
Siempre parece imposible hasta que se hace.
Nelson Mandela[1]
En un congreso, se desarrolla una mesa redonda en la que participan un médico epidemiólogo y una enfermera comunitaria. Se establece un debate en el que las posturas, aunque parezcan muy alejadas o incluso antagónicas, tienen la capacidad de integrarse y generar una nueva realidad epidemiológica que, sin ser excluyente, integre ambos planteamientos. El debate se produce en los siguientes términos:
Andoni Ortueta (epidemiólogo): Laia, agradezco este espacio. Vengo de una tradición donde la epidemiología es sinónimo de exactitud, de causalidad bien definida. Pero últimamente escucho propuestas que, aunque bien intencionadas, me preocupan. ¿No estaremos diluyendo el rigor de nuestra ciencia?
Laia Domenech (enfermera comunitaria): Gracias, Andoni. Yo también vengo de una tradición: la del cuidado. Y créeme, no es menos rigurosa ni menos científica. Se basa en evidencia. El método del cuidado tiene sus propias exigencias epistemológicas. Solo que elige mirar donde a veces los datos no llegan. No se trata de debilitar la epidemiología, sino de completarla. La vida no cabe entera en una tabla de Excel.
Ortueta: Comprendo que hay realidades complejas, pero ¿cómo incorporamos esas miradas sin perder la validez y la fiabilidad? Si todo vale, nada pesa.
Domenech: Precisamente por eso necesitamos otras formas de evidenciar lo que importa. El sufrimiento no diagnosticado, el aislamiento que enferma, la falta de sentido… ¿por qué no son objeto de estudio epidemiológico? Lo que no se nombra, no se atiende. Y si no se atiende, se perpetúa.
Ortueta: Pero el método científico exige controles, comparaciones, reducción de sesgos…
Domenech: Y el método del cuidado, que repito es método científico, exige escucha activa, presencia continuada, vínculo con sentido. No es menos exigente, ni menos científico. Solo que se mueve en otras lógicas, igual de válidas. ¿Acaso no es importante saber qué condiciones generan salud más allá de evitar la enfermedad? ¿Por qué seguimos invirtiendo más en detectar tumores que en cultivar vínculos?
Ortueta: Suena provocador, pero también transformador. Aunque reconozco que me cuesta imaginar una «epidemiología del vínculo».
Domenech: Pues ya existe. Se llama epidemiología de los cuidados. Analiza cómo cuidamos, a quién cuidamos y qué impacto tiene eso en la salud colectiva. No es ideología, es salud pública con mirada amplia. Con ética. Con ciencia.
Ortueta: Me preocupa que eso desplace recursos de lo que sí podemos medir con claridad.
Domenech: Y, a mí, me preocupa que lo que no se mide, no se valore. Y que por no verlo, lo perpetuemos. No se trata de elegir entre lo clásico y lo nuevo. Se trata de integrar, de reconocer que sin cuidado no hay equidad, y sin equidad no hay salud. Teniendo en cuenta, que lo que damos por llamar nuevo, el cuidado, es muy anterior a lo que denominamos clásico. Paradójico, ¿no?
Ortueta: Tal vez este sea el mayor reto que tenemos: reconocer que nuestras certezas también tienen límites.
Domenech: Y que en esos límites, a menudo, es donde habita la vida que decimos querer cuidar.
Ortueta: Laia, puede que, al menos de momento, no compartamos todos los métodos, pero compartimos el propósito.
Domenech: Eso es lo importante. Y tal vez ahí, en esa confluencia, podamos empezar a construir una realidad que no solo cuente muertes, sino que acompañe vidas.
Tras este debate ficticio en cuanto a su desarrollo, pero real en cuanto a contenido, paso a reflexionar sobre una realidad posible y deseable, acorde con la sociedad actual y la necesidad de un cambio transformador y a la vez respetuoso.
Durante décadas, la epidemiología ha sido la gran herramienta científica de la salud pública. Su capacidad para identificar patrones, establecer relaciones causales y orientar intervenciones ha contribuido indudablemente a mejorar la esperanza y calidad de vida de las poblaciones. Sin embargo, esa misma capacidad, focalizada casi exclusivamente en la enfermedad, ha derivado también en una epistemología limitada. Un modelo de conocimiento que se construye desde la pérdida, el déficit, la alteración. Lo que no se mide, no existe; y lo que se mide, suele ser la enfermedad. La salud —como experiencia vivida, como proceso relacional, como construcción colectiva— ha quedado fuera del campo visual de la epidemiología tradicional. Esta miopía científica y política ha consolidado un modelo asistencialista, biomédico, hospitalcentrista, centrado en el riesgo y el control, que si bien salva vidas, también invisibiliza los determinantes profundos de la vida digna, de la equidad y del cuidado.
