OTRA EPIDEMIOLOGÍA ES POSIBLE Epidemiología de la salud y los cuidados

 

Siempre parece imposible hasta que se hace.

Nelson Mandela[1]

 

En un congreso, se desarrolla una mesa redonda en la que participan un médico epidemiólogo y una enfermera comunitaria. Se establece un debate en el que las posturas, aunque parezcan muy alejadas o incluso antagónicas, tienen la capacidad de integrarse y generar una nueva realidad epidemiológica que, sin ser excluyente, integre ambos planteamientos. El debate se produce en los siguientes términos:

Andoni Ortueta (epidemiólogo): Laia, agradezco este espacio. Vengo de una tradición donde la epidemiología es sinónimo de exactitud, de causalidad bien definida. Pero últimamente escucho propuestas que, aunque bien intencionadas, me preocupan. ¿No estaremos diluyendo el rigor de nuestra ciencia?

Laia Domenech (enfermera comunitaria): Gracias, Andoni. Yo también vengo de una tradición: la del cuidado. Y créeme, no es menos rigurosa ni menos científica. Se basa en evidencia. El método del cuidado tiene sus propias exigencias epistemológicas. Solo que elige mirar donde a veces los datos no llegan. No se trata de debilitar la epidemiología, sino de completarla. La vida no cabe entera en una tabla de Excel.

Ortueta: Comprendo que hay realidades complejas, pero ¿cómo incorporamos esas miradas sin perder la validez y la fiabilidad? Si todo vale, nada pesa.

Domenech: Precisamente por eso necesitamos otras formas de evidenciar lo que importa. El sufrimiento no diagnosticado, el aislamiento que enferma, la falta de sentido… ¿por qué no son objeto de estudio epidemiológico? Lo que no se nombra, no se atiende. Y si no se atiende, se perpetúa.

Ortueta: Pero el método científico exige controles, comparaciones, reducción de sesgos…

Domenech: Y el método del cuidado, que repito es método científico, exige escucha activa, presencia continuada, vínculo con sentido. No es menos exigente, ni menos científico. Solo que se mueve en otras lógicas, igual de válidas. ¿Acaso no es importante saber qué condiciones generan salud más allá de evitar la enfermedad? ¿Por qué seguimos invirtiendo más en detectar tumores que en cultivar vínculos?

Ortueta: Suena provocador, pero también transformador. Aunque reconozco que me cuesta imaginar una «epidemiología del vínculo».

Domenech: Pues ya existe. Se llama epidemiología de los cuidados. Analiza cómo cuidamos, a quién cuidamos y qué impacto tiene eso en la salud colectiva. No es ideología, es salud pública con mirada amplia. Con ética. Con ciencia.

Ortueta: Me preocupa que eso desplace recursos de lo que sí podemos medir con claridad.

Domenech: Y, a mí, me preocupa que lo que no se mide, no se valore. Y que por no verlo, lo perpetuemos. No se trata de elegir entre lo clásico y lo nuevo. Se trata de integrar, de reconocer que sin cuidado no hay equidad, y sin equidad no hay salud. Teniendo en cuenta, que lo que damos por llamar nuevo, el cuidado, es muy anterior a lo que denominamos clásico. Paradójico, ¿no?

Ortueta: Tal vez este sea el mayor reto que tenemos: reconocer que nuestras certezas también tienen límites.

Domenech: Y que en esos límites, a menudo, es donde habita la vida que decimos querer cuidar.

Ortueta: Laia, puede que, al menos de momento, no compartamos todos los métodos, pero compartimos el propósito.

Domenech: Eso es lo importante. Y tal vez ahí, en esa confluencia, podamos empezar a construir una realidad que no solo cuente muertes, sino que acompañe vidas.

Tras este debate ficticio en cuanto a su desarrollo, pero real en cuanto a contenido, paso a reflexionar sobre una realidad posible y deseable, acorde con la sociedad actual y la necesidad de un cambio transformador y a la vez respetuoso.

Durante décadas, la epidemiología ha sido la gran herramienta científica de la salud pública. Su capacidad para identificar patrones, establecer relaciones causales y orientar intervenciones ha contribuido indudablemente a mejorar la esperanza y calidad de vida de las poblaciones. Sin embargo, esa misma capacidad, focalizada casi exclusivamente en la enfermedad, ha derivado también en una epistemología limitada. Un modelo de conocimiento que se construye desde la pérdida, el déficit, la alteración. Lo que no se mide, no existe; y lo que se mide, suele ser la enfermedad. La salud —como experiencia vivida, como proceso relacional, como construcción colectiva— ha quedado fuera del campo visual de la epidemiología tradicional. Esta miopía científica y política ha consolidado un modelo asistencialista, biomédico, hospitalcentrista, centrado en el riesgo y el control, que si bien salva vidas, también invisibiliza los determinantes profundos de la vida digna, de la equidad y del cuidado.

Frente a ello, hablar de epidemiología de la salud no es un juego retórico, sino una exigencia epistemológica, política y ética. Es plantear un giro copernicano, pasando de contar muertos a cuidar la vida. No se trata de negar la relevancia del estudio de la enfermedad, sino de ampliar la mirada hacia aquello que genera y sostiene la salud, especialmente en contextos de adversidad estructural. Esto implica superar la lógica del riesgo individual y abrirse a una comprensión salutogénica del bienestar, como propuso Antonovsky al interrogarse no sobre por qué enfermamos, sino sobre cómo algunas personas logran mantenerse sanas a pesar de todo[2].

La epidemiología de la salud, por tanto, no busca reemplazar la epidemiología clásica, sino tensionarla, complementarla y transformarla. No se pregunta únicamente por los factores de riesgo, sino por los factores de protección o los activos para la salud, de sentido, de cohesión, de comunidad. Requiere metodologías más cualitativas, más dialógicas, más vinculadas al territorio y a los saberes situados. Y exige un compromiso ético con las condiciones de vida reales de las personas, más allá de los modelos normativos de salud definidos desde despachos tecnocráticos.

En este marco, cobran especial relevancia los determinantes morales, una categoría que ha comenzado a cobrar fuerza como contrapeso crítico a los ya conocidos e importantes determinantes sociales. Si estos últimos hacen referencia a las condiciones materiales que influyen en la salud —ingresos, educación, vivienda, entorno, trabajo—, los determinantes morales remiten a las decisiones políticas, ideológicas y éticas que explican por qué esas condiciones persisten o se agravan. No es lo mismo vivir en pobreza que haber sido empobrecido. No es igual padecer soledad que haber sido abandonado por un sistema que medicaliza los síntomas pero no se pregunta por las causas.

Los determinantes morales no son ajenos ni neutrales. Están presentes en las decisiones que se toman —o se omiten— en los sistemas de salud, en las prioridades que se fijan, en los valores que se privilegian. Están en el sesgo que desatiende la pobreza, la soledad o la salud mental, en la desidia ante la violencia machista o el racismo institucional, en la falta de políticas públicas que garanticen la equidad. Por eso, no basta con identificar necesidades desde un enfoque clínico o epidemiológico. Es imprescindible reconocer también las condiciones éticas y sociales que hacen que ciertas necesidades sean sistemáticamente ignoradas o postergadas. Ahí es donde las enfermeras deben ser referentes: no solo por lo que hacen, sino por cómo lo hacen y por qué lo hacen. Por su capacidad de dar sentido ético a cada acción, de confrontar lo injusto, de cuidar con conciencia crítica.

Los determinantes morales obligan a preguntarse: ¿qué se prioriza?, ¿quién decide?, ¿a quién se cuida y a quién se descuida?, ¿qué vidas merecen ser vividas y protegidas, y cuáles son sacrificables en nombre de la eficiencia o del progreso? Esta perspectiva desmonta la falsa neutralidad de muchos discursos sanitaristas y visibiliza el carácter profundamente político de toda política de salud, incluso cuando se disfraza de evidencia. En este sentido, resulta imprescindible recuperar la visión crítica de autores como Paul Farmer, que denuncian cómo las desigualdades en salud no son accidentes ni fallos del sistema, sino expresiones directas de estructuras de poder injustas y decisiones políticas deliberadas[3].

Esta limitación de la mirada epidemiológica no es casual ni neutra. La epidemiología clásica —al menos en su formulación hegemónica— ha estado históricamente alineada con el modelo biomédico dominante, y como tal, ha heredado su estructura analítica, su lógica causal lineal, su obsesión por la objetividad cuantificable y su preferencia por los indicadores fisiopatológicos. En otras palabras, ha asumido como propio un enfoque que reduce el proceso salud-enfermedad a la alteración de parámetros biológicos, identificables y mensurables, dentro de cuerpos individuales aislados de sus contextos familiares, sociales o comunitarios e incluso, en muchas ocasiones, con sesgos muy importantes de género . De ahí que los grandes estudios epidemiológicos tiendan a centrarse en prevalencias, incidencias, tasas de mortalidad y factores de riesgo de origen predominantemente biológico, dejando fuera variables tan fundamentales como la calidad del vínculo, el sentido vital, la pertenencia comunitaria o el acceso a recursos afectivos, sociales y culturales.

La consecuencia de esta alianza epistemológica entre la epidemiología y la biomedicina es doble. Por un lado, se generan análisis sesgados que, aunque técnicamente válidos, resultan éticamente y políticamente insuficientes. Por otro, se naturalizan ciertas formas de entender la salud que invisibilizan otras posibles. Se confunde lo medible con lo importante. Se identifica lo que puede controlarse con lo que debe atenderse. Y se deja fuera del campo de análisis todo aquello que no encaja en el molde clínico-positivista, como el sufrimiento no diagnosticado, las dolencias sin nombre, las experiencias liminales, los procesos crónicos no etiquetables, las condiciones sociales y emocionales que hacen enfermar sin necesidad de patógeno.

No se trata de descalificar la epidemiología convencional —que ha sido y sigue siendo útil para muchas cuestiones—, sino de señalar sus límites cuando se convierte en el único modelo válido de producción de conocimiento en salud. Porque al reducir la complejidad del vivir a parámetros biológicos descontextualizados, lo que se termina construyendo es una visión parcial del mundo. Un mundo donde los cuerpos son máquinas, las enfermedades desviaciones estadísticas, y los cuidados meras acciones técnicas protocolizadas. Un mundo que, paradójicamente, produce más intervención médica pero no necesariamente más salud. Más monitorización, pero no más bienestar. Más control, pero menos sentido.

Y desde aquí cabe plantear una pregunta clave: ¿podemos seguir hablando de Salud Pública sin tener en cuenta estos planteamientos? La respuesta, en coherencia con lo desarrollado, debería ser negativa. Una Salud Pública acotada por la epidemiología clásica, que ignore la centralidad de los cuidados, la potencia de los determinantes morales o la necesidad de una mirada epidemiológica centrada en la vida y no solo en la enfermedad, está condenada a reproducir lógicas ineficaces, elitistas y de espaldas a la realidad comunitaria, que la alejan claramente de lo que es y debe ser la Salud Pública. Sin embargo, lo que observamos es una persistente rigidez institucional, académica y profesional, que mantiene intacto un modelo de Salud Pública centrado en la vigilancia, la notificación, la categorización y el control, como si la salud pudiera gestionarse del mismo modo que un brote epidémico o una tasa de incidencia[4]. Esta inercia no es solo fruto de la costumbre, sino de intereses, resistencias epistemológicas y políticas, e incluso de un cierto desprecio hacia lo que se considera «menos científico», como el cuidado, la escucha o la comunidad. Tal como han argumentado Benach y Muntaner, esta rigidez también se expresa en la incapacidad para integrar las condiciones estructurales del trabajo, la precariedad o la exclusión como variables fundamentales de salud pública, lo que revela una mirada limitada y tecnocrática[5].

Teniendo en cuenta que la salud no es un concepto lineal, ni desgraciadamente equitativo ni tan siquiera accesible para todas las personas y comunidades, lo que hace que los sistemas sanitarios den cobertura, en muchos territorios, a una parte muy reducida de la población, hablar de epidemiología en el sentido clásico ya apuntado se traduce en una foto que deja fuera de foco a gran parte de la ciudadanía. Así, los abordajes clínicos pueden ser extrapolables en cierta medida, pero los abordajes de los malestares de la vida, de la necesidad de cuidados y su articulación, del afrontamiento de situaciones vitales… son ignorados o, lo que es peor incluso, se patologizan y estandarizan, lo que acaba por generar su cronicidad o dan lugar a consecuencias muy negativas para la salud como la soledad, el suicidio, la ansiedad o la violencia.

Desde esta óptica, el cuidado no es un complemento emocional o una práctica intrascendente que adorna la intervención sanitaria. El cuidado es, en sí mismo, una categoría política, científica, epistemológica y ética. Y más aún, el cuidado es salud. La noción de cuidado profesional enfermero, lejos de reducirse a una serie de técnicas o intervenciones protocolizadas, remite a un saber situado, relacional, integral, que reconoce al otro en su vulnerabilidad sin negarle su autonomía, que entiende la salud como un proceso vital longitudinal, complejo, entretejido en contextos sociales, culturales y afectivos. El cuidado es, en sí mismo, salud.

Frente a la lógica mercantilista que convierte el cuidado en servicio, en prestación, en paquete de asistencia, la ética del cuidado nos recuerda que cuidar es ante todo una relación humana que interpela, que responsabiliza, que transforma. Y que esa transformación no solo se da en quien recibe el cuidado, sino también en quien lo brinda.

Esa concepción del cuidado como acto ético exige, hoy más que nunca, una mirada crítica sobre las condiciones estructurales que lo dificultan o distorsionan. El modelo biomédico, tecnocéntrico y fragmentado que aún impera en buena parte de los sistemas sanitarios ha contribuido a reducir el cuidado a un conjunto de tareas funcionales, invisibilizando su carga ética, emocional y social. Esta fragmentación ha favorecido además una jerarquización profesional en la que lo médico ocupa el centro de la toma de decisiones, relegando el cuidado a una posición subordinada, pese a que sin él no hay salud, ni dignidad, ni sentido.

La ética del cuidado va más allá de la relación asistencial individual: implica también posicionarse ante las políticas públicas, las condiciones laborales, la distribución de recursos y las desigualdades sociales que condicionan el acceso y la calidad de los cuidados. Porque la ética del cuidado no se agota en la compasión, sino que se articula con la justicia. Y en contextos marcados por la exclusión, la precariedad o la violencia estructural, cuidar éticamente supone también denunciar, resistir y transformar[6].

Aquí es donde los determinantes morales cobran toda su relevancia.

La epidemiología de los cuidados, aunque aún emergente, se sitúa precisamente en este cruce. Estudia cómo, quién y en qué condiciones se cuida, qué efectos tiene el cuidado (o su ausencia) en los procesos de salud-enfermedad, y cómo las estructuras sociales, sanitarias y culturales reproducen desigualdades en el acceso y la calidad del cuidado recibido. Su desarrollo no responde a una reivindicación corporativa o simbólica por parte de las enfermeras, sino a la necesidad objetiva de integrar en el análisis epidemiológico un aspecto determinante de la salud de las personas, las familias y las comunidades. Desde esta perspectiva, las enfermeras son, muchas veces, las únicas profesionales que permanecen cuando la técnica se retira, cuando no hay tratamiento que ofrecer, cuando la enfermedad ya no es curable pero la vida aún puede ser vivida con dignidad.

Este enfoque, además, se alinea con las grandes corrientes contemporáneas de pensamiento del cuidado, tanto en el ámbito profesional como en el universal. Autoras como Joan Tronto[7], Carol Gilligan[8] o Marie-Françoise Collière[9] han mostrado que el cuidado no es un recurso exclusivo de las profesiones sanitarias, sino un principio organizador de la vida social. Sin cuidado no hay infancia, ni vejez, ni convivencia, ni justicia. Y sin cuidado profesional digno, no puede haber una atención sanitaria realmente humanizada.

