EL CALOR DESTAPA LAS VERGÜENZAS

El calor de este verano está dejando al descubierto muchas vergüenzas. No solo las vergüenzas, también las carencias. Los incendios que arrasan gran parte de los bosques españoles no son un fenómeno nuevo, pero cada vez resultan más dolorosos e indignantes porque vuelven a desnudar una realidad incómoda, la falta de previsión ante los desastres. Ahora son los incendios, antes fue la DANA o la pandemia de la COVID, y mañana será otra catástrofe que nos pillará, otra vez, sin estar preparados.

Quienes tienen la responsabilidad de velar por la seguridad y el bienestar de la ciudadanía prefieren destinar el dinero público a otros menesteres más rentables electoralmente. Y lo poco que se invierte en prevención suele desviarse a la empresa privada, con sus legítimos intereses económicos, que acaban imponiéndose sobre el interés común. Mientras no sucede nada, todo parece ir bien y se proclama a bombo y platillo la excelente gestión de los recursos. Pero cuando estalla un desastre natural o sanitario, la improvisación, la miopía política y la incompetencia gestora se convierten en un boomerang que golpea directamente a la ciudadanía y a los bienes colectivos.

Entonces llegan las prisas, las ocurrencias, las decisiones precipitadas que, lejos de resolver la situación, la agravan. Y con ellas emergen negocios turbios, supuestos “salvadores” que hacen caja a costa del sufrimiento de quienes padecen en primera persona las pérdidas y la devastación. Pero nada cambia, se repiten los mismos errores, se suceden las imágenes de destrucción y, como una mala rutina, asistimos después a los consabidos combates dialécticos en los que se echan culpas unos a otros. Pura pirotecnia política, porque de soluciones reales para el futuro, ni rastro.

La prevención, que debería ser la piedra angular de cualquier política pública seria, sigue siendo tratada como un gasto prescindible, como un lujo que puede esperar. Sin embargo, es exactamente lo contrario, la prevención es una inversión. Invertir en prevención significa ahorrar después en reconstrucción, indemnizaciones y costes sociales. Significa también evitar sufrimiento humano, proteger vidas, preservar nuestro patrimonio natural y generar confianza ciudadana en las instituciones. Cada euro invertido en prevenir incendios, en reforzar la red de atención primaria de salud o en adaptar las infraestructuras al cambio climático evita multiplicar por diez el gasto que supondrá reparar los daños una vez producida la catástrofe.

Pero además de invertir en prevención, es fundamental algo que nuestros responsables políticos olvidan sistemáticamente, contar con la ciudadanía. La población no puede ser tratada como un simple espectador pasivo que asiste horrorizado al desastre. La ciudadanía tiene derecho a participar en las decisiones que afectan a su seguridad y a su bienestar, y esa participación no puede reducirse a la foto con voluntarios después de la tragedia. Existen órganos de participación ciudadana que deben activarse, escucharse y dotarse de poder real para que las políticas preventivas nazcan del conocimiento y la experiencia de quienes mejor conocen el territorio y sus vulnerabilidades. Dejar fuera a la sociedad organizada es renunciar a una de las herramientas más potentes para anticiparse a los riesgos y dar respuestas rápidas y eficaces.

Conviene subrayarlo con claridad, ni la prevención ni la participación son de derechas o de izquierdas. No deberían serlo. Los incendios no preguntan a qué partido vota el bosque antes de devorarlo, las riadas no distinguen ideologías cuando arrasan pueblos enteros, y los virus no se paran a comprobar si el Gobierno de turno es progresista o conservador. Prevenir, anticipar, proteger, escuchar y organizar la respuesta colectiva no es cuestión de color político. es cuestión de seriedad, coherencia y sentido común. Quienes convierten cada desastre en un campo de batalla partidista no solo insultan a las víctimas, sino que hipotecan el futuro de todos al impedir que se construyan consensos estables para estar preparados.

La ciudadanía necesita dirigentes capaces de mirar más allá del corto plazo electoral y entender que la verdadera rentabilidad está en garantizar seguridad, confianza y resiliencia. No se trata de competir por quién reparte más ayudas tras la tragedia, sino de evitar que la tragedia ocurra. No se trata de ver quién llega antes con el helicóptero o quién promete más millones para las fotos de emergencia, sino de tener planes de prevención bien diseñados, financiados y consensuados que funcionen antes de que se encienda la primera chispa.

El calor de agosto pasará, como pasaron las llamas de otros veranos, las riadas y las olas pandémicas. Pero el problema seguirá intacto si no se asume de una vez que la prevención no es un gasto, sino la inversión más rentable y necesaria que puede hacer un país. Y que la improvisación, la privatización y el desprecio por la participación ciudadana son un cóctel letal que condena a repetir, una y otra vez, la misma historia de desastre y sufrimiento. La pregunta es sencilla, ¿queremos seguir pagando las consecuencias o empezamos de una vez a invertir con cabeza y a decidir con y entre todos?

DEL NADIE SABE NADA AL TODOS SABEN TODO

El reciente descubrimiento del engaño de la diputada del PP Noelia Núñez no es un hecho aislado en la política española. La falsificación de méritos y títulos, lamentablemente, no es una rareza en nuestro panorama institucional. Sin embargo, lo que ha seguido a esta revelación ha sido aún más llamativo. Una carrera contrarreloj para descubrir quién tiene más cadáveres académicos en el armario. Y así, en cuestión de horas, emergieron otros casos, entre ellos el de José María Ángel, dirigente del PSOE, comisionado para la DANA y con una larga trayectoria política.

Conviene dejar claro que el engaño es engaño, y no merece justificación. Lo grave en el caso de Núñez no fue solo la falsedad del currículum, sino la osadía de presentarlo como un simple “error”, despreciando la inteligencia de la ciudadanía. A eso se sumó un epílogo casi insultante. Su histriónica dimisión, fue el trampolín para convertirse en tertuliana de un medio de comunicación que, sin pudor, daba voz y espacio a una defraudadora. Un reciclaje exprés que retrata tanto a la protagonista como a quienes la acogen.

El caso de José María Ángel es distinto en forma y en fondo. Más de tres décadas de carrera pública como alcalde de La Eliana, funcionario de la Diputación de València, presidente de los socialistas en València y comisionado nacional para la DANA. En todo ese tiempo, nadie detectó irregularidad alguna en su currículum… hasta que estalló el escándalo Núñez. Qué casualidad o más bien, qué causalidad, que justo entonces aparezca la “bomba” contra él, auspiciada por la investigación de la Agencia Valenciana Antifraude, asumida después por la Fiscalía Anticorrupción. No resulta descabellado preguntarse si ha existido un pacto tácito de silencio entre partidos, un acuerdo de no agresión sustentado en mirar hacia otro lado ante falsedades conocidas. Si no, ¿cómo se explica que lo que se ha descubierto ahora permaneciera invisible durante treinta años?

Pero hay un elemento añadido que no conviene pasar por alto. El “descubrimiento” del fraude de Ángel ha funcionado como un auténtico aliviadero para Carlos Mazón, presidente de la Generalitat, que en los últimos meses ha visto erosionada su credibilidad por su gestión —o más bien, la falta de ella— ante los efectos de la DANA. No estamos hablando de un cargo menor, Ángel era el comisionado nacional para la DANA, y su caída ha desviado la mirada pública centrada en un presidente cuestionado y cuestionable, que se mantiene en el cargo más por los equilibrios internos y los intereses personales y políticos de su partido que por una legitimidad cimentada en la gestión, la dignidad o la ética. Aquí no se trata de decidir qué es peor, si el engaño curricular de hace treinta años o la gestión, la mentira y posterior actitud del Sr. Mazón en uno de los momentos más críticos para la Comunidad Valenciana. No todo puede medirse con el mismo rasero.

Insisto, cualquier engaño, merece condena, con independencia de quien lo cometa. Pero no se puede equiparar la carrera política, los logros o la catadura moral de una y otro. Lo que sí es comparable —y preocupante— es la utilización de estas trampas como artillería política, en un juego de destrucción mutua que convierte a sus ejecutores en sicarios sin escrúpulos. Esta práctica erosiona aún más la credibilidad de unas instituciones ya bastante dañadas, y revela una absoluta falta de ética en el ejercicio del poder.

Los aparatos de los partidos deberían ser los primeros garantes de la veracidad de los currículums de quienes aspiran a cargos públicos. No pueden hacerse los sorprendidos cuando estalla una mina colocada por el “enemigo” político. Si callaron antes, son corresponsables ahora. El problema de fondo es que seguimos confundiendo títulos con capacidad, competencias con compromisos, diplomas con dignidad. De ahí la tentación de inflar trayectorias para aparentar lo que no se es y disimular lo que se es en realidad.

Vivimos en un tiempo extraño. Del “nadie sabe nada” hemos pasado al “todos sabemos todo”. Pero no nos engañemos, nada de esto ocurre por casualidad. En política, como en la vida, no hay buenos y malos por definición. Hay personas dignas y honestas… y hay personajes oscuros, sin escrúpulos, para quienes la verdad no es más que un estorbo. Y lo peor es que, muchas veces, todos ellos comparten escenario.

La gran pregunta es por qué seguimos aceptando que este circo se mantenga. Porque mientras la ciudadanía asista como espectadora pasiva y permisiva al intercambio de golpes, en vez de exigir un estándar ético real, esta guerra de trincheras seguirá sirviendo para que los de siempre tapen sus vergüenzas entre sí y sigan jugando a un juego que nunca ganamos los demás. Y, en ese tablero, la mentira es la primera pieza que se pone en juego… y la última que se abandona.

DE LA INDIGNACIÓN A LA RESIGNACIÓN

En 2010, Stéphane Hessel publicó un pequeño pero poderoso ensayo titulado ¡Indignaos! Un alegato contra la indiferencia y en defensa de los Derechos Humanos, de los que él mismo fue uno de sus artífices. No era un intelectual distante que analizaba el mundo desde un despacho; era un hombre que vivió en primera persona lo peor y lo mejor del ser humano. De origen judío, Hessel sobrevivió a dos campos de concentración nazis, de los que logró escapar para unirse a la Resistencia francesa contra la ocupación alemana. Precisamente por esa experiencia resulta especialmente significativo que, ya en 2010, denunciara lo que él mismo calificaba como un genocidio por parte de Israel contra Gaza y Cisjordania.

Su ensayo fue un grito dirigido especialmente a la juventud, para que no aceptara sin más la desigualdad, la pobreza, la violencia, la guerra ni el dominio de una oligarquía económica que anteponía el beneficio de unos pocos al bienestar colectivo. Hessel, lúcido y directo, advertía de algo que todavía hoy debería estremecernos. No tan solo gritaba ¡Indignaos!, sino que nos apremiaba a resistir, a rebelarse con dignidad, compromiso y sin violencia, a no caer en la trampa de la apatía y la indiferencia.

Tras 15 años, aquella advertencia es hoy una constatación. Las desigualdades se han agudizado. Los ricos son cada vez más ricos, los pobres más pobres, y las clases medias más frágiles y dependientes. Las guerras, lejos de disminuir, se multiplican y se han normalizado en la agenda mediática. El genocidio que Hessel denunciara no solo continúa, sino que ha escalado en brutalidad, mientras la comunidad internacional exhibe una tibieza revestida de diplomacia que roza la complicidad. Gobiernos que se declaran defensores de los derechos humanos evitan sanciones reales, esquivan condenas firmes y se refugian en comunicados ambiguos que no salvan vidas, mientras preservan relaciones comerciales y alianzas estratégicas.

Quizá lo más desconcertante no sea la vigencia de las amenazas que Hessel identificaba, sino la reacción social ante ellas. Si entonces urgía a la juventud a rebelarse contra la injusticia, hoy asistimos a un fenómeno inquietante. Una parte importante de esa juventud, en lugar de indignarse contra los responsables del retroceso de derechos, se siente atraída por sus discursos populistas y autoritarios que cuestionan la propia existencia de esos derechos. Paradójicamente, se alinean con quienes promueven políticas que restringen libertades, erosionan la igualdad, persiguen la diferencia y perpetúan la injusticia. El lema de “resistir” ha sido sustituido por un eslogan más peligroso de “protegerse” incluso a costa de sacrificar derechos ajenos. Como si la seguridad individual pudiera construirse sobre la inseguridad colectiva.

Presuntos Implicados cantaban Cómo hemos cambiado. Lo que antes era motivo de indignación masiva hoy se consume como un episodio más en el ciclo de noticias, rápidamente desplazado por la siguiente polémica. Todo se consume en segundos y se olvida al minuto siguiente. La indignación se diluye en un zapping informativo que salta de la tragedia al entretenimiento con idéntica ligereza. Lo más sensacionalista, lo más escabroso y lo que más audiencia capta es lo que merece atención para muchos medios, mientras lo estructural queda relegado. Los problemas de fondo, como la migración, la precariedad laboral o la exclusión social, se abordan con la lógica de lo inmediato y lo superficial, como si se pudieran resolver con titulares impactantes o campañas efímeras.

Hessel citaba a Sartre para recordarnos que la esperanza y la confianza son esenciales para el compromiso. El problema es que mantenerlas hoy exige una tenacidad casi heroica. La esperanza se desgasta ante el espectáculo repetido de líderes que prometen cambios para acabar gobernando según los dictados de las élites económicas y financieras. La confianza se erosiona cuando las instituciones se muestran incapaces o reticentes a frenar injusticias flagrantes o a eliminar derechos alcanzados. Y sin esperanza ni confianza, la indignación corre el riesgo de diluirse en la resignación, que es siempre el terreno más fértil para el autoritarismo.