Frente a ello, hablar de epidemiología de la salud no es un juego retórico, sino una exigencia epistemológica, política y ética. Es plantear un giro copernicano, pasando de contar muertos a cuidar la vida. No se trata de negar la relevancia del estudio de la enfermedad, sino de ampliar la mirada hacia aquello que genera y sostiene la salud, especialmente en contextos de adversidad estructural. Esto implica superar la lógica del riesgo individual y abrirse a una comprensión salutogénica del bienestar, como propuso Antonovsky al interrogarse no sobre por qué enfermamos, sino sobre cómo algunas personas logran mantenerse sanas a pesar de todo[2].
La epidemiología de la salud, por tanto, no busca reemplazar la epidemiología clásica, sino tensionarla, complementarla y transformarla. No se pregunta únicamente por los factores de riesgo, sino por los factores de protección o los activos para la salud, de sentido, de cohesión, de comunidad. Requiere metodologías más cualitativas, más dialógicas, más vinculadas al territorio y a los saberes situados. Y exige un compromiso ético con las condiciones de vida reales de las personas, más allá de los modelos normativos de salud definidos desde despachos tecnocráticos.
En este marco, cobran especial relevancia los determinantes morales, una categoría que ha comenzado a cobrar fuerza como contrapeso crítico a los ya conocidos e importantes determinantes sociales. Si estos últimos hacen referencia a las condiciones materiales que influyen en la salud —ingresos, educación, vivienda, entorno, trabajo—, los determinantes morales remiten a las decisiones políticas, ideológicas y éticas que explican por qué esas condiciones persisten o se agravan. No es lo mismo vivir en pobreza que haber sido empobrecido. No es igual padecer soledad que haber sido abandonado por un sistema que medicaliza los síntomas pero no se pregunta por las causas.
Los determinantes morales no son ajenos ni neutrales. Están presentes en las decisiones que se toman —o se omiten— en los sistemas de salud, en las prioridades que se fijan, en los valores que se privilegian. Están en el sesgo que desatiende la pobreza, la soledad o la salud mental, en la desidia ante la violencia machista o el racismo institucional, en la falta de políticas públicas que garanticen la equidad. Por eso, no basta con identificar necesidades desde un enfoque clínico o epidemiológico. Es imprescindible reconocer también las condiciones éticas y sociales que hacen que ciertas necesidades sean sistemáticamente ignoradas o postergadas. Ahí es donde las enfermeras deben ser referentes: no solo por lo que hacen, sino por cómo lo hacen y por qué lo hacen. Por su capacidad de dar sentido ético a cada acción, de confrontar lo injusto, de cuidar con conciencia crítica.
Los determinantes morales obligan a preguntarse: ¿qué se prioriza?, ¿quién decide?, ¿a quién se cuida y a quién se descuida?, ¿qué vidas merecen ser vividas y protegidas, y cuáles son sacrificables en nombre de la eficiencia o del progreso? Esta perspectiva desmonta la falsa neutralidad de muchos discursos sanitaristas y visibiliza el carácter profundamente político de toda política de salud, incluso cuando se disfraza de evidencia. En este sentido, resulta imprescindible recuperar la visión crítica de autores como Paul Farmer, que denuncian cómo las desigualdades en salud no son accidentes ni fallos del sistema, sino expresiones directas de estructuras de poder injustas y decisiones políticas deliberadas[3].
Esta limitación de la mirada epidemiológica no es casual ni neutra. La epidemiología clásica —al menos en su formulación hegemónica— ha estado históricamente alineada con el modelo biomédico dominante, y como tal, ha heredado su estructura analítica, su lógica causal lineal, su obsesión por la objetividad cuantificable y su preferencia por los indicadores fisiopatológicos. En otras palabras, ha asumido como propio un enfoque que reduce el proceso salud-enfermedad a la alteración de parámetros biológicos, identificables y mensurables, dentro de cuerpos individuales aislados de sus contextos familiares, sociales o comunitarios e incluso, en muchas ocasiones, con sesgos muy importantes de género . De ahí que los grandes estudios epidemiológicos tiendan a centrarse en prevalencias, incidencias, tasas de mortalidad y factores de riesgo de origen predominantemente biológico, dejando fuera variables tan fundamentales como la calidad del vínculo, el sentido vital, la pertenencia comunitaria o el acceso a recursos afectivos, sociales y culturales.
