LA DIFICULTAD DE ENTENDER LOS CUIDADOS

                                   “Cuando alguien te escucha de verdad, sin juzgarte, sin intentar asumir la responsabilidad por ti, sin intentar moldearte, es extraordinariamente reconfortante.”

Carl Rogers[1]

 

         

            Hay relaciones profesionales que duran quince minutos y permanecen durante años en la memoria de las personas. No porque en ellas se realizara una técnica especialmente compleja, se tomara una decisión extraordinaria o se produjera un hallazgo clínico inesperado. Permanecen porque, en algún momento de aquel encuentro, alguien se sintió comprendido, escuchado, acompañado o capaz de afrontar una realidad que hasta entonces parecía inabordable.

            Sin embargo, lo más llamativo es que gran parte de lo que sucede en esos encuentros rara vez aparece reflejado en una historia de salud, o lo hace de manera difusa o incompleta. Quedan registrados los datos clínicos, las constantes, los procedimientos realizados, los diagnósticos, los tratamientos o las recomendaciones. Mucho más difícil resulta registrar la confianza construida, la seguridad recuperada, la capacidad de adaptación fortalecida o el alivio que experimenta una persona cuando deja de sentirse sola frente a aquello que le preocupa.

            Tal vez por eso una de las aportaciones más importantes de las enfermeras siga siendo también una de las menos visibles o cuanto menos reconocibles.

            Cuando se habla de enfermería es frecuente que la atención se centre en las técnicas, los procedimientos o las competencias clínicas. Resulta lógico. Son actividades visibles, identificables y relativamente fáciles de explicar. Pero reducir la práctica enfermera a ese ámbito supone ignorar una parte esencial de lo que la hace singular. Porque las enfermeras no solo realizan intervenciones. También establecen relaciones profesionales que constituyen en sí mismas una herramienta terapéutica, educativa y clínica de indudable valor.

            Y esta afirmación resulta importante. No estamos hablando de simpatía, amabilidad o buena disposición personal. Tampoco de una cualidad innata vinculada a determinados rasgos de carácter. La relación profesional del cuidado no surge espontáneamente ni depende exclusivamente de la personalidad de quien la desarrolla. Es una competencia construida sobre conocimiento científico, experiencia, capacidad de valoración, habilidades comunicativas, razonamiento clínico y compromiso ético.

            A pesar de ello, continúa existiendo una enorme dificultad para reconocerla como una intervención profesional con valor propio.

            Probablemente porque el cuidado arrastra una paradoja histórica de difícil resolución. Todos los seres humanos cuidan y necesitan ser cuidados. El cuidado forma parte de la experiencia universal de la vida. Está presente en las familias, en las amistades, en las comunidades y en las relaciones cotidianas que permiten sostener la existencia. Sin embargo, precisamente porque cuidar parece algo tan natural, se ha tendido a pensar que cualquier forma de cuidado es equivalente. Y no lo es.

            El cuidado universal y el cuidado profesional comparten una misma raíz humana, pero responden a lógicas diferentes. El primero se sustenta fundamentalmente en los vínculos afectivos, la experiencia vital y el compromiso personal. El segundo incorpora además conocimiento científico, juicio clínico, responsabilidad ética y capacidad para intervenir sobre las respuestas humanas ante la salud, la enfermedad, la dependencia, la incertidumbre o la muerte. No sustituye al cuidado familiar o comunitario, pero tampoco puede confundirse con él.

            La enfermería ha desarrollado precisamente ese espacio profesional donde el conocimiento científico y la experiencia humana se encuentran. Un espacio en el que la persona deja de ser únicamente portadora de una enfermedad para convertirse en alguien que vive, interpreta y responde a aquello que le ocurre de manera única.

            La Organización Mundial de la Salud recuerda que las enfermeras constituyen el mayor grupo profesional de los sistemas de salud y desempeñan un papel decisivo en la mejora de los resultados en salud, la equidad y la cobertura sanitaria universal. Sin embargo, la relevancia cuantitativa de la profesión no siempre se corresponde con una comprensión adecuada de la naturaleza de su aportación[1].

