EL PREJUICIO DE HUMANIZAR Entre la ciencia, el género, la religión y la identidad enfermera

“El prejuicio es una carga que confunde el pasado, amenaza el futuro y hace inaccesible el presente.”

Maya Angelou[1]

 Humanizar el cuidado no es hacerlo menos científico

            Las palabras cuando se utilizan por rutina, desconocimiento o conveniencia, terminan perdiendo su verdadero significado. Humanización es una de ellas. Aparece en planes estratégicos, congresos, jornadas, programas formativos y declaraciones institucionales. Hablamos de humanizar espacios, organizaciones, tecnologías y cuidados. Paradójicamente, cuanto más utilizamos el término, menos claro parece estar qué queremos decir.

            La confusión comienza cuando humanidad y humanización se utilizan como sinónimos. La humanidad pertenece a nuestra condición de seres humanos y remite también, en su dimensión moral, a cualidades relacionadas con la sensibilidad hacia los demás. La humanización de la atención es otra cosa. No describe simplemente una cualidad personal ni equivale a ser amable, afectuoso o buena persona. Hace referencia a una manera de concebir, organizar y desarrollar la atención que reconoce a la persona en su integridad, singularidad, dignidad, autonomía, contexto, relaciones, valores y derechos. La investigación reciente identifica precisamente dimensiones relacionales, comunicativas, profesionales y organizativas como componentes y condiciones del cuidado humanizado[2].

            La diferencia no es semántica. Tiene consecuencias profesionales. Una enfermera puede ser extraordinariamente amable y desarrollar unos cuidados escasamente humanizados si decide sistemáticamente por la persona, ignora sus preferencias, infantiliza su capacidad de decisión o permite que el protocolo sustituya al juicio profesional. Y puede tener que comunicar una realidad dolorosa, establecer límites o realizar una intervención desagradable y hacerlo desde un cuidado profundamente humanizado si reconoce autonomía, dignidad, contexto y capacidad de decisión.

            Humanizar, por tanto, no consiste en añadir humanidad a quien supuestamente carece de ella. Tampoco en incorporar una capa emocional a una intervención técnicamente correcta. Supone preguntarnos cómo cuidamos y qué lugar ocupa realmente la persona en aquello que hacemos.

            Cuando humanizar parece significar «ser más buenos

            No todas las enfermeras reconocen la humanización como una dimensión necesaria del cuidado profesional. En determinados discursos genera rechazo, desconfianza o, cuando menos, incomodidad. Para algunas, hablar de humanización, compasión, emociones, espiritualidad o acompañamiento parece introducir elementos subjetivos, sentimentales o escasamente científicos en una profesión que ha realizado un enorme esfuerzo por construir y reivindicar su identidad como disciplina científica.

            Conviene detenerse en esta reacción porque no puede despacharse atribuyéndola simplemente a falta de sensibilidad o de comprensión. Si queremos entenderla, tendremos que preguntarnos qué la genera y, sobre todo, qué estamos transmitiendo cuando hablamos de humanización para que pueda ser interpretada de esa manera.

            Una parte del problema puede encontrarse precisamente en haber representado la humanización como una versión edulcorada del cuidado como sonreír, coger una mano, escuchar, acompañar, mostrarse cariñoso. Acciones que pueden formar parte de una relación cuidadora, naturalmente, pero que ni definen ni garantizan por sí mismas la humanización.

            Probablemente quienes la defendemos tengamos también alguna responsabilidad en esa reducción. Hemos acumulado términos como empatía, compasión, emociones, espiritualidad, presencia, acompañamiento o dignidad hasta construir, en ocasiones, un territorio ambiguo donde ciencia, ética, moral, sentimientos, religiosidad y buena voluntad parecen confundirse.