La consecuencia de esta alianza epistemológica entre la epidemiología y la biomedicina es doble. Por un lado, se generan análisis sesgados que, aunque técnicamente válidos, resultan éticamente y políticamente insuficientes. Por otro, se naturalizan ciertas formas de entender la salud que invisibilizan otras posibles. Se confunde lo medible con lo importante. Se identifica lo que puede controlarse con lo que debe atenderse. Y se deja fuera del campo de análisis todo aquello que no encaja en el molde clínico-positivista, como el sufrimiento no diagnosticado, las dolencias sin nombre, las experiencias liminales, los procesos crónicos no etiquetables, las condiciones sociales y emocionales que hacen enfermar sin necesidad de patógeno.
No se trata de descalificar la epidemiología convencional —que ha sido y sigue siendo útil para muchas cuestiones—, sino de señalar sus límites cuando se convierte en el único modelo válido de producción de conocimiento en salud. Porque al reducir la complejidad del vivir a parámetros biológicos descontextualizados, lo que se termina construyendo es una visión parcial del mundo. Un mundo donde los cuerpos son máquinas, las enfermedades desviaciones estadísticas, y los cuidados meras acciones técnicas protocolizadas. Un mundo que, paradójicamente, produce más intervención médica pero no necesariamente más salud. Más monitorización, pero no más bienestar. Más control, pero menos sentido.
Y desde aquí cabe plantear una pregunta clave: ¿podemos seguir hablando de Salud Pública sin tener en cuenta estos planteamientos? La respuesta, en coherencia con lo desarrollado, debería ser negativa. Una Salud Pública acotada por la epidemiología clásica, que ignore la centralidad de los cuidados, la potencia de los determinantes morales o la necesidad de una mirada epidemiológica centrada en la vida y no solo en la enfermedad, está condenada a reproducir lógicas ineficaces, elitistas y de espaldas a la realidad comunitaria, que la alejan claramente de lo que es y debe ser la Salud Pública. Sin embargo, lo que observamos es una persistente rigidez institucional, académica y profesional, que mantiene intacto un modelo de Salud Pública centrado en la vigilancia, la notificación, la categorización y el control, como si la salud pudiera gestionarse del mismo modo que un brote epidémico o una tasa de incidencia[4]. Esta inercia no es solo fruto de la costumbre, sino de intereses, resistencias epistemológicas y políticas, e incluso de un cierto desprecio hacia lo que se considera «menos científico», como el cuidado, la escucha o la comunidad. Tal como han argumentado Benach y Muntaner, esta rigidez también se expresa en la incapacidad para integrar las condiciones estructurales del trabajo, la precariedad o la exclusión como variables fundamentales de salud pública, lo que revela una mirada limitada y tecnocrática[5].
Teniendo en cuenta que la salud no es un concepto lineal, ni desgraciadamente equitativo ni tan siquiera accesible para todas las personas y comunidades, lo que hace que los sistemas sanitarios den cobertura, en muchos territorios, a una parte muy reducida de la población, hablar de epidemiología en el sentido clásico ya apuntado se traduce en una foto que deja fuera de foco a gran parte de la ciudadanía. Así, los abordajes clínicos pueden ser extrapolables en cierta medida, pero los abordajes de los malestares de la vida, de la necesidad de cuidados y su articulación, del afrontamiento de situaciones vitales… son ignorados o, lo que es peor incluso, se patologizan y estandarizan, lo que acaba por generar su cronicidad o dan lugar a consecuencias muy negativas para la salud como la soledad, el suicidio, la ansiedad o la violencia.
Desde esta óptica, el cuidado no es un complemento emocional o una práctica intrascendente que adorna la intervención sanitaria. El cuidado es, en sí mismo, una categoría política, científica, epistemológica y ética. Y más aún, el cuidado es salud. La noción de cuidado profesional enfermero, lejos de reducirse a una serie de técnicas o intervenciones protocolizadas, remite a un saber situado, relacional, integral, que reconoce al otro en su vulnerabilidad sin negarle su autonomía, que entiende la salud como un proceso vital longitudinal, complejo, entretejido en contextos sociales, culturales y afectivos. El cuidado es, en sí mismo, salud.
