LA AMNESIA DE LO CONSTRUIDO Cuando nos olvidamos de dónde venimos

Al Grupo 40 que tanto se esfuerza en mantener viva nuestra memoria.

                                                                      “Hay que recuperar, mantener y transmitir la memoria histórica, porque se empieza por el olvido y se termina en la indiferencia.”

José Saramago[1]

Vivimos tiempos en los que todo parece haber estado siempre ahí. La Enfermería —profesión, ciencia, disciplina, presencia social— parece, a los ojos de muchos, una realidad consolidada, casi natural. Una evidencia más del paisaje contemporáneo de la salud. Sin embargo, nada más lejos de la verdad. Todo lo que hoy tenemos, todo lo que hoy damos por hecho, ha sido conquistado paso a paso. Ha costado tiempo, vidas, inteligencia, determinación, errores, luchas. Ha costado que enfermeras con su hacer cotidiano y su pensamiento estructurado, fueran trazando caminos en territorios hostiles, muchas veces sin más apoyo que su convicción.

Y, sin embargo, en este presente saturado de inmediatez, individualismo y hedonismo, donde la comodidad a menudo sustituye al compromiso, se nos cuela una amnesia peligrosa. Una suerte de Alzheimer profesional que borra, una y otra vez, el rastro de quienes nos trajeron hasta aquí. Como si lo que hoy somos no viniese de ningún sitio. Como si hubiésemos emergido por generación espontánea, en un sistema que ahora, cuanto menos, nos tolera, pero que en su momento nos ignoró, nos subordinó y nos silenció.

Ese olvido no es inocuo. Erosiona lentamente lo que somos. Desvanece el sentido de pertenencia. Diluye la identidad profesional. Y, lo que es más grave, abre la puerta a la repetición de viejos ciclos de invisibilización y subsidiariedad. Porque no saber de dónde venimos es la antesala de volver a perder lo que tanto costó construir.

La Enfermería no fue siempre profesión. Fue, durante siglos, un hacer sin nombre, una prolongación funcional de las órdenes médicas, una tarea asignada culturalmente a las mujeres como extensión de su rol doméstico. Cuidar era servir. Callar era norma. Pensar, un atrevimiento. Y querer cambiar algo, un acto de insubordinación.

Hace menos de 50 años, muchas enfermeras aún pedían permiso para tomar decisiones mínimas. El acceso a estudios universitarios era limitado, la posibilidad de investigar casi inexistente, la voz profesional apenas audible en los espacios donde se decidía el futuro de la salud pública. Y, sin embargo, hubo quienes no aceptaron ese destino escrito por otros. Quienes se atrevieron a pensar diferente, a incomodar, a construir desde el margen. Mujeres que pusieron cuerpo, pensamiento y alma para que hoy podamos hablar de Enfermería como profesión, como ciencia, como sujeto político.

Y es aquí donde se nos hace urgente recuperar la memoria. Porque la dignificación del cuidado, el acceso al espacio académico, la posibilidad de investigar, escribir, enseñar y transformar, no han sido conquistas colectivas espontáneas. Son el fruto de muchas trayectorias individuales y colectivas que rara vez son reconocidas. Y sin ese reconocimiento, sin esa memoria activa, la Enfermería corre el riesgo de convertirse en simplemente en una fachada, sostenida en logros que no se cuidan ni se valoran.

Estamos, en efecto, ante una peligrosa anorexia de reconocimiento. Una especie de desnutrición simbólica que nos impide mirar con respeto a quienes nos precedieron. Que desactiva la gratitud y trivializa el legado. Que convierte la historia profesional en una sucesión de anécdotas: una lámpara que ilumina pasillos, unas necesidades básicas que se enumeran sin comprender su alcance revolucionario, una imagen de vocación que sirve para suavizar lo que en realidad fue un acto político de transformación.

Es en este contexto que surge una escena imaginaria, pero no por ello menos necesaria. Una conversación imposible, entre tres mujeres posibles. Un diálogo entre Florence Nightingale[2], Virginia Henderson[3] y Marie France Collière[4], observando desde algún lugar el devenir de la Enfermería que ayudaron a forjar. No como homenaje simbólico, sino como espejo crítico.

