¿DERECHO A NO CUIDAR?

La atención es la forma más rara y pura de generosidad.

Simone Weil[1]

Hablar del derecho de una enfermera a no cuidar puede parecer una provocación. Incluso una contradicción difícilmente asumible. Si el cuidado constituye el núcleo de nuestra disciplina y una de las principales razones de nuestra existencia profesional, ¿cómo puede plantearse siquiera que una enfermera tenga derecho a no cuidar?

Precisamente porque la pregunta incomoda e interpela nuestra manera de entender el cuidado, creo que hay que formularla.

No estoy hablando, obviamente, del derecho a abandonar a una persona, desatender sus necesidades, discriminarla o negarle unos cuidados que precisa. Tampoco de objeción de conciencia ni de incumplimiento de las obligaciones profesionales. La cuestión es más íntima y, posiblemente por ello, más difícil de reconocer. ¿Tiene derecho una enfermera a no querer cuidar en un momento determinado sin que ese sentimiento la convierta automáticamente en una mala profesional?

Cuidar y querer cuidar no son exactamente lo mismo. Pero distinguirlos tampoco significa reducir el cuidado a actuaciones técnicamente correctas desarrolladas al margen de la relación. Escuchar, comprender, acompañar, acoger, respetar los silencios, mostrar empatía y saber gestionar las propias emociones forman parte del propio cuidado y son, por tanto, competencias profesionales exigibles[2],[3],[4].

Lo son desde una dimensión ética, porque reconocen a la persona como sujeto de dignidad y no como objeto de intervención, pero también desde una dimensión estética, entendida como la manera singular en que el cuidado se hace presente: cómo nos aproximamos, miramos, escuchamos, hablamos, tocamos o permanecemos cuando aparentemente no hay nada que hacer. La calidad del cuidado no reside únicamente en qué hacemos, sino también en cómo estamos mientras lo hacemos2,3.

Una técnica perfectamente ejecutada puede constituir un procedimiento correcto y, sin embargo, un cuidado deficiente si ignora a la persona que la recibe. La competencia enfermera no puede fragmentarse entre una dimensión técnica obligatoria y otra relacional opcional. Pero si escuchar empáticamente, acompañar y establecer una relación terapéutica son exigencias profesionales, ¿qué sucede cuando la enfermera no siente espontáneamente aquello que esa relación parece requerir?1,2,3.

Ahí aparece el conflicto. Una cosa es afirmar que debemos cuidar con empatía y otra muy diferente sostener que tenemos la obligación de sentir afecto, simpatía, cercanía o identificación emocional con todas las personas a las que cuidamos. Quizá el error consista en confundir empatía con sentimiento. Profesionalmente, debería entenderse también como capacidad para aproximarnos a la experiencia de la otra persona, comprenderla desde su realidad y permitir que esa comprensión oriente nuestra manera de cuidarla. Podemos estar obligadas a construir una relación empática; no podemos estar obligadas a sentir espontáneamente aquello que no sentimos[5].

Una enfermera puede encontrarse ante una persona que la desprecia, la insulta o cuestiona permanentemente su profesionalidad; recibir comentarios racistas, homófobos o machistas; o saber que está cuidando a alguien que ha ejercido una violencia brutal. Puede sentir miedo, rechazo, indignación o incluso repugnancia moral. Y ni siquiera necesitamos acudir a situaciones tan extremas. Hay personas con las que resulta difícil relacionarse o ante las que, por razones difíciles de explicar, no logramos establecer espontáneamente la conexión que desearíamos.

Toda persona tiene derecho a recibir cuidados con independencia de quién sea, qué piense o qué haya hecho. Pero esa afirmación se vuelve menos cómoda cuando dejamos de hablar de una persona abstracta y situamos delante de la enfermera a alguien que acaba de insultarla por su origen, desprecia su condición de mujer o representa comportamientos que le producen un profundo rechazo. Esa persona sigue teniendo derecho a ser cuidada. Y la enfermera puede desear no tener que cuidarla. Ambas afirmaciones pueden ser ciertas al mismo tiempo.