            Surgen entonces preguntas que es preciso analizar. ¿Qué hay detrás de ese rechazo? ¿Una concepción determinada de lo que significa ser ciencia? ¿El temor a regresar a una Enfermería identificada con vocación, entrega y abnegación? ¿La asociación histórica del cuidado con lo femenino y doméstico? ¿El peso que la religión ha ejercido sobre conceptos como compasión, espiritualidad o sacrificio? ¿O quizá nuestra propia incapacidad para explicar que la humanización no constituye un adorno emocional del cuidado, sino una dimensión profesional susceptible de fundamentación científica, ética y filosófica?

            La respuesta a todas ellas debe ser rigurosa, no defensiva. La compasión constituye un buen ejemplo. Una revisión sistemática reciente, que sintetiza 18 estudios cualitativos y las perspectivas de 485 participantes, muestra que estamos ante un constructo complejo que integra conocimientos, habilidades, actitudes y atributos relacionales concretos del cuidado. La compasión profesional no es sinónimo de lástima, piedad o conmiseración. Implica reconocer y comprender el sufrimiento y desarrollar una respuesta ante él[3]. Por tanto, puede formar parte de tradiciones religiosas, pero no pertenece a ninguna religión.

            Algo parecido ocurre con la espiritualidad. Religión y espiritualidad pueden relacionarse para determinadas personas, pero no son equivalentes. Sentido, esperanza, trascendencia, valores, vínculos, pérdida o significado de la experiencia pueden estar presentes tanto en una persona creyente como en quien no lo es. Una revisión sistemática y metaanálisis que incluyó 35 estudios y 17.786 enfermeras confirma que el cuidado espiritual constituye un campo de competencias profesionales susceptible de aprendizaje y evaluación, aunque su variabilidad conceptual obliga precisamente a evitar afirmaciones grandilocuentes[4].

            Separar estos conceptos de la religión no significa vaciarlos. Significa recuperarlos para el conocimiento, la ética y el cuidado profesional.

            Ciencia y humanización: un falso enfrentamiento

            Uno de nuestros mayores errores puede ser aceptar siquiera el dilema que enfrenta ciencia y humanización.

            Si humanizar fuese únicamente sensibilidad, afecto o buena voluntad, podría considerarse un complemento deseable pero prescindible de la competencia científica. Primero haríamos correctamente nuestro trabajo y después, si quedase tiempo, añadiríamos humanidad. Pero esa secuencia contiene una trampa.

            La ciencia permite identificar problemas, interpretar evidencias, valorar alternativas y anticipar riesgos. Sin embargo, la evidencia no puede decidir por sí sola qué resultado considera valioso una persona, qué riesgo está dispuesta a asumir o qué significado atribuye a aquello que está viviendo. Humanizar no supone abandonar la ciencia. Supone evitar que la ciencia sea utilizada para borrar a la persona a la que pretende servir.

            Además, no estamos necesariamente ante cualidades innatas. Una revisión de 25 revisiones sobre formación en empatía, compasión y comunicación centrada en la persona concluye que estas capacidades pueden desarrollarse mediante aprendizaje experiencial, práctica deliberada, reflexión, debriefing y retroalimentación[5].

            Así mismo, una revisión sistemática específica en estudiantes de Enfermería identifica igualmente resultados favorables mediante simulación, role-playing y otras estrategias dirigidas al desarrollo de competencias emocionales[6].

            No hablamos, pues, simplemente de «tener buen corazón». Hablamos de competencias profesionales.

            La ética no decora el cuidado

            Algo similar sucede con la ética. Podemos cumplir escrupulosamente un procedimiento y vulnerar la autonomía. Aplicar correctamente una escala y no escuchar. Proporcionar información y dificultar la decisión. Prevenir un riesgo anulando innecesariamente la libertad. Preservar la intimidad física mientras ignoramos la dignidad. Incluso podemos actuar buscando el bien de una persona sin haber preguntado qué entiende esa persona por su propio bien.