            Quizá porque seguimos asociando el valor sanitario a aquello que puede verse con facilidad. Un diagnóstico tiene nombre. Una prueba ofrece resultados. Un medicamento produce efectos observables. Una intervención quirúrgica transforma una situación concreta de forma inmediata. La práctica relacional enfermera, por el contrario, suele actuar de manera menos llamativa. Sus efectos aparecen en la confianza generada, en la autonomía preservada, en la adherencia a los tratamientos, en la capacidad de adaptación o en el sufrimiento evitado.

            De hecho, los modelos contemporáneos de calidad asistencial reconocen cada vez con mayor claridad que la relación terapéutica constituye un elemento central de la atención. El Fundamentals of Care Framework identifica precisamente la relación entre profesional y persona como uno de los pilares sobre los que se construye un cuidado de calidad, junto a la integración de necesidades físicas, emocionales y sociales y a la existencia de contextos organizativos adecuados[2].

            No se trata, por tanto, de un añadido humanizador a la asistencia. Se trata de una intervención profesional basada en evidencia que aporta humanización, que es radicalmente diferente.

            Precisamente esta es una de las cuestiones más relevantes. Porque cuanto más se profundiza en el conocimiento de los cuidados, más evidente resulta que la salud no depende exclusivamente de aquello que se hace sobre las personas, sino también, cuando no sobre todo, de aquello que se construye con ellas.

            Las enfermeras llevan décadas trabajando precisamente en ese espacio. Un espacio donde la información se transforma en comprensión, donde la dependencia puede convertirse en autonomía, donde la incertidumbre encuentra acompañamiento y donde las personas recuperan parte del control sobre sus propias vidas.

            Sin embargo, esa aportación continúa siendo una de las menos valoradas y, con frecuencia, una de las menos comprendidas de los sistemas de salud.

            Muchos profesionales intervienen sobre problemas específicos. Las enfermeras, además, acompañan trayectorias vitales. Con frecuencia son quienes permanecen cuando desaparece la urgencia, cuando concluye el ingreso hospitalario, cuando finaliza una intervención o cuando una persona debe aprender a convivir con una enfermedad crónica, una limitación funcional o una nueva realidad personal y familiar. Esa continuidad permite observar aspectos que difícilmente pueden percibirse desde encuentros aislados. Permite identificar cambios sutiles, interpretar mejor las circunstancias que rodean a las personas, anticipar dificultades y adaptar las intervenciones a las circunstancias reales de cada persona.

            La longitudinalidad, uno de los elementos más valiosos de la Atención Primaria y Comunitaria, encuentra aquí buena parte de su sentido. Porque las personas no viven su salud como una sucesión de episodios independientes. La viven como una experiencia continua en la que enfermedad, salud, trabajo, familia, economía, relaciones sociales, expectativas y proyectos vitales aparecen profundamente entrelazados.

            Por eso resulta insuficiente entender el cuidado exclusivamente como un conjunto de actividades o procedimientos. Cuidar profesionalmente implica entender cómo las personas viven aquello que les ocurre y cómo responden a ello. Implica reconocer que dos personas con un mismo diagnóstico pueden experimentar situaciones completamente diferentes y necesitar respuestas distintas. Implica aceptar que la salud nunca puede interpretarse al margen de las circunstancias en las que las personas desarrollan sus vidas.

            Y precisamente el contexto constituye una de las dimensiones más olvidadas cuando se habla de cuidados.

            Durante mucho tiempo hemos tendido a atribuir la calidad del cuidado únicamente a las competencias de las enfermeras. Sin embargo, la evidencia muestra que los entornos organizativos, las condiciones laborales, la disponibilidad de recursos, los modelos de gestión e incluso las prioridades políticas influyen de manera decisiva en la capacidad para prestar cuidados de calidad[3].

            No cuida igual una enfermera que dispone de tiempo para conocer a las personas que otra obligada a encadenar consultas bajo una presión asistencial constante. No cuida igual quien trabaja en equipos cohesionados que quien lo hace en estructuras fragmentadas donde la coordinación resulta insuficiente. No cuida igual quien dispone de autonomía profesional y estabilidad que quien desarrolla su actividad en condiciones marcadas por la precariedad, la jerarquización o la incertidumbre.

