INCENTIVOS PERVERSOS: UN MODELO SIN RUMBO

La Conselleria de Sanidad ha presentado un nuevo programa de productividad que, según sus responsables, busca premiar la eficiencia del personal sanitario. La fórmula es aparentemente sencilla. Más puntos para quienes reduzcan las listas de espera y el gasto en fármacos o material sanitario. Una ecuación lineal que esconde un problema de fondo, confundir el compromiso profesional con la lógica mercantil y trasladar a la ciudadanía la idea de que la atención en salud se puede regir por criterios de bonificación económica.

En teoría, nadie puede estar en contra de mejorar la accesibilidad o de hacer un uso racional de los recursos, como tampoco de incentivar a los profesionales de la salud. Las listas de espera y el gasto farmacéutico son dos de las variables que más condicionan la percepción de la calidad de la atención y la sostenibilidad del sistema. Pero convertir esos objetivos en requisitos imprescindibles para recibir una prima económica abre un dilema ético profundo.

La pregunta es obvia, si los profesionales pueden reducir las listas de espera a cinco días y disminuir la factura en medicamentos o productos sanitarios, ¿por qué no lo han hecho antes? La insinuación implícita es que no lo hicieron porque no quisieron, y no porque las condiciones estructurales del sistema lo impedían. Y ese planteamiento es, además de injusto, insultante para quienes sostienen día a día la sanidad pública con sobrecarga, precariedad y recursos limitados.

Dichos incentivos introducen un riesgo indeseable. Que la toma de decisiones se vea condicionada por la posibilidad de ganar o perder un extra salarial. ¿Se retrasará una derivación, se reducirá un tratamiento o se ajustará una indicación farmacológica o de material sanitario para alcanzar el objetivo económico? Confiamos en que los profesionales antepondrán siempre el bienestar de las personas, pero no es aceptable que la Administración les sitúe en la tesitura de tener que elegir entre lo que consideran mejor y lo que les permitirá cobrar más.

La propuesta tampoco resiste un análisis desde la perspectiva del trabajo en equipo. Si los criterios decisivos son la reducción de listas y de gasto en medicamentos, ¿qué papel juegan otras categorías profesionales? ¿Cómo se evaluará la aportación de otros profesionales de la salud que no sean los médicos? Más allá de las cifras, el riesgo es sembrar desconfianza y fracturas dentro de los equipos, fomentando comparaciones y tensiones donde debería primar la cooperación.

La perversidad de la propuesta se amplifica cuando se incluye a los equipos directivos entre los beneficiarios. Los gerentes podrán alcanzar hasta 6.000 euros adicionales si se cumplen los objetivos. Resulta evidente que ello no hará sino trasladar presiones verticales a los equipos de base, generando una cadena de exigencias que poco tiene que ver con la mejora real de la atención y mucho con la obediencia a las consignas que, actuando como correa de transmisión, permitan alcanzar unos resultados con los que sacar rédito político.

Conviene no perder de vista tampoco el contexto. La sanidad valenciana arrastra problemas estructurales. Falta de profesionales, infrafinanciación, modelos de gestión obsoletos, precariedad laboral y ausencia de planificación a medio y largo plazo. Ninguno de estos déficits se corrige con un sistema de incentivos ligado a parámetros tan discutibles, ni con promesas reiteradamente incumplidas a las que nos tienen acostumbrados. Al contrario, se corre el riesgo de agravar la desafección profesional, deteriorar la confianza de la población y, en última instancia, incrementar la desigualdad en la atención.

Es legítimo exigir eficiencia, pero no a costa de distorsionar la esencia de lo que significa cuidar y atender. La eficiencia en salud no puede medirse únicamente en euros ahorrados ni en menos días de espera. La verdadera eficiencia se construye fortaleciendo la Atención Primaria, dotando de recursos a los equipos, estabilizando plantillas, invirtiendo en promoción, prevención y salud comunitaria, definiendo los perfiles competenciales y generando condiciones que permitan trabajar con calidad, calidez y seguridad.

Lo que propone la Conselleria no es una política seria de mejora, sino una ocurrencia revestida de modernidad. Una trampa que traslada la carga de la culpa a los profesionales para ocultar la incapacidad de quienes deberían asumir la responsabilidad de reformar un sistema agotado. Y es también una falta de respeto. Al sugerir que la dedicación y la ética profesional necesitan el estímulo de un bonus para funcionar, se desvirtúa el sentido mismo de los profesionales.

El sistema sanitario no necesita profesionales de la salud convertidos en gestores económicos. Lo que requiere son profesionales respaldados y respetados por un sistema sólido, con medios suficientes y condiciones dignas para trabajar eficazmente. Lo que debería garantizar la Administración no son incentivos perversos, sino un modelo sanitario justo, equitativo, humanizado y sostenible.

La ciudadanía no pide listas de espera maquilladas ni tratamientos más baratos a cambio de incentivos. Reclama un sistema fuerte, confiable y humano. Un sistema que plantea pagar a sus profesionales para que sean “eficientes” en base a dichos criterios es un sistema que ha perdido el rumbo. La verdadera eficiencia nace de la ética, de la organización y de la justicia. Lo demás es comprar espejismos con dinero público y poner a los profesionales a los pies de los caballos.

LA POLÍTICA MESIÁNICA

Resulta difícil precisar el momento exacto en el que comenzó a gestarse la mutación. No hubo un día señalado ni un acontecimiento único, sino una acumulación de crisis, miedos y frustraciones que fueron abriendo paso a un cambio profundo. Lo cierto es que los modelos de democracia que, con todos sus defectos, habían sostenido durante décadas la convivencia y el equilibrio internacional, hoy se tambalean. Se mantienen las formas, pero se vacía el contenido. Se habla de libertad y derechos, pero se actúa contra ellos. Urnas, parlamentos, pluralidad, respeto siguen nombrándose, aunque cada vez con menos sentido real. Asistimos a la sustitución de la democracia por su caricatura, una escenografía de la representación sin sustancia ni ética.

El fenómeno adopta la forma de una religión política. Lo que antes eran principios compartidos —la división de poderes, la defensa de los derechos humanos, la convivencia en la diversidad— se ve desplazado por un credo nuevo. El Mesías de esta fe emergente se llama Donald Trump. Con un discurso populista, negacionista, alarmista y plagado de falsedades, ha sabido revestirse de un aura casi religiosa que le da apariencia de ungido. No habla, predica. No argumenta, profetiza. Su palabra se presenta como revelación, y sus seguidores la repiten con fervor litúrgico.

Todo Mesías necesita apóstoles, y Trump los tiene. Orbán en Hungría ha convertido la democracia en un cascarón autoritario que restringe la libertad de prensa y persigue a las minorías. Milei, en Argentina, mezcla la exaltación mesiánica con un neoliberalismo salvaje que promete redención a golpe de motosierra. Salvini en Italia, Abascal, Ayuso y Feijóo en España, Bukele en El Salvador… todos replican, con matices propios, el evangelio trumpista. Una doctrina que combina alarmismo con promesas de salvación, exclusión con una supuesta regeneración moral, y que se difunde como una evangelización reaccionaria a escala global.

Pero el éxito de esta nueva religión no se explica solo por sus líderes. Detrás hay un aparato mediático y digital que actúa como su iglesia difusora. Las redes sociales funcionan como templos de adoración permanente, donde los algoritmos amplifican los dogmas y castigan la disidencia. Los bulos sustituyen a los hechos; la emoción reemplaza al pensamiento; la viralidad, a la verdad. En este nuevo ecosistema, la manipulación se disfraza de libertad de expresión y la mentira se normaliza como una forma legítima de hacer política. Los populismos contemporáneos no se imponen por la fuerza, sino por la seducción, por la capacidad de colonizar la conciencia colectiva desde el miedo y la simplificación.

El paralelismo con la religión resulta inquietante. Este credo tiene mandamientos propios, catecismos alternativos y pecados diseñados a la medida de su doctrina. Los líderes populistas deciden quién es justo y quién pecador, quién es fiel y quién infiel, quién merece bendición y quién sanción. Lo que antes eran debates democráticos se transforman en juicios morales. El adversario político deja de ser un rival legítimo para convertirse en un enemigo al que hay que destruir. La crítica se convierte en herejía, y los herejes son señalados, humillados y perseguidos. No es algo nuevo —basta recordar la “inquisición anticomunista” de Joseph McCarthy en los años 50—, pero hoy sus efectos son más globales y corrosivos porque se apoyan en un sistema comunicativo planetario, sin filtros ni responsabilidades.

Como toda religión, también necesita sus ritos de santificación. Mártires políticos convertidos en héroes, seguidores ensalzados como ejemplos de pureza, víctimas elevadas a los altares de la propaganda. Todo envuelto en una escenografía diseñada para sustituir la razón por la devoción. La política se transforma en liturgia, el populismo en fe y el autoritarismo en dogma. El ciudadano deja de ser sujeto crítico para convertirse en creyente obediente, con la amenaza permanente de excomunión y castigo.

Sin embargo, el verdadero peligro no está solo en quienes predican este credo, sino en quienes lo toleran. El silencio cómplice de quienes deberían alzar la voz alimenta el fuego del fanatismo. Por ejemplo, el nuevo Pontífice de la Iglesia Católica, León VIV, oscila entre la equidistancia y el silencio ante hechos que contradicen los principios de su religión, incapaz incluso de llamar genocidio a lo que no puede denominarse de otra manera. Prefiere la homilía tibia antes que la denuncia clara, sin advertir que, mientras tanto, el nuevo Mesías y sus apóstoles redactan su propia encíclica política. Una encíclica reaccionaria que dicta la agenda mundial. Negando el cambio climático, justificando la violencia contra migrantes, recortando los derechos de las mujeres, atacando la libertad de expresión y banalizando, cundo no despreciando, la desigualdad.

Esa tibieza no se limita al ámbito religioso. Muchos gobiernos europeos practican también la equidistancia, temerosos de perder votos o de sufrir represalias económicas si plantan cara al populismo. En su cálculo, terminan reforzando lo que dicen combatir. Con su silencio, legitiman. Con su prudencia, normalizan. Y en esa normalización se juega el futuro de las democracias. La desidia institucional y la cobardía política se convierten así en las aliadas más eficaces del autoritarismo.

Mientras tanto, los seguidores del Mesías lo aplauden sin detenerse a reflexionar sobre el alcance de su doctrina. Otros callan, resignados o atemorizados. La consecuencia es una sociedad fragmentada: entre creyentes fervorosos y ciudadanos desconcertados; entre quienes confunden obediencia con libertad y quienes observan cómo sus derechos se diluyen sin apenas resistencia. El miedo, hábilmente administrado, reemplaza al pensamiento. El desencanto, a la participación. El ruido, a la razón.

El resultado más devastador de esta mutación no es solo político, sino cultural. La banalización del lenguaje ha contaminado el pensamiento colectivo: las palabras se vacían, los significados se distorsionan y el debate público se degrada hasta convertirse en un intercambio de consignas. La mentira deja de ser una excepción para convertirse en método; la ignorancia, en virtud; la agresividad, en forma de expresión legítima. En este contexto, la educación crítica se percibe como una amenaza, la cultura como un lujo y la reflexión como una pérdida de tiempo. Así se desarma a las sociedades: no con tanques ni fusiles, sino con golpes de Estado emocionales, mediáticos y simbólicos que colonizan las conciencias y neutralizan la razón.