La pregunta que nos deja este balance es incómoda pero necesaria: ¿tanto hemos cambiado como para aceptar lo que antes rechazábamos de forma unánime? ¿O siempre fuimos más frágiles y complacientes de lo que queríamos admitir, y la crisis de hoy simplemente lo revela? Lo cierto es que, frente a un mundo cada vez más desigual, más violento y más cínico, la indignación sigue siendo un motor imprescindible. Sin ella, no hay resistencia; sin resistencia, no hay cambio. Y si algo señaló Stéphane Hessel es que incluso en los momentos más oscuros la dignidad humana es capaz de levantarse y decir “no”.

Hessel nos pedía indignarnos. Hoy, además de indignarnos, quizá nos toque algo más difícil, reaprender a creer que todavía podemos cambiar las cosas. Porque, como él demostró la resistencia empieza en la conciencia, pero solo se convierte en cambio cuando la conciencia se transforma en acción.

CANCIONES PARA REPENSAR EL CUIDADO

“La música da alma al universo, alas a la mente, vuelo a la imaginación y vida a todo.”

Paltón[1]

Del lienzo a la partitura

Todavía con la mirada atrapada en las formas quebradas del Guernica, nos apartamos lentamente de la sala. El murmullo de los visitantes queda atrás, pero dentro de nosotros el cuadro sigue gritando en un silencio atronador. Caminamos por los pasillos del museo con la sensación de que el suelo mismo respira aquel dolor. Afuera, al abrirse las puertas de cristal, nos recibe la luz de Madrid con un resplandor casi hiriente, como si el sol se empeñara en recordarnos que la vida continúa pese a todo.

La ciudad vibra con su bullicio habitual. Voces que se cruzan, un autobús que frena, turistas que miran un mapa. Y, sin embargo, hay un instante en que el eco del cuadro parece todavía envolvernos, como si no fuera tan fácil desprenderse de esa memoria. Entonces, casi por azar, un sonido se filtra entre el ruido. Una guitarra que suena en la calle, quizás un músico improvisando en el Retiro cercano. Nos detenemos, porque esa melodía, sencilla y limpia, rompe la dureza que traíamos dentro.

La música tiene esa capacidad de entrar por las rendijas del dolor, de colarse donde las palabras no alcanzan. Un acorde que flota en el aire, pero que también es un hilo invisible que empieza a tejer un puente entre lo que acabamos de contemplar y lo que está por venir. El ensayo de una orquesta en un teatro vecino, o la voz lejana de una cantante en una grabación que alguien reproduce en un altavoz portátil. No importa su origen, lo cierto es que nos alcanza, nos envuelve, nos recuerda que incluso después del horror hay un lugar para la melodía.

Cruzamos la calle y seguimos caminando con esa música pegada a la piel. Es como si el cuadro hubiese dejado abierto un surco en nuestro interior, y ahora la canción viniera a sembrarlo. La pintura fija el dolor en la tela, la música lo hace circular. La pintura denuncia lo irreversible, la música abre la posibilidad de recomenzar. Y en esa oscilación entre lo petrificado y lo fluido descubrimos la esencia del cuidado. No se trata de borrar las cicatrices, sino de acompañarlas con un ritmo que permita seguir andando.

Quizá por eso el cuidado y la música se parecen tanto. Ambos sostienen lo que está a punto de quebrarse, ambos rescatan lo humano cuando parece perdido. Esa guitarra callejera —o aquel coro lejano— no es un simple fondo sonoro, es el recordatorio de que siempre hay una banda sonora capaz de acunar la fragilidad. Y así, del museo al acorde, del lienzo a la canción, nace esta idea de un recorrido por las músicas del cuidado, por esas melodías que, como las enfermeras, no siempre buscan protagonismo, pero hacen posible que la vida continúe.

Hay músicas que nos acompañan en silencio, como si fuesen la respiración de lo vivido. Canciones que atraviesan generaciones y culturas, que resuenan en la piel y que, sin proponérselo, se convierten en metáforas del cuidado. Porque cuidar no es solamente asistir, curar o resolver; es también ponerle sonido a lo invisible. Al dolor que no se nombra, a la esperanza que germina sin prisa, a la dignidad que se defiende incluso en medio de la adversidad. Y en ese paisaje, las enfermeras han estado siempre presentes, a veces visibles y a veces ocultas, como las notas que sostienen una melodía sin buscar protagonismo, pero haciéndola posible.

Salir del Guernica con la emoción todavía palpitando en los ojos es comprender que el arte no solo denuncia, también nos convoca a mirar la vida de otro modo. Y si un lienzo puede gritar sin palabras, una canción puede susurrar con más fuerza que cualquier discurso. La música ha logrado llevar a millones lo que los poetas y los luchadores sociales escribieron en silencio. Dolores y esperanzas, injusticias y resistencias, ternuras y dignidades. En sus letras se abren heridas colectivas que reclaman cuidado, y en sus melodías resuena esa ética que las enfermeras encarnan cada día. Escuchar estas canciones no es entretenerse, es repensar el cuidado desde la memoria y la humanidad compartida hechas música y poesía.

Cuando la poesía se hizo canción y la canción se volvió cuidado

El aire cambia cuando suena una frase conocida: “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. Serrat puso a Machado en millones de bocas; lo sacó de las antologías y lo llevó a la plaza, al bar del barrio, al coche de madrugada, a la sala de espera. Ese tránsito —de la poesía a la canción— hizo algo más que popularizar un texto, lo convirtió en experiencia. Y cuando la experiencia vibra, la enfermera tiene dónde anclar su intervención.

Porque la educación para la salud no empieza en un folleto o en una charla, sino en una emoción compartida, en una necesidad identificada. Si en un taller con adolescentes reproducimos Cantares y preguntamos qué “caminos” están andando (autoimagen, sexualidad, consumo, pantallas, relaciones, ansiedad), el poema-canción abre un espacio de conversación que un manual jamás lograría. La enfermera escucha, hace preguntas abiertas, coloca información fiable, introduce herramientas de autocuidado, consensua objetivos. El verso que hablaba de pasos y huellas se vuelve metodología. Entrevista motivacional, pactos, evaluación y vuelta a caminar.

Algo parecido ocurre con Miguel Hernández cuando Serrat, Alberto Cortez, Luis Pastor o Amancio Prada le prestan guitarra. Para la libertad no es sólo un grito político. En una planta de rehabilitación o en un grupo de personas con cronicidad, ese estribillo se convierte en alfabeto de afrontamiento. “Para la libertad sangro, lucho, pervivo…” suena mientras la enfermera enseña a fragmentar metas, a reconocer pequeños logros, a trabajar la adherencia y los apoyos sociales, a afrontar la pérdida desde la ganancia de sentirse útil. La canción no cura, pero convoca. Nadie se siente raro por emocionarse, y desde ahí es más fácil entrar en el… “¿qué te ayudaría esta semana?”.

En Nanas de la cebolla, el nudo es otro. Pobreza, maternidad, hambre. La poesía de Hernández —musicalizada y llevada a tantas voces— visibiliza determinantes sociales que lesionan el nacimiento y el vínculo. Aquí la enfermera no se queda en el consuelo. Activa intervenciones familiares en el hogar, coordina con trabajo social, garantiza lactancia y alimentación segura, explica señales de alerta perinatal, acompaña el duelo cuando duele, escucha e interpreta los silencios. La canción nos coloca en la escena real (una madre que no puede dormir porque el llanto es hambre), y la enfermera hace operativa la compasión: recursos, red, plan.

El puente entre poesía y ciudadanía se volvió autopista con Paco Ibáñez: La poesía es un arma cargada de futuro (Celaya), A galopar (Alberti)… En los años más duros, cantarlas era empoderamiento comunitario. Hoy, en un grupo comunitario para debatir sobre barrios saludables, cantar y conversar esas letras sirve para trabajar determinantes (vivienda, empleo, soledad), participación, indicación social (activos para la salud, huertos, coros, clubes de paseo), alianzas vecinales. La enfermera dinamiza, propone preguntas, reparte roles, facilita consensos, convierte la épica del “galopar” en una agenda de barrio con responsables y fechas. El poema hecho canción levanta el ánimo; la enfermera lo baja a tierra.

Con Benedetti ocurrió algo decisivo. Serrat grabó El sur también existe y “la letra chica” de América Latina entró a las casas europeas. Defensa de la alegría, Hombre preso que mira a su hijo, La gente que me gusta… Son poemas-canciones que humanizan lo colectivo. En un grupo de cuidadoras familiares, leer y escuchar Defensa de la alegría abre el permiso para hablar de culpas y placeres sin moralina; la enfermera valida el descanso, pauta respiros, vincula a asociaciones, enseña a pedir ayuda sin vergüenza, recupera la autoestima y la confianza. En un espacio de salud mental comunitaria, Hombre preso que mira a su hijo permite hablar de paternidades ausentes, ciclos de violencia, proyectos de vida; la enfermera de salud mental explora redes, orienta recursos, acompaña procesos judiciales si los hay, y siempre vuelve al sentido.

No es casual que muchos mayores recuerden letras de poemas mejor que “órdenes médicas”. La memoria musical y poética resiste cuando otras memorias flaquean. En talleres de estimulación cognitiva, la enfermera usa canciones de Serrat (La saeta, Mediterráneo), Cecilia (Mi querida España), Aute (Al alba), Víctor Manuel y Ana Belén (España, camisa blanca de mi esperanza), para activar evocaciones biográficas. A partir de ahí se trabajan rutinas, orientación temporal, seguridad en el hogar y socialización (quién canta, quién recuerda, quién trae una foto). El poema hecho canción hace de llave; la enfermera abre la casa.

Y sí, Ana Belén y Víctor Manuel han sido, juntos y por separado, traductores emocionales de una época. Dieron rostro cantado a palabras de otros (Benedetti, Goytisolo, Aute) y a crónicas propias sobre país, migraciones, exilios, igualdad, violencia de género. En salud comunitaria, usar España, camisa blanca de mi esperanza o Sólo pienso en ti desplaza la conversación de “pacientes” a personas con derechos. La enfermera guía el paso de la emoción al plan compartido. Accesibilidad, lectura fácil, acompañamientos, grupos de apoyo, desestigmatización. La canción pone el nosotros; la enfermera diseña cómo se sostiene ese nosotros.

También Sabina, heredó el filo de los mejores poetas. Su crónica sentimental y cívica es una antropología cantada de pérdidas, precariedades y resistencias. En prevención del suicidio y detección de depresión en atención primaria, canciones como Quién me ha robado el mes de abril sirven para nombrar sin patologizar. La enfermera toma esa grieta lírica para explorar ideación, identificar señales de alarma, activar seguimiento estrecho, y —si procede— facilitar la coordinación con otras/os profesionales. No basta empatizar. Hay procedimientos y tiempos que salvan vidas; la canción ayuda a cruzar el puente de “no sé cómo decirlo” a “esto es lo que me pasa”.

En paliativos, Al alba y Gracias a la vida conviven. La primera reconoce el temor a la madrugada; la segunda devuelve sentido a lo vivido. La enfermera orquesta atención integral, integrada e integradora. Control de síntomas, conversación honesta (verdad adaptada), planificación anticipada, acompañamiento a la familia, apoyo en rituales que importan (una foto, una oración, un silencio, una canción). Aquí la música no es entretenimiento; es lengua franca cuando sobran o faltan palabras.

Si miramos a América Latina, la lista se multiplica. Violeta Parra, Mercedes Sosa, Víctor Jara, Hamlet Lima Quintana (“Zamba para no morir”). No es solo folklore, es salud pública cantada. En grupos de mujeres rurales, Zamba para no morir permite hablar de dolores heredados, violencias normalizadas y deseos de estudio y autonomía. La enfermera facilita círculos de palabra, enseña derechos, conecta con recursos de protección, promueve economías de cuidado (trueque de horas, redes de crianza). “Zamba para no morir” no es un estribillo, es una hipótesis de vida.

Todo esto —poesía que se hace canción, canción que se hace conversación, conversación que se hace intervención— no funciona por magia. Funciona porque la práctica enfermera tiene un método. Escucha activa, lectura de contextos, formulación compartida de problemas, planificación y evaluación, trabajo intersectorial. La música dispara el proceso; la enfermera lo estructura. Y porque la enfermera entiende la salud más allá de la enfermedad, estas canciones no se “encierran” en la consulta, traspasan la consulta hacia la plaza, la escuela, el hogar, el centro cívico.

Un ejemplo concreto. Centro de salud, tarde de miércoles. Actividad grupal sobre “cuidar el ánimo” con personas en desempleo de larga duración. Abrimos con El sur también existe. ¿Qué te dice esta canción hoy? Surgen palabras como “injusticia”, “olvido”, “rabia”, “orgullo”. La enfermera recoge y traduce. Determinantes sociales, autoestima, apoyo mutuo, recursos municipales. Luego propone un ejercicio breve de respiración, comparte una hoja de prestaciones, organiza parejas de acompañamiento para trámites, y convoca a una asociación del barrio la semana siguiente. La canción encendió la sala; la enfermera la convirtió en plan.

En una intervención escolar se trabaja el acoso. Leemos unos versos de Vientos del pueblo (Hernández) y escuchamos una adaptación cantada. Hablamos de fuerza y vulnerabilidad. La enfermera usa ese marco para nombrar el bullying, pactar acciones con familia y tutor, activar protocolos, enseñar técnicas de afrontamiento (asertividad, pedir ayuda, cuidar a quien sufre). La poesía-canción da legitimidad al relato del niño; la enfermera da protección.