Pero en la práctica, el cuidado sigue siendo invisible, instrumentalizado, subordinado. La lógica hospitalcentrista valora la intervención técnica de alto impacto y desprecia el tiempo, la escucha, la continuidad, la presencia. Se mide la eficiencia de una operación, pero no el sufrimiento evitado. Se cuantifican camas disponibles, pero no vínculos construidos. Este reduccionismo tecnocrático ha llevado a lo que algunos autores llaman «déficit de atención humanizada» en los sistemas de salud, un déficit que afecta tanto a personas como a profesionales y que revela una crisis profunda de sentido.

En este contexto, dignificar el cuidado no es un gesto simbólico, sino una condición para la dignidad de la atención. Reconocer el valor del cuidado enfermero implica, necesariamente, transformar el modelo de salud, descentralizarlo, desmedicalizarlo, despatriarcalizarlo. Supone pasar de la asistencia al síntoma a la comprensión y atención del proceso; de la eficiencia productiva a la presencia ética; de la fragmentación de servicios a la continuidad de la vida.

Y esto no es una utopía. Existen experiencias concretas, comunitarias, interdisciplinares, donde el cuidado se sitúa en el centro de la atención y la epidemiología se pone al servicio de la vida y no del control. Equipos de salud comunitaria, intervenciones de base territorial, enfermeras de enlace, iniciativas de participación activa de personas y redes ciudadanas de cuidados son ejemplos reales de cómo podría ser otro modelo posible. Un modelo que no niegue la técnica, pero que no le rinda culto. Que no evite la enfermedad, pero que apueste sobre todo por la salud.

En definitiva, urge revisar de manera profunda y valiente los fundamentos de lo que entendemos por salud pública, por epidemiología y por atención sanitaria. No basta con ajustes técnicos ni reformas parciales. Se requiere una transformación estructural que sitúe en el centro a las personas, sus contextos y sus vínculos, y no exclusivamente sus patologías. Urge recuperar una ética del cuidado que devuelva humanidad a los sistemas sanitarios, que reconozca la interdependencia como base de la vida social y que comprenda que cuidar no es un acto secundario, sino un acto político radical que sostiene la salud y la dignidad. Y es que la humanización no puede entenderse como un valor añadido o un reclamo institucional, sino como una condición estructural que tiene impacto real sobre la recuperación, el bienestar, la adherencia terapéutica, la reducción de eventos adversos y, sobre todo, sobre el sentido de ser cuidado. Humanizar es reconocer la singularidad, respetar los tiempos, cuidar la palabra, sostener la presencia. Es devolver a los sistemas de salud su vocación primera, es decir, acompañar la vida y aliviar el sufrimiento.

El reto, sin embargo, no es menor. Supone desmontar inercias institucionales, confrontar modelos obsoletos, resistir presiones economicistas. Supone también cuestionar las propias prácticas profesionales, identificar los sesgos que pueden reproducirse desde la rutina o el agotamiento, recuperar el sentido profundo de la vocación cuidadora.

Este liderazgo ético no se construye desde la jerarquía ni desde el poder formal, sino desde la autoridad que otorgan la competencia, la integridad y el compromiso. Es un liderazgo que escucha, que cuida, que humaniza. Que no se impone, sino que acompaña. Que no se limita al espacio clínico, sino que se proyecta a la comunidad, al ámbito educativo, a la gestión, a la política. Porque la ética del cuidado, cuando se vive plenamente, trasciende las fronteras profesionales y se convierte en una forma de estar en el mundo. Una forma que reconoce que cuidar es un acto profundamente humano, y que humanizar es, en definitiva, cuidar.

Liderar desde el cuidado implica asumir que la ética no es solo un código normativo, sino una práctica cotidiana, una forma de mirar y de actuar que cuestiona el modelo hegemónico basado en la eficiencia, la productividad y la despersonalización.

Pero también es una ética política. Porque toda práctica del cuidado está mediada por relaciones de poder, por estructuras que habilitan o limitan las posibilidades de cuidar bien. Las decisiones sobre a quién se cuida, cómo, cuándo y con qué recursos, no son neutras. Responden a valores, intereses y prioridades que muchas veces no coinciden con las necesidades reales de las personas. Por eso, la ética del cuidado exige también una dimensión política, ya que implica posicionarse, denunciar lo injusto, reivindicar recursos, exigir dignidad para quienes cuidan y para quienes son cuidados. No hay ética del cuidado sin justicia, ni justicia sin cuidados[10].

[1]  Abogadoactivista contra el apartheidpolítico y filántropo sudafricano que presidió el gobierno de su país de 1994 a 1999 (1918-2013).

[2] Antonovsky A. Health, Stress and Coping. San Francisco: Jossey-Bass; 1979.

[3] Farmer P. Pathologies of Power: Health, Human Rights, and the New War on the Poor. Berkeley: University of California Press; 2005.

[4] Organización Mundial de la Salud. Informe sobre la salud en el mundo 2022: repensar los sistemas sanitarios para construir el futuro. Ginebra: OMS; 2022.

[5] Benach J, Muntaner C, Solar O, Santana V, Quinlan M. La precariedad laboral y la salud: una revisión de la literatura. Arch Prev Riesgos Labor. 2007;10(1):16–23.

[6] Ventura Cerdá JM. El modelo actual de Salud Pública: ¿una propuesta superada? Gac Sanit. 2021;35(1):88–90.

[7] Collière MF. Promover la vida. Barcelona: Paidós; 1993.

[8] Walker MU. Moral Understandings: A Feminist Study in Ethics. New York: Routledge; 2007.

[9] Mol A. The Logic of Care: Health and the Problem of Patient Choice. London: Routledge; 2008.

[10] Collière MF. Promouvoir la vie: De la pratique des femmes soignantes aux soins infirmiers. Paris: Maloine; 2001.

SALUD MENTAL: NI NUEVA, NI MODA, NI OCURRENCIA

Parece como si la salud mental hubiese emergido de la nada en los últimos años. Se tratara de un fenómeno nuevo, repentino, casi una moda. Nada más lejos de la realidad. La salud mental siempre ha existido. Siempre han existido personas con sufrimiento psíquico, emocional, existencial, con trastornos que desbordaban la comprensión individual o social.

Pero fue tras la pandemia cuando la salud mental se convirtió en un tema estrella. El trauma colectivo, el aislamiento, el miedo, la incertidumbre y la pérdida generaron una oleada de malestar que encontró por fin eco en los medios de comunicación y en los discursos políticos. De pronto, hablar de salud mental era urgente, imprescindible, políticamente rentable. Y en esa exaltación repentina, la salud mental eclipsó a otros problemas —la cronicidad, la soledad no deseada, la violencia de género, el deterioro del sistema de cuidados— que hasta entonces copaban el interés público, al menos en el plano declarativo.

Y, como suele ocurrir cuando un asunto se convierte en tendencia, aparecieron propuestas improvisadas, soluciones milagrosas, profesionales que veían un nicho de oportunidad y anuncios efectistas que poco o nada tienen que ver con un abordaje riguroso, integral y planificado.

Por supuesto que la salud mental importa. Pero no basta con decirlo. Se necesita coherencia. Se requiere que los equipos de salud —con médicos, enfermeras, trabajadoras sociales, profesionales de la psicología y la psiquiatría— aborden de forma coordinada los problemas de salud mental desde una perspectiva comunitaria, centrada en la persona y no solo en la patología, ayudándoles a afrontar sus trastornos. Que acompañen, prevengan, identifiquen, contengan y derivende manera coordinada cuando sea necesario. No en solitario, sino en red. No con recetas ni diagnósticos estandarizados, sino con escucha, cercanía y continuidad.

Ahora ha surgido la necesidad de incorporar nuevos profesionales en los equipos como resultado de un análisis precipitado, oportunista y fallido. Se plantea que solo ciertos profesionales pueden dar respuesta a esta nueva epidemia. Y se hace en detrimento de quienes, desde hace años, han hecho frente al sufrimiento emocional con profesionalidad, formación y compromiso. Esta exclusión no responde a una evaluación objetiva de resultados. Responde, más bien, a presiones mediáticas, a una concepción reduccionista y asistencialista de la salud mental centrada en la medicalización y a una preocupante falta de planificación.

En este sentido, el conseller de Sanitat de la Generalitat Valenciana ha vuelto a sorprender con una propuesta efectista más. La contratación de una figura inventada, extraída de la chistera política, que pretende resolver de forma exprés un problema complejo. Hablo de la reciente propuesta de incorporar psicólogos generales sanitarios. Una propuesta que sortea la ordenación profesional vigente, que ignora la necesidad de coordinación, que genera conflictos interdisciplinares y que prioriza la novedad sobre la eficacia. No es la primera vez que lo hace. Ahí está, como ejemplo sangrante, el anuncio —a bombo y platillo— de 300 enfermeras comunitarias para intervenir en el ámbito educativo. Más de 18 meses después, seguimos esperando su incorporación.

La salud mental, como la salud escolar, no necesita ocurrencias ni parches. Requiere planificación, evidencia científica, voluntad política y respeto a las competencias profesionales. Ya está todo inventado. No consiste en inventar figuras nuevas, ni multiplicar intervenciones desconectadas entre sí. Se trata de fortalecer lo que ya existe, de reconocer el trabajo que se ha venido realizando, de mejorar lo que funciona y corregir lo mejorable. No hay que asistir sin más, sino acompañar, promover salud, generar espacios seguros, reducir estigmas y evitar cronificaciones innecesarias.

Eso implica potenciar o crear unidades de salud mental, contratar enfermeras especialistas que se forman con dinero público y no se les ofrece salida profesional, mejorar la coordinación entre ámbitos de atención, asegurar la continuidad de cuidados, garantizar que médicos y enfermeras de Atención Familiar y Comunitaria puedan identificar, atender y canalizar los problemas de salud mental sin burocracias, olvidos, repeticiones innecesarias y contradicciones. Supone actuar intersectorialmente, conectando con servicios sociales, educativos, culturales, comunitarios. Requiere dejar de pensar en la salud mental como un compartimento estanco y empezar a verla como parte de una atención integral, integrada e integradora, que atraviesa todas las dimensiones de la vida.

Y, sobre todo, precisa participación comunitaria. Porque nadie conoce mejor los problemas, los contextos y los recursos que quienes los viven. La autonomía, la corresponsabilidad y el autocuidado son incompatibles con modelos basados en la dependencia y el asistencialismo. Si algo ha demostrado la historia reciente, es que los parches improvisados y las decisiones sin fundamento no solo no resuelven los problemas, sino que a menudo los agravan.

La salud mental es demasiado importante como para tratarla con frivolidad, desde el electoralismo o con ocurrencias. No es un nicho de mercado, ni una moda de temporada, ni una cortina de humo. Es, y debe ser, una prioridad permanente. Pero una prioridad seria, rigurosa y compartida.

DIVIDIR, DEBILITA Cuando el cuidado deja de importar

“Seremos tan fuertes como unidos estemos, y tan débiles como lo divididos que estemos.”

J.K. Rowling[1]

 

En los últimos años, ha cobrado fuerza una demanda por parte de ciertos sectores del colectivo de matronas, o al menos de una parte de sus representantes, que reclaman la creación de un grado universitario independiente al de Enfermería[2]. Esta solicitud, más allá de su aparente legitimidad, encierra una paradoja que merece ser abordada con profundidad, rigor y sentido histórico: ¿cómo es posible que una especialidad que se nutre precisamente de la base enfermera pretenda emanciparse académicamente del cuerpo disciplinar del que ha surgido y que le da sentido? Ser matrona no implica ni exige dejar de ser enfermera. No existe incompatibilidad alguna entre ambas identidades, sino una continuidad enriquecida por una especialización que, lejos de distanciar, debería consolidar la pertenencia a una disciplina común, a una ciencia del cuidado que otorga sustento epistemológico, ético y político al ejercicio profesional[3].

La idea de que la matrona debe constituirse como profesión autónoma, desvinculada de Enfermería, no solo parte de un error conceptual, sino que proyecta una peligrosa deriva hacia la fragmentación del saber y de la práctica. Quienes sostienen esta propuesta parecen olvidar que Enfermería no es un grado académico coyuntural, ni un simple título previo a otro superior, sino una disciplina científica en sí misma, con un marco teórico consolidado, una metodología propia y una práctica profesional que abarca todas las etapas del ciclo vital, incluida, de forma sustancial, la atención a la salud sexual, reproductiva y perinatal. La matrona es, ante todo, una enfermera con formación especializada en un área concreta del cuidado. Y es precisamente esa ciencia común la que le permite ejercer desde una lógica de acompañamiento, no invasiva, no medicalizada, profundamente humana y respetuosa con los procesos vitales[4].

Resulta por tanto profundamente preocupante que algunas matronas no solo cuestionen la necesidad de mantener el vínculo con Enfermería, sino que intenten difuminar u ocultar su identidad enfermera, como si esta fuera un lastre en lugar de un valor. No deja de ser paradójico que, en lugar de reivindicar su doble cualificación como fortaleza —enfermeras y especialistas matronas—, se promueva la escisión como sinónimo de avance. Lo que está en juego aquí no es solo una cuestión académica o corporativa, sino una concepción del cuidado y de la salud que corre el riesgo de ser reducida a lo técnico, lo procedimental, lo instrumental. Separar a las matronas de Enfermería es como cortar una rama de un árbol esperando que crezca con más fuerza lejos de sus raíces[5].

Enfermería ha construido, especialmente en las últimas décadas, un corpus teórico y práctico robusto, centrado en el cuidado integral, integrado e integrador de las personas, las familias y las comunidades a lo largo de todo su ciclo vital. Este marco incluye necesariamente la atención a la maternidad, al embarazo, al parto, al puerperio y a la salud sexual y reproductiva de las mujeres. No se trata de un área marginal ni anexa, sino de un componente vertebral del cuidado enfermero. Las matronas, al formarse desde esta base, adquieren una mirada holística que integra lo biológico, lo emocional, lo cultural y lo espiritual. Esa es su mayor fortaleza. Convertir su formación en un grado independiente no solo diluiría esa visión, sino que abriría la puerta a un abordaje más tecnificado, más biomédico, menos centrado en la mujer y su vivencia, más proclive a la medicalización del parto y a la fragmentación de los procesos asistenciales[6].

Además, la petición de independencia formativa plantea, aunque no se diga de forma explícita, un escenario de confrontación competencial con otras enfermeras, especialmente con las enfermeras comunitarias. Es precisamente en el ámbito comunitario donde se desarrolla buena parte del acompañamiento en salud sexual y reproductiva, en educación para la salud, en prevención y detección precoz de problemas, en apoyo al vínculo madre-bebé, en duelo perinatal o en promoción de la lactancia. Escindir a las matronas de Enfermería significaría, en la práctica, abrir un campo de batalla institucional, profesional y simbólico, donde cada colectivo buscaría delimitar “su territorio” en lugar de construir desde la complementariedad y la colaboración interprofesional. Argumentar que esta confrontación ya se da es utilizar la parte como un todo. Porque los hechos aislados que pueden haberse producido en este sentido no son, en ningún caso, el sentir general de las enfermeras y, me atrevo a decir, que tampoco de la mayoría de las matronas. Pero se utiliza de manera interesada como arma arrojadiza para alimentar la división[7].

No es casual que este tipo de pulsiones emerjan en un momento en que Enfermería se encuentra en pleno proceso de afirmación científica y profesional. La creación de especialidades, la consolidación del Espacio Europeo de Educación Superior, la progresiva incorporación a la carrera investigadora, y la participación en espacios de gestión y políticas públicas, han otorgado a Enfermería un protagonismo inédito, pero también han desatado tensiones internas, muchas de ellas no resueltas. En lugar de fortalecer lo común, algunas voces reclaman emanciparse, confundiendo autonomía con disgregación, y reconocimiento con separación. Esta lógica, lejos de favorecer a quienes la promueven, los debilita, porque deshace el tejido común que da sentido a la acción profesional y debilita la capacidad de interlocución social y política del conjunto de la profesión[8].