Es ahí donde la profesionalidad adquiere una dimensión especialmente exigente. La enfermera tendrá que escuchar, aunque no le apetezca hacerlo, comprender, aunque aquello que comprenda no le guste y acompañar sin necesidad de compartir, aprobar o identificarse emocionalmente con la persona. Cuidar a quien apreciamos o comparte nuestros valores puede resultar relativamente sencillo. La verdadera dificultad aparece cuando debemos ofrecer la misma calidad ética, relacional y profesional a alguien que despierta sentimientos muy diferentes.

Arlie Hochschild denominó trabajo emocional al esfuerzo que determinadas profesiones realizan para gestionar las emociones y expresar aquellas que social u organizativamente se consideran adecuadas[6].

La Enfermería constituye un ámbito especialmente intenso de ese trabajo emocional: no solo gestionamos el miedo, la incertidumbre, la tristeza, la ira o el sufrimiento de otras personas, sino también aquello que provocan en nosotras[7].

Una enfermera puede estar asustada y transmitir serenidad, sentirse agredida y evitar responder desde la ira o atravesar una situación personal dolorosa y, minutos después, ofrecer presencia, escucha y atención. No hay necesariamente falsedad en ello. Puede haber profesionalidad. Pero existe una frontera delicada entre gestionar nuestras emociones para cuidar y considerar que determinadas emociones no deberían existir.

No podemos ser responsables de sentir una emoción antes de sentirla. Sí somos responsables de aquello que hacemos con ella. Una enfermera puede pensar: «No quiero cuidar a esta persona». Lo relevante empieza después: ¿permite que ese rechazo modifique los cuidados?, ¿juzga, castiga, se distancia u omite?, ¿o reconoce aquello que siente, trata de comprender por qué lo siente y evita que interfiera en la atención que la persona necesita? La madurez profesional quizá no consista en no experimentar emociones incómodas, sino en saber gestionarlas sin convertirlas en decisiones injustas.

Pero existe otra dimensión que no podemos ignorar. La Enfermería es una profesión históricamente feminizada. Durante siglos se atribuyeron a las mujeres abnegación, paciencia, dulzura, disponibilidad, comprensión, entrega y capacidad de sacrificio, presentándolas casi como características naturales de su condición femenina[8],[9].

¿Hasta qué punto hemos conseguido desprender el cuidado profesional de esa herencia? Quizá hayamos transformado el lenguaje sin transformar completamente algunas expectativas. Ya no hablamos con tanta naturalidad de abnegación, pero seguimos hablando de entrega. Hemos desterrado la obediencia del ideal profesional, pero podemos continuar admirando la disponibilidad ilimitada. El sacrificio nos incomoda conceptualmente y, sin embargo, seguimos valorando a quien soporta más de lo razonable. Rechazamos la analogía con los ángeles, pero aceptamos la de heroínas.

Empatía, compasión y disponibilidad tienen un enorme valor profesional. El problema aparece cuando dejan de entenderse como competencias que se construyen, ejercen y delimitan para convertirse en atributos morales que una buena enfermera debería poseer permanentemente. Entonces podemos estar confundiendo profesionalidad con sacrificio. Y una profesión no necesita heroínas. Necesita profesionales capaces de cuidar.

Joan Tronto ha insistido en que el cuidado no puede entenderse únicamente como una relación interpersonal, porque está atravesado por relaciones sociales, políticas y de poder que determinan quién cuida, a quién, en qué condiciones y con qué reconocimiento[10].

Cuidar profesionalmente no significa desaparecer dentro del cuidado. Una enfermera puede acompañar sin apropiarse del sufrimiento ajeno, comprender sin justificar, mostrar compasión sin identificarse, mantener la distancia terapéutica necesaria y establecer límites sin que ello signifique abandonar[11].

La dificultad aparece cuando aquello que siente alcanza tal intensidad que considera comprometida su capacidad para cuidar adecuadamente. ¿Debe continuar siempre? ¿Pedir que otra profesional asuma temporalmente esa atención supone abandonar a la persona? En determinadas circunstancias puede significar justamente lo contrario. Reconocer un límite puede constituir un acto de responsabilidad si la relación terapéutica está profundamente deteriorada o sabemos que nuestra capacidad para cuidar está seriamente comprometida.