Todo esto explica por qué esta entrada es distinta de las dos anteriores (jazz y Guernica). No repito que los cuidados son importantes. Trato de mostrar cómo la música, al amplificar la palabra de poetas y cronistas, se vuelve herramienta para la acción enfermera. La canción no reemplaza la técnica; la humaniza y la potencia. La enfermera no usa la música para “amenizar”, sino para pensar con otros, organizar comunidad, defender derechos, cuidar para ampliar en lugar de curar para reducir.

Heridas que duelen en la calle, voces que claman en la música, manos que responden en el cuidado

Hay canciones que no permiten escucharlas como simple acompañamiento, Se clavan como una espina. No se cantan para adormecer, sino para despertar. Rozalén lo sabe cuando abre “La puerta violeta” con esa imagen de una niña triste frente al espejo. Cada vez que suena, el silencio se espesa porque todos conocemos un nombre, una historia, una vecina, una mujer que ha mirado ese mismo espejo. La canción no se limita a denunciar. Abre un pasillo hacia la esperanza, hacia una puerta que promete salida. Y es ahí donde aparece la enfermera, no con varitas mágicas ni discursos, sino con la capacidad de escuchar de verdad, de no mirar hacia otro lado, de no reducir a la cura lo que requiere cuidado, de no minimizar, de creer. Transforma la metáfora en acción. Acompañando a la mujer en el tránsito del miedo a la decisión, articulando recursos, movilizando circuitos de protección, dando continuidad en un proceso que puede ser largo, doloroso, pero que nunca debe vivirse en soledad.

A veces la música no llega como susurro, sino como rabia. Bebe lo gritó en ”Malo”: “No se daña a quien se quiere”. No hay poesía sutil ahí, sino un golpe seco, necesario, directo. Muchas adolescentes han encontrado en esa canción la fuerza para poner nombre a algo que vivían y no sabían cómo explicar. En una clase, en un taller, en una sala de espera, escucharla puede ser el inicio de una conversación sobre afectividad, sobre igualdad, sobre respeto, sobre relaciones libres. La enfermera juanto a la matrona que dinamizan el encuentro recogen ese grito y lo transforman en educación, en prevención, en herramienta de salud pública. Porque la violencia de género no es solo un problema penal o judicial, es un problema de salud que enferma cuerpos y almas.

La pobreza también tiene su música, aunque no siempre la queramos oír. A veces es una nana triste, como la que cantaba Miguel Hernández con cebollas y hambre, y otras es un relato tierno y desafiante como el de Víctor Manuel en “Sólo pienso en ti”. Dos jóvenes con discapacidad intelectual que lograron vivir juntos cuando nadie lo esperaba. Escuchar esa canción en un grupo de familias con hijos con diversidad funcional es entender que lo que parece un relato romántico es en realidad una declaración de derechos. La enfermera que acompaña ahí trabaja la inclusión, defiende la accesibilidad, ayuda a las familias a identificar y movilizar apoyos. Lo que la canción muestra como sueño, la enfermera lo convierte en proyecto de vida posible.

Ana Belén, en cambio, puso voz a tantas luchas colectivas que todavía duelen. “España, camisa blanca de mi esperanza” no es solo un retrato de país, sino un grito de reconstrucción. En barrios golpeados por la precariedad, escucharla puede provocar lágrimas, pero también preguntas: ¿qué significa hoy la esperanza cuando falta empleo, cuando la vivienda se escapa, cuando la comida no alcanza? La enfermera comunitaria, presente en esos escenarios, es quien identifica y recoge ese dolor articulándolo en proyectos. Talleres de cocina para personas con pocos recursos, grupos de acompañamiento, indicación social que vincula con asociaciones de barrio, coordinación con servicios sociales. La canción remueve; la enfermera convierte la emoción en agenda concreta.

La exclusión más brutal aparece en voces como la de Manu Chao. “Clandestino” suena como cicatriz abierta de millones de personas que viven sin papeles, invisibles, condenadas a la sombra. “Solo voy con mi pena, sola va mi condena…”. Quien la escucha no puede evitar pensar en los asentamientos de las afueras, en los pasillos de extranjería, en las colas de alimentos. Y también ahí la enfermera es presencia. Entra en lugares que otros evitan, vacuna a quien nunca pisó una consulta, atiende con gestos cuando no hay idioma compartido, escribe informes que permiten el acceso a una vivienda temporal, educa sobre salud afectivo-sexual y reproductiva en condiciones durísimas. El “clandestino” de la canción se convierte, en manos de la enfermera, en alguien visible, digno, con nombre y derechos.

Y si hablamos de precariedad, no podemos dejar fuera a Joaquín Sabina. “Princesa” retrata la caída de una joven en la droga y la marginalidad. “Se dejaba llevar por ti, no esperaba jamás, y no esperaba…” La crudeza de esa letra golpea porque sabemos que no es ficción: en cada barrio hay alguien que se parece demasiado a esa princesa rota. En una consulta enfermera en la que se abordan adicciones, esa canción puede sonar como diagnóstico cultural. La enfermera que escucha reconoce el dolor detrás de la historia, aplica reducción de daños, acompaña procesos de deshabituación, involucra a la familia, crea redes de apoyo. La música, con su desgarro, abre la puerta a una intervención que combina ciencia, ética y compasión.

La precariedad laboral también tiene un tono reconocible. El del cansancio que no se nombra. Víctor Manuel lo cantó en “El abuelo Víctor”, retratando a un minero que se dejó la vida bajo tierra. La letra, que parecía memoria del pasado, sigue resonando en trabajadores con enfermedades musculoesqueléticas, respiratorias o en jóvenes encadenando contratos basura. En salud laboral, las enfermeras transforman ese eco en programas de cribado, en campañas de prevención, en educación para la autoprotección, en lucha contra riesgos laborales que todavía hoy se cobran vidas.

Serrat, siempre a caballo entre la poesía y lo cotidiano, dejó en “Hoy puede ser un gran día” una invitación ambigua. Celebrar, pero también no dejarse vencer por la rutina o la derrota. En grupos de desempleados de larga duración, escucharla puede ser un acto de resistencia. La enfermera que acompaña ahí sabe que no basta con decir “ánimo”, hay que enseñar estrategias de afrontamiento, ofrecer espacios para la autoestima, vincular a recursos de empleo, prevenir la medicalización del sufrimiento. Lo que en la canción es consejo poético, en el encuentro con la persona se vuelve plan de salud integral.

Todas estas canciones, distintas en estilos y en épocas, tienen un hilo común. No hablan de abstracciones, sino de cuerpos concretos heridos por la violencia, por la exclusión, por la pobreza, por la precariedad. Cuerpos que las enfermeras conocen de cerca porque acuden a la consulta, porque las buscan en el barrio, porque las descuben en sus hogares, porque las encuentran en la urgencia. Y la fuerza de la música no está en dar soluciones, sino en hacer visible lo que el sistema muchas veces oculta. La fuerza de las enfermeras está en recoger esa visibilidad y traducirla en acción, prevención, acompañamiento, educación, movilización de recursos, abogacía.

Cuando escuchamos estas canciones juntos, en una sala, en una guardia, en una reunión comunitaria, comprendemos que no estamos hablando de metáforas. Estamos hablando de vidas que se juegan en cada decisión. La música despierta la emoción; la enfermera sostiene el compromiso. Y en esa alianza, lo imposible empieza a tener fisuras.

Cuando la música desnuda la fragilidad humana y la enfermería la convierte en dignidad compartida

Hay canciones que parecen escritas para decir lo que nadie se atreve a pronunciar en voz alta. “Hello in there”, de John Prine, es una de ellas. Habla de la soledad de las personas mayores, de ese silencio que se instala en casas vacías y que acaba siendo tan letal como una enfermedad. “You know that old trees just grow stronger, and old rivers grow wilder every day. Old people just grow lonesome waiting for someone to say, hello in there.” (“Sabes que los viejos árboles solo crecen más fuertes, y los viejos ríos más salvajes cada día. La gente mayor solo se vuelve más sola esperando que alguien diga: hola, ahí dentro.”). La canción es un espejo ético. ¿Podemos aceptar como normal que tantas personas adultas mayores mueran de soledad? ¿podemos seguir hablando de envejecimiento activo sin mirar a quienes ya no tienen a nadie?

La enfermera geriátrica y gerontológica es presencia humanizadora. No solo toma constantes o ajusta medicación. Se sienta, pregunta, escucha, mira a los ojos, dice ese “hola” que rompe la invisibilidad. Encarna una ética radical para evitar que ninguna persona envejezca en soledad absoluta. La canción nos estremece porque convierte en verso lo que todos hemos visto en un pasillo de residencia o en un ingreso hospitalario. La enfermera responde haciendo de ese estremecimiento un compromiso de dignidad.

Algo semejante ocurre con “Mad World”, de Tears for Fears en la versión íntima de Gary Jules. Habla de la alienación, de la ansiedad, del sinsentido que se cuela en tantas vidas. “The dreams in which I’m dying are the best I’ve ever had” (“Los sueños en los que me estoy muriendo son los mejores que he tenido.”). Es un himno generacional de la depresión. Escucharla junto a un adolescente en la consulta no es sólo compartir una canción, es abrir una puerta hacia lo que siente y no logra expresar. Aquí la ética del cuidado es doble. Reconocer la gravedad sin banalizar y acompañar sin medicalizar en exceso. La enfermera educa en estrategias de afrontamiento, conecta con recursos de salud mental, trabaja con la familia, enseña a identificar señales de alarma. Humanizar es no reducir al joven a un diagnóstico, sino reconocer su mundo roto y caminar con él.

Y si la soledad y la ansiedad son heridas íntimas, la guerra es la herida colectiva por excelencia. Zombie de The Cranberries lo gritó con fuerza en los noventa y sigue vigente: “With their tanks and their bombs and their bombs and their guns…” (“Con sus tanques y sus bombas, y sus bombas y sus armas…”). Es una canción que denuncia cómo la violencia se hereda, cómo las guerras no acaban con los muertos, sino que se instalan en las generaciones posteriores. Enfermeras que han trabajado en contextos de conflicto, en campos de refugiados o en misiones humanitarias, saben que cuidar en guerra es un acto ético radical. No hay protocolos suficientes, no hay recursos que alcancen. Hay que improvisar, aliviar, acompañar, proteger. Humanizar en medio de la barbarie es sostener la dignidad de cada herido, de cada desplazado, de cada niño que llega con la mirada vacía.

La ética del cuidado en esos contextos se vuelve resistencia. Como lo fue Give peace a chance de John Lennon, cantada por multitudes que pedían el fin de la guerra de Vietnam, como ahora se pide el de Gaza. Repetitiva, ingenua quizá, pero tremendamente eficaz. Convirtió el deseo de paz en clamor colectivo. Las enfermeras, desde otra trinchera, han hecho lo mismo en cada conflicto, insistir en que la salud es un derecho incluso cuando todo se desmorona, reclamar corredores humanitarios, vacunar en medio de los bombardeos, documentar violaciones de derechos humanos. Su papel no es neutral, es ético, comprometido, humanizador.

Y, sin embargo, la música no se queda solo en la denuncia: también abre horizontes. Imagine, otra vez Lennon, puede parecer un tópico, pero sigue siendo revolucionaria en su sencillez: “Imagine all the people living life in peace…” (“Imagina a toda la gente viviendo la vida en paz…”). Imaginar es un gesto ético porque nos recuerda que la realidad no agota las posibilidades. En la práctica enfermera, esa imaginación se convierte en proyectos de promoción de la salud, en espacios comunitarios de cuidado, en redes vecinales de apoyo. La enfermera humaniza el sistema cuando convierte la utopía en método.

La esperanza también se canta en clave de poder compartido. People have the power, de Patti Smith, lo proclama con energía. El pueblo tiene el poder de soñar, de decidir, de cambiar las cosas. Escucharla en una asamblea vecinal o en un encuentro comunitario es sentir la vibración de la acción colectiva. La enfermera que dinamiza esos espacios sabe que su rol no es protagonizar, sino facilitar, poner conocimientos al servicio de la gente, dar voz a quienes no la tienen, articular consensos, transformar la queja en proyecto. Humanizar aquí significa confiar en que la comunidad tiene recursos, y que la acción de la enfermera es movilizarlos y fortalecerlos.

La ética de la enfermería se reconoce entonces en dos planos, en el íntimo —no dejar sola a la persona mayor, escuchar al joven ansioso, acompañar en el duelo— y en el colectivo —defender derechos, luchar contra la violencia, promover la paz, crear comunidad empoderándola. Y en ambos, la música funciona como catalizador. Abre el sentimiento, legitima la emoción, convoca a la reflexión crítica. Lo que podría quedar como experiencia estética se convierte en experiencia ética.

Humanizar no es un eslogan, es una práctica. Es cantar Hello in there y decidir pasar a ver mañana a esa vecina mayor que vive sola. Es escuchar Mad World y recordar que la depresión adolescente necesita escucha antes que medicación. Es tararear Zombie y no resignarse a la guerra como normalidad. Es volver a Imagine y comprometerse con un proyecto comunitario en el barrio. Es gritar People have the power y reconocer que el poder del cuidado es, al fin y al cabo, un poder compartido.