Por otra parte, es imprescindible señalar que la división disciplinar no es un camino de ida sin retorno hacia el prestigio. Ya lo demostraron en su día las especialidades de Fisioterapia y Podología, que, nacidas como parte de Enfermería, decidieron escindirse en titulaciones propias en los años ochenta. Aunque su visibilidad se ha incrementado, lo cierto es que han perdido una parte sustancial de la lógica del cuidado que fundamentaba su razón de ser. Hoy, un número creciente de profesionales de Fisioterapia deciden cursar el Grado en Enfermería para recuperar una visión integral del cuidado que su formación inicial no les proporcionó. ¿Queremos que la historia se repita con las matronas? ¿Estamos dispuestos a sacrificar el paradigma del cuidado por una ilusión de independencia que puede acabar empobreciendo la práctica y desvinculándola del pensamiento crítico enfermero[9]?

Lo que realmente empodera a una profesión no es su aislamiento, sino su capacidad de construir conocimiento propio, de dialogar con otros saberes desde una posición sólida y reconocida, de tejer alianzas estratégicas en favor de las personas y comunidades a las que cuida. La matrona no necesita dejar de ser enfermera para ser más reconocida; necesita que su rol como enfermera especialista sea más visibilizado, valorado, potenciado y defendido. Solo así podrá contribuir con toda su riqueza a una visión transformadora de los cuidados en salud reproductiva, más allá del reduccionismo técnico y del protagonismo médico, que tanto ha costado vencer y con el que ahora, paradójicamente, algunas voces parecen querer mimetizarse[10].

Una mirada más amplia nos obliga a situar esta reivindicación en un contexto socioprofesional más complejo, que no puede desligarse de las tensiones históricas que han atravesado a Enfermería en su camino hacia el reconocimiento científico y académico. Durante décadas, Enfermería ha tenido que luchar no solo contra su subordinación al paradigma biomédico y a la hegemonía médica, sino también contra sus propias contradicciones internas, tales como fragmentación, falta de unidad corporativa, escasa articulación entre ámbitos de atención, docente, investigación y de gestión, y una débil cultura de cohesión identitaria. La petición de las matronas de contar con un grado propio no surge de la nada. Responde también a esa debilidad estructural que arrastra la profesión y que no siempre ha sabido integrar con generosidad y solidez a sus especialistas. Pero precisamente por ello, lo urgente no es separar, sino fortalecer la raíz común, generar orgullo de pertenencia, promover el conocimiento mutuo y tejer una identidad compartida y diversa a la vez. Caer en el individualismo y el hedonismo que impregnan a nuestra sociedad es replicar los mismos problemas de convivencia, aislamiento, soledad, insolidaridad y competencia desleal que provocan en quienes la conforman[11]

La separación de las matronas como grado independiente no solo sería un error estratégico, sino también un retroceso epistemológico. Porque más allá de los planes de estudio o de los marcos normativos, lo que realmente está en disputa aquí es la concepción misma del cuidado. Enfermería ha desarrollado un pensamiento complejo, con una ontología centrada en la persona y sus experiencias de salud, una epistemología plural y dialógica, y una praxis que no se reduce a la ejecución técnica, sino que busca comprender, acompañar y transformar. Si la matrona se separa de este marco, corre el riesgo de convertirse en un/a profesional técnico/a de salud reproductiva, pero desprovista de ese enfoque relacional, ético y holístico que solo la matriz enfermera puede ofrecer. No es casualidad que algunos de los modelos de atención al parto más tecnificados, deshumanizados y medicalizados provengan precisamente de sistemas sanitarios en los que la formación de matrona ha estado desligada de Enfermería[12].

Por el contrario, los países que han apostado por una formación integrada —con una base enfermera sólida y una especialización posterior— son los que han logrado avances más significativos en términos de salud materno-infantil, de humanización del parto y de reconocimiento social de las matronas como referentes del cuidado reproductivo. La evidencia muestra que una atención liderada por matronas enfermeras reduce la tasa de intervenciones innecesarias, mejora la experiencia de las mujeres, promueve la lactancia materna y fortalece la autonomía de las usuarias. La Organización Mundial de la Salud ha destacado reiteradamente que el modelo de atención basado en matronas con formación enfermera es más eficaz, más seguro y más centrado en las necesidades reales de las mujeres[13].

En este sentido, resulta también preocupante que la propuesta de grado propio no esté acompañada de una reflexión crítica sobre las implicaciones que tendría para la atención en salud pública, para la estructura de los equipos multidisciplinares, y para la construcción de políticas de salud reproductiva con enfoque comunitario. ¿Cómo se articularían los roles entre enfermeras comunitarias y pediátricas con las matronas? ¿Qué espacios se solaparían? ¿Quién lideraría los programas de salud sexual en Atención Primaria? ¿Quién se ocuparía del acompañamiento psicoeducativo en el embarazo? ¿Y del duelo perinatal? Todas estas preguntas no tienen respuestas simples, pero todas apuntan en la misma dirección: la separación disciplinar, lejos de clarificar competencias, las enreda aún más, multiplica los conflictos y abre grietas en lugar de construir puentes[14].

Tampoco se puede obviar la dimensión simbólica del cuidado. Enfermería ha sido históricamente una profesión feminizada, cargada de estereotipos, invisibilizada en muchos contextos y con un reconocimiento institucional desigual. La reivindicación de las matronas, lejos de romper con esta herencia, corre el riesgo de reproducirla. Porque cuando una parte del colectivo busca distinguirse del resto con argumentos débiles y aspiraciones de prestigio social, en lugar de hacerlo desde la solidez del trabajo común y la defensa compartida de los cuidados, lo que está haciendo es replicar la lógica del poder que durante tanto tiempo ha subordinado a la profesión. No es creando grados paralelos como se vence el sesgo de género ni la subordinación histórica, ni el prestigio profesional, sino construyendo colectivamente una Enfermería fuerte, cohesionada, crítica y empoderada[15].

Desde otra perspectiva, también resulta oportuno mirar lo que sucede con las Técnicas en Cuidados Auxiliares de Enfermería (TCAE), que en los últimos años han incrementado sus demandas de profesionalización, competencias propias y reconocimiento[16]. En lugar de avanzar hacia un modelo coherente y articulado, como sucede en otros países donde existe una sola categoría profesional —“enfermera”— con distintos niveles competenciales y formativos, en España se multiplican las iniciativas corporativas que promueven la fragmentación del sistema y potencian el enfrentamiento entre dichos grupos de una misma disciplina. Esta lógica identitaria disgregadora solo genera enfrentamientos, inseguridad jurídica, solapamiento de competencias, y sobre todo una pérdida de visión de conjunto. La creación de un grado propio para matronas no haría sino agravar esta dinámica: consolidaría un modelo de compartimentos estancos en lugar de una red de cuidados integrada y coherente con las necesidades de salud actuales[17].

La pregunta de fondo es incómoda, pero necesaria: ¿qué nos está pasando como profesión para que el impulso de separación tenga más fuerza que el de pertenencia? ¿Por qué no hemos sabido generar una identidad enfermera lo suficientemente sólida como para integrar la diversidad sin miedo a diluirnos? ¿Qué papel están jugando nuestras estructuras representativas en esta fragmentación? ¿Dónde están las voces institucionales que deberían alzar la voz para defender la unidad disciplinar? La crisis no está en las matronas que piden un grado propio. La crisis está en una Enfermería que, por momentos, parece incapaz de pensarse como un proyecto común, plural pero cohesionado, especializado pero articulado, diverso pero unido.

Urge una reflexión serena, pero firme. En el fondo de este debate subyace una cuestión crucial que pocas veces se formula con claridad: ¿cuál es el modelo de salud y de cuidados que queremos defender desde la profesión enfermera? Si entendemos la salud como un proceso dinámico, intersubjetivo, determinado por múltiples factores sociales, culturales y biográficos, no podemos más que defender un modelo de atención basado en el acompañamiento, en la escucha, en la continuidad y en la presencia significativa. Un modelo así requiere de profesionales con formación sólida, sí, pero también con una identidad clara, con una visión integral del cuidado que no puede fraccionarse en parcelas de conocimiento ni en disciplinas paralelas. Las matronas, en tanto enfermeras especialistas, encarnan a la perfección esta lógica. Romper ese vínculo sería un gesto profundamente contradictorio con los valores que decimos defender como profesión[18].

Por eso resulta tan importante no caer en simplificaciones. No estamos hablando solo de grados académicos, ni de nomenclaturas, ni de estructuras administrativas. Estamos hablando de sentidos, de horizontes, de coherencia epistemológica. Enfermería, como ciencia del cuidado, no se define únicamente por lo que hace, sino por cómo y desde dónde lo hace. Y ese “desde dónde” es lo que está en juego cuando se plantea la separación disciplinar de una de sus especialidades más significativas. Ser matrona no es un salto a otra disciplina, sino una profundización dentro del campo enfermero, una especialización que enriquece el todo, no que lo niega. La pretensión de constituirse como grado independiente niega esta interdependencia, y en ese gesto, empobrece la matriz que la nutre[19].

No se trata de negar la necesidad de revisar modelos formativos, de mejorar los itinerarios académicos, de dar más peso a la especialización o de garantizar mayor visibilidad institucional a las matronas. Todo eso es legítimo y deseable. Pero debe hacerse desde una lógica integradora, que refuerce la disciplina en su conjunto y no que la resquebraje. A estas alturas, Enfermería no puede permitirse el lujo de seguir perdiendo cohesión. Vivimos tiempos complejos, en los que las transformaciones sociales, sanitarias, ecológicas y políticas exigen respuestas articuladas, interdisciplinarias y profundamente cuidadoras. La fragmentación interna debilita nuestra capacidad de incidir, de proponer, de transformar. Y una profesión débil no puede cuidar con fuerza[20].

La fragmentación, además, es siempre el mejor aliado del poder que pretende dividir para debilitar. Cuando las enfermeras se dividen en subgrupos enfrentados, el sistema sanitario y quienes lo controlan, ganan margen para instrumentalizarlas, para utilizarlas como recurso técnico en lugar de reconocerlas como agentes esenciales del cuidado. El sistema no teme a las matronas por separado. Teme a una Enfermería fuerte, articulada, con pensamiento crítico y capacidad de influencia. Por eso el debate sobre el grado propio no es un detalle menor. Es un riesgo real de disgregación. Y ante dicho riesgo debemos tomar medidas para evitar el daño. No por miedo, sino por conciencia. No por inmovilismo, sino por convicción. No por imposición, sino por fidelidad a lo que somos[21].

Algunas voces acusan a este posicionamiento de ser conservador, de resistirse a los cambios. Pero no hay nada más revolucionario que defender la unidad de una profesión históricamente fragmentada, que recuperar el orgullo de ser parte de un proyecto colectivo, que construir una narrativa común sin renunciar a la diversidad. Enfermería no necesita reproducir el modelo biomédico de especialidades enfrentadas, ni buscar reconocimiento copiando estructuras ajenas. Necesita creer en su potencia transformadora, cuidar su esencia, fortalecer sus raíces. Las matronas forman parte esencial de esa esencia. Querer separarlas sería como desprenderse de una parte del alma y esperar seguir teniendo la misma fuerza[22].

Es urgente, pues, repensarnos. Replantear los marcos formativos y organizativos desde una lógica colaborativa, con participación real de las matronas, de las enfermeras comunitarias y de otras especialidades, hospitalarias, gestoras, docentes, investigadoras. Apostar por un sistema en el que todas las enfermeras puedan desarrollarse, especializarse, liderar, sin tener que renunciar a su pertenencia profesional. Un sistema donde ser matrona sea motivo de orgullo, no de distanciamiento. Donde la especialización se entienda como parte de un continuo y no como un punto de fuga. Donde el cuidado sea el eje, y no la técnica; donde la persona sea el centro, y no el procedimiento.

Y también es hora de que nuestras estructuras representativas y quienes están al frente de las mismas —consejos, colegios, sociedades científicas, asociaciones profesionales y académicas— asuman su papel en este debate. No basta con pronunciarse cuando la amenaza es evidente. Es necesario liderar una reflexión colectiva, ser espacio de encuentro y de posicionamiento, tejer discursos que sumen y estrategias que cohesionen. El silencio, la ambigüedad o la neutralidad solo favorecen a quienes impulsan la ruptura. Enfermería necesita una voz clara, firme y respetuosa, que diga con contundencia: somos una sola profesión, con múltiples formas de cuidar, pero con una sola disciplina[23].

No se trata, en ningún caso, de retener a nadie a la fuerza, ni de deslegitimar aspiraciones que puedan estar motivadas por un deseo genuino de mejora profesional. Tampoco se trata de generar confrontaciones estériles e innecesarias entre compañeras que comparten el cuidado como identificación profesional. Esta reflexión apela, más bien, a la necesidad urgente de aunar fuerzas y esfuerzos en la construcción de un espacio común de desarrollo profesional donde todas/os podamos crecer, sentirnos reconocidas/os y proyectarnos con orgullo. Un espacio en el que nadie se sienta excluido, y donde cada especialidad y cada rol encuentre su lugar desde la complementariedad, no desde la separación.

Desde el respeto más profundo a la labor de las matronas, lo que está en juego no es el prestigio de una especialidad, sino la salud de una disciplina. Y si no cuidamos esa salud, difícilmente podremos cuidar a los demás. Por eso, más que un nuevo grado, lo que necesitamos es un nuevo pacto. Un pacto por la unidad, por la coherencia, por la visibilidad y por la fortaleza colectiva de Enfermería. Un pacto que no excluya, sino que abrace. Que no fragmente, sino que integre. Que no compita, sino que colabore. Que no separe, sino que sostenga.

Cuidar es también cuidarse como profesión. Y en este momento histórico, cuidarse es defender el lugar de las matronas dentro de Enfermería. No como apéndice, no como excepción, no como otro grado. Sino como parte inseparable de una ciencia del cuidado que se enriquece en la diversidad, pero que se sostiene en la unidad.

[1] Escritora, productora de cine y guionista británica, conocida por ser la autora de la serie de libros Harry Potter (1965)

[2] Las matronas insisten en su petición de grado independiente https://www.facebook.com/share/1RUVASqX2Q/?mibextid=wwXIfr

[3] Collière MF. Promover la vida. De la práctica de las mujeres cuidadoras a los cuidados de salud. Madrid: Díaz de Santos; 1993.

[4] Turienzo R, Vázquez-Sánchez MA. El marco epistemológico del cuidado en la atención al parto. Index Enferm. 2020;29(1–2):55–9.

[5] Watson J. Nursing: The philosophy and science of caring. Boulder: University Press of Colorado; 2008.

[6] Biro MA. What has public health got to do with midwifery? Midwives’ role in securing better health outcomes for mothers and babies. Women Birth. 2011;24(1):17–23.

[7] De Vries R, Benoit C, Van Teijlingen E, Wrede S. Birth by design: Pregnancy, maternity care and midwifery in North America and Europe. New York: Routledge; 2001.

[8] Haggerty JL, Roberge D, Freeman GK, Beaulieu C. Continuity of care: A multidisciplinary review. BMJ. 2003;327(7425):1219–21.

[9] Giménez R. Fisioterapia y Enfermería: historia de una escisión. Fisioterapia. 2010;32(4):147–52.

[10] Sandall J, Soltani H, Gates S, Shennan A, Devane D. Midwife-led continuity models versus other models of care for childbearing women. Cochrane Database Syst Rev. 2016;(4):CD004667.

[11] Sarabia-Cobo C, Crespo-Fernández D. El sentido de pertenencia profesional en Enfermería. Enferm Glob. 2022;21(65):543–60.

[12] Walsh D, Devane D. A metasynthesis of midwife-led care. Qual Health Res. 2012;22(7):897–910.

[13] World Health Organization. Strengthening quality midwifery education for Universal Health Coverage 2030: framework for action. Geneva: WHO; 2019.

[14] Ares L, Rivas T. Atención comunitaria en salud sexual y reproductiva: entre Enfermería y la Matronería. Enferm Clin. 2021;31(6):353–

[15] Fawcett J, DeSanto-Madeya S. Contemporary nursing knowledge: Analysis and evaluation of nursing models and theories. 4th ed. Philadelphia: F.A. Davis; 2017.

[16] https://www.redaccionmedica.com/secciones/otras-profesiones/tcae-rechaza-incluir-administrativos-en-triajes-es-una-medida-peligrosa–1072

[17] Benton DC, Pérez-Raya F, Fernández-Fernández MP. Competencias, niveles y denominaciones: un debate pendiente en Enfermería española. Rev ROL Enferm. 2021;44(6):444–50.