Pero aceptar ese límite abre otro problema: ¿quién determina cuándo está justificado? ¿Podría convertirse en una forma encubierta de seleccionar a las personas que queremos cuidar porque desaprobamos sus decisiones, creencias, forma de vida o valores? No debería. Los límites emocionales no pueden convertirse en derecho a discriminar. Estas situaciones requieren deliberación ética, responsabilidad profesional, trabajo en equipo y organizaciones capaces de acompañar a quienes cuidan cuando el conflicto no puede resolverse individualmente10,[12].

También debemos preguntarnos qué puede exigir legítimamente una enfermera de la persona a la que cuida. Reconocer autonomía, participación y derechos no significa aceptar cualquier comportamiento. Una persona tiene derecho a recibir cuidados, aunque esté enfadada, rechace nuestras recomendaciones o mantenga valores radicalmente diferentes a los nuestros. Pero no por ello adquiere el derecho a insultar, humillar, acosar, amenazar o realizar comentarios racistas, machistas u homófobos contra quien la cuida.

El sufrimiento puede ayudarnos a comprender determinados comportamientos. No necesariamente los legitima. La enfermera no deja su dignidad en la puerta del centro de salud, del hospital o del domicilio. La violencia, el acoso y las agresiones hacia las enfermeras no pueden normalizarse como una consecuencia inevitable del trabajo11.

Durante demasiado tiempo se ha asumido que soportar determinadas conductas formaba parte de cuidar: «no te lo tomes personalmente», «tienes que comprenderlo», «está enfermo», «forma parte del trabajo». Son expresiones que pueden ayudar a contextualizar un comportamiento, pero también normalizar situaciones inaceptables. Comprender, sí. Justificarlo todo, no.

La enfermera debe trascender en muchas ocasiones aquello que siente para poder cuidar, pero trascenderlo no significa negarlo. Debe construir una relación profesional incluso cuando no existe afinidad, sin aceptar por ello que su propia dignidad pueda ser vulnerada en nombre del cuidado. Quizá el verdadero reto consista en trascender lo que sentimos sin tener que negar lo que sentimos.

Pero hay una pregunta que me inquieta todavía más. ¿Qué sucede cuando no querer cuidar deja de ser excepcional? Cuando una enfermera descubre que cada vez desea menos escuchar, acompañar, preguntar o conocer; cuando la persona empieza a convertirse en una tarea, la relación en una interrupción y la escucha en tiempo perdido.

Resultaría sencillo responder hablando de burnout, fatiga por compasión o sufrimiento moral. Son realidades que existen y debemos reconocer. Pero recurrir exclusivamente a ellas puede conducirnos a situar el problema en quien experimenta el malestar y dejar intacto aquello que quizá lo está generando[13]

¿Y si nos preguntásemos también qué sucede en el lugar donde trabaja, cómo hemos organizado la atención y en qué estamos convirtiendo el cuidado? Un sistema puede exigir escucha mientras reduce el tiempo disponible para escuchar; reclamar atención centrada en la persona mientras fragmenta la atención; defender longitudinalidad mientras normaliza discontinuidades; hablar de humanización mientras convierte cada encuentro en actividad cuantificable. Las condiciones organizativas, la carga de trabajo, los recursos, las relaciones laborales y el clima ético no son ajenos a la capacidad de cuidar12,[14],[15]

Cuando se trabaja permanentemente dentro de esas contradicciones, el distanciamiento puede convertirse en una forma de protección. Entonces no querer cuidar deja de ser únicamente una emoción individual y empieza a ser también una señal colectiva. Tal vez determinadas organizaciones estén consiguiendo algo profundamente paradójico: exigir cada vez más actitudes de cuidado mientras erosionan las condiciones que permiten cuidar. Es decir, exigir cuidado sin cuidar a quienes cuidan.

Y llegados hasta aquí vuelvo a la pregunta inicial. ¿Tiene realmente derecho a no cuidar una enfermera? Si entendemos por ello abandonar arbitrariamente a quien necesita cuidados, discriminarlo o decidir que nuestras emociones determinan quién merece nuestra atención, evidentemente no. Pero tampoco puede existir una obligación de dejar de ser persona para poder cuidar.