Frente a la lógica mercantilista que convierte el cuidado en servicio, en prestación, en paquete de asistencia, la ética del cuidado nos recuerda que cuidar es ante todo una relación humana que interpela, que responsabiliza, que transforma. Y que esa transformación no solo se da en quien recibe el cuidado, sino también en quien lo brinda.
Esa concepción del cuidado como acto ético exige, hoy más que nunca, una mirada crítica sobre las condiciones estructurales que lo dificultan o distorsionan. El modelo biomédico, tecnocéntrico y fragmentado que aún impera en buena parte de los sistemas sanitarios ha contribuido a reducir el cuidado a un conjunto de tareas funcionales, invisibilizando su carga ética, emocional y social. Esta fragmentación ha favorecido además una jerarquización profesional en la que lo médico ocupa el centro de la toma de decisiones, relegando el cuidado a una posición subordinada, pese a que sin él no hay salud, ni dignidad, ni sentido.
La ética del cuidado va más allá de la relación asistencial individual: implica también posicionarse ante las políticas públicas, las condiciones laborales, la distribución de recursos y las desigualdades sociales que condicionan el acceso y la calidad de los cuidados. Porque la ética del cuidado no se agota en la compasión, sino que se articula con la justicia. Y en contextos marcados por la exclusión, la precariedad o la violencia estructural, cuidar éticamente supone también denunciar, resistir y transformar[6].
Aquí es donde los determinantes morales cobran toda su relevancia.
La epidemiología de los cuidados, aunque aún emergente, se sitúa precisamente en este cruce. Estudia cómo, quién y en qué condiciones se cuida, qué efectos tiene el cuidado (o su ausencia) en los procesos de salud-enfermedad, y cómo las estructuras sociales, sanitarias y culturales reproducen desigualdades en el acceso y la calidad del cuidado recibido. Su desarrollo no responde a una reivindicación corporativa o simbólica por parte de las enfermeras, sino a la necesidad objetiva de integrar en el análisis epidemiológico un aspecto determinante de la salud de las personas, las familias y las comunidades. Desde esta perspectiva, las enfermeras son, muchas veces, las únicas profesionales que permanecen cuando la técnica se retira, cuando no hay tratamiento que ofrecer, cuando la enfermedad ya no es curable pero la vida aún puede ser vivida con dignidad.
Este enfoque, además, se alinea con las grandes corrientes contemporáneas de pensamiento del cuidado, tanto en el ámbito profesional como en el universal. Autoras como Joan Tronto[7], Carol Gilligan[8] o Marie-Françoise Collière[9] han mostrado que el cuidado no es un recurso exclusivo de las profesiones sanitarias, sino un principio organizador de la vida social. Sin cuidado no hay infancia, ni vejez, ni convivencia, ni justicia. Y sin cuidado profesional digno, no puede haber una atención sanitaria realmente humanizada.
Pero en la práctica, el cuidado sigue siendo invisible, instrumentalizado, subordinado. La lógica hospitalcentrista valora la intervención técnica de alto impacto y desprecia el tiempo, la escucha, la continuidad, la presencia. Se mide la eficiencia de una operación, pero no el sufrimiento evitado. Se cuantifican camas disponibles, pero no vínculos construidos. Este reduccionismo tecnocrático ha llevado a lo que algunos autores llaman «déficit de atención humanizada» en los sistemas de salud, un déficit que afecta tanto a personas como a profesionales y que revela una crisis profunda de sentido.
En este contexto, dignificar el cuidado no es un gesto simbólico, sino una condición para la dignidad de la atención. Reconocer el valor del cuidado enfermero implica, necesariamente, transformar el modelo de salud, descentralizarlo, desmedicalizarlo, despatriarcalizarlo. Supone pasar de la asistencia al síntoma a la comprensión y atención del proceso; de la eficiencia productiva a la presencia ética; de la fragmentación de servicios a la continuidad de la vida.
Y esto no es una utopía. Existen experiencias concretas, comunitarias, interdisciplinares, donde el cuidado se sitúa en el centro de la atención y la epidemiología se pone al servicio de la vida y no del control. Equipos de salud comunitaria, intervenciones de base territorial, enfermeras de enlace, iniciativas de participación activa de personas y redes ciudadanas de cuidados son ejemplos reales de cómo podría ser otro modelo posible. Un modelo que no niegue la técnica, pero que no le rinda culto. Que no evite la enfermedad, pero que apueste sobre todo por la salud.
