
Vivimos un tiempo marcado por la aceleración tecnológica, la expansión de la inteligencia artificial y una forma de vivir cada vez más centrada en lo inmediato, lo individual y lo utilitario, el valor del cuidado corre el riesgo de diluirse. No como acto puntual, sino como fundamento de la convivencia.
Mientras la ciencia y la tecnología abren posibilidades inéditas, crecen también el cuestionamiento del conocimiento riguroso, la desconfianza hacia lo colectivo y la normalización de formas de relación basadas en la imposición, el desprecio o la indiferencia hacia quien es diferente. Se debilitan los vínculos, se endurecen los discursos y se tensiona el sentido mismo de la dignidad humana. En ese contexto, el cuidado no es una opción.
Cuidar implica escuchar, acompañar, comprender, respetar. Implica reconocer al otro como legítimo, incluso —y especialmente— cuando es distinto o vulnerado. Supone construir espacios de encuentro donde el consenso sea posible y donde la diferencia no se convierta en amenaza. El cuidado es una forma de organizar la vida social, política y profesional.
Cuando el cuidado se debilita, no solo se resienten las relaciones personales. Se resiente el tejido social en su conjunto.
Por eso, las enfermeras representan la mejor forma de entender y prestar el cuidado. Su identidad se sustenta en un conocimiento científico sólido y en una competencia que integra la dimensión biológica, psicológica, social y contextual. Generan salud en sentido amplio, atendiendo a las condiciones de vida y a los entornos en los que las personas nacen, crecen, trabajan, se relacionan, envejecen y mueren.
Cuando se cuestionan principios básicos como la universalidad de la atención, se rechaza y acosa al diferente o se banalizan situaciones de violencia y desigualdad, su aportación adquiere una relevancia especial. No desde el protagonismo o la exclusividad, ni desde la reivindicación corporativa, sino desde la práctica permanente de un cuidado profesional que responde con eficacia, calidad y calidez a necesidades cada vez más complejas.
Porque el cuidado promociona la salud, como forma de vida. Pero también contribuye a prevenir y evitar, cuando es posible, la enfermedad, acompañando en los procesos de recuperación, facilitando la rehabilitación y reinserción y, sobre todo, contribuyendo a que las personas y las comunidades desarrollen capacidades para cuidar de sí mismas y de los demás.
Ahí reside una de sus mayores fortalezas. En su capacidad para generar autonomía, para fortalecer, para transformar la relación entre las personas y su propia salud. Con ellas y para ellas, nunca a pesar de ellas.
En un mundo donde el hedonismo convive con la frustración, donde la radicalización desplaza al diálogo y donde la inmediatez sustituye a la reflexión, el cuidado introduce un tiempo distinto. Un tiempo que no se puede comprimir sin perder sentido. Un tiempo que exige presencia, compromiso y responsabilidad.
Frente a una lógica de eficacia entendida solo como rapidez o rendimiento, el cuidado aporta otra medida de valor. Aquella, que se expresa en bienestar, en dignidad, en calidad de vida. Aquella que no tiene listas de espera.
Por eso, en el Día Internacional que se celebra cada 12 de mayo, hablar de enfermeras no debe ser un ejercicio de elogio circunstancial ni de reconocimiento puntual. Tampoco una acumulación de adjetivos grandilocuentes ni de homenajes efímeros. Es la oportunidad para entender qué representan y por qué su presencia y aportación debe ser reconocida y valorada. Sin alaracas, pero con convicción. Sin palabras huecas, pero con honestidad.
Porque hacerlo, no es solo reconocer a un colectivo profesional. Es reconocer la centralidad del cuidado enfermero en una sociedad que, paradójicamente, lo necesita más que nunca. Es asumir que no hay salud posible sin cuidado y que no hay cuidado de calidad sin enfermeras formadas, comprometidas y presentes en todos los ámbitos donde la vida sucede.
Porque las enfermeras cuidan en los sistemas de salud, pero también en las escuelas, en los domicilios, en las comunidades, en los espacios donde la vulnerabilidad se hace visible y donde, a menudo, nadie más llega.
Y lo hacen sin distinción, sin seleccionar a quién merece o no ser cuidado. Esa es, quizá, una de las claves más relevantes en el momento actual. Cuando se introducen discursos que cuestionan la igualdad de derechos o que pretenden establecer categorías entre personas, el cuidado profesional enfermero se mantiene firme en el principio básico de que todas las personas merecen ser cuidadas. Sin excepciones.
Celebrar el Día Internacional de las Enfermeras, es mirarnos como sociedad y preguntarnos qué lugar ocupa el cuidado en nuestras decisiones, en nuestras prioridades y en nuestra forma de relacionarnos. Porque esta será la mejor manera de celebrar que contamos con enfermeras. Porque nada puede sustituir al cuidado. Y nadie puede vivir sin él.
En ese equilibrio entre ciencia y humanidad, entre conocimiento y compromiso, entre técnica y relación, las enfermeras no solo están presentes, son, sencillamente, insustituibles.
Efectivamente es necesario que la sociedad nos mire como profesionales en el cuidado de la salud y también que el gremio defienda esa postura.