            El entorno en el que se desarrollan los cuidados no es un escenario neutro. Forma parte de los propios cuidados.

            Y esta realidad tiene consecuencias importantes. Significa que cuando una organización reduce sistemáticamente los tiempos disponibles, prioriza exclusivamente indicadores de actividad, ignora el liderazgo enfermera y su capacidad de gestión o interpreta la eficiencia únicamente como incremento de productividad, está condicionando inevitablemente la manera en que se desarrollan las relaciones terapéuticas que sustentan los cuidados.

            La dificultad para reconocer el valor de los cuidados tiene también raíces culturales e históricas profundas. Durante siglos, el cuidado fue identificado con actividades femeninas desarrolladas en el ámbito doméstico, asociadas a la entrega, la vocación o la obligación moral sin reconocimiento de ningún tipo. Mientras tanto, el conocimiento legítimo se vinculaba a espacios académicos, científicos y acotados a los hombres. Lo que se curaba adquiría prestigio. Lo que cuidaba se naturalizaba.

            Aunque los sistemas de salud han cambiado enormemente, algunas de esas inercias continúan presentes.

            El cuidado incomoda cuando deja de ser percibido como ayuda y se afirma como conocimiento. Incomoda cuando abandona el lugar de la obediencia y ocupa el espacio de la deliberación profesional. Incomoda porque cuestiona una visión de la salud excesivamente centrada en la enfermedad y recuerda que las personas no son únicamente cuerpos que deben ser diagnosticados o tratados, sino seres humanos que necesitan comprender, adaptarse, decidir, convivir con la incertidumbre y desarrollar proyectos de vida incluso en contextos de fragilidad.

            Pero también incomoda porque pone en cuestión un modelo profundamente medicalizado de los sistemas de salud, construido históricamente alrededor del protagonismo casi exclusivo de la medicina y de determinadas relaciones de poder asociadas a dicho protagonismo. Desde esta perspectiva, en ocasiones, el desarrollo del cuidado profesional enfermero se interpreta erróneamente como una amenaza a espacios tradicionales de influencia y control, cuando en realidad constituye una oportunidad para enriquecer la respuesta de salud mediante enfoques complementarios. Quizá esta tensión ayude a comprender algunas de las resistencias, recelos o comportamientos erráticos que todavía hoy mantienen determinados sectores frente al avance científico, profesional y competencial de las enfermeras.

            Sin embargo, el verdadero problema no radica en la existencia de diferentes disciplinas o saberes. La salud necesita diversidad de conocimientos. Necesita diagnósticos, tratamientos, rehabilitación, promoción de la salud, prevención, investigación y cuidados. El problema aparece cuando uno de esos saberes pretende erigirse en medida exclusiva de todos los demás.

            Porque la salud humana es demasiado compleja para ser comprendida desde una única mirada por mucho que se insista en que es exclusiva, porque automáticamente deriva en excluyente.

            Pero, precisamente ahí es donde la relación terapéutica enfermera adquiere toda su relevancia.

            La enfermería lleva más mucho tiempo construyendo conocimiento para comprender ese espacio donde se encuentran la salud, la experiencia humana y las condiciones que las rodean. Florence Nightingale ya evidenció que la recuperación de las personas no dependía exclusivamente de la enfermedad que padecían, sino también de las condiciones ambientales, sociales y organizativas que rodeaban los cuidados[4]. Su legado fue mucho más allá de la imagen simplificada que a menudo se transmite de ella. Introdujo observación sistemática, análisis de resultados y una visión integral que vinculaba persona, entorno y salud.

            Décadas después, autoras como Virginia Henderson, Hildegard Peplau, Dorothea Orem o Callista Roy contribuyeron a consolidar un cuerpo de conocimiento orientado a explicar cómo las personas responden a los procesos de salud y enfermedad, cómo desarrollan capacidades para cuidar de sí mismas y cómo la relación terapéutica puede convertirse en una intervención profesional con efectos tangibles sobre la salud.