Por eso este viaje musical no termina en la emoción, sino en la acción. No basta con sentir, hay que actuar. Y ahí, la enfermera se convierte en el puente entre lo que se canta y lo que se hace. Entre la letra que estremece y los cuidados que humanizan. Entre la melodía que denuncia y la ética que acompaña. Entre la canción que sueña y la comunidad que se organiza.

 

Más allá de la melodía: canciones que nos obligan a vivir con conciencia y cuidar con humanidad

La música nos ha acompañado desde siempre como refugio, como memoria, como grito. Pero lo que estas canciones nos han recordado es que no basta con escucharlas. Hay que dejarlas entrar en la vida real. Porque cada verso sobre la violencia, cada melodía sobre la pobreza, cada estribillo contra la guerra, está hablando de cuerpos concretos, de biografías heridas, de comunidades vulneradas.

Las enfermeras lo saben bien. Ellas están ahí, donde esas letras se hacen carne. En la soledad de una habitación, en la urgencia de una mujer que huye del maltrato, en la piel marcada por la pobreza, en los ojos vacíos de un niño refugiado, en el gesto cansado de un trabajador que no llega a fin de mes. Y también en la esperanza de quienes sueñan, en la fuerza de las comunidades que se levantan, en la dignidad que resiste incluso en el dolor.

Escuchar estas canciones no es un acto cultural neutro. Es una invitación a la ética. Nos llaman a humanizar los sistemas de salud, a no reducir a nadie a un número o una enfermedad, a recordar que la vida se sostiene con cuidados, con comunidad, con ternura, con compromiso, con compasión. Nos dicen que la salud no es la ausencia de enfermedad, sino la presencia de dignidad.

Quizá por eso la música sigue viva, porque envuelve en acordes lo que de otro modo sería insoportable escuchar. Y al hacerlo, lo hace llegar a todos. Al joven y a la persona adulta mayor, al rico y al pobre, al que está en un hospital y al que camina por la calle. Al nativo y al migrante. La música, como el cuidado, nos iguala en lo esencial.

Que estas canciones dejen de ser sólo melodías que tarareamos sin pensar. Que se conviertan en memoria y en acción, en educación y en comunidad, en denuncia y en esperanza. Que cada vez que escuchemos La puerta violeta, Clandestino, Imagine o Gracias a la vida…, recordemos que no hablan de otros, hablan de nosotros, de nuestra responsabilidad compartida.

Porque al final, de eso se trata, de reconocer que cuidar es poner banda sonora a la dignidad, y que cada nota puede ser semilla de vida, de justicia y de humanidad.

 

Playlist del cuidado

 

Todo cambia – Mercedes Sosa https://www.youtube.com/watch?v=0khKL3tTOTs

Fix You – Coldplay https://www.youtube.com/watch?v=k4V3Mo61fJM

El necio – Silvio Rodríguez https://www.youtube.com/watch?v=4YSyvARL-bM

Te recuerdo Amanda – Víctor Jara https://www.youtube.com/watch?v=4yOjnpVKsoQ

Esos locos bajitos – Joan Manuel Serrat https://www.youtube.com/watch?v=9NB2XCKVqQM

Gracias a la vida – Violeta Parra https://www.youtube.com/watch?v=cIrGQD84F1g

La llorona – Chavela Vargas https://www.youtube.com/watch?v=rNurASQ3JSc

Malo – Bebe https://www.youtube.com/watch?v=90GqAf3zJ8s

Mediterráneo – Joan Manuel Serrat https://www.youtube.com/watch?v=1qfh-BhVKZc

Solo le pido a Dios – Ana Belén https://www.youtube.com/watch?v=wrDhpL6yFYY

Al alba – Luis Eduardo Aute https://www.youtube.com/watch?v=zSKYWkEYVsQ

Al otro lado del río – Jorge Drexler https://www.youtube.com/watch?v=cg1wDc9JVB4

Blowing in the Wind – Bob Dylan https://www.youtube.com/watch?v=8bfMoUX5fFI

We shall overcome – Joan Baez https://www.youtube.com/watch?v=nM39QUiAsoM

My way – Frank Sinatra https://www.youtube.com/watch?v=w019MzRosmk

Mi querida España – Cecilia https://www.youtube.com/watch?v=P82uZhGym8U

Todavía cantamos – Víctor Heredia https://www.youtube.com/watch?v=idU8AzhDVXU

La puerta violeta – Rozalén https://www.youtube.com/watch?v=gYyKuLV8A_c

Clandestino – Manu Chao https://www.youtube.com/watch?v=MNzafK1HIro

Quién me ha robado el mes de abril – Joaquín Sabina https://www.youtube.com/watch?v=RsWmjzmMqpg

El abuelo Víctor – Víctor Manuel https://www.youtube.com/watch?v=FtbWo6cETUk

Hello in there – John Prine https://www.youtube.com/watch?v=OVhA01J0Zsg

Mad World – Gary Jules / Tears for Fears https://www.youtube.com/watch?v=3b1OwCG8WN8

Zombie – The Cranberries https://www.youtube.com/watch?v=6Ejga4kJUts

Give peace a chance – John Lennon https://www.youtube.com/watch?v=D0WwjWdzV_I

Imagine – John Lennon https://www.youtube.com/watch?v=VOgFZfRVaww

People have the power – Patti Smith https://www.youtube.com/watch?v=pPR-HyGj2d0

 

No es una lista cerrada. Es un itinerario posible para escuchar con calma, para compartir en comunidad, para abrir conversaciones en talleres, consultas, aulas, plazas o residencias. Es un gesto ético en sí mismo: detener el ruido, escuchar juntos, reconocernos en la emoción y transformarla en cuidado.

[1] Filósofo griego seguidor de Sócrates y maestro de Aristóteles (427 a.C. – 347 a. C.).

FÁBULAS, VICTIMISMO Y REALIDAD

El sindicalista confabulador, no conforme con las mentiras, falsedades y descalificaciones vertidas en el artículo de opinión de su infame fábula, se metió a cuentista. En esta ocasión haciendo uso del victimismo en una narración efectista pero tan irreal como tremendista y conspiranoica. Y nueva y sorpresivamente el Diario INFORMACIÓN, se hizo eco publicando un cuento tan falso como poco original que tan solo distorsiona la realidad, confunde maliciosamente y falta al respeto de manera gratuita y reiterada a todo aquel y aquello que identifica como enemigos de una causa tan particular como ficticia. Puede accederse al citado artículo, a través de: https://www.informacion.es/opinion/2025/08/21/medico-desnudo-120821670.html

Ante este nuevo ataque a la razón, la coherencia y el sentido común volví a escribir una respuesta que también volvió a ser obviada por parte del Diario INFORMACIÓN. Algo que no tan solo no es comprensible, sino que ni tan siquiera es admisible por cuanto niega la posibilidad de réplica a unas afirmaciones que suponen un claro insulto a la inteligencia de la ciudadanía y a la dignidad de profesionales que nada tienen que ver con sus infundados miedos e imaginarios ataques a una hegemonía que su intención de perpetuar una hegemonía que no les corresponde.

Comparto pues mi opinión, con el fin de que no se crea nadie que quien calla otorga.

 

En los últimos días hemos asistido en estas páginas a un curioso ejercicio de retórica que, más que un análisis serio de la situación sanitaria, se parece a un cuento mal contado. Con moraleja incluida, pero sin la altura literaria de Esopo, La Fontaine o Andersen. El recurso a fábulas y metáforas infantiles para retratar una realidad compleja puede resultar simpático en un aula de literatura, pero convertido en argumento para defender supuestos agravios profesionales es un fraude intelectual y una falta de respeto hacia la ciudadanía.

El relato victimista que se ha querido vender en forma de teatro de “buenos” y “malos”, de “cándidos” y “villanos”, de “ratones, asnos y leones” o de desnudos morales pretendidamente épicos, es una construcción artificiosa. Una historia que busca despertar compasión y simpatía a costa de la verdad. Pero la realidad es otra. Ni los supuestos buenos lo son tanto, ni los malos lo son en absoluto. Reducir la complejidad del sistema sanitario a una narración maniquea, plagada de exageraciones y descalificaciones, solo evidencia la debilidad de quienes se aferran a ella.

Cuando se utilizan recursos tan pobres para defender posiciones de poder y exclusividad, lo que aflora no es fortaleza, sino miedo. Miedo a perder una hegemonía que nunca fue legítima. Miedo a comprobar que existen respuestas más eficaces y eficientes que las propias. Miedo, en definitiva, a dejar de ser el centro de un universo que nunca ha girado ni debe girar alrededor de un único colectivo. Y junto a ese miedo, la envidia por los avances ajenos y la prepotencia de quien cree que la razón le corresponde por derecho natural, aunque los hechos lo desmientan.

El sistema sanitario —y muy especialmente la atención primaria y comunitaria— es demasiado importante como para seguir atrapado en relatos que buscan perpetuar protagonismos excluyentes. Las personas, las familias y la comunidad necesitan equipos cohesionados, basados en el respeto, la confianza y la cooperación. No un modelo decadente de delegación y jerarquía que ya ha demostrado sobradamente su ineficacia. Insistir en ese patrón obsoleto equivale a condenar a nuestro sistema de salud a repetir sus fracasos, con el consiguiente deterioro de la atención que recibe quien de verdad importa, la ciudadanía.

El victimismo convertido en bandera es una estrategia peligrosa. Porque, más allá de la apariencia de humildad, esconde un ejercicio calculado de manipulación. Quien se proclama víctima absoluta pretende colocar al resto en el papel de verdugo. Quien dramatiza su situación, busca condicionar el juicio público y despertar simpatías. Quien se envuelve en fábulas, en realidad teme a la luz de los hechos. Y los hechos son tozudos.No hay un enemigo externo que impida la mejora del sistema, sino un exceso de corporativismo que bloquea cualquier avance que no consolide viejos privilegios.

Desde un sindicato se puede y se debe defender los derechos de sus afiliados. Es su función legítima en democracia. Lo que no puede hacerse es tergiversar y manipular a la opinión pública con relatos edulcorados y falsos. Menos aún disfrazar esa estrategia bajo la máscara de la literatura. Convertir una reivindicación gremial en un cuento o en una fábula moralizante no es más que un intento desesperado de mantener un poder que se resquebraja. Y si el único recurso es el victimismo, la descalificación y la invención de monstruos imaginarios, lo que queda en evidencia no es la maldad de los supuestos adversarios, sino la falta de argumentos sólidos.

No cabe duda de la importancia de quienes ejercen la medicina en nuestro sistema de salud. Pero esa importancia no es mayor ni más legítima que la de otros actores esenciales. Lo decisivo no es quién ocupa el centro del escenario, sino que la función se represente bien y que el público —es decir, la ciudadanía— reciba la mejor obra posible. Ese es el sentido del trabajo en equipo. No protagonismos excluyentes, sino responsabilidades compartidas. No luchas por el poder, sino consensos para garantizar resultados. No relatos de ficción, sino soluciones reales.

Seguir escribiendo cuentos que nadie cree, insistiendo en un victimismo que ya cansa y recurriendo a la manipulación como método solo servirá para aumentar la distancia entre quienes se parapetan en esos relatos y una sociedad que pide realismo, eficacia y respeto. Es momento de abandonar el teatro de fábulas y asumir la realidad con madurez. La sanidad pública no puede sostenerse sobre delirios de grandeza ni sobre privilegios gremiales. Lo que necesita es compromiso, cooperación y responsabilidad.

En definitiva, el problema de quienes insisten en fábulas no es que les falte imaginación. Es que carecen de la grandeza moral de Esopo, de La Fontaine o de Andersen, que sabían usar la ficción para iluminar verdades. Aquí se hace justo lo contrario, se utiliza la ficción para taparlas. Y esa, por mucho que se intente, es una obra condenada al fracaso.

ESTATUTO MARCO Más allá de fabulaciones y viejos relatos

 

 

El Diario INFORMACIÓN de Alicante, publicó el pasado 15 de julio un artículo de opinión de un representante del Sindicato Médico en relación a las negociaciones en curso sobre la modificación del Estatuto Marco de las/os profesionales de Salud que ha quedado obsoleto. 

Tras su publicación y como quiera que en el mismo se vierten mentiras, descalificaciones y bulos, remití al citado diario una artículo de opinión en el que se rebatían punto por punto y con argumentos y evidencias lo expuesto por dicho representante sindical. Pasado un tiempo más que prudencial no tan solo no se ha considerado por parte de la dirección del medio su pblicación, sino que posteriormente publicó otro artículo del sindicalista de similares características.

Es por ello que me he decidido a hacerlo público a través de las redes para que, cuanto menos, no se interprete el silencio como una asunción de los lamentables argumentos expuestos.

Mañana publicaré igualmente la respuesta a su segundo artículo, que tampoco se ha considerado pertinente publicar en el Diario INFORMACÓN, lo que abre todo tipo de conjeturas al respecto que no voy a relatar, pero que debería tenerse encuenta a la hora de dar voz a alguien que se dedica a mentir, descalificar y confundir y no dejar que haya una respuesta que permita destapar todo ello.

Se puede acceder al artículo mencionado a través de:

https://www.informacion.es/opinion/2025/07/31/ratones-asnos-leones-teatro-sindical-120246491.html

Mi respuesta fue la que sigue:

La negociación de un nuevo Estatuto Marco para todos los profesionales del Sistema Nacional de Salud no es un trámite menor ni una concesión a intereses concretos. Es una necesidad urgente reconocida tanto por las organizaciones sindicales como por la propia administración y respaldada por la Ley 55/2003, que ya preveía su actualización. Más de dos décadas después de su aprobación, el contexto sanitario, social y laboral es radicalmente distinto.Las plantillas han envejecido, la complejidad de la atención yla demanda de cuidados profesionales han aumentado, las tecnologías han transformado los procesos y la precariedad laboral amenaza la capacidad del sistema para retener talento.