Esto no se resuelve con la manida recomendación de revestirnos de una coraza emocional. Como si la fortaleza profesional consistiese en impermeabilizarnos frente al sufrimiento, el miedo, la muerte, la injusticia o la soledad, pero también frente al rechazo, la indignación, el enfado o la repugnancia moral que pueden provocarnos determinadas actitudes o personas. La misma coraza que pretende protegernos de aquello que nos duele puede intentar neutralizar aquello que nos incomoda, nos enfrenta a nuestros valores o nos hace dudar de nuestra disposición para continuar cuidando.6,10

Pero no sentir no puede ser la solución a lo que sentimos. Una coraza no selecciona aquello que deja fuera: puede amortiguar el sufrimiento, pero también ocultar el rechazo o la indignación e impedirnos reconocer aquello que está comprometiendo nuestra capacidad para cuidar. Si una enfermera siente miedo, rechazo o humillación, negar esas emociones no las hace desaparecer; dificulta reconocerlas y gestionarlas y puede permitir que actúen inadvertidamente sobre la relación. Fingir que nada nos afecta puede resultar mucho menos seguro que admitir que algo nos está afectando demasiado.

Admitirlo tampoco significa situar automáticamente el origen del problema fuera de nosotras. Sería demasiado fácil concluir que, si una persona nos produce rechazo, miedo o incertidumbre, la explicación debe encontrarse necesariamente en su comportamiento, su entorno o la organización. Todos ellos pueden tener una responsabilidad importante, incluso determinante, pero una reflexión profesional rigurosa exige una pregunta más incómoda: ¿qué parte de lo que está sucediendo puede tener que ver conmigo?

Preguntarnos por nuestra responsabilidad no significa culpabilizarnos ni exonerar a quien agrede, discrimina, humilla o acosa. Las responsabilidades no tienen por qué ser equivalentes. Pero existe un amplio territorio relacional en el que el conflicto puede estar condicionado por cómo nos aproximamos a la persona, el lenguaje que utilizamos, nuestras expectativas, la manera de ejercer la autoridad profesional, nuestros prejuicios o las interpretaciones que hacemos de comportamientos que nos incomodan.

Una enfermera puede sentirse rechazada sin advertir que previamente se ha mostrado distante; interpretar como falta de respeto lo que quizá sea miedo o desesperación; considerar «difícil» a una persona porque cuestiona sus recomendaciones; o descubrir que determinadas características, decisiones o formas de vida activan prejuicios propios nunca reconocidos. La profesionalidad no consiste solamente en identificar los límites de los demás; exige también reconocer los propios.

Por eso preguntarnos por qué sentimos rechazo no puede convertirse en una búsqueda apresurada de culpables. Debemos preguntarnos qué está ocurriendo entre esa persona y nosotras, qué aporta cada parte a la situación y qué elementos del entorno y de la organización contribuyen a ella. Solo entonces podremos delimitar responsabilidades, sabiendo que no siempre estarán igualmente repartidas y que asumir la propia nunca debe diluir la ajena.

Esta autocrítica es especialmente necesaria porque la relación de cuidados contiene también una asimetría de poder. La persona puede encontrarse enferma, dependiente, asustada o dolorida, mientras la enfermera posee conocimiento, información y capacidad de decisión. Ignorarlo podría llevarnos a interpretar como hostilidad lo que quizá contiene también resistencia frente a una relación percibida como impositiva, paternalista o poco respetuosa con su autonomía2,9.

Cuidar implica exponerse a ser afectadas por lo que acontece en la relación. A veces será el sufrimiento de la otra persona; otras, lo que dice o hace; y en ocasiones serán nuestras propias experiencias, prejuicios, valores o límites los que entren en juego. Entre quedar atrapadas por lo que sentimos y pretender permanecer impermeables existe un espacio profesional en el que las emociones deben poder reconocerse, pensarse, compartirse y gestionarse.