            La ética no aparece únicamente ante grandes conflictos. Está presente cuando entramos sin llamar; cuando hablamos de alguien delante de esa persona como si no estuviera; cuando sustituimos su nombre por un diagnóstico; cuando utilizamos un lenguaje incomprensible; cuando interpretamos una negativa como falta de colaboración; cuando confundimos adherencia con obediencia.

            Humanización y ética no son sinónimos, pero tampoco pueden vivir de espaldas. La ética pregunta qué debemos hacer y por qué. La humanización obliga además a preguntarnos cómo, con quién y desde qué relación lo hacemos. Una humanización sin ética puede degenerar en cordialidad, estética o marketing institucional. Una ética desvinculada de relación y contexto puede terminar convertida en una colección de principios impecables incapaces de orientar el cuidado cotidiano.

            La beneficencia lo demuestra. Una revisión integradora reciente la relaciona con bienestar, dignidad y cuidado, pero identifica también problemas para delimitar el concepto y trasladarlo a situaciones concretas. El problema comienza cuando “hacer el bien” significa “yo sé cuál es tu bien”[7]. Ahí aparece el paternalismo. Y las enfermeras no somos inmunes a él. “Es por su bien” ha justificado demasiadas decisiones tomadas sin las personas.

            Pero combatir el paternalismo tampoco significa abandonar a alguien bajo la frase «usted decide». La autonomía no sucede en el vacío. Decidimos atravesados por relaciones, información, miedo, cultura, condiciones económicas, dependencias y desigualdades. La autonomía relacional cuestiona precisamente la falsa oposición entre decidir por alguien y dejarlo solo ante la decisión[8]. Respetar la autonomía significa generar condiciones para comprender, preguntar, deliberar, expresar incertidumbres y participar realmente. Por eso una firma puede acreditar un consentimiento. No necesariamente una relación éticamente adecuada.

            Y es aquí donde la filosofía deja de ser una especulación alejada de la práctica. Podemos cuidar sin citar filósofos, pero no podemos hacerlo sin asumir —consciente o inconscientemente— alguna concepción de persona, dignidad, libertad, autonomía, vulnerabilidad, responsabilidad o justicia. La cuestión no es, por tanto, si la filosofía entra en el cuidado, sino si somos capaces de reconocer desde qué filosofía estamos cuidando.

            Género, religión y viejos fantasmas profesionales

            Existe otra resistencia que debemos afrontar y que se concreta en la asociación entre humanización, feminidad y domesticidad.

            La Enfermería ha sido históricamente una profesión feminizada y el cuidado fue construido socialmente como prolongación de supuestas cualidades naturales de las mujeres: paciencia, entrega, sensibilidad, obediencia, abnegación y sacrificio. Aquello que requiere conocimiento y competencia quedó convertido en virtud femenina. Y aquello que supuestamente es natural no necesita ciencia, formación ni reconocimiento profesional.

            Los estereotipos por tanto persisten. Una revisión integradora de 27 estudios identifica simultáneamente la representación de la Enfermería como profesión femenina, con escasa autonomía, cualificación y consideración social, y el cuestionamiento de la masculinidad y adecuación profesional de los hombres enfermeros[9].

            Otra revisión muestra que la discriminación de género continúa afectando a la profesión y condicionando experiencias y oportunidades laborales[10]. Desde esa herencia puede comprenderse que determinados discursos sobre ternura, compasión, emociones o acompañamiento sean interpretados, también por algunos enfermeros, como un regreso simbólico a espacios domésticos feminizados. Pero combatir esa herencia despreciando aquello que fue feminizado supone aceptar la premisa que pretendíamos combatir.

            Escuchar no es femenino. Dominar tecnología no es masculino. Acompañar no pertenece a las mujeres. Deliberar éticamente tampoco a los hombres. Comprender el sufrimiento no disminuye la capacidad científica. Por tanto, no es necesario masculinizar simbólicamente el cuidado para hacerlo científico. Necesitamos demostrar científicamente su complejidad, respetando su feminidad.