—Querida Florence —comienza Virginia Henderson, sentada en lo que parece una vieja biblioteca victoriana, con las manos entrelazadas sobre el regazo—, ¿te has dado cuenta? Hoy, cuando pronuncian mi nombre, casi siempre lo hacen para hablar de las «catorce necesidades». Como si todo lo que aporté se redujera a una lista. ¿A ti no te pasa algo similar con tu lámpara?

—Sí —responde Florence con una sonrisa irónica—. La lámpara… parece que solo hubiese sido eso. Un objeto que alumbra pasillos, no ideas. Como si mi trabajo estadístico, mi intervención política, mi lucha por reformar el sistema de salud británico no hubiesen existido. A veces me pregunto si nos han convertido en iconos para no tener que lidiar con nuestras ideas.

—Exactamente. Nos transformaron en figuras, en metáforas, en estampas. Pero nuestras voces, Florence, nuestras voces han sido silenciadas. No por maldad, sino por comodidad. Porque pensar lo que hicimos implica asumir lo que aún falta. Y eso incomoda.

—Y más aún —interrumpe Florence, con el tono firme de quien lleva razón—, implica reconocer que la Enfermería no puede vivir sólo de técnica ni de protocolo. Que necesita pensamiento, autonomía, juicio ético y mirada política. Que cuidar no es ejecutar órdenes, sino acompañar vidas. ¿Dónde ha quedado eso?

—Quizá perdido entre tanta urgencia —responde Henderson—. O entre tanta prisa por subir de categoría, por encajar en lógicas que no nos pertenecen. Me preocupa, Florence. Me preocupa profundamente que hoy se olvide que fuimos, ante todo, mujeres que pensaron. Que escribieron. Que lucharon. Y lo mismo le ocurre a Marie Françoise —añade mirando hacia su izquierda—, la recuerdan ser activista, pero ignoran todo su pensamiento, toda su lucha por visibilizar el cuidado como construcción cultural y social.

En ese momento, Marie Françoise Collière, con voz serena y mirada clara, interviene:

—Queridas, gracias por incluirme. Sabéis que siempre he defendido que “es en el seno de la comunidad donde el cuidar adquiere todo su sentido”. Porque el cuidado no es algo menor, ni exento de complejidad. Es un acto profundamente humano, pero también científico, que nace del vínculo, del conocimiento, de la historia, de la cultura compartida[5].

—Eso es exactamente lo que hemos olvidado —dice Florence—. Que cuidar es político, es social, es histórico. Que nuestra profesión está hecha de tejido colectivo, no de individualismo técnico.

—Y que el olvido nos vuelve vulnerables —añade Virginia—. Porque cuando se desconoce el camino recorrido, se vuelve fácil repetir errores del pasado. La subordinación, la obediencia ciega, la autoexplotación, el silencio, la negación del pensamiento propio… Todo eso puede regresar, aunque lleve otros nombres.

—Por eso estamos aquí —concluye Collière—. No como fantasmas del pasado, sino como recordatorio vivo de que la Enfermería debe cuidar también de sí misma. De su historia, de su identidad, de su memoria.

—Y no está mal querer crecer —concede Florence—. Pero crecer sin raíces es flotar. Y cuando se flota, se corre el riesgo de que el viento te lleve hacia cualquier parte, incluso hacia atrás. Porque la fragilidad del presente acontece cuando se olvida el pasado.

El silencio se instala por un momento en la sala. No es un silencio triste, sino denso. Un silencio que contiene siglos de lucha, de pensamiento, de cuidado. Una pausa que reafirma que nada fue espontáneo. Todo fue pensado, defendido y cuidado por enfermeras que sabían exactamente lo que hacían. Las tres se miran, no con nostalgia, sino con una mezcla de inquietud y esperanza. Como quien observa un paisaje que ayudó a modelar, pero que ya no reconoce del todo.

—¿Sabéis, Virginia y Marie France? —retoma Florence con aire pensativo— A veces pienso que lo que hicimos no se olvida por desconocimiento, sino por una forma sutil de desactivación. Como si reducirnos a símbolos sirviera para evitar que nuestras ideas sigan siendo incómodas. Porque pensar el cuidado como acto político, como disidencia frente al abandono y la injusticia, sigue resultando peligroso para algunos.