La historia enseña que cuando la política se convierte en religión, la verdad se transforma en dogma y la disidencia en pecado. Entonces la democracia deja de ser una conquista para convertirse en una liturgia hueca. Si no reaccionamos a tiempo, los templos del populismo sustituirán a las instituciones democráticas, y el Mesías, rodeado de sus apóstoles, impondrá una fe que no precisa de razones, solo de sumisión.

GENOCIDIO, LA VUELTA, LA ONU Y LA DIGNIDAD DE UN PUEBLO

Las protestas que tuvieron lugar durante el recorrido de la Vuelta Ciclista a España contra la participación de un equipo israelí han abierto un nuevo frente de confrontación política. El Gobierno de España, con el respaldo de sus socios, expresó apoyo ante las movilizaciones ciudadanas. Frente a ello, la derecha de Feijóo y la ultraderecha de Abascal respondieron con críticas feroces, acusando al Ejecutivo de convertir la causa palestina en un instrumento de violencia política.

Pero más allá de la pugna partidista, lo que realmente está en juego es el posicionamiento ante la barbarie que se vive en Gaza. No hablamos de una disputa territorial ni de un conflicto bilateral; hablamos de un exterminio sistemático de la población civil palestina por parte del Gobierno israelí. Es precisamente esta realidad insoportable la que diferencia los discursos entre quienes se sitúan del lado del derecho internacional y los derechos humanos, denunciando el genocidio, y quienes prefieren el silencio, la tibieza o incluso el ataque a quienes lo denuncian.

En este contexto, la respuesta social ha resultado mucho más relevante que la crispación política. La ciudadanía española ha comenzado a sacudirse el letargo en el que parecía instalada y ha demostrado que es capaz de situarse por encima de las siglas y los cálculos electorales. En las calles de Madrid, del País Vasco, de Castilla y León o de Extremadura, la gente ha dicho con claridad que no acepta la normalización del genocidio ni el lavado de imagen de Israel a través de competiciones deportivas o eventos culturales. Ese despertar ciudadano sitúa la solidaridad, la dignidad humana y el compromiso ético en un lugar mucho más alto que las maniobras políticas interesadas.

Esa reacción social conecta con lo que ocurre en el escenario internacional. La reciente votación en la ONU mostró una mayoría de países reconociendo a Palestina como Estado y condenando el genocidio, nombrándolo expresamente o definiéndolo sin nombrarlo. Frente a esa mayoría, Estados Unidos, con su presidente al frente, volvió a ejercer su derecho de veto, bloqueando la presencia del presidente Mahmud Ridha Abás – al negarle el visado-, manteniendo su apoyo incondicional a Netanyahu y arremetiendo contra todos los países y mandatarios que reconocen a Palestina y denuncian el genocidio, al tiempo que descalificaba a la ONU y lo que representa. Posicionamiento al que acompañan un puñado de países amedrentados o fieles a los postulados de Trump. El resultado es una imagen patética de lo que hoy significa la ONU, una institución incapaz de garantizar la paz mundial, convertida en escenario de parálisis y complicidad. Mientras tanto, Trump se exhibe convencido de que será el próximo Premio Nobel de la Paz, en un ejercicio grotesco de cinismo político.

España tampoco es ajena a estas contradicciones. Mientras crecen las voces nacionales e internacionales que reconocen sin ambages el genocidio, dirigentes del PP como Aznar y Ayuso se han alineado abiertamente con Israel, negando la barbarie y presentando como radical o irresponsable cualquier denuncia contra Netanyahu. No hay ambigüedad en su postura, es clara y rotunda en apoyo al verdugo. Feijóo, en lugar de marcar un rumbo propio, se pliega a ellos, atrapado en su dependencia de Aznar y Ayuso, revelando más debilidad que liderazgo. El colmo de la incoherencia se vivió con la foto de Ayuso junto al equipo ciclista israelí mientras arreciaban las protestas por su presencia en la Vuelta, o con el reciente despliegue mediático en su audiencia a representantes israelíes, como si se tratara de un acto de reafirmación frente a la denuncia del genocidio. Todo ello mientras diferentes dirigentes autonómicos del PP empiezan a desmarcarse de la línea oficial, reconociendo el genocidio. La cúpula del PP queda así al descubierto, sin criterio, sin coherencia y sin una mínima sensibilidad hacia las víctimas.

En paralelo, algunos analistas insisten en que Pedro Sánchez está “asumiendo un gran riesgo” con su posicionamiento en favor de Gaza y contra la política israelí. Conviene recordar que riesgo significa la posibilidad de que ocurra un daño o una pérdida. Si lo aplicamos con rigor, resulta difícil sostener que denunciar un genocidio sea un riesgo. Lo que constituye un riesgo, real y devastador, es el genocidio en sí mismo. Denunciarlo no multiplica el riesgo, sino que lo combate. Igual que en la lógica matemática una doble negación equivale a una afirmación, en este caso el “doble riesgo” —el del genocidio y el de denunciarlo— no puede convertirse en excusa para la inacción. Es, por el contrario, una exigencia política, humana y moral.

Quienes acusan al Gobierno de actuar con temeridad no hacen sino desplazar el foco. Lo incoherente, lo verdaderamente peligroso, es apoyar, directa o indirectamente, la ocupación y la violencia de Israel. Negar la evidencia de un genocidio o mirar hacia otro lado no es neutralidad, sino complicidad. La historia enseña que la complicidad con quienes cometen atrocidades nunca se borra con el paso del tiempo. Queda marcada como una herida moral que generaciones futuras recuerdan con vergüenza.

También el mundo del deporte se ha visto retratado en este escenario. Resulta especialmente revelador que la Unión Ciclista Internacional criticara al Gobierno español por no condenar las protestas ciudadanas. Esa reacción muestra, una vez más, la prioridad que algunas instituciones otorgan a los intereses económicos y mediáticos frente a la defensa de la dignidad humana. Pero no se trata solo de la UCI, la propia organización de la Vuelta a España se escudó en que actuó así por imposición de la UCI, asumiendo de hecho los mismos postulados. Proteger intereses económicos y de imagen por encima de la denuncia de la barbarie. Proteger la “imagen” de un país mientras ese mismo país destruye la vida de miles de personas es una perversión moral que erosiona la credibilidad no solo del deporte, sino de cualquier organismo internacional que se preste a este juego.

Lo que hemos visto estos días en distintas ciudades de España no es solo una protesta puntual. Es la expresión de una conciencia social que se niega a aceptar la impunidad. Es la constatación de que el pueblo, al margen de sus diferencias políticas, reconoce que hay momentos en que callar es insoportable. Y es también la afirmación de que la solidaridad con Palestina no es antisemitismo, sino la defensa de lo más básico que compartimos como humanidad: la vida, la justicia y la dignidad.

Sentir orgullo de ser español no debería depender de un acontecimiento deportivo ni de una bandera agitada en un balcón. Debería depender de lo que hemos visto estos días, la capacidad de la ciudadanía de situar la humanidad por encima de las siglas y de los intereses partidistas. Porque cuando se denuncia el genocidio y se rechaza el blanqueo de quienes lo cometen, no se actúa contra nadie, se actúa a favor de todos. Y esa es, quizá, la mayor lección que podemos extraer de estas protestas y de este momento histórico que, frente al horror, la dignidad no es una opción, es un deber colectivo. Y que quienes se niegan a reconocerlo y respetarlo, no merecen ser representantes de la ciudadanía.

EL CUIDADO A TRAVÉS DEL CINE

“El cine es un espejo pintado.”

Ettore Scola[1]

Todavía resuenan en el aire las últimas notas de aquella canción que parecía susurrarnos al oído. La música, con su capacidad de envolvernos en una intimidad única, nos había conducido hasta un territorio de memoria, emoción y reflexión. Pero como toda melodía, también se desvanece, dejando tras de sí un silencio expectante. En ese silencio damos un paso más, salimos del espacio sonoro y nos adentramos en otro escenario, la sala de cine.

El tránsito no es brusco. Llevamos todavía las vibraciones en la piel cuando atravesamos el vestíbulo iluminado, recogemos la entrada y nos dejamos guiar hacia un pasillo en penumbra. Hay un murmullo contenido de conversaciones, un olor mezcla de palomitas y moqueta vieja, un aire frío que contrasta con el calor exterior. Poco a poco, las luces se atenúan y lo cotidiano se convierte en ritual. Los móviles iluminan la oscuridad para ser silenciados, las butacas se ocupan, los cuerpos se disponen a entrar en otro tiempo.

La pantalla en blanco, inmensa, ocupa el lugar central como un lienzo dispuesto a recoger luces y sombras. Si la música nos había acompañado en soledad, ahora el cine nos invita a una experiencia comunitaria, la de mirar en grupo, de emocionarnos en paralelo, de reír o llorar sabiendo que a nuestro lado alguien más está sintiendo lo mismo. Sin embargo, esa experiencia compartida sigue siendo íntima, cada espectador, en el interior de sí mismo, construirá un relato distinto a partir de las mismas imágenes.

El cine, como la música, tiene la capacidad de hacer transcendente lo cotidiano. Allí donde los cuidados suelen quedar relegados —en los márgenes, en lo cotidiano, en lo que no llama la atención—, la cámara puede detenerse y mostrarlos. El paso de la vibración sonora a la imagen en movimiento no es, por tanto, un cambio de lenguaje, sino la complementariedad de una misma búsqueda porque la música acompañará a la imagen para hacerla más intensa, más atractiva, más tensa o más vibrante. Porque permiten, de manera acompasada, descubrir en el arte el reflejo de quienes cuidan sin ser vistos, de quienes sostienen la vida desde la sombra. La oscuridad de la sala se convierte así en un umbral. Dejamos atrás el mundo conocido y nos disponemos a entrar en un territorio donde el cuidado, tantas veces negado o ignorado, puede hacerse visible en el rostro de un personaje, en un gesto mínimo, en un silencio cargado de sentido, o en una palabra que acompaña.

El cine como narrador de lo invisible

El cine ha sido siempre un gran contador de historias, capaz de condensar en imágenes lo que a menudo se nos escapa en la realidad cotidiana. Con sus artificios y recursos, con sus juegos de luces, ángulos y silencios, nos permite ver aquello que en la vida diaria pasa desapercibido. Los cuidados encuentran en la pantalla un espacio inesperado para ser narrados. A veces de manera explícita, otras de modo tangencial, pero siempre reveladores.

Pensémoslo un instante: ¿cuántas veces recordamos de una película la trama completa, las grandes frases, o su banda sonora, y sin embargo queda en nuestra retina y nuestra memoria, un gesto pequeño que nos atravesó? Un hombre que acompaña en silencio los recuerdos perdidos de su compañera, un amigo que acude a la llamada de quien afronta una pérdida, alguien que ayuda a otra persona a superar el sufrimiento de un problema. El cine, con su poder de detener la mirada, nos enseña a dar importancia a esos instantes mínimos que sostienen la vida y que rara vez tienen un lugar en los discursos grandilocuentes de la sociedad.

Lo invisible en el cine se presenta como lo que no suele tener nombre, lo que no se busca destacar, pero cuya ausencia rompería el equilibrio de toda historia. Una mano que acaricia, una mirada que anticipa una necesidad, un silencio que respeta un dolor. Son escenas que no aparecen en los carteles ni en los tráileres, pero que, al quedar registradas en la memoria del espectador, adquieren un poder enorme porque nos recuerdan que la vida no se sostiene en grandes actos, sino en la constancia callada de quienes cuidan.

