ocurriendo y decidir si es necesario modificar el plan inicial. No siempre es posible hacerlo con la profundidad e inmediatez deseadas, pero sí es posible reconocerlo y actuar en consecuencia.
Esta diferencia, aparentemente sutil, tiene un impacto relevante.
Diversas investigaciones han mostrado que los resultados en salud no dependen exclusivamente de las intervenciones biomédicas, sino también de factores relacionados con el contexto, la adherencia, la comprensión del proceso y la relación establecida con los profesionales[3], [4]. Ignorar estos elementos no los hace desaparecer. Los desplaza. Y cuando se desplazan, aparecen en forma de consultas repetidas, de abandonos, de complicaciones evitables o de procesos que no evolucionan como se esperaba.
Desde esta perspectiva, el cuidado no es algo secundario ni ornamental. Es una intervención con capacidad terapéutica propia.
Sin embargo, sigue siendo percibido con frecuencia como algo accesorio y prescindible. Como un complemento a lo que se considera central, el diagnóstico y el tratamiento médicos. Esta jerarquía, profundamente arraigada, condiciona tanto la percepción social como la organización de los servicios y, en ocasiones, la propia práctica profesional. No es casual.
El diagnóstico se nombra, el tratamiento se prescribe y ambos se registran con claridad. El cuidado, en cambio, no siempre se identifica, no siempre se mide y no siempre se reconoce como tal. Su valor queda diluido en la práctica cotidiana, a pesar de ser determinante en muchos procesos.
Recuperar su centralidad no pasa por añadir nuevas tareas, sino por resignificar las que ya se realizan.
Por entender que cada intervención puede ser una oportunidad de cuidado o una mera ejecución. Que la diferencia no está tanto en lo que se hace, sino en cómo y para qué se hace.
Y esa diferencia, aunque no siempre se registre, se percibe. La perciben las personas cuando se sienten escuchadas o ignoradas. Cuando comprenden lo que les ocurre o cuando salen con más dudas de las que tenían al entrar. Cuando perciben que alguien se ocupa y preocupa de su problema o cuando sienten que simplemente han pasado por un circuito.
En ese punto, el cuidado deja de ser una abstracción. Se convierte en experiencia y en vivencia.
Si algo ha contribuido a consolidar la confusión entre cuidar y cumplir es la jerarquía implícita que se ha establecido en torno a las intervenciones en salud.
Buena parte de los problemas de salud que las personas experimentan en su vida cotidiana no se resuelven exclusivamente con un diagnóstico correcto o con un tratamiento bien indicado. Se relacionan con la capacidad de afrontar la situación, con la adherencia a las recomendaciones, con las condiciones en las que se vive, con los apoyos disponibles y con el sentido que cada persona otorga a lo que le ocurre. En ese espacio, el cuidado es determinante.
Acompañar, escuchar con empatía a una persona con enfermedad crónica para que comprenda su proceso, integre los cambios necesarios y mantenga una vida lo más autónoma posible no es una tarea secundaria. Es una intervención terapéutica con impacto directo en su evolución[5]. Lo mismo ocurre cuando se aborda la sobrecarga de una persona cuidadora, la soledad no deseada o la dificultad para seguir un tratamiento en condiciones de vulnerabilidad social.
No hay fármaco que sustituya eso. Y, sin embargo, sigue siendo habitual que estas intervenciones no se reconozcan como tales. Que se perciban como un añadido, como un “extra” que se ofrece cuando hay tiempo o como una cualidad personal más que como una competencia profesional. O, aún peor, que se confundo la simpatía con el cuidado.
Esta percepción tiene consecuencias. Desplaza el foco de lo que realmente influye en muchos procesos de salud y refuerza una práctica centrada en lo visible, en lo inmediato y en lo cuantificable. Se actúa sobre el problema identificado, pero no siempre sobre los factores que lo sostienen.
Desde la práctica enfermera, esta lógica requiere ser revisada. No se trata de cuestionar el valor del diagnóstico o del tratamiento farmacológico, que son fundamentales en múltiples situaciones. Se trata de situarlos en su justo lugar y de reconocer que no agotan la respuesta necesaria.
El cuidado no se subordina al tratamiento. Se integra con él. En algunos casos, la intervención farmacológica forma parte del cuidado y contribuye a mejorar la situación de la persona. Pero no ocurre lo contrario. No se puede reducir el cuidado a la administración de un tratamiento ni supeditar su sentido a la existencia de una prescripción.
Esta distinción no es menor. Define el posicionamiento profesional y condiciona la práctica. Implica entender que la competencia enfermera no se limita a ejecutar indicaciones, sino que incluye la capacidad de valorar, decidir e intervenir en función de las necesidades de cuidado de las personas de manera autónoma.
En este marco, la capacidad de indicar determinadas intervenciones —incluidas las farmacológicas en los ámbitos en los que está reconocida— no responde a una ampliación de funciones, sino a una consecuencia lógica de la responsabilidad que se asume en el cuidado[6]. No se trata de sustituir a otros profesionales, sino de responder de manera más adecuada y oportuna a situaciones que forman parte de la práctica enfermera.
Sin embargo, la cuestión de fondo no es quién prescribe o quién indica. Es qué se considera relevante.
