
Cuando Steven Spielberg llevó Parque Jurásico al cine no solo imaginó la posibilidad de devolver la vida a unos animales extinguidos. Construyó una metáfora sobre la arrogancia humana. La convicción de que era posible recuperar el pasado, encerrarlo en un espacio controlado y utilizarlo para satisfacer intereses presentes. Sin embargo, los dinosaurios nunca aceptaron los límites que les habían impuesto. No entendían de parques temáticos ni de exhibiciones. Aquellos territorios artificiales chocaban con su propia naturaleza y el experimento acababa convirtiéndose en un desastre.
La política española ha inaugurado su particular Parque Jurásico.
Resulta cada vez más frecuente ver cómo antiguos presidentes, exdirigentes y viejas figuras de prácticamente todo el espectro político reaparecen para reclamar un protagonismo que el tiempo, la democracia y los propios ciudadanos ya habían situado en otro lugar. Algunos son recuperados por sus partidos con la esperanza de aprovechar el prestigio acumulado durante años. Otros, sencillamente, deciden regresar por iniciativa propia, convencidos de que siguen siendo imprescindibles para orientar el rumbo político del país.
No se conforman con ocupar un lugar en la memoria colectiva. Aspiran a seguir determinando el presente.
Uno de ellos se definió como un «jarrón chino»: una pieza valiosa que todos admiran pero que nadie sabe muy bien dónde colocar. La metáfora era lúcida, porque el verdadero valor de un referente histórico no consiste en ocupar permanentemente el centro de la escena, sino en aceptar que existen nuevas generaciones llamadas a construir respuestas para problemas distintos.
Lo paradójico es que quien así se definió acabó renunciando a su propia condición de «jarrón chino». Decidió regresar al primer plano político, recuperar el protagonismo institucional y volver a desempeñar un papel que parecía haber quedado definitivamente atrás. Con ello no solo desdibujó el sentido de su propia metáfora, sino que terminó convirtiéndose en un ejemplo más de ese Parque Jurásico político donde algunos antiguos dirigentes parecen incapaces de aceptar que su tiempo ya pasó. Y, a la vista de los resultados obtenidos en ese intento de resurrección política, tampoco puede afirmarse que el experimento haya resultado especialmente exitoso.
Ese es precisamente el problema. Muchos de estos viejos dirigentes parecen haber olvidado que el mejor legado de un líder no consiste en permanecer indefinidamente sobre el escenario, sino en saber abandonarlo cuando corresponde.
Intervienen para desautorizar públicamente las decisiones de sus propios partidos. Marcan líneas ideológicas al margen de quienes hoy ostentan la responsabilidad política. Critican a sus sucesores con una dureza que raramente emplearon frente a sus adversarios. Imparten instrucciones, dentro y fuera de su ámbito político para que quien pueda que haga al margen de las urnas. Alimentan conflictos internos que debilitan a las organizaciones que un día dirigieron y, en ocasiones, provocan tensiones institucionales e incluso diplomáticas con declaraciones que después ni él ni nadie desautoriza ni rectifica.
Otros incluso se resisten a abandonar el poder y tratan de regresar a los cargos que ya ocuparon, como si la experiencia acumulada fuera un derecho preferente para volver a gobernar. Confunden trayectoria con propiedad, liderazgo con patrimonio y reconocimiento con permanencia.
El liderazgo democrático tiene fecha de inicio, pero también debe tener capacidad para aceptar su final. Saber retirarse constituye una de las mayores demostraciones de grandeza política. Permanecer siempre disponible para intervenir, corregir, condicionar o desautorizar transmite justamente lo contrario, la incapacidad para asumir que la sociedad cambia, que los problemas evolucionan y que quienes hoy toman decisiones poseen la misma legitimidad democrática que tuvieron quienes les precedieron.
La experiencia merece respeto. Nadie sensato cuestiona el valor de quien dedicó años al servicio público o protagonizó momentos decisivos de nuestra historia reciente. Escuchar a quienes gobernaron puede aportar perspectiva, prudencia y memoria institucional. Pero una cosa es aconsejar cuando se solicita y otra muy distinta ejercer una tutela permanente sobre quienes fueron elegidos para decidir. El pasado no puede convertirse en una hipoteca del presente.
Cada generación política debe responder a los desafíos de su tiempo sin sentirse permanentemente vigilada por quienes se resisten a abandonar el escenario. La renovación no constituye una amenaza para la democracia, sino una de sus principales garantías. Cuando los antiguos dirigentes se convierten en actores permanentes del debate político, la alternancia pierde sentido y las organizaciones corren el riesgo de quedar atrapadas entre la nostalgia y el inmovilismo.
Por eso el verdadero problema no es que existan viejos líderes dispuestos a opinar. El problema aparece cuando creen que su opinión debe prevalecer sobre la legitimidad de quienes hoy representan la voluntad de los ciudadanos. Cuando el pasado pretende gobernar el presente deja de ser experiencia para convertirse en un obstáculo.
Como en Parque Jurásico, los dinosaurios nunca entendieron que el mundo que habían conocido ya no existía. El problema no era haberlos recuperado, sino creer que podían convivir indefinidamente con una realidad distinta sin generar conflictos.