—Claro que sí, dice Virginia. Nos vuelven estatuas para no escucharnos. Nos hacen emblemas para no asumir lo que defendimos. A mí, a veces, me recuerdan con una dulzura casi infantil, como si mis propuestas no hubiesen puesto en cuestión todo un modelo biomédico. Como si hablar de independencia del juicio clínico, de necesidades humanas, de relación terapéutica, no hubiese sido una revolución.

—Y mientras tanto —suspira Marie France—, la profesión avanza en número, en formación, en acceso a la investigación… pero algo se diluye. Algo esencial. La conciencia histórica. El sentido de pertenencia. La gratitud activa hacia quienes construyeron cada paso. No es nostalgia, es justicia.

—Y es protección, Marie France y Virginia. Porque cuando se desconoce el camino recorrido, se vuelve fácil repetir errores del pasado. La subordinación, la obediencia ciega, la autoexplotación, el silencio, la negación del pensamiento propio… Todo eso puede regresar, aunque lleve otros nombres, aunque se vista de modernidad[6].

—Lo sé, responde Collière. Y no es exageración. Es memoria crítica. Lo hemos visto en tantas profesiones, en tantas luchas. Sin raíces, todo es vulnerable. Por eso, el olvido no es solo una falta de respeto, es un riesgo estructural[7].

—A veces imagino —dice Virginia— que pudiésemos hablar con las jóvenes enfermeras de hoy. No para decirles “en nuestros tiempos”, ni para imponer nuestras voces. Sino para compartir el valor de recordar. Para decirles que, aunque hoy estudien másteres y doctorados, aunque publiquen artículos y lideren proyectos, todo eso fue antes impensable. Y que no se trata de agradecer, sino de reconocer. De sostener la continuidad de algo más grande que una misma.

—Sí, afirma Florence. Porque cuidar también es cuidar de la historia. De lo que nos hizo ser. De lo que defendimos y lo que otras muchas y muchos, tras nosotras, hicieron, para que ellas y ellos pudiesen ahora defender lo que viene, sin olvidar de dónde vino[8].

Este diálogo, que nunca ocurrió pero que debería ser escuchado, refleja una preocupación latente. La Enfermería puede estar viviendo una ilusión peligrosa de plenitud. La idea de que «ya hemos llegado». Que «ya estamos en la Universidad». Que «ya se nos reconoce». Que «ya somos ciencia».

Y, sin embargo, cada uno de esos logros está sostenido por estructuras que aún son frágiles. Por un reconocimiento parcial, condicionado. Por una visibilidad que muchas veces sigue siendo instrumental, asistencialista, subordinada. Por una lucha que no terminó, sino que cambió de forma. En una vigilia permanente contra el espejismo de lo logrado y los ataques ante lo conseguido.

Olvidar esto no es solo una injusticia con quienes nos precedieron. Es una traición con las que vendrán. Porque no se puede proyectar futuro sin cuidar el pasado. No se puede sostener una identidad profesional si no se reconoce el hilo que nos une a quienes trabajaron, pensaron y resistieron cuando nada les era favorable[9].

Las enfermeras necesitan una pedagogía de la memoria. No para vivir ancladas en ella, sino para caminar con conciencia. Necesitan rescatar sus propias narrativas, sus propias autoras, sus propios hitos. No para recluirse en un relato identitario cerrado, sino para afirmar su singularidad frente a modelos que les han instrumentalizado durante décadas.

Y también necesita dejar de banalizar a sus referentes. De convertir a Henderson en una lista, a Nightingale en una lámpara o a Collière en una activista. De reducir su legado a fórmulas escolares que impiden ver la potencia radical de lo que defendieron. Porque cuando las referentes se transforman en caricaturas, perdemos su poder transformador[10].

El riesgo, si no se revierte esta dinámica, es el de unas enfermeras que se deslizan hacia la irrelevancia simbólica. Que, aunque ganen competencias, pierdan alma. Que, aunque publiquen artículos, olviden por qué importa hacerlo. Que, aunque ocupen espacios, dejen de construir sentido colectivo.