El cine, además, puede prolongar donde el ojo cotidiano se distrae. Una cámara que se queda fija en un rostro devastado por el dolor de una desgracia, en unas manos temblorosas que buscan apoyo, en un cuerpo frágil sostenido por otro cuerpo. Esa insistencia de la mirada fílmica nos incomoda y nos educa al mismo tiempo. Nos obliga a ver lo que preferiríamos evitar, a contemplar la vulnerabilidad que habitualmente nos esforzamos en esconder.

Y aunque no siempre exista la intención consciente de mostrarlo, el cine termina por convertirse en un espejo de lo humano. En él descubrimos que los cuidados atraviesan todas las historias, desde los grandes dramas hasta las narraciones más íntimas. Incluso en aquellas películas que parecen hablar de otra cosa —la guerra, la soledad, la pérdida, la pobreza, la migración—, el cuidado aparece como un hilo secreto, sin el cual la historia perdería sentido. Esa condición latente del cuidado en el cine nos invita a reconocer que, también en la vida real, lo que sostiene a las sociedades no son solo los grandes discursos, sino la red indispensable de cuidados que las atraviesa.

Quizás por eso, al salir de la sala, lo que nos acompaña no siempre es la espectacularidad de los efectos ni el giro inesperado de la trama, sino esa escena breve en la que alguien cuidaba de otro. Lo sutil se convierte en lo inolvidable. Y es entonces cuando comprendemos que el cine no solo entretiene. También nos enseña a mirar de otra manera la fragilidad humana y el poder transformador de los cuidados.

Escenas de cuidado en la gran pantalla

Hablar de cuidados en el cine no es hacer una lista de películas que los representan, sino descubrir un hilo profundo que recorre muchas de ellas, aun cuando no lo nombren de manera explícita. Es preguntarnos qué papel juega el cuidado en esas historias, qué mirada lo ilumina y qué silencios lo ocultan. Es, en definitiva, reconocer que cada vez que una cámara se detiene en la fragilidad, nos está ofreciendo una lección sobre la dignidad, sobre la compasión, sobre el cuidado.

En Amour de Michael Haneke[2], la intimidad de una pareja de ancianos muestra la frontera difusa entre amor y agotamiento, entre ternura y desesperación. Ese cuidado extremo, casi asfixiante, nos recuerda que acompañar al final de la vida implica también mirarse a uno mismo al borde del abismo. Y ese eco encuentra un diálogo inquietante en Wit-Amar la vida[3] de Mike Nichols, donde la deshumanización hospitalaria convierte a una mujer culta y autónoma en objeto de estudio y dependiente, y solo una enfermera devuelve algo de humanidad al final del camino. Dos películas distintas que se responden. Una muestra el cuidado absorbente que devora al cuidador, la otra el cuidado enfermero que rescata la dignidad. En esa tensión se cifra una de las preguntas esenciales del cine sobre el cuidar: ¿qué significa sostener al otro sin desaparecer en el intento?

Roma[4], de Alfonso Cuarón, nos obliga a mirar los cuidados atravesados por la desigualdad. Cleo cuida porque no tiene alternativa, porque su condición de mujer indígena y trabajadora doméstica la sitúa en el margen. Su gesto heroico en la playa, salvando a los niños, es el punto culminante de un trabajo invisible que sostiene la vida de otros sin reconocimiento. Y esa escena dialoga con Azul oscuro casi negro[5] de Daniel Sánchez Arévalo, donde el protagonista ve su juventud devorada por la obligación de cuidar a su padre enfermo. Dos contextos distintos, un mismo dilema. Cuando el cuidado no es una elección, sino un destino impuesto, ¿qué espacio queda para el proyecto vital de quien cuida?

En La lengua de las mariposas[6] de José Luis Cuerda, el cuidado adopta la forma de educación, de vínculo que alimenta la libertad. Don Gregorio cuida enseñando a pensar, a mirar el mundo con ojos propios. Ese cuidado, tan político como íntimo, es destruido por la violencia del odio. Años más tarde, en Hable con ella[7], Almodóvar muestra otra cara, el cuidado como presencia obsesiva, como entrega que se desborda hasta la invasión. El espectador, incómodo, se ve obligado a preguntarse: ¿hasta qué punto el cuidado puede confundirse con dominación? ¿Dónde está la línea entre acompañar y poseer? El cine, al poner estos contrastes, no nos ofrece respuestas fáciles, pero sí nos obliga a cuestionar nuestras certezas.

La habitación del hijo[8], de Nanni Moretti y Siempre Alice[9], de Richard Glatzer, Wash Westmoreland, nos acercan al cuidado emocional en el duelo y en la pérdida progresiva de la memoria. En ambas, lo insoportable se hace visible. La ausencia del hijo, la disolución de la identidad. El cuidado aquí no es curar, sino estar, sostener, compartir el dolor sin pretender borrarlo. Estas películas se convierten en auténticas pedagogías de la mirada, nos muestran que cuidar es, muchas veces, resistir juntos a la desolación.

El desconcierto de la vejez y la demencia aparece con fuerza en El Padre[10], de Florian Zeller, donde la cámara nos arrastra al interior de la mente confusa de un hombre mayor. El espectador experimenta la pérdida de referentes, la angustia de no reconocer a los suyos. Y en ese vértigo, el cuidado aparece como tarea ingrata y esencial, reconstruir una y otra vez un mundo seguro para quien lo ha perdido todo. Esa misma tensión entre fragilidad y compasión recorre Million Dollar Baby[11], de Clint Eastwood y Mar adentro[12], de Alejandro Amenábar, donde el límite del cuidado se sitúa en la decisión de dejar partir. ¿Puede el cuidado incluir el acto radical de liberar al otro de una vida que ya no desea? El cine, al plantear estas historias, abre debates éticos que atraviesan también la práctica enfermera.

Y en La vida secreta de las palabras[13], Isabel Coixet nos recuerda que cuidar no es solo dar, sino también sanar heridas propias. La mujer que cuida al trabajador herido es, precisamente, una enfermera, alguien que, desde su profesión, encarna la tensión entre el cuidado profesional y la fragilidad personal. Ella carga con su propia historia de dolor, y en el acto de cuidar encuentra una forma de recomponer su identidad quebrada. Aquí el cuidado se revela como experiencia mutua, como intercambio de vulnerabilidades que transforma tanto al que recibe como al que ofrece.

Cada una de estas películas, en diálogo entre sí, compone un mosaico de lo que significa cuidar en distintas circunstancias: en la vejez, en la enfermedad, en el duelo, en la desigualdad, en el amor y en la desesperación. El cine, con su poder de narrar lo invisible, nos muestra que el cuidado no es un gesto aislado, sino el verdadero sostén de la vida humana. Y al hacerlo, nos invita a mirarnos en el espejo: ¿qué lugar damos en nuestra sociedad a esos cuidados que en la pantalla nos conmueven, pero en la realidad tantas veces despreciamos?

El cine como pedagogo de la sensibilidad

El cine no solo refleja los cuidados, también educa nuestra manera de mirarlos. La experiencia de sentarse en una sala oscura no es neutra, moldea la sensibilidad del espectador, despierta emociones dormidas, obliga a enfrentarse a realidades que quizá prefiere mantener lejos. Cuando vemos a Georges cuidar de Anne en Amour1 o a Susie sostener a la protagonista de Wit2, no somos testigos distantes; estamos siendo formados en una pedagogía de la empatía. La incomodidad, las lágrimas, incluso el rechazo que sentimos son parte de un aprendizaje que va más allá del entretenimiento.

Desde una mirada enfermera, esta pedagogía adquiere otra dimensión. Quien se dedica profesionalmente a cuidar encuentra en esas escenas no solo emoción estética, sino resonancia con su práctica diaria. En Wit2, la enfermera que ofrece un helado y escucha en silencio encarna la esencia del cuidado enfermero, sostener donde la técnica abandona, cuidar cuando la ciencia ya no cura. El cine, sin pretenderlo, devuelve a la enfermería un espejo en el que reconocerse, aunque ese reconocimiento llegue de manera fragmentada y excepcional.

El cine actúa como un espejo pedagógico porque nos expone a la vulnerabilidad ajena y, por extensión, a la propia. Nos recuerda que la fragilidad no es excepción, sino condición humana. En este sentido, películas como Siempre Alice8 o El Padre9 cumplen una función social que va más allá del relato personal. Nos entrenan para mirar la demencia y la pérdida no como rarezas, sino como experiencias que podrían habitar nuestra propia vida o la de quienes amamos. Para una enfermera, ver esas escenas es también un ejercicio de reflexión profesional, cómo acompañar sin imponer, cómo sostener sin anular, cómo encontrar recursos cuando los manuales no bastan.

Además, el cine nos educa en la ambigüedad del cuidado. Hable con ella6 nos confronta con la línea difusa entre presencia y abuso, entre acompañar y apropiarse del otro. Esa incomodidad que sentimos al mirar la película es también una lección, porque cuidar exige ética, límites claros, reconocimiento del otro como sujeto y no como objeto. Para la enfermera, esta lección es vital: recordar que el poder de cuidar conlleva siempre la responsabilidad de no invadir, de no suplantar la autonomía de la persona.

La función pedagógica del cine no se agota en mostrarnos escenas de cuidado. Se amplifica en la capacidad de hacernos sentir parte de ellas. El espectador se conmueve, pero la enfermera que mira lleva esa experiencia al terreno de su práctica, se pregunta cómo traducir esa emoción en acción, cómo transformar la incomodidad en criterio profesional. En El Padre9, por ejemplo, la confusión y el desconcierto obligan a ensayar una empatía radical, acompañar desde la paciencia, desde la humildad de aceptar que el mundo del otro ya no coincide con el nuestro.

Hay una pedagogía aún más radical: la de enfrentarnos a nuestros propios miedos. Million Dollar Baby10 y Mar adentro11 nos sitúan frente a la pregunta incómoda sobre los límites del cuidado: ¿hasta dónde es legítimo prolongar una vida que ya no se desea? ¿es cuidado sostener a toda costa o liberar del sufrimiento? ¿es lícito o ético acogerse a la objeción de conciencia? Estas películas no nos ofrecen respuestas, pero nos educan en la duda, en la necesidad de pensar el cuidado también como un espacio ético donde la libertad y la compasión se entrelazan de manera compleja. Para la enfermera, que acompaña a diario decisiones límite, estas escenas son una oportunidad de reflexión crítica sobre la propia práctica.

El cine también puede ser un espacio de reparación simbólica. En La vida secreta de las palabras12, la enfermera que cuida a un hombre herido encuentra, en ese acto, una vía para reconstruir sus propias heridas. El espectador descubre que cuidar no es unidireccional, que en el acto de ofrecer también se recibe. Para las enfermeras, esta representación es especialmente poderosa: muestra cómo el cuidado profesional no borra la condición humana de quien cuida, sino que la integra, convirtiendo la vulnerabilidad compartida en fuerza.

Cada vez que el cine nos incomoda al mostrar un cuerpo deteriorado, una dependencia extrema o una decisión límite sobre la vida y la muerte, nos está educando en la sensibilidad moral. Nos invita a abandonar la indiferencia, a reconocer la dignidad del otro, a preguntarnos qué haríamos nosotros en ese lugar. Para la enfermera, estas escenas son también un recordatorio de que su práctica no es solo técnica, sino profundamente ética y humana. Esa pedagogía silenciosa, tejida de emociones y de imágenes, es quizás uno de los mayores aportes del cine a la cultura del cuidado.

