LICENCIA PARA OLVIDAR vs SIN TIEMPO PARA MORIR

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“El verdadero odio es el desinterés, y el asesinato perfecto es el olvido.”

Geoge Bernanos[1]

 

Estamos alcanzando la denominada nueva realidad, es un hecho. Aunque mucho me temo que realmente de lo que se trata es de la realidad de siempre, con los tópicos, los estereotipos, las ausencias, las presencias, los olvidos, las ignorancias, de siempre, o lo que es lo mismo, la coherencia, la referencia, la visibilidad, el respeto, el conocimiento… siempre ausentes.

Con la pandemia más controlada y los riesgos para la salud comunitaria menos presentes, que no ausentes, las medidas de vigilancia, control, restricción… se relajan. Pero la relajación y con ella la alerta mantenida para trasladar un discurso que pareciese nuevo, reformador, conciliador, equitativo, objetivo… se va diluyendo y aparecen los viejos y permanentes mensajes de una normalidad que ni es nueva ni deseable.

Y, claro está, en esa normalidad del discurso y de las decisiones, desaparecemos las enfermeras. Dejamos de ser heroínas, incluso dejamos de ser rastreadoras y vacunadoras, para pasar de nuevo a la retaguardia de la oscuridad, de la ignorancia, del olvido, de la subsidiariedad. En definitiva, del desprecio, por cuanto no lo hay mayor que no hacer aprecio. Pero no un aprecio falso, interesado, de circunstancias o de oportunismo, como el que se ha utilizado durante la pandemia, sino un aprecio valorativo, de respeto, de reconocimiento, de identificación, por lo que se es y lo que se aporta.

Mientras les hemos resultado útiles a sus intereses políticos, personales y partidistas, derivados de la tensión, la incertidumbre o la presión de la pandemia, nos han adulado hasta el punto de convertirnos, sin quererlo, en heroínas. Cuando han identificado que la situación ya no requería modular sus discursos para lograr sus objetivos, se han relajado y en dicha relajación ya no incorporan de manera artificial a las enfermeras y dejamos de tener los poderes que supuestamente nos concedieron con su interesada generosidad  Sencillamente dan rienda suelta a su pensamiento excluyente y exclusivo sobre salud, sanidad y profesionales, dejando al descubierto sus intenciones y sus elecciones, que acaban siempre en idéntico punto del que se partió al inicio de la pandemia, que se sitúa en el modelo caduco, ineficaz e ineficiente de un Sistema Nacional de Salud (SNS) anclado en el asistencialismo, la medicalización, la fragmentación, la tecnología y la jerarquización médicocentrista, que desprecia el cuidado profesional, la atención primaria, la promoción y la participación.

Los efectos de la pandemia sobre el SNS han sido demoledores y las decisiones centradas exclusivamente en la epidemiología de la enfermedad y la hospitalización, han relegado a la Atención Primaria y a sus profesionales a un nivel absoluto de subsidiariedad, en el mejor de los caos, cuando no de infrautilización de sus capacidades competenciales. La población, por su parte, ha sido identificada exclusivamente como receptora pasiva de las normas impuestas, sin una adecuada información y con una absoluta limitación de participación, en una situación generadora de incertidumbre, temor y alarma que se veían incrementadas por los efectos de los confinamientos y las restricciones. Todo lo cual provocaba efectos de “rebote” que se traducían en sucesivas olas de contagio como consecuencia de una deficiente y culpabilizante información que se utilizaba como excusa, por parte de políticos y gestores, para justificarlas.

Ante este panorama que trataba de maquillar los defectos del SNS, se utilizó a las/os profesionales para desviar la atención sobre los mismos, usando para ello mensajes grandilocuentes como los ya comentados que lo único que lograban es ejercer, si cabe, una mayor presión sobre ellas/os.

Ahora que los datos parecen apuntar hacia una lenta y progresiva mejoría de la situación, se plantean acciones aparentemente muy llamativas pero que indudablemente parten de las premisas impuestas por el modelo imperante del que, por otra parte, ya nadie parece acordarse de lo que dijeron sobre la necesidad de acometer una profunda revisión y posterior reforma del mismo. Como si el paso de la pandemia fuese un mal sueño que se puede olvidar también para retomar la normalidad de la mediocridad en la que algunas/os parecen sentirse tan cómodas/os.

Las decisiones destinadas a distraer y aparentar un interés reformista han venido siendo una constante. Tan solo hay que recordar las famosas Comisiones para la Reconstrucción o la Comisión para la Reforma del SNS. Como ya dijera William Shakespeare, mucho ruido y pocas, en este caso muy pocas, nueces. Pero al menos sirvieron para distraer nuevamente la atención de quienes creyeron que esta vez si era posible un cambio tan urgente, como necesario y pertinente. Pero ya se sabe que doctores tiene la Iglesia y, en este caso, Ministras y Ministros los Ministerios, que se esfuerzan para que la coherencia y el sentido común tengan cada vez menos cabida en sus decisiones.

Pero más allá de declinar en sus tozudos, inoperantes y carísimos planteamientos, reinciden en ellos, posiblemente en un intento por seguir aparentando la pertinencia de sus puestos y sus decisiones. No se les puede negar una inquebrantable voluntad en este sentido. Lástima que sea todo tan estéril como conocido.

Las últimas acciones las podemos concretar en la reciente constitución de dos nuevas comisiones, que tanto les gustan a pesar de los paupérrimos resultados que generan.