Vivimos en una cultura que premia la novedad, la rapidez, la producción sin pausa. Todo lo que requiere lentitud, profundidad y respeto por la trayectoria parece quedar fuera de juego. Pero las enfermeras no pueden aceptar esa lógica sin renunciar a lo que les hace únicas, su mirada integradora, su compromiso con la vida en todas sus dimensiones, su capacidad de resistir sin renunciar a cuidar[11].

Por eso, la memoria no es un ejercicio melancólico. Es una forma de resistencia. De decir: aquí estamos porque otras estuvieron antes. De reconocer que el silencio no es inocente, y que no nombrar a nuestra/os referentes es contribuir a su desaparición. De afirmar que una profesión sin historia es un cuerpo sin esqueleto: puede tener músculo, pero no se sostiene.

Y esto implica revisar nuestros propios hábitos. ¿A quién citamos? ¿Qué autoras/es enseñamos? ¿Qué imágenes compartimos? ¿Qué ideas defendemos en los foros profesionales? ¿Desde dónde hablamos cuando hablamos de Enfermería?

Si no cuidamos nuestras palabras, nuestras ideas y nuestras genealogías, terminaremos hablando desde discursos ajenos, repitiendo paradigmas que no nos pertenecen, buscando legitimidad en marcos que nos neutralizan. Y eso, más que olvido, es desposesión.

Nightingale, Henderson y Collière, desde su rincón imaginario, nos dejan una lección clara: nada está garantizado. Todo puede perderse si no se sostiene. Lo que hoy tenemos como profesión puede ser corroído, desdibujado, vaciado, si no se cuida con la misma dedicación con la que ellas y otras/os muchas/os lo construyeron.

El silencio puede ser signo de complicidad, pero teniendo en cuenta, que la memoria debe ser elemento permanente de resistencia ante el olvido.

No se trata de vivir del pasado. Se trata de vivir con él. De honrar a quienes abrieron camino, no con bustos ni con efemérides vacías, sino con pensamiento vivo, con compromiso ético, con conciencia crítica[12].

Quizá el mayor homenaje a nuestras/os referentes no sea repetir su nombre, sino sostener su legado. No recitar sus teorías, sino ampliar su horizonte. No convertirlas/os en iconos inertes, sino en interlocutoras/es activas/os de un presente que les necesita más que nunca.

Porque mientras haya olvido, habrá riesgo. Pero mientras haya memoria, habrá también esperanza. Porque cuidar la memoria es cuidar el futuro.

Y en esa esperanza, cabe la posibilidad de una Enfermería que no solo cure, no solo cuide, no solo acompañe… sino que piense, recuerde y transforme.

Hay algo profundamente paradójico en la manera en que muchas veces se ejerce la Enfermería hoy. Mientras se proclama el valor del cuidado, se descuida la historia del propio cuidado profesional. Mientras se habla de autonomía, se reproduce dependencia simbólica. Mientras se promueve la evidencia científica, se ignora la evidencia histórica. Y mientras se exige reconocimiento, se olvida que quienes nos precedieron apenas tuvieron uno.

Estamos atrapadas/os en una contradicción que nos debilita. Demandamos lugar sin sostener identidad; reclamamos presencia sin cultivar pertenencia; pedimos respeto sin practicar memoria. Es urgente salir de esa trampa. Y hacerlo desde un compromiso colectivo que parta de una convicción ética. No hay presente sólido ni futuro digno sin raíces firmes.

Estas raíces no se encuentran solo en los grandes nombres ni en las teorías académicas. Están también en miles de enfermeras que, durante décadas, cuidaron en condiciones adversas, escribieron en márgenes, enseñaron sin títulos oficiales, pensaron en soledad, abrieron espacios donde nadie les esperaba. Muchas veces desde el anonimato, invisibles, desoídas/os. Pero sin ellas/os, la profesión no existiría como hoy la conocemos.

La memoria profesional no debe funcionar como un museo, sino como un motor. No para venerar el pasado, sino para reconocer el trayecto. Para entender por qué importa tanto defender lo construido. Por qué no podemos permitir que todo quede reducido a fechas simbólicas o a campañas institucionales sin contenido[13].

