DEL NADIE SABE NADA AL TODOS SABEN TODO

El reciente descubrimiento del engaño de la diputada del PP Noelia Núñez no es un hecho aislado en la política española. La falsificación de méritos y títulos, lamentablemente, no es una rareza en nuestro panorama institucional. Sin embargo, lo que ha seguido a esta revelación ha sido aún más llamativo. Una carrera contrarreloj para descubrir quién tiene más cadáveres académicos en el armario. Y así, en cuestión de horas, emergieron otros casos, entre ellos el de José María Ángel, dirigente del PSOE, comisionado para la DANA y con una larga trayectoria política.

Conviene dejar claro que el engaño es engaño, y no merece justificación. Lo grave en el caso de Núñez no fue solo la falsedad del currículum, sino la osadía de presentarlo como un simple “error”, despreciando la inteligencia de la ciudadanía. A eso se sumó un epílogo casi insultante. Su histriónica dimisión, fue el trampolín para convertirse en tertuliana de un medio de comunicación que, sin pudor, daba voz y espacio a una defraudadora. Un reciclaje exprés que retrata tanto a la protagonista como a quienes la acogen.

El caso de José María Ángel es distinto en forma y en fondo. Más de tres décadas de carrera pública como alcalde de La Eliana, funcionario de la Diputación de València, presidente de los socialistas en València y comisionado nacional para la DANA. En todo ese tiempo, nadie detectó irregularidad alguna en su currículum… hasta que estalló el escándalo Núñez. Qué casualidad o más bien, qué causalidad, que justo entonces aparezca la “bomba” contra él, auspiciada por la investigación de la Agencia Valenciana Antifraude, asumida después por la Fiscalía Anticorrupción. No resulta descabellado preguntarse si ha existido un pacto tácito de silencio entre partidos, un acuerdo de no agresión sustentado en mirar hacia otro lado ante falsedades conocidas. Si no, ¿cómo se explica que lo que se ha descubierto ahora permaneciera invisible durante treinta años?

Pero hay un elemento añadido que no conviene pasar por alto. El “descubrimiento” del fraude de Ángel ha funcionado como un auténtico aliviadero para Carlos Mazón, presidente de la Generalitat, que en los últimos meses ha visto erosionada su credibilidad por su gestión —o más bien, la falta de ella— ante los efectos de la DANA. No estamos hablando de un cargo menor, Ángel era el comisionado nacional para la DANA, y su caída ha desviado la mirada pública centrada en un presidente cuestionado y cuestionable, que se mantiene en el cargo más por los equilibrios internos y los intereses personales y políticos de su partido que por una legitimidad cimentada en la gestión, la dignidad o la ética. Aquí no se trata de decidir qué es peor, si el engaño curricular de hace treinta años o la gestión, la mentira y posterior actitud del Sr. Mazón en uno de los momentos más críticos para la Comunidad Valenciana. No todo puede medirse con el mismo rasero.

Insisto, cualquier engaño, merece condena, con independencia de quien lo cometa. Pero no se puede equiparar la carrera política, los logros o la catadura moral de una y otro. Lo que sí es comparable —y preocupante— es la utilización de estas trampas como artillería política, en un juego de destrucción mutua que convierte a sus ejecutores en sicarios sin escrúpulos. Esta práctica erosiona aún más la credibilidad de unas instituciones ya bastante dañadas, y revela una absoluta falta de ética en el ejercicio del poder.

Los aparatos de los partidos deberían ser los primeros garantes de la veracidad de los currículums de quienes aspiran a cargos públicos. No pueden hacerse los sorprendidos cuando estalla una mina colocada por el “enemigo” político. Si callaron antes, son corresponsables ahora. El problema de fondo es que seguimos confundiendo títulos con capacidad, competencias con compromisos, diplomas con dignidad. De ahí la tentación de inflar trayectorias para aparentar lo que no se es y disimular lo que se es en realidad.

Vivimos en un tiempo extraño. Del “nadie sabe nada” hemos pasado al “todos sabemos todo”. Pero no nos engañemos, nada de esto ocurre por casualidad. En política, como en la vida, no hay buenos y malos por definición. Hay personas dignas y honestas… y hay personajes oscuros, sin escrúpulos, para quienes la verdad no es más que un estorbo. Y lo peor es que, muchas veces, todos ellos comparten escenario.

La gran pregunta es por qué seguimos aceptando que este circo se mantenga. Porque mientras la ciudadanía asista como espectadora pasiva y permisiva al intercambio de golpes, en vez de exigir un estándar ético real, esta guerra de trincheras seguirá sirviendo para que los de siempre tapen sus vergüenzas entre sí y sigan jugando a un juego que nunca ganamos los demás. Y, en ese tablero, la mentira es la primera pieza que se pone en juego… y la última que se abandona.

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