EPÍTOME DE LA REFORMA DE ATENCIÓN PRIMARIA.

La reforma de la Atención Primaria (AP) lamentablemente y como dicen los ingleses, es “Old news no news’, espiral que no por repetida deja de ser menos preocupante.

Sin embargo, por repetida y vieja que sea esta noticia, lo que no deja de ser es una necesidad que parece no tiene posibilidad de que se convierta en la realidad que tanta falta hace.

Hasta ahora siempre ha dado la impresión de tratarse de una clara y manifiesta falta de voluntad política. Sin embargo, cuando finalmente parecía que se habían alienado los astros para que esa falta de voluntad se tornase en una decidida toma de decisión por acometer la reforma, lo que ha sucedido es que la precipitación, las prisas por las urgencias y la falta de planificación derivada de las anteriores, no han permitido dar respuesta a lo verdaderamente importante, que no es otra cosa que reformar en profundidad un modelo como el de la AP tan necesitado de cambios profundos al tiempo que tan importante y necesario para la población. Por lo tanto, la alegría y esperanza iniciales, de que por fin se pudiese acometer, ha dado paso a la incertidumbre tras las dimisiones de los coordinadores, nombrados por el propio ministerio, por, según parece, injerencias de este en su cometido como tales coordinadores.

Pero, para hacer justicia, es necesario destacar que, en el reciente intento de la denominada estrategia de reforma de AP, no tan solo las comentadas prisas y falta de planificación de los responsables políticos, han sido las causas de esta incertidumbre generada. Considero que en este proceso todos los participantes han tenido o están teniendo parte de responsabilidad. Porque si bien es cierto que las prisas nunca son buenas consejeras, no es menos cierto que los representantes de los diferentes colectivos que intervienen, con mayor o menor participación, no han estado a la altura, no de lo que cabía esperar de ellos, sino de lo que se les debiera exigir como protagonistas que dicen ser del modelo que se pretende reformar. Pues en lugar de pensar en la reforma de la AP se ha pensado más en la reforma que diese respuesta a sus intereses y con ello pueden contribuir a que la sociedad tenga que continuar siendo atendida por un modelo medicalizado, asistencialista, biologicista, hospitalcentrista y centrado en la enfermedad, que genera dependencia y una creciente demanda insatisfecha.

Confundir la estrategia de reforma con una plataforma de reivindicaciones laborales y profesionales, por muy legítimas que inicialmente puedan parecer, es contribuir al fracaso de la propia reforma en la que todos coinciden como imprescindible, pero que, sin embargo, a la hora de la verdad se ha demostrado que los personalismos, egocentrismos, corporativismos, egoísmos y un largo repertorio de “ismos” más han desembocado en el intento por lograr cuotas de poder y espacios para alimentarlo, en lugar de facilitar los cambios que requieren de una indudable generosidad que no parece se quiera tener por parte de nadie.

Y de aquellos polvos vinieron estos lodos que, una vez más, sumen en el fango a la AP paralizándola e impidiéndole avanzar.

Con las elecciones a la vuelta de la esquina, el tiempo para dar respuesta a este intento de reforma queda reducido a un suspiro en el que va a resultar muy difícil lograr los cambios anhelados por algunos y que para otros, sin embargo, parece constituyen una amenaza a la zona de confort generada con su conformismo e inmovilismo.

Queda por ver si la promesa de llevar a cabo la prueba extraordinaria de acceso a la especialidad de Enfermería Familiar y Comunitaria en este año acaba en idéntica decepción que la reforma de la AP y que, sin duda, supone una oportunidad de regularización de una situación que debería haberse resuelto hace mucho tiempo. De nuevo la voluntad política, tan largamente negada se volvió a generar y con ella la esperanza de poder ver cumplido un deseo que obedece a un derecho recogido en una norma largamente incumplida.

Como si de un epítome se tratase, de manera sistemática se repiten las palabras que hablan de la reforma de AP con el aparente y único fin de lograr una mayor claridad de lo dicho, pero que sin embargo tan solo se queda, en una figura retórica sin capacidad, no tan solo de convencer sino de concretar nada.

Estamos pues, otra vez, en un nuevo impás, tras las dimisiones comentadas y con el papel que ha asumido, aunque parece ser que nunca lo dejaron de tener, los responsables ministeriales, en una carrera contrarreloj en la que son muchos los intereses, pocas las voluntades y enormes las dificultades en unos momentos en los que los posicionamientos electoralistas por parte de quienes finalmente tienen la capacidad de decidir, las comunidades autónomas, no configuran el mejor escenario para el cumplimiento de una obligación con la ciudadanía a la que representan.

Pero también estamos, los profesionales, ante una nueva oportunidad de demostrar que la reforma que decimos anhelar no es tan solo una pose o un eufemismo sino una verdadera y sincera apuesta por desprenderse del narcisismo profesional y adquirir un compromiso que permita recuperar la ilusión de una AP y comunitaria en la que la salud recupere el protagonismo usurpado por la enfermedad, la promoción de la salud ocupe el lugar que le corresponde como eje de todas las acciones, la participación ciudadana sea algo más que un eslogan, los diferentes sectores se impliquen en la generación de la salud comunitaria a través del trabajo intersectorial, el trabajo en equipo se fundamente en la transdisciplinariedad que impida la rigidez de los marcos competenciales para dejar paso a la identificación de objetivos comunes en los que trabajar de manera conjunta y no tan solo como grupo, en la que la asistencia fragmentada deje paso a la atención integral, integrada e integradora, en la que la familia deje de ser un recurso de colaboración para el cuidado para convertirse en foco de una intervención que identifique sus necesidades reales, en la que el centro de salud deje de ser el único recurso de salud para pasar a ser un recurso comunitario más desde el que articularse con otros recursos, en la que la comunidad sea el contexto donde las intervenciones faciliten y promuevan su participación real, en la que, en definitiva, se convierta en una respuesta a las demandas y necesidades sentidas de las personas, familias y comunidad.

Tan solo desde ese posicionamiento se logrará romper la retórica del epítome eterno de la reforma de la AP, en la que las enfermeras debemos jugar un papel fundamental, pero huyendo de pretensiones excluyentes que para nada deben impedir el trabajo basado en el paradigma que nos identifica y diferencia, pero que, al mismo tiempo, nos permite trabajar en equipo desde el respeto.

Por todo ello la reforma de la AP tampoco puede ser una metáfora, ni un eufemismo, ni un discurso demagógico, sino tan solo una realidad. En nuestras manos, voluntad, generosidad y humildad está. Esperemos que el resto de actores y, sobre todo, los decisores políticos, tengan el mismo compromiso.