El peligro no es solo el olvido. Es el vacío. El dejar que otros escriban nuestra historia. El aceptar que nos representen con palabras ajenas, con imágenes estereotipadas, con paradigmas que no nos pertenecen. El conformarnos con la visibilidad sin significación, con el acceso sin transformación, con la técnica sin pensamiento.

Por eso, recordar no es mirar hacia atrás. Es mirar hacia adentro. Es recuperar la conciencia de ser parte de algo que nos precede y pertenece y que seguirá después de nosotras/os. Es saber que nuestra voz no empieza ni termina en nosotras/os mismas/os. Que somos eco y raíz al mismo tiempo.

Florence, Virginia y Marie France, en su conversación imaginaria, nos hablan desde la nostalgia. Lo hacen desde la responsabilidad. Nos dicen, con la firmeza de quienes saben lo que costó cada avance: no olviden, no banalicen, no repitan errores que ya supusieron un gran coste. Y también nos dicen: confíen en lo que son, porque lo que son se ha construido con dignidad.

Tal vez hoy, en medio de la prisa y la fragmentación, esta reflexión pueda actuar como una pequeña lámpara encendida, no en los pasillos oscuros de una guerra, sino en los recovecos de la memoria profesional. Una lámpara que no alumbra heridas, sino legados. Que no busca culpables, sino conciencia. Que no exige reverencias, sino compromiso de nuestras necesidades y de nuestro activismo profesional y ético.

Porque cuidar es también cuidar de nuestra historia. Es cuidar lo que somos para no olvidar lo que fuimos. Y eso, más que un acto simbólico, es una forma radical de presencia.

[1] Escritor portugués. En 1998 se le otorgó el Premio Nobel de Literatura (1922-2010).

[2] Enfermera, escritora y estadística británica, considerada precursora de la enfermería profesional contemporánea y creadora del primer modelo conceptual de enfermería (1820-1910).

[3] Enfermera teorizadora que incorporó los principios fisiológicos y psicológicos a su concepto personal de enfermería (1897-1996)

[4] Enfermera, historiadora, y activista por la causa de las mujeres cuidadoras (1930-2005).

[5] Collière MF. Promover la vida: de la práctica de las mujeres cuidadoras a los cuidados de salud. Madrid: Ministerio de Sanidad y Consumo; 1993.

[6] Tronto JC. Caring Democracy: Markets, Equality, and Justice. New York: NYU Press; 2013

[7] García-Mayor JM. La profesión enfermera ante el olvido de su historia. Temperamentvm. 2020;16:e13220.

[8] Martínez-Riera JR. Enfermería Comunitaria: cuidar desde la historia para proyectar el futuro. Enferm Comunitaria. 2023;19(2):75–9.

[9] Henderson V. The Nature of Nursing: A Definition and Its Implications for Practice, Research, and Education. New York: Macmillan; 1966.

[10] Reverby SM. Ordered to Care: The Dilemma of American Nursing, 1850–1945. Cambridge: Cambridge University Press; 1987.

[11] Nightingale F. Notes on Nursing: What It Is, and What It Is Not. London: Harrison; 1859.

[12] Noddings N. Starting at Home: Caring and Social Policy. Berkeley: University of California Press; 2002.

[13] Watson J. Nursing: The Philosophy and Science of Caring. Boulder: University Press of Colorado; 2008.

6 thoughts on “LA AMNESIA DE LO CONSTRUIDO Cuando nos olvidamos de dónde venimos

  1. Es una gran satisfacción leer la conversación imaginaria de nuestra historia profesional e inspiración, es de suma importancia conocer nuestra historia para honrar a nuestras antecesores., continuar con el compromiso del cuidado pero también luchar por la mirada de la autonomía y política para tomar decisiones en las políticas públicas y el reconocimiento profesional de Enfermería.

  2. Que mensaje más profundo,el de este artículo.
    La Enfermería Profesional fue forjada por esas grandes investigadoras y brillantes Enfermeras que durante décadas lucharon por obtener un lugar digno y merecido para esta Profesión.
    Me siento muy orgullosa de ser Enfermera y creo que este es un tema muy importante para sostener las bases forjadas con trabajo arduo , investigación y ciencia.
    Debemos transmitir ese proceso de tantos sacrificios a nuestras generaciones jóvenes.

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