SER Y SENTIRSE ENFERMERAS. Mucho más que un título

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Sentir es lo más valiente que hay. Requiere agallas.

Sergi Rufi[1]

Muchas veces cuando hablo de la importancia de ser y sentirse enfermera, de que ser enfermera es algo más que tener un título, que sentirse enfermera va más allá de lo que erróneamente se confunde con vocación y que durante tanto tiempo se asimiló a advocación, que actuar como enfermera no se limita a la aplicación de una técnica, que la mirada enfermera trasciende a la visión ocular, que hablar como enfermera no es utilizar únicamente la taxonomía o el lenguaje profesional propio… hay quienes creen y dicen que estoy obsesionado, que tengo fijación, que no tengo los pies en el suelo, que exagero… que a fin de cuentas, ser enfermera no deja de ser una profesión, una manera de ganarse la vida, nada más.

Reconozco la vehemencia en mis planteamientos, la convicción en mis creencias, la firmeza en mis posicionamientos, la constancia en mis mensajes, la motivación en mis ideas, la implicación en mis conocimientos… pero para nada los identifico como obsesión ni mucho menos como dogma de fe, que impidan la capacidad de pensamiento crítico, de análisis y de reflexión para admitir mis errores y cambiar el rumbo de mis planteamientos si me demuestran que estos son equivocados.

Sin embargo y lamentablemente, desde mi punto de vista, estamos inmersos en una visión de la enfermería que se aleja de la que a mí me trasladaron mis referentes y maestras cuando lograron que descubriese lo que era y significaba ser y sentirse enfermera, desde mi posición de ATS. Pero a lo peor es que ahora no se tienen, no se identifican o incluso se rechazan las/os referentes.

Dicen que las personas que se “reconvierten”, como las fumadoras o las alcohólicas, son las más firmes defensoras de su nueva condición y las que menos toleran las conductas que abandonan.

Yo, la verdad, no lo comparto. Soy exfumador y aunque me molesta el tabaco no tengo establecida ninguna cruzada contra quienes fuman. Pero ello no me impide que siga trabajando para que dicho hábito desaparezca o se reduzca de manera significativa. Son planteamientos diferentes.

Del mismo modo y aunque las comparaciones en sí mismas son odiosas y esta posiblemente lo sea aún mucho más, el hecho de abandonar mi condición de ATS, con todo lo que la misma significaba, para abrazar y hacer propia la condición de enfermera, con todo lo que la misma significa, en ningún caso supuso, ni supone un posicionamiento de intransigencia ni intolerancia hacia quienes piensan de manera diferente, lo que en ningún caso impide que mi posicionamiento sea vehemente, firme, constante, motivado, implicado… y siempre desde el máximo respeto.

Pero considero que no hay que confundir el debido respeto con tener que aceptar una realidad que claramente está alejada de lo que es ser y sentirse enfermera.

Confundir esta visión de la realidad que nos rodea es lo que nos está llevando, en muchas ocasiones, a perder la noción de lo que somos, enfermeras.

Como enfermera comunitaria que soy considero que, para poder hacer cualquier tipo de intervención, aunque la misma tan solo sea analítica o reflexiva como la que trato de elaborar, resulta imprescindible conocer el contexto y, por lo tanto, contextualizar. Y voy a centrarme en el contexto universitario por entender que el mismo es fundamental en el comportamiento y desarrollo de las futuras enfermeras.

Todas/os sabemos que la decisión para elegir estudiar enfermería está sujeta a múltiples factores e influenciada por importantes clichés sociales que son el inicio, muchas veces, de la falta de identidad con lo que se pretende ser.

Que la nota no alcance para estudiar medicina, ser el paso previo o pasarela para estudiar medicina, ser la tradición familiar, tener una idea equívoca de lo que es ser enfermera, confundir vocación con admiración, ser una forma fácil de tener un puesto fijo, confundir cuidar con curar… son tan solo algunos de esos factores que, ligados en muchas ocasiones a tópicos y estereotipos sociales que se reproducen y difunden, determinan una decisión que finalmente no cumple con lo que de la misma se esperaba o que acaban por “hacer” enfermera a alguien que ni quería se siente como tal.