En última instancia, el cine nos enseña a mirar. Y mirar es ya un acto de cuidado. Porque quien mira con atención reconoce, legitima, hace existir. La cámara que se detiene en una caricia o en un suspiro nos entrena para ver esos mismos gestos en la vida real. Nos prepara, quizá sin saberlo, para ser más humanos, más capaces de cuidar y de dejarnos cuidar.

La imagen de las enfermeras en el cine

Mirar el cine desde una mirada enfermera es comprobar hasta qué punto la pantalla ha moldeado —y a veces encorsetado— la percepción social de la profesión. No se trata solo de detectar errores técnicos o anécdotas de utilería, sino de descifrar el código profundo con el que el cine ha contado (o ha omitido) el trabajo de cuidar. Durante décadas, la enfermera ha sido filmada a través de tres lentes recurrentes: la del ángel maternal que consuela, la del objeto sexualizado que adorna y la de la subordinada obediente que ejecuta órdenes ajenas. Tres miradas que comparten una raíz: el cuidado visto como extensión “natural” de lo femenino y no como saber experto, pensamiento científico y responsabilidad autónoma.

La cámara, casi siempre aliada del héroe médico, acompasa su movimiento a la bata blanca que decide y diagnostica; la enfermera, en cambio, entra y sale de plano como una presencia funcional. Deja material, toma constantes, desaparece. Si el médico encarna la épica del instante —el gesto espectacular que salva—, la enfermera habita la ética del tiempo —la constancia que sostiene—. Pero el tiempo del cuidado es un tiempo difícil de filmar, no estalla, no grita, no culmina en un clímax; avanza en capas de escucha, educación, reevaluación, acompañamiento, compasión. El cine, impaciente por naturaleza, ha preferido muchas veces la pirueta narrativa a la respiración larga del cuidado. Y así, la enfermera queda fuera de foco.

Hay además una genealogía de estereotipos que el cine ha repetido hasta convertirlos en sentido común. El arquetipo del “ángel” dulcifica y desactiva. Convierte la competencia en ternura innata, la pericia en vocación sacrificada, el juicio clínico en intuición maternal. El arquetipo sexualiza y trivializa a través de uniformes ajustados, coqueteos de pasillo, la insinuación como rasgo de carácter. El arquetipo de la villana disciplinaria —la jefa que controla y castiga— proyecta sobre la enfermera el malestar de instituciones rígidas, como si la violencia del sistema fuera atributo natural de quien gestiona el cuidado aparece la figura siniestra: la enfermera rígida, autoritaria, incluso sádica, como en Alguien voló sobre el nido del cuco[14], de Milos Forman. Entre esos polos —el ángel, la tentación, la villana— apenas queda espacio para una representación veraz de lo que significa ser enfermera en el mundo contemporáneo. . En los tres casos, la profesional desaparece: no hay lenguaje propio, ni toma de decisiones, ni responsabilidad ética compleja; solo roles al servicio de la trama.

Desde la práctica enfermera, estas representaciones no son inocuas: condicionan expectativas sociales, moldean relaciones en los espacios de atención, informan la autoestima profesional y, no pocas veces, legitiman desigualdades dentro de los equipos. Si el público cree que “cuidar” es solo acompañar con dulzura, cualquier decisión de la enfermera parecerá intrusiva; si asume que su papel es decorar la escena, su voz será prescindible; si la imagina como agente de control, toda acción de seguridad de la persona será percibida como frialdad. El cine no solo refleja, también produce realidad simbólica.

Hay, sin embargo, fracturas luminosas en ese relato. Wit-Amar la vida2 coloca a una enfermera —Susie— en el centro moral de la historia, es su escucha la que rehumaniza una medicina deslumbrada por su propia técnica. No es un “ángel” abstracto, es criterio, presencia, palabra que protege, decisión que acompaña. Y en La vida secreta de las palabras12, el cine por fin nombra. La mujer que cuida es enfermera. No una “chica compasiva”, sino una profesional que, aun arrastrando su propio trauma, sostiene desde la competencia y el silencio el restablecimiento del otro. Son dos gestos importantes que devuelven a la enfermera su nombre y su densidad humana.

Pero conviene no engañarse, incluso cuando el cine quiere dignificar, a menudo resbala hacia el cliché. En no pocas películas bélicas o melodramas hospitalarios, la enfermera aparece como figura abnegada cuya virtud consiste en desaparecer en el sacrificio. Queda intacto el reparto tradicional. La autoridad clínica, masculina; la contención emocional, femenina. El supuesto “homenaje” perpetúa la asimetría. La contradicción se hace evidente: el cine pretende ensalzar a quien cuida, pero lo devuelve al lugar de lo accesorio, de lo que sostiene sin contar.

Hay también representaciones de signo opuesto que han hecho daño: la enfermera como amenaza. La pantalla ha utilizado su cercanía al sufrimiento para alimentar narrativas de control o de violencia (la “guardiana” que somete, el “profesional” que oculta). Cuando esa veta se convierte en género —el thriller sanitario, el morbo hospitalario—, la profesión queda atrapada entre el miedo y la sospecha. La mirada enfermera reclama matiz. Sí, existen abusos y fallas éticas en todas las profesiones, y deben ser contadas; pero cuando el cine convierte la excepción en norma, deja de mirar la realidad para alimentar un prejuicio.

Más allá de los arquetipos, el mayor ausente es el conocimiento enfermero. Rara vez vemos el proceso de atención integral, el juicio profesional que prioriza riesgos, la planificación de cuidados, la comunicación terapéutica, la educación para la salud, la coordinación interprofesional, la gestión de cuidados complejos, la investigación aplicada. La cámara no entra en las reuniones de enfermería, no filma los las transiciones, no escucha la negociación con la familia, no muestra la prevención como éxito. El éxito cinematográfico necesita un “antes y después” evidente; el éxito enfermero, casi siempre, es que “no pase nada”, que no haya caídas, infecciones evitables, delirium no detectado, dolor no tratado. ¿Cómo filmar lo que no sucede porque alguien, a tiempo, lo evitó? Ese es el desafío estético pendiente.

También pesa el sesgo de clase, género y raza en la representación. Cuando la película retrata a una enfermera racializada o migrante, con frecuencia lo hace desde la servidumbre o el exotismo; cuando muestra a un varón enfermero, tiende a convertirlo en chiste, en excepción heroica o en el médico que quiso y no pudo ser. La realidad es más compleja. Equipos interprofesionales en los que mujeres y hombres, personas locales y migrantes, sostienen con saber y esfuerzo un sistema que funciona gracias a su trabajo, competencia y conocimiento. El cine que no reconoce esa diversidad replica, sin quererlo, las jerarquías que dice criticar.

Desde la mirada enfermera, lo que falta no es “buen corazón” en los guiones, sino estructura narrativa para contar el cuidado sin traicionarlo. Filmar la autonomía profesional no exige discursos grandilocuentes, sino decisiones visibles. Una valoración que cambia un plan terapéutico, una intervención educativa que previene un reingreso, una negociación ética sobre límites y voluntades anticipadas, una necesidad de afrontamiento ante un problema de salud, una escucha activa para identificar necesidades. Hay cine en todo eso, si la cámara se atreve a mirarlo.

Podrían sumarse otras miradas que, sin ser perfectas, abren grietas. Historias donde la enfermera es denunciante ante una mala praxis, líder de un equipo comunitario, referente de educación para la salud, investigadora que traduce evidencia en práctica, profesional que decide y coordina en urgencias. Cada una de esas figuras rompe un nudo del estereotipo. Muestra que cuidar es pensar, decidir, sostener y, a veces, resistir frente a estructuras que deshumanizan.

Escribir esto con el alma implica también hablar del costo. La pantalla pocas veces filma el cansancio que no se confiesa, la culpa que pesa cuando la muerte llega a pesar de todo, la soledad después de una jornada imposible, la risa cómplice que salva a un equipo en medio del caos, la herida moral de ver cómo el sistema recorta tiempo precisamente allí donde más falta hace. Quien mira como enfermera sabe que cuidar es un verbo valiente. Te coloca cerca del dolor sin blindajes. Esa cotidianidad —sin focos ni banda sonora— merecería, alguna vez, primer plano.

Por eso, cuando pedimos otra imagen de las enfermeras en el cine, no pedimos propaganda ni hagiografías; pedimos verdad. Una verdad que cabe en una secuencia bien mirada: una enfermera que entra en una habitación, baja el tono de la luz, toca el timbre del dolor, negocia con la familia, revisa el plan de cuidados, detecta un riesgo, actúa a tiempo, documenta, explica, acompaña. No hay épica estridente ahí; hay humanidad competente. Eso, justamente, es lo que más se parece a la vida. Y es también lo que el cine, si quiere estar a la altura, tendría que atreverse a contar.

En el recorrido por las películas que hacen visible lo invisible del cuidado, merece detenerse también en dos títulos que tensionan los límites mismos de la ética y la compasión. Johnny cogió su fusil[15], de Dalton Trumbo, nos enfrenta a un cuerpo reducido a la conciencia y atrapado en la parálisis absoluta. Allí, la enfermera no es figura decorativa o intrascendente. Es ella quien logra establecer una forma de comunicación con el protagonista y quien se convierte en cómplice silenciosa de su deseo de morir. Su cuidado no consiste en prolongar lo intolerable, sino en escuchar lo indecible, en satisfacer necesidades que es incapaz de hacer por él mismo, en arriesgarse a respetar la voluntad ajena frente a un sistema que solo sabe prolongar. La película coloca así al cuidado en el lugar más difícil, el de acompañar incluso cuando el sentido está en soltar.

De modo distinto, Las invasiones bárbaras[16], de Denys Arcand, retrata un final de vida envuelto en redes familiares y de amistad, pero también sostenido por profesionales. La enfermera aquí no es tampoco adorno ni presencia etérea. Es la que facilita de manera discreta los materiales necesarios para que el protagonista pueda aliviar el dolor en su tránsito hacia la muerte. Su gesto revela cómo, en ocasiones, el mayor acto de cuidado es proveer alivio y respetar la autonomía, aunque ello suponga traspasar las fronteras normativas. Ambas películas recuerdan que el cine, cuando se atreve, puede mostrar la dimensión ética más radical del cuidar, reconocer que la vida no siempre se mide en tiempo, sino en dignidad.

Desde la crítica enfermera, habría que preguntarse: ¿qué historias se han dejado de contar por mantener esos clichés? ¿Cuántas películas podrían haber mostrado a enfermeras liderando equipos, investigando, tomando decisiones críticas, acompañando en comunidades, transformando entornos de salud? ¿Por qué casi nunca vemos esas escenas en pantalla? La respuesta es, porque la enfermera sigue siendo vista desde una mirada médica y patriarcal que la necesita subordinada para mantener su hegemonía.

Sin embargo, el cine también puede ser un espacio de transformación. Al mostrar, aunque sea de manera fragmentaria, la potencia del cuidado enfermero, abre la posibilidad de imaginar otros relatos. Lo que necesitamos son narrativas que presenten a las enfermeras como lo que son, profesionales con conocimiento propio, capaces de sostener la vida no solo en hospitales, sino en domicilios, en comunidades, en contextos de exclusión y vulnerabilidad. Relatos que muestren que el cuidado no es solo ternura femenina, sino ciencia aplicada, ética encarnada, política cotidiana.

