EL CUIDADO FRENTE AL RUIDO

Hay sociedades que enferman lentamente sin apenas darse cuenta. No lo hacen únicamente por el aumento de determinadas patologías o por la saturación de sus sistemas sanitarios. Enferman también cuando se deterioran los vínculos que permiten convivir, cuando la desconfianza sustituye al reconocimiento mutuo y cuando el sufrimiento ajeno deja de generar preocupación para convertirse en ruido de fondo. La salud de una sociedad no depende exclusivamente de hospitales, diagnósticos o avances tecnológicos. Depende también de su capacidad para cuidar y cuidarse.

            La pandemia de COVID-19 evidenció esta realidad de manera clara. Donde existían redes comunitarias sólidas, confianza institucional y capacidad de protección mutua, la respuesta fue más resiliente. Donde predominaban la polarización, la desinformación o el individualismo extremo, el impacto social y emocional resultó mucho más devastador. Pero apenas terminó la emergencia sanitaria, gran parte del debate público regresó rápidamente a la lógica de la confrontación permanente.

            Las redes sociales, determinados espacios políticos y buena parte de los medios de comunicación consolidaron un modelo basado en el impacto emocional inmediato, la simplificación extrema y el enfrentamiento constante. El ruido comenzó a ocupar casi todo el espacio. Y el ruido no es inocuo. Desgasta. Agota. Fragmenta. Dificulta pensar y escuchar. Convierte cualquier diferencia en amenaza y cualquier matiz en sospecha.

            En este sentido, resulta especialmente preocupante la normalización de determinadas formas de comunicación pública basadas en la descalificación permanente, la simplificación extrema o la generación deliberada de miedo.

            La consecuencia es profundamente paradójica. Nunca habíamos tenido tanta capacidad tecnológica para comunicarnos y, al mismo tiempo, nunca había resultado tan difícil encontrarse verdaderamente. Vivimos hiperconectados, pero crecientemente desvinculados. Saturados de mensajes, pero empobrecidos de escucha.

            Por eso resulta tan limitado reducir el cuidado a una cuestión doméstica o exclusivamente sanitaria. El cuidado atraviesa toda la estructura social. Se expresa en cómo se educa, cómo se gobierna, cómo se informa, cómo se debate y también en cómo se ejerce el poder. Una sociedad cuida cuando protege a quienes sufren situaciones de fragilidad, pero también cuando evita convertir esa fragilidad en motivo de exclusión, desprecio o estigmatización.

            En este contexto, cuidar comienza a percibirse casi como una forma de resistencia. Resistirse a la indiferencia. Resistirse a la deshumanización. Resistirse a la lógica que convierte a las personas en números, impactos o rendimientos. Porque cuidar exige tiempo, presencia, escucha y continuidad. Y precisamente por eso entra en contradicción con modelos obsesionados por la rapidez, la productividad y el rendimiento constante.

            Las enfermeras comunitarias lo saben bien. Porque trabajan precisamente allí donde el deterioro del vínculo social se hace más visible. En domicilios donde la soledad pesa más que muchas enfermedades. En familias agotadas por la precariedad o la dependencia. En adolescentes atravesados por la incertidumbre emocional. En personas adultas mayores cuya principal patología es muchas veces la invisibilidad social. Pero también construyendo comunidades saludables, fortaleciendo redes de apoyo y favoreciendo que los activos comunitarios actúen como verdaderos dinamizadores de salud colectiva, articulando entornos más habitables, cohesionados y saludables.

            Esa mirada comunitaria permite comprender algo tan esencial como que muchas veces el conflicto aparece allí donde previamente ha desaparecido el cuidado. Cuando las personas dejan de sentirse escuchadas, reconocidas o protegidas, aumentan la frustración, el miedo y el resentimiento. Y cuando el miedo se convierte en eje organizador de la convivencia, resulta mucho más sencillo alimentar discursos simplistas basados en el rechazo, la exclusión o la búsqueda de culpables.

            Por eso cuidar también significa proteger espacios de encuentro, reconstruir confianza y fortalecer comunidad. Significa generar condiciones para que las personas puedan sentirse parte de algo compartido. Porque la salud colectiva no depende únicamente de reducir enfermedades, sino también de favorecer vidas dignas, habitables y socialmente vinculadas

            Curar es imprescindible. Pero no suficiente. Las sociedades también necesitan ser cuidadas. Necesitan comprender que la convivencia no se sostiene únicamente mediante leyes o estructuras administrativas, sino también mediante formas cotidianas de reconocimiento mutuo.

            El lema elegido este año por el Consejo Internacional de las Enfermeras —“Nuestras enfermeras. Nuestro futuro. Las enfermeras empoderadas salvan vidas”— no debería quedarse en una simple declaración institucional. Empoderar verdaderamente a las enfermeras significa reconocer el valor social, comunitario y transformador del cuidado profesional.

            Pero también significa algo más profundo como incorporar la salud y los cuidados en todas las políticas. En las educativas, laborales, universitarias, sociales, urbanísticas y comunitarias. Porque gran parte de los problemas que hoy deterioran la convivencia y la salud colectiva no pueden resolverse únicamente desde respuestas clínicas fragmentadas. Requieren reconstruir tejido social, fortalecer comunidades y recuperar el cuidado como elemento vertebrador de nuestras relaciones humanas.

            Solo así el cuidado dejará de actuar exclusivamente como respuesta reparadora frente al daño para convertirse también en una verdadera herramienta de transformación social capaz de corregir, o al menos amortiguar, muchos de los efectos nocivos de sociedades crecientemente polarizadas, aceleradas y emocionalmente agotadas.

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