Es cierto que resulta difícil eliminar estos factores que influyen en la decisión de quienes eligen estudiar enfermería, al menos a corto plazo, pero no es menos cierto que una vez están incorporados en el proceso de enseñanza – aprendizaje son otras/os quienes debemos trabajar para que sean capaces de identificar a tiempo, si existe, el error de su decisión. No caigamos en la trampa de pensar que es algo que no va con nosotras/os como docentes, pero, sobre todo, como enfermeras.

La docencia, como ámbito de actuación enfermera, es una posibilidad que las enfermeras tenemos la oportunidad de escoger. Es decir, como enfermera, ser docente universitaria/o es posible por el hecho de ser enfermera. Nadie tiene la opción de estudiar “profesor/a en enfermería” para serlo. Y esto, que puede parecer tan simple, es lo que conduce a algunas/os docentes a olvidar su condición de enfermeras para definirse como profesoras/es exclusivamente, olvidando u ocultando lo que son realmente, enfermeras.

Si quienes tienen que transmitir lo que significa ser y sentirse enfermeras, no lo son ni lo sienten, difícilmente se logrará, no tan solo sacar del error a quien ha hecho una equivocada elección, sino formar a enfermeras que adquieran competencias enfermeras y las sientan como tales. Por eso es tan importante que la docencia enfermera esté en manos de enfermeras que además de serlo se sientan como tales. Que sean otros quienes lo hagan o que lo hagamos nosotras sin transmitir ese sentimiento, abocará a las futuras enfermeras a la indefinición y con ella a ser prescindibles y subsidiarias.

Otro de los problemas que dificultan e impiden transmitir lo que es y significa ser enfermera radica en los planes de estudio. Planes de estudio que están claramente influenciados por un modelo patriarcal asistencialista, medicalizado, hospitalcentrista, paternalista, biologicista, tecnológico… como el del Sistema Nacional de Salud (SNS) y por derivación de los servicios sanitarios, que en nuestro país suman la cifra de diecisiete. Esta influencia determina no tan solo los contenidos de los planes de estudio y sus pesos en el conjunto de los mismos, sino también el mensaje, lenguaje y modelo que se transmite y que se aleja del paradigma enfermero, aunque se le añada la etiqueta enfermera.

La patogenia, la enfermedad, los signos, los síntomas, los órganos, los aparatos, los sistemas, la tecnología, la farmacología, la curación… tienen mayor peso que los sentimientos, las emociones, la comunicación, la salud, la promoción, la salutogénesis, los cuidados… Si a ello añadimos la fascinación que los primeros ejercen sobre los segundos en las/os estudiantes y la poca energía, convicción, fuerza, innovación… que sobre los segundos se ejerce por parte de muchas/os docentes para transmitirlos y que sean capaces de desviar la atención, o cuanto menos de equilibrarla, con la de los primeros, tenemos el escenario perfecto para deformar en lugar de formar en enfermería.

Por otra parte, la influencia del SNS y su modelo caduco induce a las universidades a formar profesionales tecnológicos que se adapten a las condiciones institucionales del mismo, pero que lamentablemente se separan cada vez más del paradigma enfermero y del cuidado profesional enfermero.

El cuidado enfermero requiere de tiempo y espacio, dedicación y técnica, ciencia y sabiduría, conocimiento teórico y praxis. Sin embargo, cada vez tiene menos cabida en los planes de estudio. Como si el cuidado ya estuviese implícito en todo y no requiriese mayor atención ni dedicación. El hecho de que el cuidado, aparentemente al menos, forme parte inseparable de los estudios de enfermería no es suficiente para que sea transmitido como aspecto definitorio de la identidad enfermera. Pero es que, además, el cuidado es una realidad compleja, no lineal y en evolución constante que de no ser abordado, analizado, reflexionado, aprendido y aprehendido… acaba por ser identificado como secundario, subsidiario y prescindible, cuando no ligado al ámbito doméstico exclusivamente.