            La religión —o, más exactamente, determinadas instituciones y tradiciones religiosas— plantea un problema relacionado. Superar una Enfermería construida históricamente alrededor de vocación, caridad, sacrificio, resignación y obediencia era imprescindible. Pero hacerlo no exige expulsar del cuidado todo concepto que una religión haya incorporado, adaptado o instrumentalizado. La compasión no necesita fe. La espiritualidad no exige religión. El acompañamiento no implica sacrificio. La resignación no equivale a aceptación. Y cuidar no significa, en ningún caso, obedecer.

            El paradigma biomédico no es el enemigo

            Es necesario, también evitar caricaturas. El conocimiento biomédico ha contribuido extraordinariamente a comprender enfermedades, establecer diagnósticos, desarrollar tratamientos y aumentar supervivencia. La Enfermería necesita ese conocimiento. Una enfermera que desconozca fisiopatología, farmacología, epidemiología o evidencia clínica no será mejor cuidadora por saber escuchar. Sin embargo, conocer un paradigma no obliga a asumirlo como identidad disciplinar.

            Dos personas pueden compartir diagnóstico, edad y tratamiento y necesitar cuidados radicalmente diferentes porque enfermedad y experiencia de enfermar no son equivalentes. Ahí debería hacerse visible la mirada enfermera. El problema no es asumir procedimientos cada vez más complejos ni aumentar nuestra capacidad resolutiva. Aparece cuando consideramos que cuanto más se aproxima nuestra actividad a aquello que tradicionalmente realizó la medicina, mayor es nuestro desarrollo profesional, mientras relación, Educación para la Salud, acompañamiento o cuidado continúan pareciendo actividades menores.

            La identidad profesional no se construye únicamente acumulando funciones. La investigación la describe como un fenómeno dinámico, influido por formación, experiencias, relaciones, pertenencia y contexto profesional[11]. La paradoja sería buscar nuestra autonomía mediante la imitación del paradigma del que pretendemos diferenciarnos, renunciando desde el mismo la humanización del cuidado y el cuidado mismo.

            Lo que puede medirse y lo que merece conocerse

            La Enfermería necesita medir. Necesita indicadores, resultados, instrumentos validados, investigación cuantitativa, ensayos y revisiones sistemáticas. Pero no todo lo importante puede conocerse de la misma manera.

            Sufrimiento, soledad, confianza, miedo, esperanza, dependencia o significado de una enfermedad no dejan de existir porque resulte difícil convertirlos en una variable. Pueden y deben investigarse rigurosamente. Confundir rigor científico con cuantificación constituye un reduccionismo. Pero utilizar la complejidad como excusa para formular afirmaciones imposibles de contrastar constituye el reduccionismo contrario.

            No basta con afirmar que escuchar cura, que la empatía transforma, que la espiritualidad sana o que la compasión mejora los cuidados. Debemos definir conceptos, estudiar mecanismos, determinar circunstancias y evaluar resultado. La humanización necesita ciencia precisamente para no convertirse en retórica.

            Y es precisamente la investigación enfermera la que debe hacer también autocrítica. No podemos reclamar evidencia para aquello que cuestionamos y conformarnos con afirmaciones débiles cuando coinciden con aquello que deseamos defender. La revisión sistemática de Reyes-Téllez, À. et al sobre humanización que venimos utilizando identificó 744 registros y solamente 27 estudios cumplieron finalmente los criterios de inclusión, con una notable heterogeneidad de intervenciones y contextos. Eso no demuestra que la humanización carezca de evidencia. Demuestra que necesitamos mejorarla2.

            Definir mejor los constructos. Utilizar instrumentos válidos. Combinar metodologías cuantitativas y cualitativas según la pregunta. Incorporar la experiencia de las personas. Porque investigar la humanización exclusivamente desde aquello que las enfermeras creemos que significa ser humanizadas encierra una contradicción difícilmente justificable. La humanización no puede ser una autocalificación profesional.