            Sin embargo, la historia del pensamiento enfermero no puede explicarse únicamente desde referentes anglosajones. Aunque sus aportaciones han sido fundamentales, el desarrollo de la disciplina también se ha nutrido de manera decisiva de corrientes iberoamericanas que incorporaron perspectivas relacionadas con la salud comunitaria, la participación social, la educación para la salud, la interculturalidad, la equidad y los determinantes sociales desde sus contextos singulares tan alejados de la realidad anglosajona. Buena parte de la comprensión actual de los cuidados como práctica científica, ética y transformadora procede también de esa tradición iberoamericana que ha sabido conectar la atención a las personas con las realidades sociales, culturales y comunitarias en las que desarrollan sus vidas[5].

            Quizá por ello resulte especialmente llamativo que todavía hoy persistan visiones que continúan identificando el cuidado como una actividad secundaria dentro de los sistemas de salud. Porque cuanto más avanza el conocimiento científico, más evidente resulta que las necesidades de las personas rara vez pueden resolverse exclusivamente mediante intervenciones técnicas o farmacológicas.

            Las sociedades contemporáneas afrontan desafíos crecientes que no pueden abordarse únicamente desde una lógica centrada en la enfermedad. Todos requieren conocer cómo viven las personas aquello que les ocurre, qué recursos poseen, qué limitaciones afrontan y qué capacidades pueden desarrollar para mejorar su salud y su bienestar.

            En este escenario, la relación terapéutica que caracteriza a los cuidados enfermeros deja de ser un complemento de la atención para convertirse en una necesidad estratégica.

            No se trata de sustituir intervenciones, sino de integrarlas en la experiencia real de las personas. De poco sirve un tratamiento excelente si quien debe seguirlo no lo comprende, no dispone de recursos para aplicarlo o no encuentra apoyo para incorporarlo a su vida cotidiana. De poco sirve un diagnóstico preciso si la persona continúa sintiéndose sola, desorientada o incapaz de afrontar las consecuencias de aquello que le ocurre. De poco sirve la mejor tecnología si no existe una relación profesional capaz de traducirla en decisiones comprensibles y significativas.

            Quizá por eso las personas recuerdan con frecuencia aspectos diferentes de los que suelen registrar los sistemas sanitarios. Recuerdan quién les ayudó a entender una situación compleja. Quién permaneció cuando aparecieron las dudas. Quién les permitió recuperar confianza. Quién les enseñó a convivir con una enfermedad. Quién les acompañó cuando ya no era posible curar, pero seguía siendo imprescindible cuidar.

            Nada de ello responde a una visión romántica o idealizada de la enfermería, ni a figuras estereotipadas como los ángeles o las heroínas. Al contrario. Constituye una expresión de su complejidad científica y profesional.

            Porque cuidar profesionalmente no consiste en ser más amable, más cercana o más simpática que otras personas, como tradicionalmente se identifica. Consiste en utilizar el conocimiento, la experiencia, la evidencia científica y la relación terapéutica para ayudar a las personas, las familias y las comunidades a afrontar situaciones que afectan a su salud y a sus vidas, aunque no se relacione con la prestación de los cuidados enfermeros.

            Tal vez ahí resida una de las mayores fortalezas de la enfermería y, al mismo tiempo, una de las razones que explican su persistente falta de reconocimiento. Los cuidados suelen actuar de manera menos aparente. Su éxito no se mide únicamente por aquello que hacen las enfermeras, sino también por aquello que las personas consiguen hacer gracias a ellas. Aparece en la autonomía conservada, en las complicaciones evitadas, en la capacidad de adaptación fortalecida, en el sufrimiento reducido o en la calidad de vida preservada[6].

            Son logros que rara vez ocupan titulares. Tampoco suelen convertirse en símbolos visibles de progreso sanitario. Ni ocupan la atención mediática. Pero resultan imprescindibles para que la salud pueda desarrollarse más allá de los límites de los hospitales, las consultas o las pruebas diagnósticas.

            Por eso, quizá la pregunta más importante no sea por qué las enfermeras siguen reclamando reconocimiento. Tal vez la verdadera pregunta sea por qué la sociedad continúa teniendo tantas dificultades para valorar aquello que sostiene la vida cotidiana.