[18] Allen D. The invisible work of nurses: Hospitals, organisations and healthcare. Routledge; 2015.

[19] Hernández-Morales A. Enfermería como ciencia disciplinar: sentido, retos y resistencias. Cult Cuid. 2019;23(55):87–94.

[20] Consejo Internacional de Enfermeras. Enfermeras: una voz para liderar. Invertir en Enfermería y respetar los derechos para garantizar la salud global. Ginebra: CIE; 2022.

[21] Freire P. Pedagogía de la esperanza. México: Siglo XXI; 2000.

[22] Martínez-Riera JR. El cuidado como estrategia de transformación del sistema sanitario. Enferm Comunitaria. 2021;17(1):6–13.

[23] Lobo Gajić M, Bužančić I. The role of nursing associations in unifying the profession. Int Nurs Rev. 2020;67(2):151–8.

 

DEL SENADO ROMANO AL PARLAMENTO ESPAÑOL: POLÍTICA, ODIO Y ENFERMEDAD SOCIAL

En el año 65 a.C., Roma vivía uno de los periodos más convulsos de su historia. Corrupción, conspiraciones y luchas intestinas. Hoy, en pleno siglo XXI, el Parlamento español refleja —salvando las distancias— una deriva inquietantemente similar.

Hay algo perturbadoramente familiar en observar una sesión del Congreso de los Diputados en España y recordar las crónicas del Senado romano. No resulta descabellado establecer ciertos paralelismos. La política como espectáculo, la palabra como arma, la descalificación como estrategia y el poder como fin absoluto. Ayer, en Roma. Hoy, en Madrid.

Los senadores romanos no eran ajenos a la corrupción, la retórica incendiaria ni a la manipulación pública. La lucha por el poder era total, sin concesiones, sin matices. Quien disentía no era solo un opositor, era una amenaza que debía ser neutralizada. En ese escenario, Julio César encarna como pocos el intento de regenerar la política, de reformar instituciones anquilosadas y de abrir el poder a nuevas capas sociales. Su enfrentamiento con los optimates, la oligarquía senatorial más conservadora, no fue solo ideológico, fue existencial. Y terminó como todos sabemos, con su asesinato.

¿No resuena, con un inquietante eco, esta dinámica en la política española actual? En España, la política ha dejado de ser el arte de lo posible para convertirse en el arte de lo destructivo. La confrontación ha sustituido al diálogo. La teatralización de los discursos ha desplazado al contenido. La deshumanización del adversario político se ha normalizado hasta extremos que rozan lo patológico.

Este clima político envenenado ha generado, alimentado y dado alas a la aparición de partidos y movimientos radicales que encuentran en la polarización su caldo de cultivo ideal. Formaciones que se presentan como salvadoras de una “Patria en peligro”, confeccionada a su imagen y semejanza.

Y en este juego de espejos deformantes, los medios de comunicación —o una parte significativa de ellos—, en lugar de ejercer su papel como garantes de la información veraz, plural y rigurosa, han optado por amplificar y difundir la confrontación. Titulares incendiarios, tertulias vociferantes, manipulación de datos, simplificación burda de problemas complejos… La lógica del clic y del share ha sustituido al periodismo. La crispación vende, y se multiplica. Se convierte a la política en un circo, donde los antiguos gladiadores han sido sustituidos por tertulianos vociferantes, influencers ideológicos y opinadores profesionales que, lejos de aportar reflexión, alimentan el espectáculo. Lo importante ya no es la verdad, sino la viralidad. La sangre, ahora simbólica, sigue siendo el mejor reclamo para atraer público.

El resultado es una ciudadanía expuesta, agotada y manipulada. Porque esta forma de hacer política no es neutra. Impacta directamente sobre la salud pública. El discurso del odio, la agresividad verbal, la violencia simbólica constante… generan un entorno tóxico que enferma las relaciones, distorsiona los vínculos sociales y debilita la cohesión comunitaria. El miedo, la rabia y la sospecha se instalan como emociones dominantes, sustituyendo a la confianza, la empatía y la reflexión.

Cuando el respeto desaparece de la vida pública, también se erosiona en la vida cotidiana. Y con ello se resquebrajan los lazos que sostienen la salud de la población.

Lo preocupante es que ya no escandaliza. Nos hemos acostumbrado al insulto, al desprecio, a la falsedad como herramienta política. Lo anómalo se ha vuelto norma. La sospecha permanente es ahora una forma de habitar lo común. Y lo común, precisamente, se desmorona.

Esta deriva no es un síntoma aislado. Es una epidemia que se extiende, contagia y reproduce. Una epidemia social para la que, lamentablemente, no se quiere encontrar una vacuna que la controle o la elimine.

Y en este clima envenenado, la corrupción —no solo como delito económico, sino como cultura política— se instala como una lógica aceptada. Cuando el robo, el engaño, la manipulación o el enriquecimiento ilícito dejan de escandalizar, no solo se debilita la legalidad, se degrada el pensamiento político mismo. Porque hay una corrupción aún más insidiosa que la que vacía las arcas públicas. La corrupción ideológica y de comportamiento, aquella que convierte la mentira en estrategia, el oportunismo en doctrina y el poder en botín. Una corrupción que, en ausencia de planteamientos alternativos, ideas razonadas o iniciativas transformadoras, decide robar la intimidad personal y familiar del adversario, usarla como arma arrojadiza y convertirla en espectáculo. Cuando ya no se tienen argumentos, se recurre al escarnio. Cuando ya no se sabe proponer, se destruye. Así, lo privado se convierte en munición pública, y la política se degrada en venganza.

¿No es también esto una forma de saqueo? ¿No se roba también, desde esa corrupción simbólica, el derecho ciudadano a una política limpia, al disenso respetuoso, al planteamiento de alternativas, al bien común como horizonte? Esta forma de corrupción —moral, discursiva, institucional— aliena, confunde, desgasta y divide a la sociedad, y se alinea perfectamente con los planteamientos mercantilistas y neoliberales que reducen lo público a objeto de conquista y lo común a mercancía negociable.

La historia romana nos dejó grandes advertencias. Cuando la palabra se vacía de contenido y se convierte en puñal, cuando el poder se convierte en objetivo en sí mismo y no en medio para el bien común, cuando la política se divorcia del respeto, el pensamiento y el servicio… el colapso no es una hipótesis, sino una certeza.

CUANDO EL LENGUAJE TRAICIONA AL CUIDADO El lenguaje que nos nombra

                                              A la Red Iberoamericana de Enfermería Familiar y Comunitaria (RIEFyC) que tanto y tan bien trabaja en aras de un lenguaje e imagen propios de las enfermeras.

 

“No hay palabra inocente. Toda palabra es una toma de posición.”.”

Paulo Freire[1]

 

Permanentemente, las enfermeras estamos defendiendo que nuestro quehacer se sustenta en un espacio disciplinar propio, diferenciado y legítimo, basado en la ciencia del cuidado. Un saber complejo, dinámico y profundamente humano que no puede seguir subordinado al paradigma médico bajo el que, durante décadas, hemos sido invisibilizadas, instrumentalizadas o reducidas a meras ejecutoras. Secuestradas a veces por inercias institucionales, otras por falta de reconocimiento, y muchas por el propio desconocimiento, la inseguridad epistemológica respecto a nuestro marco de referencia, o el posicionamiento cómodo de la inacción en espacios de confort.

Sin embargo, este deseo de autonomía y diferenciación no siempre se traduce en acciones coherentes ni en un lenguaje que exprese con claridad esa singularidad. Seguimos utilizando terminología ajena o desajustada con respecto a aquello que decimos defender. Hablamos de “asistencia” en lugar de atención, de “usuarios” o “pacientes” en vez de personas, de “visita domiciliaria” en lugar de atención familiar, de “sanitarios” en vez de profesionales de la salud o directamente de enfermeras, de “la enfermería hace” en lugar de reconocer que quienes hacemos, o no, somos las enfermeras. Su elección no es anecdótica. El lenguaje no es neutro ni banal. Las palabras configuran el pensamiento, construyen realidad, posicionan ideológicamente, definen identidades, legitiman prácticas.

En un contexto como el iberoamericano, además, esta necesidad de coherencia discursiva cobra una relevancia especial. Compartimos no solo lenguas como el español y el portugués, sino también una matriz cultural basada en valores comunes como la solidaridad, la cercanía, la familia, la comunidad y el cuidado como expresión de humanidad. Esta afinidad cultural, lejos de homogeneizar nuestras prácticas, ofrece un terreno fértil para el desarrollo de un lenguaje profesional que, sin perder raíces, se nutra de nuestras experiencias compartidas y proyecte una narrativa del cuidado que sea auténtica, contextualizada y transformadora. En Iberoamérica, nombrar el cuidado con propiedad es también un acto de resistencia frente a lógicas colonizadoras, economicistas o tecnológicas que tanto nos han fascinado y fascinan y que amenazan con diluir nuestra identidad profesional.

El uso reiterado de términos ajenos a la lógica del cuidado no solo debilita nuestro discurso, sino que alimenta la contradicción entre lo que decimos ser y lo que realmente hacemos o comunicamos. Resulta llamativo que una disciplina que reivindica la centralidad de la persona, de la experiencia vivida, de la subjetividad, siga empleando un lenguaje técnico, aséptico o directamente médico, que cosifica a quien cuida y a quien es cuidado. Decimos que cuidamos, pero hablamos de prestar servicios. Afirmamos que personalizamos la atención, pero hablamos de “protocolos aplicados”. Nos posicionamos como profesionales de referencia en la promoción de la salud, pero utilizamos expresiones que reproducen un modelo asistencialista y paternalista alejado de la salud. Esta incoherencia mina la fuerza de nuestro posicionamiento, debilita la legitimidad de nuestra identidad y, lo que es más grave, limita nuestra capacidad transformadora, al mismo tiempo que impide que seamos identificadas/os por lo que decidimos de manera autónoma y no por lo que se nos delega u ordena.

Las palabras no son solo una herramienta de comunicación. Son estructuras de pensamiento, vehículos de representación simbólica, instrumentos de poder. Nombrar es crear realidad. Como afirmaba Pierre Bourdieu, “quien tiene el poder de nombrar, tiene también el poder de legitimar o de excluir[2]. En el caso de las enfermeras, ese poder nos ha sido históricamente negado, y aún hoy seguimos reproduciendo un lenguaje prestado que no responde a nuestras claves epistemológicas ni a nuestra identidad profesional. Lo más preocupante no es que otras disciplinas nos nombren desde su mirada, sino que nosotras mismas lo hagamos sin cuestionarlo. Que asumamos como natural un vocabulario que nos reduce, que nos diluye, que nos aleja del corazón de lo que hacemos, cuidar.

Cuando una enfermera habla de “paciente diabético” o de “ver una úlcera” en lugar de “persona con diabetes” o “atender a una persona con una úlcera”, está emitiendo un juicio de reducción identitaria que contradice la visión holística que proclama. Cuando dice que va a “hacer una visita domiciliaria” en lugar de “prestar atención domiciliaria” o “acompañar a la familia en su entorno”, está transformando una intervención relacional en un acto técnico. Cuando utiliza “cumplimiento” en vez de “acuerdo” o “adhesión voluntaria”, está desplazando el protagonismo del proceso desde la persona hacia la norma. Resulta igualmente significativo observar cómo sustituimos, de forma aparentemente inocente, términos que alteran profundamente el sentido de las relaciones que establecemos. Por ejemplo, decimos que las personas colaboran con las enfermeras, cuando en realidad deberíamos hablar de participación. La colaboración implica adherencia, apoyo a un plan diseñado por otro, incorporación a una estrategia ajena. Participar, en cambio, supone estar presente desde el inicio, formar parte del proceso de decisión, compartir poder. No es lo mismo pedir colaboración que facilitar participación. En la primera, el centro de control sigue siendo el profesional; una estructura jerárquica que contradice el espíritu del cuidado relacional. En la segunda, se reconoce a la persona como sujeto activo, con saberes, con voz, con capacidad de agencia y, por tanto, de decisión. El lenguaje que elegimos no solo refleja la relación, la define[3].

Esta incoherencia no es un fenómeno aislado ni puntual. Se manifiesta también en los entornos académicos, en la documentación utilizada en la atención, en la literatura científica, en la divulgación y, especialmente, en el lenguaje institucional. Resulta contradictorio que en las guías de cuidados elaboradas por enfermeras se siga hablando de “tratamiento” o “seguimiento del paciente”, términos propios del modelo clínico-médico, mientras se intenta reivindicar el cuidado como eje central de la intervención.

Hablar con propiedad no es una cuestión estética, ni un simple ejercicio de corrección terminológica. Es un acto necesario, una afirmación identitaria, una responsabilidad ética. Es dotar de sentido lo que hacemos, conectar el lenguaje con la acción, el discurso con la práctica. Si decimos que cuidamos personas, debemos hablar como quienes cuidan personas. Si decimos que el cuidado es nuestro objeto y razón de ser, necesitamos un lenguaje que lo represente, que lo defienda, que lo visibilice. De lo contrario, caemos en una suerte de esquizofrenia profesional, es decir, pensamos de una manera, actuamos de otra y hablamos de una tercera, generando un ruido simbólico que obstaculiza el desarrollo disciplinar

Esta reflexión no es nueva. Marie-Françoise Collière[4] ya advertía que el lenguaje dominante ha sido una herramienta de sometimiento, y que parte de la emancipación enfermera pasa por recuperar la capacidad de nombrar el mundo desde el cuidado[5]. Jean Watson, por su parte, insiste en que la coherencia entre lenguaje, pensamiento y acción es imprescindible para sostener una práctica basada en la ética del cuidado[6]. Virginia Henderson también planteaba que las enfermeras deben conocer, comprender y utilizar su propio lenguaje para poder afirmar su contribución única a la salud y al bienestar de las personas[7]. Y, sin embargo, pese a estas voces referentes, la incoherencia persiste. No estoy hablando, por tanto, desde un planteamiento demagógico, dogmático ni mucho menos ortodoxo, sino desde el sentimiento y el sentido de lo que somos y aportamos como enfermeras.

Una parte del problema radica en la formación. Los planes de estudio, aunque han evolucionado, aún arrastran una fuerte impronta biomédica. Muchas asignaturas se nombran con terminología médica, muchos contenidos se estructuran desde modelos ajenos, y muchas veces el propio profesorado no tiene plena conciencia del impacto que tiene el lenguaje en la construcción de la identidad profesional. Si desde la universidad no se promueve el lenguaje, si no se cuida el modo en que se transmite el saber enfermero, difícilmente el estudiantado desarrollará una mirada crítica y una narrativa coherente con la lógica del cuidado. Hablar bien, en este sentido, es también una cuestión pedagógica.

Pero la responsabilidad no es solo académica. También es institucional y política. Las sociedades científicas, los colegios profesionales, los órganos de gestión y representación deben ser agentes activos en la recuperación y consolidación de un lenguaje propio. No basta con defender la enfermería como ciencia del cuidado: hay que hablar como tal. Hay que renunciar a la tentación de “medicalizar” el discurso para ganar legitimidad, y apostar por una narrativa fuerte, rigurosa, clara y genuinamente enfermera.

Tampoco es un problema individual, aunque cada profesional tiene su parte de responsabilidad. Es un asunto estructural, histórico, cultural. Pero precisamente por eso necesita de un posicionamiento consciente, colectivo, sostenido. No se trata de imponer un vocabulario cerrado ni de caer en un esencialismo terminológico. Se trata de construir, entre todas/os, un lenguaje común que sea fiel a nuestros valores, que traduzca nuestro conocimiento, que represente nuestras prácticas y que fortalezca nuestra identidad.

Porque las palabras no son solo palabras. Son actos. Son decisiones. Son posicionamientos. Y cuando no cuidamos el lenguaje, difícilmente podremos cuidar desde el lenguaje. Decimos que el cuidado es nuestra esencia, nuestra ciencia, nuestro compromiso. Pero si lo seguimos nombrando con palabras ajenas, ajamos su significado, debilitamos su potencial, traicionamos su profundidad.

