
En marzo de 2024, la Unión Internacional de Ciencias Geológicas decidió no formalizar el Antropoceno como una época geológica oficial. Sin embargo, más allá de la nomenclatura, el concepto sigue siendo imprescindible para entender el tiempo que habitamos, una era definida por el impacto de la especie humana sobre el planeta.
Pero el problema no es tanto si el Antropoceno merece o no reconocimiento formal, sino qué estamos dispuestos a reconocer de nosotros mismos.
Porque el impacto humano sobre la Tierra no se limita a la degradación ambiental. No es solo la alteración de la atmósfera, la acidificación de los océanos o la extinción masiva de especies —la sexta ya en la historia del planeta—. Es también, y de manera cada vez más evidente, el impacto de una parte de la humanidad sobre el resto de la propia humanidad.
No estamos únicamente ante un fenómeno antropocéntrico global. Sería demasiado cómodo pensarlo así, como si todos fuéramos igualmente responsables. Lo que estamos viviendo tiene otra dimensión más inquietante como la acción de una minoría que, desde posiciones de poder, está imponiendo una lógica que podríamos denominar —sin pretensión científica— egoantropocéntrica. Una lógica que no solo depreda el planeta, sino que actúa directamente contra la diversidad humana, contra la convivencia y contra la propia idea de humanidad compartida.
Las señales son cada vez más visibles. Las políticas migratorias que vinculan movilidad con criminalidad. La estigmatización de culturas y creencias enteras bajo la sombra del terrorismo. La negación de la diversidad sexual y su progresiva criminalización. La construcción de un concepto de patria excluyente, uniforme, homogéneo. La banalización o negación de violencias estructurales como la de género. El resurgir de discursos misóginos y antifeministas que creíamos superados. El uso sistemático de mensajes populistas, simplificadores y emocionalmente manipuladores que sustituyen el pensamiento por consignas. Nada de esto es nuevo. Lo inquietante es su normalización.
Y ahí es donde aparece un elemento clave para entender lo que está ocurriendo: la estupidez humana. No como insulto, sino como categoría moral y política. Tal como describió Dietrich Bonhoeffer, la estupidez no es falta de inteligencia, sino renunciar a pensar. Es la decisión —consciente o no— de delegar el propio juicio en un líder, en un grupo, en una ideología, en un eslogan.
El estúpido, en este sentido, no es quien no sabe, sino quien ha decidido no querer saber por sí mismo. Y eso lo convierte en algo mucho más peligroso que la ignorancia. Porque al ignorante se le puede convencer con argumentos. Al estúpido no. Ha sustituido su razón por la de otro, y desde ese momento ya no hay diálogo posible. No contrasta, no cuestiona, no duda. Cree. Y en esa creencia se siente parte de algo superior, de algo correcto, de algo que justifica cualquier acción. Por eso la estupidez es el instrumento perfecto del poder.
Quienes toman decisiones que deterioran el planeta, que alimentan conflictos, que promueven la exclusión o la desigualdad, no actúan solos. Necesitan de una masa que legitime, que aplauda, que repita. Y esa masa no siempre es consciente de lo que está respaldando. Defiende con vehemencia ideas que no ha pensado, posiciones que no ha analizado, discursos que no le pertenecen o que incluso van en su contra.
No estamos ante una distopía. Estamos ante una realidad que avanza. Una realidad en la que la destrucción del entorno y la degradación de la convivencia humana caminan de la mano. En la que el negacionismo no es solo una postura intelectual, sino una herramienta de dominación. En la que la evidencia científica, los datos, los argumentos, pierden valor frente a la emoción, el miedo o la identidad grupal.
Pero, tal vez, lo peor es que la estupidez no se corrige con educación, ni con más información, ni con mejores argumentos. Porque no es un problema de conocimiento, sino de decisión. La decisión de pensar.
Pensar por uno mismo es incómodo. Obliga a cuestionar, a dudar, a aceptar la incertidumbre. A veces implica enfrentarse al propio entorno, salirse del grupo, asumir el coste de no encajar. Pensar es, en cierto modo, un acto de riesgo.
Pero no pensar lo es mucho más. Porque la renuncia al pensamiento propio no solo empobrece al individuo. Tiene consecuencias colectivas. Permite que prosperen modelos sociales excluyentes, políticas injustas y decisiones que comprometen el futuro común. Alimenta ese egoantropocentrismo que no solo destruye el planeta, sino que erosiona la base misma de la convivencia humana.
Posiblemente el verdadero desafío de nuestro tiempo sea recuperar algo mucho tan básico y al mismo tiempo tan complejo como la capacidad de pensar de manera autónoma.
Finalmente, no se trata tanto de etiquetas geológicas o debates académicos. Porque lo que está en juego no es cómo llamamos a esta era, sino qué tipo de humanidad decidimos ser en ella.