Mientras el valor de la intervención se mida prioritaria o exclusivamente en términos de diagnóstico y tratamiento, el cuidado seguirá siendo prescindible. Y con ello se perderá una parte sustancial de la respuesta que muchas personas necesitan.
Revisar esta jerarquía no es una cuestión corporativa. Es una cuestión de calidad de la atención. Es una cuestión profesional y es una cuestión política.
Plantear esta diferencia no es un ejercicio teórico. Es una cuestión de responsabilidad.
Porque cuando el cuidado se diluye en el cumplimiento, tiene consecuencias en la calidad de la atención, en los resultados en salud y en la experiencia de las personas. Pero también las tiene en la identidad profesional. Cuando el cuidado se reduce a tarea, la profesión se empobrece. Se vuelve predecible, sustituible y, en cierta medida, irrelevante.
No es un problema menor. Y no es ajeno a la propia práctica enfermera. Porque, más allá de los condicionantes estructurales, existe una responsabilidad individual y colectiva en la forma en que se entiende y se ejerce el cuidado. No basta con señalar las limitaciones del sistema. Es necesario revisar cómo nos posicionamos dentro de él. Qué decisiones tomamos, qué priorizamos y qué estamos dispuestos a sostener, incluso en condiciones adversas.
Diversos estudios han señalado que la omisión de cuidados no responde únicamente a la falta de tiempo o de recursos, sino también a la manera en que se organizan las prioridades en la práctica diaria1, [7]. Lo urgente desplaza a lo importante, lo técnico se impone a lo relacional y lo medible se prioriza sobre lo significativo.
Pero priorizar es una decisión. Y como tal, puede ser revisada.
No se trata de idealizar la práctica ni de ignorar las dificultades reales. Se trata de reconocer que el cuidado no es un añadido que se ofrece cuando es posible, sino el eje que debería orientar la intervención. Y que, en la medida en que se desplaza, se debilita la respuesta que se ofrece a las personas.
Recuperar el cuidado no implica hacer más. Implica hacer de otra manera. Implica resignificar la práctica cotidiana, otorgar valor a aquello que no siempre se mide y sostener una forma de intervenir que incorpore la complejidad de las personas, sus contextos y sus procesos. Implica también generar y utilizar conocimiento propio que permita fundamentar esas decisiones y evaluar su impacto4,5.
No es una tarea sencilla. Requiere tiempo, formación, reflexión, investigación y, en muchos casos, cuestionar inercias profundamente arraigadas. Requiere también asumir que no siempre se llega a todo y que, precisamente por eso, es necesario decidir qué no debería dejar de hacerse. Pero debemos ser las enfermeras quienes lo hagamos. Esperar que otros solucionen el problema del cuidado es otra forma de inacción, de pasividad, de indiferencia que impacta en la calidad de la atención y en la visibilidad de la especificidad enfermera.
En ese punto, la pregunta inicial deja de ser incómoda. Se convierte en necesaria. No para emitir un juicio, sino para orientar la práctica.
¿Estamos cuidando o estamos cumpliendo?
La respuesta no es única ni definitiva. Pero sí tiene una consecuencia clara.
Allí donde el cuidado se sostiene, la atención cobra sentido. Allí donde se pierde, todo lo demás puede seguir funcionando, pero deja de ser suficiente. Porque la vida se abre paso gracias a los cuidados.
[1] Consultor y profesor de negocios, tratadista austriaco, y abogado de carrera, considerado el mayor filósofo de la administración (también conocida como management) del siglo XX (1909-2005).
[2] Kalisch BJ, Landstrom GL, Hinshaw AS. Missed nursing care: a concept analysis. J Adv Nurs. 2009;65(7):1509–17.
[3] Street RL Jr, Makoul G, Arora NK, Epstein RM. How does communication heal? Pathways linking clinician–patient communication to health outcomes. Patient Educ Couns. 2009;74(3):295–301.
[4] Doyle C, Lennox L, Bell D. A systematic review of evidence on the links between patient experience and clinical safety and effectiveness. BMJ Open. 2013;3:e001570.
[5] Bodenheimer T, Lorig K, Holman H, Grumbach K. Patient self-management of chronic disease in primary care. JAMA. 2002;288(19):2469–75.
[6] ICN. Guidelines on Advanced Practice Nursing. Geneva: International Council of Nurses; 2020.
[7] Griffiths P, Recio-Saucedo A, Dall’Ora C, et al. The association between nurse staffing and omissions in nursing care: a systematic review. J Adv Nurs. 2018;74(7):1474–87.
Gracias José Ramón por este interesante artículo. Es fundamental replantearnos esto en el ejercicio profesional cotidiano de la enfermería. Debemos superar nuestra práctica tecnocéntrica y procedimental para comenzar a ejercer plenamente. Sigo pensando y reflexiono a partir de tu artículo que en definitiva, es necesario comprender que como garantes del derecho a la salud, la enfermería debemos tener la capacidad de decidir sobre las formas de atender y no solo cumplir, para que el cuidado se ejecute en todas sus dimensiones, se ejecute bien y se concrete para todos y en todo el territorio. Gracias por ello
Gracias a ti Silvia