Nombrar con propiedad no es una cuestión de forma. Es una cuestión de fondo. Es afirmar con claridad que tenemos una disciplina, una ciencia y una profesión que merecen un lenguaje que las nombre con dignidad, con precisión y con sentido. Un lenguaje que no solo describa, sino que transforme. Que no solo diga, sino que cuide. Porque también se cuida desde las palabras. Porque el cuidado, cuando es coherente, también se pronuncia.

Este déficit de coherencia discursiva se manifiesta incluso en los ámbitos donde más presencia tenemos. En la atención primaria y comunitaria, por ejemplo, seguimos llamando “demanda espontánea” a las consultas de personas que acuden por su propia iniciativa, cuando en realidad muchas veces no es demanda, ni es espontánea, sino la expresión de un malestar no resuelto, de una necesidad desatendida o de una búsqueda de escucha que no cabe en los canales oficiales del sistema. Llamarlas “espontáneas” es deslegitimarlas, minimizarlas, ignorar su contenido relacional y simbólico. Si decimos que centramos nuestra intervención en las necesidades sentidas de las personas, deberíamos revisar con urgencia esa etiqueta.

Otro ejemplo ilustrativo es el modo en que definimos nuestras intervenciones. A menudo hablamos de “técnicas de enfermería” como si eso definiera nuestra especificidad profesional. Pero las técnicas, por sí solas, no son lo que nos caracteriza. Lo que nos define es cómo, para qué, con quién y desde qué marco realizamos esas técnicas. Una cura no es solo un procedimiento, es una oportunidad de vínculo, de escucha, de acompañamiento. El lenguaje técnico que a veces asumimos como sinónimo de profesionalidad puede convertirse en una trampa si deja fuera la dimensión humana del cuidado. Profesionalizar no es tecnificar, es dotar de sentido.

Lo mismo ocurre con la documentación. Los registros enfermeros, tan necesarios para visibilizar nuestro trabajo, muchas veces se convierten en un lenguaje administrativo, escueto, desconectado de la experiencia real. “Persona consciente, colaboradora, piel integra, signos vitales dentro de parámetros normales”: ¿qué dice eso de la persona?, ¿qué dice de la enfermera?, ¿qué dice del cuidado? Nada que no pueda decir una máquina. Si queremos documentar nuestra acción, necesitamos palabras que reflejen la complejidad relacional, el juicio profesional, la sensibilidad, la toma de decisiones compartida, la incertidumbre.

También en la relación con la comunidad se perciben estas incoherencias. Cuando realizamos intervenciones grupales o comunitarias y describimos como “educación sanitaria” la educación para la salud, estamos transmitiendo una visión unidireccional, vertical y paternalista que no pasa de ser información unidireccional. La educación para la salud, que no sanitaria, debe entenderse como proceso dialógico, emancipador, de construcción colectiva de conocimiento. Paulo Freire ya advirtió del riesgo de la “educación bancaria”, en la que el profesional deposita saber en un sujeto pasivo[8]. Si nos limitamos a “dar consejos” o “informar”, estamos reproduciendo exactamente ese modelo. Y el lenguaje que usamos lo delata. Y como sucede con los bancos, nada es gratuito, todo conlleva una comisión.

Hay, por tanto, una urgencia no solo lingüística, sino también ética. Cada vez que utilizamos una palabra que reduce, que cosifica, que impone, estamos traicionando los principios de respeto, autonomía y dignidad que decimos defender. Porque no se puede cuidar bien desde un lenguaje que hiere, que ignora, que falsea.

Esta necesidad de coherencia también atraviesa nuestras reivindicaciones. Cuando exigimos reconocimiento institucional o mejoras laborales, es esencial que el discurso que empleamos refleje nuestra especificidad y no nos diluya en generalidades. Decir que somos “personal sanitario” puede servir para unirnos en determinadas luchas, pero también puede invisibilizar nuestro aporte diferencial. Si queremos que se reconozca la centralidad del cuidado, debemos hablar desde el cuidado. Si queremos que se entienda nuestra contribución única, debemos nombrarla como tal. Lo que no se nombra, no existe. Y lo que se nombra mal, se interpreta peor.

Esto tiene implicaciones profundas en la percepción social de la enfermería y de las enfermeras. Muchas personas siguen sin comprender qué hacemos exactamente las enfermeras porque el relato dominante ha sido inconsistente, inexacto o insuficiente. Parte de la confusión viene de fuera, sí, pero otra parte nace de nosotras mismas. De cómo hablamos de nuestro trabajo, de cómo lo valoramos, de cómo lo comunicamos, de cómo lo escribimos. La narrativa profesional no puede construirse desde el mimetismo ni desde la subordinación. Necesita una voz propia, clara, coherente, valiente. Una voz que no solo defienda el cuidado, sino que lo diga con palabras que cuiden y nos identifiquen.

También tiene consecuencias en nuestra autoestima profesional. El lenguaje que utilizamos moldea la forma en que nos pensamos y nos posicionamos. Si hablamos desde la falta de autoestima, desde la obediencia, desde la imprecisión, difícilmente podremos actuar con autonomía, liderazgo y confianza. La coherencia lingüística no es solo una cuestión de estilo, sino de empoderamiento. Cuando una enfermera dice con claridad lo que hace, lo que sabe, lo que aporta, está afirmando su singularidad. Está construyendo identidad. Está generando conocimiento. Está transformando cultura. Si nosotras/os no nos creemos lo que somos y valemos, difícilmente vamos a poder transmitirlo.

Todo esto nos exige, como colectivo, una revisión profunda. Una revisión que no debe vivirse como amenaza ni como imposición, sino como oportunidad. Oportunidad de repensar nuestro modo de comunicar, de reconstruir un vocabulario fiel a nuestra esencia, de fortalecer nuestro paradigma desde la palabra.

El cambio empieza en lo cotidiano, donde se gesta el cambio cultural. Un cambio que no requiere grandes gestos, sino pequeños actos sostenidos, compartidos, consistentes. Porque el lenguaje se transforma usándolo de otro modo. Cuidando cómo nombramos. Escuchando cómo nombramos. Enseñando cómo nombramos.

Hablar con propiedad no es un lujo. Es una necesidad profesional, científica, ética y política. Es el primer paso para que el paradigma enfermero no sea solo una declaración teórica, sino una práctica viva, real, coherente. Porque las palabras que usamos para hablar del cuidado también deben cuidar el modo en que construimos nuestro lugar en el sistema de salud, en la academia, en la sociedad. Si no nos hablamos desde nosotras/os, otras/os seguirán hablando por nosotras. Y porque si no cuidamos nuestro lenguaje, nadie cuidará nuestra narrativa. Y sin narrativa, no hay historia. Sin lenguaje, no hay presencia. Sin palabras propias, no hay profesión reconocida.

Por todo ello, urge una revisión lingüística en enfermería. Una revisión firme, paciente, tenaz, que comience en cada aula, en cada historia de salud, en cada conversación, en cada documento, en cada intervención, en cada espacio donde una enfermera pronuncia su práctica. Una revisión que nos devuelva el poder de decir lo que hacemos y hacer lo que decimos. Una revisión que nos permita dejar atrás las contradicciones discursivas y avanzar hacia una práctica plenamente coherente con nuestro paradigma.

[1]Pedagogo, educador y filósofo brasileño. Es considerado uno de los pensadores más notables en la historia de la pedagogía a nivel mundial (1921-1997)

[2] Bourdieu P. Lenguaje y poder simbólico. Madrid: Alianza Editorial; 2000.

[3] Laverack G. Community empowerment and community partnerships in nursing practice. Int J Environ Res Public Health. 2020;7(2):76.

[4] Collière MF. Cuidar… el primer arte de la vida. 2. ed. Madrid: Ediciones Interuniversitarias; 1993.

[5] Alligood MR, Tomey AM. Modelos y teorías en enfermería. 8.ª ed. Madrid: Elsevier; 2022.

[6] Watson J. Nursing: Human Science and Human Care. A Theory of Nursing. Boulder: University Press of Colorado; 1999.

[7] Henderson V. The Nature of Nursing: A Definition and Its Implications for Practice, Research, and Education. New York: Macmillan; 1966.

[8] 5.Freire P. Pedagogía del oprimido. Madrid: Siglo XXI Editores; 1970.

CUANDO EL REFRANERO RETRATA A MAZÓN

A veces la sabiduría popular dice más que cien editoriales. Carlos Mazón ha hecho del refranero su forma de gobernar —aunque sea a contrapié—. Él, que presume de cercanía, de temple, de valencianismo pragmático, lleva meses al frente de la Generalitat actuando de cara a la galería, como cuando cantaba, posiblemente pensando que “quien canta su mal espanta”.

Desde la DANA, hace ya más de ocho meses, Mazón ha preferido el silencio a la responsabilidad sin tener en cuenta que «manejar el silencio es más difícil que manejar la palabra». No se han depurado responsabilidades, no se ha pedido perdón, no se han dado explicaciones. Lo que sí se ha hecho — con entusiasmo— es tejer un relato lleno de medias verdades, omisiones y sobre todo mentiras. “Miente, miente, que algo queda”, convencido de que la memoria ciudadana es corta y aplicándose para sí aquello de “a palabras necias, oídos sordos”. Pero no todo se olvida y, aún menos, se perdona. Y menos cuando se han perdido, por su inacción y mediocridad, 228 vidas humanas. Pero, “la mentira tiene las patas muy cortas, pero la cola muy larga”.

La pésima gestión de aquella catástrofe dejó al descubierto la falta de previsión, la descoordinación institucional, una preocupante indiferencia y una evidente ineptitud. El relato posterior ha sido un rosario de excusas e hipocresía, que se desmontan solas, porque “no hay peor mentira que la que se cuenta creyéndola verdad”, y Mazón, lejos de rectificar, ha insistido una y otra vez en defender lo indefendible, pero sin poder ocultar que “las palabras buenas son, si así fuese la intención”.

El objetivo, en cualquier caso, no es gobernar, sino resistir, porque “quien la sigue, la consigue” y porque piensa que “no hay mal que cien años dure “. A estas alturas, la única agenda que parece clara es la que marca el calendario hacia su jubilación como expresidente. Y como “más vale pájaro en mano que ciento volando”, Mazón se aferra al cargo no por convicción, sino por conveniencia, olvidando que tan solo “con bondad, se adquiere autoridad” y que para ser respetado debería “tratar a los demás como le gustaría ser tratado”.

El problema es que “el mentiroso debe tener buena memoria”, y Mazón se contradice sin pudor. Lo que dijo en abril ya no cuadra con lo que sostiene en julio. Lo que negó al principio ahora lo matiza, y lo que prometió ya ni se menciona. Mientras tanto, sus socios se crecen, imponen su agenda reaccionaria, y marcan el paso del gobierno. Pero él calla, consiente, y a veces incluso aplaude. Porque “el que calla, otorga”, y el precio del poder parece, en su caso, no tener límites.

Mazón ha creído que, en política, a falta de logros propios, lo mejor es señalar los fallos ajenos, sean ciertos o inventados. Ha encontrado en los casos de corrupción del PSOE su mejor tabla de salvación. Se aferra a ellos con vehemencia, los agita como si fueran su programa de gobierno, convencido de que “el que señala, distrae”. Cada intervención pública, cada rueda de prensa, cada réplica parlamentaria acaba girando sobre lo mismo, deslegitimar al adversario, embarrar el terreno, presentarse como el espejo limpio frente a un Gobierno central que, según él, se maquilla para ocultar sus manchas. El problema es que, en ese intento desesperado por parecer limpio, olvida que él tiene los zapatos llenos de barro y sin darse cuenta de que “mal ladra el perro cuando ladra de miedo”.

Acusa a Sánchez de victimismo impostado mientras él mismo lleva meses construyéndose un papel de mártir institucional. Incomprendido, calumniado, víctima de envidias políticas y ataques injustos. “Ve la paja en el ojo ajeno…” Cada vez que habla, da la sensación de que el mundo le debe una disculpa. Critica a Sánchez por maquillarse para la ocasión, y olvida que él mismo se puso un chaleco rojo como si fuera un uniforme de campaña humanitaria, en plena tragedia. Después de lastimar el manipulador se disfraza de víctima.

En la Comunitat Valenciana hace tiempo que se oye el rumor de la desafección, del desgaste, del hartazgo. Lo saben todas/os, pero, piensan que, “más vale malo conocido que bueno por conocer”.

Lo cierto es que Mazón, pese a las apariencias, está solo. Rodeado, sí, pero solo. Esconde su agenda y se esconde él mismo por miedo, que no por vergüenza a la que deja atrás para poder medrar. Pero la política, aunque algunos lo olviden, también se nutre de dignidad. Y, como dice el refrán, “al final, cada uno recoge lo que siembra”. Incluso si lo sembró entre aplausos y lo cosecha entre sombras. Pero, debería recordar que «no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague», “demos tiempo al tiempo” “para poner a cada cual en su sitio”.

CARTA A LA CIUDADANÍA

“Escribir es tratar de entender, es tratar de reproducir lo irreproducible.”

Clarice Lispector[1]

 

Querida ciudadanía:

Llevo tiempo queriendo escribir esta carta. Pero no encontraba ni el momento, ni las palabras para hacerlo. Finalmente me he decidido. Creo que es el momento. O cuanto menos son los momentos que estamos viviendo los que finalmente me han llevado a hacerlo. Las palabras para componer mi reflexión deberás decidir tú, si son las adecuadas o no, pero son las que dictan mis sentimientos y emociones.

Escribo esta carta con la única intención de compartir. No pretendo dictar ninguna lección, ni convencer de nada. Ni siquiera lo hago desde la urgencia de una profesión, la Enfermería, que no siempre es identificada ni valorada con justicia. Escribo desde un lugar más íntimo, más frágil y más honesto. El de quien, como enfermera y como ciudadano, no quiere acostumbrarse a esta realidad que nos duele, nos desgasta y, a veces, nos deshumaniza.

Sí, digo como enfermera, aunque sea hombre, por respeto y admiración hacia una profesión, la Enfermería, que entiendo y comprendo como femenina y que tanto me ha aportado a lo largo de mi vida. Por tanto, no me he equivocado de tecla ni de género, ni con ello renuncio a mi condición masculina. Me identifico y me siento orgulloso como enfermera.

Podría haber elegido cualquier otro formato. Pero he optado, conscientemente, por escribir una carta. Lo sé, las cartas ya no se estilan. Parecen de otro tiempo, reliquias de una forma de comunicación más pausada, más íntima, más humana. Y quizá por eso mismo la elijo. Porque frente a la velocidad, la inmediatez y la superficialidad que lo invaden todo, la carta me permite detenerme, construir un hilo narrativo, dar espacio al pensamiento y al sentimiento. Hablar sin gritar, sin competir, sin imponer.

No escribo desde la nostalgia, sino desde la necesidad. Necesito establecer un diálogo —aunque sea asimétrico— en el que pueda compartir contigo mis inquietudes, mis dudas, mis temores, pero también mis compromisos, mis certezas, mi esperanza. Esta carta no es solo un texto, es un acto de cuidado. Una forma de nombrar lo que pienso y lo que siento sin intermediarios, sin filtros, sin algoritmos. Escribirte así es una manera de reconocerte como siempre te he identificado, como interlocutor/a válido/a, como parte activa de una sociedad que, pese a todo, quiero pensar que puede seguir escuchándose y entendiéndose.

Porque más que una carta, esto es una narrativa abierta. Un relato en voz alta que intenta poner en palabras lo que me preocupa y me ocupa, desde mi doble condición de enfermera y ciudadano. Condición que ni quiero ni puedo separar. Es una forma de mirar contigo lo que sucede, de pensarlo juntos, de buscar sentido donde a veces solo hay confusión. Y eso, en estos tiempos de tanta desconexión emocional y tanto discurso vacío, me parece muy necesario.