Pensar que esta reforma debe servir para reforzar exclusivamente a un colectivo concreto es desconocer cómo funciona la sanidad o pretender mantener unos privilegios que no corresponden. La atención a la salud es un trabajo en equipo en el que profesionales de la salud y otros profesionales, junto a la comunidad, cumplen funciones diferentes pero complementarias, interdependientes y necesarias. La fortaleza de la sanidad pública no reside en la supremacía de una sola disciplina, como sucede y se replica en el sistema privado, sino en el engranaje que permite que todas trabajen de manera coordinada. Un Estatuto Marco equilibrado y justo fortalece al conjunto del sistema y, con ello, garantiza una atención más segura y eficiente a la ciudadanía.

El argumento de que determinadas competencias asumidas por algunas profesiones suponen una invasión de funciones de una determinada disciplina carece de sustento cuando se revisa la evidencia y la normativa vigente. El Real Decreto 1302/2018 regula la indicación, uso y autorización de dispensación de medicamentos y productos sanitarios por parte de enfermeras, en un marco perfectamente definido. La Ley de Ordenación de las Profesiones Sanitarias (Ley 44/2003), que requiere igualmente una necesaria revisión, establece competencias propias para cada profesión y reconoce la posibilidad de ampliarlas mediante formación específica y acreditación. No es una ocurrencia, ni un intento de ser lo que no se es, ni una amenaza, sino una evolución avalada por la ciencia y por la normativa vigente.

La Organización Mundial de la Salud, en su informe State of the World’s Nursing 2020, recomienda ampliar las competencias de las enfermeras para mejorar la accesibilidad, la continuidad de los cuidados y la capacidad resolutiva de los sistemas sanitarios. La OCDE, en su Health at a Glance 2023, destaca que los países que han desarrollado perfiles de enfermería en este sentido han reducido tiempos de espera, mejorado el control de enfermedades crónicas, aumentado la satisfacción de las personas y familias. En Reino Unido, más de 34.000 enfermeras diagnostican, tratan y prescriben dentro de su campo, con resultados de seguridad y satisfacción equivalentes o superiores a los obtenidos por médicos en atención primaria. En Canadá, cubren áreas rurales donde no hay médicos de forma permanente, asegurando continuidad de la atención sin comprometer la calidad.

Reducir esta realidad a un relato de usurpaciones o a una amenaza para la seguridad de las personas no resiste el contraste con los datos. La seguridad clínica no es un atributo exclusivo de un título profesional, sino el resultado de intervenciones claras, coordinación efectiva y profesionales trabajando al máximo de sus competencias con el foco puesto en las necesidades de las personas y no en las de ningún colectivo profesional concreto. Los estudios internacionales demuestran que ampliar las competencias de cada profesión en el marco de su formación y con respaldo legal no incrementa los riesgos y, en cambio, mejora los resultados de salud.

La representación en la Mesa Sectorial de Sanidad, donde se negocia el Estatuto Marco, no es fruto de arbitrariedades ni de designaciones discrecionales. Se determina por elecciones sindicales en las que todos los trabajadores del sistema tienen derecho a votar y ser votados. Este mecanismo democrático garantiza que estén representadas todas las voces, no solo la de un colectivo. La negociación colectiva es un ejercicio de consenso que debe buscar el equilibrio entre intereses distintos, y su objetivo es que la norma resultante sirva al conjunto de la plantilla y, por extensión, a la población.

España afronta retos sanitarios que van mucho más allá de las disputas corporativas. El envejecimiento poblacional, la cronificación de enfermedades, el aumento de la demanda en salud mental, la prestación de cuidados profesionales, la necesidad de reforzar la salud comunitaria y la transición digital son desafíos que requieren un sistema cohesionado, adaptable y con profesionales reconocidos y bien coordinados. La reforma del Estatuto Marco es una herramienta clave para afrontarlos, garantizando condiciones laborales dignas, formación continua, reconocimiento de competencias y estabilidad en el empleo.

Mónica García, médica de profesión, asume y actúa como ministra de sanidad, que no como representante del colectivo profesional al que pertenece como quieren algunos sectores del mismo, la reforma necesaria y largamente pospuesta del Estatuto Marco, que permita regular y ordenar la atención que prestan los diferentes profesionales de la salud en un contexto cambiante al que debe adaptarse y en el que no caben, por incoherentes y excluyentes, normas exclusivas para ninguna disciplina, como se reclama.

La ciudadanía no gana nada con debates centrados en quién tiene más peso en una mesa o quién ostenta más poder simbólico en el organigrama. Lo que importa es que, cuando alguien necesita atención de salud, encuentre un equipo capaz, disponible y coordinado que pueda ofrecer una respuesta segura, eficaz y humana. Eso se consigue fortaleciendo a todos los profesionales, no enfrentándolos, ni generando compartimentos estancos.

No se trata de relatos ni de imaginarios literarios. No es una cuestión de ratones, asnos ni leones. Es la realidad diaria de un sistema sanitario que necesita normas claras, derechos equitativos y reconocimiento a la labor de todos para seguir garantizando lo que lo hace único, ser público, universal, de calidad y orientado a la salud de las personas. La negociación del nuevo Estatuto Marco es, en definitiva, una oportunidad para reforzar ese compromiso. Perderla por alimentar divisiones sería una irresponsabilidad que el país y la salud de su ciudadanía no pueden permitirse.

LA FICCIÓN DE LA UNIVERSALIDAD El silencio administrativo de la desigualdad

Hace unos días falleció en Valencia un “gorrilla”. Había recibido una paliza de varios individuos, fue ingresado en un hospital y dado de alta poco después. A los pocos días murió. La autopsia reveló que la causa de la muerte fueron las lesiones provocadas por aquella agresión.

Más allá de la crudeza del hecho, surgen preguntas incómodas que no deberíamos eludir. ¿Hubiese permanecido más tiempo hospitalizado de haberse tratado de otra persona con distinta posición social o económica? ¿La atención fue exactamente la misma que habría recibido cualquiera en idénticas circunstancias clínicas, pero con un contexto vital distinto? ¿Se estableció algún tipo de seguimiento tras el alta? ¿Se activaron recursos para garantizar su cuidado?

No se trata de sembrar dudas sobre la profesionalidad de quienes lo atendieron. Sería injusto y simplista reducir el análisis a eso. La cuestión de fondo es otra. Cómo un sistema que se proclama universal y gratuito, en la práctica, termina priorizando decisiones en función de factores que poco o nada tienen que ver con la salud y mucho con las condiciones sociales.

Sobre el papel, la atención sanitaria es universal. Pero todos sabemos que las decisiones, de ingreso, de atención, de alta o de seguimiento no siempre se toman exclusivamente en función de criterios sanitarios. La biología pesa, pero los determinantes sociales también, aunque rara vez se reconozca. Y aquí conviene añadir los determinantes morales de la salud. Es decir, cómo valores, principios, creencias y comportamientos modelan las percepciones y actitudes hacia la vida, la salud, o la vulnerabilidad de las personas. En definitiva, cómo influyen en las decisiones que se toman sobre ellas.

El caso del “gorrilla” no es aislado. Recordemos el reciente suicidio de una mujer acosada, retenida, maltratada y violada por su pareja. ¿Hubiese tenido el mismo acompañamiento, el mismo seguimiento, la misma protección que otra mujer con condiciones diferentes? ¿O la precariedad vital la colocó en una suerte de “periferia institucional” desde la que es mucho más difícil que la justicia o la sanidad actúen con la misma contundencia?

Algo similar sucede con los migrantes. El discurso oficial insiste en que tienen garantizados sus derechos, pero en la práctica muchos encuentran obstáculos administrativos, trabas burocráticas o un trato distante que limita el acceso real a los servicios. Esa desigualdad se multiplica cuando se combina con la pobreza, la irregularidad administrativa o la falta de redes de apoyo. En esos márgenes de la sociedad, la universalidad es poco más que un eslogan.

Tampoco la justicia escapa a este sesgo. Decimos que es ciega, pero no siempre lo es en la práctica. Con demasiada frecuencia, los recursos económicos y sociales de una persona acaban pesando más que la ley que, en teoría, se aplica por igual a todos.

Y es que no basta con garantizar acceso universal y gratuito. Porque si el trato y las oportunidades de respuesta dependen de quién eres, de dónde vienes o de cuánto tienes, la universalidad queda reducida a un enunciado bonito, pero hueco.

Lo más inquietante es que este discurso de manual lo hemos normalizado. Se nos convence de que todos somos iguales ante la sanidad, la justicia o los servicios sociales, cuando la experiencia demuestra que no es así. Y lo aceptamos con una mezcla de resignación y costumbre, como si fuese inevitable.

Los profesionales, por su parte, no son ajenos a esta dinámica. Normativizan la lógica institucional, la asumen como parte del servicio que prestan y, en demasiadas ocasiones, terminan diluyendo su comportamiento ético y deontológico en el “disolvente moral” que las instituciones imponen. Además, la objeción de conciencia —amparada en supuestas convicciones morales o religiosas— se utiliza de manera selectiva para mantener distancia respecto a actividades que no son opcionales, sino derechos regulados como la interrupción voluntaria del embarazo o la eutanasia. Así, lo que nació como una salvaguarda individual se convierte en un eximente institucional que refuerza desigualdades y deja a muchas personas sin el amparo efectivo de derechos reconocidos por ley.

Hablar de todo esto es delicado y complicado. Pero el silencio es todavía más dañino. Pasar de puntillas, fingir que el sistema funciona igual para todos, es perpetuar una injusticia que condena a quienes menos posibilidades tienen de hacerse escuchar. El “gorrilla” no tendrá revisiones posteriores, ni recursos para denunciar una atención posiblemente insuficiente. Su muerte engrosará la lista interminable de silencios administrativos que permiten a los sistemas blindarse frente a la crítica. Igual que la mujer que se quitó la vida tras un infierno de violencia. Igual que tantas y tantos invisibles que nunca tendrán una segunda oportunidad.

La universalidad no significa uniformidad, sino justicia en el acceso y en la respuesta.

Mientras sigamos convencidos de que basta con proclamar derechos para que estos se materialicen, seguiremos reproduciendo la ficción de que todos recibimos lo mismo. No todos somos iguales, ni todos somos atendidos de igual manera. Reconocerlo es el primer paso para corregirlo. Y ese, quizá, sea el mayor acto de justicia que nos debemos como sociedad.

 

EL PRECIO DE LA EQUIDISTANCIA

En política y en sociedad, las señales casi nunca son anecdóticas. Lo que algunos pueden interpretar como hechos aislados —la aprobación en Jumilla de una ordenanza redactada por VOX contra el culto islamista, la caza literal de migrantes en Torre Pacheco, las pintadas xenófobas en Muro de Alcoy o Cocentaina, la negativa reiterada de comunidades autónomas a acoger MENAS, la persecución de personas extranjeras por parte de bañistas en nuestras playas— forma parte de un patrón que, lejos de ser casual, responde a una estrategia perfectamente diseñada.

Si a esto sumamos el incremento sostenido de la violencia de género, el repunte de los delitos de odio contra personas LGTBI, los ataques sistemáticos a las lenguas propias de los territorios —como el valenciano, el euskera, el gallego o el catalán—, o la creciente naturalización del discurso bélico y de la violencia como forma de relación política, el panorama se vuelve alarmante. No se trata de sucesos inconexos, sino de síntomas. Síntomas de una democracia que empieza a resquebrajarse, no por un asalto directo, sino por una erosión interna, progresiva y peligrosa.

Esta erosión no es responsabilidad exclusiva de la extrema derecha, aunque es evidente que sus discursos, cada vez más explícitamente antidemocráticos, están en el origen de muchas de estas dinámicas. El verdadero problema es el blanqueamiento y la legitimación de estos discursos por parte de sectores de la derecha que se proclaman democráticos, pero que actúan de espaldas —o incluso en contra— de los principios que dicen defender. Esa complicidad pasiva, cuando no activa, convierte lo impensable en tolerable, y lo intolerable en norma.

No hablamos, por tanto, de simples diferencias ideológicas. Estamos ante un proceso deliberado de socavamiento de derechos y libertades que costaron décadas de esfuerzo, lucha y diálogo consolidar desde el final de la dictadura. Libertades que permitieron construir una sociedad basada en el respeto, la pluralidad y la convivencia, y que hoy se ven cuestionadas, debilitadas o directamente atacadas.

El riesgo no está solo en la esfera política, sino en su reflejo social. La normalización del odio y la exclusión cala hondo entre una juventud desencantada, precarizada, huérfana de referentes sólidos y bombardeada por mensajes simplistas, falsos, pero eficaces. En este contexto, los discursos autoritarios y antidemocráticos encuentran un terreno fértil para propagarse. Se presentan como antisistema, cuando en realidad son profundamente sistémicos, pero no del sistema democrático, sino del autoritario, excluyente y homogéneo.

La estrategia es sutil pero devastadora: se invoca una supuesta “libertad” para justificar la censura, la represión o la discriminación. Una libertad caricaturizada, moldeada a imagen y semejanza de quienes la niegan en la práctica. Porque no hay libertad si no es para todas las personas. No hay democracia sin diversidad. No hay convivencia sin justicia social. Y no hay futuro digno si se impone el miedo, la sospecha o el enfrentamiento como forma de gobierno y de relación.