            Vivimos en una época fascinada por la velocidad, la tecnología y los resultados inmediatos. Sin embargo, muchas de las necesidades que más condicionan la salud requieren exactamente lo contrario, es decir, poder gestionar adecuadamente el tiempo, continuidad, presencia, escucha, acompañamiento y construcción de confianza. Requieren relaciones.

            Y esa es precisamente la materia prima con la que trabajan las enfermeras.

            El carácter diferencial de su aportación no reside únicamente en las técnicas que realizan, en las competencias que desarrollan o en los espacios donde ejercen. Reside en su capacidad para transformar la relación profesional en una herramienta de salud. Una herramienta capaz de conectar conocimiento científico y experiencia humana, evidencia y realidad cotidiana, autonomía y apoyo, enfermedad y proyecto vital.

            Es decir, aquello que permite que una persona vuelva a sentirse capaz de vivir con mayor seguridad, autonomía y dignidad.

            Y esa transformación, constituye una de las expresiones más complejas, rigurosas y profundamente humanas de la práctica profesional enfermera.

[1] World Health Organization. State of the world’s nursing 2025: investing in education, jobs, leadership and service delivery. Geneva: World Health Organization; 2025.

[2] Kitson AL. The Fundamentals of Care Framework as a point-of-care nursing theory. Nurs Res. 2018;67(2):99-107.

[3] Aiken LH, Sloane DM, Ball J, Bruyneel L, Rafferty AM, Griffiths P. Patient satisfaction with hospital care and nurses in England: an observational study. BMJ Open. 2018;8(1):e019189.

[4] Nightingale F. Notes on Nursing: What It Is, and What It Is Not. London: Harrison; 1860.

[5] Castrillón MC. La dimensión social de la práctica de enfermería. Medellín: Universidad de Antioquia; 1997.

[6] Kitson A, Conroy T, Wengström Y, Profetto-McGrath J, Robertson-Malt S. Defining the fundamentals of care. Int J Nurs Pract. 2010;16(4):423-434.

ALGORITMOS Y CUIDADOS: QUIÉN MARCARÁ EL RITMO

              La irrupción de la inteligencia artificial está transformando nuestra forma de vivir a una velocidad difícil de imaginar hace apenas unos años. Los algoritmos ya deciden qué información recibimos, qué contenidos aparecen en nuestras pantallas, qué productos se nos ofrecen e incluso qué rutas seguimos para desplazarnos. Su capacidad para procesar enormes cantidades de datos y anticipar comportamientos ha convertido a la tecnología en una herramienta de valor incalculable para amplios ámbitos de la vida.

            La salud y los cuidados no son ajenos a esta transformación. Cada vez resulta más frecuente escuchar que la inteligencia artificial permitirá diagnósticos más precisos, mejor organización de los recursos, atención más eficiente y mayor capacidad para anticipar riesgos y problemas. Se trata de avances indudablemente positivos que pueden contribuir a mejorar la calidad de vida de millones de personas y que sería absurdo rechazar desde posiciones nostálgicas o tecnófobas.

            Sin embargo, el entusiasmo que despiertan estas innovaciones no debería impedirnos plantear una pregunta fundamental: ¿qué ocurre cuando la lógica de los algoritmos comienza a influir en la forma en que entendemos y practicamos el cuidado?

            La cuestión es importante porque cuidar no es simplemente resolver problemas o aplicar soluciones eficaces. Cuidar implica reconocer a la persona en toda su complejidad, comprender que detrás de cada necesidad existe una historia, unas circunstancias, unos temores, unas expectativas y una manera particular de afrontar las dificultades. El cuidado no consiste únicamente en actuar correctamente desde un punto de vista técnico; consiste en acompañar, escuchar, interpretar y responder a aquello que no puede expresarse mediante datos o indicadores.

            Los algoritmos poseen una extraordinaria capacidad para calcular, clasificar y predecir. Pero precisamente ahí aparece su principal limitación. Los algoritmos pueden procesar información sobre las personas, pero no pueden comprender plenamente lo que significa ser una persona. Esta diferencia no es un matiz filosófico sin importancia. Constituye el núcleo mismo del debate sobre el futuro de los cuidados.