Escribir así, de tú a tú, me permite escapar de los formalismos y entrar en otro terreno. En el del cuidado del lenguaje, de la palabra con intención, de la emoción contenida. Porque esta carta no nace solo de la disciplina, la ciencia y la profesión a las que pertenezco y de las que soy y me siento parte íntima, sino de la conciencia de lo que significa ser ciudadano de esta sociedad. Como enfermera y como ciudadano, es como quiero hablar. No desde el saber, sino desde la vida vivida. Desde las dudas, los miedos, las preguntas que no siempre tienen respuesta. Desde las convicciones que me sostienen y las contradicciones con las que convivo. Porque cuidar también es esto, nombrar lo que duele, lo que falta, lo que urge. Y hacerlo con honestidad.

No me mueve la queja. No me interesa el victimismo. Tampoco escribo con ánimo de acusar a nadie ni de defenderme de nada. Lo hago porque creo que, en medio del ruido que todo lo invade —ese ruido que confunde, que desvía, que anestesia—, necesitamos espacios para la palabra clara, para la reflexión compartida, para la escucha que no juzga, pero tampoco calla. Y también lo hago por todos los silencios cómplices, intencionados, usurpadores de verdad. Silencios que encubren, que permiten, que normalizan. Silencios que no son paz, sino omisión. Que no son respeto, sino indiferencia. Porque no solo nos amenaza el exceso de voces que gritan sin decir nada o desprecian, insultan y descalifican, sino también la ausencia de aquellas que deberían estar nombrando lo que duele, lo que apremia, lo que importa, lo que conforta y lo que ayuda.

Y porque cuidar, en su dimensión más profunda, es también eso, mirar, decir y actuar. Es romper el silencio cuando se convierte en complicidad. Es atreverse a poner palabras donde otros bajan la mirada. Es tender puentes en lugar de levantar muros. Cuidar, cuando se ejerce con conciencia, implica una ética de la presencia, del posicionamiento, del compromiso. Y esta carta no es otra cosa que una forma de cuidar desde la palabra. No para ofrecer respuestas absolutas de las que no dispongo y huyo, sino para invitar a pensar, a sentir, a no acostumbrarse.

Pertenecemos a una sociedad que se ha acostumbrado a normalizar el sufrimiento, a gestionar la diferencia y también la indiferencia, a anestesiar la compasión. Una sociedad que se dice moderna y avanzada, pero que abandona sin remordimiento a quienes no encajan en sus estándares de belleza, éxito o productividad. Una sociedad que delega el malestar en el mercado, en las pastillas, en la tecnología, en las estadísticas… y que ha olvidado que la dignidad no se mide con datos, sino en relaciones.

Me inquieta —como enfermera y como ciudadano— esta especie de desmemoria colectiva que nos lleva a convivir con la injusticia como si fuera parte del paisaje. Vivimos en una sociedad que desprecia todo aquello que no encaja en el canon hedonista que ella misma ha construido. No es solo una cuestión de edad, sino de atributos que ya no se consideran valiosos. La lentitud, la memoria, la pausa, la arruga, la experiencia, la mirada serena. Quien pierde los atributos de culto —juventud, rapidez, belleza, éxito, visibilidad— es relegado al margen, condenado al olvido o a la condescendencia. La novedad aparta y cuestiona la experiencia. La arruga, que en otro tiempo era símbolo de vida vivida, hoy se convierte en defecto a corregir con bisturí. La memoria se considera molesta, debe borrarse rápidamente para dejar espacio a los bulos, a las mentiras, a las ocurrencias disfrazadas de ideas brillantes por parte de influyentes mediocres o de tertulianas/os charlatanas/es.

El respeto ha pasado a ser una rareza, algo antiguo, casi reaccionario. El insulto, la descalificación, el sarcasmo hiriente y la burla fácil se han naturalizado como formas legítimas de comunicación. El odio se esconde en discursos que se presentan como valientes, pero que no son más que gritos vacíos. Y la denuncia infundada, sin rigor ni pruebas, alimenta narrativas peligrosas, sustentadas en ambiciones desmedidas, en egos sin límite, en una profunda falta de ética.

En este clima, envejecer es casi una transgresión. Pero el problema no son los años acumulados. El problema es una sociedad que ha roto el vínculo con su pasado, que desprecia su memoria, que teme el paso del tiempo porque se niega a mirarse con verdad.

Pero también está esa pandemia silenciosa denominada soledad no deseada que crece entre nosotros sin que apenas reaccionemos, porque todo cabe en esta moda que han creado de la salud mental impostada. Asociada casi exclusivamente con la vejez, pero que en realidad es mucho más amplia, más dolorosa y más invisible. Porque también hay niñas y niños solas/os, aunque estén acompañadas/os. Jóvenes que conviven con cientos de seguidores en redes, pero no tienen a quién mirar a los ojos sin miedo. Adolescentes que no encuentran un espacio seguro donde ser y sentirse reconocidas/os. Personas que viven rodeadas de otras, pero ignoradas en lo esencial, en su dolor, en sus preguntas, en su diferencia. Y nada de ello es deseado, pero todo conduce a la soledad.

La soledad no deseada se instala donde el sufrimiento es ignorado, donde no hay escucha, donde el vínculo se rompe o nunca llega a construirse. Se cuela en los silencios familiares, en los entornos escolares hostiles, en los hogares reductos de violencia, en las consultas aceleradas, en las instituciones que clasifican, pero no comprenden. Afecta a las personas que han sido arrastradas a una vulnerabilidad que no eligieron. Migrantes, menores tuteladas, jóvenes LGTBIQ+ rechazadas, chicas/os acosadas/os, niñas/os con diversidad funcional, adolescentes con problemas de salud mental. A todas ellas, la sociedad les impone una forma de soledad que no es solo ausencia de compañía, sino de sentido, de reconocimiento, de pertenencia.

Y es una soledad que duele de manera especial porque se produce en un mundo que presume de estar hiperconectado, pero que ha olvidado cómo sostener vínculos reales. ¿Cómo es posible que, rodeadas de pantallas, algoritmos y notificaciones, tantas personas vivan desconectadas de todo vínculo significativo? ¿Qué nos está pasando como sociedad para que tantas vidas se sientan irrelevantes, inoportunas, prescindibles? Solas y sin cuidados.

No hablamos aquí de elección, sino de exclusión. De una soledad impuesta, que no se busca, que no se quiere. Que muchas veces se sufre en silencio por miedo a no ser comprendida, por no incomodar, por no romper el espejismo de normalidad que se impone desde fuera y no querer mirarnos en el espejo de una realidad en la que no nos reconocemos. Y, sin embargo, el impacto de esta soledad es profundo. Deteriora la salud, desestructura la autoestima, debilita los vínculos, agrieta el alma. Y eso no se soluciona con una intervención quirúrgica, ni con un fármaco, ni con la última generación tecnológica. Requiere cuidados.

Cuidar de verdad implica visibilizar esta soledad, acogerla, nombrarla, romperla. Implica generar espacios donde cada persona, independientemente de su edad, condición o historia, pueda encontrar presencia, escucha, conexión. Porque no hay mayor antídoto frente a la exclusión que una comunidad que cuida, que reconoce, que acompaña.

Y qué decir de la violencia de género. Se presenta como un problema que afecta exclusivamente a las mujeres, cuando en realidad es una herida que atraviesa a toda la sociedad. Porque sí, son las mujeres quienes la sufren en sus cuerpos, en sus casas, en sus vidas. Pero la violencia machista no es solo una agresión individual, es un síntoma social, una expresión brutal de un sistema que naturaliza la desigualdad, que tolera la dominación, que reproduce la lógica de la posesión como forma de relación, de convivencia malsana.

Es una violencia que nace en los márgenes de la broma sexista, del piropo invasivo e intolerable, del chiste humillante, del control emocional, de la moda impuesta. Que se alimenta del silencio cómplice, de las instituciones lentas, de los discursos negacionistas. Que no se ejerce solo con los puños, sino también con la palabra, con la economía, con la amenaza, con la manipulación, con la indiferencia. Que no solo mata, sino que desgasta, humilla, aísla, roba. Y que cuando mata, no lo hace por impulso, sino por mandato. El mandato de un modelo de masculinidad, el machismo, que se cree con derecho a decidir sobre la vida de las mujeres.

Es violencia de género, pero trasciende el género. Por ser una violencia contra la sociedad entera, porque destruye la convivencia, devora la igualdad, debilita la libertad, vulnera derechos fundamentales, perpetúa el miedo como mecanismo de control. Cada asesinato machista, es la consecuencia de una cadena de negligencias, de banalizaciones, de permisividades. Y cada agresión tolerada, cada gesto de control no nombrado, cada respuesta tibia o parcial, contribuye a sostener el sistema que la hace posible. Y, por tanto, la sociedad se convierte también en víctima de la misma.

Seguimos sin asumir que esta violencia nos interpela a todas y todos. Que no es un “problema de mujeres” como se trata de hacer ver de manera despectiva, sino una deformación estructural de la sociedad, que necesita ser desmontada desde la raíz.

Y desmontarla requiere algo más que leyes. Requiere educación, responsabilidad colectiva, presencia activa, espacios seguros, acompañamiento real, y una cultura del cuidado que sustituya a la del poder. Solo así dejaremos de contar víctimas y empezaremos a construir una sociedad en la que podamos vivir y convivir todas las personas.

Tampoco podemos mirar hacia otro lado ante lo que mal llamamos “cambio climático”, como si se tratara únicamente de un fenómeno atmosférico, ajeno a nuestra acción, predecible o reversible sin más. Lo que está en juego no es solo el clima, sino una forma de vida, una forma de habitar el mundo que ha roto sus lazos esenciales con la naturaleza, con los otros y con sí misma. No se trata solo de que suban las temperaturas o se derritan los polos. Se trata de que el modelo de desarrollo, consumo y poder que hemos construido y permitido, ha olvidado el cuidado como principio de convivencia. No cuidar la naturaleza es, en esencia, lo que provoca este cambio que nos desborda, que nos empobrece, que nos enferma… y que, cada vez más, nos mata.

Las olas de calor extremo, los desastres naturales cada vez más frecuentes e imprevisibles, las migraciones forzadas, las crisis hídricas y alimentarias, el aumento de enfermedades respiratorias, infecciosas o derivadas del estrés climático… son mucho más que noticias que ya ni tan siquiera captan nuestra atención. Son consecuencias reales, cotidianas, dramáticas, de un sistema que ha roto su equilibrio con el entorno. Pero también consigo mismo. Porque el planeta no es una abstracción. Es nuestro hogar común. Lo que afecta a la Tierra, afecta directamente a la salud, al bienestar, a la seguridad, a la vida de quienes la habitamos.

El cambio climático es también un cambio en las condiciones materiales de existencia. Una transformación forzada del modo en que nos relacionamos, trabajamos, enfermamos y morimos. Las desigualdades se agravan. Quienes menos contaminan son quienes más sufren sus consecuencias. Las comunidades más vulneradas quedan expuestas a fenómenos extremos sin recursos ni respaldo. Y, aun así, seguimos actuando como si hubiera un planeta de repuesto, como si las soluciones fueran meramente técnicas o geoestratégicas, olvidando que la raíz del problema es ética, cultural y humana.

Frente a esta crisis, solo hay una salida posible, reaprender a cuidar. Cuidar del agua, del aire, de la tierra. Pero también de los vínculos, de la comunidad, de la justicia. Porque cuidar el planeta es también cuidar a quienes lo habitan, cuidar de la vida, de la salud. Y ahí las enfermeras tenemos mucho que decir, porque entendemos que la salud no puede separarse del entorno que la hace posible, ni de las relaciones que la sostienen. Porque la salud, en sí misma, es equilibrio y el equilibrio necesita ser cuidado para mantenerlo. Porque entendemos el cambio climático desde una mirada global y no tan solo como una estadística relacionada con la enfermedad.

Las desigualdades —económicas, sociales, territoriales— se han vuelto estructurales. Y lo más doloroso es que se perpetúan y se amplifican por decisiones políticas y económicas que anteponen la rentabilidad al bienestar común. Que se sostienen desde la mentira y el negacionismo. Mientras, los servicios públicos se recortan, se privatizan, se empobrecen. Y eso tiene un precio. Un precio en salud, en oportunidades, en vidas.

Me duele el desprecio creciente hacia la diversidad. Se criminaliza a quien migra, se estigmatiza a quien vive con discapacidad, se patologiza la salud mental, se infantiliza a las personas con sufrimiento psíquico, se caricaturiza la pobreza, se ataca a quienes no encajan en el estándar sexual, cultural o de pensamiento, que se impone a la fuerza y con la fuerza. Y así vamos construyendo una sociedad profundamente excluyente, que tolera la diferencia solo si se disfraza de normalidad o se ejerce tan solo en la intimidad. Los armarios, la oscuridad, los silencios, los ambientes… se convierten en los únicos y patéticos reductos de una libertad secuestrada, limitada, anulada. No se trata de normalizar. No hay nada que normalizar, sino de aceptar y respetar la diversidad, sin que ello suponga tener que cambiar la condición de cada cual.

Como enfermera, sufro al constatar que muchos y muchas profesionales de la salud se han refugiado en la neutralidad técnica, en los estándares productivistas, en la comodidad de lo establecido. Se olvidan de mirar, de escuchar, de implicarse. Reproducen un asistencialismo neutro, distante, ausente. Una asistencia, que no atención, cada vez más fragmentada, más despersonalizada, más medicalizada, menos humana y digna. Se habla mucho de humanización, pero se practica poco. Porque humanizar requiere tiempo, compromiso, valentía… y eso no cabe en los cronómetros del sistema, sino en modelos que se sustentan en los cuidados.

Como consecuencia de todo ello, la ética, se convierte en un mantra vacío. Se repite como eslogan profesional o institucional, pero se olvida en las decisiones cotidianas. Y los derechos, en lugar de ser fundamentales, se convierten en concesiones condicionales. Se dan… si te portas bien. Si no incomodas. Si no cuestionas. Pero cuando no se cumplen las contrapartidas que impone el poder, se retiran sin pudor. Y con ellos se retira la esperanza.

No pretendo con estas palabras trasladar una visión pesimista ni caer en el catastrofismo. No me mueve el desencanto, ni el dramatismo, ni la queja estéril. Simplemente, comparto lo que veo, lo que escucho, lo que siento. Lo que me preocupa, sí, pero también lo que me importa. Y lo hago no desde la frustración ni desde la derrota, sino desde el compromiso de quien no quiere permanecer indiferente, ni pasivo. Porque nombrar lo que duele no es rendirse, sino el primer paso para transformarlo. Porque mirar de frente las sombras no implica habitar en ellas, sino buscar con más determinación los espacios de luz.

Lo que aquí expreso no es un inventario de calamidades, entre otras cosas porque no están todas las que son, sino un gesto de honestidad y cuidado. Un intento de no acostumbrarme, de no trivializar, de no dejar que lo urgente borre lo importante. Es, sobre todo, una invitación a repensar lo que somos y lo que podemos ser, a recuperar el impulso transformador que nace de la conciencia crítica y de la empatía activa. Porque nada cambia si primero no se nombra. Y nada mejora si no hay quien lo impulse con decisión.

Hay una esperanza que no grita, pero resiste. Una esperanza que se cultiva en lo cotidiano, en los gestos pequeños, en las personas que cuidan sin esperar aplausos, en quienes escuchan cuando todos opinan, en quienes sostienen cuando todo se derrumba. Una esperanza que no es ingenua, ni mucho menos sumisa, sino radicalmente transformadora.

Creo profundamente que los cuidados —entendidos en su sentido más amplio, más político, más humano— son una respuesta posible. Una oportunidad real. Una propuesta de vida. Y creo también que las enfermeras, por lo que somos y por lo que sabemos hacer, podemos liderar esa transformación silenciosa pero necesaria.

Cuidar no es asistir. No es suplir. No es imponer. Cuidar es acompañar procesos de vida, respetar ritmos, crear vínculos, generar entornos seguros y saludables, promover autonomía, construir comunidad. Cuidar es reconocer a cada persona como sujeto único y valioso, no como caso clínico, usuario, paciente o beneficiario. Cuidar es, también, incomodar al poder cuando éste desatiende, descuida o vulnera. Todo ello desde el conocimiento, la ciencia, la conciencia, la evidencia y, por supuesto, la actitud de quienes, como yo, creemos y sentimos lo que somos y aportamos. Sin protagonismo, ni autoritarismo, sin paternalismo, ni indiferencia. Desde el respeto hacia todas las personas que sufren, temen, dudan, anhelan, esperan… y necesitan ser escuchadas, entendidas, acompañadas… para lograr afrontar sus situaciones vitales desde los recursos personales, familiares, sociales o comunitarios que, teniendo a su alcance, son muchas veces ignorados. Afrontamientos terapéuticos construidos desde el consenso y no desde la imposición o el consejo magnánimo.