Deberíamos preocuparnos menos por construir una imagen ideal de la enfermera emocionalmente perfecta —o invulnerable— y mucho más por formar profesionales capaces de preguntarse qué sienten, por qué lo sienten y qué hacen con ello, estableciendo límites responsables sin que las personas dejen de recibir los cuidados que necesitan. Y deberíamos exigir organizaciones capaces de hacer lo mismo.12-14

Porque profesionalizar el cuidado nunca debería significar profesionalizar el sacrificio, ni convertir la empatía en impostura, la entrega en renuncia o la capacidad de soportar en indicador de excelencia profesional.

No se trata de reivindicar un derecho a no cuidar. Pero sí debería existir el derecho a reconocer que no siempre queremos hacerlo y, sobre todo, la responsabilidad de preguntarnos por qué.

Una enfermera tiene la obligación de reconocer la dignidad de la persona, escucharla, comprenderla, acompañarla y procurar cuidarla bien incluso cuando sus emociones no acompañan. Precisamente por ello tiene también la responsabilidad de reconocer cuándo esas emociones pueden comprometer el cuidado y pedir ayuda antes de que lo hagan.

No encuentro una respuesta sencilla a la pregunta con la que empezaba. Y quizá sea bueno que no la haya. El cuidado no necesita enfermeras que no sientan, sino enfermeras capaces de cuidar desde aquello que son, también desde sus contradicciones y sus límites, sin permitir que estos determinen el valor de las personas a las que cuidan.

Quizá la verdadera profesionalidad no consista en querer cuidar siempre, sino en ser capaces de cuidar cuando no queremos hacerlo, comprender por qué no queremos hacerlo y reconocer cuándo continuar haciéndolo puede dejar de ser, verdaderamente, cuidar.


[1] Filósofa, activista política y mística francesa (1909-1943)

[2]International Council of Nurses. The ICN code of ethics for nurses. Geneva: International Council of Nurses; 2021.

[3] Carper BA. Fundamental patterns of knowing in nursing. ANS Adv Nurs Sci. 1978;1(1):13-23. doi:10.1097/00012272-197810000-00004.

[4] Archibald MM. The holism of aesthetic knowing in nursing. Nurs Philos. 2012;13(3):179-188. doi:10.1111/j.1466-769X.2012.00542.x.

[5] Gong B, Zhang X, Lu C, Wu C, Yang J. The effectiveness of Balint groups at improving empathy in medical and nursing education: a systematic review and meta-analysis of randomized controlled trials. BMC Med Educ. 2024;24(1):1089. doi:10.1186/s12909-024-06098-3.

[6] Hochschild AR. The managed heart: commercialization of human feeling. Berkeley: University of California Press; 1983.

[7] Feng H, Zhang M, Li X, Shen Y, Li X. The level and outcomes of emotional labor in nurses: a scoping review. J Nurs Manag. 2024;2024:5317359. doi:10.1155/2024/5317359.

[8] World Health Organization. Fair share for health and care: gender and the undervaluation of health and care work. Geneva: World Health Organization; 2024.

[9] World Health Organization. Fair share for health and care fact sheet. Geneva: World Health Organization; 2024.

[10] Tronto JC. Moral boundaries: a political argument for an ethic of care. New York: Routledge; 1993.

[11] American Nurses Association. Code of ethics for nurses. Provision 2.3: Professional boundaries. Silver Spring (MD): American Nurses Association; 2025.

[12] Feruglio L, Bressan V, Cadorin L. Violence against nurses during care: a systematic review. J Clin Nurs. 2025;34(4):1106-1123. doi:10.1111/jocn.17424.

[13] Beadle ES, Walecka A, Sangam AV, Moorhouse J, Winter M, Munro Wild H, et al. Triggers and factors associated with moral distress and moral injury in health and social care workers: a systematic review of qualitative studies. PLoS One. 2024;19(6):e0303013. doi:10.1371/journal.pone.0303013.

[14] Xue K, Shang J, Yang C, Pan L, Shi H, Zeng Y. Nurses’ moral distress and ethical climate: a systematic review and meta-analysis. Nurs Ethics. 2025;32(7):1981-1997. doi:10.1177/09697330251350384.

[15] Lamoureux S, Mitchell AE, Forster EM. Moral distress among acute mental health nurses: a systematic review. Nurs Ethics. 2024;31(7):1178-1195. doi:10.1177/09697330241238337.

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