Más preocupante aún es que muchas de estas ideas no solo circulan libremente, sino que se institucionalizan. Normativas municipales que criminalizan a los más vulnerados; leyes que eliminan contenidos educativos sobre igualdad, diversidad o derechos humanos; medios de comunicación que actúan como altavoces de la intolerancia, y administraciones que dan la espalda a quienes más protección necesitan.

Lo grave no es que exista una minoría ruidosa que promueva estos discursos. Lo verdaderamente inquietante es que cada vez haya más mayorías silenciosas que los permiten, los minimizan o los justifican con tal de conservar poder o evitar conflictos. Pero la equidistancia ante el odio no es neutralidad, es complicidad.

Y en este escenario, conviene preguntarse: ¿qué sociedad estamos construyendo? ¿Qué país queremos dejar a nuestros hijos y nietos? ¿Una sociedad en la que se desconfía del diferente, se recorta la pluralidad, se ignoran los derechos humanos y se criminaliza la solidaridad? ¿Una sociedad en la que se ensalza la patria, pero se desprecia la diversidad que la constituye?

Los verdaderos demócratasno pueden seguir atrapados en la lógica del cálculo electoral o del silencio cómodo. La defensa de los valores democráticos no admite ambigüedades. O se está del lado de la libertad, la igualdad y los derechos humanos, o se está del lado de quienes los destruyen.

El refranero español lo resume con precisión: «Obras son amores, y no buenas razones». No basta con proclamar apego a la Constitución, a la democracia o a la libertad si, en la práctica, se apoyan políticas que las debilitan o se calla ante quienes las atacan.

Tampoco sirve esconder la historia, ni reescribirla. Lo que no se quiere ver se acaba repitiendo, y cuando lo hace, lo hace con más crudeza. Ya vivimos una vez la tragedia de confundir el orden con la represión, la unidad con la imposición, la paz con el silencio.

Estamos a tiempo de reaccionar, pero el tiempo no es infinito. Por eso, más allá de ideas partidistas, conviene alzar la voz en defensa de una convivencia que no se construye desde el miedo, sino desde el respeto. De una libertad que no se impone, sino que se comparte. Y de una democracia que se cuida, se practica y se protege cada día, no solo cada cuatro años.

GUERNICA Y LA SALUD ROTA

                                                             «La pintura no está hecha para decorar habitaciones. Es un instrumento de guerra ofensiva y defensiva contra el enemigo.»

Pablo Picasso[1]

 

                                                                                          «Enciende la lámpara y persiste. La luz no debe apagarse mientras haya un solo herido en la oscuridad.»

Florence Nightingale[2]

Entrar en el Guernica

El humo se enrosca en espirales perezosas bajo la luz tenue, mientras un contrabajo marca un pulso grave que parece latir en el suelo de madera. Las mesas, pequeñas y cercanas, sostienen vasos medio llenos que brillan con reflejos ámbar al compás de la trompeta que improvisa un lamento convertido en caricia. El murmullo del público es apenas un susurro respetuoso, como si cada nota naciera para ser escuchada en silencio. Es un lugar donde el tiempo se diluye, donde la música no se oye: se habita.

Y, de pronto, como si la penumbra se desgarrara, el escenario cambia. El humo se disipa y la penumbra cede ante la blancura fría de un museo. Los pasos resuenan sobre el mármol, el eco sustituye al contrabajo, y el aire mismo parece guardar un silencio reverencial. En la sala se abre un espacio imponente, desnudo y luminoso, dominado por la magnitud del Guernica. El lienzo, con su escala desmesurada, ocupa la pared como si fuese una herida abierta. Allí no hay jazz ni copa que acompañe. Solo la crudeza del dolor transformado en arte, la memoria convertida en denuncia, el clamor mudo de un cuadro que atraviesa generaciones.

No es posible entrar en el Guernica sin que algo en nosotros se detenga. Hay obras que se contemplan; esta se enfrenta a ti. Quien haya estado frente al lienzo en el Museo Reina Sofía conoce esa sensación. La sala se ensancha, pero también se contrae; el aire parece más denso y la luz, más fría. Los 3,5 metros de alto por casi 8 de ancho no solo ocupan espacio físico, sino un territorio emocional que obliga a mirar de otra manera. La primera impresión es un golpe de ausencia: ausencia de color, de horizonte, de alivio. Un blanco y negro que no es nostalgia, sino despojo; un gris que parece extenderse más allá del marco, como si el dolor no pudiera contenerse en la tela.

Los ojos recorren figuras que no están completas. Fragmentos de cuerpos, rostros distorsionados, gestos congelados en un instante que no cesa. No hay calma posible porque no hay relato cerrado. Lo que vemos no es una escena lineal, sino un conjunto simultáneo de dolores en ausencia de colores. Cada forma reclama atención, pero todas juntas componen un ruido visual que recuerda al estrépito de una ciudad bombardeada.

En medio de la sala, uno se siente observado por esas miradas abiertas en exceso, como si fueran pupilas acostumbradas a la oscuridad. Son ojos que vieron más de lo que podían soportar, y sin embargo permanecen fijos, sin párpados que los protejan. La madre con su hijo muerto mira hacia arriba, pero su grito no sale; la mujer en llamas extiende un brazo que nunca encontrará ayuda; el caballo herido abre la boca en un relincho que parece metálico.

No hay tiempo en el Guernica. Todo ocurre a la vez, en un presente eterno. Y en ese presente, la ausencia de color no es una limitación técnica, sino un lenguaje. El blanco y negro convierte la escena en algo más que un testimonio de 1937. La transforma en una advertencia sin fecha de caducidad. No importa si pensamos en la guerra civil española, en Sarajevo, en Alepo o en Gaza. La violencia que habita este cuadro es siempre actual.

Sin embargo, el Guernica no es solo la pintura de un hecho histórico. Es también un espejo incómodo. Frente a él, es difícil no buscar equivalencias con nuestra realidad. Las formas que Picasso pintó con líneas tensas y geometrías rotas parecen reconocer, una por una, las heridas abiertas de hoy. Las de la guerra visible y las de la guerra sin balas, las que se libran en las calles, en los despachos, en las fronteras y en las mentes. Porque hay dolores que no estallan en bombas, pero desgarran igual.

Y aquí surge la pregunta que nos acompañará en todo este recorrido. Si el Guernica es una cartografía del sufrimiento humano, ¿qué lugar ocupa en él el cuidado? La respuesta, a primera vista, es desoladora, no aparece. No hay gesto de consuelo, no hay abrazo, no hay mano que cuide. El lienzo es un territorio donde la salud está rota, donde el auxilio no ha llegado o ha sido arrasado.

No hay gesto de consuelo, no hay abrazo, no hay mano que cuide. Tampoco hay luz que guíe. Solo una lámpara distante, como testigo mudo. Frente a esa ausencia, las enfermeras reconocemos la fuerza simbólica de nuestra propia historia. La lámpara de Nightingale no se suspendía en lo alto para observar, sino que descendía hasta la cama de cada herido. Esa diferencia es también una declaración ética. La luz que se queda arriba contempla; la luz que baja cuida.

Porque en el cuadro original, no hay gesto de consuelo, no hay abrazo, no hay mano que cuide. Tampoco hay luz que guíe. Solo una lámpara distante, como testigo mudo. Frente a esa ausencia, las enfermeras reconocemos la fuerza simbólica de nuestra propia historia. La lámpara de Nightingale no se suspendía en lo alto para observar, sino que descendía hasta la cama de cada herido en los hospitales de campaña de Crimea. Esa diferencia es también una declaración ética. La luz que se queda arriba contempla; la luz que baja para cuidar.

Pero el Guernica, además de ser símbolo universal contra la barbarie, está inevitablemente ligado a la memoria de la Guerra Civil española. No solo porque naciera como denuncia del bombardeo de una población indefensa, sino porque refleja el corte brutal que aquella guerra supuso en la vida social, política y profesional del país. Corte que, en el caso de la Enfermería, supuso un impacto devastador. Durante los años previos al estallido de la guerra, se estaba gestando un proceso de avance hacia la profesionalización y la modernización de la disciplina, con pasos incipientes que podían haber colocado a las enfermeras en un rol autónomo y reconocido en la sociedad y en el marco del sistema sanitario. La guerra cortó de raíz ese camino. Paralizó el desarrollo, desmanteló estructuras emergentes y devolvió a la profesión a un lugar de total subordinación y dependencia. La Enfermería —y, con ella, las mujeres, las enfermeras que la ejercían— quedó relegada de nuevo a una relación de subsidiariedad y sumisión, en sintonía con el retroceso general de los derechos femeninos bajo la dictadura franquista. Ese corte histórico sigue siendo una herida abierta en la memoria de la profesión, un Guernica particular que recuerda lo que pudo haber sido y lo que se perdió.

El lenguaje roto del lienzo

El Guernica no es una narración lineal ni una simple sucesión de figuras: es un lenguaje roto que habla sin palabras. En sus formas quebradas y su composición caótica, en el blanco y negro que niega la calma, el lienzo grita, susurra, implora y denuncia a la vez. No describe: interpela. Cada trazo es un alarido y un silencio, cada vacío es un reclamo de lo que la barbarie cercena y elimina. Y sin embargo, a pesar de la crudeza de su lenguaje, el cuadro no es una petición de venganza ni de rencor, sino un recuerdo latente y permanente para que el horror no se repita; para que la pérdida se convierta en ganancia de memoria, y esa memoria anule la posibilidad de repetir lo que nunca debió ocurrir. En lugar de representar el horror, lo encarna; y en esa encarnación nos obliga a recordar que lo humano puede ser reducido a fragmentos si el cuidado y la dignidad son arrancados de raíz.

Desde esa conciencia, lo que sigue es un recorrido por cada una de las partes del cuadro, no para explicarlas en un sentido académico o meramente descriptivo, sino para escucharlas como voces que reclaman ser interpretadas. Porque cada figura —el toro, la madre, el caballo, la lámpara, el hombre caído, la mujer en llamas, los fragmentos dispersos— es una palabra dentro de ese lenguaje roto que, aún sin sonido, nos habla del dolor y de la necesidad urgente de cuidado. Y desde ese lenguaje del horror pasado reinterpreto lo que en el presente puede seguir aportando, diciendo, reclamando desde una perspectiva del cuidado enfermero.

El toro, sólido y oscuro, ocupa el extremo izquierdo del lienzo. Su presencia es ambigua. Para algunos, símbolo de brutalidad; para otros, encarnación de la resistencia. Pero en este espejo que es el Guernica, el toro puede ser la violencia institucional, esa fuerza que se erige impasible ante el sufrimiento, que mantiene su posición sin inmutarse, aunque el caos se despliegue a su alrededor. Es la indiferencia de quienes tienen poder para actuar y eligen no hacerlo. En la salud, ese toro puede ser la inercia de sistemas que menosprecian la salud en favor de la enfermedad, que barrios enteros carezcan de servicios básicos, que la salud mental siga siendo un lujo. Enfrentarse a ese toro exige algo más que conocimiento técnico, requiere la firmeza ética y la presencia que las enfermeras han cultivado durante décadas, aunque pocas veces se reconozca.

A su lado, la madre sostiene a su hijo muerto. Es, posiblemente, la imagen más devastadora del cuadro, y quizá la más universal. No necesita contexto ni explicación. Es el dolor absoluto. Pero si la miramos desde la salud, esa madre es cada familia que sufre la pérdida de un ser querido por causas evitables; es cada niño que muere por hambre o por violencia. Es también la representación de las desigualdades que atraviesan generaciones. La mortalidad infantil disparada en zonas pobres, el trauma de niños migrantes separados de sus padres, las secuelas invisibles de una infancia sin seguridad. Las enfermeras pediátricas, de salud mental y comunitarias conocen de cerca ese llanto, porque lo han visto en salas de urgencias, en casas, en campos de refugiados y en consultas donde las madres no lloran por miedo, sino por agotamiento.

En el centro, el caballo herido, atravesado por una lanza, representa un cuerpo que no puede escapar, atrapado en medio del conflicto. Ese cuerpo colectivo es hoy el sistema sanitario. Tensionado hasta el límite, atravesado por recortes, por la precariedad de sus profesionales, por la parálisis de un modelo caduco, ineficaz e ineficiente que no encuentra respuesta suficiente. Es también el cuerpo de quienes cargan con enfermedades crónicas sin recibir un cuidado integral, porque el modelo sigue priorizando lo agudo sobre lo sostenido. La lanza que atraviesa al caballo no siempre es visible. A veces son decisiones políticas, otras la indiferencia social. En cualquier caso, el caballo relincha, y su relincho se parece al de las/os profesionales que claman ante la falta de inversión, la privatización, la renuncia política que impide atender dignamente en esas condiciones.

La lámpara, sostenida por una figura que se asoma desde arriba, es un punto de luz en un paisaje de sombras. Puede ser el símbolo de la esperanza, pero también el de la observación distante, que ilumina sin implicarse. En salud, esa lámpara puede ser la investigación que analiza los problemas desde fuera sin llegar a transformarlos, o las políticas que diagnostican correctamente pero no actúan con la urgencia necesaria. Las enfermeras, en cambio, reconocemos en esa imagen un eco profundo, la lámpara de Florence Nightingale, que recorría con ella los pasillos oscuros de los hospitales de campaña durante la guerra de Crimea, no solo para ver, sino para estar presente, para acompañar, para cuidar. Esa lámpara —convertida en símbolo de identidad profesional— no alumbra desde la distancia, sino a la altura de las manos, allí donde el cuidado se hace posible. En el Guernica, la luz parece suspendida, incapaz de descender al dolor que ilumina. En la enfermería, la luz se inclina hacia quien lo necesita. Porque la luz solo sirve si ilumina el camino para andar, si acompaña a la acción. No basta con señalar la herida, el dolor, el malestar, hay que entrar en ellos para afrontarlos.