Y cuidar, como actitud ética y política, implica rechazar toda forma de exclusión. Ningún patrón de comportamiento, de imagen o de lenguaje puede ni debe justificar la discriminación. La discapacidad no supone nulidad. La salud mental no es una etiqueta que define ni limita. La diversidad no es un problema a resolver, sino una riqueza a reconocer. La solidaridad no puede ser un gesto esporádico ni una estrategia de marketing. Debe ser una forma de vida. Una práctica relacional. Una manera de estar en el mundo. Y para que eso sea posible, debemos combatir el individualismo que nos aísla, que nos fragmenta, que nos convierte en consumidores antes que en ciudadanos.

La salud no es solo una cuestión de intervenciones técnicas, ni se debe confundir con la sanidad. Las enfermeras no somos sanitarios, sino profesionales de la salud y de las ciencias de la salud a las que, precisamente, renuncian algunos sanitarios. Es una cuestión de relaciones humanas. Las redes sociales reales —no las virtuales— son el principal antídoto contra la enfermedad del aislamiento, de la violencia, de la soledad. Por eso necesitamos reconstruir el tejido comunitario, crear espacios de encuentro, rescatar la confianza en lo colectivo. Para ello debemos ser capaces de crear contextos saludables, identificar los activos para la salud, propiciar y ejercer el derecho de participación real y comunitaria que habilita la capacidad de decisión desde la que responder a las necesidades sentidas de la comunidad y no dar por buenas las que nos presentan como parte de la acción política partidista y alejada de la realidad.

El empoderamiento individual y comunitario pasa por el autocuidado, sí. Pero también por la corresponsabilidad. Porque no se trata solo de que cada quien se cuide a sí mismo, sino de que aprendamos a cuidarnos entre todos. Siendo ciudadanía y cuidadanía.

Y la política, no lo olvidemos, no es propiedad de los políticos. La política nos pertenece. Es el espacio donde decidir cómo queremos vivir. Y quienes ejercen cargos públicos son meros gestores a quienes confiamos esa tarea. No están por encima. No son más. No pueden actuar como si la ciudadanía fuese un estorbo, un obstáculo o un mero medio para obtener su voto. Tampoco pueden utilizar el poder para alimentar su vanidad o su ideología a costa del bien común. Y ese cambio también es posible y necesario. Porque de no hacerlo seguirán en el convencimiento de que, lo que hacen, es en beneficio de la ciudadanía, como si de un acto de fe se tratase. Cuando, la realidad, nos demuestra que es un fanatismo mesiánico que tan solo busca el beneficio partidista o personal sirviéndose de la política en detrimento de su verdadero sentido y valor.

Los populismos, por su parte, son hoy una de las amenazas más graves para la democracia y la libertad. De las que se sirven precisamente quienes no tan solo no creen en ellas, sino que quieren amordazarlas, disfrazarlas, limitarlas o eliminarlas. Una amenaza a la convivencia y, por tanto, a la salud. Se presentan como salvadoras/es, se visten de pueblo, pero su objetivo es el control, la manipulación, la destrucción del disenso. Se alimentan de bulos, de odio, de miedo para construir sus discursos triunfalistas. Y frente a ellos, necesitamos más que nunca pensamiento crítico, ética pública, educación transformadora, medios comprometidos con la verdad, salud en libertad y no persecutoria.

Como enfermera, he aprendido que no hay mejor herramienta que la escucha activa. Que no hay mayor gesto político que cuidar con respeto, con compasión, con rigor. Que no hay mayor esperanza que aquella que nace del encuentro.

Por eso esta carta. Porque me niego a callar. Porque me niego a resignarme. Porque creo que aún es posible construir otra sociedad, más justa, más sociable, más humana.

Y no hablo desde la utopía ingenua, sino desde la convicción profesional y personal. Sé que no es fácil. Sé que hay resistencias. Pero también sé que muchas personas, en muchos rincones, están ya sosteniendo este cambio.

Las enfermeras estamos ahí. A veces invisibilizadas. A veces silenciadas. Pero presentes. Con competencias, con conocimiento, con compromiso, con liderazgo. Con capacidad para intervenir no solo en o desde la técnica, sino en lo social, en lo educativo, en lo político. Con herramientas para generar salud, para tejer comunidad, para promover justicia.

Y si bien la inteligencia artificial, la tecnología y los algoritmos son una realidad, nunca podrán sustituir el valor del vínculo humano, la mirada atenta, la palabra oportuna, el gesto que reconforta, en definitiva, el cuidado. Los cuidados no se automatizan. No se programan. No se subastan. No se estandarizan. Los cuidados se dan o no se dan. Y en eso reside gran parte de lo que nos hace humanos y de lo que nos define como enfermeras.

No quiero vivir en una sociedad que desprecia los cuidados, que premia la indiferencia, que convierte el dolor ajeno en espectáculo, la respuesta humana en algoritmo. Quiero contribuir a una sociedad que abrace, que escuche, que sea consciente de la importancia del cuidado en general y del profesional enfermero, en particular.

Sé que no estoy solo. Hay muchas voces, muchas manos, muchos corazones que laten con idéntico ritmo. Tal vez no sean las más ruidosas, ni las más influyentes, pero están. Y basta con eso para no perder la esperanza. Para seguir creyendo que es posible cambiar y, por tanto, que es necesario transformar.

Antes de acabar, me gustaría compartir una petición. No como quien ruega, exige o se deja llevar por un impulso vanidoso, sino como quien confía en la capacidad de la ciudadanía para comprender lo esencial. Pido que se valore el cuidado como algo profundamente humano, político y transformador. Y, desde esa valoración que es intrínseca al ser humano, visibilicen, defiendan y dignifiquen la aportación cuidadora de las enfermeras.

No se conformen con la simpatía, ni con los estereotipos que históricamente han enmascarado nuestro papel. No acepten que se nos reduzca a ejecutoras silenciosas en un sistema secuestrado por el asistencialismo médicocentrista. No nos pidan solo amabilidad, sino cuidados de calidad y calidez, rigor y humanidad, ciencia y presencia. Visibilicen y valoren la aportación cuidadora de las enfermeras. Exijan cuidados reales, integrales, respetuosos, profesionales. Y entiendan que, sin enfermeras, nada de lo que aquí he nombrado podrá ser realmente afrontado, y mucho menos transformado.

Ojalá estas palabras sean un punto de inflexión, para seguir conversando, para seguir cuidando, para seguir resistiendo juntos.

Con y desde el respeto, el afecto y la esperanza, gracias por leerme.

[1] Periodista, reportera, traductora y escritora de novelas, cuentos, libros infantiles y poemas ucraniana-brasileña. (1920-1977).

Cuando la solución no cabe en un minuto de silencio

José Ramón Martínez-Riera

Miembro Plataforma Violeta de El Campello

Las últimas dos semanas, diez mujeres y un niño han sido asesinados por violencia machista. Una vez más se ha reaccionado con minutos de silencio, comunicados de repulsa, declaraciones institucionales y promesas de investigación. Pero ya no basta. Ya no alcanza. Ya no consuela.

La violencia de género no es una suma de casos aislados. Es un fenómeno estructural que nace del machismo, se alimenta de la desigualdad y se perpetúa por la inacción.

La respuesta institucional sigue siendo pobre, lenta y descoordinada. En el ámbito judicial, las medidas de protección llegan tarde o mal. Se siguen archivando denuncias por falta de pruebas cuando lo que falta, en realidad, es comprensión del fenómeno. Se prioriza la literalidad de los hechos sobre el contexto de control, miedo y coerción que define muchas relaciones abusivas. En el ámbito policial, los protocolos se aplican con desigual eficacia según el territorio, y los errores de valoración siguen costando vidas. En el ámbito sanitario, las intervenciones siguen centradas en curar heridas o etiquetar síntomas psicológicos, sin asumir el papel estratégico que podría tener la atención primaria o las enfermeras comunitarias para detectar, acompañar, promocionar y prevenir. En lo social, los recursos son insuficientes, precarizados, mal repartidos. Las mujeres que intentan salir del ciclo de la violencia encuentran puertas entreabiertas y escaleras sin barandilla. La red de apoyo institucional hace aguas. En educación, no se logra un verdadero cambio cultural y moral.

Lo más preocupante es que mientras el machismo mata, el negacionismo avanza, sobre todo entre los más jóvenes. Entre quienes se están educando en un entorno donde las redes sociales trivializan el machismo, banalizan el consentimiento, difunden discursos de odio y presentan la igualdad como una amenaza. Crece una juventud que empieza a creer que la violencia de género no existe, que las mujeres denuncian “por despecho”, que el feminismo es “radical”, que todo esto es “ideología”. Es el síntoma más claro de que estamos fallando.

Mientras tanto, las instituciones no ejercen políticas reales, rigurosas, valientes de igualdad. Se llenan la boca de compromisos, pero recortan presupuestos, vacían de contenido los planes de igualdad, desmantelan servicios especializados. Se firman pactos negacionistas, se legisla sin presupuesto, se promete sin evaluar. Se utiliza la violencia de género como arma arrojadiza o como moneda de cambio para mantenerse en el poder. Se instrumentaliza el dolor. Se subastan los discursos. Se juegan los votos mientras se entierra a las víctimas. Se enfrentan posicionamientos ideológicos en lugar de construir políticas públicas eficaces. Las víctimas son utilizadas como escudo o como munición, pero raramente como el centro de las decisiones. Y eso, además de indecente, es inhumano.

No está fallando un protocolo, una ley o una medida concreta. Está fallando el enfoque. Intentamos responder a un problema estructural con herramientas parciales. Tratando el problema como si diésemos analgésicos para una enfermedad sistémica. Abordando la violencia cuando ya ha estallado, en lugar de trabajar para dejar de ver el feminismo como un movimiento en contra de los hombres. Porque el feminismo no es una cuestión de mujeres, ese es el problema. Es una actitud de tolerancia, de respeto, de igualdad de libertad de todas y todos.

Pero, la violencia de género es la punta del iceberg de un sistema de desigualdad. Por debajo están los estereotipos, los micromachismos, las brechas laborales, la sexualización de las niñas, la normalización de la pornografía, la invisibilidad de los cuidados, el lenguaje que desprecia, la investigación para hombres, la moda que esclaviza, el humor que insulta, la tolerancia al abuso. No es solo una cuestión de “seguridad”. Es una cuestión de justicia social.

Necesitamos un cambio de modelo. Un modelo de cuidados que ponga a las personas y sus contextos, y no tan solo a las enfermedades, en el centro. Que entienda que la salud de una mujer está determinada en si tiene techo, ingresos, red de apoyo, respeto y libertad. Que asuma que la violencia de género no se combate solo con órdenes de alejamiento, sino con educación en igualdad, con políticas sociales dignas, con implicación de todos los sectores. Aislando a los/as negacionistas. Porque las respuestas deben ser transversales, intersectoriales, profundas. No vale seguir remendando. Hay que transformar.

Mientras sigamos mirando solo la superficie, seguirán matando. Mientras el silencio sea más fuerte que el compromiso real, seguirá la suma de víctimas. Mientras no entendamos que el machismo ataca a todas y todos —no solo a las mujeres—, seguiremos fracasando como sociedad.

No bastan los minutos de silencio. Hace falta una sociedad en pie. Que escuche, que crea, que acompañe, que actúe. Que cuide. Que defienda. Que no mire hacia otro lado. No se trata solo de condenar la violencia. Se trata de construir una vida sin miedo. Y eso, no se hace solo con palabras. Se hace con políticas, con recursos, con justicia, con coraje. Con convicción y no tan solo por convención.

VIDAS QUE NO IMPORTAN Eugenesia Social

A todas las personas que, por su edad, sexualidad, religión, raza, procedencia, salud… son discriminadas, ignoradas o maltratadas. Porque el derecho a la dignidad no responde a patrones sociales, económicos o políticos.

 

“Uno no puede ponerse del lado de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la padecen.”

Albert Camus[1]

 

Vivimos en una sociedad que, bajo una apariencia de progreso y derechos, ha institucionalizado formas sutiles pero poderosas de exclusión. No se trata ya solo de negar derechos, sino de clasificar y gestionar la diferencia, el defecto, la «anomalía». Se tolera la diversidad siempre que se comporte, siempre que no incomode, siempre que no cuestione la hegemonía de la norma. En este escenario, los cuerpos que no encajan —por edad, por condición, por salud, por historia, por diversidad— son convertidos en objetos de intervención y control. La enfermedad, la discapacidad, la vejez, la cronicidad, la salud mental, la soledad, se transforman en categorías administradas más que en realidades vividas. Y eso tiene un precio humano altísimo.

Este tipo de gestión excluyente, que jerarquiza las vidas según su rentabilidad social o económica, recuerda las formas contemporáneas de una eugenesia social silenciosa, no declarada pero eficaz, que determina qué vidas merecen cuidados y cuáles son consideradas prescindibles. Lejos de los discursos clásicos de la eugenesia biológica del siglo XX, hoy asistimos a una versión neoliberal que actúa mediante la omisión, el abandono o la negación de derechos básicos, disfrazada de racionalidad económica y eficiencia técnica[2].

Uno de los mecanismos más crueles de esta lógica es el edadismo. La discriminación por razón de edad, que afecta de forma especialmente grave a las personas mayores. En una cultura que idolatra la juventud, la rapidez, la belleza y la eficiencia, envejecer se convierte en un estigma. Se presupone deterioro, lentitud, dependencia, gasto. Se asocia vejez con obsolescencia, y se olvida que la vida en plenitud también puede ser larga. La pérdida de autonomía se percibe como una carga, y no como una fase natural del ciclo vital que merece cuidados, respeto y presencia[3].

Paradójicamente, en esta misma cultura que margina a quienes envejecen y patologiza el deterioro físico o mental, tampoco se admite con naturalidad que una persona pueda decidir poner fin a su vida cuando el sufrimiento, la dependencia o la pérdida de sentido vital se tornan insoportables. La eutanasia, aunque legal en algunos contextos, sigue siendo percibida como una amenaza al orden simbólico que impone la prolongación de la vida como valor absoluto, incluso cuando esta se aleja por completo de la dignidad o del bienestar. No encaja en los patrones de “normalidad” que exaltan la juventud, la autonomía, la productividad y la apariencia saludable. La muerte voluntaria se transforma así en un tabú más dentro de una sociedad que no sabe acompañar ni el final de la vida ni los procesos de fragilidad. Se invisibiliza el derecho a elegir cómo morir, al tiempo que se medicaliza y controla cada etapa del envejecimiento. Se protege el cuerpo que estorba, pero no se escucha el sufrimiento que habita en él[4].

Esta lectura mercantilista de la existencia, propia del neoliberalismo, evalúa la utilidad de las personas en función de su capacidad de producir o de consumir. Lo que no produce, estorba. Lo que cuesta, molesta. Y desde ese marco, se construyen políticas, se justifican recortes, se organizan servicios. Durante la pandemia de COVID-19, por ejemplo, este desprecio se hizo brutalmente visible en muchos contextos. Las personas mayores fueron literalmente descartadas de la atención necesaria. Se impusieron criterios de exclusión por edad en los triajes hospitalarios, y se desatendieron residencias enteras, convertidas en espacios de confinamiento y muerte[5]. No fue un fallo, fue una decisión estructural al margen de los más elementales determinantes morales y la ausencia total de humanidad.

Algo similar ocurre con la discapacidad. A menudo se construye desde el capacitismo, que define el valor de las personas por su funcionalidad. En lugar de transformar los entornos para hacerlos accesibles, se recluye a las personas con discapacidad en circuitos asistenciales segregados. La discapacidad se sigue entendiendo como un déficit individual, y no como una construcción social fruto de la falta de inclusión, del diseño excluyente, del prejuicio cultural[6].