En definitiva, urge revisar de manera profunda y valiente los fundamentos de lo que entendemos por salud pública, por epidemiología y por atención sanitaria. No basta con ajustes técnicos ni reformas parciales. Se requiere una transformación estructural que sitúe en el centro a las personas, sus contextos y sus vínculos, y no exclusivamente sus patologías. Urge recuperar una ética del cuidado que devuelva humanidad a los sistemas sanitarios, que reconozca la interdependencia como base de la vida social y que comprenda que cuidar no es un acto secundario, sino un acto político radical que sostiene la salud y la dignidad. Y es que la humanización no puede entenderse como un valor añadido o un reclamo institucional, sino como una condición estructural que tiene impacto real sobre la recuperación, el bienestar, la adherencia terapéutica, la reducción de eventos adversos y, sobre todo, sobre el sentido de ser cuidado. Humanizar es reconocer la singularidad, respetar los tiempos, cuidar la palabra, sostener la presencia. Es devolver a los sistemas de salud su vocación primera, es decir, acompañar la vida y aliviar el sufrimiento.
El reto, sin embargo, no es menor. Supone desmontar inercias institucionales, confrontar modelos obsoletos, resistir presiones economicistas. Supone también cuestionar las propias prácticas profesionales, identificar los sesgos que pueden reproducirse desde la rutina o el agotamiento, recuperar el sentido profundo de la vocación cuidadora.
Este liderazgo ético no se construye desde la jerarquía ni desde el poder formal, sino desde la autoridad que otorgan la competencia, la integridad y el compromiso. Es un liderazgo que escucha, que cuida, que humaniza. Que no se impone, sino que acompaña. Que no se limita al espacio clínico, sino que se proyecta a la comunidad, al ámbito educativo, a la gestión, a la política. Porque la ética del cuidado, cuando se vive plenamente, trasciende las fronteras profesionales y se convierte en una forma de estar en el mundo. Una forma que reconoce que cuidar es un acto profundamente humano, y que humanizar es, en definitiva, cuidar.
Liderar desde el cuidado implica asumir que la ética no es solo un código normativo, sino una práctica cotidiana, una forma de mirar y de actuar que cuestiona el modelo hegemónico basado en la eficiencia, la productividad y la despersonalización.
Pero también es una ética política. Porque toda práctica del cuidado está mediada por relaciones de poder, por estructuras que habilitan o limitan las posibilidades de cuidar bien. Las decisiones sobre a quién se cuida, cómo, cuándo y con qué recursos, no son neutras. Responden a valores, intereses y prioridades que muchas veces no coinciden con las necesidades reales de las personas. Por eso, la ética del cuidado exige también una dimensión política, ya que implica posicionarse, denunciar lo injusto, reivindicar recursos, exigir dignidad para quienes cuidan y para quienes son cuidados. No hay ética del cuidado sin justicia, ni justicia sin cuidados[10].
[1] Abogado, activista contra el apartheid, político y filántropo sudafricano que presidió el gobierno de su país de 1994 a 1999 (1918-2013).
[2] Antonovsky A. Health, Stress and Coping. San Francisco: Jossey-Bass; 1979.
[3] Farmer P. Pathologies of Power: Health, Human Rights, and the New War on the Poor. Berkeley: University of California Press; 2005.
[4] Organización Mundial de la Salud. Informe sobre la salud en el mundo 2022: repensar los sistemas sanitarios para construir el futuro. Ginebra: OMS; 2022.
[5] Benach J, Muntaner C, Solar O, Santana V, Quinlan M. La precariedad laboral y la salud: una revisión de la literatura. Arch Prev Riesgos Labor. 2007;10(1):16–23.
[6] Ventura Cerdá JM. El modelo actual de Salud Pública: ¿una propuesta superada? Gac Sanit. 2021;35(1):88–90.
[7] Collière MF. Promover la vida. Barcelona: Paidós; 1993.
[8] Walker MU. Moral Understandings: A Feminist Study in Ethics. New York: Routledge; 2007.
[9] Mol A. The Logic of Care: Health and the Problem of Patient Choice. London: Routledge; 2008.
[10] Collière MF. Promouvoir la vie: De la pratique des femmes soignantes aux soins infirmiers. Paris: Maloine; 2001.