            Vivimos en una sociedad que parece cada vez más fascinada por la velocidad, la eficiencia y la capacidad de medir resultados. Se valora aquello que puede cuantificarse con facilidad y se tiende a considerar secundario aquello que escapa a los indicadores. Sin embargo, algunas de las dimensiones más importantes del cuidado pertenecen precisamente a este segundo ámbito.

            Cualquiera que haya atravesado una situación de enfermedad, dependencia, fragilidad, sufrimiento o de afrontamiento de salud, sabe que no siempre basta con recibir una respuesta técnicamente correcta. En muchos momentos resulta igualmente importante sentirse escuchado, comprendido y acompañado. Lo que se busca no es únicamente una solución, sino la seguridad de que existe alguien dispuesto a reconocer la dimensión humana de aquello que está ocurriendo.

            Por eso el verdadero desafío no consiste en decidir entre tecnología o cuidado, como si ambas realidades fueran incompatibles. El problema aparece cuando comenzamos a asumir que la lógica de la tecnología debe convertirse también en la lógica del cuidado. Cuando la rapidez se transforma en el criterio dominante. Cuando la estandarización sustituye a la personalización. Cuando la eficiencia desplaza a la relación.

            La cuestión de fondo tiene que ver con los ritmos. Los algoritmos operan a velocidades extraordinarias porque han sido diseñados para ello. Las personas, en cambio, tienen otros tiempos. Tiempos para comprender una información difícil, para asumir una pérdida, para adaptarse a una nueva situación o para afrontar una enfermedad. El sufrimiento no sigue patrones matemáticos. La esperanza tampoco. Ni el miedo, ni la aceptación, ni la capacidad de recuperación.

            Cuidar implica precisamente reconocer esos ritmos y adaptar la respuesta a las necesidades concretas de cada persona. Significa entender que no todos necesitan lo mismo, ni del mismo modo, ni en el mismo momento. Supone aceptar que existen aspectos esenciales de la experiencia humana que no pueden acelerarse sin empobrecerse.

            Por eso la pregunta relevante no es hasta dónde llegará la inteligencia artificial, sino quién marcará el ritmo de los cuidados en el futuro. Si serán los algoritmos quienes determinen la manera en que debemos atender a las personas o si, por el contrario, seremos capaces de utilizar toda la potencia de la tecnología sin renunciar a aquello que da sentido al cuidado.

            La inteligencia artificial puede ayudarnos, pero ninguna tecnología puede sustituir la capacidad humana para comprender el sufrimiento, construir confianza, ofrecer consuelo o acompañar a alguien en momentos de vulnerabilidad.

            En definitiva, el reto no consiste en humanizar las máquinas. Las máquinas no necesitan humanidad. El reto consiste en evitar que la fascinación por la tecnología termine deshumanizando nuestra forma de cuidar. Porque los algoritmos pueden ayudarnos a ver más lejos, pero el cuidado sigue siendo la única herramienta capaz de ayudarnos a ver más profundamente. De cómo seamos capaces de equilibrar ambas dimensiones dependerá no solo el futuro de los sistemas de salud, sino también la calidad humana de la sociedad que estamos construyendo.

EL ESPECTÁCULO DE LA CONFRONTACIÓN

La sanidad vuelve a convertirse en escenario de una representación política en la que los problemas reales quedan relegados a un segundo plano. Lo ocurrido en el último Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud, con el desplante protagonizado por consejeros autonómicos a la ministra de Sanidad, es un ejemplo más de cómo determinados responsables políticos parecen haber asumido que la confrontación permanente resulta más rentable que el diálogo institucional.

            Lo preocupante no es únicamente la imagen transmitida. Lo verdaderamente grave es el mensaje político que encierra.

            El conflicto abierto por una parte de los médicos en relación con la reforma del Estatuto Marco está siendo utilizado de forma claramente oportunista para construir una batalla paralela contra el Ministerio de Sanidad. Una estrategia que pretende presentar como un problema de diálogo ministerial lo que en realidad es un conflicto laboral muy concreto, protagonizado por organizaciones sindicales médicas que han decidido mantener una huelga que no ha sido secundada por el resto de sindicatos presentes en la mesa de negociación y que ahora amenazan con hacerla indefinida.