Y en ambos casos, depende de la condición socio-económica para poder tener acceso a una atención digna. Pagar una residencia privada de personas adultas mayores o un centro de personas con discapacidad funcional, solo está al alcance de unas pocas personas. El resto debe conformarse con los pocos y no siempre dignos recursos públicos, en el caso de conseguir superar las eternas listas de espera.

La otra opción, pasa por el modo en que la sociedad traslada la responsabilidad del cuidado a las familias, especialmente a las mujeres, reduciendo la atención a un ámbito doméstico invisibilizado y que, en muchas ocasiones, es tan solo valorado como un recurso para reducir la demanda de atención del sistema de salud y no como personas con necesidades en el proceso de cuidados que atienden de manera continua y permanente. Algo que se sabe y se utiliza para obviar la responsabilidad de su atención. Aunque se establecen programas de “ayuda a domicilio” o “prestaciones económicas” para cuidadoras familiares, estos no garantizan derechos sino tan solo pretenden contener demandas sociales más amplias[7]. El sistema no busca resolver las causas estructurales, sino silenciar sus efectos mediante pequeñas compensaciones y de esta manera mantenerlas calladas y activas.

Se trata de un fenómeno que se repite en múltiples escenarios. Las enfermedades raras, por ejemplo, evidencian los límites del enfoque hegemónico. Por otra parte, patologías como la fibromialgia, la esclerosis múltiple o los síndromes de sensibilización, quedan atrapadas en un bucle de sospecha, medicalización insuficiente o nula y desconfianza institucional. Se deslegitima el sufrimiento, se cuestiona la validez del dolor y se estigmatiza la experiencia al no encajar en el patrón de diagnóstico clásico. Lo mismo sucede con muchas condiciones de salud mental, con la infancia neurodiversa, con la adolescencia que no responde a patrones normativos de comportamiento. Lo que no puede ser domesticado se etiqueta, se encierra, se ignora.

La medicalización del ciclo vital representa uno de los mecanismos más extendidos de control social. Desde las primeras etapas de la vida, la sociedad convierte procesos naturales en objetos de intervención sanitaria. En la niñez, se etiquetan como patológicos comportamientos que en muchas ocasiones no son más que expresiones de diversidad emocional, neurobiológica o del entorno familiar y escolar[8]. Se sobrediagnostica el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperatividad (TDAH), se medican trastornos de conducta sin analizar el contexto que los genera, se imponen terapias normalizadoras desde una mirada adultocéntrica.

Durante la adolescencia, los vaivenes emocionales, la búsqueda de identidad, la experimentación y los conflictos se traducen en diagnósticos de ansiedad, depresión o trastornos de personalidad, en una dinámica envolvente y persecutoria de salud mental que se desvirtúa y convierte en una nueva oportunidad de asistencialismo medicalizado y estigmatizante. Esta visión patologizante desactiva la capacidad del sistema educativo y sanitario de acompañar desde la escucha, la comprensión, la compasión y el diálogo[9]. La adolescencia se convierte en un problema a controlar más que en una etapa a comprender y con ello se culpabiliza a quienes transitan por dicha etapa vital en lugar de acompañarlos y cuidarles en su necesario afrontamiento. En definitiva, se incorporan a la moda impuesta de salud mental en la que cabe todo, aunque no se aborde y solucione nada.

En la adultez, el sistema médico dominante tiende a normalizar el estrés laboral, el sufrimiento emocional, la sobrecarga del cuidado o el vacío existencial como desajustes químicos o psicológicos, recetando tratamientos farmacológicos antes que intervenciones comunitarias, de reorganización del tiempo de vida o de mejora de las condiciones sociales[10]. Se medicaliza el insomnio, la fatiga, la tristeza, sin preguntarse por las causas estructurales que los originan. Se sobrevaloran determinados profesionales, como los psicólogos, mientras se ignoran o desprecian otros, como las enfermeras especialistas en salud mental y enfermería familiar y comunitaria. De tal manera que la salud mental, acaba siendo un nicho de oportunidad profesional en lugar de un problema a resolver.

La menopausia, por su parte, es tratada como un déficit hormonal a corregir, no como una transición natural de la mujer. Se oculta su dimensión vivencial, se uniformiza su tratamiento y se elimina su agencia, cosificando, una vez más, a la mujer.

En la vejez, la polimedicación es la norma. Múltiples fármacos para múltiples diagnósticos que, en muchos casos, responden más a protocolos estandarizados que a necesidades reales, y que comprometen la calidad de vida, la autonomía y la dignidad de las personas mayores, con quienes, además, cuando tienen condiciones para ello, no se cuenta para consensuar los citados tratamientos por considerarlas “inhabilitadas”[11]. Se cronifica la cronicidad desde esa salud persecutoria del sistema medicalizado, dependiente e invalidante.

Este proceso de medicalización totaliza la vida. Cada fase es convertida en un campo de intervención médica, cada diferencia es tratada como riesgo, cada desviación como déficit. Tiene efectos insidiosos. Cada etapa del ciclo vital es reinterpretada como un conjunto de déficits, trastornos o disfunciones. Esta mirada no solo empobrece la experiencia, sino que oculta la riqueza de los procesos de adaptación, de resistencia, de resignificación que caracterizan a cada fase de la vida. Invisibiliza los recursos personales, familiares, sociales y comunitarios, desvaloriza el acompañamiento cuidador, desplaza a las enfermeras de su función relacional hacia una técnica que es la que interesa, y refuerza un modelo asistencialista fragmentado, instrumental y tecnocrático[12].

Frente a esta tendencia, el paradigma enfermero tiene la capacidad, la competencia, y la responsabilidad, de proponer otra mirada. Una mirada que reconozca la riqueza del ciclo vital, que valide las múltiples formas de estar y ser en el mundo, que acompañe sin clasificar, que cuide sin invadir. Comprender la vida más allá del síntoma es una apuesta ética, política y epistemológica que lamentablemente no se traduce en estrategias impulsadas y apoyadas por quienes manejan y controlan los sistemas de salud, que tienen otros intereses.

Incluso, cuando surge alguna dinámica que trata de revertir lo establecido e incorporar respuestas terapéuticas alejadas de la dinámica existente, se colonizan y adaptan al lenguaje médico dominante y excluyente. Un claro ejemplo es la indicación social para responder a determinados procesos que se ha demostrado muy eficaz (actividades musicales, culturales, de actividad física…). Esta indicación, que las enfermeras han utilizado siempre, es automáticamente apropiada transformándola en prescripción social con receta médica (que por ley es exclusiva de los médicos), convirtiéndola en una “orden médica de obligado cumplimiento y de exclusiva potestad médica”, en contra del carácter de consenso con el que se deben incorporar estas indicaciones entre profesionales y personas que pueden “consumir” dicha indicación terapéutica. Falta saber si, en algún momento, también querrán recetar el oxígeno que consumimos para respirar.

Frente a este reduccionismo, el binomio médico-farmacológico ofrece respuestas rápidas, estandarizadas, eficaces desde la lógica del mercado, pero profundamente deshumanizadas. La atención se convierte en prescripción, el sufrimiento en protocolo, la diversidad en desviación, la necesidad en negocio. En lugar de construir salud, se gestionan patologías o se mercantiliza con ellas. Este modelo hegemónico ha sido ampliamente criticado por promover la cronificación de los problemas y obstruir respuestas verdaderamente preventivas, participativas y comunitarias.

Se trata de un sistema que convierte los cuerpos en consumidores cautivos y que desplaza los recursos hacia lo técnico, lo instrumental y lo rentable. Los procesos de sufrimiento vital, de duelo, de conflicto emocional o de malestar social, son transformados en entidades clínicas etiquetables y tratables farmacológicamente. En muchos casos, se ignoran los determinantes sociales que originan estos malestares y los morales que permiten dar respuestas desde la ética. Se medicalizan las consecuencias de la pobreza, la precariedad, la violencia o la soledad[13]. Como señalara Illich, la medicina moderna ha colonizado la vida cotidiana y ha sustituido la capacidad colectiva de dar sentido a la experiencia humana por un tecnicismo alienante[14].

Este modelo, sostenido por la industria farmacéutica y legitimado por estructuras profesionales altamente medicalizadas, perpetúa una asistencia centrada en la enfermedad, excluyendo propuestas salutogénicas y el fortalecimiento de capacidades comunitarias. Frente al síntoma, se impone el medicamento. Todo ello contribuye a una despolitización de los malestares, que deja a las personas en soledad terapéutica y en dependencia crónica de un sistema que no escucha ni comprende[15].

El concepto de salud, por su parte, ha sido progresivamente vaciado de contenido en la práctica institucional. En muchos contextos, salud ha pasado a significar únicamente la ausencia de síntomas, la normalización de indicadores biomédicos o la adhesión a un tratamiento. Esta reducción técnica del concepto no solo invisibiliza los determinantes sociales, culturales, económicos y morales de la salud, sino que despoja a las personas de la posibilidad de construir significados propios en torno a su experiencia vital¹¹. Incluso la fertilidad y la maternidad son objeto de control y negocio[16].

El paradigma enfermero parte de una concepción holística de la salud y el cuidado. No se centra exclusivamente en la enfermedad o en el síntoma, sino en la experiencia de las personas, en sus significados, en su entorno y en su historia vital. A diferencia del modelo biomédico, que opera desde una lógica fragmentada, diagnóstica y protocolaria, el paradigma enfermero reconoce la complejidad de la vida humana y su vínculo inseparable con el contexto social, político y emocional en el que se desarrolla.

Desde esta perspectiva, las enfermeras comunitarias son agentes estratégicos del sistema de salud. No solo por su cercanía a las personas y su presencia constante en los territorios, sino porque poseen competencias específicas para trabajar con redes sociales, para identificar activos para la salud y recursos comunitarios, para generar confianza en entornos vulnerados y para acompañar procesos de salud-enfermedad desde una ética y estética del cuidado. Las enfermeras comunitarias no se limitan a aplicar procedimientos. Analizan contextos, detectan factores de riesgo, movilizan recursos, y promueven procesos colectivos de salud[17].

Esta función transformadora está respaldada por una sólida base científica que integra conocimientos clínicos, sociológicos, antropológicos y éticos. Las enfermeras comunitarias operan en la intersección entre la persona y la comunidad, entre la ciencia y la vida cotidiana, entre la técnica y la escucha. Su rol es indispensable para superar el enfoque patogénico y fragmentado que hoy predomina, y para avanzar hacia un modelo más integral, participativo y centrado en las personas.

A pesar de ello, su participación en los espacios de planificación y toma de decisiones sigue siendo residual. La lógica androcéntrica del sistema de salud no reconoce el valor estratégico del cuidado. Esta exclusión impide que el paradigma enfermero transforme el modelo de atención y perpetúa un asistencialismo fragmentado, centrado en el procedimiento y no en la persona[18].

Reivindicar el paradigma enfermero no es solo una exigencia profesional. Es un imperativo ético y político. Significa defender el derecho de las personas a ser cuidadas con dignidad, a participar en las decisiones que afectan su salud, y a habitar sistemas que prioricen la vida antes que la rentabilidad¹⁶. En este sentido, las enfermeras no son un recurso técnico. Son una fuerza social capaz de articular respuestas justas, humanas y sostenibles ante los desafíos de nuestro tiempo. Desde, en y con la comunidad, las enfermeras son capaces de leer las tramas familiares, los silencios institucionales, las redes informales. Su proximidad les permite detectar desigualdades, identificar activos para la salud, anticiparse al deterioro, activar recursos. Pero además, están en condiciones de denunciar lo que el sistema invisibiliza, el abandono de personas mayores, la desatención a la salud mental, la soledad no deseada, la medicalización excesiva. Su intervención no se limita al plano clínico, sino que abarca lo político, lo ético, lo social.

Existen experiencias internacionales e iberoamericanas que muestran que este cambio es posible[19],[20],[21]. Estas propuestas no solo enriquecen el paradigma enfermero, sino que permiten tejer puentes entre epistemologías diversas y construir sistemas más inclusivos, equitativos y sostenibles.

Otro ejemplo es el paradigma del Buen Vivir (Sumak Kawsay en quechua), que ofrece una contribución esencial para cuestionar las lógicas medicalizadas, individualistas y mercantilistas que predominan en los sistemas de salud actuales[22]. En el campo de la salud, implica desplazar el foco desde la persona hacia el tejido social y reconocer que el equilibrio comunitario es tan importante como la salud personal[23].

Sin embrago, se corre el riesgo de pensar o plantear que esta visión/acción es “útil” tan solo para poblaciones indígenas, vulneradas o de determinadas culturas, lo que en sí mismo es una forma sutil, o no, de cuestionamiento y desvalorización, dado que incomoda al modelo medicalizado que impregna los sistemas de salud.

Porque en un mundo que mide la vida en función de su rentabilidad, cuidar es un acto revolucionario. Porque frente al descarte, la dignidad. Porque el paradigma enfermero no solo cuida cuerpos, sino que transforma estructuras. Y ese es el verdadero poder de las enfermeras.

[1] Novelista, ensayista, dramaturgo, filósofo y periodista argelino-francés. (1913-1960).

[2] Barros D. La biopolítica del abandono: formas actuales de eugenesia social. Rev Colomb Sociol. 2021;44(1):25-46.

[3] Butler J. Cuerpos que importan. Paidós; 2002.

[4] Casado Da Rocha A. La eutanasia: por qué no puede ser una cuestión sólo médica. Bilbao: Universidad de Deusto; 2021.

[5] Abellán García A, Aceituno Nieto P. Una estimación de la mortalidad real por COVID-19 en España. Fundación BBVA; 2021.

[6] Oliver M. The politics of disablement. Macmillan; 1990.

[7] Federici S. El patriarcado del salario. Traficantes de Sueños; 2018.

[8] Kleinman A. The Illness Narratives. Basic Books; 1988.

[9] Montero A, Hernández S. Medicalización de la vida cotidiana. GacSanit. 2021;35(2):97–101.

[10] Collière MF. Promover la vida. Interciencia; 2003.

[11] Antonovsky A. Health, stress and coping. Jossey-Bass; 1979.

[12] Tronto JC. Moral boundaries. Routledge; 1993.

 

[13] Castro A. Medicalization and social control. Annu Rev Anthropol. 2016;45:89–103.

[14] Illich I. Némesis médica: La expropiación de la salud. Barcelona: Barral; 1975.

[15] Metzl JM, Kirkland A. Against Health: How Health Became the New Morality. New York: NYU Press; 2010.

[16] Pichardo Galán A, Díaz Vázquez A. Maternidad subrogada: ¿libertad o mercantilización? Rev Bioét Derecho. 2020;(50):1–19.

[17] Bagnasco A, Rossi S, Zanini M, Aleo G, Catania G, Sasso L. A qualitative study of the role of community health nurses in Italy: insights for developing care models. BMC Nurs. 2020;19(1):76.

[18] Ballesteros Cano J. Participación de las enfermeras comunitarias en la planificación sanitaria: análisis de barreras estructurales. Gac Sanit. 2019;33(5):456–9.

[19] Pinheiro R, Mattos RA, organizadores. Cuidado: as fronteiras da integralidade. Rio de Janeiro: Abrasco; 2009.

[20] Kreitzer MJ, Monsen KA, Nandram S. Buurtzorg Nederland: A Global Model of Social Innovation, Change, and Whole-Systems Healing. GlobAdvHealthMed. 2015;4(1):40–44.

[21] McCarthy J, Cornally N, Moran J, et al. The role of community nurses in promoting health and preventing disease: a systematic review. PublicHealthNurs. 2022;39(1):16–27.

[22] Martínez-Riera, JR. En: Cárcamo, Silvia Noemí. Cuidados del buen vivir y bienestar desde las epistemologías del sur. Conceptos, métodos y casos / SilviaNoemí Cárcamo. – 1a ed. – Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Editorial FEDUN, 2021.

[23] Herrán A, Martínez de la Hidalga A. Salud comunitaria e interculturalidad: el reto de integrar cosmovisiones. Rev Mult Gerenc Salud. 2020;18(3):1–15.

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