El hombre caído, desmembrado, con el arma rota, habla de la derrota. Y aquí, en el espejo sanitario, son los cuerpos migrantes, las personas invisibles, quienes pierden siempre primero. Personas que han sobrevivido a guerras, travesías y persecuciones, para encontrarse luego con un sistema que les niega atención, que cuestiona su derecho a la salud, que los etiqueta como carga. Las enfermeras, especialmente en la atención primaria y comunitaria, es muchas veces la primera y la última frontera de cuidado para estas personas, que escuchan cuando nadie más lo hace, que acompañan cuando el resto les da la espalda.

La mujer en llamas, con los brazos levantados, es el símbolo de quienes piden auxilio en medio de la destrucción. Hoy, podría representar a las personas con problemas de salud mental que claman por atención en sistemas que la patologizan, o a quienes sufren violencia de género y encuentran puertas cerradas. Es un fuego que arde en silencio, porque muchas veces ni siquiera se reconoce como emergencia. Aquí, las enfermeras se convierten en detectoras, mediadoras, articuladoras de redes de apoyo, porque saben que el daño invisible puede matar tanto como el físico.

Y, por último, los fragmentos. Manos, pies, rostros dispersos. Son las piezas de vidas rotas por la precariedad, la exclusión, la discriminación. Son también las historias que las enfermeras recogen y guardan, porque cada intervención es, en el fondo, un intento de recomponer un mosaico humano que nunca está completo. El cuidado no siempre puede devolver las piezas a su lugar original, pero sí puede crear una nueva forma, una nueva narrativa que permita a la persona afrontar su problema y seguir adelante.

En todos estos símbolos, lo que une es la ausencia del cuidado. El Guernica no muestra manos que cuiden, ni abrazos, ni descanso. Es un escenario tras la ayuda que ha fallado o no ha llegado nunca. Por eso es tan pertinente para hablar de salud, porque cada vez que permitimos que la violencia —real o simbólica— sustituya al cuidado, estamos pintando un nuevo Guernica.

Por eso he querido reinterpretar la obra desde la mirada enfermera, incorporando unas manos entrelazadas como símbolo del cuidado enfermero. Esa adición, lógicamente inexistente en la obra original, opera como una contraposición simbólica. Se trata de una licencia personal que busca incorporar sentido a la reflexión cruzada entre la obra de arte, el dolor, el sufrimiento y la denuncia que despende y el cuidado enfermero como contrapunto a todo ello. Allí donde Picasso pintó ausencia y desgarro, las manos evocan la posibilidad de sostén, de cuidado, de encuentro humano. Son manos que cuidan, que acompañan y dan sentido, y que en esta lectura se convierten en metáfora del cuidado enfermero. Allí donde el cuadro grita vacío, la presencia de las manos recuerda que la vida puede rehacerse con gestos en apariencia pequeños, pero que representan y suponen una gran aportación a la salud y la vida como vínculos que restituyen la dignidad humana.

Pero es precisamente esa ausencia —y la necesidad de introducir las manos— la que interpela a las enfermeras. Porque si este cuadro es una metáfora de lo que el mundo puede llegar a ser —y muchas veces ya es—, el trabajo enfermero consiste en actuar ahí donde el Guernica cobra vida. En recomponer, en devolver sentido, en dignificar lo que ha sido destrozado. El reto es enorme. No se trata de pintar sobre la destrucción para ocultarla, sino de restaurar lo que aún puede vivir y dar forma nueva a lo que parecía perdido.

El cuidado como arte y restauración

Cuidar es, en muchos sentidos, un acto artístico. No en el sentido plástico, sino en el más profundo. El arte como capacidad de traducir lo inefable, de dar forma a lo que parece informe, de encontrar un orden en medio del caos sin negarlo. Quien cuida trabaja con seres vivos, y a menudo, con seres heridos. Igual que Picasso construyó el Guernica a partir de fragmentos, planos y perspectivas quebradas, las enfermeras se enfrentan cada día a realidades fracturadas que necesitan ser interpretadas antes de ser intervenidas.

El cuidado, como el arte, requiere observar, mirar. No basta con ver. En un hospital, en un centro de salud, en una escuela o en un hogar, la enfermera observa no solo lo que está presente, sino lo que falta. El gesto contenido de dolor, la pausa que oculta miedo, la mirada que pide ayuda, aunque la voz diga “estoy bien”. Picasso, frente a las noticias del bombardeo de Guernica, no pintó exactamente lo que vio —no estuvo allí—, sino lo que comprendió del horror. Del mismo modo, las enfermeras, ante una persona o una comunidad, no se limita a registrar síntomas, interpreta contextos, historias, determinantes sociales y morales, y a partir de ahí compone una intervención que es única para esa persona o ese grupo.

En este sentido, la enfermería se asemeja más al trabajo de restauración que al de creación ex nihilo (de la nada). Ante una obra dañada, el restaurador no borra las huellas del tiempo, sino que busca estabilizarlas, protegerlas, devolverles legibilidad. Así también actúan las enfermeras. No siempre pueden borrar la enfermedad, la pérdida o el trauma, pero sí pueden devolver a las personas un sentido de continuidad, un lugar desde el que seguir viviendo.

En el ámbito comunitario, esto se traduce en construir redes donde antes había soledad, en abrir espacios de participación para que una comunidad recupere la voz que le arrebataron. En el hospital, significa acompañar procesos que desbordan la técnica, como la preparación emocional para una cirugía o la adaptación a una nueva discapacidad. En la escuela, implica leer las señales tempranas de malestar emocional o de exclusión y actuar antes de que se conviertan en heridas profundas. En la gestión, es tomar decisiones que no se guíen solo por el coste o la eficiencia, sino por la dignidad y la equidad.

El arte también tiene una dimensión ética. El artista elige qué mostrar y cómo mostrarlo; las enfermeras deciden dónde y cómo intervenir, qué priorizar, cómo comunicar. En ambos casos, hay una responsabilidad sobre la forma que se da a la realidad. Si Picasso hubiera optado por pintar el bombardeo con colores vivos y figuras armónicas, habría traicionado su intención de denuncia. Si las enfermeras se limitaran a cumplir protocolos sin atender a la singularidad de cada situación, traicionarían la esencia del cuidado.

Pero hay algo más, tanto en el arte como en el cuidado, existe el riesgo de la incomprensión. El Guernica fue, en su momento, criticado por su estilo fragmentario. Muchos esperaban una pintura más “realista” que mostrara la destrucción de manera literal. Las enfermeras también enfrentan críticas cuando su trabajo se sale de la expectativa reducida a lo técnico o lo biológico, cuando intervienen en lo social, en lo espiritual, en lo político, en lo comunitario, se las acusa de extralimitarse. Sin embargo, es precisamente esa capacidad de ir más allá del marco —sea el de la tela o el de la intervención— la que permite abordar la salud en su sentido más completo.

Aquí se revela una afinidad esencial, el arte y las enfermeras no se limitan a reproducir la realidad, sino que la transforman. El artista lo hace con pigmentos, formas y volúmenes; la enfermera, con palabras, gestos, intervenciones y presencias. Ambas disciplinas trabajan con lo humano en estado de vulnerabilidad, y ambas persiguen, en el fondo, que la vida pueda seguir desplegándose a pesar de las heridas.

Frente al Guernica, uno puede sentirse impotente: ¿cómo recomponer lo que está tan roto? Las enfermeras responden con una praxis que podríamos llamar “microguernicas”: cada persona atendida es una pequeña recomposición de algo que el mundo había quebrado. No siempre será perfecta, ni idéntica a lo que fue antes, pero sí suficiente para devolver dignidad y sentido a su ciclo vital.

Esta visión artística del cuidado no es retórica, sino necesidad. En un mundo que tiende a fragmentar la atención —por especialidades, por niveles asistenciales, por competencias—, las enfermeras, como el arte, insisten en la mirada integradora. Igual que el Guernica no puede entenderse pieza a pieza, la salud no puede abordarse por órganos o diagnósticos aislados. El cuadro es todo a la vez, como la vida de una persona o de una comunidad.

El compromiso ético y político

El Guernica, además, no es solo una obra de arte. Es un manifiesto. No busca la belleza complaciente, sino la verdad incómoda. No es una composición para cumplir con un encargo, sino el reflejo de lo que el artista sintió. Picasso no pintó para decorar salones, sino para incomodar conciencias. Y aquí se abre un paralelismo evidente con la dimensión ética y política del cuidado enfermero. Cuidar no es un acto neutro. No lo era en 1937 y no lo es hoy.

En un contexto sanitario y social fragmentado, elegir cuidar de forma integral, equitativa y humana es un posicionamiento político. Es rechazar el papel de mero ejecutor de procedimientos para convertirse en garante de derechos. Es asumir que cada persona que necesita atención, sea donde sea, trae consigo una historia atravesada por determinantes sociales, morales, económicos y culturales, y que ignorarlos sería contribuir a perpetuar la desigualdad.

El Guernica denuncia la violencia directa de la guerra, pero también nos permite pensar en otras violencias, más sutiles, que operan hoy sobre la salud. La violencia institucional de políticas que abandonan a quienes más necesitan; la violencia económica que convierte la atención a la salud en un bien de mercado; la violencia simbólica que estigmatiza la enfermedad mental, la discapacidad o la vejez. Estas violencias no dejan cadáveres en las calles, pero rompen vidas, desgastan comunidades y deterioran el tejido social.

Las enfermeras están, por determinación y por práctica, en la primera línea contra esas violencias. No siempre con grandes gestos, sino con una persistente presencia que no suele aparecer en titulares. En la atención primaria, cuando una enfermera defiende que una persona mayor sola no necesita solo un control de tensión, sino también un acompañamiento para reducir su aislamiento, está actuando contra la violencia de la soledad impuesta. En salud mental, cuando una enfermera crea un espacio seguro para que un adolescente pueda hablar sin miedo de su sufrimiento, se está contrarrestando la violencia del estigma. En la atención hospitalaria, cuando una enfermera aboga por traspasar los protocolos y responder a las necesidades culturales de una persona migrante, se está desafiando la violencia de la homogeneización.

Como el Guernica, el cuidado enfermero no puede reducirse a un solo plano, debe mostrar y abordar la complejidad. Y, como la obra de Picasso, tiene la capacidad de incomodar a quienes prefieren no ver. Un sistema sanitario que mide su éxito solo en tiempos de espera o en número de intervenciones quirúrgicas realizadas puede sentirse incómodo cuando las enfermeras insisten en hablar de determinantes sociales, de epidemiología de la salud y de los cuidados, de entornos saludables, de promoción, de salud comunitaria. Pero es precisamente esa incomodidad la que abre la posibilidad de cambio.

Hay, además, un elemento común entre el arte y el cuidado que suele pasar desapercibido. Ambos requieren memoria. El Guernica no deja olvidar lo que pasó en una pequeña ciudad vasca; el cuidado, cuando es ético y político, no deja olvidar que cada vida importa, incluso —y especialmente— cuando el sistema la considera prescindible. Las enfermeras que acompañan a una persona en el final de su vida, que lucha por un programa de vacunación en zonas marginales, que denuncia la falta de recursos para salud mental está preservando memoria social o que evita la soledad no deseada de una persona adulta mayor. La memoria de que no todo se mide en beneficios económicos, de que no todo vale si se sacrifica la dignidad.

El compromiso ético y político de las enfermeras también implica asumir que la neutralidad absoluta es imposible. Igual que Picasso tomó partido al pintar el Guernica, el cuidado que no se posiciona ante la injusticia acaba legitimándola. No se trata de partidismos, sino de reconocer que el acto de cuidar es, en sí mismo, un acto de resistencia frente a la deshumanización.

En un tiempo en el que la salud se ve amenazada por guerras reales y por guerras simbólicas —contra la verdad, contra la ciencia, contra la diversidad, contra los derechos—, las enfermeras tienen la capacidad de convertirse en un espacio de reconstrucción. Frente a las fracturas que muestra el Guernica, el cuidado enfermero es un intento constante de recomponer, de unir, de restituir. Puede que no logre devolver el mundo a su estado previo, pero sí puede evitar que se siga rompiendo.

Por eso, como el cuadro, el cuidado no puede ser complaciente. Tiene que incomodar, señalar, insistir. No basta con atender el sufrimiento y el dolor, hay que preguntar por qué se producen, quién los provoca, qué estructuras los sostienen. No basta con aliviarlos, hay que denunciar las condiciones que los perpetúan. En este sentido, las enfermeras, cuando asumen su papel político y ético, actúan como un Guernica vivo. Un lienzo que no se cuelga en un museo, sino que se despliega en cada consulta, en cada barrio, en cada escuela, para recordarnos que la salud, cuando se rompe, rara vez lo hace sola, siempre se rompe con la sociedad que la sostiene.