Escribir con el alma sobre las enfermeras en el cine es reconocer la herida de su invisibilidad, pero también la esperanza de un futuro distinto. Cada vez que una enfermera aparece reducida a un cliché, perdemos una oportunidad de educar la mirada social sobre lo que significa cuidar. Y cada vez que una película se atreve a mostrarla en toda su complejidad, se abre una grieta luminosa que dignifica no solo a la profesión, sino al ser humano. Porque mirar a la enfermera con justicia en la pantalla es, al fin y al cabo, aprender a mirar mejor el cuidado en la vida real.

Hacia un cine del cuidado visible

Pensar el futuro del cine desde la mirada enfermera implica preguntarse qué historias faltan y qué imágenes podrían reparar décadas de silencios y estereotipos. Falta un cine que filme la inteligencia colectiva de los equipos, el arte de organizar un cuidado complejo, la creatividad con que las enfermeras diseñan estrategias para humanizar lo que la técnica enfría. Falta un cine que muestre que la ciencia del cuidado no es secundaria, sino condición para que la sanidad funcione. Que la investigación enfermera no es curiosidad, sino herramienta de supervivencia poblacional. Que la educación para la salud no es adorno, sino política pública cotidiana.

Ese cine del cuidado visible tendría que aprender a filmar la lentitud y la continuidad, a narrar lo que no sucede porque alguien lo previno, a darle dramatismo a la prevención sin necesidad de catástrofe. Tendría que atreverse a colocar la cámara en la periferia de un hospital, en un centro de salud comunitario, en un domicilio donde una enfermera negocia con la familia rutinas, miedos y esperanzas. Tendría que dar protagonismo a las palabras pequeñas, a los gestos reiterados, a la ética de lo cotidiano. En definitiva, tendría que desplazar el foco de la espectacularidad médica a la trascendencia del cuidado.

La narrativa audiovisual posee el poder de transformar imaginarios colectivos. Cuando una película cambia nuestra manera de nombrar, también cambia nuestra manera de vivir. Si el cine consigue que el público vea en la enfermera no solo ternura, sino conocimiento; no solo obediencia, sino liderazgo; no solo sacrificio, sino agencia ética, entonces habrá contribuido a reparar una deuda histórica. Habrá abierto un horizonte donde la enfermera exista en la pantalla como lo que ya es en la vida: una profesional científica, humana y decisiva.

Cerrar los ojos tras los créditos y salir de la sala conmovidos no basta. El reto es que la emoción se convierta en conciencia y que la conciencia se transforme en reconocimiento social. Solo así podremos decir que el cine, además de entretener, ha cuidado. Porque visibilizar el cuidado —nombrarlo, narrarlo, dignificarlo— es también una forma de cuidar a quienes cuidan.

[1] Director de cine italiano, representante de la commedia all’italiana (1931-2016)

[2] https://www.filmaffinity.com/es/film768126.html

[3] https://www.filmaffinity.com/es/film188028.html

[4] https://www.filmaffinity.com/es/film850453.html

[5] https://www.filmaffinity.com/es/film536424.html

[6] https://www.filmaffinity.com/es/film545489.html

[7] https://www.filmaffinity.com/es/film780724.html

[8] https://www.filmaffinity.com/es/film976572.html

[9] https://www.filmaffinity.com/es/film249518.html

[10] https://www.filmaffinity.com/es/film701512.html

[11] https://www.filmaffinity.com/es/film314359.html

[12] https://www.filmaffinity.com/es/film936995.html

[13] https://www.filmaffinity.com/es/film492064.html

[14] https://www.filmaffinity.com/es/film371621.html

[15] https://www.filmaffinity.com/es/film746268.html

[16] https://www.filmaffinity.com/es/film157991.html

MÁS CUIDADOS Y MENOS PASTILLAS

Vivimos en una sociedad marcada por la prisa y la búsqueda constante de placer inmediato. El hedonismo y la inmediatez se han convertido en un patrón cultural que impregna casi todos los aspectos de nuestra vida, incluida la manera de entender la salud. Queremos resolver cualquier malestar —físico, mental, social o incluso espiritual— con soluciones rápidas y aparentemente milagrosas. Una pastilla que calme, una cirugía que elimine o modifique, un suplemento que prometa bienestar instantáneo o modele el cuerpo ideal. Se ha establecido un umbral de sufrimiento muy bajo, la tolerancia a la incomodidad parece mínima y la asunción del paso del tiempo y sus consecuencias se rechaza. No hay tiempo para esperar, ni voluntad para afrontar un proceso, ni una evolución lógica. Lo que se demanda es un remedio inmediato que permita seguir sosteniendo ese modelo de felicidad de escaparate, concentrado más en selfies y redes sociales que en la convivencia y las relaciones humanas.

El mantra colectivo se resume en una frase: “quiero una solución rápida, eficaz y duradera que no me suponga esfuerzo ni sacrificio”. Sin embargo, lo que se presenta como modernidad y progreso encierra una peligrosa trampa, la dependencia de una salud entendida como consumo.

Además, la industria farmacéutica y el lobby médico, han convertido los fármacos y la asistencia médica en negocio y en símbolos de prestigio, autoridad y poder. La salud se transforma de esta manera en un mercado en el que se compran expectativas, más que resultados reales.

En este escenario, el cuidado y los cuidados han quedado relegados, cuando no directamente despreciados. Se los identifica casi exclusivamente con la atención a personas mayores, con dependencia o con discapacidad, como si fueran una respuesta menor, subsidiaria, destinada a los márgenes de la sociedad. Pero tampoco se reconoce la importancia del cuidado en sentido amplio. El cuidado de nuestro entorno, de la naturaleza, de lo cotidiano, de lo que sostiene la vida. Se ha abandonado este cuidado esencial por un malentendido progreso que promueve el aislamiento, la dependencia excesiva de la tecnología, las relaciones enlatadas y el desprecio hacia la naturaleza, lo que contribuye a degradar los contextos en los que vivimos, convivimos, trabajamos y nos divertimos, transformándolos en poco saludables o incluso nocivos. En paralelo, se minusvalora el cuidado profesional como una estrategia de salud fundamental, y no se reconoce el autocuidado como una herramienta poderosa al alcance de todas las personas.

La marginación del cuidado no solo es un error, sino una injusticia. Porque cuando los cuidados se relegan a poblaciones o personas que “no tienen otra opción”, lo que se genera es una brecha social y sanitaria aún más profunda. Reforzando un doble circuito, la medicina privada como aspiración de estatus y la sanidad pública reducida a un papel asistencial de beneficencia. El resultado es más desigualdad, menos equidad y una progresiva degradación de lo que debería ser un derecho universal.

Seguir despreciando la fortaleza y la necesidad de los cuidados equivale a un suicidio social. Es programar la muerte de la salud entendida como una forma de vida autónoma, solidaria y feliz, para sustituirla por un espejismo de bienestar artificial que, tarde o temprano, pasa factura. Porque una sociedad que no cuida no se cuida. Y cuando se olvida de cuidar, queda expuesta a la cronificación del malestar, a la medicalización de la vida y a la mercantilización de la salud.

Los políticos, con frecuencia seducidos por titulares que prometen modernidad y eficacia, que ellos traducen en votos, reproducen este modelo en la planificación sanitaria. Y el resultado es el ya conocido de insatisfacción ciudadana, frustración de los profesionales, pérdida de calidad y, sobre todo, pérdida de calidez en la atención. Se construye así un sistema que funciona como escaparate, pero que falla en lo esencial: acompañar y responder a las necesidades reales de las personas.

Frente a esta deriva, es imprescindible recuperar el lugar central de los cuidados. Los cuidados profesionales, pero también los comunitarios, familiares y el autocuidado, son un recurso de salud de primera magnitud. No son un complemento ni una alternativa menor a la medicina, son la base sobre la que puede y debe construirse una sociedad más sana y saludable, más equitativa y más humana. Apostar por los cuidados significa reconocer que la salud no se reduce a la ausencia de síntomas, sino que incluye bienestar, relaciones, autonomía y dignidad.

Se necesitan políticas valientes que inviertan en cuidados, que refuercen la sanidad pública y que sitúen el derecho a la salud por encima de los intereses de mercado. Se necesitan profesionales con voz propia y reconocimiento, que devuelvan el protagonismo al cuidado, incorporando los determinantes morales y la ética como eje fundamental de su prestación. Y se necesita también una ciudadanía consciente de que la felicidad no se compra en una farmacia ni se consigue con una operación, sino que se construye día a día con hábitos, conductas, información, formación, vínculos y compromisos. En definitiva, más cuidados y menos pastillas.

CUANDO LA SALUD Y LA EDUCACIÓN SE CONVIERTEN EN MONEDA DE CAMBIO

De todos es conocida la importancia de la sanidad y la educación. Son los pilares que sostienen el bienestar, la equidad y el desarrollo de cualquier sociedad. Sin embargo, la aparente unanimidad se desdibuja cuando se analizan las percepciones según quién recibe, presta o gestiona. Ahí radican muchos de los problemas.

Para la ciudadanía son derechos fundamentales. Se espera seguridad, confianza, acceso universal y calidad. Una sociedad que no es saludable o carece de educación de calidad pierde libertad, oportunidades y capacidad de proyectar un futuro digno. Por eso las familias exigen una escuela pública bien dotada y una sanidad, igualmente pública, que no las condene a costear servicios privados.

Para los profesionales, la prioridad es ejercer con dignidad, medios y estabilidad. Sus profesionales saben que su trabajo impacta en la vida de las personas. Pero también que, sin recursos, una organización eficaz y eficiente, plantillas suficientes, formación ni reconocimiento, el compromiso se resquebraja y desgasta. La precariedad, los modelos obsoletos, los recortes, la burocracia o la ausencia de carreras profesionales minan la motivación y se traducen en peores resultados para la ciudadanía.

Conviene reconocer, además, que en ocasiones los intereses corporativistas desvirtúan el sentido último de la sanidad y la educación. La defensa cerrada de privilegios, cuotas de poder o parcelas de influencia genera resistencias a cambios necesarios y alejados de la lógica del bien común. Esa mirada egocéntrica, aunque menos visible, también debilita a dos sistemas que deberían tener como única prioridad a las personas, su salud y su educación.

Las diferencias entre ciudadanía y profesionales pueden entenderse. Pero cuando hablamos de política, se complica. Los políticos convierten la sanidad y la educación en armas partidistas, en instrumentos de poder y de posicionamiento ideológico. Y ahí se pervierte el fin último de ambos sistemas, que no es otro que responder a la salud y al crecimiento intelectual de la sociedad.

La ausencia de consensos provoca permanentes cambios. Cada gobierno, estatal o autonómico, modifica constantemente currículos, leyes educativas, planes sanitarios o modelos de gestión. Se presentan como reformas históricas lo que en realidad son bandazos sucesivos basados en ocurrencias u oportunismos o intereses mercantilistas, sin tiempo para consolidarse ni demostrar resultados. La inestabilidad se convierte en norma, y profesionales y ciudadanía quedan atrapados en un ciclo de expectativas frustradas.

A esta inestabilidad se suma la ideologización. La educación se convierte en campo de batalla cultural donde se confunden valores democráticos con intereses partidistas. La sanidad, por su parte, se transforma en terreno de juego para discutir sobre privatización, copagos o modelos de gestión, más que sobre promoción, prevención, equidad o resultados en salud. Así, las necesidades de la población quedan relegadas frente a los discursos políticos. Todo ello a través de una gestión caótica en manos de estómagos agradecidos o convertida en una correa de transmisión de las consignas dictadas por los políticos de turno.

