
Vivimos rodeados de guerras que nunca fueron declaradas. Luchamos contra el cáncer, combatimos la obesidad, declaramos la guerra a las drogas o a la violencia de género, frenamos avalanchas migratorias y convertimos cada campaña electoral en una contienda en la que hay que derrotar, aniquilar y hasta «matar» políticamente al adversario. Incluso cuando transmitimos ánimo a alguien que atraviesa una enfermedad grave le pedimos que luche, sea fuerte y no se rinda.
Puede parecer únicamente una manera de hablar. Pero las palabras nunca son inocentes. Están cargadas de intención y, sobre todo, condicionan nuestra manera de interpretar aquello que nombran.
Convertir un problema en una guerra significa asumir también su lógica. La complejidad queda sustituida por la aparente sencillez de identificar al enemigo y combatirlo.
En salud resulta especialmente evidente. Cuando la enfermedad se convierte en una guerra, alguien debe asumir el mando y alguien debe obedecer. Los profesionales ocupan con demasiada facilidad la posición de quienes conocen la estrategia, establecen los objetivos y deciden qué debe hacerse, cómo y cuándo, mientras a quien significativamente denominamos «paciente» se le reserva el papel de cumplir las órdenes recibidas. Reducir a la persona a paciente facilita convertirla en subordinada. Importa entonces más que cumpla el tratamiento, siga las indicaciones y responda a los objetivos establecidos que conocer qué piensa sobre su enfermedad, cómo afecta a su vida, qué teme, qué espera o qué decisiones está dispuesta a asumir. El diálogo y el consenso ceden terreno ante una obediencia disfrazada demasiadas veces de adherencia. Y hasta el resultado reproduce la jerarquía del campo de batalla, si la batalla se gana, el éxito suele atribuirse al conocimiento y la intervención profesional; si se pierde, con demasiada frecuencia aparece la sospecha de que la persona no luchó suficientemente, no cumplió correctamente o no siguió las indicaciones recibidas. Así, el profesional conserva el mando incluso cuando pierde la batalla y la persona puede acabar cargando, además de con su enfermedad, con la culpa de la derrota.
En una guerra no se dialoga con el enemigo para comprender sus razones. Se le ataca para vencerlo. No se negocia desde la discrepancia, porque negociar puede interpretarse como debilidad. El consenso deja de representar la capacidad de alcanzar acuerdos entre posiciones diferentes y ser percibido como claudicación. Quien piensa distinto deja de ser interlocutor para convertirse en adversario y, finalmente, en enemigo.
La lógica bélica necesita además estructuras férreamente jerarquizadas. Los mandos deciden qué debe hacerse, cómo, dónde, cuándo y por quién. Las órdenes se dan y se ejecutan. El liderazgo, entendido como capacidad para escuchar, integrar, convencer y generar compromiso, queda sustituido por el mando y la imposición
También necesitamos enemigos reconocibles. La guerra contra las drogas puede acabar señalando a las personas con adicciones; la batalla contra el absentismo, culpabilizando a quien no trabaja sin analizar sus circunstancias; la migración, transformando personas en amenazas. Incluso la necesaria respuesta frente a la violencia de género puede empobrecerse si se limita a combatir al agresor sin transformar el machismo, la desigualdad, las relaciones de poder y los patrones culturales que la perpetúan. No deberíamos aspirar únicamente a ganar esa guerra, sino a transformar la sociedad que la mantiene.
La guerra simplifica problemas complejos porque permite concentrarnos en quién debe ser derrotado en lugar de preguntarnos qué debe ser transformado.
Esa simplificación tiene otra consecuencia, que solo admite dos resultados, victoria o derrota. Ganar termina siendo más importante que tener razón, convencer o construir una solución compartida.
Quizá por eso la política se parece cada vez más a una sucesión de campañas militares. Se conquista poder, se ocupan espacios, se cierran filas, se disciplinan discrepancias, se sigue una cadena de mando y se celebra la derrota del contrario, aunque después resulte imposible alcanzar acuerdos para resolver aquello que afecta a todos. Pero, además, también existen guerras sucias. Cuando lo importante es ganar, la mentira, la manipulación, la descalificación, la ocultación o el descrédito, como estrategia, pueden acabar pareciendo legítimas. Poco importan las consecuencias ni quién resulte damnificado. Todo acaba convertido en simples daños colaterales.
Frente a esa lógica palabras como cuidar, comprender, acompañar, promover, educar, prevenir, dialogar, negociar, cooperar, consensuar, se descartan. Ninguna promete victorias inmediatas. Exigen tiempo, escucha, cesiones y reconocimiento del otro. Precisamente por eso son mucho más difíciles.
No se trata de renunciar a las metáforas, sino de ser conscientes de que las palabras no solo describen la realidad, también contribuyen a construirla. Y cuando elegimos sistemáticamente palabras que hablan de combatir, vencer, derrotar o aniquilar, acabamos contemplando los problemas desde una lógica en la que necesariamente alguien tiene que perder para que otro pueda ganar.
Una sociedad que necesita y busca enemigos para resolver sus diferencias quizá termine ganando muchas batallas, pero a costa de perder su capacidad para convivir, que es algo bastante más importante.
Estoy completamente de acuerdo con el artículo. Sin embargo, no debemos pensar que no existen situaciones en las que hay que LUCHAR, como en la defensa de la SANIDAD PÚBLICA, que tiene ENEMIGOS con los que no cabe el diálogo.