Restaurar la salud en todos los ámbitos

En la atención comunitaria, el Guernica se repite cada día en barrios donde la vulnerabilidad y las desigualdades han dejado cicatrices profundas. Allí, las enfermeras comunitarias actúan como tejedoras de redes, reconectando fragmentos que el abandono institucional había separado. Vecinos que no se conocían y ahora participan en proyectos de salud, familias que aprenden a gestionar juntas la alimentación o el ejercicio, personas mayores que recuperan la vida social en grupos comunitarios. La reconstrucción no es solo física, es simbólica. Devolver el sentido de pertenencia a un lugar que antes parecía roto.

En la atención hospitalaria, la escena del caballo herido podría ser la de una persona politraumatizada en una UCI, un enfermo oncológico debilitado por los tratamientos, una persona recién diagnosticada con una enfermedad crónica grave. La enfermera hospitalaria reconstruye cuidando el cuerpo, pero también la identidad: enseñando a vivir con un estoma, adaptando la medicación a la vida cotidiana, ayudando a una familia a reorganizarse para que el alta no sea el comienzo de una nueva tragedia. Aquí, el arte del cuidado se mide en gestos que sostienen la dignidad de la persona.

En el ámbito sociosanitario, la mujer en llamas podría ser una persona con demencia que vive en una residencia, atrapada en un entorno que no entiende. La enfermera gerontológica trabaja para que esas llamas no consuman la última reserva de humanidad. Personaliza rutinas, crea entornos más amables, adapta la comunicación para que la persona mantenga el control sobre aspectos básicos de su vida. En este ámbito, reconstruir significa resistirse a la despersonalización, devolver nombre y rostro a quienes el sistema tiende a convertir en números de cama.

En la salud escolar, la madre con el niño muerto puede ser un eco de los adolescentes que cargan con el dolor de bullying, violencia familiar o carencias afectivas. La enfermera comunitaria que interviene en el ámbito escolar detecta antes de que la herida sea irreversible. Observa cambios en el comportamiento, escucha confidencias que no llegan a otros adultos, articula respuestas con el profesorado y la familia. Aquí, la metáfora del Guernica es la de un daño incipiente que puede evitarse si alguien llega a tiempo con cuidado y no solo con sanción.

En la gestión, el toro puede ser el propio sistema sanitario, pesado, resistente al cambio, a veces ciego a la urgencia de las transformaciones. Las enfermeras gestoras que aceptan el reto de cambiar estructuras en las que tenga cabida el cuidado, actúan como restauradoras del lienzo. Mueven recursos hacia donde más se necesitan, rediseñan circuitos de atención, crean programas que priorizan la equidad. Aquí, el cuidado se expresa en decisiones que no siempre se ven en primera línea, pero que determinan si una comunidad tendrá o no una atención digna.

En la docencia, la lámpara que asoma desde la parte superior del cuadro se convierte en una metáfora clara. Iluminar no es imponer la luz, sino ofrecerla para que otros vean y actúen. La enfermera docente enseña a futuras enfermeras a mirar más allá de la enfermedad, a identificar las grietas invisibles, a integrar la técnica con la empatía. Es sembrar la idea de que cuidar es más que ejecutar procedimientos. Es crear sentido, igual que un artista crea significado a partir de formas.

En la investigación, el hombre caído con el arma rota puede representar los temas que nunca llegan a ser prioridad para la ciencia convencional. La soledad en personas mayores, las cuidadoras familiares, el impacto de la pobreza, la salud mental en migrantes sin papeles. Las enfermeras investigadoras recogen esos fragmentos invisibles y los convierten en evidencia, en argumentos sólidos para cambiar políticas. Su trabajo, como el del artista, es hacer visible lo que otros no quieren ver, dar valor a lo que no parece rentable.

En todos estos ámbitos, las enfermeras trabajan con realidades que se parecen más al Guernica que a un cuadro ordenado y luminoso. Lo hace sin la pretensión de “borrar” el dolor, porque sabe que eso sería negar la historia, pero sí con la convicción de que es posible reorganizar los fragmentos, dotarlos de sentido, devolver a las personas un espacio donde vivir con dignidad.

La reconstrucción enfermera tiene algo de arte efímero. A veces el cambio dura lo que dura una conversación, una intervención, un turno. Otras veces, se mantiene y se multiplica. Pero siempre deja huella. Y como en el arte, esa huella no siempre es reconocida de inmediato El valor del cuidado, como el del Guernica, a veces se comprende con distancia, cuando uno se da cuenta de que sin él la escena sería insoportable.

Devolver el cuidado al centro

El Guernica no ofrece consuelo. No hay en él promesa de final feliz, ni indicios de que el horror haya pasado. Cada figura está atrapada en un instante eterno de dolor. Y tal vez por eso, mirarlo hoy es tan incómodo. Nos enfrenta a la posibilidad de que, como sociedad, aceptemos vivir rodeados de fragmentos, sin intentar recomponerlos.

Pero aquí está la diferencia entre el arte y la vida. Un cuadro puede permanecer inmóvil en su testimonio; las vidas no. Las enfermeras no se permiten contemplar el sufrimiento como un objeto estático. Donde el Guernica muestra la ausencia de cuidado, las enfermeras actúan para devolverlo. Donde hay cuerpos heridos, los limpia y los protege; donde hay soledad, se sienta y acompaña; donde hay miedo, ofrece información, apoyo y presencia.

No se trata de un gesto heroico aislado, sino de un trabajo cotidiano, insistente, casi obstinado. Como si frente a un lienzo destrozado alguien decidiera, día tras día, pegar un fragmento más, alisar una arruga, restaurar un color perdido. A veces el resultado es visible y cambia la escena; otras, es invisible, pero cambia la vida de quien lo recibe.

El cuidado enfermero, en cualquiera de sus ámbitos, es una forma de resistencia contra la fragmentación. Resistencia contra la tentación de reducir la salud a cifras y protocolos. Resistencia contra el abandono que convierte a personas en estadísticas. Resistencia contra la normalización del dolor ajeno.

El Guernica nos recuerda que la violencia puede arrasar en un instante lo que llevó años construir. Las enfermeras nos demuestran que, aunque la reconstrucción sea lenta y frágil, siempre es posible. Entre la destrucción y la recomposición se juega buena parte de lo que somos como sociedad.

Porque al final, lo que determina si una comunidad sobrevive no es solo su capacidad para curar heridas, sino para no olvidar que hubo heridas. El arte lo preserva en la memoria; el cuidado lo preserva en la acción.

Y es aquí donde la frase cobra sentido pleno, no como un lema, sino como un compromiso:

En el Guernica no hay lugar para el cuidado. Pero nuestro trabajo es precisamente devolverlo al centro.

Para conocer mejor el Guernica

El Guernica de Picasso analizado al detalle. Toda su historia y simbolismo | José Pascual Patuel https://www.youtube.com/watch?v=OzpPvgQHn8s

[1] Pintor y escultor español, creador, junto con Georges Braque, del cubismo (1881-1973).

[2] Enfermera, escritora y estadística británica, considerada precursora de la enfermería profesional contemporánea (1820-1910)

CUANDO ESPAÑA ARDE Y LA POLÍTICA SE CONSUME

España arde. No es una metáfora, es la realidad que cada verano se repite con una crudeza que parece no tener fin y que este año ha aumentado de manera significativa. En más de media península, los incendios están devorando miles de hectáreas de masa forestal, arrasando hábitats, alterando ecosistemas y poniendo en riesgo vidas humanas y bienes materiales. Este año, como otros, el fuego no solo se alimenta de altas temperaturas, sequías y vientos extremos, sino también de una ausencia crónica de inversión en prevención. La falta de planificación, de limpieza de montes, de cortafuegos bien mantenidos y de equipos suficientes es, en gran medida, la chispa invisible que precede a las llamas.

En medio de esta catástrofe, lo esperable sería que las instituciones dejaran de lado diferencias y se coordinaran en una respuesta común, seria y eficaz. Mientras el humo cubre pueblos enteros y el calor sofoca, algunos responsables autonómicos acusan al Gobierno central de no actuar, olvidando que las competencias en materia de prevención y extinción de incendios recaen precisamente en las comunidades autónomas. Y al otro lado, la réplica es igual de estéril, culpas cruzadas, reproches vacíos y ninguna propuesta consensuada para evitar que el desastre se repita. Sin embargo, lo que encontramos es un nuevo capítulo de fobias personales y del “y tú más”, con una batalla dialéctica que convierte el desastre ambiental en munición partidista al margen de la tragedia y del clamor de la gente que lo pierde todo y exige que, unos y otros, abandonen el “patio del colegio” y hablen para llegar a consensos y pactos nacionales que permitan luchar contra esta amenaza medio ambiental y vital.

La incoherencia es evidente. ¿Podemos imaginar a un rector o rectora de universidad culpando al Gobierno autonómico o central de un accidente laboral en sus instalaciones por no haber invertido en prevención? Sería absurdo. Cada cual es responsable de su ámbito y debe actuar en consecuencia. Un buen ejemplo lo encontramos en la Universidad de Alicante, que, a través de su Servicio de Prevención y Promoción de la Salud, en coordinación con el Comité de Seguridad y Salud y la Dirección de Universidad Saludable, lleva años desarrollando un trabajo serio y constante. Se han revisado protocolos, actualizado medidas, formado a la comunidad universitaria y mejorado las condiciones para prevenir riesgos laborales. El resultado se traduce en niveles altos de salud, seguridad y bienestar que no son fruto de la casualidad, sino de la participación colectiva, la cooperación y el consenso entre todas las partes implicadas. Es una realidad que el riesgo cero no existe, pero ello no puede ser la excusa para la inacción y la pasividad, justo, al contrario.

Este modelo, que se repite en muchas otras universidades y ámbitos sociales, demuestra que cuando se trabaja en equipo, con objetivos claros y sin protagonismos vacíos, los resultados son tangibles. No se trata de eliminar el debate —porque el debate es necesario para mejorar—, sino de evitar que se convierta en una excusa para no hacer nada. Y en la gestión de incendios, como en la prevención de riesgos, la inacción es tan peligrosa como el fuego mismo.

A todo ello se suma un aspecto que rara vez ocupa titulares. Las condiciones laborales de quienes se juegan literalmente la vida frente a las llamas. Profesionales que trabajan en situaciones extremas, con contratos temporales, con medios a menudo insuficientes, en jornadas agotadoras y con un reconocimiento institucional y económico que no se corresponde con la magnitud de su labor. Reforzar la prevención implica también dignificar y estabilizar estos empleos, dotarlos de recursos adecuados y garantizar que su experiencia no se pierda cada temporada. No es solo una cuestión de justicia laboral, sino de eficacia y de dignidad, ya que, sin equipos humanos bien formados, motivados y protegidos, la lucha contra los incendios está condenada a ser siempre reactiva y nunca preventiva.

Sin embargo, nuestra política parece haberse instalado en un ciclo estéril de crisis, reproches, ruedas de prensa con acusaciones mutuas y, finalmente, olvido hasta el próximo verano. Entre tanto, el bosque se degrada, el suelo se erosiona, la fauna desaparece, las comunidades rurales ven cómo su modo de vida se desmorona y la salud de todos se pone en peligro. La prevención queda relegada a un segundo plano porque sus resultados no son inmediatos ni dan rédito electoral. Vende más cortar una cinta que invertir en tareas discretas como desbrozar, limpiar o formar brigadas forestales permanentes. Si a ello añadimos el aumento de los discursos negacionistas del cambio climático y sus consecuencias en materia de inversión para la protección del medio ambiente, el resultado es tan inflamable como las olas de calor a las que dichos negacionistas se amparan, eso sí sin relacionarlas con el cambio climático, para justificar los incendios.

Las respuestas de los políticos son cortinas de humo —triste paradoja— para tapar deficiencias propias, mediante visitas puntuales a los lugares de la tragedia, oportunistas, improductivas y utilizadas como altavoz de sus reproches. Mientras tanto, la ciudadanía contempla con hastío cómo no solo no se solucionan los problemas que les afectan, sino que se añaden nuevos a la lista. La sensación de impotencia crece, y con ella, la desafección hacia una clase política que parece más preocupada por ganar titulares y votos que por garantizar la seguridad y el bienestar de la población y del territorio.

La ciencia lo tiene claro, los incendios no pueden erradicarse por completo, pero sí prevenirse, contenerse y gestionarse mejor. La emergencia climática no espera a que termine la campaña electoral ni se suspende hasta el siguiente pleno parlamentario.

Por eso, la pregunta es tan simple como incómoda: ¿cuántas hectáreas más deben arder, ¿cuántas vidas más deben perderse y cuántos hogares más deben desaparecer para que se dejen de lado los reproches y se tomen decisiones conjuntas y valientes? El fuego no distingue ideologías, y su devastación no entiende de fronteras administrativas. Tampoco deberían entenderlo quienes, en lugar de competir por la responsabilidad, deberían compartirla.

Porque al final, cuando el bosque arde, lo que se quema no es solo madera y matorral, es también condiciones de vida, contextos saludables, ámbitos de convivencia y la pérdida de confianza de la ciudadanía en quienes deberían protegerlos. Las consecuencias, en todos los casos, son extremas como se está pudiendo comprobar. No esperemos a acordarnos de Santa Bárbara cuando truene. Protejamos nuestro hábitat y nuestra libertad. Porque lo que está ardiendo, lamentablemente, no son tan solo nuestros bosques. La política, para que sirva a los intereses de la sociedad, debe contar con personas que los identifiquen y los prioricen por encima de demagogias, eufemismos, protagonismos, batallas estériles, populismos y negacionismos.

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