            Conviene recordar un hecho omitido frecuente y deliberadamente, como es que la reforma del Estatuto Marco es una competencia del Ministerio de Sanidad y su elaboración ha sido objeto de negociación con todas las organizaciones sindicales representadas en la mesa correspondiente. Se podrá estar de acuerdo o no con el resultado, pero el procedimiento seguido forma parte de las reglas democráticas que rigen las relaciones laborales en las administraciones públicas.

            Por eso resulta difícil entender que quienes tienen la responsabilidad de gestionar los servicios de salud de sus respectivas comunidades autónomas decidan convertir el Consejo Interterritorial en una herramienta de presión política.

            La justificación ofrecida resulta además especialmente débil. Argumentar que las consecuencias de la reforma recaerán sobre las autonomías no explica el abandono del debate, sino más bien lo contrario. Si realmente consideran que determinadas medidas pueden afectar a la organización de sus servicios sanitarios, el lugar para plantearlo es precisamente el órgano donde deben discutirse y buscarse soluciones conjuntas.

            La contradicción se vuelve todavía más evidente cuando observamos que algunas de las comunidades cuyos responsables han protagonizado este gesto mantienen desde hace tiempo conflictos laborales con los propios médicos en sus territorios. Huelgas, protestas y reivindicaciones que no tienen como destinatario al Ministerio de Sanidad, sino a las correspondientes consejerías autonómicas. Resulta difícil sostener entonces que el origen de todos los problemas se encuentre exclusivamente en el ministerio.

            Pero existe una segunda cuestión aún más preocupante. Con su actuación, estos responsables políticos no están defendiendo el conjunto del sistema sanitario ni los intereses generales de la ciudadanía. Están alineándose explícitamente con las reivindicaciones de una parte concreta de un colectivo profesional.

            Este matiz es importante. Porque constantemente se intenta trasladar la idea de que todo el colectivo médico comparte las mismas posiciones cuando la realidad es mucho más compleja. La exigencia de un estatuto específico y diferenciado, así como de condiciones singulares al margen del resto de profesionales de la salud, no constituye una reivindicación unánime ni mucho menos representa al conjunto de quienes trabajan en el sistema sanitario.

            Sin embargo, la imagen proyectada por algunos consejeros es la de asumir como propias esas demandas al exigir al Ministerio que modifique su posición para satisfacerlas.

            Con ello no solo legitiman unas reivindicaciones discutibles desde la perspectiva de la equidad profesional, sino que contribuyen a reforzar la capacidad de presión de determinados grupos corporativos cuya influencia histórica sobre las decisiones sanitarias ha sido más que evidente.

            Cabe preguntarse si la función de quienes dirigen las políticas de salud consiste en actuar como representantes institucionales de toda la ciudadanía o como portavoces de los intereses particulares de determinados colectivos profesionales.

            Si la respuesta se inclina hacia lo segundo, la sanidad deja de ser una política pública para convertirse en un espacio de intercambio de favores, presiones y cálculos partidistas.

            La salud no puede gestionarse desde la lógica del enfrentamiento permanente. Mucho menos desde la instrumentalización de los órganos creados precisamente para favorecer el acuerdo. El Consejo Interterritorial nació para coordinar, dialogar y construir consensos entre administraciones. Transformarlo en una arena de confrontación política supone vaciarlo de contenido y debilitar una de las pocas estructuras capaces de garantizar cierta cohesión en un sistema sanitario altamente descentralizado que presenta crecientes desigualdades entre territorios, evidentes problemas de eficacia y notables ineficiencias, circunstancias que deberían obligar a una profunda reflexión sobre el rumbo del sistema y las responsabilidades de quienes lo gestionan, en lugar de alimentar conflictos corporativos o utilizarlos como arma política.

            Quienes ocupan las consejerías de sanidad no han sido designados para alimentar disputas ni para utilizar la salud como arma política. Han sido nombrados para resolver problemas, gestionar con responsabilidad y defender el interés general.

            Todo lo demás es simplemente una demostración de impotencia política disfrazada de firmeza institucional.

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