Por una parte, desde el Ministerio de Igualdad, se ha creado la Mesa Asesora para los cuidados, que aglutina agentes profesionales y ciudadanos muy diversos y cuenta con la participación de ministerios como Trabajo y Economía Social, Ministerio de Educación y Formación Profesional, Ministerio de Inclusión y Seguridad Social o el Ministerio de Derechos Sociales y Agenda 2030, con el objetivo de poner en marcha un mecanismo participativo, de carácter estable, que acompañe al Ministerio de Igualdad y su agenda vinculada a las políticas de cuidados desde una perspectiva “experta” y “activista”. Acompañamiento en el que, misteriosamente o no tanto, no se cuenta con el Ministerio de Sanidad, en un tema que evidentemente no es solamente, ni tan siquiera principalmente, del ámbito de la Sanidad, pero que nadie puede obviar u olvidar que algo tendría que decir, aportar o sugerir. Simplemente es un claro ejemplo de la utilización partidista que, de temas tan relevantes, como los cuidados, se hace por quienes se sitúan en una u otra parte del gobierno de coalición, en una clara muestra por demostrar poder e influencia, como resultado de las diferencias de planteamiento ante él. Mesa, por otra parte, en la que tan solo hay una enfermera. Se puede pensar que menos da una piedra. Pero pasa como con la pedrea de la lotería, que no contenta a nadie sirviendo tan solo como consuelo y resignación, traducido en la falsa y aparente manifestación de alegría por poseer salud. En cualquier caso, no deja de ser un malogrado comienzo que trasluce claras diferencias de planteamiento, abordaje y objetivos, que acabarán traduciéndose en nuevos resultados fallidos, de estas fallidas, aunque aparentes, propuestas.

La otra apuesta es la realizada por el Ministerio de Sanidad, no se sabe si como respuesta de fuerza ante la anterior, con la creación del Comité para Evaluar la COVID-19. Evaluación que la Ministra de Sanidad y su equipo, consideran debe centrarse en la economía y la epidemiología que son las disciplinas de las/os expertas/os elegidas/os para tal fin. Olvidando, o lo que es casi peor, ignorando, los cuidados y la relevancia que estos y sus principales protagonistas, las enfermeras, han tenido durante toda la pandemia. Parece como un intento de revancha ante la exclusión del Ministerio de Sanidad de la Mesa para los cuidados, dejando fuera a estos y con ellos a las enfermeras.

En definitiva, la licencia para olvidar, se convierte en una poderosa arma de ataque y contraataque que genera un permanente fuego cruzado que suele acabar provocando efectos colaterales que se asumen como inevitables e incluso como necesarios para los intereses de unas/os y otras/os. Porque unas tratan de ocultar los cuidados profesionales tras un planteamiento político reivindicativo de los cuidados que es lícito e incluso necesario, pero que nunca debería suponer la utilización de unos contra otros. Los cuidados son universales y responden a la fragilidad humana y por tanto todas/os tenemos el derecho de cuidar, pero el cuidado profesional no es suplantable y mucho menos puede ser olvidado. Otras/os, por su parte, olvidan desde el inicio los cuidados, anteponiendo la evolución de la economía y de la enfermedad, como elementos exclusivos de evaluación, sin reparar en que tanto las consecuencias sobre la economía como sobre la enfermedad generan fragilidad y como consecuencia la necesidad de cuidados profesionales.

Pero, volviendo al símil de las piedras, según el cual nos conformamos o consolamos diciendo que menos da una piedra. Recientemente una muy querida amiga me decía que sí, pero que cuándo íbamos a dejar de ser piedras y tratar con semipiedras. A lo que le respondí que cuando las enfermeras seamos como rocas en lugar de como granitos de arena. Porque finalmente ese es el juego de quienes tienen el poder de olvidar y con él de olvidarnos.

Siguiendo con la metáfora, actúan como si estuviesen en la playa en donde las enfermeras somos la arena. Arena que es muy numerosa, pero muy sencilla de manejar para quienes tienen la habilidad de construir castillos con ella que finalmente o son abandonados o destruidos por las olas. Si queremos contener la fuerza de las olas y con ella la destrucción que provocan, debemos transformarnos en rocas que conformen un rompeolas que las contenga.

Finalmente, en los juegos palaciegos en los que se entretienen las/os políticas/os, se llegan a creer agentes 007 con licencia para olvidar, que lamentablemente es tanto como tener licencia para matar, pues el olvido supone irremediablemente la muerte de aquello que se quiere olvidar de manera premeditada y voluntaria como es el caso del olvido o ignorancia que hacia los cuidados y las enfermeras hacen unas y otros de manera tan natural al tiempo que despiadada. Olvido que supone un grave perjuicio para el SNS, para las personas, las familias y la comunidad que los necesitan, pero que parece importarles bien poco, visto lo visto.

Sin embargo, y al contrario de lo que sucede en las películas del famoso espía británico, los efectos especiales empleados por las/os políticas/os metidas/os a espías, en forma de argucias, engaños y mentiras o verdades a medias, no van a ser capaces de disimular los daños que generan sus cuitas y batallas, porque ni los cuidados ni las enfermeras van a poder ser olvidados por mucho que ellas/os crean tener licencia para olvidar y con ella para matar. Y es que, tanto las enfermeras como los cuidados profesionales que prestamos, estamos, como en la última película de James Bond, sin tiempo para morir.

Al fin y al cabo, como sucede con los actores que encarnan al agente secreto, las/os políticas/os, son perecederas/os, cambian cada cierto tiempo. Nosotras las enfermeras y los cuidados enfermeros NO, perduramos a su mediocridad y sus artimañas y su licencia no logra el objetivo del olvido porque cada vez somos más rocas y menos arena.

[1] Novelista, ensayista y dramaturgo francés.