            Cuando humanizar se convierte en protocolo

            También podemos burocratizar aquello que pretendíamos proteger. Casillas para acreditar que hemos informado. Ítems para verificar que hemos escuchado. Indicadores para demostrar empatía. Planes de atención centrada en la persona elaborados sin la persona. Unidades declaradas humanizadas en organizaciones donde las decisiones continúan tomándose lejos de quienes proporcionan y reciben cuidados. No necesitamos otra etiqueta. Necesitamos coherencia.

            La evidencia identifica entre las barreras para humanizar la insuficiente formación, las condiciones laborales y la escasa implicación institucional2.

            La literatura iberoamericana confirma además que infraestructura, recursos, confianza, individualización y condiciones organizativas resultan fundamentales para materializar el cuidado humanizado[12]. Por eso resulta contradictorio exigir empatía mientras se cronometra la atención. Pedir escucha mientras aumenta la presión. Hablar de personalización mientras se estandariza indiscriminadamente. Reivindicar continuidad mientras se fragmentan los cuidados. Promover bienestar profesional mientras se normaliza el agotamiento. No puede depositarse sobre las enfermeras la obligación moral de humanizar aquello que la organización contribuye estructuralmente a deshumanizar.

            Quizá también lo estamos explicando mal

            Llegados aquí debemos asumir nuestra parte de responsabilidad. Porque puede suceder que quienes defendemos la humanización también la hemos explicado mal.

            Acumulamos humanización, empatía, compasión, espiritualidad, dignidad, presencia, acompañamiento y cuidado integral como si su sola pronunciación demostrara su valor. Y es evidente que no es suficiente.

            ¿Qué hace exactamente una enfermera cuando cuida compasivamente? ¿Cómo distinguimos empatía de simpatía? ¿Qué entendemos por espiritualidad? ¿Cómo sabemos que respetamos la dignidad? ¿Quién decide que un cuidado está humanizado: ¿quién lo proporciona, quien lo recibe o la institución. Estas preguntas no debilitan la humanización. La hacen científicamente defendible.

            La universidad, por su parte, tiene aquí una enorme responsabilidad. Humanizar no debería ser una asignatura añadida al currículo, porque eso transmitiría que primero aprendemos a ser enfermeras y posteriormente incorporamos humanidad. Cuando enseñamos una técnica debemos incorporar información, participación, intimidad y autonomía. Cuando enseñamos Educación para la Salud debemos preguntarnos si buscamos empoderamiento u obediencia. Cuando enseñamos seguridad debemos analizar cuándo proteger se convierte en controlar. Cuando enseñamos Atención Basada en la Evidencia debemos integrar valores, preferencias y contexto. Cuando enseñamos tecnología debemos preguntarnos qué aporta al cuidado y qué puede deteriorar de la relación. Y cuando enseñamos ética debemos sacarla de los grandes dilemas para introducirla en cada decisión cotidiana.

            La evidencia educativa apoya precisamente la incorporación longitudinal de empatía, compasión y comunicación centrada en la persona mediante práctica deliberada, reflexión, simulación y retroalimentación5,6.  La humanización no debería constituir un tema del programa. Debería formar parte de la manera de enseñar Enfermería.

            Humanizar tampoco significa rechazar la tecnología

            En la actualidad, la expansión tecnológica y de la inteligencia artificial hace todavía más evidente este debate.

            Podemos caer en otra falsa dicotomía y situar a un lado máquinas, algoritmos y tecnología y al otro personas, emociones y humanidad. Es, desde mi punto de vista, un error.