No podemos olvidar, además, la presión de los lobbys. En sanidad, las grandes farmacéuticas, las aseguradoras privadas o las patronales marcan con frecuencia la agenda de las políticas públicas. A ello se suma el peso de lobbies profesionales, cuya influencia condiciona la organización del sistema, perpetuando jerarquías y resistencias frente al desarrollo de otros colectivos. En educación ocurre lo mismo con editoriales, patronales de centros concertados, universidades privadas o plataformas digitales, además de corporaciones profesionales con gran capacidad de presión. Su influencia distorsiona aún más las decisiones, alejándolas de los criterios científicos, técnicos y profesionales que deberían guiar cualquier planificación seria.

Estamos ante una paradoja. Todos coinciden en que sanidad y educación son esenciales, pero son los sectores más castigados por falta de consensos. La ciudadanía no recibe la atención a la salud y la educación que espera y merece. Los profesionales no disponen de las condiciones necesarias para ejercer con calidad. Y, los políticos no trabajan por alcanzar la estabilidad que predican.

Ante esta situación, es imprescindible reclamar lo obvio, que la sanidad y la educación estén blindadas frente al uso partidista. Que se conviertan en pactos de Estado, protegidos de la improvisación y la pelea ideológica. Que los partidos asuman que su deber no es utilizarlas como armas arrojadizas, sino garantizar su solidez para las próximas generaciones.

Sanidad y educación no pueden seguir atrapadas en un bucle de reformas inconclusas, presupuestos insuficientes y discursos vacíos. Urge una planificación a largo plazo, basada en la evidencia científica, en el conocimiento profesional y en la participación ciudadana. Urge garantizar financiación estable y suficiente, con inversiones que respondan a necesidades reales y no a cálculos electorales o intereses profesionales. Y urge, sobre todo, recordar que invertir en sanidad y educación no es un gasto, sino la mejor inversión en democracia, cohesión social y futuro.

Lo que está en juego no es tan solo la salud y la educación, que siguen vivas gracias al empeño de la ciudadanía y de los profesionales. Lo que está en juego es la dignidad de una política que, cuando convierte estos pilares en moneda de cambio, deja de servir a la sociedad para servirse a sí misma. Y ese es el mayor fracaso democrático y el peor de los riesgos sociales.

BULLYNG ESCOLAR Y POLÍTICA DE ACOSO

Todos conocemos cómo funciona el bullying escolar. El abusón no suele ser el más brillante ni el más trabajador. Al contrario, su inseguridad y sus carencias le empujan a compensar con la fuerza lo que no puede sostener con el argumento. Señala a alguien distinto —por su timidez, por un rasgo físico, por su origen, por su forma de ser— y lo convierte en diana de burlas, insultos o golpes. A su alrededor se forma un grupo que le ríe las gracias, imita su conducta o calla para no ser señalado. Y así, lo que debería ser condenado se transforma en popularidad.

El problema va más allá de víctimas y agresores. Los maestros, a veces, miran hacia otro lado para no meterse en líos o porque la presión les convierte también en víctimas de esa atmósfera de miedo. Las familias del acosador, lejos de reconocer la violencia, lo defienden contra toda evidencia, reforzando su impunidad. Y la administración educativa suele pasar de puntillas, temerosa del impacto mediático, incapaz de afrontar el conflicto con la firmeza necesaria. El resultado es un círculo perfecto para el acosador. El silencio de unos, la complicidad de otros y la inacción de las instituciones consolidan su poder.

Ese guion, que tantas veces hemos visto en los patios escolares, se está repitiendo en la política española. VOX ha sabido ocupar el papel del chulo de la clase. Su estrategia es clara, insultar, señalar, despreciar. Mujeres, migrantes, personas LGTBIQ+ … cualquiera que no encaje en su patrón de pureza es convertido en blanco de sus ataques. Y lo hace con gritos, con provocaciones, con teatralidad. Su fuerza no está en las ideas ni en los argumentos, sino en el ruido. No tiene un discurso capaz de convencer porque lo que defiende es, en realidad, indefendible e indemostrable. Por eso recurre a la mentira, los bulos, la tergiversación y el negacionismo.

Lo inquietante es que, lejos de ser castigados, crecen. ¿Por qué? Porque parte de la sociedad ve en el acosador a alguien que “dice lo que otros callan”, a quien se atreve a ir contra del sistema. Y, como en el patio del colegio, el chulo no está solo, necesita cómplices. El PP ha asumido ese papel. No es espectador neutral, es el grupo que ríe las gracias, abre el paso, pacta gobiernos y blanquea la violencia, para hacer lo que solo no se atrevería a hacer. Sus silencios ante los excesos, sus cesiones en políticas clave, sus guiños al discurso ultra, refuerzan al acosador en lugar de frenarlo. El mensaje que lanzan es claro, la violencia del chulo no solo es tolerada, también es útil para alcanzar el poder, aunque ello suponga la pérdida de su propia e impostada identidad, hasta el punto de que cada vez resulte más difícil distinguir las diferencias entre unos y otros.

Ejercen una política en la que no solo se callan, aplauden. Se ríen sus arengas, se imitan sus desplantes, se apoyan sus acciones violentas, se secundan sus propuestas restrictivas de libertad y derechos de determina población o colectivos. Y lo más preocupante es que su discurso prende especialmente entre la población más joven, que, siendo la más descontenta con el sistema, es también la que menos utiliza la reflexión y el pensamiento crítico, prefiriendo actuar movida por estímulos inmediatos. Así, muchos terminan reproduciendo la misma violencia con que el acosador les alimenta.

Las encuestas reflejan el crecimiento de VOX. Crece porque una parte de la sociedad admira al chulo por su aparente valentía, por su desafío al sistema, por esa forma de alzar la voz sin complejos. Pero no debemos engañarnos, no es valentía, es la coartada de quien no tiene nada más que ofrecer. Lo que se vende como frescura no es más que desprecio. Lo que se aplaude como autenticidad no es más que violencia. Lo que se confunde con fuerza no es más que incapacidad envuelta en gritos. Y, lo que se vende como libertad, no es más que su secuestro. Todo ello mientras exige el respeto que él desprecia.

La experiencia nos dice que el acoso nunca se queda en el patio del colegio o en el hemiciclo de las cortes. Quien decide dominar mediante el miedo lo hace porque carece de argumentos, de evidencias y de discurso. Traslada esa carencia a cualquier ámbito en el que pueda ejercer poder. Siendo, su única arma, la mentira, la descalificación y el negacionismo.

La historia europea es demasiado clara al respecto. El fascismo empezó siendo también un chulo de patio, provocador, ruidoso, aparentemente irreverente. Muchos lo admiraron por “atreverse a todo”. Muchos callaron, hasta que fue demasiado tarde.

Estamos a tiempo de aprender la lección. La verdadera valentía no está en insultar ni en señalar, sino en defender los derechos de todos, especialmente de quienes más sufren. Si no lo entendemos, si seguimos admirando al chulo por su actitud de desprecio, lo que perderemos no será solo el respeto a las víctimas. Lo que perderemos será la democracia. Y conviene no confundirse de enemigo, porque hacerlo es, precisamente, alimentar al verdadero, aunque pueda parecer lo contrario.

¿CON CEBOLLA O SIN CEBOLLA?

El CIS ha preguntado a la ciudadanía si prefiere la tortilla de patatas con cebolla o sin cebolla. Aunque a primera vista parezca una broma, la cuestión se ha instalado en los titulares, en los debates de sobremesa y, cómo no, en las redes sociales. Algunos lo celebran como un gesto simpático; otros lo critican como frivolidad; otros, simplemente, lo utilizan como excusa para reafirmar su identidad culinaria.

Más allá de la anécdota, el asunto me provoca extrañeza y cierta perplejidad. Porque la pregunta encierra un error de base: si hablamos de tortilla de patatas, hablamos de patatas y huevo. La cebolla podrá estar presente o no, pero su inclusión ya nos sitúa en otro terreno. Sería como preguntar si la tortilla de cebolla gusta más con pimientos. Es mezclar planos, forzar una categoría y abrir un debate en falso.

Y aquí aparece la primera reflexión. ¿Cuántos de los debates actuales, promovidos por instituciones, partidos o medios de comunicación, no son más que “tortillas con o sin cebolla”? Es decir, discusiones planteadas de manera tramposa, que aparentan dar voz a la ciudadanía pero que en realidad la encierran en un marco limitado, superficial, donde la respuesta ya está condicionada.

El ejemplo es gastronómico, pero la dinámica es política. Cuando se pregunta si se prefiere bajar impuestos o mejorar los servicios públicos, se está generando la ilusión de una dicotomía imposible. Cuando se pregunta si la inmigración es buena o mala, se simplifica un fenómeno complejo y se alimentan prejuicios. Cuando se plantea si hay que elegir entre economía o medio ambiente, se construye un dilema artificial que sirve más para dividir que para resolver.

La encuesta sobre la tortilla parece inocente, pero refleja el riesgo de convertir la política y la vida pública en una sucesión de encuestas triviales, de debates reducidos a titulares, de preguntas que entretienen pero no transforman. Una democracia fuerte no se sostiene sobre gustos culinarios ni sobre dicotomías simplonas, sino sobre el debate serio de los problemas de fondo: precariedad laboral, desigualdades sociales, acceso a la vivienda, calidad de la educación, sostenibilidad del sistema sanitario, crisis climática…

No cuestiono que se realicen encuestas sobre asuntos como este, aunque puedan tener algo de trampa, porque también forman parte del campo de la sociología y ayudan a entender costumbres o preferencias colectivas. Lo que me duda no es la pregunta en sí, sino que como sociedad no sepamos distinguir entre lo trivial y lo importante, y que acabemos metiéndolo todo en el mismo saco, otorgando la misma relevancia a lo anecdótico que a lo esencial.

La banalización no es inocente. Convertir la vida pública en un escaparate de curiosidades refuerza la idea de que la política es espectáculo, y la ciudadanía, audiencia pasiva. Se juega a la polarización de las pequeñas cosas para no afrontar la polarización de las grandes. Se alimenta la trinchera de “con cebolla” y “sin cebolla” mientras se posponen debates urgentes sobre equidad, justicia y derechos.

Es cierto que el humor es necesario, que la vida no puede ser todo solemnidad y gravedad. Pero cuando lo frívolo ocupa el espacio de lo esencial, corremos el riesgo de confundir participación con entretenimiento. Se nos pregunta por la tortilla de patatas como si fuera un ejercicio democrático, cuando en realidad lo importantees, qué modelo de sociedad queremos, cómo afrontar las crisis que nos atraviesan o qué futuro deseamos para las próximas generaciones.

La tortilla con o sin cebolla puede dividir familias en una comida de domingo. Pero lo grave es que la trivialización divide también a la sociedad, porque nos hace creer que nuestros desacuerdos fundamentales son de ese mismo calibre. Y no, no lo son.

Yo, personalmente, tengo mi preferencia sobre la tortilla, como todo el mundo. Pero me preocupa mucho más si la juventud tendrá trabajo estable, si las pensiones serán dignas, si la salud pasará a ser un lujo, si la emergencia climática se niega. Esos son los ingredientes que deberían preocuparnos de verdad. Lo demás son condimentos.