La carrera académica en la universidad, por su parte, es dura y está mal pagada, lo que provoca una clara resistencia de las enfermeras a incorporarse a la misma. Más teniendo en cuenta que en el ámbito asistencial se cobra más y la carrera profesional se limita a la antigüedad. Finalmente, como mal menor siempre está la opción de ser profesor asociado sin renunciar a la asistencia, lo que aporta poco a la academia para mantener una presencia enfermera real tan necesaria como cada vez más escasa. Se prefiere el SNS al esfuerzo que exige la universidad. Se prefiere la inmediatez del logro del SNS a la carrera de fondo, que supone una intensa preparación, para lograr los objetivos que marca la universidad. Posiblemente, ni lo uno, ni lo otro. Pero la realidad es la que es y, esta, sitúa a la docencia enfermera, para las enfermeras, en una encrucijada con riesgos que la convierten en incierta, difícil y peligrosa. Posiblemente las plazas vinculadas que los sistemas de salud se resisten a crear para las enfermeras, podrían contribuir a paliar un déficit cada vez más creciente y preocupante de enfermeras en la universidad, lo que dificulta y pone en peligro la transmisión del ser y sentir enfermeros, para dar paso a la fascinación de la técnica y la tecnología.

No hace mucho una estudiante me interpelaba a la hora de hacer una simulación sobre un afrontamiento de cuidados, diciéndome que a ella eso no le aportaba nada y que lo que realmente necesitaba era saber hacer una reanimación cardiopulmonar avanzada. Respondí a la estudiante diciéndole que tenía razón, pero que dado que en ese momento no podía cambiar la dinámica de mi docencia, la tendría en cuenta para siguientes cursos, y le pedí si podía participar en la simulación. Satisfecha con mi respuesta aceptó mi propuesta. La situación de cuidados era la de una cuidadora familiar que tenía una situación muy compleja que le desbordaba emocional y psicológicamente al no saber afrontarla. Acudía a la consulta enfermera con la excusa de recoger pañales para la incontinencia de su hijo con tetraplejia, con el deseo de que la enfermera, su enfermera de referencia, fuese capaz de identificar su estado, aunque no lo verbalizase directamente, sino a través de diferentes señales de alarma. A la estudiante le di la información sobre la situación que vivía la cuidadora, teniendo en cuenta que ella era su enfermera de referencia y por tanto ya conocía todo el proceso, aunque desconocía para qué había solicitado cita (como, por otra parte, sucede en realidad en la actividad diaria). Tras la simulación, la estudiante, que asumió el rol de enfermera, no supo identificar su estado y tras entregarle los pañales y entre risas y latiguillos verbales (no pasa nada, tranquila, todo se pasa, eso es normal…), despidió a la cuidadora, eso sí, diciéndole que estaba allí para lo que necesitase. Yo le pregunté si consideraba que su atención había sido la correcta, a lo que me respondió de manera inmediata y firme que sí. Tras analizar el caso, compartí con ella qué había pasado tras salir de su consulta (se trataba de un caso que había sucedido realmente). La cuidadora tras comprobar que nadie era capaz de identificar su situación (pues no era la primera vez que había acudido a su enfermera y a otros profesionales), fue a su casa, le dejó los pañales a su hijo a quien dio un beso, dejó una carta sobre la mesa y se tiró por el balcón del 7º piso donde vivía. Dirigiéndome a la estudiante le dije que ahora fuese y le hiciese la reanimación cardiopulmonar avanzada, cuando como enfermera no había sido capaz de identificar, entender y atender sus necesidades y prestarle los cuidados que requería. Concluimos que se pueden salvar vidas incluso sin hacer uso de la técnica.

En ningún momento pretendo trasladar que las técnicas no son importantes, lo son. La técnica forma parte de nuestra existencia, la cuestión es saber qué hacer con ella y como hacerla complementaria y compatible, que no excluyente, del cuidado, con el fin de situar finalmente la atención al nivel de la dignidad humana.