            Una tecnología que disminuya errores, anticipe riesgos, facilite accesibilidad, ordene información o libere tiempo de tareas burocráticas puede contribuir a unos cuidados más humanizados. Una revisión iberoamericana reciente sobre mediación tecnológica y humanización del cuidado señala precisamente sus posibilidades, pero también advierte de una formación que tiende a privilegiar competencias cognitivas y psicomotoras frente a competencias afectivas necesarias para el cuidado humanizado[13]. La cuestión no es cuánta tecnología utilizamos. Es qué dejamos que determine. Si sirve para liberar tiempo para observar, escuchar, educar, acompañar y deliberar, puede reforzar el cuidado. Si la utilizamos fundamentalmente para reducir profesionales, acelerar contactos, estandarizar decisiones o sustituir relaciones, puede contribuir a lo contrario. El peligro no reside solamente en que las máquinas lleguen a parecer humanas. También en que nosotros acabemos considerando profesional únicamente aquello que puede hacerse como una máquina.

            Una Enfermería que no necesite pedir permiso

            Quizá no es necesario convencer a las enfermeras de que deben ser “más humanas”. Porque, como ya he expuesto, la formulación misma resulta equivocada.

            Es preciso demostrar que la humanización forma parte de la calidad de los cuidados; que puede estudiarse, aprenderse y evaluarse; que exige competencia científica, relacional y ética; que depende también de las condiciones organizativas; y que reconocer emociones, valores, espiritualidad, contexto y biografía no disminuye la cientificidad de la Enfermería. La hace más completa. El cuidado no compite con la ciencia. El cuidado es aquello sobre lo que la Enfermería debe hacer ciencia.

            Investigar qué cuidados funcionan, para quién, en qué contextos, con qué resultados y cómo son experimentados. Analizar qué desigualdades los condicionan, qué relaciones de poder los atraviesan, qué tecnologías los facilitan, qué organizaciones los impiden y qué decisiones éticas contienen.

            La ciencia protege al cuidado de la improvisación, del dogma, de la tradición acrítica y de la buena intención sin resultados. Pero el cuidado protege también a la ciencia de otra desviación. Creer que todo aquello que técnicamente podemos hacer necesariamente debemos hacerlo.  La madurez disciplinar la alcanzaremos cuando dejemos de necesitar parecernos a otra profesión para considerarnos valiosas.

            La Enfermería necesita profesionales capaces de interpretar investigación y escuchar silencios; utilizar tecnología y comprender contextos; manejar procedimientos complejos y reconocer valores; identificar riesgos y respetar autonomía; trabajar con datos sin olvidar biografías. No son competencias contrapuestas. Su integración constituye precisamente la complejidad del cuidado profesional.

            ¿Podemos hablar entonces de ética sin humanización? Podemos diferenciarlas conceptualmente, pero difícilmente podremos hablar de cuidados humanizados que no estén éticamente fundamentados. ¿De humanización sin filosofía? Podemos cuidar sin citar filósofos, pero no sin partir de alguna concepción de persona, autonomía, dignidad, vulnerabilidad o responsabilidad. ¿De espiritualidad sin religión? Debemos hacerlo cuando las necesidades de la persona lo requieran, respetando también la ausencia de creencias. ¿De compasión sin caridad? No solo podemos: debemos distinguirlas para construir una competencia profesional alejada del paternalismo y del sacrificio. ¿De emociones y sentimientos sin renunciar a la ciencia? Precisamente la responsabilidad científica consiste en estudiarlos rigurosamente y comprender cómo intervienen en la experiencia de salud, enfermedad, dependencia, sufrimiento y cuidado.

            Y, finalmente, ¿podemos construir un paradigma enfermero propio prescindiendo de todo ello? Posiblemente esa sea la pregunta decisiva. Porque humanizar consiste en impedir que, mientras perfeccionamos procedimientos, incorporamos tecnologías, ampliamos competencias, producimos investigación y reclamamos autonomía, terminemos perdiendo aquello que justifica todo lo demás y que es a la persona a la que cuidamos.

