DEL SENADO ROMANO AL PARLAMENTO ESPAÑOL: POLÍTICA, ODIO Y ENFERMEDAD SOCIAL

En el año 65 a.C., Roma vivía uno de los periodos más convulsos de su historia. Corrupción, conspiraciones y luchas intestinas. Hoy, en pleno siglo XXI, el Parlamento español refleja —salvando las distancias— una deriva inquietantemente similar.

Hay algo perturbadoramente familiar en observar una sesión del Congreso de los Diputados en España y recordar las crónicas del Senado romano. No resulta descabellado establecer ciertos paralelismos. La política como espectáculo, la palabra como arma, la descalificación como estrategia y el poder como fin absoluto. Ayer, en Roma. Hoy, en Madrid.

Los senadores romanos no eran ajenos a la corrupción, la retórica incendiaria ni a la manipulación pública. La lucha por el poder era total, sin concesiones, sin matices. Quien disentía no era solo un opositor, era una amenaza que debía ser neutralizada. En ese escenario, Julio César encarna como pocos el intento de regenerar la política, de reformar instituciones anquilosadas y de abrir el poder a nuevas capas sociales. Su enfrentamiento con los optimates, la oligarquía senatorial más conservadora, no fue solo ideológico, fue existencial. Y terminó como todos sabemos, con su asesinato.

¿No resuena, con un inquietante eco, esta dinámica en la política española actual? En España, la política ha dejado de ser el arte de lo posible para convertirse en el arte de lo destructivo. La confrontación ha sustituido al diálogo. La teatralización de los discursos ha desplazado al contenido. La deshumanización del adversario político se ha normalizado hasta extremos que rozan lo patológico.

Este clima político envenenado ha generado, alimentado y dado alas a la aparición de partidos y movimientos radicales que encuentran en la polarización su caldo de cultivo ideal. Formaciones que se presentan como salvadoras de una “Patria en peligro”, confeccionada a su imagen y semejanza.

Y en este juego de espejos deformantes, los medios de comunicación —o una parte significativa de ellos—, en lugar de ejercer su papel como garantes de la información veraz, plural y rigurosa, han optado por amplificar y difundir la confrontación. Titulares incendiarios, tertulias vociferantes, manipulación de datos, simplificación burda de problemas complejos… La lógica del clic y del share ha sustituido al periodismo. La crispación vende, y se multiplica. Se convierte a la política en un circo, donde los antiguos gladiadores han sido sustituidos por tertulianos vociferantes, influencers ideológicos y opinadores profesionales que, lejos de aportar reflexión, alimentan el espectáculo. Lo importante ya no es la verdad, sino la viralidad. La sangre, ahora simbólica, sigue siendo el mejor reclamo para atraer público.

El resultado es una ciudadanía expuesta, agotada y manipulada. Porque esta forma de hacer política no es neutra. Impacta directamente sobre la salud pública. El discurso del odio, la agresividad verbal, la violencia simbólica constante… generan un entorno tóxico que enferma las relaciones, distorsiona los vínculos sociales y debilita la cohesión comunitaria. El miedo, la rabia y la sospecha se instalan como emociones dominantes, sustituyendo a la confianza, la empatía y la reflexión.

Cuando el respeto desaparece de la vida pública, también se erosiona en la vida cotidiana. Y con ello se resquebrajan los lazos que sostienen la salud de la población.

Lo preocupante es que ya no escandaliza. Nos hemos acostumbrado al insulto, al desprecio, a la falsedad como herramienta política. Lo anómalo se ha vuelto norma. La sospecha permanente es ahora una forma de habitar lo común. Y lo común, precisamente, se desmorona.

Esta deriva no es un síntoma aislado. Es una epidemia que se extiende, contagia y reproduce. Una epidemia social para la que, lamentablemente, no se quiere encontrar una vacuna que la controle o la elimine.

Y en este clima envenenado, la corrupción —no solo como delito económico, sino como cultura política— se instala como una lógica aceptada. Cuando el robo, el engaño, la manipulación o el enriquecimiento ilícito dejan de escandalizar, no solo se debilita la legalidad, se degrada el pensamiento político mismo. Porque hay una corrupción aún más insidiosa que la que vacía las arcas públicas. La corrupción ideológica y de comportamiento, aquella que convierte la mentira en estrategia, el oportunismo en doctrina y el poder en botín. Una corrupción que, en ausencia de planteamientos alternativos, ideas razonadas o iniciativas transformadoras, decide robar la intimidad personal y familiar del adversario, usarla como arma arrojadiza y convertirla en espectáculo. Cuando ya no se tienen argumentos, se recurre al escarnio. Cuando ya no se sabe proponer, se destruye. Así, lo privado se convierte en munición pública, y la política se degrada en venganza.

¿No es también esto una forma de saqueo? ¿No se roba también, desde esa corrupción simbólica, el derecho ciudadano a una política limpia, al disenso respetuoso, al planteamiento de alternativas, al bien común como horizonte? Esta forma de corrupción —moral, discursiva, institucional— aliena, confunde, desgasta y divide a la sociedad, y se alinea perfectamente con los planteamientos mercantilistas y neoliberales que reducen lo público a objeto de conquista y lo común a mercancía negociable.

La historia romana nos dejó grandes advertencias. Cuando la palabra se vacía de contenido y se convierte en puñal, cuando el poder se convierte en objetivo en sí mismo y no en medio para el bien común, cuando la política se divorcia del respeto, el pensamiento y el servicio… el colapso no es una hipótesis, sino una certeza.

1 thoughts on “DEL SENADO ROMANO AL PARLAMENTO ESPAÑOL: POLÍTICA, ODIO Y ENFERMEDAD SOCIAL

  1. Que buen análisis José Ramon! Demuestra claramente como los contextos políticos determinan la salud pública y con ello a todo el sistema de salud.

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