Por último, quisiera incidir en la sensación que tengo sobre el papel que las Facultades y Escuelas de Enfermería tienen con relación a la sociedad de la que forman parte. Cada vez se asimilan más a cadenas de producción de enfermeras para satisfacer la importante demanda de los servicios de salud, tanto propios como extranjeros, como si no hubiese ninguna otra opción de desarrollo profesional, como si no existiese vida más allá del hospital o del centro de salud. Esto provoca lo que algunos autores denominan como Teleopatía, es decir, la obtención acrítica de resultados, que acaban por instrumentalizar los cuidados en beneficio de la demanda.

Ante esto las/os estudiantes que, como decía anteriormente, tuvieron dudas a la hora de tomar su decisión de estudios, acaban por no entender realmente qué es ser enfermera y mucho menos que es sentirse enfermera. Por tanto, genera insatisfacción en las/os estudiantes que se traducirá en que terminen siendo, posiblemente, enfermeras tecnológicas o con una clara indefinición sobre lo que son o pueden aportar como enfermeras, con un importante déficit sobre lo que significa y supone la atención enfermera y la consiguiente prestación de cuidados que deberían, no tan solo conocer sino sentir.

Así pues, las/os estudiantes que logran el título que les habilita para ejercer como enfermeras no necesariamente son enfermeras, al no sentirse como tales. Son graduadas en Enfermería, que no es exactamente lo mismo, aunque lo parezca. Esto explica, en gran medida, la actitud de conformismo, inacción, inmovilismo o falta de ilusión de algunas enfermeras ante hechos que les afectan directa o indirectamente como tales. Esto explica que se olvide la condición de enfermera cuando se actúa desde posiciones que no requieren necesariamente ser enfermeras (docencia, política, empresa…), pero que aportarían un valor añadido fundamental a sus acciones. Esto explica que no identifiquen referentes. Esto explica tantas y tantas actitudes que impiden el desarrollo enfermero pero que impiden también una aportación específica tan necesaria como la que está en disposición de ofrecer la mirada, la escucha, la acción, la atención… de quien además de ser, es capaz de sentirse enfermera.

El contexto universitario es tan solo parte del problema, pero es el inicio posiblemente del mismo. Posteriormente el escenario incierto en el que se incorporan esas enfermeras, que no son capaces de serlo y de sentirlo como tales, actúa de manera agresiva, desafiante, incluso acosadora, provocando parálisis, miedo, incertidumbre… a manifestarse como enfermeras y aceptando lo establecido, hacer las cosas porque siempre se han hecho así, resistiéndose a ser críticas e incluso científicas, prefiriendo abrazar la técnica y abandonando el cuidado como refugio que les protege pero que, lamentablemente, les despersonaliza y finalmente les deshumaniza… cuando debieran ser quienes realmente humanizaran la atención con los cuidados profesionales con su claro sentimiento enfermero.

Hace más de cuarenta años que enfermería entró en la Universidad. Fue un hito logrado con mucho esfuerzo, ilusión, motivación, implicación y decisión por quienes eran y se sentían enfermeras. Nos toca, a quienes tenemos la responsabilidad y la capacidad de hacerlo, que las futuras enfermeras no tan solo las identifiquen, sino que las tengan como referentes y modelos a seguir como paso previo a la formación de enfermeras, para que no tan solo lleguen a serlo sino a sentirlo. Serlo se lo otorga el título obtenido. Sentirlo depende de quienes además de transmitir conocimiento tenemos la obligación, como enfermeras, de compartir su construcción para que se sientan parte del mismo y que, quien no es, o quien siéndolo no se siente enfermera, nunca hará. Porque es precisamente ese sentimiento enfermero el que permitirá transformar la atención prestada en acciones cuidadoras enfermeras y no tan solo en acciones profesionales o sanitarias, como lamentable y habitualmente se identifican, contribuyendo a invisibilizar los cuidados enfermeros.

Finalmente, para SER Enfermera, hay que ESTAR y ACTUAR como tal, con el fin de SENTIRSE Enfermera y no tan solo PARECERLO.

Algo podemos y debemos hacer para que las enfermeras del futuro no tan solo lo sean o lo parezcan, sino que se sientan como tales.

[1] Psicólogo, terapeuta y escritor.