            No necesitamos una Enfermería menos científica para que sea más humana. Necesitamos una ciencia enfermera suficientemente madura para comprender que los datos no sustituyen las biografías; los protocolos no eliminan la singularidad; la evidencia no decide los valores; la tecnología no construye por sí misma relaciones; y ninguna competencia técnica, por extraordinaria que sea, convierte automáticamente una intervención en cuidado. Solo así podremos salir de esta falsa encrucijada. Sin elegir entre ciencia y humanización. Sin enfrentar razón y emoción. Sin regresar a una Enfermería vocacional, abnegada y feminizada. Sin refugiarnos tampoco en una Enfermería tecnificada que necesite parecerse a otro paradigma para sentirse científica. Sino construyendo una Enfermería capaz de integrar conocimiento, evidencia, pensamiento crítico, ética, filosofía, tecnología, emociones, espiritualidad, relación y contexto alrededor de aquello que le proporciona identidad y sentido. El cuidado.

            Porque el mayor peligro no es que algunas enfermeras rechacen la palabra humanización o la humanización misma. El verdadero peligro es que, en nuestro esfuerzo por demostrar cuánto sabemos y cuánto somos capaces de hacer, acabemos considerando prescindible aquello que nos permite saber para quién, por qué y cómo debemos cuidar.


[1] Escritora, poeta, cantante y activista por los derechos civiles estadounidense (1928-2014).

[2] Reyes-Téllez Á, González-García A, Martín-Salvador A, Gázquez-López M, Martínez-García E, García-García I. Humanization of nursing care: a systematic review. Front Med (Lausanne). 2024;11:1446701. doi:10.3389/fmed.2024.1446701.

[3] Attributes of compassionate care in clinical nursing practice from the perspectives of patients and nurses: a systematic review. 2025.

[4] Wang W, Yang J, Bai D, Lu X, Gong X, Cai M, et al. Nurses’ perceptions and competencies about spirituality and spiritual care: a systematic review and meta-analysis. Nurse Educ Today. 2024;132:106006. doi:10.1016/j.nedt.2023.106006.

[5] Byrne M, Campos C, Daly S, Lok B, Miles A. The current state of empathy, compassion and person-centred communication training in healthcare: an umbrella review. Patient Educ Couns. 2024;119:108063. doi:10.1016/j.pec.2023.108063.

[6] Napolitano F, et al. Pedagogical strategies to improve emotional competencies in nursing students: a systematic review. Nurse Educ Today. 2024;142:106337. doi:10.1016/j.nedt.2024.106337.

[7] Cheraghi R, Valizadeh L, Zamanzadeh V, Hassankhani H, Jafarzadeh A. Clarification of ethical principle of the beneficence in nursing care: an integrative review. BMC Nurs. 2023;22(1):89. doi:10.1186/s12912-023-01246-4.

[8] Hirsch A. Relational autonomy and paternalism: why the physician-patient relationship matters. Z Ethik Moralphilos. 2023;6:239-260. doi:10.1007/s42048-023-00148-z.

[9] Teresa-Morales C, Rodríguez-Pérez M, Araujo-Hernández M, Feria-Ramírez C. Current stereotypes associated with nursing and nursing professionals: an integrative review. Int J Environ Res Public Health. 2022;19(13):7640. doi:10.3390/ijerph19137640.

[10] Gauci P, et al. Workplace gender discrimination in the nursing workforce: an integrative review. J Clin Nurs. 2023. doi:10.1111/jocn.16684.

[11] Cornett M, Palermo C, Ash S. Professional identity research in the health professions: a scoping review. Adv Health Sci Educ Theory Pract. 2023;28(2):589-642. doi:10.1007/s10459-022-10171-1.

[12] Padilla García CI, Jiménez Becerra I. Mediación tecnológica y humanización del cuidado de enfermería: revisión sistemática de literatura. Rev Cuid. 2024;15(2):e3537. doi:10.15649/cuidarte.3537.

[13] Cuidado humanizado na Unidade de Terapia Intensiva: discurso dos profissionais de enfermagem angolanos. Rev Bras Enferm. 2023;76(2). doi:10.1590/0034-7167-2022-0474.

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