En el fondo, el debate sobre la tortilla de patatas revela algo más hondo: la facilidad con que nos dejamos arrastrar por discusiones menores, mientras dejamos en manos de otros las decisiones que sí determinan nuestra vida. Y ahí es donde radica la responsabilidad ciudadana. No basta con indignarse por la frivolidad de una encuesta. Hay que exigir que se nos pregunte por lo importante, que se nos incluya en la deliberación de lo esencial, que se nos reconozca como nuestra participación real en una democracia y no como simples consumidores de encuestas.

Porque la tortilla de patatas seguirá dividiendo gustos, y bien está que lo haga en los bares y en las cocinas. Pero en política, lo importante no es la cebolla: lo que importa es que no nos quiten las patatas.

EL TABLERO DE LA SALUD: UNA PARTIDA POR LA VIDA

 

“La vida es como el ajedrez: cambias una jugada y cambia toda la partida.”

Anatoli Karpov[1]

El ajedrez es mucho más que un juego. Nacido hace más de mil años, ha viajado por culturas y épocas hasta convertirse en un lenguaje universal de estrategia, inteligencia y paciencia. Desde el antiguo chaturanga en la India hasta los tableros de las cortes europeas, ha sido símbolo de poder, diplomacia, guerra, arte y ciencia. Reyes y emperadores lo practicaron como ejercicio mental; los filósofos lo utilizaron para explicar la lógica y la táctica; los educadores lo han incorporado como herramienta para enseñar a pensar. Su estructura inmutable —un tablero de 64 casillas y 32 piezas— esconde, sin embargo, un universo de posibilidades infinitas. Ninguna partida es igual a otra. Cada movimiento, por pequeño que parezca, puede cambiar el destino de la contienda.

En su esencia, el ajedrez es un sistema dinámico. Avanza, se adapta, responde al rival, evoluciona sobre la marcha. Sin embargo, a lo largo de la historia, también ha sido tratado como algo estático, reducido a un ritual rígido que se repite sin alma cuando se pierde la capacidad de imaginar jugadas nuevas. Lo mismo ocurre con los sistemas sanitarios, nacen con un propósito noble, evolucionan para responder a las necesidades de la población, pero corren el riesgo de fosilizarse, de quedar atrapados en inercias que impiden su renovación. Como dice el proverbio hindú, “El ajedrez es un mar en el que un mosquito puede beber y un elefante bañarse.”

El paralelismo no es casual. Así como el ajedrez ha servido durante siglos para entrenar la mente en la anticipación y la estrategia, un sistema sanitario eficaz debería cultivar la capacidad de prever amenazas, mover recursos con agilidad, proteger a sus piezas clave y adaptarse a un tablero que cambia sin cesar. Importantes cambios demográficos, nuevas enfermedades, crisis económicas, avances tecnológicos, transformaciones sociales. Pero con demasiada frecuencia, en lugar de ser dinámico y atractivo, el sistema sanitario se vuelve lento, prisionero de estructuras rígidas y normativas obsoletas. Se juega siempre la misma apertura, se repiten los mismos movimientos, aunque las circunstancias reclamen otra cosa.

Aquí es donde la metáfora se vuelve poderosa. El tablero sanitario no debería ser un espacio de jugadas predecibles y previsibles, sino un escenario vivo, en el que cada pieza tenga la oportunidad de desplegar su máximo potencial y en el que las combinaciones posibles sean tantas como demandas y realidades existan en la sociedad. Un sistema que se limite a “cumplir con lo de siempre” será como una partida jugada con desgana, piezas movidas por inercia, ausencia de riesgo calculado, falta de innovación y, al final, una derrota anunciada.

En este tablero sanitario, las casillas alternan claros y oscuros. Zonas de acceso fácil y áreas de sombra, inequidades que marcan diferencias según el lugar de residencia, el nivel socioeconómico o la cobertura disponible. Desde el inicio, sabemos que no todas las partidas comienzan en igualdad de condiciones. Hay tableros donde la luz es abundante y la movilidad amplia, y otros donde las sombras son más densas y los movimientos más restringidos.

Si nos fijamos bien, en el ajedrez la disposición inicial de las piezas condiciona mucho el desarrollo posterior de la partida. En salud, ese “orden inicial” lo marcan la dotación de recursos, la planificación estratégica, la formación de los profesionales, la capacidad tecnológica, las redes comunitarias y la voluntad política de priorizar la salud. Hay sistemas que inician la partida con una disposición casi perfecta. Recursos abundantes, coordinación entre piezas, gestores que conocen las jugadas maestras. Otros, en cambio, parten con un despliegue caótico, con piezas mal situadas o debilitadas antes de comenzar. Y eso, como en el ajedrez, hace que algunas partidas estén condenadas a la defensa desesperada desde el primer movimiento.

En este juego, las piezas representan a los distintos actores que participan en la construcción y protección de la salud. No todas se mueven igual, ni tienen las mismas funciones, pero todas cumplen un papel imprescindible si el objetivo es cuidar y preservar la vida.

El Rey es, en la partida sanitaria, la figura del médico. No porque sea más importante que el resto, sino porque el sistema, durante décadas, ha estado diseñado para que su preservación simbólica sea el núcleo de la partida. En ajedrez, el rey tiene un poder de movimiento muy limitado, solo puede avanzar una casilla en cualquier dirección, y necesita estar protegido para no caer. Rara vez se expone de forma directa, y suele avanzar de manera lenta, rodeado de otras piezas que cubren sus flancos. En el sistema sanitario, el médico ha sido históricamente el centro de la estrategia. Todo gira en torno a su actividad, su agenda, sus diagnósticos y tratamientos. La metáfora no pretende ensalzar ni devaluar, sino reflejar un hecho. Gran parte de la organización y de los recursos se han estructurado para que el “rey” se mantenga a salvo, reforzando un modelo que lo coloca como figura protagonista pero limitada en su capacidad real de recorrer todo el tablero social de la salud.

La paradoja es que, igual que en ajedrez, perder al rey significa el final de la partida; si desaparece la función médica, el sistema tal como lo conocemos se derrumba. Sin embargo, su capacidad de cambiar radicalmente el curso de la partida es reducida si actúa en solitario o sin la cobertura de las demás piezas. Durante la pandemia de COVID-19, por ejemplo, vimos que, por muy cualificados que estuvieran los médicos, sin el apoyo de otros profesionales, de los recursos comunitarios, de la logística, de la salud pública y de la coordinación institucional, el tablero entero se desmoronaba. El rey necesitaba la cobertura de todas las demás piezas para no quedar en jaque continuo.

La Reina es, sin duda, la pieza más versátil y poderosa del tablero. En nuestra analogía, representa a la enfermera. Capaz de moverse en cualquier dirección y recorrer grandes distancias, la reina articula la conexión entre la defensa y el ataque, entre lo cercano y lo distante, entre la base y la vanguardia. En salud, la enfermera combina capacidades clínicas, promotoras, preventivas, comunitarias, de gestión y de acompañamiento que le permiten actuar allí donde el sistema más lo necesita, cruzando las fronteras entre ámbitos de atención y contextos.

A diferencia del rey, la pérdida de la reina no supone el final inmediato de la partida, pero todo jugador de ajedrez sabe que es un golpe devastador. La estrategia se desorganiza, las posibilidades de defensa y avance se reducen drásticamente, y la partida entra en un estado de vulnerabilidad extrema. En un sistema sanitario, la ausencia de enfermeras o la reducción drástica de su papel provoca consecuencias similares. Deterioro de la continuidad asistencial, pérdida de capacidad resolutiva en proximidad, debilitamiento de la educación para la salud, del afrontamiento de los problemas de salud y de la capacidad de respuesta comunitaria. La reina no busca protagonismo individual, pero su función es vertebradora, sin ella, las demás piezas se ven obligadas a cubrir huecos para los que no están diseñadas.

Una jugada clásica que lo evidencia es el mate con dama y rey. En este final, la reina controla amplios espacios, limita las salidas del rey rival y reduce progresivamente su margen de maniobra. El rey, con movimientos cortos, acompaña a la dama para cerrar el cerco. Ninguno podría culminar la partida sin el otro: es la estrategia compartida, la unión de fuerzas, la que garantiza el éxito. Trasladado a la salud, refleja que ni médicos ni enfermeras, actuando en solitario, pueden sostener la partida. Es en el trabajo conjunto, en la complementariedad estratégica, donde se asegura que la salud de la población pueda defenderse y avanzar.

Las torres, con su desplazamiento rectilíneo y capacidad de alcanzar grandes distancias, representan a las infraestructuras y estructuras organizativas: hospitales, centros de salud, sistemas de transporte sanitario, laboratorios … Son piezas robustas, capaces de generar una defensa sólida o de proyectarse hacia el otro extremo del tablero. Sin embargo, requieren espacio y tiempo para desplegar todo su potencial, y no siempre son útiles en situaciones de inmediatez o proximidad. Son necesarias, pero la acción no depende de su existencia en el tablero, lo mismo que sucede con la atención, sobre todo, en Atención Primaria que no se limita al centro de salud, sino que abre a la comunidad.

El enroque ayuda también a entender esta dinámica. En esta jugada, el rey se protege detrás de una torre, que al mismo tiempo se activa en una posición estratégica. En el tablero sanitario, esta acción simboliza cómo los médicos encuentran refugio en las estructuras hospitalarias o en los centros de salud, que se convierten en su nicho ecológico y en su zona de confort. El enroque asegura la defensa, pero también puede encerrar al rey en un espacio limitado, restringiendo su proyección. De igual modo, un sistema que se organiza únicamente para preservar al médico en su fortaleza pierde flexibilidad y capacidad de movimiento, desaprovechando el potencial de otras piezas fundamentales como la reina o los peones.

Los alfiles, que se mueven en diagonal, simbolizan a los profesionales y servicios especializados que cubren áreas concretas y aportan perspectivas singulares. Su desplazamiento oblicuo les permite sortear obstáculos y llegar a zonas donde otras piezas no alcanzan, pero siempre dentro de su propia diagonal. Son imprescindibles para abordar problemas complejos o muy específicos, pero necesitan trabajar en coordinación con el resto para no quedar aislados.

Los caballos, con su movimiento en “L”, encarnan a quienes tienen capacidad de intervención creativa y de penetración en espacios cerrados o inaccesibles. Unidades móviles, equipos de intervención rápida, profesionales de enlace que conectan servicios dispares o figuras capaces de romper inercias y generar nuevas rutas.

Los peones, lejos de ser piezas menores o prescindibles, son en esta versión sanitaria el soporte estructural y social. Agentes comunitarios, líderes vecinales, voluntariado, asociaciones, redes de apoyo mutuo… configuran un entramado que facilita y articula el desarrollo de la partida de salud. Despreciarlos supone un grave error que puede llevar a la derrota en cualquier tipo de intervención que quiera desarrollarse.

Entre apertura, medio juego y final, la metáfora también ayuda a entender dónde fallan los sistemas. La apertura es la promoción de la salud y la prevención, donde se disputan los espacios, se controlan los centros y se define la iniciativa, si se descuida, se entra al medio juego —la atención a la salud— en posición de debilidad. El final son los cuidados de larga duración, la rehabilitación, los paliativos y el acompañamiento. Allí donde la precisión, la paciencia y la humanidad deciden la partida. Demasiados sistemas invierten casi todo en un medio juego hospitalocéntrico y asistencialista, que les llegar tarde a la apertura y exhaustos al final. El resultado es conocido, partidas ganables que se pierden por mala gestión del tiempo, de los recursos y del propósito.

Las manos que mueven las piezas

Pero más allá de la importancia de las piezas y de sus movimientos, éstas responden eficazmente en base a quienes determinan su avance. En el ajedrez, el verdadero protagonista no es ninguna pieza, sino quien las mueve. Del mismo modo, en el sistema sanitario, el papel decisivo lo tienen quienes dirigen y gestionan la partida. Responsables políticos, gestores, planificadores, líderes de equipos y autoridades sanitarias. Conocer las reglas básicas —saber que la torre avanza en línea recta o que el caballo salta en “L”— es apenas el inicio. No basta para conducir una partida con éxito. Lo importante es la capacidad de leer el tablero entero, anticipar jugadas, prever amenazas y articular movimientos que, lejos de responder a impulsos, obedezcan a un plan sólido y flexible a la vez. Se trata de planificar estrategias que respondan en cada momento o partida al planteamiento que se “dibuja” en el tablero.

Tradicionalmente, esas manos han sido, casi siempre, las de un hombre. Y, con frecuencia, pertenecientes a un mismo perfil social, académico e incluso económico, como si el derecho a dirigir el juego fuera patrimonio exclusivo de un grupo reducido. Este patrón, heredado tanto de la historia del ajedrez como de la organización jerárquica de los sistemas sanitarios, ha excluido de la dirección a muchas personas con talento, visión y capacidad, solo porque no encajaban en el cliché establecido.

El sesgo se amplifica en el ámbito sanitario. La creencia —nunca sustentada en evidencias— de que los sistemas deben ser gestionados por médicos ha funcionado como una barrera invisible pero férrea, fundamentada en la presión ejercida desde el poder y la jerarquía y no desde la capacidad y la competencia. Esta visión ignora que existen profesionales altamente cualificados, con competencias de gestión, visión estratégica, solvencia técnica y actitud ética, que han demostrado su capacidad para liderar con eficacia y eficiencia cuando se les ha permitido hacerlo. Entre ellos, muchas enfermeras, que han conducido con éxito proyectos, centros y áreas de salud complejas, desplegando una gestión orientada tanto a los resultados como a las personas.

El problema es que, precisamente porque saben hacerlo, su acceso al “tablero” de la gestión se ve limitado o directamente impedido. Una razón es incómoda pero evidente, su buen hacer deja en evidencia a muchos malos jugadores que ocupan posiciones de poder más por inercia o contactos que por mérito. La otra es la resistencia a ceder parcelas de un poder que algunos consideran de su exclusividad, como si el liderazgo fuera un privilegio hereditario y no una responsabilidad que exige competencia y compromiso.

En ajedrez, cerrar el juego a determinados perfiles significa perder posibles campeones. En el sistema sanitario, impedir la entrada de gestores cualificados por prejuicios de género, disciplina o clase social no solo empobrece la dirección: compromete la calidad, la equidad y la sostenibilidad del propio sistema. Las manos que mueven las piezas deberían elegirse por su maestría, no por su pertenencia a un grupo predeterminado. Porque, al final, el éxito de la partida no depende de quién sostiene las piezas, sino de cómo las mueve para proteger y mejorar el juego de todos. Sobre todo, porque el tablero no pertenece a los expertos en exclusiva, también es de la comunidad que lo habita. Cuando las personas y colectivos participan en el diseño de la estrategia —definen prioridades, co-gobiernan recursos, evalúan resultados— el juego se vuelve más justo, más creativo y, sobre todo, más eficaz.

Epílogo: la jugada perfecta y la partida perdida

En un sistema sanitario ideal, la jugada perfecta, se desarrolla cuando el tablero se despliega con armonía, cuando todas las piezas saben cuál es su función y ninguna actúa para su propio lucimiento, sino para sostener el conjunto. El rey, protegido, pero también implicado, se mueve con prudencia y visión. La reina recorre el tablero cerrando brechas y anticipando amenazas. Las torres son sólidas y cercanas a las necesidades reales. Los alfiles cruzan sus diagonales complementando miradas y saberes. Los caballos saltan donde otros no llegan, llevando innovación y flexibilidad. Los peones avanzan firmes, sostenidos por todos, sabiendo que su recorrido puede convertirlos en piezas de enorme valor.

En este escenario, las manos que mueven las piezas no improvisan.Estudian cada jugada, anticipan varias por delante, adaptan la estrategia a las circunstancias y mantienen la calma incluso bajo presión. No hay sacrificios innecesarios, ni piezas olvidadas en una esquina, ni movimientos dictados por intereses ajenos a la salud. La partida no termina con un jaque mate, sino con un tablero en el que todas las piezas permanecen activas y la salud de la población se mantiene estable, protegida y en mejora constante.

En el otro extremo está la partida perdida. El tablero comienza desordenado, con piezas fuera de lugar, algunas debilitadas antes del primer movimiento. El rey exige protección excesiva, la reina es infrautilizada o apartada, las torres están mal situadas, los alfiles chocan con sus propias diagonales, los caballos no pueden saltar porque el tablero está bloqueado. Los peones, sin apoyo, caen en las primeras jugadas. Las manos que mueven las piezas desconocen las reglas o, peor aún, las ignoran.

El contrario —la enfermedad, la inequidad, la crisis, la migración, la violencia de género— avanza sin apenas resistencia. El jaque mate no llega de forma súbita, sino como un lento desmoronamiento, con servicios colapsados, profesionales desmotivados, comunidades desprotegidas, ciudadanos que pierden confianza en un sistema que debía cuidarlos. La derrota no se debe a la fuerza del rival, sino a la incapacidad propia para jugar la partida con inteligencia, coordinación y respeto por el objetivo final.

Esta metáfora no pretende ser un mero juego literario. Recuerda que la salud es una partida que se juega cada día, en cada decisión, en cada coordinación y en cada omisión. Y que, a diferencia del ajedrez, aquí no ganamos derrotando a nadie, sino cuidando a todos.

No necesitamos “genios” que prometan jaques espectaculares, sino equipos que sepan leer el tablero con humildad y coraje; no necesitamos guardianes celosos de privilegios, sino liderazgos abiertos que pongan a las personas en el centro; no necesitamos repetir la apertura de siempre, sino atrevernos a imaginar nuevas líneas, fortalecer la promoción de la salud y la prevención, cuidar los finales y propiciar la participación con la comunidad. Cambiar la partida no basta, hay que cambiar el juego.

En ese juego renovado, cada movimiento que acerque a una persona a mejores condiciones de salud, de autonomía y de dignidad es, de hecho, un jaque al viejo orden. Lo demás —todo lo demás— son peones movidos por inercia en un tablero que ya no puede permitirse seguir igual.

[1]Gran maestro internacional de ajedrez, campeón del mundo entre 1975 y 1985, y campeón mundial versión FIDE entre 1993 y 1999 (1951)

VIVIENDA: MÁS ALLÁ DEL LADRILLO.

Parece que lo sucedido en 2008 con la burbuja inmobiliaria, fruto del boom del ladrillo, se nos hubiera borrado de la memoria colectiva. Aunque los expertos, o quienes actúan como tales, insisten en señalar que la situación financiera actual es distinta, lo cierto es que la realidad que hoy vivimos tiene demasiados elementos en común con aquella que nos llevó al desastre. Quizá las diferencias técnicas existan, pero lo preocupante es que se silencian o se ocultan las similitudes que, una vez más, sitúan a la vivienda en el epicentro de un problema social y económico de gran magnitud.

Se esfuerzan en recordar que la crisis de entonces no puede repetirse porque ahora el sistema bancario está más blindado. Sin embargo, obvian que el acceso a la vivienda se ha convertido en un desafío de proporciones gigantescas, con especial impacto para la juventud. Los precios se disparan, los alquileres asfixian, y mientras tanto la política, prisionera de intereses demasiado concretos y poderosos, permanece pasiva ante un problema que no es tan solo de económico, sino que se trata de derechos, de equidad y de salud.

El relato oficial nos quiere convencer de que hay una carencia de viviendas, como si ese déficit justificase dejar vía libre a una construcción especulativa y descontrolada. Pero lo que sucede es exactamente lo contrario, unos pocos acumulan propiedades como negocio e inversión, mientras una mayoría creciente se ve incapaz de aspirar a una vivienda propia e incluso de afrontar un alquiler sin hipotecar su vida. La paradoja es obscena. Según el último Censo de Población y Viviendas de 2021, en España existen 3,8 millones de viviendas vacías, el 14,4% del parque total. Y, aun así, se nos sigue diciendo que faltan casas.

El suelo continúa siendo objeto de especulación, y en vez de tomar medidas eficaces para regular lo que debería ser un derecho constitucional —el acceso a una vivienda digna—, se recurre a parches mediáticos. Se anuncian con pompa programas de vivienda social que apenas suponen unas gotas en el océano, mientras la construcción privada sigue avanzando con precios de escándalo y sin regulación efectiva. Lejos de intentar un consenso tan necesario como deseable en torno a la vivienda, los políticos convierten el problema en un arma arrojadiza, sin propuestas serias ni realistas y con resistencias evidentes para alcanzar una solución estable. Los fondos buitres, las grandes multinacionales y el capital extranjero se reparten el mercado con una voracidad que contrasta con la impotencia —o complicidad— de las administraciones públicas. A ello se suma un turismo que, lejos de ser regulado para equilibrar beneficios y perjuicios, actúa como un potente acelerador de la especulación. Viviendas convertidas en apartamentos turísticos, barrios enteros expulsando a sus vecinos y precios inasumibles que hacen de la vida cotidiana una carrera de obstáculos. Por su parte, la denominada clase media, esa que se vendió como símbolo de estabilidad, asiste indignada e incluso resignada a la imposibilidad de comprar o alquilar sin sacrificar su futuro.

Conviene recordar que este no es un problema exclusivamente económico. La vivienda es un determinante de salud. No disponer de un hogar adecuado afecta a la estabilidad emocional, a las relaciones familiares, al tejido comunitario. Genera inseguridad, precariedad, ansiedad y enfermedad. La dificultad para acceder a una vivienda digna no solo precariza la economía doméstica, también desgarra los vínculos sociales y transforma la manera en que configuramos nuestras vidas.

El impacto va más allá de lo individual. En el territorio se refleja con crudeza. Masificación de zonas urbanas, encarecimiento del suelo y expulsión de vecinos de sus barrios; despoblación forzada en áreas rurales donde la falta de inversión en accesibilidad, servicios y comunicaciones condena a los pueblos a la desaparición. El vaciamiento rural no es una consecuencia natural del cambio de estilos de vida, sino el resultado de un abandono deliberado y persistente. Y las consecuencias ya las conocemos, entornos desprotegidos, incendios forestales devastadores como los de Castilla y León, Galicia o Extremadura, pérdida de biodiversidad y fractura social.

La vivienda, lejos de ser solo un bien económico, es el pilar de un proyecto vital. Y, sin embargo, seguimos atrapados en el mismo error, dejar que la especulación marque la pauta. La memoria de 2008 debería servirnos de vacuna, pero parece que la anestesia del relato oficial y la resignación colectiva borran cualquier posibilidad de reacción.

¿Tenemos que esperar a que la crisis nos devore nuevamente? ¿Continuaremos creyendo en lo que nos cuentan quienes solo defienden intereses particulares? ¿Por qué no existe una resistencia real frente a la especulación que convierte un derecho en un privilegio? Las respuestas no llegan o lo hacen envueltas en retórica y demagogia. Mientras tanto, la vivienda se aleja del horizonte de millones de personas, la desigualdad se expande y la esperanza de un futuro digno se desvanece

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